| Miércoles,
27 de julio, 2005
Son las 4:30 a.m., desperté
sobresaltado al sentir la fría piel de la estatua
metálica junto a mí, ya debería
haberme acostumbrado, después de todo es la tercera
noche que pasamos juntos desde que nos conocemos.
Otra vez tuve ese sueño que
me persigue desde la infancia. Ya mencioné al
siniestro Dr. Sussex y el campo de experimentación
dirigido por la Oficina de Potenciamiento Metahumano
al que me trasladaron luego que se detectara mi viabilidad
meta. Fue allí, en Ciudad Cero, donde mi potencial
fue llevado al máximo artificialmente “para
mi propio beneficio y el de la sociedad”
según Sussex. Yo era un huérfano, después
de todo, propiedad del Estado y podían hacer
conmigo lo que quisieran como borrar gran parte de mi
memoria. Es por eso que no sé distinguir a veces
entre los sueños y los recuerdos. Pero sí
estoy seguro que logré huir de Ciudad Cero, corriendo
tan rápido como mis nuevos poderes me lo permitían.
Nadie pudo alcanzarme, nadie podría alcanzarme
ya nunca. Era imparable, infatigable… entonces
sentí cómo mi supervelocidad comenzaba
a disminuir, no, no era yo, era el tiempo. El tiempo
mismo se detenía y entonces, antes de quedar
paralizado del todo miré hacia atrás y
vi aquella enorme sombra envuelta en una capa gris y
con el cabello tan blanco como el mío. Su mano
izquierda alzada emitía un halo refulgente que
se expandía concéntricamente. Todo lo
que supe a continuación es que estaba de vuelta
en Ciudad Cero. Desde entonces suelo revivir aquella
experiencia mientras duermo, y no es nada agradable.
De cualquier forma es bueno escribir
nuevamente, hace varios días que no lo hago.
Es una suerte que mañana sea mi día libre,
me toca uno cada diez días y por lo general lo
ocupo en holgazanear, espero que mi amiga se marche
después del desayuno.
Leo la primera entrada de mi bitácora
y confieso que estaba un tanto paranoico. Aunque ciertas
dudas todavía rondan mi mente ya no me atormentan,
¿será efecto de los nuevos calmantes que
estoy tomando? Espero no estar convirtiéndome
en un adicto. Al menos estos no tienen efectos secundarios
en mi libido…
Sí, estoy saliendo con una chica,
ella y un grupo de perdedores están intentando
poner en marcha un equipo de “superhéroes”,
algo que está totalmente fuera de la ley pero
eso no ha impedido que me inviten a formar parte de
su “nómina” debido a mi reciente
estatus de celebridad. Creen que gracias a mi presencia
pueden atraer sponsors. “¿Usaremos
uniformes similares a la Fórmula-1 acaso?”,
les pregunté mientras imaginaba la gran “O”
en el pecho de Overman reemplazada por el logo de Pepsi.
Ya he vivido la exposición mediática antes
y su persistencia es directamente proporcional a cuanto
puedan exprimirte antes de arrojarte como una cáscara
vacía de regreso al anonimato. Qué increíblemente
frágil es la memoria de la gente, tras el incidente
con Thesaurus muchos me creían un “nuevo
meta” cuando he estado trabajando en esto desde
hace más de veinte años. Claro que la
mayoría de mi trabajo fue con la Unidad Omega
y por lo tanto secreto de Estado, pero los periodistas
podrían al menos mencionar cómo evité
que Cauldron destruyera la Aguja Espacial de Seattle
hace tan sólo dos años.
Esta chica que estoy viendo, Tracy,
es una meta pero al igual que sus amigos sus habilidades
están muy por debajo de la escala mínima
como para serle útil al Estado, es curioso cómo
los poderes más espectaculares suelen operar
a escalas reducidas o ser simplemente inútiles.
Fuerza, resistencia y velocidad sobrehumana; invulnerabilidad;
curación y reconstrucción de tejidos dañados;
manipulación energética; atavismos animales
y todos el catálogo de poderes psiónicos
eran moneda común entre los metas. Pero existían
ciertas habilidades inusuales incluso entre los nuestros,
como aquel chico que podía resucitar a las moscas
(¡sólo a las moscas!), o aquel muchacho
que podía volverse invisible pero no sin evitar
quedar ciego, o aquella chica que mientras más
aumentaba de tamaño, más imbécil
se volvía. Los había incluso que contaban
con dos o más habilidades como el vicioso Raptor,
pero él era la excepción ya que estas
solían ser muy débiles, como si un ser
humano no fuese capaz de contener más de una.
¿Serían estos nuevos metas las primeras
versiones de una nueva casta, algo así como bosquejos
preliminares de las versiones definitivas? ¿Éramos
los metas un work in progress?
Los padres de Tracy son gente de mucho
dinero y esto explica cómo una muchacha universitaria
vive sola en un apartamento situado en uno de los sectores
más elegantes de Chicago. Bueno, en realidad
Tracy no vive sola ya que comparte el apartamento con
otra chica, pero es una amiga de la familia a la que
no le cobra nada. “Esta fue la primera propiedad
que compró papá”, me confesó
Tracy durante mi primera visita a su casa, “mis
dos hermanos mayores alcanzaron a vivir un tiempo aquí,
pero cuando mamá quedó embarazada nuevamente,
decidieron mudarse a un lugar más amplio”.
¡Un lugar más amplio!, al lado de la vivienda
de Tracy, la mía asemejaba una minúscula
pocilga, pero era todo lo que podía costear considerando
que una gran tajada de mi sueldo iba a parar mes a mes
a los bolsillos de mi ex-esposa. De cualquier forma
a Tracy le agrada mi hogar, y a mí me desagradaban
el de ella y su amiga (sobre todo la regordeta de su
amiga), por lo que pasamos la mayor parte del tiempo
en el mío.
Tracy es la menor de cinco hermanos
y la única meta, aunque en una familia de “oveja
negras” ella es la menos negra. Su hermano mayor
es ministro de la Iglesia de Wotan, el que le sigue
es un drogadicto sin remedio que se pasa la mitad del
año en rehabilitación y la otra reventándose.
Luego tiene una hermana lesbiana, lo que no tiene nada
de malo si tus padres no fuesen unos viejos conservadores
que aún extrañan a Reagan. El menor de
los hermanos de Tracy era fanático del hip-hop
y se había hecho un cambio de raza ya que se
sentía negro por dentro y quería serlo
también por fuera.
Debido a su condición de hija
menor, Tracy fue sobreprotegida durante toda su vida
y cuando se manifestaron sus poderes la sobreprotección
llegó (según sus propias palabras) a niveles
insoportables hasta que a los dieciocho años
decidió revelarse e irse de casa. Rebelión
auspiciada por sus padres en todo caso, una rebelión
acomodaticia que valía una mierda pero la dejaba
a ella tranquila y a sus progenitores también.
Tracy estudiaba Literatura Inglesa en la Universidad
pero cuando la conocí no eran los estudios precisamente
lo que más la motivaban sino organizar aquel
ridículo grupo de “superamigos”.
Durante las primeras reuniones me sentí
rejuvenecido con el entusiasmo que desbordaban Tracy
y sus amistades por lo que decidí seguirles el
juego al poseer la certeza que todo quedaría
en nada. A excepción del chico que llaman “Lobstey”
y ese muchacho obeso y sudoroso (que gracias a la psicometría
puede operar cualquier vehículo o maquinaria
que haya sido previamente usada), los amigos de Tracy
son un conjunto de potenciales fracasados pero, ¿quién
soy yo para destruir sus sueños?
Derek McCallister (“Lobstey”
para los amigos) es nativo de Cleveland, mi ciudad natal,
y asegura que mi “ejemplo” le ayudó
a aceptar quién era y estar orgulloso de ello.
No me sentía particularmente alagado por esta
aseveración, yo no soy un “involutivo”,
como les llamamos despectivamente a los de su clase,
no soy un sub-hombre sino un SUPERHOMBRE... Pese a todo
Lobstey me agrada y si me dieran un equipo que comandar
de seguro lo escogería, su invulnerabilidad sumada
a su horrible apariencia y desagradable hedor a pescado
podrido lo convierte en un magnífico elemento
intimidatorio. Algo que arrojarle al enemigo mientras
se prepara el verdadero ataque.
Cuando Tracy me contó que Lobstey
había sido su primer novio no pude evitar reírme,
pero claro, fue antes que comenzara a involucionar.
La metamorfosis de Derek empezó a los diecisiete
años cuando normalmente se inicia a los doce,
por lo que nadie sospechaba a esas alturas que fuera
a convertirse en un meta. La transformación no
fue paulatina ni gradual como en los otros chicos y
se completó en un breve lapso de dos meses. Aquellos
que se burlaban de él al principio pronto callaron
presas del temor que infundía aquella suerte
de hombre-cangrejo de siete pies de altura, 420 libras,
cuernos de macho cabrío y tenazas capaces de
partir a un hombre en dos.
En cuanto a Tracy, mi chica posee
una habilidad metalo-epidérmica restringida:
básicamente puede transmutar su piel en una suerte
de metal-orgánico pero sólo cuando duerme.
Los expertos la trataron desde su adolescencia para
lograr descubrir la razón por la que no consigue
gatillar el proceso a voluntad, pero se dieron por vencidos.
Si todavía existiese la Oficina de Potenciamiento
Meta de seguro Tracy estaría en completo control
de su habilidad, pero a qué precio… Es
mejor así, supongo. Si supieran estos chicos
por las cosas que los de mi generación tuvimos
que pasar, pero para ellos no soy un tipo mayor, no
soy una figura de autoridad tampoco pese a ser policía
y nunca me tratarían como a sus padres o profesores
pese a tener la misma edad que estos o más. Para
Tracy y sus amigos yo no era un vejete de cincuenta
y dos años sino un joven de veinticinco, but
looks can be decieving y eso lo sabía muy
bien Lobstey.
Pese a todo, Tracy no pierde la esperanza
de poder controlar su transformación, después
de todo tiene veintiún años y puede darse
el lujo de ser idealistamente optimista. Bien decía
el poeta que no ser idealista a los veinte años
era no tener corazón, pero seguir siéndolo
a los cincuenta es no tener cabeza.
Veintiún años, dos menos
que mi hija Betsy. No me siento culpable de nada, es
mayor de edad y como me dijera mi velludo amigo Hank,
“la chica te está usando de la misma
forma que tú la usas a ella”.
Tracy creía que podríamos
hacer el amor a super-velocidad, “¿estás
loca?”, le contesté, “eso
te mataría y destruiría además
la cama”. La gente suele pensar las cosas
más increíbles con respecto a la supervelocidad.
Creen que es posible leer un libro o asear la vivienda
en menos de un segundo pero la verdad es que a supervelocidad
la ejecución de tareas múltiples o que
impliquen motricidad fina son imposibles. Todo lo que
yo al menos puedo hacer a super-velocidad es correr
y golpear, suficiente para un meta como yo, acostumbrado
a dejar que otros piensen por mí y me ordenen
qué hacer. ¡Pues eso está a punto
de acabar! A partir de hoy pensaré por mí
mismo, o mejor aún, no pensaré. Seré
como Tracy, una estatua viviente a la que nada puede
perturbar.
[publicado en NGC
3660 el 03/05/08] |