| Carlos se enfundó la cazadora,
cogió las llaves y salió de su piso. Ya en la calle,
se dirigió a la parada del autobús. Al llegar allí,
apretó el interruptor. Un instante después se volvió
a conectar. Estaba ya en la oficina, sentado delante del ordenador.
Comenzó a trabajar.
A la tarde, tras finalizar la jornada, justo salir de la oficina,
apretó el interruptor. En el instante siguiente entraba
en su casa.
De pie en el hall revisó la correspondencia. Al ver una
de las cartas, su rostro mostró un semblante de alegría.
“Hombre, por fin, ya lo tienen” susurró. Era
un aviso de su distribuidor de bioelectrodomésticos. Había
llegado el nuevo modelo de desconector.
Su vida y la de mucha gente había mejorado sensiblemente
desde que hace 5 años se anunció la invención
del desconector. Insertado en la raíz de una determinada
vía nerviosa, al encenderse se interrumpía el flujo
sináptico hacia el área cerebral de la consciencia
duradera. El individuo realizaba las tareas adecuadamente, pero
el recuerdo de las mismas se difuminaba bloqueado en la presinápsis.
Al apagar el desconector, la corriente química se reanudaba.
Los ratos monótonos y rutinarios no dejaban huella. Sólo
se tenía consciencia de los entretenidos e interesantes.
Se acabó el soportar las interminables horas en atascos,
desplazamientos o realizando tareas aburridas.
El nuevo desconector era un avance más en esta línea.
Detectaba los niveles de mediadores químicos en las neuronas
relacionados con el interés. Se activaba automáticamente
en los ratos aburridos y vulgares, y, de la misma manera, sin
intervención del portador, se recuperaba la consciencia
cuando la actividad era novedosa y con alicientes.
El lunes siguiente Carlos salía de su casa con su nuevo
desconector alojado en el cerebro. Tras un minuto sentado en el
autobús el interruptor se activó automáticamente.
Un momento después estaba en su despacho. Carlos sonrió.
El cacharro funcionaba muy bien.
La jornada se desarrolló sin ningún hecho destacable.
El desconector actuó durante 4 minutos mientras se cargaban
unos programas en su ordenador.
A la tarde, Carlos salió de la oficina y esperó
a que llegara el autobús. Transcurrido minuto y medio el
aparato de su cerebro se activó y le desconectó.
Un instante después le volvió a conectar. Tenía
88 años y agonizaba en la cama de un asilo. Su vida había
sido tan monótona y rutinaria que nunca había superado
el umbral de interés fijado. Sólo la cercanía
a la muerte había supuesto una novedad relevante, conectándolo
de nuevo. 15 segundos después Carlos falleció.
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