| Me llamo Rojo Destello de la Última
Estrella de la Tarde. El nombre lo escogió mi padre -eso
explica por qué es tan distinto de los de otros- y siempre
creí que lo había hecho pensando en el momento de
mi alumbramiento. Nací un atardecer de hace quince años,
cuando el sol moría provocando un gran incendio en el horizonte.
Aquel astro fue la última luz que vio mi madre, antes de
arrojarme al mundo con un postrero esfuerzo. Mi progenitor ha
cuidado de mí desde entonces. Sin embargo, esta misma tarde
he tomado la decisión de abandonar mi nombre y tomar en
su lugar el de Guía, indicativo de lo que será mi
vida futura.
Mi padre no era de nuestro Pueblo. Una de las
mujeres exploradoras le había descubierto errando por las
rojas dunas del desierto. Cuando le condujo hasta su gente, éstos
sintieron inmediata curiosidad por él, debido a sus cabellos
dorados y al atuendo azul que le cubría como una segunda
piel. Cuando le desvistieron para atenderle comprobaron que su
piel era tan pálida como su rostro. Su físico contrastaba
enormemente con nuestra piel cobriza y nuestro tono oscuro de
cabello. Él era, al mismo tiempo, parecido y diferente
a nosotros (hablaba otra lengua, aunque pronto aprendió
la nuestra) y el temor les hizo plantearse acabar con la vida
del extranjero. Le salvó la defensa de la mujer que le
había encontrado, y que incluso le aceptó en su
tienda. Más tarde se convertiría en mi madre al
concebir a la única hija de aquel extraño: yo.
La característica más singular, no obstante, residía
en la longevidad de mi padre. Él afirmaba tener treinta
y cinco años el día que llegó a nuestro Pueblo.
A esa edad, cualquiera de nosotros hubiéramos sido ancianos
decrépitos. Con el tiempo, ese tema comenzó a inquietarme.
Empecé a preguntarme si tendrían algo que ver con
ello sus frecuentes ausencias del Pueblo, o algún aspecto
de su vida anterior, de la que desconocía todo. Pensé
que podría compartir la clave de su longevidad con nosotros
y resolví interrogarle acerca de su secreto.
Aquel fue el momento que mi padre eligió
para revelarme su pasado. Comenzó por la explicación
de mi peculiar nombre: Rojo Destello de la Última Estrella
de la Tarde. Me contó que él, desde niño,
se había dedicado a observar el cielo. Pronto reparó
en un objeto rojizo, parecido a una estrella, que empezaba a ser
visible al atardecer. Lo identificó como Marte, también
llamado el Planeta Rojo. Mi padre se obsesionó con viajar
por el espacio y llegar a ese planeta.
Lo consiguió. Era muy inteligente, mucho
más que la media, y tenía aptitudes que le favorecían
en su ambición. Logró ser incluido en un viaje con
destino a Marte. Aquella nave se estrelló y sus compañeros
fallecieron al instante. Él sobrevivió y, aun con
el traje espacial dañado, comprobó que podía
respirar. Vestido con su mono azul vagó sin rumbo durante
horas, hasta que un ser de apariencia humana le rescató,
y le condujo con los suyos. Le conmocionó descubrir que
existían seres idénticos a los humanos en aquel
planeta, este planeta. Me señaló un punto en el
cielo, bien visible. Ése era el Planeta Azul. De allí
había venido y hasta allí pretendía conducirme
de vuelta, en cuanto hubiese terminado las últimas reparaciones
de la nave. Había trabajado en ello en secreto todos estos
años, de ahí sus frecuentes ausencias.
¿Longevidad? Él no era longevo.
La confusión había surgido de una falsa premisa.
Habíamos supuesto que él hablaba de treinta y cinco
años de Marte, que aquí eran de 687 días.
Mis quince años, en realidad, hubieran sido veintiocho
según el cómputo terrestre.
Comprendí, horrorizada, el alcance de
aquellas revelaciones. Un habitante de otro planeta había
llegado al nuestro y, ocultando su verdadero origen, había
logrado ser aceptado entre nosotros, había procreado incluso
y ahora pretendía regresar llevándome como prueba
viviente de su encuentro con “marcianos”, como nos
llamaba.
Cuando regresé de aquella entrevista,
convoqué en secreto al resto del Pueblo y les narré
lo sucedido. El veredicto fue unánime: pena de muerte por
alta traición. Varios acudieron en su busca para cumplir
la sentencia. Yo declaré que, para limpiar mi sangre de
la impureza de aquel progenitor, consagraba mi vida desde ese
momento a ser Guía de nuestro Pueblo. Emprenderíamos
la Búsqueda de un refugio seguro, fuera de la vista de
aquel Planeta Azul que nos observaba desde la distancia.
Habían conseguido contactar con nosotros,
es cierto. Pero íbamos a hacer todo lo posible para que
fuese, sin lugar a dudas, el último encuentro.
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