| UNO
Antonio Rinza recuperó la conciencia
tendido sobre el suelo de un cubículo extraño,
cuyo aspecto difería radicalmente de los rudos
ambientes que había conocido durante su estadía
en las mazmorras subterráneas de la Casa de Gobierno.
Definitivamente aquel vestíbulo, repleto de prisioneros,
evocaba en su mente una incipiente noción de
la altísima categoría de su ocupante.
Y aunque su incómoda ubicación en medio
de aquella muchedumbre le impedía pensar con
nitidez, poco a poco, en su mente empezó a formarse
una idea del bullicioso caos que le rodeaba.
Unos cuantos minutos después,
Rinza se percató de la llegada de un anciano
ataviado con la librea granate que identificaba al personal
que brindaba sus servicios al Alcalde, y cuyo pesado
andar delataba el enorme esfuerzo que estaba haciendo.
El mayordomo aparecía escoltado por una pareja
de relucientes roboguardias que, a fuerza de empellones,
lograron construir un sendero que el anciano criado
utilizó para atravesar aquella aglomeración
viviente. Finalmente, después de una minuciosa
búsqueda, el mayordomo consiguió encontrar
a Rinza, gracias a sus capacidades eidéticas.
En ese momento, los circunstantes asistieron a una violenta
escena de forcejeo que evidenciaba la importancia que
Rinza tenía para el amo de la ciudad… Vencida
la resistencia del prisionero, los roboguardias invirtieron
la dirección de sus pasos para abandonar aquel
caldeado recinto, para penetrar en un sombrío
pasillo, que se llenó con los gritos del prisionero
que llevaban en vilo rumbo al despacho del Alcalde…
En su fuero interno, Rinza consideraba
aquella marcha como una insufrible tortura que le hacía
desear una muerte digna que le ahorrara el escarnio
que estaba pasando. Sin embargo, parecía que
aquella humillación también formaba parte
de la ceremonia. Con el rabillo del ojo podía
contemplar los rostros desencajados de aquellos hombres
mas envilecidos que él, ejerciendo su derecho
a especular sobre la naturaleza del destino que le aguardaba,
pues era sabido que cuando alguien era convocado personalmente
por el Alcalde jamás volvía a comparecer
con vida. Para su consuelo, conforme la comitiva del
mayordomo se alejaba de la sala, los rumores disminuían,
hundiéndose paulatinamente en ese recóndito
limbo que todos llevamos en la mente.
En efecto, apenas aquel cortejo se
tropezó con el grueso espesor de las puertas
blindadas que protegían el despacho del Alcalde,
Rinza percibió que los acontecimientos empezaban
a normalizarse de nuevo. Así, con lentitud y
sin estrépito, las puertas se abrieron, por obra
del dispositivo que las regía, para encajarse
perfectamente en los intersticios practicados con ese
fin en las paredes adyacentes. De esta manera se perfiló
ante el asombro del prisionero el magnífico panorama
de un gabinete palaciego, discretamente iluminada por
una suave luz cenital, cuya irradiación se vertía
sobriamente sobre una decoración con resabios
arcaicos.
Para esbozar el aspecto de aquel salón
regio, podríamos decir que el centro de aquella
galaxia de muebles pretéritos era un imponente
pupitre de caoba, en cuya superficie el Alcalde había
hecho instalar un vistoso tablero de ajedrez, por ahora
vacío, que parecía estimular la belicosidad
de su propietario, a juzgar por la expectación
que evidenciaba su rostro, un tanto inquieto por la
repentina ausencia de los trebejos.
Después que el séquito
cruzó el umbral del despacho Rinza principió
a interesarse con apasionamiento en el examen del adusto
semblante que tenía enfrente. Era obvio, para
cualquier observador inteligente, que aquel rostro pálido,
plenamente entrado en la cincuentena, jugaba a la perfección
con el temor que solía inspirar en quienes se
atrevían a estudiarlo con demasiada atención.
Por lo menos, esa era la impresión que le sugería
la contemplación de aquel entrecejo eternamente
fruncido, que evidenciaba su desprecio con una mueca
desdeñosa que refrendó de inmediato la
férrea autoridad que aquel hombre ejercía
sobre su entorno. Para la ocasión, el autócrata
había escogido lucir un atuendo de campaña
de color gris, cuya única elegancia residía
en la apreciable cantidad de medallas que convertían
la solapa de su guerrera en el sobresaliente remedo
de una constelación. Semejante aire de ostentación
constituía un indicio más del clima de
supremacía que el Alcalde pretendía imponer
entre las personas que lo rodeaban.
De repente, obedeciendo una orden
del Alcalde, los roboguardias cogieron a Rinza de las
mangas del andrajoso vestido que lo cubría, para
arrojarlo, como si fuera un cadáver infecto,
sobre la alfombra que cubría el suelo del recinto.
Por esta vez, Rinza se permitió exhibir una patente
muestra del dolor que estaban sintiendo sus huesos.
Desafortunadamente para él, esta expresión
de franqueza le valió una firme amonestación
visual de parte del impávido Alcalde; pues para
ese hombre colocado por encima de los demás,
aquel signo de desfallecimiento constituía una
prueba evidente del quebrantamiento definitivo de la
persona que lo emitía.
A pesar de todo, el Alcalde decidió
continuar con la rutina, y con un gesto imperioso de
su mano enguantada despidió a los roboguardias.
Por ahora precisaba de la soledad para dedicarse plenamente
al estudio del caso de Rinza. A continuación,
el Alcalde retorno a su sitial, y procedió a
digitar la contraseña que le permitiría
el acceso a los ficheros del Departamento de Policía.
Unos cuantos segundos después, que Rinza vivió
con expectación, el rostro del Alcalde empezó
a reflejar la vasta complacencia que solazaba su espíritu
mientras leía el informe que tenía en
pantalla. Concluida la lectura, el Alcalde dirigió
a Rinza una mirada, un tanto cómplice, que éste
llegó a considerar como indulgente.
-Me resulta grato informarle -exclamó
el Alcalde con afabilidad- que no ira al paredón.
Usted posee el perfil que necesito para la experiencia
que tengo en mente.
-No le comprendo muy bien -repuso Rinza.
-Bien, seré mas explicito.
Según el informe que acabo de leer usted posee
una gran predisposición hacia los juegos agonales.
Naturalmente los mecanismos de evasión que le
proporciona nuestra sociedad deben parecerle estúpidamente
pueriles. Por lo visto, usted precisa mantener su adrenalina
en una cota bastante alta. Su mente se dispara y exige
lo mejor de sí en una situación semejante.
Por eso reunió a esa hermandad secreta de ajedrecistas
en torno a sí mismo, por eso enmarcó el
juego bajo aquellas condiciones macabras. Sin embargo
hubo quienes no soportaron su dominio, como el alférez
Ocampo.
-Ese cobarde merecía morir
de una manera menos digna. Le hice un favor asesinándolo
a la vista de todos.
-Pero no tuvo en cuenta que su acción
pondría en evidencia toda la estructura que había
construido en torno a su persona. Cuando supieron cómo
había liquidado a Ocampo, la disciplina se relajó,
y sus camaradas le delataron. Debió suponer que
nadie desea terminar sus días muerto con un agujero
en la espalda.
-Es una forma de ver las cosas. Cuando
formamos la hermandad nos juramos una mutua lealtad.
Ninguno de nosotros, en su sano juicio, hubiera andado
por allí predicando que nos jugábamos
la vida voluntariamente, entre una batalla y otra. Ocampo
conocía nuestras reglas perfectamente, para su
desdicha decidió cambiar de parecer demasiado
tarde.
-Interesante exposición Rinza.
Lo esencial, para mí, es que usted detesta el
tedio tanto como yo. Y eso le convierte en la persona
ideal para probar el software que he diseñado.
Ante el silencio de Rinza, el Alcalde
se creyó obligado a explicar mejor sus razones:
-Desde mi advenimiento Khilafe se
ha constituido en una pesada carga para mí. La
ciudad es un verdadero polvorín que puede estallar
en cualquier momento. La permanente vigilancia de las
unidades móviles de televisión muestra
un panorama social alterado. Eso también se manifiesta
en las altas esferas del gobierno. Existen conspiradores,
y no todos están identificados. Para colmo, la
guerra contra Ptum no marcha bien, y, por consiguiente,
el ejército tiene sus quejas también.
Para mí está claro que la guerra constituye
la única inversión que podría salvar
a la ciudad de la ruina, pero paradójicamente
hemos perdido los territorios que nos servían
para mantener a la industria en marcha. Y francamente
yo me encuentro demasiado cansado para seguir adelante.
Los medios me critican, la sociedad me odia. Me he convertido
en un paria. Viviendo bajo esa circunstancia, me parece
obvio volver la mirada hacia uno mismo. Esa era la única
forma para conseguir el tiempo libre para diseñar
un software que lograra satisfacer mis expectativas
lúdicas. Anduve mucho tiempo a tientas, probé
muchas ideas, pero no me convencieron. Pero cuando supe
de su hermandad, y de sus actividades, encontré
lo que buscaba.
-Eso quiere decir que terminó
descubriendo el aspecto macabro del ajedrez gracias
a mí -comentó Rinza en un alarde de ironía.
-Acertó. Mi espíritu
no puede exigir una emoción mayor. El vencedor
obtiene una enorme satisfacción por el esfuerzo
desplegado Pero basta de charla Usted será mi
contendor.
-Supongo que no puedo negarme.
-No sería una opción
razonable. Le esperaría el paredón. Además,
usted no es el único ajedrecista. Recuerde que
lideraba una hermandad bastante nutrida, y tenemos a
muchos de los suyos guardados en las mazmorras.
-Pero ninguno tiene el nivel que yo
poseo. Yo soy el campeón indiscutido. Recuerde
que todavía conservo la vida.
-Puede que tenga razón, pero
si elige resistir, su vida dejara de tener valor para
mí.
Ante la amenaza, Rinza creyó
conveniente ceder.
-Esta bien. Concédame unos
minutos para pensarlo.
-Los tiene -acotó el Alcalde.
Libre de su charla con Rinza, el Alcalde
penetró en una salita contigua a su despacho.
Con paso firme se dirigió hacia el videófono
que, en ocasiones, hacía las veces de tocador,
para digitar el número que le brindaría
el enlace con el capitán de su guardia. Un rato
después, la solícita faz del esbirro llenaba
la pantalla esperando las órdenes que le impartiría
su amo.
-¡Capitán! -bramó
el Alcalde- Necesito que envíe a una pareja de
sus hombres para que trasladen al prisionero hacia el
Polígono donde el ejército efectúa
las pruebas de sus prototipos. Rinza será el
primer hombre que utilizara operativamente el software
de juego que he diseñado. Preparen adecuadamente
la operación de implante. No quiero que este
espécimen vea su desempeño afectado por
efectos secundarios. Y no olviden recordarle a los técnicos
que le asignen un nick belicoso, que le infunda grandes
deseos de batirse.
-Sus órdenes serán cumplidas
inmediatamente, Excelencia -replicó el esbirro.
De regreso al despacho, el Alcalde
encontró a un Rinza transfigurado, y al parecer
dispuesto a enfrentar el desafío que suponía
enfrentarse con él. En su rostro se evidenciaba
el ímpetu de un espíritu animado por pensamientos
de lucha.
-Acepto su propuesta, Excelencia.
Jugaré con usted, sin embargo tengo una duda.
¿Qué pasará si venzo?
-La respuesta es obvia. Moriré,
pero lo haré con la frente en alto. En el ajedrez
no existen las trampas, es el juego de la verdad manifiesta.
Por eso lo elegí como base para mi arena de combate.
Y ya que no tengo el suficiente valor para suicidarme,
si perezco prefiero que sea disputando una buena lid.
Y usted podrá disfrutar de una nueva vida. No
creo que Khilafe sobreviva a mi muerte. Si, en caso
contrario, venzo, seguiré soportando mi cruz
hasta que pueda encontrar otro candidato para un duelo.
-Es usted un fatalista, Excelencia.
-Si usted hubiera sido escogido por
el Cónclave para desempeñar esta función
habría llegado a la misma conclusión.
Es difícil ser el padre de los habitantes de
un señorío en trance de crecer. Existen
demasiadas variables en juego como para encontrar un
consenso entre ellas. Todo me presiona amigo Rinza.
Transcurridos unos instantes de silencio,
el capitán y sus roboguardias penetraron en el
despacho. El estrépito causado por sus botas
interrumpió el clima de complicidad que se había
establecido entre los hombres que allí se encontraban.
Para Rinza el arribo de los pretorianos significó
un abrupto retorno a la realidad y a los maltratos.
Los roboguardias lo sacaron de allí maniatado,
como si fuera un peligroso orate al cual hubiera que
controlar. Parecía evidente que el capitán
disfrutaba con toda este espectáculo denigrante
para cualquier ser humano, pero se trataba de ofrecer
un escarmiento a la turba que se apiñaba en el
salón.
Apenas el prisionero y su escolta
desaparecieron de su vista, el Alcalde decidió
consagrarse de inmediato a atender los prolegómenos
de su duelo. A su entender la audiencia de hoy había
tenido un propósito, y ese propósito había
sido cumplido. Era una lástima que aquella escoria,
cuyo rumor podía oír como si fuera el
lamento de un dios en desgracia, tuviera que esperar
unos días más, pero era su voluntad que
así fuera. Por ahora no permitiría que
asuntos que podría considerar secundarios estorbasen
su preparación para el juego. Con esa idea en
mente agitó violentamente la campanilla que tenía
sobre su escritorio para llamar la atención del
patibulario mayordomo que desde un rincón lo
contemplaba todo, silencioso como una estatua.
-Cancele de inmediato todas las audiencias...
y no me replique. Es mi última palabra.
-Permítame recordarle, Excelencia,
que dentro de una hora debe acudir a su reunión
con el Comando Supremo. La situación del frente
septentrional es muy grave. Las tropas del mariscal
Suxe han lanzado una poderosa ofensiva que ha vulnerado
nuestras defensas allí. Al parecer el mariscal
pretende ser el primero en poner el pie en nuestra ciudad.
-Sea como fuere, no asistiré.
Delego en el canciller Llontop la tarea de representarme
ante esos generales ineptos. Yo debo ocuparme de otras
cuestiones importantes para mí.
-Entonces no podré convencerlo
con ninguna de mis razones. Lo siento por nuestra ciudad.
Con su permiso, me retiro. Debo cumplir con sus disposiciones.
Acto seguido. El fámulo salió
del despacho alejándose con su acostumbrada parsimonia
de un sitio que empezaba a inspirarle una clara sensación
de temor.
Cuando estuvo definitivamente solo,
el Alcalde consagró sus esfuerzos a satisfacer
la pasión que lo obsesionaba desde que la guerra
contra Ptum empezó a adquirir un cariz desfavorable.
Ahora disponía de tiempo para explorar cabalmente
aquel espectro de emociones y miedos que suscitaba el
ajedrez en su alicaído espíritu. Dirigido
por ese pensamiento, su cuerpo se acercó al tablero
que reposaba ociosamente sobre el pupitre que compartía
habitualmente sus días. Al contemplar aquella
superficie escaqueada y vacía, se sintió
cual un general que escudriñara el campo de batalla
antes de que ésta tuviera lugar. Aquel tablero,
pensaba, le proporcionaría una respuesta definitiva
al enigma de su destino. Sin embargo, para llevar a
cabo ese propósito tenía que sumergirse
en las entrañas de aquel mundo y dejarse llevar
por su férrea lógica. Era la mejor forma
de acabar con el horrible dilema que le tenía
sumido entre el desvarío y la blasfemia.
Inducido por la fuerza de ese pensamiento
redentor, el Alcalde acercó su mano al panel
de identificación que le permitiría acceder,
después de muchas lunas, a ese ciberespacio hacia
el cual sentía tanta afinidad. Transcurridos
unos cuantos segundos la voz de la entidad que resguardaba
el sistema le dio la bienvenida.
-Buenas tardes, Excelencia, la sesión
de hoy promete ser muy interesante. Para la ocasión
le tengo reservado un contendor humano, un detalle que
le brinda variedad a la jornada. Antes nos dedicábamos
únicamente a reproducir partidas clásicas.
Advirtiendo un rastro de ironía en las palabras
del sistema, el Alcalde repuso- Una actividad que también
posee su faceta estética, y que ofrece emociones
a quien la practica con un criterio eminentemente didáctico.
Aunque claro está que carece del dramatismo del
juego en vivo, su eterno desafío a la incertidumbre.
Cambiando bruscamente de tema, la
voz del sistema le espetó de golpe una revelación
que consternó un tanto su ánimo.
-Excelencia, creo mi deber informarle
que el sistema le ha asignado las piezas negras.
El Alcalde no replicó, pero
en su mente empezó a formarse la sombra de una
sospecha que le inducía a suponer que sus enemigos
habían conseguido traspasar las defensas del
sistema para alterar las instrucciones que regían
las decisiones del software. Si esta sospecha llegaba
a confirmarse, podía considerarse perdido pues
quedaría sometido a la voluntad de otra inteligencia
seguramente hostil. Pese a su turbación, el Alcalde
logró disimular eficazmente su sobresalto. Después
de todo, el simple hecho de mover primero no garantizaba
la victoria al primer jugador, además siempre
existía una manera de contrarrestar el poder
que el enemigo ostentaba al comienzo de la batalla.
El momento de la verdad llegaría después,
cuando Rinza se decidiera a mostrar la estrategia que
suponía lo llevaría al triunfo.
Sin embargo, la imperiosa voz con
la que el Alcalde solicitó comunicarse con el
Polígono, creaba la ilusión de un hombre
ecuánime que mantenía cogidos todos los
hilos de la situación. Luego, cuando la pantalla
del videófono se vio ocupada por la sonriente
faz de un técnico, perteneciente al personal
que laboraba en el Polígono, pudo sentirse un
poco más tranquilo.
-No le quitaré mucho tiempo...
-dijo el Alcalde con un hilo de voz un tanto entrecortada-.
Necesito que revisen de inmediato los antecedentes de
todo el personal militar y técnico que trabaje
actualmente en el Polígono. Pongan el acento
en averiguar su simpatía o antipatía hacia
el régimen. Sospecho que un traidor se ha infiltrado
entre ustedes.
-Comprendido, Excelencia. Lo haremos,
aunque como comprenderá eso llevara su tiempo,
y sólo podrá conocer los resultados después
de que culmine su sesión de juego. A menos que
desee suspender la operación de conexión...
-Nunca. Es perentorio para mí.
No podría dilatar más tiempo la ejecución
de esta experiencia. Pasé meses revisando los
expedientes de esa escoria. Y tampoco me queda mucho
tiempo libre. Está bien, efectúen las
pesquisas, pero quiero esos informes en mi computadora.
Cambio y fuera.
-Cambio y fuera, Excelencia. Espero
encontrarlo nuevamente al otro lado de la línea
-dijo el técnico antes de esfumarse abruptamente
de la pantalla.
La respuesta que acababa de recibir
aumentó las sospechas del Alcalde, pero era imposible
impedir que el sistema continuara ejecutando la secuencia
de transferencia neural. Por eso, cuando la inhumana
tesitura electrónica le pidió autorización
para conectar su mente con el bullente ciberespacio,
el Alcalde pronunció una trémula afirmación
que solo podía significar duda. Sin embargo,
el sistema no estaba capacitado para comprender los
altibajos de la mente humana, le bastaba con tener una
respuesta afirmativa para proceder. De este modo, hicieron
su aparición una pareja de brazos tentaculares
que se aproximaron al cráneo del Alcalde con
la parsimonia de una araña tejiendo su tela,
para revestir la cabeza del humano con un extraño
yelmo transparente, que contenía el inductor
que vincularía sus terminaciones nerviosas con
la arena de duelo.
De improviso, el Alcalde se encontraba
rodeado de una apacible soledad que no era la de su
despacho. Luego, a medida que penetraba en los dominios
de aquel universo, su visión principió
a percibir el resplandor de una legión de formas
rutilantes que esclarecían, un poco, el inhóspito
aspecto de aquel cuadrante espacial. Sin embargo, su
mente no podía extraviarse, el mundo que buscaba
se hallaba muy cerca, al menos esa era la impresión
que tenía. Reconocía la ubicación
de las constelaciones, la distante luz de la inmensa
estrella, en torno a la que orbitaba el rojizo planeta
que había elegido para enclavar su mundo aparte,
y hacia el cual se dirigía anhelante, ansioso,
transfigurado en un demiurgo que podía controlar
los elementos de aquella comarca a su albedrío…
El descenso no le fue difícil.
Tenía mucha práctica realizando esos vuelos
que le reconfortaban, alejándole de la desesperación.
Bajo sus pies observaba el ciclópeo aspecto de
la cordillera que estaba sobrevolando. Aquellas montañas
adustas, erguidas perpendicularmente sobre unos abismos
hórridos que agitaban la imaginación de
los cobardes, parecían emerger de la penumbra
en retirada cual portentosos gigantes que resguardaban
el misterio del lugar de la intromisión del alba.
Y quizá fuera así, pues ocultaban el pequeño
valle donde se ocultaba su secreto.
Entonces, los sagaces ojos del Alcalde
descubrieron, detrás de un dosel de nubes, el
paraje que andaba buscando. Abajo todo estaba dispuesto,
el tablero, las piezas, y el rival contemplaba su llegada
como si lo estuviesen esperando para dar inicio a una
lucha largo tiempo postergada.
DOS
Cuando Rinza se vio inmerso en la atmósfera
hacia la cual le había conducido la interfaz
que le habían colocado en la cabeza, comprendió
el vasto empeño que el Alcalde había puesto
en satisfacer su tortuoso deseo de emoción. Para
empezar, no se encontraba habitando ningún universo
exótico, dotado de dragones fabulosos, ni tenía
a su alcance una profusa colección de objetos
mágicos dispuestos a ser convocados. Se hallaba
en medio de un escenario, se diría espartano,
por la parquedad de los elementos que lo componían.
Frente a él se desplegaba una extensa superficie
cuadrangular, perfectamente parcelada en una serie finita
de escaques claros y grises, que su percepción
identificó inmediatamente como un tablero de
ajedrez. Al otro lado extremo del tablero se podía
divisar una ordenada hueste de seres vestidos extravagantemente
con indumentarias de tonalidades oscuras, que variaban
según el rango que ostentaban. Todos ellos poseían
el porte de un hombre adulto bien desarrollado, pero
al mismo tiempo mostraban una extraña rigidez
de autómatas en reposo. Visto desde aquella perspectiva,
aquel minúsculo ejército, ordenadamente
dispuesto en un par de hileras formadas marcialmente,
evocaba remotamente a una falange macedónica
preparada para cargar contra el enemigo. Levitando detrás
de aquella mesnada, Rinza consiguió distinguir
el tenue holograma de su oponente. Un individuo de estatura
mediana, complexión recia y mirada divagante,
cuyo milenario aspecto remitía a pensar en la
figura de un venerable patriarca antediluviano, pues
el matusalén vestía un siniestro albornoz
que evidenciaba sus vínculos con un tiempo remoto.
Contemplándose a sí mismo, Rinza advirtió
que el sistema no había modificado su apariencia
de raíz. Simplemente había adecuado su
indumentaria al tenor de la coyuntura presente, confiriéndole
un aspecto que se avenía perfectamente con sus
rasgos amerindios. Sin embargo no tenía tiempo
para distraerse, se encontraba en un mundo nuevo y su
deber era encontrar un modo para sobrevivir en él.
Gradualmente, Rinza fue descubriendo los poderes que
el sistema le había otorgado. Su cuerpo había
adquirido la maravillosa facultad de levitar, un detalle
que se revelaba importante a la hora de escudriñar
la situación de sus trebejos sobre el campo de
honor, no obstante Rinza consideraba que el poder de
mover sus piezas a distancia capacidad más portentosa
que le habían conferido. En este mundo la irradiación
biofótonica emitida por su mente era captada
por las moléculas que componían la materia
de la que estaban hechos los trebejos que tenía
a sus órdenes. Lamentablemente, el radio de acción
de esta facultad había sido constreñido,
astutamente, por el sistema a los confines de este pequeño
valle.
De improviso la autoritaria voz del
sistema retumbó en toda la atmósfera del
valle, conminando a los contendientes a disponerse a
iniciar la partida. Así, con palabras ampulosas,
el sistema les comunicó que el juego daría
comienzo apenas el disco solar se hubiese situado en
el cenit de la bóveda celeste. De esta forma
la luz daría de lleno sobre el cuadrilátero
donde se verificaría la acción. Naturalmente
la partida llegaría a su fin, cuando alguno de
los contendientes recibiera un mate inexorable, sin
embargo esto tenía que ocurrir apenas se hubiera
puesto el sol. Si esto no llegaba a ocurrir, ambos contendores
conocerían el horror de la inmediata destrucción.
Puestas las cosas así, parecía ineludible
contender para seguir manteniendo su lugar en la existencia,
una circunstancia que, a juicio de Rinza, le otorgaba
una dosis de emoción al asunto.
Desde la perspectiva de Rinza, la circunstancia
de manejar las piezas blancas le otorgaban la oportunidad
de asumir, desde el inicio, el curso de una ofensiva
que podía brindarle el triunfo inmediato, si
no cometía ningún error en el camino.
Por ahora, su mente estaba ocupada en elegir una apertura
que fuera consecuente con el espíritu belicoso
que se proponía imprimirle al juego, pues era
su turno de jugar ya que el sol principiaba a elevarse
gloriosamente desde el horizonte incendiando con su
fulgor las cumbres de las montañas cercanas.
Así, impelido por la fuerza de su sentido común
apeló al movimiento que le pareció más
natural para desplegar su poder combativo. Peón
Cuatro Rey. Desde el otro lado del tablero, el anciano
observó cómo el infante enemigo abandonaba
su inercia para desplazarse con una pasmosa tranquilidad
dos cuadros rumbo al centro del tablero vacío,
sin manifestar un evidente sobresalto, aunque por dentro
sus neuronas empezaban a hilar una estrategia defensiva
que le sirviera para detener el ímpetu de su
rival. Después de un breve recuento del formidable
arsenal defensivo al que las negras podían acudir,
y al cual su memoria solo le brindo un simple atisbo,
el anciano se decidió a ordenarle a su peón
de rey que acudiera a interceptar el paso del infante
enemigo. Rinza había recuperado el turno y empezó
a estudiar la posición concienzudamente. Sobre
el tablero se había planteado una clásica
posición de apertura peón cuatro rey versus
peón cuatro rey. A partir de aquí podía
elegir una vasta panoplia de alternativas, pero lo que
él necesitaba era una que contuviera el cariz
de la sorpresa. Estaba claro que el bloqueo central
impuesto por el avance del infante enemigo debía
ser desafiado para conseguir airear la posición.
De improviso su mirada refulgió con el brillo
de un sol en trance de nacer. Había encontrado
el movimiento justo para conseguir el efecto sorpresa
sobre su contendiente. Seguidamente el infante blanco
que celosamente custodiaba la posición de la
dama cobró vida, y se desplazó velozmente
hacia el centro del tablero. Allí le esperaba
su oponente, el impávido peón negro, que
logró esquivar la acometida de aquella espada
desenvainada con rauda agilidad, mientras contraatacaba
hundiendo el acero de su cimitarra en el vientre de
su rival. Al instante el sistema hizo que la tierra
se abriera para engullir el cuerpo del soldado muerto.
El anciano había considerado necesario devorar
el peón ofensor con la mente puesta en un hipotético
final en el que sus peones superaran ampliamente a los
efectivos enemigos, sin embargo Rinza continuó
enviando sus peones al ara del sacrificio. Esta vez
fue el turno del peón alfil dama quien se avino
a inmolarse ante la implacable voracidad del intruso
peón de rey negro. En este caso el anciano también
aceptó la oferta, pues tenía fe en su
capacidad para superar el reto que Rinza le estaba proponiendo
con su audacia. No obstante, cuando el poderoso alfil
de rey blanco se adueñó de la despejada
diagonal que apuntaba claramente contra el principal
punto débil de su bastión, el anciano
empezaría a preocuparse con más intensidad
del peligro que se cernía sobre su monarca. Por
esa razón, y para ganar un poco de tiempo para
efectuar su enroque, el anciano le encomendó
a su alfil de rey la misión de atacar de frente
al rey blanco, con ese propósito el obispo negro
penetró en el campo enemigo y se lanzó
contra el objetivo previsto. Con suma agilidad, el rey
blanco eludió la carga del enemigo y se refugió
en una casilla contigua, que su propio alfil de rey
había dejado vacante. Con este movimiento se
hacia evidente el plan de Rinza. Con osadía,
el primer jugador renunciaba al enroque para no detener
la velocidad de su ataque sobre el castillo negro.
La batalla continuaba, y de un salto
el corcel de rey negro intentó incorporarse a
la acción, sin embargo el vigor de este movimiento
quedó neutralizado por el súbito avance
del peón de rey blanco quien cruzó el
centro del tablero con evidentes intenciones agresivas.
Debido a esta amenaza contra su integridad, el equino
se vio obligado a retroceder hacia su posición
primigenia, dejando indefensas importantes casillas
del flanco de rey negro. Para aprovechar semejante oportunidad
Rinza decidió apretar el cerco que sus piezas
tenían puesto alrededor del bastión rival
sirviéndose, para tal fin, de la fuerza de su
pieza más poderosa, la dama. Ante la acometida
de las fuerzas enemigas el anciano se dispuso a oponer
una defensa tenaz, que le permitiera sostener todos
los puntos débiles que pudieran surgir ante un
ataque que parecía tan furioso. El único
objetivo que perseguía su testarudez era conseguir
hilvanar, en un futuro que preveía cercano, una
contraofensiva que le brindara la oportunidad del triunfo.
Gradualmente, las fuerzas de Rinza continuaron creando
las condiciones necesarias para ejecutar pronto el ataque
final. Sus intenciones podían deducirse de la
enorme coherencia con que las piezas blancas empezaban
a danzar en torno a la muralla de peones que defendía
endeblemente la seguridad del monarca negro. Al llegar
a este punto la posición exigía, desde
la perspectiva de Rinza, la ejecución de un sacrificio
que le permitiría abrir una brecha en las paredes
del todavía incólume castillo enemigo.
Con esa idea en la mente, Rinza le ordenó a su
corcel de rey que eliminara el peón alfil de
rey contrario; una vez ubicado allí el jinete
blanco podría amenazar directamente al acosado
soberano negro, quien constreñido en la casilla
torre de rey, continuaba siendo objeto de una denodada
defensa por parte de sus efectivos de combate. Naturalmente
el caballo invasor era un presente griego que las piezas
negras contiguas no podían capturar sin comprometer
la endeble posición que sostenían Así,
confinado en esa aislado escaque, el rey negro asistió
con estoicismo al final de una lucha que carecía
de posibilidades de revertir. En efecto, pese al valor
que podían ostentar sus guerreros, el aparatoso
sacrificio del caballo había conseguido mellar
definitivamente la seguridad su baluarte.
Llegado este momento, podía
considerarse que la partida había ingresado en
sus postrimerías, y aunque todavía no
se perfilaba una posición de mate ineludible,
ésta principiaba a vislumbrarse, pues la enmarañada
posición del monarca negro le dejaba a merced
de la potencia asesina de los alfiles blancos, dueños
de las diagonales abiertas sobre las que el rey blanco
deambulaba como un soldado desguarnecido en medio de
soledad del combate. A su alrededor el crepúsculo
principiaba a teñir de sombras el valle donde
se había desarrollado la lucha, el inexorable
declive del sol constituía un evidente síntoma
de que el plazo estipulado por el sistema estaba concluyendo.
No obstante, el anciano no parecía resignado
a perecer. Su rostro inquieto evidenciaba que su pensamiento
estaba puesto en hallar alguna forma de contrariar las
reglas que el sistema había impuesto a la partida,
un riesgo que debía asumir si deseaba conservar
su vida. De este modo, avisado por su perspicacia, Rinza
no se sorprendió en lo absoluto cuando el curso
de los acontecimientos empezó a tomar un rumbo
que no había sido anticipado por nadie.
Un segundo después un simple
vistazo al cielo le informó que las cosas estaban
cambiando. El firmamento había adquirido un aspecto
furibundo, casi de cataclismo que recordaba el momento
en el que se iniciaban las tormentas. Consecuentemente,
la topografía del lugar empezó a desfigurarse,
a perder sus proporciones hasta hacerse indistinguible
al escrutinio del ojo humano, luego un espantoso hedor
emanó de todos los confines de aquella tierra
como si ésta fuera un cadáver recién
exhumado de su tumba…
Rinza estaba tan impresionado por esta
fase de la transición que había olvidado
por completo las razones que le habían traído
a aquella arena. Realmente no era cosa de todos los
días asistir al desarrollo de un Apocalipsis,
que denotaba el deterioro de la realidad, para dar paso
a una condición pretérita, oculta tras
bambalinas. Sin embargo, su razón estaba intrigada
por causa de la plaga que estaba devorando a este mundo
y no pudo evitar formular una pregunta retórica
al vacío que empezaba a acompañarlo. Y
aunque no esperaba que nadie le respondiese, la cavernosa
voz del anciano se animó a hacerlo.
-El fenómeno que afecta a este
estrato de realidad es producto de la intrusión
de una especie viral particularmente voraz que se alimenta
de la información que sustenta la existencia
de las ciberformas aquí presentes. A mi entender,
la única forma de revertir esta situación
estriba en atacar el virus desde dentro. Es una medida
arriesgada, pero no veo otro camino para salvarnos de
esta vorágine.
De un salto el anciano se trepó
a ese cielo descolorido que parecía pertenecer
a una era previa a la creación de las cosas.
Abajo quedaba el tablero donde Rinza no había
concretado su victoria, convertido en una planicie yerma,
próxima a involucionar todavía más.
Con un ímpetu salvaje el anciano se dispuso a
enfrentarse a las criaturas virales como si él
dispusiera de una portentosa lanza que nulificara la
fuerza destructora de aquellas formas con el poderío
de su acometida. Sin embargo, la coraza que protegía
el virus rechazó su intento, arrojando al defenestrado
caballero contra la oscura tristeza de aquel cielo que
parecía abrir su seno para acogerlo en su última
caída. En ese momento, Rinza advirtió,
al vuelo, una serie de gestos y expresiones que le parecieron
notablemente familiares , que le permitieron esbozar
un perfecto retrato mental del Alcalde de Khilafe, despojado
de aquella barba patriarcal y de ese sombrío
albornoz que lo arropaba. En cualquier caso era imposible
imaginar un destino diferente para un hombre que gustaba
jugar con el riesgo, mientras uno contemplaba como su
cuerpo atravesaba el cielo como la estela de un cometa
hasta perderse en el corazón del universo, con
el alma limpia de todos los odios que lo atribularon.
Por su parte, Rinza también
tenía motivos para preocuparse, pues había
sido atrapado por una ráfaga de viento que le
estaba conduciendo al borde de un abismo cuyas paredes
descendían a plomo hacia la horrenda oscuridad
del inframundo. Lo peor del caso es que no deseaba morir,
aunque el terror del abismo le hacía codiciar
esa posibilidad como la más amable que podría
sopesar. Envuelto por el dramatismo de ese trance, se
animó a gritar tal vez estimulado por la idea
de acompañar el último momento de su vida
con el sonido de una voz humana. Sin embargo, en el
sector más recóndito de su mente, los
ojos de su imaginación empezaron a captar la
expectación contenida en un millón de
rostros ansiosos por conocer su destino. La pregunta
que llenaba las mentes era sencilla ¿Conseguiría
salvarse o no? Se hacían apuestas al respecto,
sueldos que reunidos conseguirían pagar los placeres
de un ministro. De improviso, el imperceptible sonido
de un clic extendió ante su mirada un brumoso
panorama de seres, que gradualmente llegó a considerar
reales.
TRES
Después de haber sido liberado
de la interfaz que vinculaba su mente con aquel demente
universo virtual, Rinza se encontró atravesando,
de principio a fin, la destruida Calle de los Desfiles,
la principal arteria de Khilafe, formando parte de una
nutrida fila de prisioneros que dócilmente se
encaminaban hacia el único aeródromo que
los cazabombarderos plumitas habían respetado
durante el curso de la batalla. En ese momento, impelido
por la curiosidad del hombre que ha estado mucho tiempo
alejado de sus semejantes, Rinza se atrevió a
interrogar al más cercano de sus cancerberos
sobre la suerte que había corrido el Alcalde
de Khilafe. No obstante, su pregunta no halló
eco en la hermética mente del guardia, que prefirió
esgrimir el látigo que portaba para eludir una
información que sus superiores le habían
prohibido revelar. Advirtiendo que el desdén
del guardia era definitivo, Rinza decidió fiarse
de sus percepciones para descubrir las causas de la
catástrofe que se había abatido sobre
la ciudad. Khilafe era una elocuente ruina, y los escombros
que sus botines tenían que eludir constantemente
confirmaban el encarnizamiento de una lucha que se había
tornado en desesperada en vista de la arrogancia que
habían demostrado los defensores de la plaza
ante los ataques de un ejército que poseía
el enorme poder de los recursos y el número.
La presencia de centenares de vehículos blindados,
desmantelados por los impactos de la artillería
daban una idea de la magnitud que había alcanzado
la resistencia final. Lamentablemente para las armas
de Khilafe la batalla había tenido un resultado
adverso, cuyas consecuencias podían percibirse
por doquier. Una prueba definitiva de ello, era la interminable
afluencia de antiguos combatientes, que una vez capturados
en los escondrijos donde se habían emboscado,
terminaban integrándose a esa doliente cadena
de humanidad que marchaba, a fuerza de latigazos, para
complacer la megalomanía del mariscal Suxe, el
conquistador de Khilafe. Y quien seguía el espectáculo
desde un monitor de televisión instalado en la
tribuna que había mandado erigir a un lado de
la torre de control del aeródromo donde era conducida
aquella muchedumbre de antiguos combatientes. Y aunque,
aparentemente, sus camaradas lucieran resignados a admitir
el destino que les habían deparado sus captores,
Rinza estaba convencido de que en el fondo de sus corazones
su pensamiento estaba lejos de aceptar pasivamente el
papel de esclavo en algún extenso latifundio
ptumita.
De pronto, en un alarde de alegría
triunfal, el mariscal Suxe dio su venia para que despegase
el primer cuatrimotor de transporte. Así, en
medio de la algarabía de sus soldados, la nave
ptumita se elevó cual una criatura celeste sobre
el firmamento de la ciudad vencida, portando una abundante
provisión de esclavos que repletarían
los mercados de la urbe septentrional. Desde la pista,
Rinza seguía con bastante atención la
secuencia que exigía aquella monótona
operación que parecía repetirse infinitamente.
Primero: los cautivos ascendían la empinada rampa,
dispuesta a popa del monstruoso fuselaje que los cobijaría,
ayudados por la mecánica eficiencia de una escalera-robot
que acudía de un lado a otro del aeródromo
ejecutando su trabajo. Segundo: una vez adentro, los
prisioneros, sumergidos en la tenebrosa oscuridad de
la bodega de la nave, podían considerar que se
hallaban en una de las cavernas del infierno. Tercero:
apenas las puertas de la bodega se hubieran cerrado,
la gente que se quedaba adentro se iniciaba en el conocimiento
del silencio, un silencio por lo demás forzado
por el imperante crepitar de las hélices. Por
último, apenas la nave empezaba su periplo en
el cielo, Rinza terminaba adquiriendo la certeza de
que sus compatriotas eran, para los ptumitas, una simple
muestra estadística contenida en la memoria de
su computadora maestra.
Sin embargo, todavía se encontraban
a tiempo para luchar de nuevo, de cualquier modo era
perentorio perseverar en la defensa de su dignidad de
hombres contra el espanto que les prometía aquel
destino vil. Solo así podían quebrantar
el espíritu del hombre que los estaba humillando,
de la misma forma como él había conseguido
menguar la altivez del Alcalde de Khilafe, un hombre
exiliado en el castillo de su excesivo apego a sí
mismo.
De improviso, el feroz golpe que le
propinó el látigo de un guardia ptumita
le trajo de nuevo a la realidad circundante. Una vez
aquí, sus sentidos percibieron el vasto odio
que había generado en ellos. La andanada de golpes,
y los insultos que les acompañaban, eran un indicio
del espíritu belicoso que los motivaba. No obstante,
Rinza no respondió a ninguna de las agresiones;
era como si aprovechando el rigor del momento se dedicara
a diseñar una estratagema que le permitiera salir
de un trance tan difícil.
Afortunadamente sus cálculos
no resultarían erróneos. A su alrededor
los rostros de sus compañeros de cautiverio empezaron
a adquirir, gradualmente, los signos de la ofuscación.
La marcha se había detenido convirtiendo a aquella
muchedumbre en movimiento en una turba recalcitrante
que estaba dispuesta a solidarizarse con uno de ellos,
y que convertida en un monstruo recién convocado,
amenazaba romper el férreo cordón humano
que los guardias habían construido en torno a
él. Entonces los guardias, temerosos de la superioridad
numérica de aquellos seres desbordados, soltaron
a Rinza y se prepararon a enfrentar el conato, esgrimiendo
sus látigos como recurso supremo para amedrentar
la ira de sus enemigos. La tensión que se respiraba
en el ambiente preludiaba el inicio de una lucha desigual
que ninguno de los bandos se decidía a comenzar.
En ese instante, la gigantesca videopantalla que dominaba
la explanada del aeródromo derramó sobre
todos una imagen patéticamente cruel, en la que
el mariscal Suxe se atrevía a enarbolar cual
un trofeo la putrefacta cabeza del extinto alcalde de
Khilafe, encerrada en una exigua jaula de alambre. Una
actitud que denotaba claramente el acento de humillación
que estaba poniendo a su acción.
Ante semejante muestra de vesania,
Rinza y sus compañeros olvidaron la cautela que
todavía regía sus pensamientos, para dirigir
su ira contra la tribuna donde el mariscal Suxe y su
séquito contemplaban la génesis de una
nueva batalla. Al cabo de unos segundos, la lucha cuerpo
a cuerpo entre los prisioneros y sus captores ya se
había generalizado, convirtiéndose en
una furiosa refriega en la que los escudos y látigos
de los guardias demostraron ser insuficientes para contener
el pundonor y la astucia que esgrimían aquellos
soldados, equipados con las piedras que su astucia había
conseguido recolectar.
Desde su puesto de mando, ubicado
en la tribuna, el mariscal Suxe sopesaba alternativas.
Definitivamente esta inesperada coyuntura le había
puesto ante un dilema. Por un lado, era clamor general
entre los oficiales de su estado mayor que echara mano
de una medida drástica para acabar con la revuelta,
pero viendo el asunto desde su propia perspectiva no
deseaba sumar a su reputación de militar los
baldones del genocida. No, el predicamento actual sería
resuelto sin apelar a las hecatombes que habían
caracterizado la lucha hasta entonces. Súbitamente,
su mente encontró la respuesta despejando todas
las dudas que lo acechaban. Ahora tenía que poner
en práctica lo que había pensado.
-¡Sargento Fenco!
-¡A sus órdenes, mi mariscal!
-respondió el aludido.
-Reúna una nueva fuerza de
choque, reforzada con equipo antidisturbios. Rodeen
a esa escoria por todas los flancos, no quiero que avancen
más. Luego, cuando los tengan bien sujetos, envuélvanlos
con gas. No veo mejor forma para detenerlos.
El sargento hizo una corta venia en
señal de asentimiento, y procedió a descender
los peldaños que lo separaban del teatro de la
acción dispuesto a ejecutar las órdenes
del mariscal. A continuación, reunió a
una nueva unidad de pretorianos, y los arengó
efusivamente para galvanizar su coraje contra los insurrectos.
El efecto de la predica fue satisfactorio pues Fenco
observó alborozado que sus hombres desenvainaban,
en actitud desafiante, las varas que llevaban al cinto.
Mientras tanto, Fenco continuó
perorando:
-... nuestra tarea consiste básicamente
en contener el avance de esa turba. Tenemos que rodearlos
por ambos flancos, y penetrar en el interior de su formación
hasta conseguir dividirla. Conseguido ese objetivo nos
retiramos. En ese momento el mariscal dará comienzo
a la siguiente fase de su plan. ¿Tienen alguna
pregunta al respecto?
Ninguna voz se aprestó a responder.
Al parecer aquellos individuos curtidos en los combates,
vestidos con uniformes que se mimetizaban a la perfección
con las arenas del desierto, habían comprendido
cabalmente lo que su mariscal requería de ellos.
-Bien -acotó Fenco- Supongo
que entonces estamos de acuerdo. Pueden bajar las viseras
de sus cascos. Buena suerte a todos y ¡a ellos!
Unos minutos después, Fenco
y sus pretorianos habían cubierto, corriendo
a campo traviesa, la breve distancia que los separaba
de la turba en pleno avance. Luego su unidad se dividió
en dos fuerzas más pequeñas que acometieron
a la formación de Rinza por ambos flancos. El
choque entre ambos grupos fue formidable, pues resulto
contraproducente para los cálculos del mariscal,
que jamás espero que sus enemigos se hubieran
abastecido de una provisión de proyectiles tan
grande. Así, aconteció que esa lluvia
de dardos obligaría a detener su ataque, adoptando
una formación defensiva que les permitiera resistir
el asedio al que los estaba sometiendo el empuje de
los hombres de Rinza. No cabía duda de que el
combate se había equilibrado, haciendo difícil
vaticinar cual de los bandos se alzaría con la
victoria.
Mientras tanto, desde la tribuna,
el mariscal Suxe contemplaba irritado el cariz que habían
tomado los acontecimientos. De hecho, no había
contado con una reacción tan eficaz de parte
de los atacados; evidentemente ese factor imprevisto
le obligaba a considerar necesario adelantar la siguiente
fase del plan estratégico que había concebido
para dominar la situación.
Según la perspectiva actual
, era perentorio proceder a dar la orden de rociar con
gas a toda la muchedumbre que ocupaba la explanada.
Sin duda, semejante acción le costaría
sacrificar la vida de todos los hombres que había
lanzado al ataque, pero, viéndolo bien, era un
sacrificio que valía la pena pues colocaba la
victoria al alcance de su mano.
No muy lejos de allí, confundido
en medio del tumulto provocado por la escaramuza, Rinza
se había trabado en un recio pugilato con Fenco,
el suboficial que comandaba a los pretorianos, un sujeto
de complexión maciza, y rasgos sumamente toscos
que parecía dotado de una fuerza descomunal para
tratarse de un hombre común, en cuyo rostro se
denotaba el enorme esfuerzo que estaba haciendo para
mantener sus manos aferradas al cuello de Rinza.
En torno a ellos, el cacofónico
vocerío que brotaba del combate crecía,
subrayando la lúgubre soledad de los caídos
que yacían sobre el duro pavimento de la explanada.
Volviendo a Rinza, éste había
advertido que si la presión de aquel energúmeno
continuaba su muerte por estrangulamiento seria inevitable,
pues era notorio que su contendor le superaba en fuerza
física, sin embargo su instinto de supervivencia
le instaba a resistir. Así pues, pese a hallarse
al borde de la asfixia, Rinza consiguió zafarse,
de un empellón, del férreo lazo en el
que su oponente le tenía cogido. Al mismo tiempo,
y de reojo, advirtió cómo el encorvado
hombrecillo, cubierto con el capote gris, agitaba convulsivamente
su bastón de mando. Un ademán que ejecutado
por aquel hombre tenía que significar forzosamente
algo.
De momento Rinza había eludido
el acoso de la muerte, surgiendo de aquella prueba con
un ánimo redoblado para encarar combates futuros,
por lo tanto siguió corriendo con la mirada ocupada
en el examen de los rostros que venían, mientras
blandía su vara con encono.
De pronto, la naturaleza de la escena
se transformó sumiendo a la tarde en una oscuridad
lechosa que irritaba los ojos. Luego, el punzante olor
del gas arrojado por los pretorianos que se acercaban,
empezó a obrar su efecto de incapacitación
sobre todos. Al rato, defensores y atacantes, quedaron
sumergidos en una atmósfera emponzoñada
que amenazaba sofocarlos.
Valerosamente, Rinza decidió
alejarse del área afectada por la acción
del gas. Obviamente se estaba enfrentando a una situación
difícil, sin ningún medio para neutralizar
los efectos de un arma tan insidiosa, pero tenia que
intentarlo. Era un riesgo supremo que su instinto le
sugería correr si deseaba ver el siguiente amanecer,
sin embargo ignoraba si su cuerpo colaboraría
con su propósito. Sus piernas ya no le obedecían
plenamente, y su visión ya empezaba a nublarse
ofreciéndole una perspectiva retaceada de los
objetos a su alrededor. Puesto en un trance semejante,
solo una extraordinaria combinación de circunstancias
podría favorecerle en su empeño de conducir
su cuerpo más allá de la alambrada que
protegía el perímetro del aeródromo.
Después de eso no estaba demasiado seguro de
que rumbo tomaría su existencia, pues su mente
se hallaba demasiado aturdida para esbozar alguna clase
de plan. Por dentro, el gas continuaba destruyendo,
poco a poco, su red nerviosa ocasionándole un
daño ciertamente irreversible.
Gradualmente, el viento de la tarde
empezó a soplar con la fuerza de un vendaval
sobre la explanada cubierta de muertos. Unos segundos
después la escena aparecía limpia de la
niebla que la había cubierto, haciendo visible,
para todos, los estragos que había provocado
el uso del gas. Entonces, el mariscal Suxe pudo contemplar
satisfecho las consecuencias de su drástica medida.
Definitivamente la ejecución de su plan había
acallado por completo la animosidad de los insurrectos.
Ahora, sobre el silencioso campo de
batalla reinaba la ominosa presencia del terror en toda
su dimensión sombría. Realmente el espectáculo
era tan deprimente que el mismo mariscal se creyó
obligado a ordenar que se ultimara a toda aquella gente,
no tanto por el grado de piedad que le inspiraba la
escena, sino para darle una vuelta definitiva a un episodio
infausto que manchaba la gloria de un día que
había juzgado triunfal.
En ese instante, que el mariscal había
elegido como el adecuado para ordenar a sus pretorianos
que iniciasen su obra de muerte, un rayo, proveniente
del cañón de una pistola láser,
desgarró la tarde con su fúlgida estela
impactando de lleno en la hirsuta cabeza del tambaleante
Rinza. A continuación, su cuerpo decapitado cayó
de bruces al suelo, mientras su cabeza, convertida en
un efímero capullo de carbón, echaba al
viento un menudo conjunto de cenizas, que llevadas por
el viento, se diseminaron a gran velocidad por las inmediaciones
de la explanada.
El autor de aquel inusitado disparo
había sido el sargento Fenco. Durante unos minutos,
el antiguo adalid de los pretorianos había recobrado
la conciencia para arrastrar su enorme cuerpo a través
de aquel laberinto de cadáveres, como un reptil
en pos de su presa, buscando el ángulo preciso
para ejecutar el disparo. Cuando apretó el gatillo,
el rostro del sargento esbozó una leve mueca
de satisfacción por el deber cumplido, y tal
vez hubiera disfrutado mucho más de su obra,
si la muerte no hubiera insistido en llevárselo
consigo. Sin embargo, a su entender, el moribundo sargento
había ejecutado un trabajo limpio y eficaz, que
seguramente complacería las expectativas de su
mariscal.
Sobre la tribuna, Suxe permaneció
inmóvil, evidentemente sorprendido por el rumbo
que había tomado el destino. Quizá su
mente era todavía demasiado lenta para enfrentarse
a una realidad tan compleja que ocultaba demasiados
giros en su interior. De hecho hubiera preferido que
las cosas asumieran el cariz que él había
previsto en sus cálculos. Lo cierto era que le
sería bastante arduo conseguir una generación
de gente dócil en esta tierra de hombres tan
díscolos. Solo cabía esperar que los genetistas
hicieran un buen trabajo aquí con los genes de
la generación venidera una vez que la colonización
ptumita se hubiera asentado definitivamente sobre esta
tierra.
publicado en marzo de 2008
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