| El vigor de la vida
está penetrando en el interior del capullo restaurando
las funciones del cuerpo que permanecía dentro.
A continuación, la criatura extendió sus
brazos y batió poderosamente sus alas para romper
la frágil membrana que le apartaba del mundo
exterior.
Cuando estuvo afuera se ocupó
en calcular la cantidad de tiempo que había transcurrido
desde su último despertar. Y el número
de años que acudió a su mente le pareció
tan desproporcionado que decidió recurrir a la
evidencia externa para corroborar la exactitud de su
cálculo. Entonces sacó la cabeza fuera
del capullo, y le echó un vistazo al polvoriento
escenario en que se encontraba debajo suyo. A su alrededor
las paredes lucían endebles y ruinosas como si
se hubiera olvidado el cometido para el que fueron construidas.
Un poco más lejos los muebles parecían
vetustos fantasmas socavados por la molicie. En ese
momento recordó por qué su demiurgo le
había arrojado sobre este planeta. Se trataba
de un experimento fallido, de una bioforma deleznable
desarrollada para regular la demografía de un
mundo en ciernes, que se reveló monstruosa a
los ojos de su creador por su rapacidad incontrolable.
Esa había sido la causa que originó su
exilio en la Tierra. Su demiurgo quería que sucumbiera
en las aguas del océano, pero el destino no estuvo
de acuerdo con su decisión, y unos pescadores
rescataron la cápsula, y la llevaron a la playa.
Una vez allí la abrieron, y se encontraron con
aquella forma horrorosa que los indujo a huir despavoridos,
mientras la criatura se despabilaba adaptándose
a la gravedad del planeta en el cual debería
sobrevivir. De pronto el recuerdo se difuminó
y las necesidades del momento volvieron a ocupar un
lugar preferente en su conciencia. Apenas concluyó
la inspección, se convenció de que llevaba
mucho tiempo en estado anabiótico Sin embargo,
una antigua propensión permanecía en su
mente, y ahora que estaba despierto deseaba concretar
su anhelo de usurpar un cuerpo ajeno...
De pronto la vetusta puerta crujió
denunciando que alguien se estaba acercando. Podía
escuchar el ruido de sus pasos arrastrándose
como una serpiente en medio del silencio acumulado .La
criatura metió la cabeza dentro del capullo para
vigilar al hombre que había invadido sus dominios.
Se trataba de un vagabundo que buscaba
un lugar donde guarecerse de la intemperie. Y eso significaba
que ya no se encontraba solo, entonces recordó
la crispación que sentían los humanos
cuando se enfrentaban con lo extraordinario. Pero era
lógico que temieran lo inefable pues no podían
servirse de la experiencia, ni de su razón para
comprender el misterio que tenían ante ello.
Y él como una criatura extraña a este
mundo era una manifestación de un reino que transgredía
los parámetros delimitados por la ciencia del
hombre. Creer en su existencia era una cuestión
de fe, una excitante paradoja que podría ocupar
las cavilaciones de un erudito. Desde el comienzo de
su existencia sobre este planeta había sentido
necesidad del plasma de los habitantes de este mundo.
Y así aquel líquido salobre se había
convertido en la fuente que renovaba su energía
cuando solía despertar. Y según presentía,
aquel vagabundo tenía las venas repletas del
líquido que deseaba beber.
Abajo, el hombre que había turbado
la paz de aquella ruina continuaba husmeando entre los
escombros con la tenacidad de un espía. El lugar
parecía excelente como albergue para pernoctar
aquella noche. De todas las casas arrasadas por el diluvio,
esta era la que mejor había resistido el embate,
y también era la más notable. Era una
muestra, un vestigio de la persistencia de aquella ciudad
de adobe que había sido abatida por un alud de
lluvias. Tal vez este detalle extraído del pasado
le había atraído a esta vieja callejuela
dormida, plena de soledad. Era como retornar a un estado
de identidad primigenia que había extraviado,
cuya historia se podía leer entre las ruinas
que contemplaba. Pero el solamente buscaba una paz leve,
de algunas horas, para equilibrar la tensión
vivida en aquel mundo externo tan lleno de incógnitas
que lo devoraban. No sabía si conseguiría
sobrevivir. Tal vez la respuesta seria positiva si conseguía
aprovechar de forma eficaz la enorme cantidad de víveres
que había conseguido salvar de las lluvias y
que milagrosamente se preservaban en los depósitos
de los supermercados... El problema se agudizaría
cuando se acabaran estas provisiones, entonces su conflicto
con los perros y el resto de vagabundos entraría
en una fase más álgida, que inevitablemente
se decantaría hacia el canibalismo. Por ahora
había disipado esos pensamientos lúgubres
dejándose llevar por el azaroso camino que le
deparaba su linterna. El haz erraba en medio del territorio
sombrío escrutando aquel caos. Afuera, a lo lejos,
su oído percibió el agudo grito de otro
vagabundo atacado por una jauría de canes hambrientos.
Paulatinamente sus gritos se fueron acallando y los
gruñidos de los canes llenaban el éter
con su ferocidad salvaje. En estos tiempos los perros
se habían convertido en depredadores terribles,
cuya astucia y habilidad resultaban difíciles
de superar sino se contaba con un arma de fuego. Y para
complicar las cosas hacia tiempo que la munición
que las hacia temibles había dejado de fabricarse.
Pero no era el momento para agobiarse con tantas preocupaciones.
Lo importante era que había encontrado un techo
bajo el cual guarecerse durante unos días.
La prodigiosa invasión de la
luz despertó los recuerdos más recónditos
de la criatura. De pronto su cuerpo se agitó
estremecido por la nostalgia. Se recordó a sí
mismo, transitando por las angostas callejuelas empedradas
por ciclópeos adoquines. La noche transcurría
con parsimonia, levantando un tenue ruido entre el sopor
del crepúsculo, mientras que en la esquina de
la Calle Real una carreta movida por la fuerza de un
asno se dedicaba a transportar el agua que necesitaban
los vecinos. A todas luces la escena tenia la impronta
de uno de esos veranos inclementes que solían
afectar estas comarcas en aquellas épocas pretéritas...
Y la criatura añoró entonces la caricia
del sol posado sobre su cuerpo. Fuera de los límites
de su poder, la criatura se percibió como una
entidad monstruosa que se veía inducida a depredar
la biosfera que lo acogía. Un problema, por lo
demás, bastante habitual en los seres provenientes
de ecosistemas diferentes. En cambio, el vagabundo que
portaba la linterna era libre de moverse en cualquier
espacio que fuera. Su aspecto y su fisiología
no le impedían actuar sobre el proscenio de su
mundo, pese a las contingencias que lo atribulaban.
Oculta en su capullo la criatura percibió los
pasos que proclamaban el enorme temor que habitaba en
la mente de aquel hombre perseguido por sus semejantes.
Sin embargo la horda de vagabundos paso de largo y sus
tropelías no dejaron huella en el lugar, Y eso
solo podía significar que la vida de aquel hombre
continuaría su curso durante algún tiempo.
Entonces la luz de la linterna empezó
a brillar entre la oscuridad y la criatura relacionó
aquel fulgor con los destellos emitidos por una fuente
de luz que incrementara su potencia conforme menguaba
la distancia que los separaba. Y aquella luz horadó
la oscuridad revelando la existencia de un voluminoso
capullo que pendía del cielo raso como una vieja
araña de cristal En ese momento, el vagabundo
que había subido los peldaños de aquella
escalera crujiente se dio cuenta de que tenia enfrente
algo que trascendía su experiencia habitual.
Bruscamente, la criatura abandonó
el capullo, desplegó sus alas y empezó
a dar vueltas en torno a aquel hombre sobrecogido como
si aguardara el momento para atacar. De pronto, el vagabundo
imaginó que se hallaba ante una de esos repulsivos
transgénicos que la catástrofe había
liberado de sus laboratorios, y decidió defenderse
blandiendo el revolver que había encontrado entre
las ropas de un miserable al que desvalijó en
las afueras de la ciudad. Tenía que eliminar
a esa criatura cuya presencia estorbaba el derecho que
creía haber ganado sobre aquel solar abandonado.
De esta manera dominada por el deseo de suprimir al
intruso siguió con su linterna la trayectoria
que trazaba aquella monstruosidad. Y estaba a punto
de disparar cuando advirtió que el cuerpo de
la criatura tenía una tonalidad lívida
como la de la luna llena, y que sus facciones eran toscas
y sumamente pronunciadas como las de un simio. Su cabello
largo y desaliñado le confería un aire
autoritario y salvaje que estremecía a quien
tuviera ocasión de contemplarlo. Sin embargo,
el detalle más impresionante de aquella anatomía
era la correosa membrana que reverberaba como la piel
de un escualo, adosada a las prolijas extremidades superiores
de la criatura, otorgándole la portentosa facultad
de desplazarse en el espacio.
De pronto, aquel ser detuvo su vuelo
y descendió ante él. En ese momento, el
vagabundo dejó de contemplarlo con incredulidad.
Su razón se había resquebrajado lo suficiente
como para admitir la existencia concreta de esta clase
de seres. Y ahora que se miraban, sus pensamientos se
habían hecho diáfanos el uno para el otro,
estableciendo el puente para realizar lo que uno de
ellos deseaba.
-¿Qué diablos eres, maldita
sea? -dijo el buscavidas- ¿Y cuál es el
nombre que llevas? Si tienes alguno, horrible demonio...
Estas fueron las únicas preguntas
que el atemorizado hombre se atrevió a formularle
a la criatura antes de ceder ante la intrusión
telepática que le impelió a soltar su
revolver. Obviamente no hubo respuesta, pues aquella
criatura no empleaba sonidos para comunicarse. En su
mundo el lenguaje articulado era una herramienta obsoleta,
remplazada por un código de imágenes que
comunicaba sus intenciones de manera visual a sus receptores
potenciales... Dominado por aquella forma de intrusión
el humano cayó en un trance que lo dejó
indefenso ante aquella criatura que lo había
envuelto en su abrazo para succionarle algo más
que su sangre... Sometido al poder de esa mirada de
acero, el humano descubrió la naturaleza de sus
sueños más delirantes. En el mundo de
la criatura, soñar significaba ausentarse de
las comarcas del tiempo y aproximarse a la matriz de
la esencia con la mente despojada de símbolos.
Poco a poco sentía cómo su psicoforma
lo abandonaba hasta diluirse en la conciencia de la
criatura que le estaba robando su cuerpo.
La criatura despertó nuevamente
y advirtió que aquel instante de comunicación
había sido pleno. Había conseguido apoderarse
del cuerpo de una forma de vida oriunda de este mundo,
y eso significaba que su exilio había terminado.
Por ese lado su necesidad estaba saciada, y a través
del opaco cristal de las ventanas, observó el
triste color de la madrugada. Detrás de los derruidos
edificios el sol asomaba su llameante faz sobre el planeta,
por un breve instante la nostalgia le indujo a buscar
el cuerpo que lo había albergado.
Ahora el triste despojo que fue su
cuerpo yacía de bruces sobre el rellano de la
escalera, definitivamente libre de la permanente amenaza
de calcinación que le había mortificado
tanto. Ahora tenía el aspecto de un nativo y
algo que hacer en el mundo. Verdaderamente era hermoso
sentir que tenía la vida por delante para luchar
por ella pese a las dificultades del mundo en el que
se desenvolvería. Afuera le esperaban las ruinas,
los perros y el resto de vagabundos que no tendrían
ningún escrúpulo en destrozarlo apenas
lo vieran salir. Sin embargo era imperativo hacerlo
pues sus propias inclinaciones se lo aconsejaban.
Afuera le esperaban las ruinas, los
perros y el resto de vagabundos que no tendrían
ningún escrúpulo en destrozarlo apenas
lo vieran salir. Sin embargo era imperativo hacerlo
pues sus propias inclinaciones se lo aconsejaban. Además
no era el mismo ser que ellos habían conocido
y estaba dotado de ciertas facultades insospechadas
para ellos.
Por eso cruzó la sala repleta
de escombros, y atravesó el umbral en busca de
la zozobra. Más allá la desfigurada silueta
de la calle parecía traerle a la memoria un cuadro
de las escaramuzas que había sostenido con los
hombres que surgían de sus escondites, blandiendo
sus navajas, con la intención de enfrentarlo.
Chiclayo 2001-2005.
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