| Preludio.
La energía que emana de la proa ilumina
vivamente la cabina de la sonda. Por un momento parece que la
legendaria luz del sol estuviera resplandeciendo frente a mí,
pero no pasa de una simple ilusión que mi cerebro desecha
pronto. Nada debe distraerme de la tarea de conducir esta sonda
a través de las entrañas de la Tierra. Detrás
de nosotros se alinean centenares de sondas que transportan a
los colonos que abandonaron las cuevas del Inframundo para retornar
a las comarcas del mundo superior, tal como lo ha determinado
la voluntad de nuestro Patriarca.
Hasta el momento nuestro éxodo ha resultado
propicio pues el fuselaje de las sondas ha resistido bien los
rigores de la travesía subterránea. Además
el espectrómetro nos ha brindado una buena noticia: se
han encontrado residuos de roca sedimentaria entre el material
de desecho que los filtros retienen a diario. Este indicio nos
permite inferir que estamos atravesando la corteza, y que nos
hallamos cerca de las superficie donde se erigen las ciudades
que nuestros padres habitaron antes de ser arrojados al abismo
situado mas allá de la discontinuidad. La leyenda cuenta
que esa gente aprendió a resistir el acoso de la terrible
estrella que antaño contribuyó a la germinación
de la vida. Hoy me toca empezar mi reposo. Otro navegante ocupará
mi lugar mientras me hundo en el gélido sueño que
proporciona el criopreservador. He calculado los turnos y estoy
seguro de que me tocará conducir la sonda cuando la invasión
se produzca.
Interludio.
Desde mi despacho de Tecnocrátor monitoreo
las condiciones del ámbito exterior. Sobre el domo se ciernen
brumosos cúmulos de smog que evocan la amenaza de una tormenta,
de pronto las nubes se detienen y dejan escapar una nutrida lluvia
de partículas que se abaten estruendosamente sobre el domo
que protege a la ciudad.
Cada vez que ocurre algo semejante, acude a
mi memoria el fenómeno que originó este desequilibrio
extremo. Hace muchos siglos atrás que la atmósfera
se echó a perder debido a las emisiones gaseosas de las
industrias establecidas en el Primer Mundo. A raíz de esto
el clima del planeta empezó a cambiar, y la tragedia se
precipitó sobre la Humanidad.
El paulatino recalentamiento derritió el casquete de hielo
que cubría a la Antártida, y el océano enloqueció
devorando islas y asolando el interior de los continentes. Por
ende ninguna ciudad costeña pudo permanecer incólume
al vendaval que alteró severamente la toponimia del orbe.
Así fue como la costa quedó convertida en una región
insalubre que obligó a emigrar a los que pudieron sobrevivir
hacia los austeros valles serranos que habían resistido
mejor los embates del cambio climático. De esta manera
la vida pudo continuar su curso en aquellos lugares que nuestros
antepasados rescataron de la catástrofe.
En ese momento los sobrevivientes que provenían
de la extinta capital decidieron, por unanimidad, empezar la construcción
de un Domo que los protegiera de los efectos de la radiación
ultravioleta. Lamentablemente la ejecución de la obra acarreó
una serie de inconvenientes -escafandras defectuosas, equipos
de respiración inadecuados y una insidiosa epidemia que
mermó la mano de obra disponible- que suscitaron una oleada
de histeria entre los refugiados. Apremiado por los reclamos de
sus súbditos el primer Tecnocrátor dispuso que el
domo entrara en servicio sin evaluar previamente su capacidad
de resistencia a la radiación, pues era una necesidad imperiosa
contar con un área protegida para poner en marcha la planta
atmosférica que purificaría los sectores habitados
del valle. Además nadie deseaba permanecer más tiempo
dentro de los incómodos refugios subterráneos que
se habían excavado para servir de vivienda mientras se
terminaba el domo. A largo plazo la decisión de mi antecesor
se reveló contraproducente, pues si bien le produjo la
aprobación de la mayoría no tuvo en cuenta que los
defectos de construcción terminarían manifestándose
tarde o temprano. Conforme fueron pasando los siglos el domo empezó
a deteriorarse severamente, y la compresión llego a formar
enormes grietas, que si bien pudieron ser reparadas, permitieron
que la temida radiación ultravioleta se filtrase dentro
de la urbe.
Este accidente afectó a la mitad de la
población urbícola produciendo un grave quebranto
moral entre todos nosotros. De inmediato los damnificados fueron
transferidos a lugares aislados donde pudieran recibir tratamiento,
sin embargo nuestra ciencia nada pudo hacer para revertir la mutación
que se había producido en los cromosomas de los afectados.
Como era de esperar la prole de esta gente presentó un
aspecto monstruoso que determinó su inmediato exilio en
las comarcas subterráneas que se habían descubierto
por esos días. Así fue cómo aquellas personas
y su progenie fue conducida a las grandes plataformas que los
llevarían al interior del abismo. La única concesión
que mi antecesor hizo fue permitirles llevar las maquinas que
consideraran útiles para acondicionar aquellos lugares
a la vida humana. Y por último antes de partir se les hizo
jurar solemnemente que nunca retornarían a la superficie,
sin embargo por motivos de seguridad la fuerza armada cegó
los pozos por donde habían descendido en un intento por
complicarles las cosas si faltaban a su promesa e intentaban volver.
Desde entonces no hemos sabido nada de ellos,
y por mi parte espero, que jamás sientan la necesidad de
venir aquí. Si lo hicieran tornarían sumamente difícil
la existencia que llevamos, pues nadie quedaría libre para
ocuparse de los biodigestores que sustentan la ecología
de esta urbe enclaustrada.
Escampa. Los rayos del sol traspasan la cortina
de smog permitiendo que aprecie su esplendor en la imagen que
tengo en mi monitor. Bajo el domo aquellos rayos se refractan
semejando una pira que ardiera en medio del firmamento. Y entonces
siento que ha llegado el momento de interrogarme por cuánto
tiempo continuaremos resistiendo la presión de esta coyuntura
agobiante.
Coda.
La travesía ha culminado, hemos llegado
a la superficie. La tamizada radiación del sol cae sobre
nuestras escafandras mientras los urbícolas nos contemplan
espantados ante el surgimiento de nuestras sondas. En sus rostros
puede leerse un párrafo de horror inconcebible. Han sido
testigo del parto más increíble registrado en la
historia del planeta. Sin duda la magnitud de la verdad les induce
a huir. Esta circunstancia nos otorga una ventaja sustancial sobre
nuestros oponentes potenciales ya que podemos desplegar nuestra
vanguardia sobre las avenidas de su ciudad y dirigirnos hacia
los biodigestores donde se produce la energía que alimenta
todos los sistemas de la urbe. Si conseguimos tomar estos objetivos
por sorpresa podríamos dedicar el resto de la faena a buscar
el escondrijo donde se guarece el Tecnocrátor, sin embargo
la realidad no se corresponde con mis deseos y las fuerzas urbícolas
reaccionan haciéndonos frente con todo su poder de fuego.
Ahora los disparos de sus armas destellan detrás de sus
parapetos, mientras sus maquinas de guerra acuden para apoyar
su esfuerzo... Resulta evidente que esta demostración solo
es el preludio de un contraataque mayor.
La batalla continua y sendos haces de luz surcan
el espacio demostrando que la lucha se encuentra en su momento
mas álgido. Sus armas continúan disparando a plena
potencia, pero su impacto resulta repelido por los escudos energéticos
que nuestros guerreros generan para conjurar el peligro. Aquella
barrera invisible hace reverberar el éter con cegadores
destellos que deslumbran a los urbícolas que defienden
el biodigestor con el valor de los desesperados. El aire crepita
en torno a los impactados anunciando que el ataque ha fracasado.
Desconcertados los urbícolas se repliegan combatiendo,
mientras sus lanzarrayos continúan disparando haces de
luz contra nosotros en un alarde de coraje, pero su retirada no
es completa y poco después reanudan su resistencia en torno
al edificio que contiene al biodigestor. Para eliminar la oposición
que nos impide apoderarnos de sus reductos apelamos a las sondas
lanzacohetes. El gran poder de fuego de dichas armas bate los
emplazamientos urbícolas con efectos realmente devastadores.
Así después de una andanada de cohetes el reducto
queda convertido en una ruina de la cual surgen decenas de hombres
con los brazos en alto, en un claro gesto de rendición
que se repite en todos los sectores de la ciudad.
No obstante en torno al Palacio del Tecnocrátor
la resistencia no parece menguar, pero el número de lanzacohetes
que se concentra alrededor de la posición hace cambiar
el cariz de la lid, y pronto nuestros infantes consiguen desbordar
su perímetro defensivo. Ahora se produce un combate mucho
más cruento pues la corta distancia que separa a los contendientes
hace que los disparos se hagan casi a quemarropa. Un alto número
de soldados urbícolas perece de esta forma defendiendo
la persona de su Tecnocrátor. Sacando la cuenta parece
que el asalto final ha resultado demasiado cruento para ellos.
Los pocos que aún resisten se retiran hacia los campos
de minas que cercan esta ciudad casi rendida. Sobre el terreno
que ya es nuestro yacen miles de urbícolas desmembrados
por los rayos. Por todos lados se ven los escombros donde agonizan
los soldados que defendían esas posiciones destruidas por
los cohetes. Pese a su infortunio el Tecnocrátor todavía
encabeza a la pequeña facción de empecinados que
persisten en combatir.
Para eliminar aquel foco de resistencia se nos
ordena atacar la periferia con la tarea de eliminarlo y capturar
al Tecnocrátor con vida. Ante nosotros se levanta la translucida
cúpula que contemplara la última batalla de aquel
demente. Nuestros guerreros inician el ataque apoyados por un
diluvio de cohetes que estremece el cielo y la tierra. Los urbícolas
apenas replican y se retiran hacia el perímetro que protege
los campos de minas que alguna inteligencia pérfida dispuso
allí. Su única esperanza consiste en que los sigamos,
confían en que las minas darán cuenta de nosotros.
Pero no saben que las minas han sido detectadas y que los trajes
de nuestros guerreros cuentan con dispositivos de amplificación
muscular que les permite eludir, de un salto, la última
trampa del enemigo. Ante esto los urbícolas que siguen
al Tecnocrátor deponen las armas pues nadie quiere morir
por algo que ya no existe.
Y el Tecnocrátor se entrega con el rostro
desencajado de un hombre que se siente culpable de un desastre
demasiado grande.
Ahora toda la urbe nos pertenece, y más
allá del domo que cubre a las ruinas de esta ciudad ya
dominada se distinguen las humaredas que indican que la lucha
también ha declinado en las urbes vecinas. Esto quiere
decir que la sincronización de la operación ha resultado
exitosa, y que nuestras armas han logrado una victoria completa
en todas partes.
Las cámaras que registran en nuestro avance
nos traen una imagen justiciera. Sucede que el Tecnocrátor
ha sido llevado a una plaza pública para ser escarnecido
ante sus propios súbditos. Luego, en un acto ritual, la
ciclópea estatua que representaba al Primer Tecnocrátor
fue echada abajo, el rostro de aquel hombre, muerto hace tantos
siglos, permaneció impávida con su indeleble expresión
de hegemonía inmortalizada en un bronce puesto al nivel
de los despojos de la urbe que ayudo a construir.
Ahora las cámaras nos traen la imagen
de una legión de rezagados que se atreven a encaramarse
sobre las arcadas que sustentan la superficie del domo. Han eludido
la puntería de nuestros tiradores y su intención
es claramente suicida pues han instalado explosivos plásticos
que despedazarán la bóveda si nosotros lo permitimos.
Tal vez los anime el pérfido deseo de dejar la partida
en tablas, sin vencedores ni vencidos, pero se equivocan si imaginan
que evitaremos esa contingencia. Todos sabemos que cuando el domo
se desplome se producirá la terrible implosión que
acabará con todos los urbícolas que no se hayan
puesto a salvo. Es cierto que su cultura desaparecerá,
pero eso no significa gran cosa en los anales de nuestra historia
ahora que los underground señorean la superficie del antiguo
planeta azul.
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