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Visiones Más sobre Rubén Mesías Cornejo

De repente la luz se apagó, y el espacio pareció contraerse y crujir como una hoja de papel. Al principio temió asfixiarse cuando se sintió atrapada dentro de aquella esfera radiante que había encontrado bajo la copa del árbol, sin embargo pronto comprendió que no corría peligro, se relajó y abrió los ojos. Afuera el mundo exterior se había convertido en una cosa extraña y peligrosa cuyos ramalazos azotaban furiosamente los confines de aquella forma que parecía inexpugnable.y la conducía a un tiempo remoto.

La esfera la dejó salir en un lugar tan frió e inhóspito que no reconoció como parte de su propio mundo. La Tierra ya no era la misma, el sol la había calcinado. La imagen del holocausto clamaba desde el paisaje que observaba. La onda de choque, provocada por la explosión del Sol, había asestado un golpe formidable al tercer planeta. El ambiente estaba impregnado con el recuerdo de aquellos que perecieron, el mundo era la sombra de una multitud inexistente, ceniza cabalgando el viento. Los que consiguieron sobrevivir se refugiaron en el subsuelo, y allí permanecieron mientras el planeta era un lugar ardiente. Pasarían generaciones antes de que la Humanidad pudiera abandonar el ostracismo subterráneo. Tal vez había llegado el momento de emerger y enfrentarse al gélido mundo que habían heredado.

Y entonces fue cuando aquella gente la encontró.

El planeta era un lugar sombrío, feroz, sometida a la noche eterna generada por la ausencia del sol. El frío era demasiado intenso, y llegaba a calar los huesos. Realmente parecía imposible que alguien en aquel ambiente, pero he aquí todo un pueblo había conseguido hacerlo. Era asombroso y extraño, pero posible.

Un coro de voces resonó dentro de su mente. La gente que la encontró le preguntaba ansiosamente, pero ella no podía responder. No entendía el lenguaje con el que se designaban la realidad. El interrogatorio era inútil, pero acentuó la curiosidad que rodeaba su arribo. No había manera de explicar su llegada, el radiante capullo que la rodeaba constituía una especie de vehículo mágico que ellos no comprendían, pero respetaban. Sin duda aquella coraza energética le permitía protegerse de la mefítica atmósfera existente.

No había duda, ella era diferente, no pertenecía a su estirpe. Lo supieron casi desde el momento en que la encontraron, y lo corrobaron cuando la esfera que la transportaba se disolvió en el aire, como si fuera un espíritu.

 

Otra vez se encontraba en el mundo que le pertenecía. La esfera había desaparecido y se encontraba nuevamente sujeta a las reglas de la gravedad. El viaje la había agotado, y necesitaba descansar, sin embargo las voces de aquellas que había conocido permanecían en su mente y la mantuvieron en vigilia. Tenía que plasmar lo que había contemplado, recordaba claramente la melancolía que emanaba de aquellos rostros velados por la severidad de los mascara de oxígeno. Recordaba el asombro reflejado en sus palabras incomprensibles. Recordaba la melancolía de un planeta muerto, azotado por un viento fantasmal que soplaba persistentemente. Y sobre todo tenía presente la imagen de un cielo vacío sobre el cual pendía la grávida silueta de una luna, apenas insinuada en la penumbra del espacio, sin embargo aquel planetoide jamás brillaría como lo hizo antes de que el Sol asesinara la Tierra.

Y aunque ella no pudiera recordarlo todo, sus carboncillos se encargarían de completar aquella impresión. La imagen fluía de su mente para posarse como una bandada de pájaros sobre la cartulina en blanco. Y así continuó su tarea hasta que el crepúsculo mostró su doble faz de luz y de sombra. Había terminado, y existía un lugar vacío en su memoria para lo que vendría después.

 

De pronto la imperiosa voz del enfermero ordenó a todos los internos que retornaran a sus pabellones. Aquella orden vació el patio y todos los pasillos aledaños de cualquier presencia humana, pero no podía ahuyentar el advenimiento de aquella esfera convocada por la voluntad de la artista. La naturaleza posee una metafísica, un sentido interno que se manifiesta en la organización de sus instantes, aunque su trascendencia permanezca oculta para aquellos que no tengan la necesaria entereza para viajar a través de las dimensiones. Y el tiempo era una dimensión de esa realidad que confinaba a los seres conscientes en una celda llamada experiencia. Quizá lo que permitió su evasión fue esa enorme necesidad de comprender la dinámica del mundo desde otras condiciones de realidad.

Con este pensamiento en la cabeza, desoyó la voz del enfermero y se quedó en el patio para buscar el árbol donde aparecía la esfera. Recorrió sigilosamente el patio del hospital, y encontró aquel lugar donde podía divisar la faz de lo desconocido mas allá de los límites del tiempo, aquello era la llave de lo heterodoxo, de lo múltiple que puede ser el destino.

Y así fue como la esfera volvió a remontar el tiempo, llevándola a ese futuro que había descubierto hacía poco.

Cuando llegó, encontró que la recibían con menos recelo, sin duda el sufrimiento había purificado sus mentes, aquel entorno inhóspito fortalecía su fe a diario. Lo suyo no era una resignación estoica ante lo inexorable, era la convicción de que existía un futuro. El tiempo todavía no había colmado su medida. Lo que ocurría era que el universo recorría otro sendero para representar el drama del nacimiento y la muerte. El cosmos se comprimía, como si ansiara adoptar nuevamente la forma del cálido huevo original.

Pero eso no constituía ningún obstáculo para los sobrevivientes. Sabían que su planeta estaba arruinado, condenado a enfriarse conforme pasaran los siglos mientras continuara girando en torno a esa estrella sin luz que había sido el Sol.

Sin embargo existía una posibilidad de salvación.

Mucho antes del aniquilamiento del planeta, las potencias del mundo habían enviado a miles de sus astronautas a colonizar el cosmos extrasolar. Sabían que se enfrentaban a las dificultades de una travesía de larga duración que podría traer complicaciones tanto a las naves, como a las tripulaciones hibernadas para soportar los rigores del salto hiperespecial, pero el riesgo era poco comparado con lo que conseguirían lejos de un planeta en decadencia.

Si aquellos colonos habían conseguido el milagro de terraformar algún lejano exoplaneta, sin duda estarían dispuestos a enviar una misión de rescate que pudiera salvar a los remanentes de la humanidad del inexorable destino de su planeta madre.

Era imperioso que ellos supieran las tribulaciones que estaban pasando, y así decidieron unir la potencia de sus mentes para enviar una señal de auxilio hacia el otro lado del cosmos.

Y ella estuvo allí, participando de su esfuerzo, uniendo su mente al esfuerzo común.

 

Todo el Pueblo se reunió en lo que antaño fue un anfiteatro construido a cielo abierto. Aquellos que no habían podido sentarse permanecieron de pie, pero tan cerca unos de otros que visto en conjunto aquel gentío se asemejaba a una vasta criatura unicelular miles de veces amplificada. En sus rostros se leía la agitación, se encontraban sumamente emocionados. Habían pasado toda una era de penitencia y ahora podían salir de su aislamiento, podrían hablarle al universo con esa voz que salía de sus mentes con una potencia insospechada. Pero el júbilo se mezclaba con la incertidumbre. No se sabía si responderían los hombres del espacio. Hubieron quienes dijeron que enviar un mensaje telepático al universo, era como arrojar una botella al océano, pero el océano cósmico era inconmensurable comparado con el antiguo mar de la tierra. Los planetas están separados por distancias enormes y aquel espacio seria cubierto por la energía neural emergió de sus mentes. Su fuerza era tan potente que todos los que emitieron el mensaje, cayeron al suelo mientras se cogían las sienes para calmar el dolor. Allí tendidos sobre el suelo sintieron como se disgregaba la organización de sus conciencias, ya no eran ellos. Los individuos se habían anulado, no existía la polaridad, y sus mentes se congregaban estableciendo una unión indivisible. Algo crecía entre ellos, una simpatía imprevisible emanaba de aquellas mentes como la llamarada de una hoguera. Era el Todo que emergía y atravesaba los límites del anfiteatro. Aquella emanación telepática se había transformado en una señal que abandonaba el planeta para interrogar el espacio más lejano. Abajo los hombres dormían, exhaustos por el esfuerzo, con los ojos abiertos soñando con el calor que da la vida que este planeta ya no permitía.

Ella también estaba cansada, y había decidido irse. No conocería la siguiente fase de la historia. Y la esfera la devolvió a su tiempo.

El boceto que había hecho yacía sobre su tablero, mostrando la escena del supremo clímax. Los individuos estaban representados de una manera sintética, pero se les podía reconocer como seres humanos, y de sus cabezas emergía una llama, que semejaba una tortuosa caligrafía, símbolo de su poder mental. Y en aquellos ojos, dulcificados por la esperanza, se advertía la serenidad en vez de la angustia que habían pasado antes.

Lo que había plasmado era un reflejo del futuro, un rayo refractado en su mente. Los trazos eran la consecuencia, allí no tenía cabida la contrariedad. Es decir que no se pronosticaba el fracaso del intento. La visión no tenía en cuenta la ausencia de la ionosfera, de los efectos secundarios que produjo la explosión de la nova en el espacio circunsterrestre.

El planeta estaba vetado. La radiación había construido una muralla invisible en torno a él, pero ellos no lo sabrían nunca y conservarían la esperanza.

Ella ya lo sabía, pero no se atrevía a ponerlo en su boceto, era cruel saber que tanto esfuerzo era en vano, y que el destino de aquella gente era perecer junto a su mundo, engullidos por la paulatina aniquilación de la materia.

 

Lo primero que vio cuando la esfera le permitió salir fue el rostro de un compañero de voces que estaba pronunciando su nombre a viva voz. Su repentina aparición llenó de asombro al susodicho y le indujo a proferir un grito que turbó el silencio de la noche. Algunos rostros se asomaron a la ventana para indagar la causa del escándalo, pero no vieron nada que justificara la alharaca. Lo único extraño era que después de haber pasado muchas horas sin saber de ella, se volviera a saber de Laura. Los enfermeros la estaban conduciendo al interior del pabellón, y ella no mostraba signos de contrariedad. Con paso seguro se dirigió hacia su habitación, allí la esperaba aquel concierto de frías y silenciosas miradas que la hostilizaban. Acaso sabían que esos dibujos hablaban de hechos todavía no acontecidos desde su perspectiva cronológica.

Era imposible que lo supieran, su experiencia era demasiado limitada y este era el único mundo que conocían, era lógico que temieran que estuviera amenazado por la destrucción.

Pero la posibilidad de aniquilación se intuya del contexto mismo, el dibujo solo era un reflejo lejano de algo latente. No era una premonición especifica. Ellos no habían recorrido los caminos del futuro, pero le temían, cualquiera que éste fuera. El presente era el mejor estadio de existencia, el mejor refugio para las contingencias, y ella era la encarnación de una amenaza tan inminente como el amanecer.

 

Desde la ventana el plenilunio arrojaba sobre la Tierra la tregua benévola del sueño.




15 de setiembre de 2000 / 30 de enero de 2007

publicado en diciembre de 2007

 
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