| De repente la luz se apagó,
y el espacio pareció contraerse y crujir como una hoja
de papel. Al principio temió asfixiarse cuando se sintió
atrapada dentro de aquella esfera radiante que había encontrado
bajo la copa del árbol, sin embargo pronto comprendió
que no corría peligro, se relajó y abrió
los ojos. Afuera el mundo exterior se había convertido
en una cosa extraña y peligrosa cuyos ramalazos azotaban
furiosamente los confines de aquella forma que parecía
inexpugnable.y la conducía a un tiempo remoto.
La esfera la dejó salir en un lugar tan
frió e inhóspito que no reconoció como parte
de su propio mundo. La Tierra ya no era la misma, el sol la había
calcinado. La imagen del holocausto clamaba desde el paisaje que
observaba. La onda de choque, provocada por la explosión
del Sol, había asestado un golpe formidable al tercer planeta.
El ambiente estaba impregnado con el recuerdo de aquellos que
perecieron, el mundo era la sombra de una multitud inexistente,
ceniza cabalgando el viento. Los que consiguieron sobrevivir se
refugiaron en el subsuelo, y allí permanecieron mientras
el planeta era un lugar ardiente. Pasarían generaciones
antes de que la Humanidad pudiera abandonar el ostracismo subterráneo.
Tal vez había llegado el momento de emerger y enfrentarse
al gélido mundo que habían heredado.
Y entonces fue cuando aquella gente la encontró.
El planeta era un lugar sombrío, feroz,
sometida a la noche eterna generada por la ausencia del sol. El
frío era demasiado intenso, y llegaba a calar los huesos.
Realmente parecía imposible que alguien en aquel ambiente,
pero he aquí todo un pueblo había conseguido hacerlo.
Era asombroso y extraño, pero posible.
Un coro de voces resonó dentro de su
mente. La gente que la encontró le preguntaba ansiosamente,
pero ella no podía responder. No entendía el lenguaje
con el que se designaban la realidad. El interrogatorio era inútil,
pero acentuó la curiosidad que rodeaba su arribo. No había
manera de explicar su llegada, el radiante capullo que la rodeaba
constituía una especie de vehículo mágico
que ellos no comprendían, pero respetaban. Sin duda aquella
coraza energética le permitía protegerse de la mefítica
atmósfera existente.
No había duda, ella era diferente, no
pertenecía a su estirpe. Lo supieron casi desde el momento
en que la encontraron, y lo corrobaron cuando la esfera que la
transportaba se disolvió en el aire, como si fuera un espíritu.
Otra vez se encontraba en el mundo que le pertenecía.
La esfera había desaparecido y se encontraba nuevamente
sujeta a las reglas de la gravedad. El viaje la había agotado,
y necesitaba descansar, sin embargo las voces de aquellas que
había conocido permanecían en su mente y la mantuvieron
en vigilia. Tenía que plasmar lo que había contemplado,
recordaba claramente la melancolía que emanaba de aquellos
rostros velados por la severidad de los mascara de oxígeno.
Recordaba el asombro reflejado en sus palabras incomprensibles.
Recordaba la melancolía de un planeta muerto, azotado por
un viento fantasmal que soplaba persistentemente. Y sobre todo
tenía presente la imagen de un cielo vacío sobre
el cual pendía la grávida silueta de una luna, apenas
insinuada en la penumbra del espacio, sin embargo aquel planetoide
jamás brillaría como lo hizo antes de que el Sol
asesinara la Tierra.
Y aunque ella no pudiera recordarlo todo, sus
carboncillos se encargarían de completar aquella impresión.
La imagen fluía de su mente para posarse como una bandada
de pájaros sobre la cartulina en blanco. Y así continuó
su tarea hasta que el crepúsculo mostró su doble
faz de luz y de sombra. Había terminado, y existía
un lugar vacío en su memoria para lo que vendría
después.
De pronto la imperiosa voz del enfermero ordenó
a todos los internos que retornaran a sus pabellones. Aquella
orden vació el patio y todos los pasillos aledaños
de cualquier presencia humana, pero no podía ahuyentar
el advenimiento de aquella esfera convocada por la voluntad de
la artista. La naturaleza posee una metafísica, un sentido
interno que se manifiesta en la organización de sus instantes,
aunque su trascendencia permanezca oculta para aquellos que no
tengan la necesaria entereza para viajar a través de las
dimensiones. Y el tiempo era una dimensión de esa realidad
que confinaba a los seres conscientes en una celda llamada experiencia.
Quizá lo que permitió su evasión fue esa
enorme necesidad de comprender la dinámica del mundo desde
otras condiciones de realidad.
Con este pensamiento en la cabeza, desoyó
la voz del enfermero y se quedó en el patio para buscar
el árbol donde aparecía la esfera. Recorrió
sigilosamente el patio del hospital, y encontró aquel lugar
donde podía divisar la faz de lo desconocido mas allá
de los límites del tiempo, aquello era la llave de lo heterodoxo,
de lo múltiple que puede ser el destino.
Y así fue como la esfera volvió
a remontar el tiempo, llevándola a ese futuro que había
descubierto hacía poco.
Cuando llegó, encontró que la
recibían con menos recelo, sin duda el sufrimiento había
purificado sus mentes, aquel entorno inhóspito fortalecía
su fe a diario. Lo suyo no era una resignación estoica
ante lo inexorable, era la convicción de que existía
un futuro. El tiempo todavía no había colmado su
medida. Lo que ocurría era que el universo recorría
otro sendero para representar el drama del nacimiento y la muerte.
El cosmos se comprimía, como si ansiara adoptar nuevamente
la forma del cálido huevo original.
Pero eso no constituía ningún
obstáculo para los sobrevivientes. Sabían que su
planeta estaba arruinado, condenado a enfriarse conforme pasaran
los siglos mientras continuara girando en torno a esa estrella
sin luz que había sido el Sol.
Sin embargo existía una posibilidad de
salvación.
Mucho antes del aniquilamiento del planeta,
las potencias del mundo habían enviado a miles de sus astronautas
a colonizar el cosmos extrasolar. Sabían que se enfrentaban
a las dificultades de una travesía de larga duración
que podría traer complicaciones tanto a las naves, como
a las tripulaciones hibernadas para soportar los rigores del salto
hiperespecial, pero el riesgo era poco comparado con lo que conseguirían
lejos de un planeta en decadencia.
Si aquellos colonos habían conseguido
el milagro de terraformar algún lejano exoplaneta, sin
duda estarían dispuestos a enviar una misión de
rescate que pudiera salvar a los remanentes de la humanidad del
inexorable destino de su planeta madre.
Era imperioso que ellos supieran las tribulaciones
que estaban pasando, y así decidieron unir la potencia
de sus mentes para enviar una señal de auxilio hacia el
otro lado del cosmos.
Y ella estuvo allí, participando de su
esfuerzo, uniendo su mente al esfuerzo común.
Todo el Pueblo se reunió en lo que antaño
fue un anfiteatro construido a cielo abierto. Aquellos que no
habían podido sentarse permanecieron de pie, pero tan cerca
unos de otros que visto en conjunto aquel gentío se asemejaba
a una vasta criatura unicelular miles de veces amplificada. En
sus rostros se leía la agitación, se encontraban
sumamente emocionados. Habían pasado toda una era de penitencia
y ahora podían salir de su aislamiento, podrían
hablarle al universo con esa voz que salía de sus mentes
con una potencia insospechada. Pero el júbilo se mezclaba
con la incertidumbre. No se sabía si responderían
los hombres del espacio. Hubieron quienes dijeron que enviar un
mensaje telepático al universo, era como arrojar una botella
al océano, pero el océano cósmico era inconmensurable
comparado con el antiguo mar de la tierra. Los planetas están
separados por distancias enormes y aquel espacio seria cubierto
por la energía neural emergió de sus mentes. Su
fuerza era tan potente que todos los que emitieron el mensaje,
cayeron al suelo mientras se cogían las sienes para calmar
el dolor. Allí tendidos sobre el suelo sintieron como se
disgregaba la organización de sus conciencias, ya no eran
ellos. Los individuos se habían anulado, no existía
la polaridad, y sus mentes se congregaban estableciendo una unión
indivisible. Algo crecía entre ellos, una simpatía
imprevisible emanaba de aquellas mentes como la llamarada de una
hoguera. Era el Todo que emergía y atravesaba los límites
del anfiteatro. Aquella emanación telepática se
había transformado en una señal que abandonaba el
planeta para interrogar el espacio más lejano. Abajo los
hombres dormían, exhaustos por el esfuerzo, con los ojos
abiertos soñando con el calor que da la vida que este planeta
ya no permitía.
Ella también estaba cansada, y había
decidido irse. No conocería la siguiente fase de la historia.
Y la esfera la devolvió a su tiempo.
El boceto que había hecho yacía
sobre su tablero, mostrando la escena del supremo clímax.
Los individuos estaban representados de una manera sintética,
pero se les podía reconocer como seres humanos, y de sus
cabezas emergía una llama, que semejaba una tortuosa caligrafía,
símbolo de su poder mental. Y en aquellos ojos, dulcificados
por la esperanza, se advertía la serenidad en vez de la
angustia que habían pasado antes.
Lo que había plasmado era un reflejo
del futuro, un rayo refractado en su mente. Los trazos eran la
consecuencia, allí no tenía cabida la contrariedad.
Es decir que no se pronosticaba el fracaso del intento. La visión
no tenía en cuenta la ausencia de la ionosfera, de los
efectos secundarios que produjo la explosión de la nova
en el espacio circunsterrestre.
El planeta estaba vetado. La radiación
había construido una muralla invisible en torno a él,
pero ellos no lo sabrían nunca y conservarían la
esperanza.
Ella ya lo sabía, pero no se atrevía
a ponerlo en su boceto, era cruel saber que tanto esfuerzo era
en vano, y que el destino de aquella gente era perecer junto a
su mundo, engullidos por la paulatina aniquilación de la
materia.
Lo primero que vio cuando la esfera le permitió
salir fue el rostro de un compañero de voces que estaba
pronunciando su nombre a viva voz. Su repentina aparición
llenó de asombro al susodicho y le indujo a proferir un
grito que turbó el silencio de la noche. Algunos rostros
se asomaron a la ventana para indagar la causa del escándalo,
pero no vieron nada que justificara la alharaca. Lo único
extraño era que después de haber pasado muchas horas
sin saber de ella, se volviera a saber de Laura. Los enfermeros
la estaban conduciendo al interior del pabellón, y ella
no mostraba signos de contrariedad. Con paso seguro se dirigió
hacia su habitación, allí la esperaba aquel concierto
de frías y silenciosas miradas que la hostilizaban. Acaso
sabían que esos dibujos hablaban de hechos todavía
no acontecidos desde su perspectiva cronológica.
Era imposible que lo supieran, su experiencia
era demasiado limitada y este era el único mundo que conocían,
era lógico que temieran que estuviera amenazado por la
destrucción.
Pero la posibilidad de aniquilación se
intuya del contexto mismo, el dibujo solo era un reflejo lejano
de algo latente. No era una premonición especifica. Ellos
no habían recorrido los caminos del futuro, pero le temían,
cualquiera que éste fuera. El presente era el mejor estadio
de existencia, el mejor refugio para las contingencias, y ella
era la encarnación de una amenaza tan inminente como el
amanecer.
Desde la ventana el plenilunio arrojaba sobre
la Tierra la tregua benévola del sueño.
15 de setiembre de 2000 / 30 de enero
de 2007
publicado en diciembre de
2007
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