Variaciones sobre un
tema de George Stark
Visualice un Mall; uno de esos leviatanes
arquitectónicos que congregan en sí toda
clase de productos y servicios. Librerías donde
fácilmente puede gastarse el salario mínimo
en dos o tres libros; cines de múltiples salas;
patios de comidas; arcades pletóricos de vídeo-juegos;
clínicas; supermercados… si se trata de
algo que produce una ganancia económica tenga
seguro que está allí, siempre y cuando
no se trate de drogas o prostitución, claro está.
Todos los rubros y actividades concebibles para quitarle
el dinero a los pobres infelices que cual voluntarios
jonáses desean ser tragados por este verdadero
monstruo acromegálico y no abandonar jamás
sus entrañas.
Ahora visualícese usted en los
iluminados corredores de este aleph del consumo. Ha
realizado algunas compras, algún obsequio para
su cónyuge con motivo de su próximo aniversario
de matrimonio tal vez, o un obsequio para una fiesta
de cumpleaños de alguien. Y como no quiere que
nadie diga que usted es una persona tacaña ha
comprado un artículo que en condiciones normales
no podría adquirir a menos que lo cargara a una
de sus tarjetas de crédito, tres cuotas precio
contado. Tal vez ande por su cuenta, o en compañía,
puede que haya comido un Big Mac en el McDonald’s
o un burrito del Taco Bell e incluso visto el último
filme hollywoodense que arrasa en la taquilla. El caso
es que ahora, en este momento, usted observa de forma
distraída los escaparates y su camino se cruza
con el de mis presas.
Ella es la clase de persona que atrae
las miradas de transeúntes distraídos,
hombres o mujeres por igual y usted no es la excepción.
Él es la clase de sujeto que visto en compañía
de tal belleza se ve aún más disminuido,
más común y corriente y más ‘feo’
de lo que probablemente sea con su cara de idiota y
sus enormes gafas de idiota. En cuanto a la niña,
por suerte salió a su madre, piensa usted. Una
criatura deliciosa de unos seis o siete años,
una muñequita que sería del todo adorable
de no llevar el seño tan fruncido. Usted supone
que sus padres no accedieron a comprarle una Cajita
Feliz o algo por el estilo y es probable que eso haya
sido decisión de papá, que parece algo
ofuscado. A los papás no les agrada mucho ir
al mall de compras, todos lo saben.
De pronto algo parece llamar la atención
de papá, le da un beso a su esposa e hija y se
marcha rápidamente. Usted lo sigue con la mirada
hasta que se pierde entre la multitud preguntándose
qué bicho le habrá picado.
Al darse la vuelta choca de manera
algo brusca conmigo. Me pide disculpas y le contesto
que no hay problema. Incluso me molesto en recoger del
suelo sus bolsas de compras ya que usted por alguna
razón no acierta a moverse.
Sí, también soy la clase
de persona que atrae la mirada de la gente. Uso gafas
oscuras y guantes, visto un traje azul y mi corbata
es tan negra como mi cabello. En contraste mi piel es
muy pálida, casi blanca. Luzco un fino bigote
y una barba remitida sólo a mi mentón.
Mido un metro noventa y ocho, por lo que soy un tipo
que generalmente sobresale en las multitudes. Le he
provocado escalofríos, ¿no es así?
Se siente débil, como si hubiese perdido un litro
de sangre, pero no se preocupe, ya verá cómo
en unos minutos no tendrá memoria de haberme
visto. Provoco esa clase de reacción en la gente,
si no me están viendo a la cara, no me recuerdan
y esa es mi gran ventaja como depredador.
Le obsequio una golosina y me marcho
tras mi objetivo.
Después de una hora observando
y probándose distintas prendas de vestir, la
mujer y la niña se dirigen hacia los estacionamientos.
No hay señal alguna de papi, cuanto mejor para
mí.
Soy un depredador, sí. Pero
metódico. Aunque encuentre a la víctima
perfecta, si no se dan las condiciones adecuadas, no
atacaré. Me ocurrió hace una semana en
otro mall. Conducía con parsimonia frente a la
extensa fachada del centro comercial cuando vi a la
niña emerger por las puertas principales, situadas
bajo el gran cartel con la inscripción Plaza
Vespucio. Era una presa mucho mejor que esta y en su
bello rostro se esbozaba una expresión a la que
soy muy perceptivo. Estaba intentando contener las lágrimas
y en cualquier segundo se largaba a llorar.
Estacioné mi camioneta en un
espacio reservado para minusválidos, bajé
del vehículo y caminé hacia la niña
que miraba alrededor con progresivo miedo. La niña
parecía blanca como la nieve bajo las luces fluorescentes,
frágil e indefensa… avancé en su
dirección pero justo en ese momento aparecieron
sus padres frustrando mis intenciones.
La clave del éxito radica en
no confiarse y jamás sentirse inmune. En cualquier
momento pueden descubrirme, ¿qué estoy
haciendo entonces a la siga de una niña acompañada
de su madre? Debería abortar la operación,
pero el fuego crece en mí, quema mi vientre y
genitales… Ataco antes que la mujer introduzca
la llave en la puerta de su automóvil posando
mi mano sin guante sobre su hombro izquierdo.
Mis ansias me traicionan, he aplicado
demasiados voltios noqueando tanto a la madre como a
la niña. Le quito las llaves a mamá, recojo
a la pequeña del frío asfalto y la deposito
en el asiento delantero. Abordo el vehículo,
enciendo el motor y entonces la niña recupera
la conciencia y se retuerce con una fuerza extraordinaria
para una niña de su edad y contextura. La bestezuela
se resiste e intenta arrastrarse fuera del auto mientras
llama a su papá. Temeroso de que atraiga la atención
de los apáticos transeúntes la agarro
por el cuello de su vestido y tiro de ella hacia dentro
mientras extraigo del bolsillo interior de mi chaqueta
un par de esposas que siempre llevo conmigo. Logro cerrar
una sobre su muñeca izquierda, pero cuando intento
afianzar la segunda la niña me muerde la mano
dos veces hasta hacerme sangrar. Un intenso dolor asciende
por mi brazo y descargó mi puño sobre
su rostro dejándola inconsciente una vez más.
Cierro la segunda esposa y me hundo en el asiento mientras
sorbo la sangre de mi mano. Tendría que desinfectarse
la herida cuanto antes, las mordeduras humanas son las
peores.
Puse primera, subí los dos niveles
de estacionamientos, rodeé el MacDonald’s,
comprobé que nadie estuviera mirando, bajé
del vehículo y abordé mi propia camioneta
asegurando las esposas de mi víctima a un travesaño
de metal junto al asiento del copiloto especialmente
instalado por mí para dichos efectos. Puse en
marcha el motor, pasé el carril de encargo y
salí a la calzada de acceso. Al llegar ahí,
doblé a la izquierda en dirección a mi
guarida provisoria en Pirque. Cuando la niña
recuperó la conciencia ya estábamos muy
lejos del mall y por suerte sin nadie siguiéndonos.
-¿Quién es usted? -me
pregunta muy tranquila como despertando de una agradable
siesta.
-Un amigo de tu papá -le digo-.
Ahora mismo te llevo donde está él.
-¿Y mamá? -pregunta.
-Se desmayó y tuve que dejarla
con un médico. Ella me pidió que te llevara
con tu papá.
-Usted no es amigo de papá,
ni de mamá -dice muy segura de sí-. Usted
me ha secuestrado.
-Una chica lista además de fuerte,
¿eh? Sí, te he secuestrado. ¿No
tienes miedo?
-No, papá vendrá a rescatarme.
-¿Tu papá? Lo dudo, amorcito.
Tu papá es un alfeñique al que podría
noquear con la punta de un dedo.
La pequeña esbozó una
desafiante sonrisa.
-Mi papá vendrá a rescatarme
-insistió-. Eso es lo que él hace, rescata
gente.
-¿Es bombero acaso?
-Mejor que un bombero.
-¿Policía?
-Mejor que un policía. Además
de rescatar gente se encarga de malvados como usted.
-¿Malvado?, Yo no soy ningún
malvado, preciosa. Soy un depredador, estoy más
allá del bien y el mal.
-Papá dice que esa es la doctrina
de los malvados.
-¿Doctrina?, esa no es una palabra
que use una niña de tu edad. ¿Cómo
se llama tu papito, cariño?
-No puedo decirlo, es secreto.
-¿Cómo te llamas tú
entonces?
-Elizabeth.
-Bonito nombre. Yo me llamo Sussex,
Samuel Sussex y soy coleccionista.
-¿Qué colecciona?
-Niñitas lindas como tú.
Aunque en realidad solo conservo los huesos después
que me las como.
La pequeña no dice nada. Abandono
la carretera principal y tomo un camino de tierra. A
mi izquierda se extiende una marisma alargada, a la
derecha, un bosque denso.
La niña tira de las esposas.
-Deja eso -le digo displicente-. No
conseguirás nada.
Pese a mi advertencia, la niña
vuelve a tirar hacia arriba y quedo atónito al
comprobar que el travesaño de metal aparece un
poco más doblado.
-¡Basta! -le ordeno sacudiéndole
el hombro.
-iNo! -grita ella mientras vuelve a
tirar de las esposas doblando el metal aún más.
No quiero electrocutarla, así que saco de la
guantera una jeringa.
-¿Ves esto, mocosa?
La niña lanza una mirada de
soslayo a la jeringa y hace un ademán de asentimiento.
-¿Quieres que la use?
La niña menea la cabeza y por
primera vez la veo asustada.
-Deja de tirar de las esposas y yo
guardo la jeringa.
La niña asiente de nuevo.
-Bien -digo guardando mi efectiva herramienta
intimidadora.
-Mi papá es inmune a las jeringas
-dice la pequeña-. Es muy fuerte, mucho más
que usted.
-¿Ah,sí? -replicó
sardónico-. ¿Cuándo no está
salvando al mundo levanta pesas acaso?
-No, pero tiene muchísima fuerza
y además sabe volar.
-Así que papito corazón
tiene superpoderes. Pues no es el único mutante
en esta ciudad. Mira esto, preciosa.
Abandono unos segundos el volante para
descubrir mi mano derecha y la hago brillar hasta que
se torna transparente y pueden observarse los huesos.
-Energía bio-eléctrica
-digo a la niña-, así fue cómo
inmovilicé a tu mamá. Pero no te preocupes,
fue una descarga pequeña. No la maté.
-Papá no es un apestoso mutante
como usted, y es inmune a la electricidad, si lo ataca
con electricidad sólo lo hará más
fuerte, él absorbe energía.
-¿Sí tu papá es
tan poderoso como es que las abandonó a tu mamá
y a ti?
-Tuvo que ir a evitar un desastre en
algún lugar del planeta. Pero pronto volverá
a darle su merecido, señor.
-¿Me estás diciendo acaso
que tu padre es Sup…?
En ese preciso momento algo aterriza
sobre el techo de la camioneta con un gran estruendo.
-¡Papá! -grita la pequeña.
De pronto dejo de ver el camino ya
que una enorme capa roja cubre toda la ex¬tensión
del parabrisas. Piso el freno con la esperanza de que
aquella cosa salga despedida del techo pero entonces
vuelvo a escuchar el chirrido metálico procedente
de mi derecha seguido de un chasquido y al cabo de un
instante, los dedos de la niña se abalanzaban
sobre mi rostro, rasgándome las mejillas.
-Me ha raptado, papá! -chilla
la niña hacia el techo de la camioneta-. ¡El
malvado me raptó!
“No lo entiendes, niña”
-pienso mientras busco a tientas la jeringa-. “Yo
no soy malo. Sólo quiero entregarte mi amor…”
De pronto, un puño atraviesa
el vidrio de la ventana y me arrebata la jeringa. Con
mi mano libre atrapo la gruesa muñeca de mi atacante
descargándole unos cinco mil voltios que no le
hacen mella alguna. Arranca mi puerta de cuajo y vislumbro
su ondeante capa.
¡De todas las mocosas del mall
tuve justo que fijarme en su hija por la misma mierda!
El superhéroe me extrae de un
solo tirón del vehículo clavando sus dedos
como varas metálicas en mis hombros. Lo siento
en mi cabeza, hurgando en mi mente…
-¡Dios mío! -dice espantado-.
Eres el asesino en serie que buscan las autoridades
hace casi un año.
Sonrío triunfal ante el reconocimiento
de mi obra.
-Elizabeth, regresa al auto -le ordena
a la pequeña.
-Pero papá…
-¡Haz lo que te ordeno! -le grita
y la niña obedece.
-¿Cómo pudiste violar
y matar a once niñas indefensas?, ¡eres
un monstruo! -me reprocha.
-¿Qué sabes tú,
alienígena? -le contesto desafiante-. ¿Qué
sabes de las pulsiones humanas, tú que juegas
a ser humano disfrazándose como un idiota, jugando
a tener esposa e hijos? Vives en una mentira, extraterrestre.
-¡Calla! -me dice empujándome
contra el tronco de un árbol-. Tus días
de crímenes han terminado.
Estallo en carcajadas, cual villano
de caricatura. Esto enfurece aún más al
alienígena.
-Eres patético -digo escupiendo
sangre-. Podrías dominar el mundo, ser el amo
de este planeta pero prefieres llevar una vida vulgar
y pedestre, ayudando de vez en cuando a rescatar a los
tripulantes de un submarino ruso hundido o las víctimas
de un tsunami en Tailandia. Intentaste detener la guerra
en Kosovo, fundiste todas sus armas y tanques con tu
visión calorífica ¿y que recibiste
de vuelta? Una lluvia de peñascazos. Palos y
piedras son suficientes para que nos matemos los unos
a los otros y eso no podrás evitarlo nunca a
menos que te hagas cargo. Pero no, eso es demasiada
responsabilidad para ti, en el fondo no eres más
que un cobarde, un tipo que ayuda sólo a medias.
-No tengo por qué seguir escuchándote
-me espetó con desprecio-, puede que yo sea un
alienígena pero tú no eres más
que un animal.
-Sí, soy un animal. Soy un león
que tras cazar libremente en la sabana es capturado
por un puto cazador y sólo por deporte.
-¿Deporte? Lo que hago lo hago
por la justicia…
-Sí, por la justicia, la verdad
y el sueño bolivariano, ¿no? Ahora supongo
me llevarás a la estación de policía
más cercana como el buen boy-scout que eres.
El alienígena calla y mira hacia
la estrellas, quizás en busca del astro del cual
proviene. Luego clava en mí sus ojos que ahora
refulgen como rubíes y dice:
-Conoces mi identidad secreta, conoces
a mi mujer y a mi hija. ¡Por Rao, no me dejas
otra opción!
En seguida comprendo el destino que
me espera. Es el final para mí, pero antes del
coup de grace tengo una reflexión que
compartir con el superhéroe:
-¿Nunca te has preguntado por
qué cada vez hay más tipos como yo, ¿”mutantes”
como nos llaman? -le pregunto sin esperar respuesta-.
Es por tu causa. Este encuentro entre tú y yo
no ha sido fortuito, fue planeado por la Madre Tierra
que ya no te quiere entre nosotros. Eres un virus en
la Tierra y nosotros, los primeros anticuerpos. Tómalo
como una advertencia. Vendrán más, hombre
de acero. Muchos más…
-Los erradicaré, a todos y cada
uno de ustedes.
-¿Y qué harás
cuando todo el planeta haya mutado?, ¿exterminarás
a todo un planeta?
El alienígena guarda silencio
unos segundos y antes de incinerarme con su visión
calorífica contesta:
-De momento me basta contigo.
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