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Anticuerpos Más sobre Sergio Alejandro Amira

Variaciones sobre un tema de George Stark

Visualice un Mall; uno de esos leviatanes arquitectónicos que congregan en sí toda clase de productos y servicios. Librerías donde fácilmente puede gastarse el salario mínimo en dos o tres libros; cines de múltiples salas; patios de comidas; arcades pletóricos de vídeo-juegos; clínicas; supermercados… si se trata de algo que produce una ganancia económica tenga seguro que está allí, siempre y cuando no se trate de drogas o prostitución, claro está. Todos los rubros y actividades concebibles para quitarle el dinero a los pobres infelices que cual voluntarios jonáses desean ser tragados por este verdadero monstruo acromegálico y no abandonar jamás sus entrañas.

Ahora visualícese usted en los iluminados corredores de este aleph del consumo. Ha realizado algunas compras, algún obsequio para su cónyuge con motivo de su próximo aniversario de matrimonio tal vez, o un obsequio para una fiesta de cumpleaños de alguien. Y como no quiere que nadie diga que usted es una persona tacaña ha comprado un artículo que en condiciones normales no podría adquirir a menos que lo cargara a una de sus tarjetas de crédito, tres cuotas precio contado. Tal vez ande por su cuenta, o en compañía, puede que haya comido un Big Mac en el McDonald’s o un burrito del Taco Bell e incluso visto el último filme hollywoodense que arrasa en la taquilla. El caso es que ahora, en este momento, usted observa de forma distraída los escaparates y su camino se cruza con el de mis presas.

Ella es la clase de persona que atrae las miradas de transeúntes distraídos, hombres o mujeres por igual y usted no es la excepción. Él es la clase de sujeto que visto en compañía de tal belleza se ve aún más disminuido, más común y corriente y más ‘feo’ de lo que probablemente sea con su cara de idiota y sus enormes gafas de idiota. En cuanto a la niña, por suerte salió a su madre, piensa usted. Una criatura deliciosa de unos seis o siete años, una muñequita que sería del todo adorable de no llevar el seño tan fruncido. Usted supone que sus padres no accedieron a comprarle una Cajita Feliz o algo por el estilo y es probable que eso haya sido decisión de papá, que parece algo ofuscado. A los papás no les agrada mucho ir al mall de compras, todos lo saben.

De pronto algo parece llamar la atención de papá, le da un beso a su esposa e hija y se marcha rápidamente. Usted lo sigue con la mirada hasta que se pierde entre la multitud preguntándose qué bicho le habrá picado.

Al darse la vuelta choca de manera algo brusca conmigo. Me pide disculpas y le contesto que no hay problema. Incluso me molesto en recoger del suelo sus bolsas de compras ya que usted por alguna razón no acierta a moverse.

Sí, también soy la clase de persona que atrae la mirada de la gente. Uso gafas oscuras y guantes, visto un traje azul y mi corbata es tan negra como mi cabello. En contraste mi piel es muy pálida, casi blanca. Luzco un fino bigote y una barba remitida sólo a mi mentón. Mido un metro noventa y ocho, por lo que soy un tipo que generalmente sobresale en las multitudes. Le he provocado escalofríos, ¿no es así? Se siente débil, como si hubiese perdido un litro de sangre, pero no se preocupe, ya verá cómo en unos minutos no tendrá memoria de haberme visto. Provoco esa clase de reacción en la gente, si no me están viendo a la cara, no me recuerdan y esa es mi gran ventaja como depredador.

Le obsequio una golosina y me marcho tras mi objetivo.

Después de una hora observando y probándose distintas prendas de vestir, la mujer y la niña se dirigen hacia los estacionamientos. No hay señal alguna de papi, cuanto mejor para mí.

Soy un depredador, sí. Pero metódico. Aunque encuentre a la víctima perfecta, si no se dan las condiciones adecuadas, no atacaré. Me ocurrió hace una semana en otro mall. Conducía con parsimonia frente a la extensa fachada del centro comercial cuando vi a la niña emerger por las puertas principales, situadas bajo el gran cartel con la inscripción Plaza Vespucio. Era una presa mucho mejor que esta y en su bello rostro se esbozaba una expresión a la que soy muy perceptivo. Estaba intentando contener las lágrimas y en cualquier segundo se largaba a llorar.

Estacioné mi camioneta en un espacio reservado para minusválidos, bajé del vehículo y caminé hacia la niña que miraba alrededor con progresivo miedo. La niña parecía blanca como la nieve bajo las luces fluorescentes, frágil e indefensa… avancé en su dirección pero justo en ese momento aparecieron sus padres frustrando mis intenciones.

La clave del éxito radica en no confiarse y jamás sentirse inmune. En cualquier momento pueden descubrirme, ¿qué estoy haciendo entonces a la siga de una niña acompañada de su madre? Debería abortar la operación, pero el fuego crece en mí, quema mi vientre y genitales… Ataco antes que la mujer introduzca la llave en la puerta de su automóvil posando mi mano sin guante sobre su hombro izquierdo.

Mis ansias me traicionan, he aplicado demasiados voltios noqueando tanto a la madre como a la niña. Le quito las llaves a mamá, recojo a la pequeña del frío asfalto y la deposito en el asiento delantero. Abordo el vehículo, enciendo el motor y entonces la niña recupera la conciencia y se retuerce con una fuerza extraordinaria para una niña de su edad y contextura. La bestezuela se resiste e intenta arrastrarse fuera del auto mientras llama a su papá. Temeroso de que atraiga la atención de los apáticos transeúntes la agarro por el cuello de su vestido y tiro de ella hacia dentro mientras extraigo del bolsillo interior de mi chaqueta un par de esposas que siempre llevo conmigo. Logro cerrar una sobre su muñeca izquierda, pero cuando intento afianzar la segunda la niña me muerde la mano dos veces hasta hacerme sangrar. Un intenso dolor asciende por mi brazo y descargó mi puño sobre su rostro dejándola inconsciente una vez más. Cierro la segunda esposa y me hundo en el asiento mientras sorbo la sangre de mi mano. Tendría que desinfectarse la herida cuanto antes, las mordeduras humanas son las peores.

Puse primera, subí los dos niveles de estacionamientos, rodeé el MacDonald’s, comprobé que nadie estuviera mirando, bajé del vehículo y abordé mi propia camioneta asegurando las esposas de mi víctima a un travesaño de metal junto al asiento del copiloto especialmente instalado por mí para dichos efectos. Puse en marcha el motor, pasé el carril de encargo y salí a la calzada de acceso. Al llegar ahí, doblé a la izquierda en dirección a mi guarida provisoria en Pirque. Cuando la niña recuperó la conciencia ya estábamos muy lejos del mall y por suerte sin nadie siguiéndonos.

-¿Quién es usted? -me pregunta muy tranquila como despertando de una agradable siesta.

-Un amigo de tu papá -le digo-. Ahora mismo te llevo donde está él.

-¿Y mamá? -pregunta.

-Se desmayó y tuve que dejarla con un médico. Ella me pidió que te llevara con tu papá.

-Usted no es amigo de papá, ni de mamá -dice muy segura de sí-. Usted me ha secuestrado.

-Una chica lista además de fuerte, ¿eh? Sí, te he secuestrado. ¿No tienes miedo?

-No, papá vendrá a rescatarme.

-¿Tu papá? Lo dudo, amorcito. Tu papá es un alfeñique al que podría noquear con la punta de un dedo.

La pequeña esbozó una desafiante sonrisa.

-Mi papá vendrá a rescatarme -insistió-. Eso es lo que él hace, rescata gente.

-¿Es bombero acaso?

-Mejor que un bombero.

-¿Policía?

-Mejor que un policía. Además de rescatar gente se encarga de malvados como usted.

-¿Malvado?, Yo no soy ningún malvado, preciosa. Soy un depredador, estoy más allá del bien y el mal.

-Papá dice que esa es la doctrina de los malvados.

-¿Doctrina?, esa no es una palabra que use una niña de tu edad. ¿Cómo se llama tu papito, cariño?

-No puedo decirlo, es secreto.

-¿Cómo te llamas tú entonces?

-Elizabeth.

-Bonito nombre. Yo me llamo Sussex, Samuel Sussex y soy coleccionista.

-¿Qué colecciona?

-Niñitas lindas como tú. Aunque en realidad solo conservo los huesos después que me las como.

La pequeña no dice nada. Abandono la carretera principal y tomo un camino de tierra. A mi izquierda se extiende una marisma alargada, a la derecha, un bosque denso.

La niña tira de las esposas.

-Deja eso -le digo displicente-. No conseguirás nada.

Pese a mi advertencia, la niña vuelve a tirar hacia arriba y quedo atónito al comprobar que el travesaño de metal aparece un poco más doblado.

-¡Basta! -le ordeno sacudiéndole el hombro.

-iNo! -grita ella mientras vuelve a tirar de las esposas doblando el metal aún más. No quiero electrocutarla, así que saco de la guantera una jeringa.

-¿Ves esto, mocosa?

La niña lanza una mirada de soslayo a la jeringa y hace un ademán de asentimiento.

-¿Quieres que la use?

La niña menea la cabeza y por primera vez la veo asustada.

-Deja de tirar de las esposas y yo guardo la jeringa.

La niña asiente de nuevo.

-Bien -digo guardando mi efectiva herramienta intimidadora.

-Mi papá es inmune a las jeringas -dice la pequeña-. Es muy fuerte, mucho más que usted.

-¿Ah,sí? -replicó sardónico-. ¿Cuándo no está salvando al mundo levanta pesas acaso?

-No, pero tiene muchísima fuerza y además sabe volar.

-Así que papito corazón tiene superpoderes. Pues no es el único mutante en esta ciudad. Mira esto, preciosa.

Abandono unos segundos el volante para descubrir mi mano derecha y la hago brillar hasta que se torna transparente y pueden observarse los huesos.

-Energía bio-eléctrica -digo a la niña-, así fue cómo inmovilicé a tu mamá. Pero no te preocupes, fue una descarga pequeña. No la maté.

-Papá no es un apestoso mutante como usted, y es inmune a la electricidad, si lo ataca con electricidad sólo lo hará más fuerte, él absorbe energía.

-¿Sí tu papá es tan poderoso como es que las abandonó a tu mamá y a ti?

-Tuvo que ir a evitar un desastre en algún lugar del planeta. Pero pronto volverá a darle su merecido, señor.

-¿Me estás diciendo acaso que tu padre es Sup…?

En ese preciso momento algo aterriza sobre el techo de la camioneta con un gran estruendo.

-¡Papá! -grita la pequeña.

De pronto dejo de ver el camino ya que una enorme capa roja cubre toda la ex¬tensión del parabrisas. Piso el freno con la esperanza de que aquella cosa salga despedida del techo pero entonces vuelvo a escuchar el chirrido metálico procedente de mi derecha seguido de un chasquido y al cabo de un instante, los dedos de la niña se abalanzaban sobre mi rostro, rasgándome las mejillas.

-Me ha raptado, papá! -chilla la niña hacia el techo de la camioneta-. ¡El malvado me raptó!

“No lo entiendes, niña” -pienso mientras busco a tientas la jeringa-. “Yo no soy malo. Sólo quiero entregarte mi amor…”

De pronto, un puño atraviesa el vidrio de la ventana y me arrebata la jeringa. Con mi mano libre atrapo la gruesa muñeca de mi atacante descargándole unos cinco mil voltios que no le hacen mella alguna. Arranca mi puerta de cuajo y vislumbro su ondeante capa.

¡De todas las mocosas del mall tuve justo que fijarme en su hija por la misma mierda!

El superhéroe me extrae de un solo tirón del vehículo clavando sus dedos como varas metálicas en mis hombros. Lo siento en mi cabeza, hurgando en mi mente…

-¡Dios mío! -dice espantado-. Eres el asesino en serie que buscan las autoridades hace casi un año.

Sonrío triunfal ante el reconocimiento de mi obra.

-Elizabeth, regresa al auto -le ordena a la pequeña.

-Pero papá…

-¡Haz lo que te ordeno! -le grita y la niña obedece.

-¿Cómo pudiste violar y matar a once niñas indefensas?, ¡eres un monstruo! -me reprocha.

-¿Qué sabes tú, alienígena? -le contesto desafiante-. ¿Qué sabes de las pulsiones humanas, tú que juegas a ser humano disfrazándose como un idiota, jugando a tener esposa e hijos? Vives en una mentira, extraterrestre.

-¡Calla! -me dice empujándome contra el tronco de un árbol-. Tus días de crímenes han terminado.

Estallo en carcajadas, cual villano de caricatura. Esto enfurece aún más al alienígena.

-Eres patético -digo escupiendo sangre-. Podrías dominar el mundo, ser el amo de este planeta pero prefieres llevar una vida vulgar y pedestre, ayudando de vez en cuando a rescatar a los tripulantes de un submarino ruso hundido o las víctimas de un tsunami en Tailandia. Intentaste detener la guerra en Kosovo, fundiste todas sus armas y tanques con tu visión calorífica ¿y que recibiste de vuelta? Una lluvia de peñascazos. Palos y piedras son suficientes para que nos matemos los unos a los otros y eso no podrás evitarlo nunca a menos que te hagas cargo. Pero no, eso es demasiada responsabilidad para ti, en el fondo no eres más que un cobarde, un tipo que ayuda sólo a medias.

-No tengo por qué seguir escuchándote -me espetó con desprecio-, puede que yo sea un alienígena pero tú no eres más que un animal.

-Sí, soy un animal. Soy un león que tras cazar libremente en la sabana es capturado por un puto cazador y sólo por deporte.

-¿Deporte? Lo que hago lo hago por la justicia…

-Sí, por la justicia, la verdad y el sueño bolivariano, ¿no? Ahora supongo me llevarás a la estación de policía más cercana como el buen boy-scout que eres.

El alienígena calla y mira hacia la estrellas, quizás en busca del astro del cual proviene. Luego clava en mí sus ojos que ahora refulgen como rubíes y dice:

-Conoces mi identidad secreta, conoces a mi mujer y a mi hija. ¡Por Rao, no me dejas otra opción!

En seguida comprendo el destino que me espera. Es el final para mí, pero antes del coup de grace tengo una reflexión que compartir con el superhéroe:

-¿Nunca te has preguntado por qué cada vez hay más tipos como yo, ¿”mutantes” como nos llaman? -le pregunto sin esperar respuesta-. Es por tu causa. Este encuentro entre tú y yo no ha sido fortuito, fue planeado por la Madre Tierra que ya no te quiere entre nosotros. Eres un virus en la Tierra y nosotros, los primeros anticuerpos. Tómalo como una advertencia. Vendrán más, hombre de acero. Muchos más…

-Los erradicaré, a todos y cada uno de ustedes.

-¿Y qué harás cuando todo el planeta haya mutado?, ¿exterminarás a todo un planeta?

El alienígena guarda silencio unos segundos y antes de incinerarme con su visión calorífica contesta:

-De momento me basta contigo.

 
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