| Pese a que todos los
preparativos de la fastuosa celebración del verdadero
fin de milenio marchaban según lo previsto, una
vaga incomodidad como en sueños embargaba a Georg
Sommervogel. Una reminiscencia de la fluida percepción
que antecede el despertar.
-¿Dónde está mi
hijo? -preguntó a su mayordomo en jefe.
-Cazando, mi señor -respondió
el sirviente.
-Cuando termine dígale que me
he marchado al observatorio -ordenó Sommervogel-,
ya no tengo más que hacer aquí.
-De acuerdo, mi señor.
En el momento en que el Científico
de lo Insólito abandonaba el salón principal
un escudo de armas, que colgaba a unos seis metros de
altura y que estaba siendo pulido en esos instantes
por un sirviente, cayó al suelo por poco y golpeándole
la cabeza. El escudo representaba un castillo de plata
de cuya torre emergía un guerrero armado con
un hacha en la diestra y una llave en la siniestra;
en jefe un creciente de plata, y en punta cinco hachas
también de plata, con los cabos de oro, puestas
en faja. Sommervogel no prestó atención
alguna al hombre que tras precipitarse de la escalera
yacía sobre el suelo sino a dos de las hachas
que se habían desprendido del escudo y que curiosamente
habían quedado la una junto a la otra en perfecta
simetría.
-Lábrys -murmuró
Sommervogel recordando la palabra griega para el hacha
de doble filo de la cual derivaba la palabra laberinto.
Luego de este claro augurio de los
acontecimientos que se desencadenarían el Científico
de lo insólito se dirigió a su aeronave
y partió hacia el inexpugnable observatorio refaccionado
en las cumbres de los Alpes Suizos, desde donde precedería
la fiesta.
***
Las fiestas de año nuevo de
Sommervogel eran famosas en todo el mundo no sólo
por el deslumbrante despliegue de opulencia y alta tecnología
del que hacía gala, sino porque con motivo de
esta ocasión, el Científico de lo Insólito
se deleitaba en seleccionar a unos pocos afortunados
para ascender esa misma noche a su observatorio, donde
atesoraba el conjunto de objetos más valiosos
de la Tierra. Sommervogel podía costearse aquellos
lujos holgadamente, no por nada era el hombre más
acaudalado del planeta de acuerdo al último ranking
de la revista Forbes, siendo el segundo Christopher
Westbrook, gran patrono de la arqueología que
arrebató al Científico de lo Insólito
el descubrimiento de varias piezas valiosas.
La colección de artefactos extraños
fue una afición que Sommervogel tuvo desde su
más temprana infancia, afición que derivó
luego de la Segunda Guerra Mundial en un gran interés
no sólo por los objetos, sino por las personas
extrañas. Y como una cosa lleva a la otra, esta
tendencia por rodearse de todo tipo de seres anómalos
hizo que se convirtiera en el gran patrono del polémico
arte transgénico, que a su vez le llevaría
a la creación del primer ser quimérico
que, además, adoptaría como su hijo.
Una vez en su fortaleza-museo, Sommervogel
se sentó frente a una gran pared sobre la que
se desplegaba una galería de ciento treinta cambiantes
imágenes, dio un sorbo a su concentrado vitamínico,
contempló unos segundos el retrato enmarcado
de su hija junto al tablero de controles y aguardó
el arribo de los primeros invitados. Como de costumbre
participaría de la fiesta sólo como un
voyeur, observándolo todo desde la seguridad
de su monte Olimpo privado. Por más saludable
que estuviese gracias a los tratamientos de longevidad
desarrollados por él mismo, a Sommervogel le
pesaban sus 87 años.
Un rostro dentro de los cientos que
enfocaban las diminutas cámaras insectoides llamó
la atención del Científico de lo Insólito
tras una hora de aburrida vigilancia: el rostro de una
hermosa joven que le era familiar pero a quien no recordaba
haber extendido invitación alguna. El cabello
de la muchacha era negro azabache, lo tenía recogido
y dos mechones le caían por delante de la cara,
otorgándole un aspecto dulce y sensual. Llevaba
un vestido púrpura largo y sin mangas que llegaba
hasta su cuello y dejaba sus hombros al aire. Sus proporcionados
pechos se adivinaban perfectamente, ya que la parte
de arriba era translúcida, y tan sólo
tapaban su cuerpo los adornos que salpicaban el vestido.
La parte de abajo del atuendo mostraba casi completamente
sus hermosas piernas, y tenía una gran abertura
en un lateral que llegaba hasta la cintura. En los pies,
lucía unas preciosas sandalias de tiras plateadas
y tacón fino muy alto.
Sommervogel pulsó un botón
de su consola y los datos de la muchacha aparecieron
inmediatamente en una de las pantallas. Belle Saint-Croix,
nacionalidad francesa, 27 años, directora de
uno de los observatorios de Sommervogel en Sudamérica,
sin invitación cursada. “¡Por supuesto!”,
pensó el Científico de lo Insólito,
“ésta es la astrofísica que contraté
para mi observatorio de Chañantor, la que supuestamente
padece de una afección a la piel que le impide
exponerse a la luz solar. Se ve muy distinta, apenas
la he reconocido, su presencia no puede augurar nada
bueno…”
Sommervogel sabía muy bien cuál
era la verdadera “condición” de Belle,
razón por la cual la mantenía bajo vigilancia
mientras decidía que hacer con ella. El último
informe sobre la Srta. Saint-Croix que había
recibido el Científico de lo Insólito
doce horas antes la situaban en el Hotel Le Méridien
Beach Plaza, en Montecarlo. Sólo entonces reparó
Sommervogel en que no había tenido noticias de
Kippenberger y Ruesch desde aquel último reporte.
Intentó localizarlos, pero los pequeños
puntos rojos que representaban sus dispositivos GPS
sobre el mapa de Montecarlo no se encendieron. Lo más
probable es que Belle se percatara de sus vigilantes
y resolviera deshacerse de ellos, algo muy simple de
llevar a cabo para alguien con sus habilidades. Kippenberger
y Ruesch eran dos de los mejores hombres al servicio
de Sommervogel, el Científico de lo insólito
lamentaba perderlos y tomó nota de recompensar
generosamente a sus familias. Kippenberger estaba casado
y tenía dos hijas, una en la universidad. Ruesch
cuidaba de su madre afectada de parkinson y un hermano
menor con síndrome de down.
Pensar en las familias de sus más
que probables extintos empleados motivó en Sommervogel
una observación más pausada del retrato
de su hija. En aquella fotografía Elizabeth tenía
22 años y se veía radiante, sus ojos intensamente
azules, su cabello color miel, su piel blanca como la
porcelana, un perfecta representante de la raza hiperbórea…
todos decían que era idéntica a su madre,
prácticamente un clon. Si hubiesen sabido cuan
cerca estaban de la verdad.
Lo último que Sommervogel supo
de su hija fue que se había vuelto a divorciar
tras dos matrimonios fracasados y que actualmente convivía
con una pareja de su mismo sexo con la cual pretendía
contraer nupcias próximamente en Bélgica
(y engendrar un hijo mediante inseminación artificial).
Ese “nieto” no tendría el menor rastro
de material genético Sommervogel, por supuesto.
Irónicamente él único que ostentaba
tal “honor” era el ente quimérico
cuya creación el Científico de lo insólito
había propiciado.
Sommervogel abandonó la contemplación
infusa del retrato de Elizabeth y lo regresó
a su sitio para luego tomar control de uno de sus diminutas
cámaras-insecto y seguir a la señorita
Saint-Croix.
Belle presentó su invitación
en uno de las tantos accesos a los jardines de la fastuosa
residencia y luego de superar las estrictas medidas
de seguridad abordó un vehículo de suspensión
electro-magnética que la condujo junto a otros
invitados por los cientos de hectáreas que conformaban
los bosques ornamentales de la gigantesca mansión
Sommervogel, que contaba con su propio lago y se ubicada
en un amplio valle rodeado de montañas que daban
una espectacular profundidad al paisaje. Después
de un breve trayecto el vehículo se detuvo en
los jardines formales que en esos momentos parecían
más bien una estación de trenes. Belle
descendió del vehículo y se dirigió
hacia donde se reunía la mayor cantidad de gente,
un gigantesco salón con forma de diamante abierto
a los cielos sobre el cual brillaban majestuosas las
estrellas sobre las cabezas de los invitados (esto gracias
a un ingenioso sistema de pantallas oscuras que excluían
la iluminación circundante).
Los asistentes parecían llevar
celebrando horas, aunque los primeros habían
llegado tan sólo hacía treinta minutos.
Bailaban, cantaban, emitían nubes de humo multicolor
o simplemente recorrían los interminables pasillos
y salones de la residencia admirados por la arquitectura,
el arte y objetos históricos allí reunidos.
Todo esto, sin embargo, parecía no impresionar
a Belle. Su atención la prestaba a los concurrentes
de la fiesta, nunca había visto tanta anormalidad
reunida en un mismo sitio.
No sólo la gente al servicio
de Sommervogel, sino varios de los invitados a la celebración
eran personas con características anatómicas
o habilidades inusuales, como el colombiano Claudio
Villarroel alias “el hombre-computadora”,
capaz de prodigiosas operaciones mentales como haber
calculado la raíz de 13 a un número de
100 cifras en 14 centésimas de segundo. Un poco
más allá, charlando con una famosa “estarlette”
del cine porno de más de 180 kilos de peso se
encontraban Valerio “Lupo” Moscatti, el
hombre lobo italiano. Moscatti por supuesto no era un
licántropo sino un tipo que padecía de
hipertricosis, siendo su rostro vagamente humano el
producto de numerosas cirugías estéticas
a las que se había sometido voluntariamente para
asemejarse a un lobo. La pantagruélica mujer
murmuró algo al oído de Moscatti y este
esbozó una especie de mueca (¿una sonrisa?)
que dejó al descubierto una hilera de afilados
dientes amarillentos. Belle se los imaginó en
la cama y la imagen le revolvió el estómago.
-¿Absorta con los fenómenos
de circo? -Dijo una voz que parecía provenir
desde el interior de una pecera. Sommervogel enfocó
uno de los ojos de la nanocámara y pudo ver al
prominente físico Niles Srinivasa Rao, a quien
el accidente de Penssylvania de 1998 había tornado
mortalmente radioactivo. Srinivasa Rao era uno de los
elegidos para subir al observatorio y como de costumbre
iba enfundado en aquel traje verde-óxido con
escafandra (diseñado especialmente para él
por Sparkle Enterprises) que solía usar en público.
Cualquier ser vivo expuesto por más de diez minutos
a la presencia de Srinivasa Rao sin su traje corría
el riesgo de morir por envenenamiento radiactivo.
-Niles, tanto tiempo sin verte -dijo
Belle forzando una sonrisa.
-Lo mismo digo -respondió Srinivasa
Rao-, ¿estás acompañada?
-Mi acompañante canceló
a última hora.
-¿Algún pretendiente
quizás?
-No, un compañero de trabajo.-
Un subalterno querrás decir,
supe que trabajas en el nuevo observatorio de Sommervogel
en los Andes y nada menos que con el cargo de directora.
-De eso hace ya un año, Niles.
Es noticia vieja.
-Lo mismo que el extraño accidente
de laboratorio que te ha privado de disfrutar de la
luz solar.
-Al menos no debo vestir algo tan pesado
e incómodo como esa armadura cuando salgo de
día. ¿Sigues bajo el atento ojo del Departamento
de Defensa Norteamericano?
-Todo el tiempo. Mira sobre mi hombro,
¿ves a esos tipos de negro? Son algo así
como mis guardaespaldas. Éste traje de contención
realmente es mi cárcel, ¡y pensar que hay
un equipo de ocho personas en alguna oficina del Pentágono
dedicadas exclusivamente a monitorear mis movimientos!
-Ha de tenerse cuidado cuando se deja
una bomba atómica caminante por ahí, ¿no?
-Supongo que tienes razón. De
cualquier forma me consuelo con las palabras de Hamlet:
“podría estar encerrado al interior de
una cáscara de nuez y aún así considerarme
rey del espacio infinito”.
-Si tú lo dices, Niles.
Por unos segundos ambos callaron.
-¿Has visto ya al hijo de Sommervogel?
-preguntó Belle.
-No, aún no -respondió
Srinivasa Rao.
-Estoy ansiosa por conocerlo personalmente.
-¿Sabías que no tiene
genitales? Sommervogel en su exquisita crueldad lo hizo
macho pero no le dotó de órganos sexuales.
-¿Y eso qué? Es hermoso,
el ser más hermoso que he visto en mi vida.
-Un ser de piel azul con garras retráctiles,
capaz de despedir descargas eléctricas como las
anguilas y ver en la oscuridad, un ser de larga cola
reptiloide, prodigioso olfato y un largo etcétera
de características zoológicas. ¿Sabías
que es humano tan sólo en un 30%? ¿Sabías
que tiene tan sólo doce años?
-Doce años que equivalen a veinte
años humanos ¿no?
-Eso dicen. ¿Sabías que
se alimenta sólo de animales vivos que él
mismo caza en los jardines de esta mansión?
-¡Por Dios! ¿Qué
es esa cosa? -dijo Belle interrumpiendo a Srinivasa
Rao y, disimuladamente, indicando a un grotesco y voluminoso
ser que en ese momento emergía por una de las
puertas del salón.
El recién llegado medía
unos tres metros de altura y poseía unas extremidades
gruesas como troncos, su cuerpo soportaba una enorme
cabeza dolicocéfala que se alzaba sobre sus amplísimos
hombros sin la asistencia de cuello alguno y su piel
era semejante tanto en color como textura a una roca
metamórfica, un mármol policromo veteado
donde predominaba el blanco con toques de bermellón
y un poco de negro.
-Ese es Carlton Cunningham en su primera
aparición pública en cuarenta y cinco
años -anunció Srinivasa Rao-, la elegante
vestimenta que luce debe haber sido todo un reto para
su sastre.
-Tenía entendido que Cunningham
murió en 1956 mientras socorría a una
intrusa que había penetrado en el campo de prueba
de una bomba en medio del desierto -dijo Belle aún
desconcertada.
-Esa es la versión que se le
entregó al público pero la verdad es que
Cunningham no murió al ser detonada la bomba,
que además no era cualquier bomba sino un artefacto
capaz de alterar la realidad. Cunningham consiguió
salvar a la intrusa (que por cierto era su entrometidas
novia periodista) pero no pudo regresar a tiempo al
bunker y al verse atrapado desarrolló mentalmente
una ecuación que lo transformara en algo capaz
de sobrevivir al estallido. Ese algo es el gigantesco
monstruo que en estos momentos bebe champaña
ante nosotros.
-¿Y dónde estuvo Cunningham
todo este tiempo?
-Criogenizado en unas instalaciones
especiales del ejército norteamericano a dos
kilómetros bajo tierra, cuando estás bajo
el alero del Pentágono te enteras de cosas. Luego
de su metamorfosis, Cunningham adquirió una fuerza
sobrehumana y se volvió algo violento. Comenzó
a destruir todo a su paso, su piel puede asemejarse
al mármol pero es mucho más resistente.
Las balas no le dañaban, el fuego no le dañaba,
en cuestión de minutos llegó al pueblo
más próximo desatando el armagedón.
Cuatro días, 1.790 muertos y dos pequeñas
ciudades completamente arrasadas después, el
monstruo fue inmovilizado por el ejército y puesto
bajo criogenia para su posterior estudio. Todo esto
fue mantenido en el más estricto secreto durante
cuarenta y cuatro años hasta que el gobierno
de los Estados Unidos decidió resucitar el proyecto,
y a Cunningham en consecuencia. La idea era regresarlo
a la normalidad pero sólo tuvieron éxito
con su cerebro, más que suficiente para sus propósitos.
Se teoriza que sólo el impacto directo de una
bomba atómica podría destruirlo. No necesita
respirar ni comer, es para todo efecto, inmortal. Cunningham
vive y trabaja desde su regreso hace un año en
el Centro de Investigación Militar Rockefeller,
en Nueva York.
-Suenas como si lo envidiaras, querido
Niles.
-Estaría dispuesto a cambiar
lugares con él en cualquier momento. Tener toda
la eternidad para realizar mis investigaciones, poder
contemplar el curso de la evolución humana…
-O de su extinción. La inmortalidad
podría ser algo no tan placentero.
-Como dijo Safo: “Si la muerte
fuera un bien, los dioses no serían inmortales”.
-¡De qué dioses me hablas,
Niles! ¿Te has vuelto panteísta acaso?
-Bueno, es la religión de moda
entre las estrellas de Hollywood, y yo soy el científico
más hollywoodense de todos, ¿no?-
Por cierto, ¿quién va
a interpretarte en la película sobre tu vida?,
¿Tom Cruise?
-No, Edward Norton. Va a ganar el Oscar
al mejor actor, no te quepa duda de ello.
-¿Quiénes son las personas
con las que está charlando Cunningham?
-No les conozco a todos, salvo a Damien
Herschell, el nuevo niño mimado de la escena
artística británica.
-¿Ese cuya obra consiste en
encapsular cadáveres no-reclamados de vagabundos
en formaldehído?
-Sí, ese.
-Su obra me parece inhumana y francamente
repulsiva.
-Sommervogel opina lo contrario, le
ha comprado varias piezas.
-Cunningham también me parece
repugnante, sobretodo por su rostro, demasiado humano
como para estar inserto en ese cuerpo deforme.
-Al menos Cunningham no está
obligado a vestir un armatoste como el que llevo puesto.
-De seguro él será uno
de los invitados a contemplar la colección de
Sommervogel, ¿no?
-Es más que probable, y yo seré
otro.
-¿Cómo lo sabes?
-¿Ves a esos sujetos de ahí,
esos que están unidos por la cabeza? Trabajan
para Sommervogel y ya me han entregado la invitación,
aquí la tengo, muérete de envidia.
Belle intentó arrancarle la
tarjeta dorada a Srinivasa Rao pero una pequeña
punción en la punta de su dedo índice
le hizo retirar la mano.
-¡Ah! -gritó Belle-. ¿Qué
fue eso? Espero que tu traje no tenga ninguna fuga.
-No, de ninguna manera, debe haber
sido la estática. Ahí tienes la invitación,
como puedes ver mi nombre está escrito en ella
así que regrésamela, es personal e intransferible.
-Ahí la tienes -dijo Belle arrojando
la invitación contra la escafandra de Srinivasa
Rao-, después de todo aún hay posibilidades
que reciba la mía.
-Lo dudo, Belle. Sommervogel sólo
invita a su observatorio refaccionado a gente, “especial”,
por decirlo de alguna manera, y tu enfermedad aunque
poco común, no te hace única.
-Única como lo fenómenos
que Cunningham o tú representan querrás
decir.
-¿El hijo de Sommervogel no
es un fenómeno acaso?
-No, el no es producto de los caprichos
de la naturaleza como esos siameses…
-Creo que prefieren el término
“vinculados”.
-Sí, y los Titanes preferían
ser llamados “hijos de la Tierra” pero los
Olímpicos no hacían caso. De cualquier
forma y como te decía antes que me interrumpieras,
Anselm no es producto del azar, ningún accidente
extravagante lo convirtió en lo que es, todo
su ser fue meticulosamente planeado, es una obra de
arte viviente, hermosa y perfecta. Nos vemos al rato,
profesor Srinivasa Rao.
Tras despedirse de su ex-novio, Belle
se dirigió hacia las mesas al aire libre donde
se servían los más exquisitos manjares
sin probar bocado alguno, debido a su estricta dieta,
y luego se abrió paso entre la muchedumbre intentando
encontrar al hijo de Sommervogel que no se divisaba
por ninguna parte. Luego de un rato concentrada en dicha
tarea decidió buscar algún sitio para
reposar sus extenuados pies. Se alejó de las
mesas hasta llegar a un lugar solitario junto a una
enorme pileta, se sacó sus zapatos y tomó
asiento. Un grupo de ave-plantas ornamentales, los primeros
animales transgénicos creados por Zakk, se paseaban
a unos metros de distancia desplegando su follaje luminoso.
Sommervogel dejó a Belle bajo
vigilancia y volvió a concentrarse en el resto
de sus ojos-espías justo cuando Anselm hacía
su entrada en el hall principal de la mansión.
El hijo de Sommervogel se paseó un rato entre
los asistentes, saludando a muy pocos y deteniéndose
a charlar brevemente con una cantidad aún menor,
pero desconcertando a la gran mayoría. ¡Qué
orgulloso estaba el Científico de lo Insólito
de aquella magnífica criatura!, ¡y cuanto
trabajo le había tomado crearla!
***
El génesis de Anselm se remonta
sin lugar a dudas a 1983, ese año la compañía
biotecnológica Sommervogel, con sede en Suiza,
consiguió una patente valida en todo Europa para
la creación de animales “transgénicos”.
La patente, qué cubría el desarrollo de
embriones que contuviesen células tanto de humanos
como de “ratones, ovejas, cerdos, cabras y peces”
fue concedida sin mayores objeciones y durante un tiempo,
el Científico de lo Insólito y los suyos
trabajaron sin que nadie les molestara, hasta que el
asunto llegó a oídos de la Iglesia Católica
que como era de esperarse reaccionó indignada,
denunciando la patente como “moralmente ofensiva”.
Sommervogel personalmente negó que el propósito
de su compañía fuera el de crear animales
con células humanas sino el de producir ratones
alterados genéticamente para investigaciones.
Esto calmó un poco las cosas y el Científico
de lo Insólito continuó con sus investigaciones
logrando que la tecnología transgénica
experimentara un crecimiento explosivo (e incontrolado
de acuerdo a ciertos sectores) durante la siguiente
década.
El primer animal transgénico
que Sommervogel patentó fue un cerdo con órganos
humanos para “xenotransplantes”. La aplicación
exitosa de estas técnicas provocó importantes
cuestionamientos éticos. Por ejemplo, ¿debería
existir un límite en la cantidad de ADN humano
insertado en un animal? ¿Debería este
límite estar supeditado sólo para el beneficio
terapéutico de los seres humanos? ¿Cómo
se determinaría el mentado “beneficio terapéutico”?
Antes que todas estas preguntas fueran contestadas el
provocador artista visual, escritor y docente-estrella
en la Escuela del Instituto de Arte de Chicago, Zakk
(pionero del arte electrónico y entusiasta explorador
de las mutaciones formales, semánticas y perceptuales
que provocan fenómenos como la telepresencia
y la integración entre el ser tecnológico
y el ser vivo) acudió a los laboratorios de Sommervogel
para proponerle la creación de una nueva forma
de arte, el arte transgénico. Ante los feroces
ataques de grupos opositores Zakk declaró que
las preocupaciones éticas, de capital importancia
en cualquier obra artística, eran todavía
más cruciales que nunca en el contexto del arte
biológico, donde un ser vivo real era la propia
obra de arte. No hay arte transgénico sin un
compromiso firme y la aceptación de responsabilidad
por la nueva forma de vida así creada, declaró
Zakk cuando mostró a la prensa su primera creación,
una cebra transgénica en la que se había
injertado la Proteína Verde Fluorescente extraída
de la medusa Aequorea Victoria, lo que hacía
que el animal brillara en la oscuridad.
Una vez más se encendió
la polémica. Para algunos, la sola idea de experimentar
con seres vivos con fines artísticos implicaba
un gran peligro ético. Por un lado, los ecos
de la eugenesia impulsada a mediados del siglo XX seguían
siendo demasiado dolorosos como para negar los riesgos
totalitarios que conlleva esa clase de experimentación
y por otro, grupos defensores de los derechos de los
animales protestaban contra el “especismo”
(es decir, la creencia en la superioridad humana con
respecto a otras especies) que permitía a gente
como Zakk y Sommervogel no sólo el uso sino también
el abuso de especies vegetales y animales para fines
cosméticos, artísticos, de entretenimiento
y otros que, en definitiva, no eran imprescindibles
para la conservación de la vida. Para qué
hablar de los diferentes grupos religiosos que llevaban
años pronunciándose contra toda clase
de manipulación genética.
En 1988 Sommervogel Genetics volvió
a estremecer al mundo al anunciar la creación
del primer humano transgénico, un ser diseñado
por el artista Zakk a partir del ADN del propio Sommervogel
y el de varios animales a excepción del perro
(Sommervogel los detestaba por considerarlos “estúpidos
y serviles”). El color elegido para la criatura
esta vez no fue el verde sino el azul. De acuerdo a
Zakk cualquier otro color; rojo, negro, amarillo, o
café, habrían sugerido un origen étnico
e incluso el mismo verde o el gris habrían dotado
a su nueva creación de una apariencia “extraterrestre”
que él no deseaba.
El Papa excomulgó a Zakk y a
todos los católicos que habían participado
del proyecto, además de leer su famosa encíclica
Mutatis mutandis donde, entre otras cosas,
consignó la fusión de genomas animales
y humanos como un atentado contra la dignidad del hombre,
creado a la imagen de Dios. El escándalo producido
por el “nacimiento” de Anselm puso a los
legisladores de cabeza y para cuando este increíble
ser cumplió su primer año de vida el uso
de material genético humano en la creación
de híbridos había sido prohibida en la
Comunidad Europea y todos los países miembros
de la ONU que votaron a favor de estos tres puntos:
1. No se autorizarían los
animales transgénicos, ni siquiera para investigación
biomédica.
2. Se prohibiría la liberación
de organismos transgénicos, incluidas las cosechas
transgénicas para granjas.
3. Se prohibirían las patentes
de plantas y animales transgénicos, así
como los productos y procesos derivados de ellos.
Lo que incluía las proteínas terapéuticas
humanas producidas en animales o plantas.
A los investigadores o productores
que utilizasen métodos de ingeniería genética
se les exigiría que probaran la seguridad y utilidad
de sus productos o procesos y al entrar en vigencia
la nueva legislación se verían obligados
a demostrar fehacientemente que no existía procedimiento
alternativo, salvo la tecnología genética,
que pudiera haberse utilizado para lograr un resultado
específico.
Para Georg Sommervogel esto fue como
si la humanidad voluntariamente hubiese desechado el
uso de la electricidad o la energía atómica.
Era un incomprensible regreso deliberado a la edad de
piedra, ¿respondería esto acaso al temor
que surgiera una raza que los reemplazara? Lo más
probable que así fuera.
En lo personal, el mayor costo para
el Científico de lo Insólito fue el repudio
de su hija Elizabeth, quien, además de ser bioquímica,
era el brazo derecho de su padre en Sommervogel Genetics.
Eso hasta la llegada de Zakk y sus propuestas artísticas
que a juicio de Elizabeth no aportaban nada al desarrollo
de la genética y lo que es más: le hacían
muy mala propaganda. Efectivamente no fueron pocos los
medios informativos que caricaturizaron a Sommervogel
como un nuevo Frankenstein y esto era algo que Elizabeth
no estaba dispuesta a tolerar. Desde entonces que padre
e hija no cruzaban palabra alguna.
***
Ya hastiado de su divertimento, Anselm
salió a los jardines y comenzó, inquieto,
a olfatear el aire. Alertado por esta conducta, Sommervogel
ejecutó inmediatamente un análisis de
las moléculas en suspensión detectando
una inusual presencia de feromonas alteradas. Anselm
adoptó su pose cuadrúpeda y avanzó
sigilosamente hacia la pileta de la cual provenía
el embriagante olor, la pileta junto a la cual se hallaba
Belle. El pinchazo no había sido accidental,
Srinivasa Rao le había inyectado algo a la joven,
para atraer a Anselm. “Los de su clase no poseen
olor alguno”, meditó Sommervogel, “aunque
dudo que mi enemigo está al tanto de la verdadera
naturaleza de Belle, de lo contrario no la habría
utilizando de peón al igual que a Srinivasa Rao”.
Los informes de un posible atentado
en contra de Sommervogel eran ciertos, ¿pero
cuál sería la forma que tomaría
este ataque? “¿Cuál de todos mis
estimados enemigos estará detrás de esta
jugada y qué tan bien jugará sus piezas?”,
pensó Sommervogel que totalmente intrigado permitió
que el complot siguiera su curso. Cuando volvió
a concentrarse en los monitores, Anselm observaba a
Belle desde los arbustos sin que ella lo notara, extasiado
de seguro por su hermosura. La muchacha a su vez tenía
la mirada fija en la gran bóveda celeste sobre
su cabeza, aquel océano de astros que ella tan
bien conocía.
El primer impulso de Anselm fue saltarle
encima a Belle de igual manera cómo lo hacía
con las reses destinadas a alimentarle, tal era la potencia
del embriagador aroma que emanaba de ella. Pero no,
no sucumbiría a sus instintos primarios, esta
noche se comportaría como un verdadero príncipe,
aunque pareciera una bestia.
Belle, que no se había percatado
de la presencia de Anselm, no pudo evitar sobresaltarse
cuando este emergió de su escondrijo.
-Buenas noches, espero no haberle asustado
-dijo el joven heredero al contemplar la sorpresa esculpida
en el pálido rostro de Belle-. Permítame
que me presente…
-Sé perfectamente quién
eres -lo interrumpió la muchacha al tiempo que
sentía cómo se aceleraban los latidos
de su corazón-, Anselm Sommervogel.
-Mi fama, como de costumbre, me precede.
Pero estoy en desventaja, de seguro sabes muchas cosas
sobre mí, pese a que yo ni siquiera conozco tu
nombre.
-Mi nombre es Belle, Belle Saint-Croix.
-Encantado, Belle. ¿Te importa
si me siento a tu lado?
-No, en absoluto.
Anselm se acercó a la pileta
y tomó asiento a una prudente distancia.
-Bueno, no es cierto que yo no sepa
nada de ti -dijo clavando sus depredadores ojos en la
joven-. Tu acento revela que tu país de origen
es Francia, aunque posee ciertos matices que no reconozco.
-Nací en Francia efectivamente,
en la villa de Ambazac, pero viví desde los once
hasta los veinte años en Buenos Aires.
-¿Y cuál fue el motivo
que te hizo cambiar Francia por Argentina?
-Mi padre, que es astrofísico,
decidió aceptar un cargo de profesor en la Facultad
de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Mi madre
es argentina, y llevaba tiempo intentando convencerle
que nos mudáramos a su país de origen,
hasta que finalmente lo logró.
-Y tú seguiste los pasos de
tu padre, ¿no?
-¿Cómo lo sabes?
-La mayoría de la gente no suele
prestar la clase de atención que tú le
prodigabas al cielo nocturno antes de mi arribo.-
Eres muy observador, Anselm. Sí,
soy astrofísica. Aunque lo mío desde pequeña
siempre fueron las matemáticas. Nunca pensé
en ser como mi padre, yo no fui a la astrofísica
sino que la astrofísica más bien vino
hacia mí. Cuando ingresé a la Facultad
de Ciencias Exactas de la UBA no sabía si quería
hacer Física o Matemáticas, así
que empecé haciendo las dos. Por ese entonces
yo estaba mucho con los matemáticos y si derivé
hacia la Astrofísica fue sin duda por la influencia,
no de mi padre, sino de Hugo Tartakovsky, a quien elegí
como mentor para mi trabajo de seminario. Gracias a
sus contactos en Estados Unidos, Tartakovsky me consiguió
un doctorado en Astronomía en Harvard, luego
de esto hice un postgrado en Caltech.
-Un impresionante currículum
sin duda. Yo en cambio no se nada de academias o aulas
universitarias. Toda mi educación la he recibido
aquí a través de profesores particulares.
Aunque han sido los mejores que el dinero de mi padre
ha conseguido pagar no es lo mismo. Disculpa si te lo
pregunto, pero noto cierta hostilidad en tu tono de
voz cuando mencionas a tu padre.
-Sí, nunca nos llevamos muy
bien. Desde que salí de la UBA que no hablamos,
a decir verdad tampoco he hablado con mi madre en todos
estos años, ni pretendo hacerlo en el futuro.
Anselm notó cómo la voz
de Belle trepidaba, y cómo aumentaban los latidos
de su corazón a la vez que se cruzaba de brazos.
-Mi padre comenzó a abusar sexualmente
de mí desde los 12 años, y lo siguió
haciendo hasta que cumplí los dieciséis
-contestó la joven astrofísica sin manifestar
ninguna emoción en sus palabras-. Mi madre no
hizo nada para evitarlo.
Anselm y Belle permanecieron callados
por un breve momento. Un crujido en los matorrales hizo
que Anselm desviara la vista, momento que Belle aprovechó
para observar la entrepierna de su acompañante,
lisa y plana como la de Kent, el muñeco novio
de Barbie con el cual ella había jugado tantas
veces de pequeña. ¡Cómo deseaba
Belle que Anselm fuese su muñeco! De entre el
follaje surgió una de aquellas extrañas
ave-plantas creadas por Zakk. Anselm volvió su
rostro hacia Belle quien rápidamente desvió
la vista hacia las estrellas.
-Dime, Anselm, ¿has estado paseándote
desnudo por ahí durante toda la noche? -preguntó
la joven.
-Sí, un pequeño obsequio
para los invitados -respondió Anselm-. ¡Dejad
que los curiosos disfruten de mi anatomía!, después
de todo fue ese el motivo que me trajo a la existencia.
Soy una obra de arte viviente.
-¿Qué opinará
tu padre de la performance que acabas de ejecutar? -preguntó
Belle.
-Sospecho que debe haberla disfrutado.
Él está allá arriba, en su museo.
El maldito voyerista lo observa todo a través
de pequeñas cámaras con forma de insecto.
Es muy probable que nos esté espiando ahora,
saluda a la cámara, Belle. Hola papá.
-No te refieres en muy buenos términos
a él tampoco, al igual que en mi caso hay hostilidad
en tus palabras.
-Es cierto, Belle, me ha sido imposible
superar el complejo de monstruo de Frankenstein.
-Tú no eres un monstruo, Anselm.
-Claro que lo soy, soy un monstruo,
un híbrido monstruoso. ¿Sabes de dónde
deriva el concepto de híbrido, Belle? Del griego
hybris, que significa soberbia, insolencia o prepotencia,
cualidades que para el mundo clásico constituían
el peor de los pecados que un hombre podía cometer.
Esa fue la causa por la cual Minos fue castigado, la
causa por la que Poseidón hizo que Pasifae se
enamorara del toro blanco que el rey de Creta se negara
a sacrificar en su honor. De la unión de Pasifae
y el toro nació el minotauro. Lo que para Minos
fue un castigo, para mi padre fue una recompensa. Mientras
el primero se avergonzaba y escondía a su monstruo
en un oscuro laberinto, el segundo se enorgullece y
lo muestra a todo el mundo.
-He leído estas mismas palabras
en el especial sobre ti de la revista Art in America
-comentó Belle-. Allí desarrollabas a
fondo los paralelos con el Minotauro.
-Sí, hay veces que me siento
tal y como debió sentirse esa criatura de haber
existido. ¡Hasta tengo una hermana que me repudia!
Es una suerte que mi padre y Zakk no decidieran agregarme
una cornamenta bovina.
-¿Cuál es tu relación
con la hija de Sommervogel?
-Ninguna, jamás la he visto
en persona ni he hablado con ella.
-¿Y deseas hacerlo?
-Sí, claro. Es parte de mi familia
después de todo. Aunque le pese a Elizabeth soy
más que una criatura de laboratorio, tengo existencia
legal como persona y heredaré toda la fortuna
Sommervogel ya que mi padre la eliminó de su
testamento. De cualquier forma su orgullo es tal que
seguramente se negaría a aceptar un solo céntimo.
Pero no hablemos más de ella, no se merece nuestra
atención.
Dicho esto, Anselm estiró su
brazo y cortó una rosa.
-¿Te gustan las flores, Belle?
-preguntó inhalando el aroma con su nariz felina.
-No particularmente -replicó
la joven.
-A mí las flores me fascinan
-dijo a su vez Anselm mientras acariciaba el espinoso
tallo de la rosa-. Rainer Maria Rilke murió de
una septisemia contraída por el pinchazo de las
espinas de una rosa como esta, de estas rosas de las
que deseó ser por un solo día contemporáneo.
Compuso para sí mismo este epitafio: “Rosa,
o pura contradicción, voluptuosidad/ De no ser
bajo tantos párpados el ensueño de nadie.”
-Eres aficionado a la poesía
por lo que veo.
-Son muchas mis aficiones, todas supreditadas
a la búsqueda de la belleza. Aprecio todas las
artes, menos aquella que me produjo, el llamado arte
transgénico. Pese a ser un producto de la ciencia,
o más bien a causa de esto, no tengo ninguna
simpatía por ella. Que curioso, la ciencia hizo
mi vida, mientras que tú has hecho de tu vida
la ciencia.
Había cierto tono de reproche
en las palabras de Anselm que descolocó a Belle.
Cómo no sabía qué contestar guardó
silencio.
-¿Qué hiciste una vez
finalizado el postgrado en Caltech? -preguntó
la criatura de Sommervogel volviendo a su tono amable.
-Regresé a Francia y entré
a formar parte del personal del Service d’Astrophysique
de la Direction des Sciences de la Matière. Allí
desarrollé gran parte de mi carrera hasta que
sufrí un accidente de laboratorio durante el
cual mi piel entró en contacto con una sustancia
fotodinámica que incrementó mi sensibilidad
al sol a tal punto que ya no puedo exponerme a las fuentes
de radiación UV, especialmente a la luz solar.
-¿Atáxia-Telangiectasia,
Síndrome de Bloom, Trichothiodystrofía
acaso?
-No, XP. Xenoderma Pigmentosa. Luego
del accidente pasé meses sumida en una profunda
depresión, pensé que mi carrera estaría
acabada, pero por suerte se me ofreció el cargo
de directora del Observatorio Sommervogel de Chañantor,
en Chile.
-Trabajas para mi padre entonces.
-Sí, aunque lo he visto sólo
un par de veces en persona.
-La idea de construir ese observatorio
se le ocurrió a mi padre durante nuestra visita
al Desierto Florido. Ni en el Karoo africano, ni en
las mesetas de Afganistán o en las Rocallosas
he visto un espectáculo como el del norte de
Chile. ¿Cómo van las cosas con el radiotelescopio?
¿Algún descubrimiento excitante?
-Nada tan excitante como lo que estoy
viviendo esta noche.
Anselm la miró fijamente a los
ojos y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
Belle sintió un escalofrío electrizante
recorriendo toda su espina dorsal. Se sintió
incómoda y para no evidenciarlo preguntó:-
¿Quién vive en esa casa,
junto al lago?
-¿Ahí? Nadie. Esa es
la casa donde Nietszche pasó en solitario casi
todos los veranos durante una década. Mi padre
la compró e hizo trasladar desde el Sils María.
Se encierra ahí de vez en cuando, supongo que
en busca de la iluminación o algo parecido. Es
un gran admirador de la obra de Nietszche, ¿lo
has leído?
-Cuando estaba en la escuela tuve que
leer Así habló Zaratustra. Me
aburrió mucho.
-Nietszche escribió ese libro
allí, entre esas cuatro paredes. También
La Gaya Ciencia, El caso Wagner y
Más allá del bien y el mal, un
título con el cual se identifica mucho mi padre.
Para él lo bueno es lo que eleva en el hombre
la voluntad de poder; lo malo: lo que proviene de la
debilidad; la felicidad: el sentimiento de lo que acrece
el poder. Él cree firmemente en esas patrañas
del übermensch, incluso he llegado a pensar que
se considera así mismo un superhombre.
-Si ha de existir un superhombre ese
deberías ser tú.
-No podría serlo, no. El superhombre
para Nietzsche en cuanto a “cosa del futuro”
es un ideal, pero se trata de un ideal distinto de todos
los ideales, porque consiste en convertirse en “el
ser más real de todos”. No puede existir
nada menos real que un ser quimérico como yo,
un artificio biológico, una broma genética.
-¿Tan pobre concepto tienes
de ti mismo?
-En realidad no, tal vez sólo
busco seducirte inspirando lástima.
-Créeme que no es necesario.
Anselm se echó a reír.
Al parecer le gustaba tomarse a la broma su condición
de constructo biológico. Sin lugar a dudas un
mecanismo de protección implementado por su mente.
-Hay ocasiones en que celebro ser lo
que soy -dijo Anselm una vez concluidas sus carcajadas-.
Me canto y me celebro, me celebro y me canto al más
puro estilo de Whitman, sobretodo cuando corro libre
por los bosques y siento que cada árbol, cada
brizna de hierba y cada roca es un ser provisto de alma
e inteligencia. No soy un superhombre, de eso no cabe
duda alguna, pero tal vez sea un superanimal.
-¡Qué cosas dices Anselm!
-comentó divertida Belle.
-Volviendo a Nietzsche, al igual que
yo también tenía una hermana llamada Elizabeth.
Estaba casada con un hombre muy protofascista que tenía
un proyecto de formar una reserva de raza aria en Paraguay,
que muy mal le fue, aunque la reserva todavía
existe. Desde 1889, cuando Nietzsche tiene su parálisis
definitiva ella se hace cargo de su archivo y elimina
todas las diatribas contra el antisemitismo, que era
una de las cosas de la Alemania bismarkiana que más
irritaban al filósofo. Elizabeth desgraciadamente
vivió mucho tiempo y cambió la fuente
de Nietzsche para hacerla funcional a un proyecto nacionalista
y racista en la Alemania post crisis del 20.
-Yo siempre quise tener una hermana
mayor -interrumpió Belle-. Alguien que me protegiera,
alguien con quien compartir mis alegrías y penurias.
-Te comprendo -replicó Anselm-.
Yo también hubiese deseado tener más hermanos
para no sentirme tan solo, para que mis características
no se agotaran en mi forma. Pero por otro lado ser “único”
es todo el propósito de mi vida. ¿Qué
sería de mí si me arrebataran mi preciosa
cualidad de monstruo?
-Si de monstruos se trata tú
no eres el único que anda suelto por aquí
esta noche -aseguró Belle-. Yo misma soy un monstruo.
-¿Por tu condición cutánea?
No, eso es algo muy superficial comparado a…
-Hay cosas sobre mí que no te
imaginas, Anselm -dijo Belle desviado la vista-. Tengo
un sueño recurrente, ¿sabes? Sueño
con un nido en el que hay cuatro huevos diferentes,
uno es pequeño y moteado como el de una codorniz,
otro grande como el de la avestruz, los otros dos son
similares a huevos de gallinas. El nido está
situado en la copa de un árbol muy alto. De pronto
un bólido de fuego cae desde el firmamento incendiando
el bosque, siento angustia por las aves no-natas dentro
de esos huevos, “ojalá pudiesen romper
el cascarón y huir volando antes que el fuego
los alcance”, pienso en mi sueño, pero
eso no ocurre y las llamas lo envuelven todo y entonces…
-¿Entonces?
-Despierto bañada en sudor,
sofocada por la falta de aire y espacio.
-¿Qué acaso duermes dentro
de un ataúd?
-Más bien se trata de una cámara
de privación sensorial.
-Ya veo. Pues yo también tengo
algunos sueños recurrentes, pero estos se esfuman
una vez que se cumplen.
-¿Sueños premonitorios
acaso?
-Supongo que podríamos decir
que sí, pero generalmente tratan sobre hechos
nimios, casi sin importancia, cómo un criado
cayéndose de una escalera mientras pule un escudo
de armas. Esos sueños son escasos pero nítidos,
tengo otra clase de sueños que suelo recordar
con mayor frecuencia, aunque son de carácter
alegórico y por lo general sin sentido alguno
como supongo han de ser esta clase experiencias oníricas.
Hace un par de meses, por ejemplo, soñé
con un torero enfrentado a una enorme bestia roja que
más que a un Toro de Lidia se asemejaba al demonio
mismo. Hoy por la madrugada antes de despertar soñé
con un sótano lleno de ratas, pero no eran ratas
sino seres como yo, copulando y devorándose simultáneamente
en un grotesco espectáculo.
-¿Sabe tu padre de estos sueños?
-Los relativos a la tauromaquia sí,
el otro, pues si nos está vigilando ya se enteró.
El recordatorio que en esos momentos
podían estar siendo observados por el anfitrión
de la velada motivó a Belle y Anselm a guardar
silencio por unos minutos.
-¿A qué corresponden
esas luminiscencias que se mueven allá a lo lejos?
-preguntó repentinamente Belle.
-Esos son los rebaños de okapis
fluorescentes de mi padre creados por Zakk -respondió
Anselm-. No me gusta mucho el sabor de su carne, saben
a sargazos.
-He oído que tu padre planea
la creación de un zoológico repleto de
estas criaturas.
-Ese proyecto ya está casi listo,
aunque no se trata de un zoológico sino de la
primera galería de arte y parque natural del
mundo, ¿te gustaría asistir a la inauguración?
-Sí, por supuesto, aunque más
me gustaría que tu padre me invitara a contemplar
su colección esta noche.
Se produjo un repentino silencio. Justo
cuando Belle se disponía a abrir la boca Anselm
dijo:
-¿De verdad te interesa subir
al observatorio?
-Sí -confirmó entusiasmada
Belle-. ¿Sabes si acaso estoy en la lista?
-No que yo sepa.
-¿Podrías interceder
por mí?
-No lo sé, mi padre es muy estricto
en lo que a la gente que sube al observatorio respecta.
-Sí, lo sé. Sólo
suben personas “especiales”, yo no tenga
nada de especial.
-Muy por el contrario, tú eres
muy especial, tienes un aroma único.
-¿Te refieres a mi perfume?
-No, a tu verdadero olor, el que me
atrajo hacia ti como las abejas al polen. Ningún
olor puede enmascararse a mi olfato. El perfume que
estás usando por ejemplo, para mí no es
más que una delgada pátina que no alcanza
a encubrir tu verdadero aroma. ¿Te parece si
damos un paseo?
-Excelente idea -dijo Belle levantándose
y cogiendo del brazo a Anselm que en posición
bípeda alcanzaba los dos metros de altura-. Y
bien, ¿quiénes serán los afortunados
de esta noche?
-Veamos, está Nicolai Tegel…
-¿El Proctofantasmista?
-Sí, el mismo.
Tegel era un reconocido médium
alemán especializado en la fantasmogénesis
por ectoplasma. Sólo los médiums extraordinariamente
dotados que florecieron a finales del siglo XIX eran
capaces de generar fantasmas a partir del ectoplasma
que surgía de la boca, o menos frecuentemente
del oído. El fenómeno constatado científicamente
requería un estado de trance muy profundo y unas
condiciones ambientales de silencio y oscuridad que
con frecuencia se prestaban al fraude. Pero Tegel no
era ningún farsante y las inteligencias fantasmagóricas
que era capaz de invocar eran reales, como lo había
comprobado Sommervogel durante las sesiones privadas
que habían celebrado recientemente. Cabe señalar
que a diferencia de sus predecesores, el ectoplasma
no surgía de la boca u oídos del Proctofantasmista
sino de su ano, de ahí el apodo con que era conocido.
Ciertamente que contemplar a Tegel de pie con los pantalones
abajo y el culo descubierto invocando fantasmas como
si estuviese defecando en medio de sonoros pedos le
restaba algo de solemnidad al asunto, pero al mismo
tiempo lo dotaba de una notable rareza que había
sorprendido incluso al Científico de lo Insólito,
tan acostumbrado a este tipo de cosas.
-¿Has estado presente en alguna
sesión del Proctofantasmista? -inquirió
Belle.
-No -replicó Anselm-, y eso
que ya se han celebrado tres sesiones aquí mismo.
A mi padre más que la fantasmogénesis
misma le divierte contemplar los rostros desconcertados
de los ricachones a los que invita a participar del
evento. El Proctofantasmista cobra sumas exorbitantes
por sus servicios.
-Eso he escuchado. ¿Quién
más está en la lista?
-Niles Srinivasa Rao, el famoso hombre
radioactivo.
-Sí, me lo topé hace
un rato allá dentro y me mostró su tarjeta
dorada. Le conozco de cuando hice el postgrado en Caltech.
Me hizo clases.
-Pobre sujeto, está condenado
a vivir encerrado en su habitación especialmente
acondicionada o al interior de ese horrendo traje.
-No le compadezco en absoluto, créeme.
¿Quién más?
-Cephas Magwamba, Janine Anek-dit-Chenaud
y el recientemente resucitado Carlton Cunningham. Esos
son todos.
-Vi a Cunningham a mi llegada, realmente
me sorprendió.
-Y yo, ¿te sorprendí?
-Sí, aunque de una manera distinta,
ya había visto imágenes tuyas en la televisión
y en las revistas de arte y ciencia, ya estaba familiarizada
con tu anatomía. Tú eres hermoso, uno
te ve y no quiere dejar de verte, con Cunningham no
ocurre eso.
-La primera vez que te enfrentas a
una presencia física extraña tu cerebro
quiere gritar, fundirse y esconderse, para no aceptar
que existe. Eso dura un par de minutos, y después
aquel ser anómalo sigue ahí y al final
lo aceptas y después de un rato casi te parece
normal.
-Es probable, eso es lo que me ocurre
con Srinivasa Rao, he olvidado que es un cadáver
radioactivo en traje de astronauta.
-¿Existió alguna clase
de conflicto entre ustedes?
-Tuvimos un affaire que no terminó
nada de bien, poco antes del accidente nuclear de Penssilvanya.
Pero no hablemos más de él, mejor cuéntame
de los otros invitados, ¿quién es Magwamba?
-Cephas Magwamba es un individuo con
el Síndrome de Proteo, ya sabes, esa condición
que entre otros síntomas supone el crecimiento
atípico de los huesos, piel y cabeza.
-Estoy familiarizada con dicho síndrome,
de eso padeció el Hombre Elefante, ¿no?
-Sí, John Merrick efectivamente
sufrió del Síndrome de Proteo y no de
la neurofibromatosis que erróneamente le diagnosticaron
en un principio.
-Es increíble que en un mundo
que puede producir a alguien como tú aún
nazcan personas con deformidades.
-Lamentablemente los avances en ingeniería
genética no se han hecho extensivos a todas las
regiones del mundo, Belle. Magwamba es nativo de Botswana
y su padre era un humilde minero en Jwaneng, uno de
los más grandes yacimientos de diamantes del
mundo. La familia de Magwamba no era pobre para los
estándares del sur de África, pero si
como para proporcionarle a su hijo el debido tratamiento.
La condición de Magwanba no le impidió
sin embargo convertirse en un magnate de la minería.
-Todo un ejemplo de superación.
En cuanto a Janine Anek-dit-Chenaud, ella es la muchacha
que aprobó el test de la Fundación Sommervogel,
¿no es así?
-La misma, esa chiquilla le ha probado
a la comunidad científica y al mundo, la real
existencia de los poderes psiónicos, embolsándose
de paso el millón de dólares que mi padre
ofrecía a quien pudiera demostrar bajo condiciones
de observación apropiadas evidencia de cualquier
habilidad psíquica o evento paranormal, en su
caso, la telekinesis.
En ese instante el aero-vehículo que recogería
a los invitados sobrevoló a Belle y Anselm para
aterrizar luego verticalmente junto a la mansión.
-Ahí está el transporte
al observatorio -dijo Anselm-. Srinivasa Rao y los otros
contemplarán el espectáculo pirotécnico
desde allá arriba para luego disfrutar de una
visita a la colección de mi padre guiada por
él en persona.
-Se cuentan toda clase de historias
sobre las piezas de la colección Sommervogel
-dijo Belle.
-¿Cómo cuáles?
-preguntó Anselm, a quien la preciada colección
de su padre nunca le había interesado mayormente.
-Se dice que tiene algunos cadáveres
de extraterrestres que compró a los militares
norteamericanos, por ejemplo.
-Realmente te gustaría subir
al observatorio, ¿verdad? -preguntó Anselm
al ver el entusiasmo que Belle manifestaba.
-¡Por supuesto! -contestó
la muchacha como si de nuevo tuviese catorce años
y el chico de sus sueños la estuviera invitando
a salir por primera vez.
-Súbete a mi espalda -ordenó
Anselm-, vamos a tener que correr si queremos alcanzar
el transporte al observatorio.
-¿Me vas a llevar?
-Sí, de esa forma tú
cumples tu más anhelado deseo y yo de paso fastidio
un poco a mi padre.
-Mi segundo más anhelado deseo
-corrigió Belle.
-¿Cuál era el primero?
-preguntó Anselm adoptando su posición
cuadrúpeda.
-Conocerte a ti -respondió la
joven mientras se aferraba al cuello de su acompañante.
***
La siguiente jugada del desconocido
rival de Sommervogel se había llevado a cabo.
Belle era el anzuelo para atraer a Anselm al observatorio,
su enemigo quería asegurarse que estuviera presente
allí esta noche. Pese a su peligrosa naturaleza
Belle era, después de todo, una víctima
inocente de las oscuras maquinaciones que sobre el Científico
de lo Insólito se cernían, Anselm tampoco
estaba involucrado en esto. Pero Srinivasa Rao sí,
¿lo estarían también Magwamba,
Janine y Carlton Cunningham? Sommervogel aún
estaba a tiempo de frustrar los desconocidos planes
de su atacante pero eso podría ahuyentarlo y
no soportaba la idea de ignorar quien jalaba de los
hilos, estaba ansioso por ver cuál sería
la próxima jugada, ansioso por ver hasta qué
punto llegaría a ser desafiado, ansioso por demostrarle
a este desconocido contrincante que con Georg Sommervogel
no había posibilidad de vencer. Se sentía
como en los viejos tiempos y lo estaba disfrutando.
Belle y Anselm llegaron justo a tiempo
de abordar el transporte antes que despegara. Severn,
uno de los hombres de confianza de Sommervogel descendió
del vehículo al ver que Anselm se aproximaba
y ambos discutieron brevemente.
-No lo sé, permítame
que le consulte a su padre al respecto -fue la respuesta
del jefe de seguridad a la solicitud de Anselm de abordar
la nave junto a una invitada de última hora.
-Vamos, Severn -dijo Anselm posando
su mano sobre el hombro derecho del tipo-, sabes que
él lo observa todo y ya se habría pronunciado
si estuviera en desacuerdo. Yo asumo toda responsabilidad
en última instancia.
-Está bien -dijo el hombre con
un hilillo de voz y una extraña mueca en el rostro.
Anselm asintió satisfecho e indicó a Belle
que abordara el vehículo, cuando el jefe de seguridad
les dio la espalda la joven pudo ver cuatro orificios
sangrantes en su omóplato derecho.
Una escotilla se abrió en el
costado de la amplia nave y Sommervogel cambió
de la cámara de vigilancia externa a las del
interior del vehículo.
-Caballeros, dama, la Srta. Belle Saint
Croix -anunció Anselm ceremoniosamente-. Srta.
Saint Croix, le presento a la Srta. Janine Anek-dit-Chenaud,
el Sr. Carlton Cunningham, el Sr. Nicolai Tegel y el
Sr. Cephas Magwamba. Al Sr. Srinivasa Rao creo que ya
le conoce.
-Encantada -dijo Belle mientras ingresaba
al interior de la nave y le cerraba un ojo al traicionero
Srinivasa Rao que por alguna razón sonreía
satisfecho.
El transporte se elevó sobre
los veinte kilómetros del Valle Sommervogel y
tras un breve trayecto se posó en la cumbre del
Pitz Lagalp. Una vez fuera de la nave, los pasajeros
y guardias abordaron un bus y se dirigieron al portón
rodeado de torretas armadas del observatorio. Posteriormente
todos los invitados, a excepción de Anselm y
Srinivasa Rao, fueron conducidos a habitaciones separadas
donde debieron quitarse sus ropas y vestirse con unos
overoles amarillos que automáticamente se ajustaban
a sus medidas corporales y que sólo dejaban al
descubierto sus cabezas. Una vez ataviados con sus nuevos
atuendos fueron conducidos por una escolta hasta la
enorme puerta similar a la bóveda de un banco
donde Sommervogel se hallaba discutiendo con su hijo,
fingiendo molestia ante su atrevida acción.
-Bienvenidos, damas y caballeros -dijo
Sommervogel desviando su atención de Anselm-,
como sabrán soy el anfitrión de esta velada
y les doy la bienvenida a mi museo. Están a punto
de presenciar el conjunto de objetos más valioso
de este planeta así que, vasta de palabras y
a disfrutar de la visita.
Dicho esto la ciclópea puerta
se abrió y el Científico de lo Insólito
con un amplio gesto de su brazo invitó a todos
a ingresar dentro. Cuando Belle pasó junto a
Anselm este se le unió cerrándose la bóveda
tras ellos.
-Ven, vamos por nuestra cuenta, mi
padre es algo aburrido como guía -indicó
Anselm mientras apartaba a Belle del resto del grupo-.
¿Qué te gustaría ver primero?
-No sé, ¡hay tantas cosas!
-exclamó Belle intentando abarcar con l avista
la enorme estancia-. ¿Éste libro por ejemplo,
que tiene de especial?
-Ese libro supuestamente es la trascripción
que Morgan Le Fey efectuó de los pergaminos de
Khotnn en el siglo XI. Mediante un hechizo contenido
en los pergaminos originales se creó supuestamente
al primer vampiro en la Atlántida. Pero lo que
el Libro de Khotnn puede crear también puede
destruir y fue así como la fórmula para
eliminar a todos los vampiros fue descubierta por un
monje de apellido Monterrosi. El monje junto a sus aliados
caza-vampiros realizó en diciembre de 1973 el
ritual que eliminó a todos los chupa-sangres
de la Tierra incluyendo a Drácula y Lilith si
uno hace caso a tales supercherías.
-Supercherías, sí -repitió
nerviosamente Belle recordando la razón por la
cual habían dejado de existir todos los vampiros
a excepción de ella, concebida mucho después
del hechizo de Monterrosi por culpa de una regresión.
Agobiada por los abusos de su padre y la omisión
culposa de su madre, Belle acudió a la hipnoterapia
regresiva pero algo salió mal y una de sus “vidas
anteriores” se posesionó de ella por un
lapso de dos meses hasta que fue exorcizada por el ocultista
Jack Carter, que sin embargo no pudo deshacerse de las
características vampíricas adoptadas por
su “cliente”.
-Pero no perdamos el tiempo con libros
añosos -dijo Anselm sustrayendo a Belle de su
introspectiva-, vamos, te llevaré ante mi pieza
predilecta -y condujo a Belle hasta una alejada vitrina
que atesoraba una figura de madera pintada, una especie
de ser mitológico con cabeza de león,
cuerpo delantero de cabra y patas traseras y cola de
águila.
-Estas son las últimas piezas
de un set de doce animales intercambiables tallados
y pintados a mano -explicó Anselm-, obsequio
del hechicero Wogan para Victor IV, el niño-rey
que asumió la corona de Transia tras la prematura
muerte de su padre a principios del siglo XVII. Wogan
era un antiguo enemigo del difunto rey y mediante este
gesto pretendía congraciarse con el nuevo monarca.
De acuerdo a la leyenda Victor ensambló una combinación
de este juguete que creció a proporciones monstruosas
cobrando vida y sembrando el terror a su paso. Luego
de arrasar medio reino la criatura, inmune a las armas
y el fuego, fue liquidada al observar su propio reflejo
en un lago. O por lo menos eso narra la leyenda.
Tras contemplar el casco en el cual
Zeus, Hades y Poseidón jugaron a los dados para
determinar el reino sobre el que cada uno tendría
dominio; la mítica hacha de Aldric; un pequeño
objeto de bronce conocido como la “computadora
estelar” de Antikyhera; el cráneo de un
búfalo prehistórico que en su parte frontal
lucía un pequeño agujero provocado antes
de la muerte del animal por lo que todos los estudios
señalaban una bala; la piedra heliotropia con
la cual D. Enrique Villena “embermejeció”
el sol y la llave del palacio de Hermes Trismegisto
que éste en persona entregara al Señor
de Iniesta; el dedo medio de Galileo encapsulado en
una esfera de cristal; la guitarra que había
matado por schock eléctrico a Keith Relf, vocalista
de los Yardbirds; un trozo del meteoro ALH84001; tres
de las baterías eléctricas de una edad
calculada en 2.000 años descubiertas por el arqueólogo
Wilhelm Köning en un lugar cercano a Bagdad; la
demoníaca cabeza de madera forrada en piel humana
que fuera propiedad del pintor suizo H.R. Giger; un
artefacto de oro de una edad de 1.800 años proveniente
de una tumba precolombina que representa un modelo de
avión dotado incluso de alas en forma de delta;
el Empalme Rodríguez, engarzado en broches de
platino y cabello humano a la usanza antigua; el famoso
Diamante Hope robado por un sacerdote hindú de
la frente de un ídolo; una pieza de paño,
doblada varias veces y estirada sobre un marco de madera
denominada “Madylion” y que sería
el verdadero sudario de Cristo; un pequeño cono
muy pesado y de un material desconocido; el Transformador
Duchamp destinado a utilizar las pequeñas energías
desperdiciadas tales como los suspiros y el crecimiento
de cabellos; las páginas que Lewis Carroll arrancó
de su diario y que correspondían a la fecha en
que interrumpió su visita a las niñas
Liddell; el mapa de Piri Reis y el de Bennicasa que
Colón llevo en su primer viaje; la calavera de
cuarzo exhibida en 1878, en el Musèe de l’homme
en París; la espada de esmeralda rescatada desde
la cabeza de un dragón en Hokkaido por una mujer
pura y, finalmente, un vulgar y feo bastón que
al ser golpeado contra el suelo se transformaba en un
poderoso martillo, los invitados de Sommervogel y sus
guardias se detuvieron frente a la colección
de ciento doce puertas que había adquirido del
difunto y excéntrico Sir Robert Merriweather.
Una colección que Sommervogel había ambicionado
durante años y que finalmente logró adquirir
tras la muerte del aristócrata que se negaba
a venderla.
-¿Y esta cosa enorme? -preguntó
Cunningham apuntando con su grueso dedo hacia la última
pieza de la colección de puertas, un arco de
roca de unos cuatro metros de altura.
-Esa es la puerta de R’mnah -explicó
Sommervogel a la concurrencia-, fue encontrada en el
océano pacífico, en los restos sumergidos
de una antigua civilización que...
Antes que pudiera terminar la frase
la puerta de R’mnah comenzó a emitir un
extraño fulgor que dio paso a un imponente personaje
ataviado de casco y armadura escarlata que parecía
flotar sobre el suelo. El intruso se vio rodeado inmediatamente
por los agentes de seguridad blandiendo sus disruptores
neurales. Por el rabillo del ojo Sommervogel vio a Anselm
y Belle aproximándose cautelosos, Anselm caminaba
ligeramente agazapado, listo para saltar sobre el intruso
y cortarle la garganta.
-Tranquilo, Anselm -le dijo Sommervogel
a su retoño- Si matas al caballero no podremos
saber el motivo de su presencia. ¿Quién
eres forastero?, ¿cómo lograste entrar
aquí?
-Soy el Deus ex-machina -respondió
el hombre de la armadura y con un gesto misterioso de
su mano despojó a los guardias de los disruptores
neurales que volaron describiendo cabriolas para luego
estallar en pequeños fragmentos—. Ordena
a tus lacayos que se retiren y tendrás tus respuestas,
de lo contrario tus preciados objetos correrán
la misma suerte que estas armas.
El Científico de lo Insólito
aceptó la sugerencia del recién llegado
y d |