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El coleccionista

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Pese a que todos los preparativos de la fastuosa celebración del verdadero fin de milenio marchaban según lo previsto, una vaga incomodidad como en sueños embargaba a Georg Sommervogel. Una reminiscencia de la fluida percepción que antecede el despertar.

-¿Dónde está mi hijo? -preguntó a su mayordomo en jefe.

-Cazando, mi señor -respondió el sirviente.

-Cuando termine dígale que me he marchado al observatorio -ordenó Sommervogel-, ya no tengo más que hacer aquí.

-De acuerdo, mi señor.

En el momento en que el Científico de lo Insólito abandonaba el salón principal un escudo de armas, que colgaba a unos seis metros de altura y que estaba siendo pulido en esos instantes por un sirviente, cayó al suelo por poco y golpeándole la cabeza. El escudo representaba un castillo de plata de cuya torre emergía un guerrero armado con un hacha en la diestra y una llave en la siniestra; en jefe un creciente de plata, y en punta cinco hachas también de plata, con los cabos de oro, puestas en faja. Sommervogel no prestó atención alguna al hombre que tras precipitarse de la escalera yacía sobre el suelo sino a dos de las hachas que se habían desprendido del escudo y que curiosamente habían quedado la una junto a la otra en perfecta simetría.

-Lábrys -murmuró Sommervogel recordando la palabra griega para el hacha de doble filo de la cual derivaba la palabra laberinto.

Luego de este claro augurio de los acontecimientos que se desencadenarían el Científico de lo insólito se dirigió a su aeronave y partió hacia el inexpugnable observatorio refaccionado en las cumbres de los Alpes Suizos, desde donde precedería la fiesta.

***

Las fiestas de año nuevo de Sommervogel eran famosas en todo el mundo no sólo por el deslumbrante despliegue de opulencia y alta tecnología del que hacía gala, sino porque con motivo de esta ocasión, el Científico de lo Insólito se deleitaba en seleccionar a unos pocos afortunados para ascender esa misma noche a su observatorio, donde atesoraba el conjunto de objetos más valiosos de la Tierra. Sommervogel podía costearse aquellos lujos holgadamente, no por nada era el hombre más acaudalado del planeta de acuerdo al último ranking de la revista Forbes, siendo el segundo Christopher Westbrook, gran patrono de la arqueología que arrebató al Científico de lo Insólito el descubrimiento de varias piezas valiosas.

La colección de artefactos extraños fue una afición que Sommervogel tuvo desde su más temprana infancia, afición que derivó luego de la Segunda Guerra Mundial en un gran interés no sólo por los objetos, sino por las personas extrañas. Y como una cosa lleva a la otra, esta tendencia por rodearse de todo tipo de seres anómalos hizo que se convirtiera en el gran patrono del polémico arte transgénico, que a su vez le llevaría a la creación del primer ser quimérico que, además, adoptaría como su hijo.

 

Una vez en su fortaleza-museo, Sommervogel se sentó frente a una gran pared sobre la que se desplegaba una galería de ciento treinta cambiantes imágenes, dio un sorbo a su concentrado vitamínico, contempló unos segundos el retrato enmarcado de su hija junto al tablero de controles y aguardó el arribo de los primeros invitados. Como de costumbre participaría de la fiesta sólo como un voyeur, observándolo todo desde la seguridad de su monte Olimpo privado. Por más saludable que estuviese gracias a los tratamientos de longevidad desarrollados por él mismo, a Sommervogel le pesaban sus 87 años.

Un rostro dentro de los cientos que enfocaban las diminutas cámaras insectoides llamó la atención del Científico de lo Insólito tras una hora de aburrida vigilancia: el rostro de una hermosa joven que le era familiar pero a quien no recordaba haber extendido invitación alguna. El cabello de la muchacha era negro azabache, lo tenía recogido y dos mechones le caían por delante de la cara, otorgándole un aspecto dulce y sensual. Llevaba un vestido púrpura largo y sin mangas que llegaba hasta su cuello y dejaba sus hombros al aire. Sus proporcionados pechos se adivinaban perfectamente, ya que la parte de arriba era translúcida, y tan sólo tapaban su cuerpo los adornos que salpicaban el vestido. La parte de abajo del atuendo mostraba casi completamente sus hermosas piernas, y tenía una gran abertura en un lateral que llegaba hasta la cintura. En los pies, lucía unas preciosas sandalias de tiras plateadas y tacón fino muy alto.

Sommervogel pulsó un botón de su consola y los datos de la muchacha aparecieron inmediatamente en una de las pantallas. Belle Saint-Croix, nacionalidad francesa, 27 años, directora de uno de los observatorios de Sommervogel en Sudamérica, sin invitación cursada. “¡Por supuesto!”, pensó el Científico de lo Insólito, “ésta es la astrofísica que contraté para mi observatorio de Chañantor, la que supuestamente padece de una afección a la piel que le impide exponerse a la luz solar. Se ve muy distinta, apenas la he reconocido, su presencia no puede augurar nada bueno…”

Sommervogel sabía muy bien cuál era la verdadera “condición” de Belle, razón por la cual la mantenía bajo vigilancia mientras decidía que hacer con ella. El último informe sobre la Srta. Saint-Croix que había recibido el Científico de lo Insólito doce horas antes la situaban en el Hotel Le Méridien Beach Plaza, en Montecarlo. Sólo entonces reparó Sommervogel en que no había tenido noticias de Kippenberger y Ruesch desde aquel último reporte. Intentó localizarlos, pero los pequeños puntos rojos que representaban sus dispositivos GPS sobre el mapa de Montecarlo no se encendieron. Lo más probable es que Belle se percatara de sus vigilantes y resolviera deshacerse de ellos, algo muy simple de llevar a cabo para alguien con sus habilidades. Kippenberger y Ruesch eran dos de los mejores hombres al servicio de Sommervogel, el Científico de lo insólito lamentaba perderlos y tomó nota de recompensar generosamente a sus familias. Kippenberger estaba casado y tenía dos hijas, una en la universidad. Ruesch cuidaba de su madre afectada de parkinson y un hermano menor con síndrome de down.

Pensar en las familias de sus más que probables extintos empleados motivó en Sommervogel una observación más pausada del retrato de su hija. En aquella fotografía Elizabeth tenía 22 años y se veía radiante, sus ojos intensamente azules, su cabello color miel, su piel blanca como la porcelana, un perfecta representante de la raza hiperbórea… todos decían que era idéntica a su madre, prácticamente un clon. Si hubiesen sabido cuan cerca estaban de la verdad.

Lo último que Sommervogel supo de su hija fue que se había vuelto a divorciar tras dos matrimonios fracasados y que actualmente convivía con una pareja de su mismo sexo con la cual pretendía contraer nupcias próximamente en Bélgica (y engendrar un hijo mediante inseminación artificial). Ese “nieto” no tendría el menor rastro de material genético Sommervogel, por supuesto. Irónicamente él único que ostentaba tal “honor” era el ente quimérico cuya creación el Científico de lo insólito había propiciado.

Sommervogel abandonó la contemplación infusa del retrato de Elizabeth y lo regresó a su sitio para luego tomar control de uno de sus diminutas cámaras-insecto y seguir a la señorita Saint-Croix.

 

Belle presentó su invitación en uno de las tantos accesos a los jardines de la fastuosa residencia y luego de superar las estrictas medidas de seguridad abordó un vehículo de suspensión electro-magnética que la condujo junto a otros invitados por los cientos de hectáreas que conformaban los bosques ornamentales de la gigantesca mansión Sommervogel, que contaba con su propio lago y se ubicada en un amplio valle rodeado de montañas que daban una espectacular profundidad al paisaje. Después de un breve trayecto el vehículo se detuvo en los jardines formales que en esos momentos parecían más bien una estación de trenes. Belle descendió del vehículo y se dirigió hacia donde se reunía la mayor cantidad de gente, un gigantesco salón con forma de diamante abierto a los cielos sobre el cual brillaban majestuosas las estrellas sobre las cabezas de los invitados (esto gracias a un ingenioso sistema de pantallas oscuras que excluían la iluminación circundante).

Los asistentes parecían llevar celebrando horas, aunque los primeros habían llegado tan sólo hacía treinta minutos. Bailaban, cantaban, emitían nubes de humo multicolor o simplemente recorrían los interminables pasillos y salones de la residencia admirados por la arquitectura, el arte y objetos históricos allí reunidos. Todo esto, sin embargo, parecía no impresionar a Belle. Su atención la prestaba a los concurrentes de la fiesta, nunca había visto tanta anormalidad reunida en un mismo sitio.

No sólo la gente al servicio de Sommervogel, sino varios de los invitados a la celebración eran personas con características anatómicas o habilidades inusuales, como el colombiano Claudio Villarroel alias “el hombre-computadora”, capaz de prodigiosas operaciones mentales como haber calculado la raíz de 13 a un número de 100 cifras en 14 centésimas de segundo. Un poco más allá, charlando con una famosa “estarlette” del cine porno de más de 180 kilos de peso se encontraban Valerio “Lupo” Moscatti, el hombre lobo italiano. Moscatti por supuesto no era un licántropo sino un tipo que padecía de hipertricosis, siendo su rostro vagamente humano el producto de numerosas cirugías estéticas a las que se había sometido voluntariamente para asemejarse a un lobo. La pantagruélica mujer murmuró algo al oído de Moscatti y este esbozó una especie de mueca (¿una sonrisa?) que dejó al descubierto una hilera de afilados dientes amarillentos. Belle se los imaginó en la cama y la imagen le revolvió el estómago.

-¿Absorta con los fenómenos de circo? -Dijo una voz que parecía provenir desde el interior de una pecera. Sommervogel enfocó uno de los ojos de la nanocámara y pudo ver al prominente físico Niles Srinivasa Rao, a quien el accidente de Penssylvania de 1998 había tornado mortalmente radioactivo. Srinivasa Rao era uno de los elegidos para subir al observatorio y como de costumbre iba enfundado en aquel traje verde-óxido con escafandra (diseñado especialmente para él por Sparkle Enterprises) que solía usar en público. Cualquier ser vivo expuesto por más de diez minutos a la presencia de Srinivasa Rao sin su traje corría el riesgo de morir por envenenamiento radiactivo.

-Niles, tanto tiempo sin verte -dijo Belle forzando una sonrisa.

-Lo mismo digo -respondió Srinivasa Rao-, ¿estás acompañada?

-Mi acompañante canceló a última hora.

-¿Algún pretendiente quizás?

-No, un compañero de trabajo.-

Un subalterno querrás decir, supe que trabajas en el nuevo observatorio de Sommervogel en los Andes y nada menos que con el cargo de directora.

-De eso hace ya un año, Niles. Es noticia vieja.

-Lo mismo que el extraño accidente de laboratorio que te ha privado de disfrutar de la luz solar.

-Al menos no debo vestir algo tan pesado e incómodo como esa armadura cuando salgo de día. ¿Sigues bajo el atento ojo del Departamento de Defensa Norteamericano?

-Todo el tiempo. Mira sobre mi hombro, ¿ves a esos tipos de negro? Son algo así como mis guardaespaldas. Éste traje de contención realmente es mi cárcel, ¡y pensar que hay un equipo de ocho personas en alguna oficina del Pentágono dedicadas exclusivamente a monitorear mis movimientos!

-Ha de tenerse cuidado cuando se deja una bomba atómica caminante por ahí, ¿no?

-Supongo que tienes razón. De cualquier forma me consuelo con las palabras de Hamlet: “podría estar encerrado al interior de una cáscara de nuez y aún así considerarme rey del espacio infinito”.

-Si tú lo dices, Niles.

Por unos segundos ambos callaron.

-¿Has visto ya al hijo de Sommervogel? -preguntó Belle.

-No, aún no -respondió Srinivasa Rao.

-Estoy ansiosa por conocerlo personalmente.

-¿Sabías que no tiene genitales? Sommervogel en su exquisita crueldad lo hizo macho pero no le dotó de órganos sexuales.

-¿Y eso qué? Es hermoso, el ser más hermoso que he visto en mi vida.

-Un ser de piel azul con garras retráctiles, capaz de despedir descargas eléctricas como las anguilas y ver en la oscuridad, un ser de larga cola reptiloide, prodigioso olfato y un largo etcétera de características zoológicas. ¿Sabías que es humano tan sólo en un 30%? ¿Sabías que tiene tan sólo doce años?

-Doce años que equivalen a veinte años humanos ¿no?

-Eso dicen. ¿Sabías que se alimenta sólo de animales vivos que él mismo caza en los jardines de esta mansión?

-¡Por Dios! ¿Qué es esa cosa? -dijo Belle interrumpiendo a Srinivasa Rao y, disimuladamente, indicando a un grotesco y voluminoso ser que en ese momento emergía por una de las puertas del salón.

El recién llegado medía unos tres metros de altura y poseía unas extremidades gruesas como troncos, su cuerpo soportaba una enorme cabeza dolicocéfala que se alzaba sobre sus amplísimos hombros sin la asistencia de cuello alguno y su piel era semejante tanto en color como textura a una roca metamórfica, un mármol policromo veteado donde predominaba el blanco con toques de bermellón y un poco de negro.

-Ese es Carlton Cunningham en su primera aparición pública en cuarenta y cinco años -anunció Srinivasa Rao-, la elegante vestimenta que luce debe haber sido todo un reto para su sastre.

-Tenía entendido que Cunningham murió en 1956 mientras socorría a una intrusa que había penetrado en el campo de prueba de una bomba en medio del desierto -dijo Belle aún desconcertada.

-Esa es la versión que se le entregó al público pero la verdad es que Cunningham no murió al ser detonada la bomba, que además no era cualquier bomba sino un artefacto capaz de alterar la realidad. Cunningham consiguió salvar a la intrusa (que por cierto era su entrometidas novia periodista) pero no pudo regresar a tiempo al bunker y al verse atrapado desarrolló mentalmente una ecuación que lo transformara en algo capaz de sobrevivir al estallido. Ese algo es el gigantesco monstruo que en estos momentos bebe champaña ante nosotros.

-¿Y dónde estuvo Cunningham todo este tiempo?

-Criogenizado en unas instalaciones especiales del ejército norteamericano a dos kilómetros bajo tierra, cuando estás bajo el alero del Pentágono te enteras de cosas. Luego de su metamorfosis, Cunningham adquirió una fuerza sobrehumana y se volvió algo violento. Comenzó a destruir todo a su paso, su piel puede asemejarse al mármol pero es mucho más resistente. Las balas no le dañaban, el fuego no le dañaba, en cuestión de minutos llegó al pueblo más próximo desatando el armagedón. Cuatro días, 1.790 muertos y dos pequeñas ciudades completamente arrasadas después, el monstruo fue inmovilizado por el ejército y puesto bajo criogenia para su posterior estudio. Todo esto fue mantenido en el más estricto secreto durante cuarenta y cuatro años hasta que el gobierno de los Estados Unidos decidió resucitar el proyecto, y a Cunningham en consecuencia. La idea era regresarlo a la normalidad pero sólo tuvieron éxito con su cerebro, más que suficiente para sus propósitos. Se teoriza que sólo el impacto directo de una bomba atómica podría destruirlo. No necesita respirar ni comer, es para todo efecto, inmortal. Cunningham vive y trabaja desde su regreso hace un año en el Centro de Investigación Militar Rockefeller, en Nueva York.

-Suenas como si lo envidiaras, querido Niles.

-Estaría dispuesto a cambiar lugares con él en cualquier momento. Tener toda la eternidad para realizar mis investigaciones, poder contemplar el curso de la evolución humana…

-O de su extinción. La inmortalidad podría ser algo no tan placentero.

-Como dijo Safo: “Si la muerte fuera un bien, los dioses no serían inmortales”.

-¡De qué dioses me hablas, Niles! ¿Te has vuelto panteísta acaso?

-Bueno, es la religión de moda entre las estrellas de Hollywood, y yo soy el científico más hollywoodense de todos, ¿no?-

Por cierto, ¿quién va a interpretarte en la película sobre tu vida?, ¿Tom Cruise?

-No, Edward Norton. Va a ganar el Oscar al mejor actor, no te quepa duda de ello.

-¿Quiénes son las personas con las que está charlando Cunningham?

-No les conozco a todos, salvo a Damien Herschell, el nuevo niño mimado de la escena artística británica.

-¿Ese cuya obra consiste en encapsular cadáveres no-reclamados de vagabundos en formaldehído?

-Sí, ese.

-Su obra me parece inhumana y francamente repulsiva.

-Sommervogel opina lo contrario, le ha comprado varias piezas.

-Cunningham también me parece repugnante, sobretodo por su rostro, demasiado humano como para estar inserto en ese cuerpo deforme.

-Al menos Cunningham no está obligado a vestir un armatoste como el que llevo puesto.

-De seguro él será uno de los invitados a contemplar la colección de Sommervogel, ¿no?

-Es más que probable, y yo seré otro.

-¿Cómo lo sabes?

-¿Ves a esos sujetos de ahí, esos que están unidos por la cabeza? Trabajan para Sommervogel y ya me han entregado la invitación, aquí la tengo, muérete de envidia.

Belle intentó arrancarle la tarjeta dorada a Srinivasa Rao pero una pequeña punción en la punta de su dedo índice le hizo retirar la mano.

-¡Ah! -gritó Belle-. ¿Qué fue eso? Espero que tu traje no tenga ninguna fuga.

-No, de ninguna manera, debe haber sido la estática. Ahí tienes la invitación, como puedes ver mi nombre está escrito en ella así que regrésamela, es personal e intransferible.

-Ahí la tienes -dijo Belle arrojando la invitación contra la escafandra de Srinivasa Rao-, después de todo aún hay posibilidades que reciba la mía.

-Lo dudo, Belle. Sommervogel sólo invita a su observatorio refaccionado a gente, “especial”, por decirlo de alguna manera, y tu enfermedad aunque poco común, no te hace única.

-Única como lo fenómenos que Cunningham o tú representan querrás decir.

-¿El hijo de Sommervogel no es un fenómeno acaso?

-No, el no es producto de los caprichos de la naturaleza como esos siameses…

-Creo que prefieren el término “vinculados”.

-Sí, y los Titanes preferían ser llamados “hijos de la Tierra” pero los Olímpicos no hacían caso. De cualquier forma y como te decía antes que me interrumpieras, Anselm no es producto del azar, ningún accidente extravagante lo convirtió en lo que es, todo su ser fue meticulosamente planeado, es una obra de arte viviente, hermosa y perfecta. Nos vemos al rato, profesor Srinivasa Rao.

Tras despedirse de su ex-novio, Belle se dirigió hacia las mesas al aire libre donde se servían los más exquisitos manjares sin probar bocado alguno, debido a su estricta dieta, y luego se abrió paso entre la muchedumbre intentando encontrar al hijo de Sommervogel que no se divisaba por ninguna parte. Luego de un rato concentrada en dicha tarea decidió buscar algún sitio para reposar sus extenuados pies. Se alejó de las mesas hasta llegar a un lugar solitario junto a una enorme pileta, se sacó sus zapatos y tomó asiento. Un grupo de ave-plantas ornamentales, los primeros animales transgénicos creados por Zakk, se paseaban a unos metros de distancia desplegando su follaje luminoso.

Sommervogel dejó a Belle bajo vigilancia y volvió a concentrarse en el resto de sus ojos-espías justo cuando Anselm hacía su entrada en el hall principal de la mansión. El hijo de Sommervogel se paseó un rato entre los asistentes, saludando a muy pocos y deteniéndose a charlar brevemente con una cantidad aún menor, pero desconcertando a la gran mayoría. ¡Qué orgulloso estaba el Científico de lo Insólito de aquella magnífica criatura!, ¡y cuanto trabajo le había tomado crearla!

***

El génesis de Anselm se remonta sin lugar a dudas a 1983, ese año la compañía biotecnológica Sommervogel, con sede en Suiza, consiguió una patente valida en todo Europa para la creación de animales “transgénicos”. La patente, qué cubría el desarrollo de embriones que contuviesen células tanto de humanos como de “ratones, ovejas, cerdos, cabras y peces” fue concedida sin mayores objeciones y durante un tiempo, el Científico de lo Insólito y los suyos trabajaron sin que nadie les molestara, hasta que el asunto llegó a oídos de la Iglesia Católica que como era de esperarse reaccionó indignada, denunciando la patente como “moralmente ofensiva”. Sommervogel personalmente negó que el propósito de su compañía fuera el de crear animales con células humanas sino el de producir ratones alterados genéticamente para investigaciones. Esto calmó un poco las cosas y el Científico de lo Insólito continuó con sus investigaciones logrando que la tecnología transgénica experimentara un crecimiento explosivo (e incontrolado de acuerdo a ciertos sectores) durante la siguiente década.

El primer animal transgénico que Sommervogel patentó fue un cerdo con órganos humanos para “xenotransplantes”. La aplicación exitosa de estas técnicas provocó importantes cuestionamientos éticos. Por ejemplo, ¿debería existir un límite en la cantidad de ADN humano insertado en un animal? ¿Debería este límite estar supeditado sólo para el beneficio terapéutico de los seres humanos? ¿Cómo se determinaría el mentado “beneficio terapéutico”? Antes que todas estas preguntas fueran contestadas el provocador artista visual, escritor y docente-estrella en la Escuela del Instituto de Arte de Chicago, Zakk (pionero del arte electrónico y entusiasta explorador de las mutaciones formales, semánticas y perceptuales que provocan fenómenos como la telepresencia y la integración entre el ser tecnológico y el ser vivo) acudió a los laboratorios de Sommervogel para proponerle la creación de una nueva forma de arte, el arte transgénico. Ante los feroces ataques de grupos opositores Zakk declaró que las preocupaciones éticas, de capital importancia en cualquier obra artística, eran todavía más cruciales que nunca en el contexto del arte biológico, donde un ser vivo real era la propia obra de arte. No hay arte transgénico sin un compromiso firme y la aceptación de responsabilidad por la nueva forma de vida así creada, declaró Zakk cuando mostró a la prensa su primera creación, una cebra transgénica en la que se había injertado la Proteína Verde Fluorescente extraída de la medusa Aequorea Victoria, lo que hacía que el animal brillara en la oscuridad.

Una vez más se encendió la polémica. Para algunos, la sola idea de experimentar con seres vivos con fines artísticos implicaba un gran peligro ético. Por un lado, los ecos de la eugenesia impulsada a mediados del siglo XX seguían siendo demasiado dolorosos como para negar los riesgos totalitarios que conlleva esa clase de experimentación y por otro, grupos defensores de los derechos de los animales protestaban contra el “especismo” (es decir, la creencia en la superioridad humana con respecto a otras especies) que permitía a gente como Zakk y Sommervogel no sólo el uso sino también el abuso de especies vegetales y animales para fines cosméticos, artísticos, de entretenimiento y otros que, en definitiva, no eran imprescindibles para la conservación de la vida. Para qué hablar de los diferentes grupos religiosos que llevaban años pronunciándose contra toda clase de manipulación genética.

En 1988 Sommervogel Genetics volvió a estremecer al mundo al anunciar la creación del primer humano transgénico, un ser diseñado por el artista Zakk a partir del ADN del propio Sommervogel y el de varios animales a excepción del perro (Sommervogel los detestaba por considerarlos “estúpidos y serviles”). El color elegido para la criatura esta vez no fue el verde sino el azul. De acuerdo a Zakk cualquier otro color; rojo, negro, amarillo, o café, habrían sugerido un origen étnico e incluso el mismo verde o el gris habrían dotado a su nueva creación de una apariencia “extraterrestre” que él no deseaba.

El Papa excomulgó a Zakk y a todos los católicos que habían participado del proyecto, además de leer su famosa encíclica Mutatis mutandis donde, entre otras cosas, consignó la fusión de genomas animales y humanos como un atentado contra la dignidad del hombre, creado a la imagen de Dios. El escándalo producido por el “nacimiento” de Anselm puso a los legisladores de cabeza y para cuando este increíble ser cumplió su primer año de vida el uso de material genético humano en la creación de híbridos había sido prohibida en la Comunidad Europea y todos los países miembros de la ONU que votaron a favor de estos tres puntos:

1. No se autorizarían los animales transgénicos, ni siquiera para investigación biomédica.

2. Se prohibiría la liberación de organismos transgénicos, incluidas las cosechas transgénicas para granjas.

3. Se prohibirían las patentes de plantas y animales transgénicos, así como los productos y procesos derivados de ellos. Lo que incluía las proteínas terapéuticas humanas producidas en animales o plantas.

A los investigadores o productores que utilizasen métodos de ingeniería genética se les exigiría que probaran la seguridad y utilidad de sus productos o procesos y al entrar en vigencia la nueva legislación se verían obligados a demostrar fehacientemente que no existía procedimiento alternativo, salvo la tecnología genética, que pudiera haberse utilizado para lograr un resultado específico.

Para Georg Sommervogel esto fue como si la humanidad voluntariamente hubiese desechado el uso de la electricidad o la energía atómica. Era un incomprensible regreso deliberado a la edad de piedra, ¿respondería esto acaso al temor que surgiera una raza que los reemplazara? Lo más probable que así fuera.

En lo personal, el mayor costo para el Científico de lo Insólito fue el repudio de su hija Elizabeth, quien, además de ser bioquímica, era el brazo derecho de su padre en Sommervogel Genetics. Eso hasta la llegada de Zakk y sus propuestas artísticas que a juicio de Elizabeth no aportaban nada al desarrollo de la genética y lo que es más: le hacían muy mala propaganda. Efectivamente no fueron pocos los medios informativos que caricaturizaron a Sommervogel como un nuevo Frankenstein y esto era algo que Elizabeth no estaba dispuesta a tolerar. Desde entonces que padre e hija no cruzaban palabra alguna.

***

Ya hastiado de su divertimento, Anselm salió a los jardines y comenzó, inquieto, a olfatear el aire. Alertado por esta conducta, Sommervogel ejecutó inmediatamente un análisis de las moléculas en suspensión detectando una inusual presencia de feromonas alteradas. Anselm adoptó su pose cuadrúpeda y avanzó sigilosamente hacia la pileta de la cual provenía el embriagante olor, la pileta junto a la cual se hallaba Belle. El pinchazo no había sido accidental, Srinivasa Rao le había inyectado algo a la joven, para atraer a Anselm. “Los de su clase no poseen olor alguno”, meditó Sommervogel, “aunque dudo que mi enemigo está al tanto de la verdadera naturaleza de Belle, de lo contrario no la habría utilizando de peón al igual que a Srinivasa Rao”.

Los informes de un posible atentado en contra de Sommervogel eran ciertos, ¿pero cuál sería la forma que tomaría este ataque? “¿Cuál de todos mis estimados enemigos estará detrás de esta jugada y qué tan bien jugará sus piezas?”, pensó Sommervogel que totalmente intrigado permitió que el complot siguiera su curso. Cuando volvió a concentrarse en los monitores, Anselm observaba a Belle desde los arbustos sin que ella lo notara, extasiado de seguro por su hermosura. La muchacha a su vez tenía la mirada fija en la gran bóveda celeste sobre su cabeza, aquel océano de astros que ella tan bien conocía.

El primer impulso de Anselm fue saltarle encima a Belle de igual manera cómo lo hacía con las reses destinadas a alimentarle, tal era la potencia del embriagador aroma que emanaba de ella. Pero no, no sucumbiría a sus instintos primarios, esta noche se comportaría como un verdadero príncipe, aunque pareciera una bestia.

Belle, que no se había percatado de la presencia de Anselm, no pudo evitar sobresaltarse cuando este emergió de su escondrijo.

-Buenas noches, espero no haberle asustado -dijo el joven heredero al contemplar la sorpresa esculpida en el pálido rostro de Belle-. Permítame que me presente…

-Sé perfectamente quién eres -lo interrumpió la muchacha al tiempo que sentía cómo se aceleraban los latidos de su corazón-, Anselm Sommervogel.

-Mi fama, como de costumbre, me precede. Pero estoy en desventaja, de seguro sabes muchas cosas sobre mí, pese a que yo ni siquiera conozco tu nombre.

-Mi nombre es Belle, Belle Saint-Croix.

-Encantado, Belle. ¿Te importa si me siento a tu lado?

-No, en absoluto.

Anselm se acercó a la pileta y tomó asiento a una prudente distancia.

-Bueno, no es cierto que yo no sepa nada de ti -dijo clavando sus depredadores ojos en la joven-. Tu acento revela que tu país de origen es Francia, aunque posee ciertos matices que no reconozco.

-Nací en Francia efectivamente, en la villa de Ambazac, pero viví desde los once hasta los veinte años en Buenos Aires.

-¿Y cuál fue el motivo que te hizo cambiar Francia por Argentina?

-Mi padre, que es astrofísico, decidió aceptar un cargo de profesor en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Mi madre es argentina, y llevaba tiempo intentando convencerle que nos mudáramos a su país de origen, hasta que finalmente lo logró.

-Y tú seguiste los pasos de tu padre, ¿no?

-¿Cómo lo sabes?

-La mayoría de la gente no suele prestar la clase de atención que tú le prodigabas al cielo nocturno antes de mi arribo.-

Eres muy observador, Anselm. Sí, soy astrofísica. Aunque lo mío desde pequeña siempre fueron las matemáticas. Nunca pensé en ser como mi padre, yo no fui a la astrofísica sino que la astrofísica más bien vino hacia mí. Cuando ingresé a la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA no sabía si quería hacer Física o Matemáticas, así que empecé haciendo las dos. Por ese entonces yo estaba mucho con los matemáticos y si derivé hacia la Astrofísica fue sin duda por la influencia, no de mi padre, sino de Hugo Tartakovsky, a quien elegí como mentor para mi trabajo de seminario. Gracias a sus contactos en Estados Unidos, Tartakovsky me consiguió un doctorado en Astronomía en Harvard, luego de esto hice un postgrado en Caltech.

-Un impresionante currículum sin duda. Yo en cambio no se nada de academias o aulas universitarias. Toda mi educación la he recibido aquí a través de profesores particulares. Aunque han sido los mejores que el dinero de mi padre ha conseguido pagar no es lo mismo. Disculpa si te lo pregunto, pero noto cierta hostilidad en tu tono de voz cuando mencionas a tu padre.

-Sí, nunca nos llevamos muy bien. Desde que salí de la UBA que no hablamos, a decir verdad tampoco he hablado con mi madre en todos estos años, ni pretendo hacerlo en el futuro.

Anselm notó cómo la voz de Belle trepidaba, y cómo aumentaban los latidos de su corazón a la vez que se cruzaba de brazos.

-Mi padre comenzó a abusar sexualmente de mí desde los 12 años, y lo siguió haciendo hasta que cumplí los dieciséis -contestó la joven astrofísica sin manifestar ninguna emoción en sus palabras-. Mi madre no hizo nada para evitarlo.

Anselm y Belle permanecieron callados por un breve momento. Un crujido en los matorrales hizo que Anselm desviara la vista, momento que Belle aprovechó para observar la entrepierna de su acompañante, lisa y plana como la de Kent, el muñeco novio de Barbie con el cual ella había jugado tantas veces de pequeña. ¡Cómo deseaba Belle que Anselm fuese su muñeco! De entre el follaje surgió una de aquellas extrañas ave-plantas creadas por Zakk. Anselm volvió su rostro hacia Belle quien rápidamente desvió la vista hacia las estrellas.

-Dime, Anselm, ¿has estado paseándote desnudo por ahí durante toda la noche? -preguntó la joven.

-Sí, un pequeño obsequio para los invitados -respondió Anselm-. ¡Dejad que los curiosos disfruten de mi anatomía!, después de todo fue ese el motivo que me trajo a la existencia. Soy una obra de arte viviente.

-¿Qué opinará tu padre de la performance que acabas de ejecutar? -preguntó Belle.

-Sospecho que debe haberla disfrutado. Él está allá arriba, en su museo. El maldito voyerista lo observa todo a través de pequeñas cámaras con forma de insecto. Es muy probable que nos esté espiando ahora, saluda a la cámara, Belle. Hola papá.

-No te refieres en muy buenos términos a él tampoco, al igual que en mi caso hay hostilidad en tus palabras.

-Es cierto, Belle, me ha sido imposible superar el complejo de monstruo de Frankenstein.

-Tú no eres un monstruo, Anselm.

-Claro que lo soy, soy un monstruo, un híbrido monstruoso. ¿Sabes de dónde deriva el concepto de híbrido, Belle? Del griego hybris, que significa soberbia, insolencia o prepotencia, cualidades que para el mundo clásico constituían el peor de los pecados que un hombre podía cometer. Esa fue la causa por la cual Minos fue castigado, la causa por la que Poseidón hizo que Pasifae se enamorara del toro blanco que el rey de Creta se negara a sacrificar en su honor. De la unión de Pasifae y el toro nació el minotauro. Lo que para Minos fue un castigo, para mi padre fue una recompensa. Mientras el primero se avergonzaba y escondía a su monstruo en un oscuro laberinto, el segundo se enorgullece y lo muestra a todo el mundo.

-He leído estas mismas palabras en el especial sobre ti de la revista Art in America -comentó Belle-. Allí desarrollabas a fondo los paralelos con el Minotauro.

-Sí, hay veces que me siento tal y como debió sentirse esa criatura de haber existido. ¡Hasta tengo una hermana que me repudia! Es una suerte que mi padre y Zakk no decidieran agregarme una cornamenta bovina.

-¿Cuál es tu relación con la hija de Sommervogel?

-Ninguna, jamás la he visto en persona ni he hablado con ella.

-¿Y deseas hacerlo?

-Sí, claro. Es parte de mi familia después de todo. Aunque le pese a Elizabeth soy más que una criatura de laboratorio, tengo existencia legal como persona y heredaré toda la fortuna Sommervogel ya que mi padre la eliminó de su testamento. De cualquier forma su orgullo es tal que seguramente se negaría a aceptar un solo céntimo. Pero no hablemos más de ella, no se merece nuestra atención.

Dicho esto, Anselm estiró su brazo y cortó una rosa.

-¿Te gustan las flores, Belle? -preguntó inhalando el aroma con su nariz felina.

-No particularmente -replicó la joven.

-A mí las flores me fascinan -dijo a su vez Anselm mientras acariciaba el espinoso tallo de la rosa-. Rainer Maria Rilke murió de una septisemia contraída por el pinchazo de las espinas de una rosa como esta, de estas rosas de las que deseó ser por un solo día contemporáneo. Compuso para sí mismo este epitafio: “Rosa, o pura contradicción, voluptuosidad/ De no ser bajo tantos párpados el ensueño de nadie.”

-Eres aficionado a la poesía por lo que veo.

-Son muchas mis aficiones, todas supreditadas a la búsqueda de la belleza. Aprecio todas las artes, menos aquella que me produjo, el llamado arte transgénico. Pese a ser un producto de la ciencia, o más bien a causa de esto, no tengo ninguna simpatía por ella. Que curioso, la ciencia hizo mi vida, mientras que tú has hecho de tu vida la ciencia.

Había cierto tono de reproche en las palabras de Anselm que descolocó a Belle. Cómo no sabía qué contestar guardó silencio.

-¿Qué hiciste una vez finalizado el postgrado en Caltech? -preguntó la criatura de Sommervogel volviendo a su tono amable.

-Regresé a Francia y entré a formar parte del personal del Service d’Astrophysique de la Direction des Sciences de la Matière. Allí desarrollé gran parte de mi carrera hasta que sufrí un accidente de laboratorio durante el cual mi piel entró en contacto con una sustancia fotodinámica que incrementó mi sensibilidad al sol a tal punto que ya no puedo exponerme a las fuentes de radiación UV, especialmente a la luz solar.

-¿Atáxia-Telangiectasia, Síndrome de Bloom, Trichothiodystrofía acaso?

-No, XP. Xenoderma Pigmentosa. Luego del accidente pasé meses sumida en una profunda depresión, pensé que mi carrera estaría acabada, pero por suerte se me ofreció el cargo de directora del Observatorio Sommervogel de Chañantor, en Chile.

-Trabajas para mi padre entonces.

-Sí, aunque lo he visto sólo un par de veces en persona.

-La idea de construir ese observatorio se le ocurrió a mi padre durante nuestra visita al Desierto Florido. Ni en el Karoo africano, ni en las mesetas de Afganistán o en las Rocallosas he visto un espectáculo como el del norte de Chile. ¿Cómo van las cosas con el radiotelescopio? ¿Algún descubrimiento excitante?

-Nada tan excitante como lo que estoy viviendo esta noche.

Anselm la miró fijamente a los ojos y una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Belle sintió un escalofrío electrizante recorriendo toda su espina dorsal. Se sintió incómoda y para no evidenciarlo preguntó:-

¿Quién vive en esa casa, junto al lago?

-¿Ahí? Nadie. Esa es la casa donde Nietszche pasó en solitario casi todos los veranos durante una década. Mi padre la compró e hizo trasladar desde el Sils María. Se encierra ahí de vez en cuando, supongo que en busca de la iluminación o algo parecido. Es un gran admirador de la obra de Nietszche, ¿lo has leído?

-Cuando estaba en la escuela tuve que leer Así habló Zaratustra. Me aburrió mucho.

-Nietszche escribió ese libro allí, entre esas cuatro paredes. También La Gaya Ciencia, El caso Wagner y Más allá del bien y el mal, un título con el cual se identifica mucho mi padre. Para él lo bueno es lo que eleva en el hombre la voluntad de poder; lo malo: lo que proviene de la debilidad; la felicidad: el sentimiento de lo que acrece el poder. Él cree firmemente en esas patrañas del übermensch, incluso he llegado a pensar que se considera así mismo un superhombre.

-Si ha de existir un superhombre ese deberías ser tú.

-No podría serlo, no. El superhombre para Nietzsche en cuanto a “cosa del futuro” es un ideal, pero se trata de un ideal distinto de todos los ideales, porque consiste en convertirse en “el ser más real de todos”. No puede existir nada menos real que un ser quimérico como yo, un artificio biológico, una broma genética.

-¿Tan pobre concepto tienes de ti mismo?

-En realidad no, tal vez sólo busco seducirte inspirando lástima.

-Créeme que no es necesario.

Anselm se echó a reír. Al parecer le gustaba tomarse a la broma su condición de constructo biológico. Sin lugar a dudas un mecanismo de protección implementado por su mente.

-Hay ocasiones en que celebro ser lo que soy -dijo Anselm una vez concluidas sus carcajadas-. Me canto y me celebro, me celebro y me canto al más puro estilo de Whitman, sobretodo cuando corro libre por los bosques y siento que cada árbol, cada brizna de hierba y cada roca es un ser provisto de alma e inteligencia. No soy un superhombre, de eso no cabe duda alguna, pero tal vez sea un superanimal.

-¡Qué cosas dices Anselm! -comentó divertida Belle.

-Volviendo a Nietzsche, al igual que yo también tenía una hermana llamada Elizabeth. Estaba casada con un hombre muy protofascista que tenía un proyecto de formar una reserva de raza aria en Paraguay, que muy mal le fue, aunque la reserva todavía existe. Desde 1889, cuando Nietzsche tiene su parálisis definitiva ella se hace cargo de su archivo y elimina todas las diatribas contra el antisemitismo, que era una de las cosas de la Alemania bismarkiana que más irritaban al filósofo. Elizabeth desgraciadamente vivió mucho tiempo y cambió la fuente de Nietzsche para hacerla funcional a un proyecto nacionalista y racista en la Alemania post crisis del 20.

-Yo siempre quise tener una hermana mayor -interrumpió Belle-. Alguien que me protegiera, alguien con quien compartir mis alegrías y penurias.

-Te comprendo -replicó Anselm-. Yo también hubiese deseado tener más hermanos para no sentirme tan solo, para que mis características no se agotaran en mi forma. Pero por otro lado ser “único” es todo el propósito de mi vida. ¿Qué sería de mí si me arrebataran mi preciosa cualidad de monstruo?

-Si de monstruos se trata tú no eres el único que anda suelto por aquí esta noche -aseguró Belle-. Yo misma soy un monstruo.

-¿Por tu condición cutánea? No, eso es algo muy superficial comparado a…

-Hay cosas sobre mí que no te imaginas, Anselm -dijo Belle desviado la vista-. Tengo un sueño recurrente, ¿sabes? Sueño con un nido en el que hay cuatro huevos diferentes, uno es pequeño y moteado como el de una codorniz, otro grande como el de la avestruz, los otros dos son similares a huevos de gallinas. El nido está situado en la copa de un árbol muy alto. De pronto un bólido de fuego cae desde el firmamento incendiando el bosque, siento angustia por las aves no-natas dentro de esos huevos, “ojalá pudiesen romper el cascarón y huir volando antes que el fuego los alcance”, pienso en mi sueño, pero eso no ocurre y las llamas lo envuelven todo y entonces…

-¿Entonces?

-Despierto bañada en sudor, sofocada por la falta de aire y espacio.

-¿Qué acaso duermes dentro de un ataúd?

-Más bien se trata de una cámara de privación sensorial.

-Ya veo. Pues yo también tengo algunos sueños recurrentes, pero estos se esfuman una vez que se cumplen.

-¿Sueños premonitorios acaso?

-Supongo que podríamos decir que sí, pero generalmente tratan sobre hechos nimios, casi sin importancia, cómo un criado cayéndose de una escalera mientras pule un escudo de armas. Esos sueños son escasos pero nítidos, tengo otra clase de sueños que suelo recordar con mayor frecuencia, aunque son de carácter alegórico y por lo general sin sentido alguno como supongo han de ser esta clase experiencias oníricas. Hace un par de meses, por ejemplo, soñé con un torero enfrentado a una enorme bestia roja que más que a un Toro de Lidia se asemejaba al demonio mismo. Hoy por la madrugada antes de despertar soñé con un sótano lleno de ratas, pero no eran ratas sino seres como yo, copulando y devorándose simultáneamente en un grotesco espectáculo.

-¿Sabe tu padre de estos sueños?

-Los relativos a la tauromaquia sí, el otro, pues si nos está vigilando ya se enteró.

El recordatorio que en esos momentos podían estar siendo observados por el anfitrión de la velada motivó a Belle y Anselm a guardar silencio por unos minutos.

-¿A qué corresponden esas luminiscencias que se mueven allá a lo lejos? -preguntó repentinamente Belle.

-Esos son los rebaños de okapis fluorescentes de mi padre creados por Zakk -respondió Anselm-. No me gusta mucho el sabor de su carne, saben a sargazos.

-He oído que tu padre planea la creación de un zoológico repleto de estas criaturas.

-Ese proyecto ya está casi listo, aunque no se trata de un zoológico sino de la primera galería de arte y parque natural del mundo, ¿te gustaría asistir a la inauguración?

-Sí, por supuesto, aunque más me gustaría que tu padre me invitara a contemplar su colección esta noche.

Se produjo un repentino silencio. Justo cuando Belle se disponía a abrir la boca Anselm dijo:

-¿De verdad te interesa subir al observatorio?

-Sí -confirmó entusiasmada Belle-. ¿Sabes si acaso estoy en la lista?

-No que yo sepa.

-¿Podrías interceder por mí?

-No lo sé, mi padre es muy estricto en lo que a la gente que sube al observatorio respecta.

-Sí, lo sé. Sólo suben personas “especiales”, yo no tenga nada de especial.

-Muy por el contrario, tú eres muy especial, tienes un aroma único.

-¿Te refieres a mi perfume?

-No, a tu verdadero olor, el que me atrajo hacia ti como las abejas al polen. Ningún olor puede enmascararse a mi olfato. El perfume que estás usando por ejemplo, para mí no es más que una delgada pátina que no alcanza a encubrir tu verdadero aroma. ¿Te parece si damos un paseo?

-Excelente idea -dijo Belle levantándose y cogiendo del brazo a Anselm que en posición bípeda alcanzaba los dos metros de altura-. Y bien, ¿quiénes serán los afortunados de esta noche?

-Veamos, está Nicolai Tegel…

-¿El Proctofantasmista?

-Sí, el mismo.

Tegel era un reconocido médium alemán especializado en la fantasmogénesis por ectoplasma. Sólo los médiums extraordinariamente dotados que florecieron a finales del siglo XIX eran capaces de generar fantasmas a partir del ectoplasma que surgía de la boca, o menos frecuentemente del oído. El fenómeno constatado científicamente requería un estado de trance muy profundo y unas condiciones ambientales de silencio y oscuridad que con frecuencia se prestaban al fraude. Pero Tegel no era ningún farsante y las inteligencias fantasmagóricas que era capaz de invocar eran reales, como lo había comprobado Sommervogel durante las sesiones privadas que habían celebrado recientemente. Cabe señalar que a diferencia de sus predecesores, el ectoplasma no surgía de la boca u oídos del Proctofantasmista sino de su ano, de ahí el apodo con que era conocido. Ciertamente que contemplar a Tegel de pie con los pantalones abajo y el culo descubierto invocando fantasmas como si estuviese defecando en medio de sonoros pedos le restaba algo de solemnidad al asunto, pero al mismo tiempo lo dotaba de una notable rareza que había sorprendido incluso al Científico de lo Insólito, tan acostumbrado a este tipo de cosas.

-¿Has estado presente en alguna sesión del Proctofantasmista? -inquirió Belle.

-No -replicó Anselm-, y eso que ya se han celebrado tres sesiones aquí mismo. A mi padre más que la fantasmogénesis misma le divierte contemplar los rostros desconcertados de los ricachones a los que invita a participar del evento. El Proctofantasmista cobra sumas exorbitantes por sus servicios.

-Eso he escuchado. ¿Quién más está en la lista?

-Niles Srinivasa Rao, el famoso hombre radioactivo.

-Sí, me lo topé hace un rato allá dentro y me mostró su tarjeta dorada. Le conozco de cuando hice el postgrado en Caltech. Me hizo clases.

-Pobre sujeto, está condenado a vivir encerrado en su habitación especialmente acondicionada o al interior de ese horrendo traje.

-No le compadezco en absoluto, créeme. ¿Quién más?

-Cephas Magwamba, Janine Anek-dit-Chenaud y el recientemente resucitado Carlton Cunningham. Esos son todos.

-Vi a Cunningham a mi llegada, realmente me sorprendió.

-Y yo, ¿te sorprendí?

-Sí, aunque de una manera distinta, ya había visto imágenes tuyas en la televisión y en las revistas de arte y ciencia, ya estaba familiarizada con tu anatomía. Tú eres hermoso, uno te ve y no quiere dejar de verte, con Cunningham no ocurre eso.

-La primera vez que te enfrentas a una presencia física extraña tu cerebro quiere gritar, fundirse y esconderse, para no aceptar que existe. Eso dura un par de minutos, y después aquel ser anómalo sigue ahí y al final lo aceptas y después de un rato casi te parece normal.

-Es probable, eso es lo que me ocurre con Srinivasa Rao, he olvidado que es un cadáver radioactivo en traje de astronauta.

-¿Existió alguna clase de conflicto entre ustedes?

-Tuvimos un affaire que no terminó nada de bien, poco antes del accidente nuclear de Penssilvanya. Pero no hablemos más de él, mejor cuéntame de los otros invitados, ¿quién es Magwamba?

-Cephas Magwamba es un individuo con el Síndrome de Proteo, ya sabes, esa condición que entre otros síntomas supone el crecimiento atípico de los huesos, piel y cabeza.

-Estoy familiarizada con dicho síndrome, de eso padeció el Hombre Elefante, ¿no?

-Sí, John Merrick efectivamente sufrió del Síndrome de Proteo y no de la neurofibromatosis que erróneamente le diagnosticaron en un principio.

-Es increíble que en un mundo que puede producir a alguien como tú aún nazcan personas con deformidades.

-Lamentablemente los avances en ingeniería genética no se han hecho extensivos a todas las regiones del mundo, Belle. Magwamba es nativo de Botswana y su padre era un humilde minero en Jwaneng, uno de los más grandes yacimientos de diamantes del mundo. La familia de Magwamba no era pobre para los estándares del sur de África, pero si como para proporcionarle a su hijo el debido tratamiento. La condición de Magwanba no le impidió sin embargo convertirse en un magnate de la minería.

-Todo un ejemplo de superación. En cuanto a Janine Anek-dit-Chenaud, ella es la muchacha que aprobó el test de la Fundación Sommervogel, ¿no es así?

-La misma, esa chiquilla le ha probado a la comunidad científica y al mundo, la real existencia de los poderes psiónicos, embolsándose de paso el millón de dólares que mi padre ofrecía a quien pudiera demostrar bajo condiciones de observación apropiadas evidencia de cualquier habilidad psíquica o evento paranormal, en su caso, la telekinesis.
En ese instante el aero-vehículo que recogería a los invitados sobrevoló a Belle y Anselm para aterrizar luego verticalmente junto a la mansión.

-Ahí está el transporte al observatorio -dijo Anselm-. Srinivasa Rao y los otros contemplarán el espectáculo pirotécnico desde allá arriba para luego disfrutar de una visita a la colección de mi padre guiada por él en persona.

-Se cuentan toda clase de historias sobre las piezas de la colección Sommervogel -dijo Belle.

-¿Cómo cuáles? -preguntó Anselm, a quien la preciada colección de su padre nunca le había interesado mayormente.

-Se dice que tiene algunos cadáveres de extraterrestres que compró a los militares norteamericanos, por ejemplo.

-Realmente te gustaría subir al observatorio, ¿verdad? -preguntó Anselm al ver el entusiasmo que Belle manifestaba.

-¡Por supuesto! -contestó la muchacha como si de nuevo tuviese catorce años y el chico de sus sueños la estuviera invitando a salir por primera vez.

-Súbete a mi espalda -ordenó Anselm-, vamos a tener que correr si queremos alcanzar el transporte al observatorio.

-¿Me vas a llevar?

-Sí, de esa forma tú cumples tu más anhelado deseo y yo de paso fastidio un poco a mi padre.

-Mi segundo más anhelado deseo -corrigió Belle.

-¿Cuál era el primero? -preguntó Anselm adoptando su posición cuadrúpeda.

-Conocerte a ti -respondió la joven mientras se aferraba al cuello de su acompañante.

***

La siguiente jugada del desconocido rival de Sommervogel se había llevado a cabo. Belle era el anzuelo para atraer a Anselm al observatorio, su enemigo quería asegurarse que estuviera presente allí esta noche. Pese a su peligrosa naturaleza Belle era, después de todo, una víctima inocente de las oscuras maquinaciones que sobre el Científico de lo Insólito se cernían, Anselm tampoco estaba involucrado en esto. Pero Srinivasa Rao sí, ¿lo estarían también Magwamba, Janine y Carlton Cunningham? Sommervogel aún estaba a tiempo de frustrar los desconocidos planes de su atacante pero eso podría ahuyentarlo y no soportaba la idea de ignorar quien jalaba de los hilos, estaba ansioso por ver cuál sería la próxima jugada, ansioso por ver hasta qué punto llegaría a ser desafiado, ansioso por demostrarle a este desconocido contrincante que con Georg Sommervogel no había posibilidad de vencer. Se sentía como en los viejos tiempos y lo estaba disfrutando.

Belle y Anselm llegaron justo a tiempo de abordar el transporte antes que despegara. Severn, uno de los hombres de confianza de Sommervogel descendió del vehículo al ver que Anselm se aproximaba y ambos discutieron brevemente.

-No lo sé, permítame que le consulte a su padre al respecto -fue la respuesta del jefe de seguridad a la solicitud de Anselm de abordar la nave junto a una invitada de última hora.

-Vamos, Severn -dijo Anselm posando su mano sobre el hombro derecho del tipo-, sabes que él lo observa todo y ya se habría pronunciado si estuviera en desacuerdo. Yo asumo toda responsabilidad en última instancia.

-Está bien -dijo el hombre con un hilillo de voz y una extraña mueca en el rostro. Anselm asintió satisfecho e indicó a Belle que abordara el vehículo, cuando el jefe de seguridad les dio la espalda la joven pudo ver cuatro orificios sangrantes en su omóplato derecho.

Una escotilla se abrió en el costado de la amplia nave y Sommervogel cambió de la cámara de vigilancia externa a las del interior del vehículo.

-Caballeros, dama, la Srta. Belle Saint Croix -anunció Anselm ceremoniosamente-. Srta. Saint Croix, le presento a la Srta. Janine Anek-dit-Chenaud, el Sr. Carlton Cunningham, el Sr. Nicolai Tegel y el Sr. Cephas Magwamba. Al Sr. Srinivasa Rao creo que ya le conoce.

-Encantada -dijo Belle mientras ingresaba al interior de la nave y le cerraba un ojo al traicionero Srinivasa Rao que por alguna razón sonreía satisfecho.

El transporte se elevó sobre los veinte kilómetros del Valle Sommervogel y tras un breve trayecto se posó en la cumbre del Pitz Lagalp. Una vez fuera de la nave, los pasajeros y guardias abordaron un bus y se dirigieron al portón rodeado de torretas armadas del observatorio. Posteriormente todos los invitados, a excepción de Anselm y Srinivasa Rao, fueron conducidos a habitaciones separadas donde debieron quitarse sus ropas y vestirse con unos overoles amarillos que automáticamente se ajustaban a sus medidas corporales y que sólo dejaban al descubierto sus cabezas. Una vez ataviados con sus nuevos atuendos fueron conducidos por una escolta hasta la enorme puerta similar a la bóveda de un banco donde Sommervogel se hallaba discutiendo con su hijo, fingiendo molestia ante su atrevida acción.

-Bienvenidos, damas y caballeros -dijo Sommervogel desviando su atención de Anselm-, como sabrán soy el anfitrión de esta velada y les doy la bienvenida a mi museo. Están a punto de presenciar el conjunto de objetos más valioso de este planeta así que, vasta de palabras y a disfrutar de la visita.

Dicho esto la ciclópea puerta se abrió y el Científico de lo Insólito con un amplio gesto de su brazo invitó a todos a ingresar dentro. Cuando Belle pasó junto a Anselm este se le unió cerrándose la bóveda tras ellos.

-Ven, vamos por nuestra cuenta, mi padre es algo aburrido como guía -indicó Anselm mientras apartaba a Belle del resto del grupo-. ¿Qué te gustaría ver primero?

-No sé, ¡hay tantas cosas! -exclamó Belle intentando abarcar con l avista la enorme estancia-. ¿Éste libro por ejemplo, que tiene de especial?

-Ese libro supuestamente es la trascripción que Morgan Le Fey efectuó de los pergaminos de Khotnn en el siglo XI. Mediante un hechizo contenido en los pergaminos originales se creó supuestamente al primer vampiro en la Atlántida. Pero lo que el Libro de Khotnn puede crear también puede destruir y fue así como la fórmula para eliminar a todos los vampiros fue descubierta por un monje de apellido Monterrosi. El monje junto a sus aliados caza-vampiros realizó en diciembre de 1973 el ritual que eliminó a todos los chupa-sangres de la Tierra incluyendo a Drácula y Lilith si uno hace caso a tales supercherías.

-Supercherías, sí -repitió nerviosamente Belle recordando la razón por la cual habían dejado de existir todos los vampiros a excepción de ella, concebida mucho después del hechizo de Monterrosi por culpa de una regresión. Agobiada por los abusos de su padre y la omisión culposa de su madre, Belle acudió a la hipnoterapia regresiva pero algo salió mal y una de sus “vidas anteriores” se posesionó de ella por un lapso de dos meses hasta que fue exorcizada por el ocultista Jack Carter, que sin embargo no pudo deshacerse de las características vampíricas adoptadas por su “cliente”.

-Pero no perdamos el tiempo con libros añosos -dijo Anselm sustrayendo a Belle de su introspectiva-, vamos, te llevaré ante mi pieza predilecta -y condujo a Belle hasta una alejada vitrina que atesoraba una figura de madera pintada, una especie de ser mitológico con cabeza de león, cuerpo delantero de cabra y patas traseras y cola de águila.

-Estas son las últimas piezas de un set de doce animales intercambiables tallados y pintados a mano -explicó Anselm-, obsequio del hechicero Wogan para Victor IV, el niño-rey que asumió la corona de Transia tras la prematura muerte de su padre a principios del siglo XVII. Wogan era un antiguo enemigo del difunto rey y mediante este gesto pretendía congraciarse con el nuevo monarca. De acuerdo a la leyenda Victor ensambló una combinación de este juguete que creció a proporciones monstruosas cobrando vida y sembrando el terror a su paso. Luego de arrasar medio reino la criatura, inmune a las armas y el fuego, fue liquidada al observar su propio reflejo en un lago. O por lo menos eso narra la leyenda.

Tras contemplar el casco en el cual Zeus, Hades y Poseidón jugaron a los dados para determinar el reino sobre el que cada uno tendría dominio; la mítica hacha de Aldric; un pequeño objeto de bronce conocido como la “computadora estelar” de Antikyhera; el cráneo de un búfalo prehistórico que en su parte frontal lucía un pequeño agujero provocado antes de la muerte del animal por lo que todos los estudios señalaban una bala; la piedra heliotropia con la cual D. Enrique Villena “embermejeció” el sol y la llave del palacio de Hermes Trismegisto que éste en persona entregara al Señor de Iniesta; el dedo medio de Galileo encapsulado en una esfera de cristal; la guitarra que había matado por schock eléctrico a Keith Relf, vocalista de los Yardbirds; un trozo del meteoro ALH84001; tres de las baterías eléctricas de una edad calculada en 2.000 años descubiertas por el arqueólogo Wilhelm Köning en un lugar cercano a Bagdad; la demoníaca cabeza de madera forrada en piel humana que fuera propiedad del pintor suizo H.R. Giger; un artefacto de oro de una edad de 1.800 años proveniente de una tumba precolombina que representa un modelo de avión dotado incluso de alas en forma de delta; el Empalme Rodríguez, engarzado en broches de platino y cabello humano a la usanza antigua; el famoso Diamante Hope robado por un sacerdote hindú de la frente de un ídolo; una pieza de paño, doblada varias veces y estirada sobre un marco de madera denominada “Madylion” y que sería el verdadero sudario de Cristo; un pequeño cono muy pesado y de un material desconocido; el Transformador Duchamp destinado a utilizar las pequeñas energías desperdiciadas tales como los suspiros y el crecimiento de cabellos; las páginas que Lewis Carroll arrancó de su diario y que correspondían a la fecha en que interrumpió su visita a las niñas Liddell; el mapa de Piri Reis y el de Bennicasa que Colón llevo en su primer viaje; la calavera de cuarzo exhibida en 1878, en el Musèe de l’homme en París; la espada de esmeralda rescatada desde la cabeza de un dragón en Hokkaido por una mujer pura y, finalmente, un vulgar y feo bastón que al ser golpeado contra el suelo se transformaba en un poderoso martillo, los invitados de Sommervogel y sus guardias se detuvieron frente a la colección de ciento doce puertas que había adquirido del difunto y excéntrico Sir Robert Merriweather. Una colección que Sommervogel había ambicionado durante años y que finalmente logró adquirir tras la muerte del aristócrata que se negaba a venderla.

-¿Y esta cosa enorme? -preguntó Cunningham apuntando con su grueso dedo hacia la última pieza de la colección de puertas, un arco de roca de unos cuatro metros de altura.

-Esa es la puerta de R’mnah -explicó Sommervogel a la concurrencia-, fue encontrada en el océano pacífico, en los restos sumergidos de una antigua civilización que...

Antes que pudiera terminar la frase la puerta de R’mnah comenzó a emitir un extraño fulgor que dio paso a un imponente personaje ataviado de casco y armadura escarlata que parecía flotar sobre el suelo. El intruso se vio rodeado inmediatamente por los agentes de seguridad blandiendo sus disruptores neurales. Por el rabillo del ojo Sommervogel vio a Anselm y Belle aproximándose cautelosos, Anselm caminaba ligeramente agazapado, listo para saltar sobre el intruso y cortarle la garganta.

-Tranquilo, Anselm -le dijo Sommervogel a su retoño- Si matas al caballero no podremos saber el motivo de su presencia. ¿Quién eres forastero?, ¿cómo lograste entrar aquí?

-Soy el Deus ex-machina -respondió el hombre de la armadura y con un gesto misterioso de su mano despojó a los guardias de los disruptores neurales que volaron describiendo cabriolas para luego estallar en pequeños fragmentos—. Ordena a tus lacayos que se retiren y tendrás tus respuestas, de lo contrario tus preciados objetos correrán la misma suerte que estas armas.

El Científico de lo Insólito aceptó la sugerencia del recién llegado y d