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El espejo de Donia Más sobre Sergio Alejandro Amira

A la generación del 38

Soy un Cazador, mi nombre verdadero ya no es relevante. Soy lo que en estas tierras se denomina con cierto desprecio un “montañés”, nací en el Reino de Kurs; la mitad de mi gente vive sumida en la pobreza, dedicada principalmente a la agricultura. Nuestro abrupto suelo ha obstaculizado la construcción de carreteras y grandes edificaciones mientras que la escasez de riquezas naturales que explotar sumada al aislamiento geográfico y una persistente guerra civil ha impedido que mi reino se desarrolle como otros. Pero hay algo en que nadie nos supera: la ferocidad de nuestros guerreros, único recurso comerciable de Kurs.

Como solía ser el destino de todo primogénito Kursen, a los nueve años fui alistado en el ejército de Melimpa, el próspero reino vecino. Combatí en numerosas batallas; caí prisionero, fui torturado y estuve a punto de morir varias veces pero las ansias de regresar a mi amada tierra me obligaban a vencer los obstáculos más adversos y seguir adelante.

Los recuerdos de mi última batalla permanecen frescos en mi memoria como si hubiesen acontecido ayer. Mientras el ejército de Melimpa intentaba contener el desembarco en sus playas de la poderosa armada del rey Gargan, los rangunes de las nebulosas mesetas noroccidentales aprovecharon la ocasión e imprevistamente invadieron el reino. Rápidamente los estrategas melimpenses reunieron a los míos y montados en veloces corceles sleipnir nos enviaron a contener a aquellos otros salvajes montañeses, más “despreciables” aún que los Kursen. Pese a que éramos cien contra mil quinientos logramos derrotar a esos salvajes semihumanos pero no sin sufrir considerables bajas.

Los pocos sobrevivientes del ejército enemigo huyeron a sus colinas como los cobardes que eran con nosotros pisándoles los talones. Estábamos determinados a vengar a los caídos, y no descansar hasta dar muerte al último rangún con vida.

Hacia la hora del crepúsculo logramos rodearlos. Estaban fatigados, heridos y asustados pero no sentimos piedad por ellos y empuñando nuestros khukuri nos lanzamos al ataque. Entonces aparecieron los pájaros blancos. Nadie los vio llegar, en un abrir y cerrar de ojos los cielos, que estaban limpios sobre nuestras cabezas, se poblaron de aquellas infaustas aves.

Eran similares a águilas, pero más grandes, mucho más grandes. Comenzaron a descender sobre nosotros y a medida que se acercaban más lentos se hacían nuestros pasos y más cansancio sentíamos. Al final volaban tan bajo que con las puntas de sus alas tocaban las cabezas de mis compañeros, quienes por doquier caían dormidos ante el contacto de esas blanquísimas plumas. Yo intenté escapar, pero una de esas aves reparó en mí y voló directamente a mi encuentro. Ya cerca, vi en sus ojos una mirada familiar, una mirada que acaso había visto en sueños… entonces el ave tocó mi rostro y caí dormido.

Cuando despertamos no existía rastro alguno de los rangunes y menos aún de los pájaros blancos. Los míos y yo acordamos ocultar este acontecimiento. Después de todo nuestra misión había sido cumplida, aves blancas mediante o no.

Al final de esta campaña la armada del rey Gargan había sido por completo repelida y los salvajes rangunes derrotados. Los grandes señores de Melimpa ofrecieron a todo el ejército, incluidos los Kursen, un gran banquete con abundante licor y muchachas para divertirnos. Al día siguiente desperté sólo en mi tienda, sin la hermosa chica que tanto placer carnal me entregara en mi estado de embriaguez. Me despedí de mis compatriotas, tanto de los que ya estaban liberados del servicio como de aquellos que debían continuar y regresé a Kurs sólo para descubrir lo aburrido y miserable que era el terruño que tanto añorara en mi ausencia. Desencantado enfundé mi khukuri, ensillé al yak y emprendí camino de vuelta a Melimpa.


Como lo único que sabía hacer era matar y evitar que me matasen y como no poseía convicciones políticas ni ideológicas no tuve otra alternativa que convertirme en asesino a contrato y así transcurrieron varios inviernos.

En cierta ocasión y estando en la taberna que frecuentaba en mis ratos de ocio, un tipo que pretendía pasar por plebeyo me invitó a una cerveza y me dijo en voz baja: “Tengo un trabajo para vos, acudid a las caballerizas de Grumm en media hora.

Acostumbrado a que mis potenciales empleadores actuaran de forma extraña, terminé mi cerveza y enfilé a las caballerizas donde me esperaba el sujeto disfrazado.

-Vos no sois de por aquí, sieur -le dije al sujeto-. Y sabed, además, que esos harapos que os visten no esconden vuestro alto linaje. Tampoco ayudan mucho esos dientes de oro que enseñáis al hablar.

-Hay tres palabras que provocan la pérdida total de la dentadura al ser pronunciadas -dijo sonriendo el extraño-. En mi juventud cometí la audacia de proferir una de ellas, pero ya ve, no hay nada que el dinero no pueda comprar. Tal y como afirma, sieur, no pertenezco a este sucio caserío sino allá arriba -dijo indicando el cerro donde se alzaba majestuoso el palacio de Melimpa-, mi nombre es Rosenrot y soy el mayordomo de la reina Donia. Es ella quien requiere de sus servicios.

Donia, la mujer más temida de este lado del mundo, pero también la más hermosa. Donia, de quien se rumoreaba ser maestra de las artes ocultas y haber engendrado a su hija sin intervención de hombre alguno. Donia, sospechosa de haber envenado a su padre y hermano mayor para acceder al trono. Donia, de quien me enamoraría perdidamente…

“Pues veamos qué tiene que ofrecerme la reina de Melimpa”, dije y amparados por la oscuridad montamos nuestras cabalgaduras y nos dirigimos hacia el castillo penetrando por una gruta secreta en las faldas de la colina. Tras recorrer oscuros túneles y recovecos apenas iluminados por algunas antorchas nos detuvimos frente a un gran portón de madera. Ciertamente que este no era el salón donde la reina recibía a sus visitantes normalmente.

-La reina os aguarda del otro lado -dijo Rosenrot abriendo la puerta- Yo esperaré aquí.

Me introduje en las penumbras del habitáculo y avancé hacia el fogón sobre el cual pendía un caldero. La puerta se cerró estrepitosamente a mis espaldas e instintivamente desenfundé mi khukur y me puse en guardia.

-¿Sentís miedo, cazador? Porqué de ser así tal vez no seáis vos la persona que busco.

Su voz hizo que se erizaran todos los vellos de la nuca. Era melodiosa e insondable, parecía provenir de otro mundo. Pero aquella sensación no era nada comparado a lo que experimenté al contemplar ese hermosísimo rostro que coronaba un cuerpo moldeado por los dioses. Porque han de saber que la monarca estaba cubierta tan sólo por una túnica de la más diáfana seda verde que haya visto en mi vida.

Yo estaba atónito y sin poder articular palabra alguna. Donia, conciente del efecto provocado, se acercó a mí y acariciándome el mentón hizo la siguiente pregunta:

-¿Te parezco bella?

No podía quedar mudo ante una nueva interpelación de la reina, por lo que en un intento por recobrar la compostura le dije:

-Sois vos la mujer más hermosa que he visto y que jamás veré en toda mi existencia.

-Sois sincero -dijo retirando de mi barbilla su delicada mano-, pero no dirías lo mismo si conocieses a Aline.

-¿Aline? -pregunté-, ¿quién es Aline?

-La hija que tuve por mala idea llamar a la existencia. Un acto de vanidad que ahora lamento.

-¿Por qué razón, mi majestad?

-A sus cortos siete años Aline ya es más hermosa que yo y su belleza no hará sino incrementarse con el tiempo, opacando cada vez más la mía. Es por ello que quiero que la mates.

-¿Matarla? ¿A una niña?

-¿Posees reparos?

-Soy un asesino a sueldo, es verdad. Me gano la vida arrebatándosela a otros, pero incluso uno tan despreciable como yo debe tener un código de principios, y eso incluye no quitarle la vida a un infante de la misma forma que no se cazan a los cachorros sino al león adulto.

-Entiendo, pero has de saber que no es humana como vos o como yo, no del todo al menos. Es un homúnculo, creada a partir de viejas artes alquímicas.

-Aún así…

-¿Vas realmente a decirme que vos, un montañés, un feroz Kursen que ha servido de soldado para Melimpa y que hoy no duda en poner su khukur al servicio del mejor postor es incapaz de matar a una pequeña niña por mí?

Dudé unos segundos, pero luego dije firme:

-Estoy dispuesto a dar muerte a todos los niños de Melimpa si vuestra majestad así lo pide. ¿Cuándo deseáis que dé cuenta de la niña?, ¿ahora mismo tal vez? Será más fácil mientras duerme…

-No. Esto ha de realizarse cuidadosamente, Aline cuenta con el amor de muchos en este palacio que podrían usar su muerte en mi contra. Hemos de ir paso a paso. A partir de hoy serás jefe de la cuadrilla de caza real, al anterior lo mató hace tres días un jabalí salvaje. Poco a poco deberéis ganaros la confianza de Aline hasta que llegue el día señalado…

Una vez que Donia terminó de enseñarme su plan, abandoné las catacumbas del castillo y fui escoltado por Rosenrot a mi dormitorio. Al día siguiente fui presentado como el nuevo jefe de caza ante el estupor de mis subalternos que reconocieron en mis ojos rasgados y piel cobriza mi procedencia Kursen. Sin embargo pronto aprendieron a temerme y respetarme, admirados ante mi fuerza, brío y sobretodo, mi habilidad en el manejo del khukur con el cual degollé numerosos jabalíes, lobos y aurochs para deleite de la reina Donia a quien sólo atisbaba de cuando en cuando rodeada de su séquito.

La única que no me temía era la pequeña Aline, de piel tan blanca como la nieve y cabellera negra como noche sin luna. Era tan bella como podía serlo una niña de su edad, pero su hermosura no podía compararse con la de Donia, por lo menos no a mi juicio ¿cómo decir que una semilla es más bella que el árbol?

Las actividades violentas repelían a Aline pero pude ganarme su confianza llevándola a cabalgar por los bosquecillos ornamentales del palacio. Tres meses transcurrieron durante los cuales, y pese a insistir en ello, nunca pude reunirme nuevamente con la reina. Incluso llegué a pensar que había cambiado de parecer, que ya no deseaba la muerte de su adorable hija lo que para mí era un alivio ya que me estaba encariñando con Aline, quien nunca dio indicios de poseer otra naturaleza que no fuese la de una niña de su edad. Incluso llegué a convencerme que Donia había mentido al señalarla como un ser artificial, un “homúnculo” creado a partir de arcanas fórmulas alquímicas. Aline era tan humana como yo mismo, de eso no me cabía duda alguna.

Entonces una noche desperté y he aquí que se erguía Donia completamente desnuda. Se acostó junto a mí y nos entregamos a la dicha del placer carnal. Extenuado tras nuestros juegos recibí el suave murmullo de Donia en mi oído antes que se marchara:

-Mañana es el día, cazador.

Me quedé solo en medio de la oscuridad, agobiado por el peso de la terrible tarea que debería acometer.

Poco antes del crepúsculo emprendimos lo que Aline creyó era nuestro paseo habitual a caballo. Le dije que había algo en el bosque vecino que quería mostrarle, algo que le gustaría mucho, y así pude llevármela confiada a lo más oscuro de la floresta.

Las órdenes de la reina Donia eran horrendas pero precisas: “lleva a Aline a un área remota del bosque, degüéllala y tráeme su corazón como prueba que la has matado”.

Tras una hora de cabalgata finalmente reuní el valor suficiente y ordené a la niña desmontar su caballo mientras desenfundaba mi khukur. La pequeña me rogó que perdonara su vida en medio de sollozos que me partían el alma prometiéndome escapar hacia las siete montañas para nunca volver. Entonces, por vez primera, sentí aquella debilidad de carácter que algunos denominan piedad y la dejé huir pensando que de cualquier forma los animales salvajes la devorarían pronto. Camino al castillo encontré un jabato y lo maté para extraerle el corazón.

Arribé junto con la caída del sol tras las montañas. Rosenrot me condujo por aquellos corredores secretos a las catacumbas del palacio y entregué los órganos del joven jabalí a Donia esperando que no se percatara de mi treta. La reina estaba exultante, pidió que no me marchara y ante mis sorprendidos ojos cocinó y devoró el corazón tal y como acostumbran hacer los salvajes rangunes para hacer suya la valentía del enemigo. Luego de esto Donia se acercó hacia una de las murallas e hizo a un lado una cortina roja que cubría un gran espejo ovalado. Entonces dijo contemplando el bellísimo reflejo de su cuerpo:

-Espejo, espejo en la muralla, ¿Quién entre todas es la más agraciada?

La superficie del espejo onduló como lo hace el agua al caer un guijarro en ella para conformar luego un rostro fantasmagórico. El espejo, con una horrible y sepulcral voz dijo:

-Vos mi reina eres bella, de eso no se puede dudar. Pero la pequeña Aline lo es mil veces más.

-¡Espejo estúpido! ¿Cómo puedes seguir diciendo lo mismo? ¡Aline está muerta!, ¡acabo de comerme su corazón!

-El corazón de un cerdo salvaje es lo que tan diligentemente has devorado, si no me crees pregunta a tu criado.

-¿Es cierto esto? -preguntó Donia volteándose hacia mí.

-Lo es, mi reina -admití culpable.

Donia me propinó una fuerte bofetada, se sentó a llorar y entre sus gimoteos decía: “¿por qué, por qué me desobedeces después de todo lo que yo he hecho por ti, después de haberte recibido en mi palacio y haberte invitado a gozar de mi cuerpo?”

-Pero reina, la niña morirá tarde o temprano -argumenté en un intento por calmarla-, en el bosque habitan todo tipos de bestias. De seguro los lobos darán cuenta de ella.

-¡Pues debes asegurarte que así sea! -exclamó Donia levantando el rostro de entre sus albas manos-. Ve inmediatamente al bosque y búscala, a ella o su cadáver. Si no regresas con su corazón tu cabeza penderá de una pica en la plaza pero antes ordenaré que seas torturado y despellejado vivo muy lentamente.

Sus amenazas no me amedrentaron por cierto, las obscenas caricias de la tortura ya habían profanado innumerables veces mi cuerpo. Pero sin embargo me sentía terriblemente culpable por haberle mentido y fallado a esa pérfida pero deliciosa mujer.

Regresé hasta el sitio donde había abandonado a Aline montado en un sleipnir. Pese a que era de noche y tras atar al corcel a un fresno, continué la búsqueda a pie, rastreando torpemente las huellas de la niña auxiliado por una antorcha que amenazaba en cualquier momento con apagarse. Finalmente me di por vencido y dormí junto a un roble. Apenas despuntó el alba reanudé mi búsqueda.

¡Cómo iba yo a imaginar que la reina poseía un espejo mágico! De haberlo sabido jamás habría considerado engañarla. Pero más que mis mentiras lo que me preocupaba era la importancia que Donia otorgaba a los comentarios de ese espejo que parecía ser su otro-yo, ¿era omnisciente acaso? Tal vez, aunque de ser así podría haberme dicho donde encontrar a la pequeña Aline. No, aún sabiéndolo de seguro no lo habría dicho, su voz denotaba cierta displicencia y arrogancia. ¿Se trataría acaso de un hechicero sometido a alguna clase de conjuro o era un objeto creado por los antiguos alquimistas que erigieron el palacio de Melimpa? Fuese lo que fuese sentía celos de él, de ese rostro fantasmagórico al que Donia tanto caso hacía.

En aquellas contemplaciones me encontraba cuando algo me golpeó fuertemente la cabeza y perdí el conocimiento.

Desperté al interior de una oscura caverna, atado de pies y manos. Una fogata iluminaba tenuemente las paredes cubiertas de extraños símbolos y burdas representaciones de animales. A medida que mi visión se adaptaba a la penumbra pude distinguir pequeños muebles de madera, algunos taburetes alrededor de una mesa baja y sobre la mesa, ¡el cuerpo sin vida de Aline!

Los antropófagos habían abierto a la pobre niña como a una ternera y en una vasija metálica estaban depositados sus interiores. Por lo visto pretendían hacer lo mismo conmigo. Eran siete, de una estatura poco menor a la de Aline. Lucían espesas barbas rubicundas y tatuajes que cubrían por completo sus pequeños y rechonchos cuerpos. Tenían un aspecto bestial y por lo visto mucha hambre. El que parecía el líder o acaso el cocinero, se acercó a mí empuñando mi propio khurkur. No hay peor afrenta para un Kursen que morir de tal forma ya que los dioses cierran las puertas del Gran Palacio de los Guerreros Inmortales a quienes sean tan torpes como para entregar su hoja a manos enemigas. La inminente posibilidad de quedar fuera del Divino Banquete Eterno y la visión del pequeño cuerpo desnudo y ultrajado de Aline me colmó de rabia. Tal vez estaba atado, pero no indefenso y cuando el salvaje estuvo cerca le propiné un fuerte cabezazo que le hundió el tabique nasal en el cerebro. Muerte instantánea para él y un fuerte dolor de cabeza para mí.

Alcancé como pude el khurkur y rápidamente rompí mis ataduras dando cuenta de todos y cada uno de aquellos abominables seres. Cogiendo un leño encendido de la hoguera le prendí fuego a sus miserables pertenencias, cogí el cubo que contenía los interiores de Aline y penosamente emergí de aquella húmeda y oscura gruta al calor del mediodía.

De un silbido llamé al sleipnir y esperé sentado en una roca su arribo. Antes que cayera la tarde estaba de vuelta en los aposentos secretos de Donia.

-Espejo, espejo en la muralla, ¿Quién entre todas es la más agraciada? -le preguntó una vez más la reina a su espejo.

Aquel rostro fantasmal nuevamente se formó en la refulgente superficie y dijo:

-Vos mi reina eres bella de eso no se puede dudar. Y ahora que la pequeña Aline no existe, lo eres mil veces más. Pero tu belleza no será prolija, os lo puedo asegurar, sino te apresuras en comer el corazón de tu hija, eventualmente alguna otra te destronará.

Complacida con lo escuchado, Donia me arrebató la cubeta con los restos de su hija y me ordenó que me marchara. Supongo que luego buscó el corazón entre aquel amasijo y tras cocinarlo lo devoró aún más iracundamente que los del jabalí con el cual pretendí engañarla.

Me marché a mis aposentos sin saber cuál era el destino que la reina me tenía deparado. ¿Me ordenaría arrestar y torturar para luego clavar mi cabeza en una pica tal como amenazara previamente?, ¿me denunciaría como el asesino de su hija o culparía a los gnomos caníbales, que eran finalmente los verdaderos responsables de la muerte de Aline? De ser así lo más adecuado sería ensillar un corcel y emprender la retirada lo más rápido posible. ¿O acaso Donia perdonaría mi fallo inicial permitiéndome seguir a su servicio?

Pese a lo mucho que me atraía Donia busqué al sleipnir más rápido y abandoné Melimpa. La incertidumbre de cual sería su actitud ante mí tras la muerte de Aline era algo que no podía tolerar.

Huí al sitio donde mejor podría esconderme, las montañas de Kurs, donde me dediqué a la ganadería por largos quince años sin que nadie me molestara. Me casé tres veces y tuve doce hijos pero nunca pude olvidar a Donia.

Entonces, durante uno de los inviernos más crudos que me ha tocado vivir, arribó a mi pueblo Rosenrot y un destacamento de soldados. La reina Donia tenía una nueva misión para mí, si no la aceptaba los soldados matarían a cada habitante del pueblo, incluyendo mi familia. No pude contener la risa, que pronto contagió a todos los míos.

-¿Por qué os reís? -preguntó Rosenrot mostrando aquellos dientes que fulguraban como el sol al mediodía-, ¿por qué os reís montañeses salvajes?

El carcajeo comunitario cesó al oír esas despectivas palabras. Hice una señal al mayor de mis hijos y todos los hombres del pueblo desenfundaron sus khukuris. Teníamos a los estúpidos soldados de Melimpa rodeados y dimos cuenta de ellos antes que los pobres diablos lograran siquiera reaccionar.

-¿Con qué me amenazarás ahora, patético lacayo? -le dije sonriendo al ahora único melimpense con vida.

-Estos soldados no significan nada -arguyó el sirviente-, la reina Donia tiene otros métodos para destruiros, lo sabes bien, cazador.

-¿Hará llover fuego del cielo?, ¿nos transformará en yaks acaso? -dijo desafiante mi primogénito propinándole a Rosenrot una patada en las posaderas que lo arrojó de boca al suelo.

-Quieto, Korvak -dije al mayor de mis retoños-. Debes respeto a los visitantes ilustres.

-Permíteme degollarlo padre -imploró Korvak presionado la hoja de su khukur contra el cuello de Rosenrot-, permíteme matarlo y quedarme con sus dientes.

-¡Ya basta! -le ordené-. Deja al hombre tranquilo. Hay una pregunta que debo hacerle.

Mi primogénito por fin calmó sus ímpetus juveniles y entonces le dije al malogrado sirviente de Donia:

-¿Por qué yo? Ya le fallé a la reina una vez.

-El espejo te indicó a ti como el único capaz de realizar la hazaña -fue la respuesta de Rosenrot.

¡El espejo!, ¡otra vez el maldito espejo poniéndome en singular trance! En todos estos años mi odio por aquel artilugio no había disminuido en absoluto. Y sabía que las amenazas de Rosenrot eran dignas de tener en cuenta. Nada podían los disciplinados ejércitos de Melimpa contra los Kursen, de lo contrario nos habrían invadido hace siglos. Pero las oscuras artes mágicas de Donia perfectamente podrían convertirnos a todos en yaks o hacer llover fuego de las nubes tal y como mi primogénito imaginara. Lo único que podía hacer para proteger a mi gente era recibir las instrucciones de Rosenrot, preparar mi equipaje, enfundar mi khukur, besar a cada uno de mis hijos e hijas, a cada una de sus respectivas madres, y montar el grifón que habían acarreado los súbditos de Donia hasta mi pueblo en una gran jaula.

Ahora bien, los grifones son temibles y muy veloces. En una de mis tantas batallas combatí contra jinetes montados en estas bestias y apenas sobrevivimos cuatro Kursen de quinientos soldados de Melimpa. Era legítimo por lo tanto que dijese a Rosenrot:

-Sólo los más experimentados domadores de Iffen puede montar grifones, ¿cómo podré hacerlo yo?

-Con esto -respondió el lacayo de Donia mostrándome una silla de montar tan dorada como sus dientes-. Es mágica, al ser puesta sobre el lomo de cualquier criatura ésta obedecerá fielmente a su jinete.

-¿Y qué hay del unicornio? -pregunté y es que el trabajo que me habían impuesto consistía justamente en traer a la reina Donia un cuerno de unicornio, la bestia más peligrosa y elusiva que existe, capaz de hacer frente al más fiero de los dragones-. ¿Cómo se supone que podré cortarle al unicornio su cornamenta estando vivo?

Rosenrot abrió una alforja y extrajo una larga cuerda de plata.

-Al contacto de este lazo obedecen todas las bestias de la tierra y el cielo -señaló.

-¡Más objetos mágicos! -exclamé indignado.

-Si prefiere puede dejarlos aquí y emprender su tarea sin ellos -replicó astutamente Rosenrot exhibiendo su maldita dentadura dorada.

-No, necesito toda la ayuda que pueda prestarse. ¿No tendrá por ahí un casco que me haga invisible tal vez?

-Temo que no.

-Con el lazo será suficiente entonces.

Surqué los cielos volando sobre la gran fortaleza nigromante de Ankuz-Traz en las orillas del río Zoj, las selvas de Qualinesti, las montañas de Rang’Shada, el desierto de Lagerkivst, las planicies de Azrith y el ancestral bosque de Alamba hasta llegar finalmente a Isfendarmad, las tierras donde supuestamente moraban los unicornios. Una semana de viaje me había tomado llegar hasta allí, viaje que montado en el más veloz sleipinir habría tomado por lo menos seis meses.
Arribé a las inmediaciones del bosque de Isfendarmand a eso del mediodía por lo que tuve tiempo de almorzar y preparar todo para la noche, porque el cuerno del unicornio debía ser obtenido sólo de noche y a la luz de la luna llena o no serviría de nada. ¿Y cual era el uso que la reina Donia haría de la cornamenta? Rosenrot no me lo dijo, pero de seguro tenía que ver con la magia, la detestable magia que la reina de Melimpa tanto gustaba de practicar en compañía de su nefasto espejo.

La noche me encontró oculto entre unos matorrales aguardando que algún unicornio fuese atraído por el ciervo que previamente había matado. Se dice que pese a ser formidables cazadores, los unicornios no desprecian la carroña, esperaba que fuese cierto.

Durante horas vigilé, siendo a mi vez vigilado por la luna que enorme y redonda colgaba en medio de la oscura bóveda nocturna salpicada de estrellas. Pensé en Aline y su recuerdo hizo que el pecho se me contrajera y aferrara fuertemente el amuleto que la menor de mis hijas me diera para protegerme: una pequeña muñeca atravesada por un colmillo de lobezno.

En ese instante apareció el unicornio. Grácil, esbelto, blanco como la leche. Era un ejemplar adulto a juzgar por la abundante melena y el largo de su cuerno, estaba yo de suerte sin duda.

Mientras el unicornio hundía sus fauces en la carroña me acerqué sigilosamente y sin mayor esfuerzo pude lacearlo con la cuerda mágica.

“Quédate quieto”, le ordené y sin quejarse ni resistirse el animal permitió que cercenara su cornamenta. Otra volvería a crecerle en su lugar, si es que lograba sobrevivir al ataque de sus propios congéneres hasta entonces.

Una vez aserrado el cuerno desaté al ahora inofensivo unicornio y este huyó por entre los verdes del bosque. La primera etapa de mi gesta se había cumplido, pero debía apresurarme a llevar acabo la segunda pues pronto amanecería.

Tal y como Rosenrot me indicara enterré la base del cuerno en la tierra y en cosa de minutos éste comenzó a crecer y brotar como si fuera un árbol. El mítico Árbol de la Quietud cuya procedencia muy pocos conocían y que daba un único fruto que me apresuré a cortar y envolver en una casulla. En ese preciso instante las luces del sol comenzaron a teñir las faldas de la noche y el árbol se pudrió tal y como Rosenrot me señalara.

Monté al grifón y emprendí el viaje a Melimpa donde la reina Donia esperaba por el fruto.

Fui escoltado al igual que todas mis visitas anteriores por Rosenrot a las catacumbas de Donia. Ella me esperaba allí, su belleza seguía intacta, ni un año había osado tocar su rostro.

-Os marchaste sin despediros, cazador.

-Estimé que era lo más conveniente dadas las circunstancias.

-La verdad es que os dejé ir, aunque responsabilizándoos de la violación y muerte de mi hija ante mis súbditos.

-Esperaba algo así.

-¿Traéis con vos lo solicitado?

Extraje de la casulla el fruto y se lo entregué a Donia.

-¿Qué pretendéis hacer con él? -inquirí.

-Comerlo, por supuesto.

-¿Es verdad lo que se dice del fruto del Árbol de la Quietud?

-Sí, la joven que lo coma se transformará en una estatua de mármol y tal como dijo el antiguo alquimista: “el hombre que la contemple perderá todo interés por toda muchacha que hable, respire y se traslade por el espacio”.

-¿Por qué deseáis convertiros en una estatua?

-Mediante las artes arcanas conseguí retrasar mi envejecimiento, pero hube de admitir que eventualmente el tiempo cerraría sus garras sobre mis carnes. No podía vivir con tal perspectiva en mente, anhelaba que mi belleza no se extinguiera jamás. Consulté al espejo y éste me proporcionó la fórmula de un arcano hechizo para conseguir la juventud eterna…

-Hechizo que, obviamente, no resultó.

-Así es, el espejo encierra el alma de un antiguo brujo que está obligado a decir siempre la verdad a su amo, pero haya placer en obviar ciertos detalles importantes, cómo que el corazón de Aline no me serviría si no le dabas muerte tú mismo.

-Así que por eso comisteis el corazón de Aline, era parte del conjuro.

-Sí, y tú lo estropeaste grandísimo bobo. Evité consultar nuevamente al engañoso espejo y busqué una alternativa por mí misma en los libros de nigromancia de todo Melimpa. Finalmente encontré otra fórmula para permanecer eternamente joven: comer el fruto del Árbol de la Quietud. Interrogué al espejo sobre este conjuro y me confirmó su utilidad. También me aseguró que él único capaz de traerme aquella prodigiosa fruta seriáis vos. Cualquier otro fallaría. Y debo decir que no se equivocaba, me serviste bien Cazador, ¿qué recompensa puedo otorgaros?

-Dejar en paz a mi pueblo mientras yo viva será suficiente.

-De acuerdo, ahora márchate.

Me aprestaba a abandonar la habitación cuando escuché a Donia gritar, me di la vuelta y contemplé cómo sus miembros se petrificaban mientras alguien reía. Cuando Rosenrot arribó Donia era una efigie de mármol.

-Finalmente ha obtenido lo que tanto deseaba -comenté al lacayo.

-La eterna juventud de una estatua -replicó éste.

-Supongo que ya no os importará responder algunas preguntas.

-No tiene sentido ocultar nada, preguntad lo que deseéis.

-Aline no era un ser artificial como me asegurara Donia, no era un homúnculo, ¿no es así, Rosenrot?

-Efectivamente, no era un homúnculo. Mi reina la llevó en su vientre y la parió de pie en el bosque. Distéis muerte a una niña de verdad, cazador, no a un simulacro.

-Yo no le maté, fueron los gnomos…

-A estas alturas poco importa a decir verdad -interrumpió Rosenrot-, Aline lleva muchos años muerta y el conjuro no resultó.

-¿Quién era su padre?

-¿Olvidasteis ya aquella noche de celebración tras la derrota del rey Gargan y los rangunes, cazador?, ¿olvidasteis lo mucho que gozaste con aquella mujerzuela en tu miserable tienda de campaña?

-¿Aquella muchacha era… Donia? -dije atónito.

-Sí -confirmó Rosenrot-, era mi reina disfrazada mediante un hechizo de una belleza más mundana, más al alcance de los plebeyos.

-¿Por qué me eligió a mí, a un montañés?

-Me preguntó quién era el guerrero más fuerte y despiadado de nuestros ejércitos, yo a mi vez consulté a los estrategas y todos coinci

-Así es. La reina Donia necesitaba tener una hija para llevar a cabo el hechizo de la eterna juventud, pero sin las dificultades que acarrea para una monarca el procrear. Como ya era por todos conocida su práctica y estudio de las artes arcanas convenció a todo Melimpa que gracias a la magia había logrado autofecundarse.

-Aline era mi hija entonces -logré balbucear apenas.

-Sí, cazador, Aline era tu hija. El conjuro de la juventud eterna proporcionado por el espejo requería que Donia comiera el corazón de su progenie, cosa que hizo, pero lo que el espejo no reveló era que el hechizo no surtiría efecto alguno si el que quitaba la vida de Aline no era su propio padre.

Sentí cómo la furia enrojecía mi rostro, pero mantuve la calma y dije:

-¿Qué harás ahora, fiel Rosenrot?

-Pondré a mi reina en medio de la plaza de Melimpa, para que todos contemplen su belleza -contestó éste.

-¡Oh no!, ¡no lo harás! -dije dando un fuerte empujón con ambas manos a Donia que cayó pesadamente al suelo quebrándose en mil fragmentos. Rosenrot miró con estupor antes de caer también con mi hoja atravesándole la garganta.
Enfundé mi khukur, cogí el espejo envolviéndole en el tapiz purpúreo que usualmente lo ocultaba, di una última mirada de infinito desprecio a los fragmentos de Donia y me marché.

Volé en el grifón hasta las más altas montañas de Kurs arrojando el artilugio mágico contra las rocas. El espejo gritó horriblemente durante su larga y agónica caída, y vaya si lo disfruté.




Noviembre 2006

 
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