A la generación
del 38
Soy un Cazador, mi nombre verdadero
ya no es relevante. Soy lo que en estas tierras se denomina
con cierto desprecio un “montañés”,
nací en el Reino de Kurs; la mitad de mi gente
vive sumida en la pobreza, dedicada principalmente a
la agricultura. Nuestro abrupto suelo ha obstaculizado
la construcción de carreteras y grandes edificaciones
mientras que la escasez de riquezas naturales que explotar
sumada al aislamiento geográfico y una persistente
guerra civil ha impedido que mi reino se desarrolle
como otros. Pero hay algo en que nadie nos supera: la
ferocidad de nuestros guerreros, único recurso
comerciable de Kurs.
Como solía ser el destino de
todo primogénito Kursen, a los nueve años
fui alistado en el ejército de Melimpa, el próspero
reino vecino. Combatí en numerosas batallas;
caí prisionero, fui torturado y estuve a punto
de morir varias veces pero las ansias de regresar a
mi amada tierra me obligaban a vencer los obstáculos
más adversos y seguir adelante.
Los recuerdos de mi última batalla
permanecen frescos en mi memoria como si hubiesen acontecido
ayer. Mientras el ejército de Melimpa intentaba
contener el desembarco en sus playas de la poderosa
armada del rey Gargan, los rangunes de las nebulosas
mesetas noroccidentales aprovecharon la ocasión
e imprevistamente invadieron el reino. Rápidamente
los estrategas melimpenses reunieron a los míos
y montados en veloces corceles sleipnir nos enviaron
a contener a aquellos otros salvajes montañeses,
más “despreciables” aún que
los Kursen. Pese a que éramos cien contra mil
quinientos logramos derrotar a esos salvajes semihumanos
pero no sin sufrir considerables bajas.
Los pocos sobrevivientes del ejército
enemigo huyeron a sus colinas como los cobardes que
eran con nosotros pisándoles los talones. Estábamos
determinados a vengar a los caídos, y no descansar
hasta dar muerte al último rangún con
vida.
Hacia la hora del crepúsculo
logramos rodearlos. Estaban fatigados, heridos y asustados
pero no sentimos piedad por ellos y empuñando
nuestros khukuri nos lanzamos al ataque. Entonces aparecieron
los pájaros blancos. Nadie los vio llegar, en
un abrir y cerrar de ojos los cielos, que estaban limpios
sobre nuestras cabezas, se poblaron de aquellas infaustas
aves.
Eran similares a águilas, pero
más grandes, mucho más grandes. Comenzaron
a descender sobre nosotros y a medida que se acercaban
más lentos se hacían nuestros pasos y
más cansancio sentíamos. Al final volaban
tan bajo que con las puntas de sus alas tocaban las
cabezas de mis compañeros, quienes por doquier
caían dormidos ante el contacto de esas blanquísimas
plumas. Yo intenté escapar, pero una de esas
aves reparó en mí y voló directamente
a mi encuentro. Ya cerca, vi en sus ojos una mirada
familiar, una mirada que acaso había visto en
sueños… entonces el ave tocó mi
rostro y caí dormido.
Cuando despertamos no existía
rastro alguno de los rangunes y menos aún de
los pájaros blancos. Los míos y yo acordamos
ocultar este acontecimiento. Después de todo
nuestra misión había sido cumplida, aves
blancas mediante o no.
Al final de esta campaña la
armada del rey Gargan había sido por completo
repelida y los salvajes rangunes derrotados. Los grandes
señores de Melimpa ofrecieron a todo el ejército,
incluidos los Kursen, un gran banquete con abundante
licor y muchachas para divertirnos. Al día siguiente
desperté sólo en mi tienda, sin la hermosa
chica que tanto placer carnal me entregara en mi estado
de embriaguez. Me despedí de mis compatriotas,
tanto de los que ya estaban liberados del servicio como
de aquellos que debían continuar y regresé
a Kurs sólo para descubrir lo aburrido y miserable
que era el terruño que tanto añorara en
mi ausencia. Desencantado enfundé mi khukuri,
ensillé al yak y emprendí camino de vuelta
a Melimpa.
Como lo único que sabía
hacer era matar y evitar que me matasen y como no poseía
convicciones políticas ni ideológicas
no tuve otra alternativa que convertirme en asesino
a contrato y así transcurrieron varios inviernos.
En cierta ocasión y estando
en la taberna que frecuentaba en mis ratos de ocio,
un tipo que pretendía pasar por plebeyo me invitó
a una cerveza y me dijo en voz baja: “Tengo
un trabajo para vos, acudid a las caballerizas de Grumm
en media hora.”
Acostumbrado a que mis potenciales
empleadores actuaran de forma extraña, terminé
mi cerveza y enfilé a las caballerizas donde
me esperaba el sujeto disfrazado.
-Vos no sois de por aquí, sieur
-le dije al sujeto-. Y sabed, además, que esos
harapos que os visten no esconden vuestro alto linaje.
Tampoco ayudan mucho esos dientes de oro que enseñáis
al hablar.
-Hay tres palabras que provocan la
pérdida total de la dentadura al ser pronunciadas
-dijo sonriendo el extraño-. En mi juventud cometí
la audacia de proferir una de ellas, pero ya ve, no
hay nada que el dinero no pueda comprar. Tal y como
afirma, sieur, no pertenezco a este sucio caserío
sino allá arriba -dijo indicando el cerro donde
se alzaba majestuoso el palacio de Melimpa-, mi nombre
es Rosenrot y soy el mayordomo de la reina Donia. Es
ella quien requiere de sus servicios.
Donia, la mujer más temida de
este lado del mundo, pero también la más
hermosa. Donia, de quien se rumoreaba ser maestra de
las artes ocultas y haber engendrado a su hija sin intervención
de hombre alguno. Donia, sospechosa de haber envenado
a su padre y hermano mayor para acceder al trono. Donia,
de quien me enamoraría perdidamente…
“Pues veamos qué tiene
que ofrecerme la reina de Melimpa”, dije y amparados
por la oscuridad montamos nuestras cabalgaduras y nos
dirigimos hacia el castillo penetrando por una gruta
secreta en las faldas de la colina. Tras recorrer oscuros
túneles y recovecos apenas iluminados por algunas
antorchas nos detuvimos frente a un gran portón
de madera. Ciertamente que este no era el salón
donde la reina recibía a sus visitantes normalmente.
-La reina os aguarda del otro lado
-dijo Rosenrot abriendo la puerta- Yo esperaré
aquí.
Me introduje en las penumbras del habitáculo
y avancé hacia el fogón sobre el cual
pendía un caldero. La puerta se cerró
estrepitosamente a mis espaldas e instintivamente desenfundé
mi khukur y me puse en guardia.
-¿Sentís miedo, cazador?
Porqué de ser así tal vez no seáis
vos la persona que busco.
Su voz hizo que se erizaran todos los
vellos de la nuca. Era melodiosa e insondable, parecía
provenir de otro mundo. Pero aquella sensación
no era nada comparado a lo que experimenté al
contemplar ese hermosísimo rostro que coronaba
un cuerpo moldeado por los dioses. Porque han de saber
que la monarca estaba cubierta tan sólo por una
túnica de la más diáfana seda verde
que haya visto en mi vida.
Yo estaba atónito y sin poder
articular palabra alguna. Donia, conciente del efecto
provocado, se acercó a mí y acariciándome
el mentón hizo la siguiente pregunta:
-¿Te parezco bella?
No podía quedar mudo ante una
nueva interpelación de la reina, por lo que en
un intento por recobrar la compostura le dije:
-Sois vos la mujer más hermosa
que he visto y que jamás veré en toda
mi existencia.
-Sois sincero -dijo retirando de mi
barbilla su delicada mano-, pero no dirías lo
mismo si conocieses a Aline.
-¿Aline? -pregunté-,
¿quién es Aline?
-La hija que tuve por mala idea llamar
a la existencia. Un acto de vanidad que ahora lamento.
-¿Por qué razón,
mi majestad?
-A sus cortos siete años Aline
ya es más hermosa que yo y su belleza no hará
sino incrementarse con el tiempo, opacando cada vez
más la mía. Es por ello que quiero que
la mates.
-¿Matarla? ¿A una niña?
-¿Posees reparos?
-Soy un asesino a sueldo, es verdad.
Me gano la vida arrebatándosela a otros, pero
incluso uno tan despreciable como yo debe tener un código
de principios, y eso incluye no quitarle la vida a un
infante de la misma forma que no se cazan a los cachorros
sino al león adulto.
-Entiendo, pero has de saber que no
es humana como vos o como yo, no del todo al menos.
Es un homúnculo, creada a partir de viejas artes
alquímicas.
-Aún así…
-¿Vas realmente a decirme que
vos, un montañés, un feroz Kursen que
ha servido de soldado para Melimpa y que hoy no duda
en poner su khukur al servicio del mejor postor es incapaz
de matar a una pequeña niña por mí?
Dudé unos segundos, pero luego
dije firme:
-Estoy dispuesto a dar muerte a todos
los niños de Melimpa si vuestra majestad así
lo pide. ¿Cuándo deseáis que dé
cuenta de la niña?, ¿ahora mismo tal vez?
Será más fácil mientras duerme…
-No. Esto ha de realizarse cuidadosamente,
Aline cuenta con el amor de muchos en este palacio que
podrían usar su muerte en mi contra. Hemos de
ir paso a paso. A partir de hoy serás jefe de
la cuadrilla de caza real, al anterior lo mató
hace tres días un jabalí salvaje. Poco
a poco deberéis ganaros la confianza de Aline
hasta que llegue el día señalado…
Una vez que Donia terminó de
enseñarme su plan, abandoné las catacumbas
del castillo y fui escoltado por Rosenrot a mi dormitorio.
Al día siguiente fui presentado como el nuevo
jefe de caza ante el estupor de mis subalternos que
reconocieron en mis ojos rasgados y piel cobriza mi
procedencia Kursen. Sin embargo pronto aprendieron a
temerme y respetarme, admirados ante mi fuerza, brío
y sobretodo, mi habilidad en el manejo del khukur con
el cual degollé numerosos jabalíes, lobos
y aurochs para deleite de la reina Donia a quien sólo
atisbaba de cuando en cuando rodeada de su séquito.
La única que no me temía
era la pequeña Aline, de piel tan blanca como
la nieve y cabellera negra como noche sin luna. Era
tan bella como podía serlo una niña de
su edad, pero su hermosura no podía compararse
con la de Donia, por lo menos no a mi juicio ¿cómo
decir que una semilla es más bella que el árbol?
Las actividades violentas repelían
a Aline pero pude ganarme su confianza llevándola
a cabalgar por los bosquecillos ornamentales del palacio.
Tres meses transcurrieron durante los cuales, y pese
a insistir en ello, nunca pude reunirme nuevamente con
la reina. Incluso llegué a pensar que había
cambiado de parecer, que ya no deseaba la muerte de
su adorable hija lo que para mí era un alivio
ya que me estaba encariñando con Aline, quien
nunca dio indicios de poseer otra naturaleza que no
fuese la de una niña de su edad. Incluso llegué
a convencerme que Donia había mentido al señalarla
como un ser artificial, un “homúnculo”
creado a partir de arcanas fórmulas alquímicas.
Aline era tan humana como yo mismo, de eso no me cabía
duda alguna.
Entonces una noche desperté
y he aquí que se erguía Donia completamente
desnuda. Se acostó junto a mí y nos entregamos
a la dicha del placer carnal. Extenuado tras nuestros
juegos recibí el suave murmullo de Donia en mi
oído antes que se marchara:
-Mañana es el día, cazador.
Me quedé solo en medio de la
oscuridad, agobiado por el peso de la terrible tarea
que debería acometer.
Poco antes del crepúsculo emprendimos
lo que Aline creyó era nuestro paseo habitual
a caballo. Le dije que había algo en el bosque
vecino que quería mostrarle, algo que le gustaría
mucho, y así pude llevármela confiada
a lo más oscuro de la floresta.
Las órdenes de la reina Donia
eran horrendas pero precisas: “lleva a Aline
a un área remota del bosque, degüéllala
y tráeme su corazón como prueba que la
has matado”.
Tras una hora de cabalgata finalmente
reuní el valor suficiente y ordené a la
niña desmontar su caballo mientras desenfundaba
mi khukur. La pequeña me rogó que perdonara
su vida en medio de sollozos que me partían el
alma prometiéndome escapar hacia las siete montañas
para nunca volver. Entonces, por vez primera, sentí
aquella debilidad de carácter que algunos denominan
piedad y la dejé huir pensando que de cualquier
forma los animales salvajes la devorarían pronto.
Camino al castillo encontré un jabato y lo maté
para extraerle el corazón.
Arribé junto con la caída
del sol tras las montañas. Rosenrot me condujo
por aquellos corredores secretos a las catacumbas del
palacio y entregué los órganos del joven
jabalí a Donia esperando que no se percatara
de mi treta. La reina estaba exultante, pidió
que no me marchara y ante mis sorprendidos ojos cocinó
y devoró el corazón tal y como acostumbran
hacer los salvajes rangunes para hacer suya la valentía
del enemigo. Luego de esto Donia se acercó hacia
una de las murallas e hizo a un lado una cortina roja
que cubría un gran espejo ovalado. Entonces dijo
contemplando el bellísimo reflejo de su cuerpo:
-Espejo, espejo en la muralla, ¿Quién
entre todas es la más agraciada?
La superficie del espejo onduló
como lo hace el agua al caer un guijarro en ella para
conformar luego un rostro fantasmagórico. El
espejo, con una horrible y sepulcral voz dijo:
-Vos mi reina eres bella, de eso no
se puede dudar. Pero la pequeña Aline lo es mil
veces más.
-¡Espejo estúpido! ¿Cómo
puedes seguir diciendo lo mismo? ¡Aline está
muerta!, ¡acabo de comerme su corazón!
-El corazón de un cerdo salvaje
es lo que tan diligentemente has devorado, si no me
crees pregunta a tu criado.
-¿Es cierto esto? -preguntó
Donia volteándose hacia mí.
-Lo es, mi reina -admití culpable.
Donia me propinó una fuerte
bofetada, se sentó a llorar y entre sus gimoteos
decía: “¿por qué, por qué
me desobedeces después de todo lo que yo he hecho
por ti, después de haberte recibido en mi palacio
y haberte invitado a gozar de mi cuerpo?”
-Pero reina, la niña morirá
tarde o temprano -argumenté en un intento por
calmarla-, en el bosque habitan todo tipos de bestias.
De seguro los lobos darán cuenta de ella.
-¡Pues debes asegurarte que así
sea! -exclamó Donia levantando el rostro de entre
sus albas manos-. Ve inmediatamente al bosque y búscala,
a ella o su cadáver. Si no regresas con su corazón
tu cabeza penderá de una pica en la plaza pero
antes ordenaré que seas torturado y despellejado
vivo muy lentamente.
Sus amenazas no me amedrentaron por
cierto, las obscenas caricias de la tortura ya habían
profanado innumerables veces mi cuerpo. Pero sin embargo
me sentía terriblemente culpable por haberle
mentido y fallado a esa pérfida pero deliciosa
mujer.
Regresé hasta el sitio donde
había abandonado a Aline montado en un sleipnir.
Pese a que era de noche y tras atar al corcel a un fresno,
continué la búsqueda a pie, rastreando
torpemente las huellas de la niña auxiliado por
una antorcha que amenazaba en cualquier momento con
apagarse. Finalmente me di por vencido y dormí
junto a un roble. Apenas despuntó el alba reanudé
mi búsqueda.
¡Cómo iba yo a imaginar
que la reina poseía un espejo mágico!
De haberlo sabido jamás habría considerado
engañarla. Pero más que mis mentiras lo
que me preocupaba era la importancia que Donia otorgaba
a los comentarios de ese espejo que parecía ser
su otro-yo, ¿era omnisciente acaso? Tal vez,
aunque de ser así podría haberme dicho
donde encontrar a la pequeña Aline. No, aún
sabiéndolo de seguro no lo habría dicho,
su voz denotaba cierta displicencia y arrogancia. ¿Se
trataría acaso de un hechicero sometido a alguna
clase de conjuro o era un objeto creado por los antiguos
alquimistas que erigieron el palacio de Melimpa? Fuese
lo que fuese sentía celos de él, de ese
rostro fantasmagórico al que Donia tanto caso
hacía.
En aquellas contemplaciones me encontraba
cuando algo me golpeó fuertemente la cabeza y
perdí el conocimiento.
Desperté al interior de una
oscura caverna, atado de pies y manos. Una fogata iluminaba
tenuemente las paredes cubiertas de extraños
símbolos y burdas representaciones de animales.
A medida que mi visión se adaptaba a la penumbra
pude distinguir pequeños muebles de madera, algunos
taburetes alrededor de una mesa baja y sobre la mesa,
¡el cuerpo sin vida de Aline!
Los antropófagos habían
abierto a la pobre niña como a una ternera y
en una vasija metálica estaban depositados sus
interiores. Por lo visto pretendían hacer lo
mismo conmigo. Eran siete, de una estatura poco menor
a la de Aline. Lucían espesas barbas rubicundas
y tatuajes que cubrían por completo sus pequeños
y rechonchos cuerpos. Tenían un aspecto bestial
y por lo visto mucha hambre. El que parecía el
líder o acaso el cocinero, se acercó a
mí empuñando mi propio khurkur. No hay
peor afrenta para un Kursen que morir de tal forma ya
que los dioses cierran las puertas del Gran Palacio
de los Guerreros Inmortales a quienes sean tan torpes
como para entregar su hoja a manos enemigas. La inminente
posibilidad de quedar fuera del Divino Banquete Eterno
y la visión del pequeño cuerpo desnudo
y ultrajado de Aline me colmó de rabia. Tal vez
estaba atado, pero no indefenso y cuando el salvaje
estuvo cerca le propiné un fuerte cabezazo que
le hundió el tabique nasal en el cerebro. Muerte
instantánea para él y un fuerte dolor
de cabeza para mí.
Alcancé como pude el khurkur
y rápidamente rompí mis ataduras dando
cuenta de todos y cada uno de aquellos abominables seres.
Cogiendo un leño encendido de la hoguera le prendí
fuego a sus miserables pertenencias, cogí el
cubo que contenía los interiores de Aline y penosamente
emergí de aquella húmeda y oscura gruta
al calor del mediodía.
De un silbido llamé al sleipnir
y esperé sentado en una roca su arribo. Antes
que cayera la tarde estaba de vuelta en los aposentos
secretos de Donia.
-Espejo, espejo en la muralla, ¿Quién
entre todas es la más agraciada? -le preguntó
una vez más la reina a su espejo.
Aquel rostro fantasmal nuevamente se
formó en la refulgente superficie y dijo:
-Vos mi reina eres bella de eso no
se puede dudar. Y ahora que la pequeña Aline
no existe, lo eres mil veces más. Pero tu belleza
no será prolija, os lo puedo asegurar, sino te
apresuras en comer el corazón de tu hija, eventualmente
alguna otra te destronará.
Complacida con lo escuchado, Donia
me arrebató la cubeta con los restos de su hija
y me ordenó que me marchara. Supongo que luego
buscó el corazón entre aquel amasijo y
tras cocinarlo lo devoró aún más
iracundamente que los del jabalí con el cual
pretendí engañarla.
Me marché a mis aposentos sin
saber cuál era el destino que la reina me tenía
deparado. ¿Me ordenaría arrestar y torturar
para luego clavar mi cabeza en una pica tal como amenazara
previamente?, ¿me denunciaría como el
asesino de su hija o culparía a los gnomos caníbales,
que eran finalmente los verdaderos responsables de la
muerte de Aline? De ser así lo más adecuado
sería ensillar un corcel y emprender la retirada
lo más rápido posible. ¿O acaso
Donia perdonaría mi fallo inicial permitiéndome
seguir a su servicio?
Pese a lo mucho que me atraía
Donia busqué al sleipnir más rápido
y abandoné Melimpa. La incertidumbre de cual
sería su actitud ante mí tras la muerte
de Aline era algo que no podía tolerar.
Huí al sitio donde mejor podría
esconderme, las montañas de Kurs, donde me dediqué
a la ganadería por largos quince años
sin que nadie me molestara. Me casé tres veces
y tuve doce hijos pero nunca pude olvidar a Donia.
Entonces, durante uno de los inviernos
más crudos que me ha tocado vivir, arribó
a mi pueblo Rosenrot y un destacamento de soldados.
La reina Donia tenía una nueva misión
para mí, si no la aceptaba los soldados matarían
a cada habitante del pueblo, incluyendo mi familia.
No pude contener la risa, que pronto contagió
a todos los míos.
-¿Por qué os reís?
-preguntó Rosenrot mostrando aquellos dientes
que fulguraban como el sol al mediodía-, ¿por
qué os reís montañeses salvajes?
El carcajeo comunitario cesó
al oír esas despectivas palabras. Hice una señal
al mayor de mis hijos y todos los hombres del pueblo
desenfundaron sus khukuris. Teníamos a los estúpidos
soldados de Melimpa rodeados y dimos cuenta de ellos
antes que los pobres diablos lograran siquiera reaccionar.
-¿Con qué me amenazarás
ahora, patético lacayo? -le dije sonriendo al
ahora único melimpense con vida.
-Estos soldados no significan nada
-arguyó el sirviente-, la reina Donia tiene otros
métodos para destruiros, lo sabes bien, cazador.
-¿Hará llover fuego del
cielo?, ¿nos transformará en yaks acaso?
-dijo desafiante mi primogénito propinándole
a Rosenrot una patada en las posaderas que lo arrojó
de boca al suelo.
-Quieto, Korvak -dije al mayor de mis
retoños-. Debes respeto a los visitantes ilustres.
-Permíteme degollarlo padre
-imploró Korvak presionado la hoja de su khukur
contra el cuello de Rosenrot-, permíteme matarlo
y quedarme con sus dientes.
-¡Ya basta! -le ordené-.
Deja al hombre tranquilo. Hay una pregunta que debo
hacerle.
Mi primogénito por fin calmó
sus ímpetus juveniles y entonces le dije al malogrado
sirviente de Donia:
-¿Por qué yo? Ya le fallé
a la reina una vez.
-El espejo te indicó a ti como
el único capaz de realizar la hazaña -fue
la respuesta de Rosenrot.
¡El espejo!, ¡otra vez
el maldito espejo poniéndome en singular trance!
En todos estos años mi odio por aquel artilugio
no había disminuido en absoluto. Y sabía
que las amenazas de Rosenrot eran dignas de tener en
cuenta. Nada podían los disciplinados ejércitos
de Melimpa contra los Kursen, de lo contrario nos habrían
invadido hace siglos. Pero las oscuras artes mágicas
de Donia perfectamente podrían convertirnos a
todos en yaks o hacer llover fuego de las nubes tal
y como mi primogénito imaginara. Lo único
que podía hacer para proteger a mi gente era
recibir las instrucciones de Rosenrot, preparar mi equipaje,
enfundar mi khukur, besar a cada uno de mis hijos e
hijas, a cada una de sus respectivas madres, y montar
el grifón que habían acarreado los súbditos
de Donia hasta mi pueblo en una gran jaula.
Ahora bien, los grifones son temibles
y muy veloces. En una de mis tantas batallas combatí
contra jinetes montados en estas bestias y apenas sobrevivimos
cuatro Kursen de quinientos soldados de Melimpa. Era
legítimo por lo tanto que dijese a Rosenrot:
-Sólo los más experimentados
domadores de Iffen puede montar grifones, ¿cómo
podré hacerlo yo?
-Con esto -respondió el lacayo
de Donia mostrándome una silla de montar tan
dorada como sus dientes-. Es mágica, al ser puesta
sobre el lomo de cualquier criatura ésta obedecerá
fielmente a su jinete.
-¿Y qué hay del unicornio?
-pregunté y es que el trabajo que me habían
impuesto consistía justamente en traer a la reina
Donia un cuerno de unicornio, la bestia más peligrosa
y elusiva que existe, capaz de hacer frente al más
fiero de los dragones-. ¿Cómo se supone
que podré cortarle al unicornio su cornamenta
estando vivo?
Rosenrot abrió una alforja y
extrajo una larga cuerda de plata.
-Al contacto de este lazo obedecen
todas las bestias de la tierra y el cielo -señaló.
-¡Más objetos mágicos!
-exclamé indignado.
-Si prefiere puede dejarlos aquí
y emprender su tarea sin ellos -replicó astutamente
Rosenrot exhibiendo su maldita dentadura dorada.
-No, necesito toda la ayuda que pueda
prestarse. ¿No tendrá por ahí un
casco que me haga invisible tal vez?
-Temo que no.
-Con el lazo será suficiente
entonces.
Surqué los cielos volando sobre
la gran fortaleza nigromante de Ankuz-Traz en las orillas
del río Zoj, las selvas de Qualinesti, las montañas
de Rang’Shada, el desierto de Lagerkivst, las
planicies de Azrith y el ancestral bosque de Alamba
hasta llegar finalmente a Isfendarmad, las tierras donde
supuestamente moraban los unicornios. Una semana de
viaje me había tomado llegar hasta allí,
viaje que montado en el más veloz sleipinir habría
tomado por lo menos seis meses.
Arribé a las inmediaciones del bosque de Isfendarmand
a eso del mediodía por lo que tuve tiempo de
almorzar y preparar todo para la noche, porque el cuerno
del unicornio debía ser obtenido sólo
de noche y a la luz de la luna llena o no serviría
de nada. ¿Y cual era el uso que la reina Donia
haría de la cornamenta? Rosenrot no me lo dijo,
pero de seguro tenía que ver con la magia, la
detestable magia que la reina de Melimpa tanto gustaba
de practicar en compañía de su nefasto
espejo.
La noche me encontró oculto
entre unos matorrales aguardando que algún unicornio
fuese atraído por el ciervo que previamente había
matado. Se dice que pese a ser formidables cazadores,
los unicornios no desprecian la carroña, esperaba
que fuese cierto.
Durante horas vigilé, siendo
a mi vez vigilado por la luna que enorme y redonda colgaba
en medio de la oscura bóveda nocturna salpicada
de estrellas. Pensé en Aline y su recuerdo hizo
que el pecho se me contrajera y aferrara fuertemente
el amuleto que la menor de mis hijas me diera para protegerme:
una pequeña muñeca atravesada por un colmillo
de lobezno.
En ese instante apareció el
unicornio. Grácil, esbelto, blanco como la leche.
Era un ejemplar adulto a juzgar por la abundante melena
y el largo de su cuerno, estaba yo de suerte sin duda.
Mientras el unicornio hundía
sus fauces en la carroña me acerqué sigilosamente
y sin mayor esfuerzo pude lacearlo con la cuerda mágica.
“Quédate quieto”,
le ordené y sin quejarse ni resistirse el animal
permitió que cercenara su cornamenta. Otra volvería
a crecerle en su lugar, si es que lograba sobrevivir
al ataque de sus propios congéneres hasta entonces.
Una vez aserrado el cuerno desaté
al ahora inofensivo unicornio y este huyó por
entre los verdes del bosque. La primera etapa de mi
gesta se había cumplido, pero debía apresurarme
a llevar acabo la segunda pues pronto amanecería.
Tal y como Rosenrot me indicara enterré
la base del cuerno en la tierra y en cosa de minutos
éste comenzó a crecer y brotar como si
fuera un árbol. El mítico Árbol
de la Quietud cuya procedencia muy pocos conocían
y que daba un único fruto que me apresuré
a cortar y envolver en una casulla. En ese preciso instante
las luces del sol comenzaron a teñir las faldas
de la noche y el árbol se pudrió tal y
como Rosenrot me señalara.
Monté al grifón y emprendí
el viaje a Melimpa donde la reina Donia esperaba por
el fruto.
Fui escoltado al igual que todas mis
visitas anteriores por Rosenrot a las catacumbas de
Donia. Ella me esperaba allí, su belleza seguía
intacta, ni un año había osado tocar su
rostro.
-Os marchaste sin despediros, cazador.
-Estimé que era lo más
conveniente dadas las circunstancias.
-La verdad es que os dejé ir,
aunque responsabilizándoos de la violación
y muerte de mi hija ante mis súbditos.
-Esperaba algo así.
-¿Traéis con vos lo solicitado?
Extraje de la casulla el fruto y se
lo entregué a Donia.
-¿Qué pretendéis
hacer con él? -inquirí.
-Comerlo, por supuesto.
-¿Es verdad lo que se dice del
fruto del Árbol de la Quietud?
-Sí, la joven que lo coma se
transformará en una estatua de mármol
y tal como dijo el antiguo alquimista: “el
hombre que la contemple perderá todo interés
por toda muchacha que hable, respire y se traslade por
el espacio”.
-¿Por qué deseáis
convertiros en una estatua?
-Mediante las artes arcanas conseguí
retrasar mi envejecimiento, pero hube de admitir que
eventualmente el tiempo cerraría sus garras sobre
mis carnes. No podía vivir con tal perspectiva
en mente, anhelaba que mi belleza no se extinguiera
jamás. Consulté al espejo y éste
me proporcionó la fórmula de un arcano
hechizo para conseguir la juventud eterna…
-Hechizo que, obviamente, no resultó.
-Así es, el espejo encierra
el alma de un antiguo brujo que está obligado
a decir siempre la verdad a su amo, pero haya placer
en obviar ciertos detalles importantes, cómo
que el corazón de Aline no me serviría
si no le dabas muerte tú mismo.
-Así que por eso comisteis el
corazón de Aline, era parte del conjuro.
-Sí, y tú lo estropeaste
grandísimo bobo. Evité consultar nuevamente
al engañoso espejo y busqué una alternativa
por mí misma en los libros de nigromancia de
todo Melimpa. Finalmente encontré otra fórmula
para permanecer eternamente joven: comer el fruto del
Árbol de la Quietud. Interrogué al espejo
sobre este conjuro y me confirmó su utilidad.
También me aseguró que él único
capaz de traerme aquella prodigiosa fruta seriáis
vos. Cualquier otro fallaría. Y debo decir que
no se equivocaba, me serviste bien Cazador, ¿qué
recompensa puedo otorgaros?
-Dejar en paz a mi pueblo mientras
yo viva será suficiente.
-De acuerdo, ahora márchate.
Me aprestaba a abandonar la habitación
cuando escuché a Donia gritar, me di la vuelta
y contemplé cómo sus miembros se petrificaban
mientras alguien reía. Cuando Rosenrot arribó
Donia era una efigie de mármol.
-Finalmente ha obtenido lo que tanto
deseaba -comenté al lacayo.
-La eterna juventud de una estatua
-replicó éste.
-Supongo que ya no os importará
responder algunas preguntas.
-No tiene sentido ocultar nada, preguntad
lo que deseéis.
-Aline no era un ser artificial como
me asegurara Donia, no era un homúnculo, ¿no
es así, Rosenrot?
-Efectivamente, no era un homúnculo.
Mi reina la llevó en su vientre y la parió
de pie en el bosque. Distéis muerte a una niña
de verdad, cazador, no a un simulacro.
-Yo no le maté, fueron los gnomos…
-A estas alturas poco importa a decir
verdad -interrumpió Rosenrot-, Aline lleva muchos
años muerta y el conjuro no resultó.
-¿Quién era su padre?
-¿Olvidasteis ya aquella noche
de celebración tras la derrota del rey Gargan
y los rangunes, cazador?, ¿olvidasteis lo mucho
que gozaste con aquella mujerzuela en tu miserable tienda
de campaña?
-¿Aquella muchacha era…
Donia? -dije atónito.
-Sí -confirmó Rosenrot-,
era mi reina disfrazada mediante un hechizo de una belleza
más mundana, más al alcance de los plebeyos.
-¿Por qué me eligió
a mí, a un montañés?
-Me preguntó quién era
el guerrero más fuerte y despiadado de nuestros
ejércitos, yo a mi vez consulté a los
estrategas y todos coinci
-Así es. La reina Donia necesitaba
tener una hija para llevar a cabo el hechizo de la eterna
juventud, pero sin las dificultades que acarrea para
una monarca el procrear. Como ya era por todos conocida
su práctica y estudio de las artes arcanas convenció
a todo Melimpa que gracias a la magia había logrado
autofecundarse.
-Aline era mi hija entonces -logré
balbucear apenas.
-Sí, cazador, Aline era tu hija.
El conjuro de la juventud eterna proporcionado por el
espejo requería que Donia comiera el corazón
de su progenie, cosa que hizo, pero lo que el espejo
no reveló era que el hechizo no surtiría
efecto alguno si el que quitaba la vida de Aline no
era su propio padre.
Sentí cómo la furia enrojecía
mi rostro, pero mantuve la calma y dije:
-¿Qué harás ahora,
fiel Rosenrot?
-Pondré a mi reina en medio
de la plaza de Melimpa, para que todos contemplen su
belleza -contestó éste.
-¡Oh no!, ¡no lo harás!
-dije dando un fuerte empujón con ambas manos
a Donia que cayó pesadamente al suelo quebrándose
en mil fragmentos. Rosenrot miró con estupor
antes de caer también con mi hoja atravesándole
la garganta.
Enfundé mi khukur, cogí el espejo envolviéndole
en el tapiz purpúreo que usualmente lo ocultaba,
di una última mirada de infinito desprecio a
los fragmentos de Donia y me marché.
Volé en el grifón hasta
las más altas montañas de Kurs arrojando
el artilugio mágico contra las rocas. El espejo
gritó horriblemente durante su larga y agónica
caída, y vaya si lo disfruté.
Noviembre 2006
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