| A estas alturas, ya
nadie recuerda cuándo llegó.
De hecho, ni siquiera se le vio llegar.
No hubo ningún movimiento desacostumbrado en el vecindario.
No se oyó ruido de mudanza. Nadie fue capaz de percibir
el menor signo que delatase el traslado. Una noche,
según se dijo entonces, se presentó en casa del administrador
con unos papeles que demostraban su identidad como inquilino
del ático.
Eso fue todo.
Desde entonces vive ahí arriba, encerrado.
Por el día no sale. Nadie le ha visto
afuera, en la calle. Tampoco hace ruido, lo que es de
agradecer en una comunidad tranquila como la nuestra.
El día primero de cada mes, al anochecer,
baja silenciosamente al entresuelo, donde vive el administrador,
y abona los gastos correspondientes. Si se cruza con
alguien en la escalera, saluda con aparente amabilidad,
pero sin efusión alguna. No entabla conversaciones.
No mira de frente.
Los que le han visto, aseguran que
parece desaseado y hosco. Desde su llegada, se ha especulado
mucho sobre él. Su identidad, su ocupación, el encierro
voluntario a que se somete, son cosas que nos preocupan
y de las que a menudo hemos hablado en voz baja. La
falta de una mujer en la casa, la incomunicación, nos
hacen sospechar que se trata de un joven amargado por
algún desventurado lance amoroso.
Sin embargo, hay cuestiones que no
somos capaces de explicarnos y que nos tienen desconcertados:
¿Quién limpia la casa? ¿Quién se ocupa de hacer la compra?
¿Quién cocina para él? ¿Acaso es uno de esos jóvenes
modernos, autosuficientes, que son capaces de cuidar
de sí mismos? Pero en ese caso, ¿por qué nadie le ha
visto en el supermercado, o en la frutería? ¿Cómo es
que no se ha cruzado con algún vecino en el trayecto
hacia la tienda de periódicos? ¿Quizá no desea ser visto
y sale con sigilo evitando las miradas indiscretas?
¿Tal vez recibe visitas que se nos escapan?
Según la versión de algunas vecinas,
es joven y, en cierto modo, algo atractivo. Sin embargo,
no hay constancia de que haya sido visitado por ninguna
muchacha en todo este tiempo. Tampoco recibe correspondencia,
a juzgar por los comentarios que se escuchan en el patio.
Lo cierto es que, a pesar de que no
molesta en absoluto, su presencia resulta un tanto inquietante.
No se ha integrado en la comunidad y eso no deja de
resultar, cuando menos, algo irritante. Nada sabemos
de su vida ni parece que esto haya de cambiar en el
futuro. Con el tiempo, no obstante, hemos ido acostumbrándonos
a su presencia, que ahora apenas percibimos.
2
María termina su vaso de licor, limpia
sus labios con una servilleta de papel y coge la cazadora.
Alegando una naciente jaqueca, se despide de algunas
amigas y sale del oscuro pub.
Afuera se ha levantado una suave brisa
fresca, por lo que la joven se apresura a abrigarse.
La breve minifalda, sin embargo, contribuye a aumentar
la sensación de frío.
Camina mecánicamente, siguiendo la
ruta que tantas noches la ha conducido desde el local
hasta su casa, hasta el blanco descanso de las sábanas.
Primero la avenida iluminada; luego el corto trayecto
junto al parque, el callejón de los gatos, que desemboca
en la plaza y la entrada a la urbanización. Pura rutina.
Podría hacer el camino con los ojos cerrados.
Pero hoy hay un cambio. Al entrar en
el callejón le ha parecido oír ruido de pasos. Se detiene
y se vuelve. Otea la oscuridad: Nadie.
Reanuda su apresurada marcha. De nuevo
el rumor de pasos a su espalda. Se gira bruscamente.
A pocos metros, un hombre se acerca. A pesar de la escasa
iluminación, lo reconoce: Es un tipo grande, un poco
calvo, cliente habitual del pub. Pertenece a un grupo
de motoristas cuyo nombre no logra recordar en ese momento
de intranquilidad. Lo que no se le ha olvidado es que
esa misma noche, apenas un par de horas antes, se había
negado a bailar con él. Ese pensamiento logra asustarla.
Sabe que tienen fama de vengativos, crueles y rudos.
El tipo la había seguido, eso estaba
claro. Sus intenciones no podían ser buenas. La chica
se da la vuelta y echa a andar en dirección a la plaza,
pero no puede llegar a la esquina iluminada. El tosco
individuo, al verse descubierto, corre hasta alcanzarla.
No pronuncia palabra alguna. Sólo la toma por los hombros,
la hace girarse y estampa su boca contra la de ella
evitando así el grito apenas insinuado. Sus manos, mientras,
recorren el cuerpo de la muchacha que, desesperada,
trata de zafarse del indeseado abrazo. Él la arrincona
contra la pared, abre la cremallera de la cazadora,
rasga la blusa y pellizca sus pechos. Ella, impotente
ante los poderosos brazos que la sujetan firmemente
contra el muro, llora sin control sabiendo lo que va
a ocurrir, sabiendo que ocurre muchas veces cada noche
y que nadie va a evitarlo. Siente la mano que hurga
entre sus piernas y arranca sin contemplación alguna
la última defensa. Nota el basto dedo que trata de introducirse
en su interior, los dientes que muerden sus labios,
la presión del pesado cuerpo que la aplasta, el fétido
aliento del violador. Le falta oxígeno, advierte que
la consciencia empieza a abandonarla.
Entonces, todo sucede muy deprisa.
Hay como una sombra. Un leve siseo rasga el aire. María
percibe, de repente, que el peso que la oprimía ha desaparecido.
Frente a ella, el tipo que trataba de violarla está
en el suelo, tumbado, inerte. Acuclillado sobre él,
otro individuo, vestido de negro, parece estar buscando
algo entre las ropas del vencido. Cuando levanta la
cabeza y la mira, María siente un violento escalofrío.
Intuye que esos ojos no son humanos. No quiere seguir
viviendo esa pesadilla. Se abandona a las sombras de
la inconsciencia.
Cuando despierta, ambos han desaparecido.
Un sabor horrible llena su boca, se siente como flotando
en un líquido viscoso. María querría creer que todo
ha sido un mal sueño provocado por la leve borrachera,
pero algo en el aire le dice que su misterioso salvador
aún está cerca, y que es muy peligroso. Echa a correr
hacia su casa sin dejar de llorar.
Desde la penumbra de un zaguán, alguien
la contempla, la sigue con la vista hasta que penetra
en la moderna urbanización. Después, el hombre vestido
de negro levanta el vuelo y se posa en silencio sobre
el tejado más cercano, cual milenaria gárgola vigilante.
Más tarde, antes de que empiece a clarear, planeará
sobre los tejados, sobrevolará el río y se introducirá
por una ventana tras la que le espera el reposo.
3
En la casa no penetra la luz. Todas
las persianas están bajas; las ventanas, cubiertas con
gruesos cortinajes. En la cama, hay un hombre tumbado,
despierto. No ha podido dormir ni un solo minuto desde
que regresó. Una sólida sombra planea sobre su ánimo.
La noche pasada ha vuelto a sentir la fiebre.
Sí. Al ver las bonitas piernas de la
muchacha, sus labios rojos, sus ojos espantados, el
pelo desordenado cayendo sobre sus hombros desnudos…
Mas la fiebre es siempre peligrosa y él no desea dañar
más inocentes.
No va a negar que en el pasado probó
el dulce néctar de la sangre adolescente. Cierto que
era delicioso verlas sometidas a su capricho, sentir
las caricias previas, notar en la mirada sumisa el deseo
de ser poseídas...
Pero eso sucedió hace muchos años.
Tantos que al hombre que ahora yace acostado sobre la
blanda superficie del raído colchón se le escapa el
número.
"¿Qué importa?" piensa "Unos
años más o menos ¿qué significan para quien tiene ante
sí la vacuidad inmensa de la eternidad? Una noche sigue
a otra noche. Una estación tras otra, yo permanezco.
Generaciones enteras nacen y desaparecen de la faz de
la tierra, mientras yo les veo pasar sin pena ni gloria.
Contemplo su ir y venir, su lento deambular por las
calles de lo cotidiano, su infeliz periplo limitado
por el paso del tiempo. Pero puedo percibir, a veces,
en ese desmoronado caos que constituye su pequeño mundo,
un deje de esperanza, un ansia de futuros por vivir,
de planetas por descubrir. Tal cosa carece de sentido
para mí. Sólo existe el ciclo interminable de las noches
pasadas, de las que han de venir..."
Se incorpora y consulta el reloj. Todavía
falta mucho para que anochezca, para que llegue el indeseado
momento de recomenzar el acecho, la caza, el vasto sentimiento
de culpabilidad. Vuelve a pensar en la chica de la noche
pasada y algo se alborota en su interior.
Quizá, quizá le gustaría volver a verla.
Sería tan sencillo acercarse a ella, penetrarla con
su aguda mirada, llevársela al oscuro ático, sorber
la sangre joven hasta el final, convertirla en su compañera...
"¿Y después?" Demasiado bien
lo sabía. Un tiempo de convivencia, de compartir las
presas, de dormitar al amparo de la luz; y más tarde,
tras las primeras lunas, el tedio, el inevitable alejamiento.
Cierto que siempre podía apelar al último recurso: Al
fin y al cabo, ellas eran sus esclavas. Pero no hay
que engañarse a este respecto: Después de trescientos
años de vuelos nocturnos, ¿a quién podría interesarle
tener una esclava? Nada tan vano, nada tan insulso como
el poder absoluto.
"Esas cosas" recuerda "me
divertían al principio. Era tan excitante sentir cómo
todo se plegaba a mis deseos. Obtener cuanto deseara,
ser el amo de todo lo que me rodeaba, rendir multitudes
con un simple gesto, dominar a los hombres más valerosos
sin esfuerzo, seducir a las mujeres más hermosas, clavar
mis colmillos en los perfumados cuellos anhelantes y
sorber la cálida sangre con la avidez propia de la juventud...
Hoy todo eso me resulta banal y hasta insoportable.
¡Se ha repetido tantas veces!"
Por eso, en los últimos tiempos, se
abstiene de atacar jovencitas. Sus colmillos no rasgan
más carne que la de los perros sin dueño y la de algún
mendigo, cuya falta no será denunciada, cuya muerte
es casi un consuelo. La experiencia de la noche anterior,
sin embargo, le ha hecho pensar: Por una vez, ha podido
ver la otra cara de la dura realidad que le circunda.
No ignora que actuó sin pensar, dejándose llevar por
un extraño instinto que le empujó a proteger a la muchacha
que estaba siendo violada. Pero cree haber descubierto
un sentimiento nuevo. Y le gustó.
4
Durante el día no abre la puerta.
A menudo suelen venir por aquí vendedores
de libros, testigos de Jehová, agentes de seguros...
Él nunca responde a las insistentes llamadas. Podría
ser, argumentan los más prudentes, que estuviese trabajando
y no deseara ser molestado.
Solamente alguna vez, ya de noche,
se ha oído abrirse la puerta del ático. Es un tipo muy
raro. En ocasiones nos hemos preguntado si podría tratarse
de un terrorista, pero carecemos de cualquier clase
de prueba que pudiera respaldar semejante afirmación.
La mera sospecha resulta, si lo miramos bien, bastante
inestable, ya que los terroristas, según se sabe, procuran
pasar desapercibidos. Tal no es la actitud de nuestro
vecino. Su mismo aislamiento, su extraño comportamiento,
se convierten en señales que nadie podría dejar de percibir.
Nada más llamativo que su intimidad inviolada; nada
más indiscreto que el secreto que rodea su presencia.
Cuentan que nunca se ha visto ropa
tendida ante sus ventanas, que, por otra parte, siempre
están defendidas por las persianas, siempre bajas, como
si la presencia de la luz le resultase molesta por algún
motivo que no podemos siquiera imaginar.
Se ignoran sus hábitos. Por su aspecto,
diríase que es bebedor. Su extremada palidez puede llevarnos
a pensar que padece anemia o algún tipo de afección
hepática. Algunos nos inclinamos por lo primero, ya
que no se le ha visto salir por la noche, ni regresar
borracho. Es un hecho probado que los ebrios no pueden
evitar que su presencia sea inmediatamente detectada,
a causa de los inevitables ruidos que su paso despierta
en las cosas inanimadas.
No creemos que fume. Al menos, así
lo afirman quienes han tenido oportunidad de acercarse
a su puerta, certificando la total ausencia de olor
a tabaco. En cierto modo, reconforta saberle libre de
este vicio.
Hay quien le admira por su independencia.
De alguna manera, creo que todos admiramos un poco esa
forma suya de huir de toda convención, que envidiamos
su concienzudo y voluntario aislamiento que, a veces,
nos gustaría poder compartir o imitar.
5
Medio adormecido, el inquilino oye
la música proveniente del piso inferior. Distingue vagamente
las palabras "…envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro… Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma: Envejecer, morir, es
el único argumento de la obra" 1...
No puede evitar una amarga sonrisa. Envejecer, morir…
¡quién pudiera!
El sonido cadencioso que asciende hasta
él, las vagas reflexiones que suscita la canción, por
fin consiguen que el cansancio le conduzca al sueño
profundo de los que no desean despertar.
6
Durante toda la mañana, en contra de
lo acostumbrado, se han estado oyendo ruidos en el ático.
Pasos, leves golpes, rumores casi inaudibles.
Como si un animal enjaulado pululase
por toda la casa en busca de una salida que no existe.
Parece que ha vuelto la calma, pero,
por primera vez desde que habita entre nosotros, el
inquilino ha dado muestras palpables de su presencia.
Se ha comportado, si lo miramos bien, del mismo modo
que lo hubiera hecho cualquier otra persona sometida
a ese encierro, que ahora ya no parece tan voluntario.
7
Por fin anochece. El inquilino del
ático se despereza. Intermitente, el sueño ha dejado
en él una sensación de cansancio que le agarrota los
miembros.
Se asoma a la ventana y contempla los
tejados cercanos. Algunos gatos deambulan por ellos,
sin prisa. Abajo, la calle resuena. Automóviles, risas,
murmullo de voces, música en alguna parte.
Echa de menos el tiempo en que aún
podía participar de todo ello. Se pregunta, por enésima
vez, qué hace ahí, qué está esperando, a qué viene ese
merodear nocturno que no le proporciona el menor placer.
Imprecisamente, sospecha que su espera
puede tener algún propósito que le está vedado conocer.
Pero es ya demasiado tiempo y está cansado. Acaso desearía
que llegase el fin…
Recuerda las palabras de la gitana,
en otra época, en otro lugar: "Ha de llegar el día"
había dicho "en que halles tu camino". Aun ahora no
se veía capaz de discernir el significado de esa frase.
"Porque no tienes sombra" había seguido
la gitana "los hombres te temen. Pero ese día que te
espera en el futuro, cuando conozcas el sabor de la
redención, habrá uno que no tendrá miedo, puesto que
sabrá. Entonces, todas esas dudas que ahora te atormentan,
cesarán. Tu espíritu conocerá la paz y vislumbrarás
la luz del mañana sin amargura, sin angustia, sereno".
Recuerda también que eso fue hace mucho.
Si a su edad aún fuese posible distinguir el bien y
el mal, tal vez se abriera paso en su pecho un atisbo
de remordimiento, pero sólo acierta a evocar la resignada
entrega de la muchacha y el sabor, levemente amargo,
de su sangre.
Cuando las calles empiezan a vaciarse,
cuando los ruidos amainan, se eleva sobre la ciudad
y otea la inmensidad oscura ansiando que ocurra algo,
cualquier cosa que le permita, por unos minutos, ser
otro, escapar a su espantosa realidad.
En su vuelo, sigue el curso del río
que divide en dos la ciudad. No lo hace de forma consciente.
Sólo es un mecanismo reflejo, que le permite abstraerse
de todo, liberar su mente para no sentir el acuciante
deseo, la sed que le empuja hacia las estrechas calles
del casco antiguo, donde no sería difícil encontrar
una víctima que no opusiera resistencia.
El cansancio le obliga a detenerse
junto al oscuro ventanal de una fábrica abandonada.
Ese cansancio inexplicable que, de un tiempo a esta
parte, ha ido penetrando en sus miembros, asentándose
en su cuerpo como un virus maligno dispuesto a destruirle
con lentitud. Desde su atalaya, recostado en el sucio
cristal, puede controlar una zona bastante amplia. Su
esperanza es que aparezca pronto algún animal abandonado
con el que aplacar su apetito y poder regresar a las
sombras de su encierro.
Mas los acontecimientos disponen otra
cosa: No muy lejos, oye gritos y risas. Los gritos los
emite una voz femenina, aterrorizada. Las risas son
de hombre. Guiándose por el sonido, se acerca al lugar
de donde proviene. Abajo, en el rincón septentrional
de un solar habitado por ratas y cascotes, hay cuatro
personas. La escena no tiene el menor misterio: Tres
sujetos, posiblemente delincuentes a juzgar por su aspecto,
tratan de violar a una joven, de cuyo atuendo cabe deducir
que tiene por oficio ése que los hombres llaman despectivamente
"el más viejo del mundo".
¡Cuántas prostitutas se entregaron
a sus abrazos y sus colmillos! Pero eso forma parte
del pasado. Ahora está sucediendo algo que debe evitar.
Un sordo impulso le lanza en picado contra el más corpulento,
que es el que la está penetrando. Antes de que los tres
maleantes se hagan cargo de la situación, están tumbados
cara al cielo, sin vida. Una sombra, acuclillada sobre
uno de ellos, sorbe ansiosa el néctar de sus venas.
Luego, cae en la cuenta de la presencia de la chica.
Percibe su inmovilidad, el silencio que la rodea. Se
agacha a su lado y toma su muñeca con suavidad, comprobando
con alivio que su pulso es normal.
Es entonces cuando ella recupera bruscamente
la consciencia y da un manotazo al aire. Él lo esquiva
con facilidad, se aleja un paso y se queda mirándola
sin palabras.
-¿Quién eres? ¿Qué ha pasado?
No hay respuesta. En su lugar, el hombre
vestido de negro esboza otra pregunta:
-¿Te encuentras bien?
La joven se incorpora con dificultad,
recordando lo sucedido. Intenta cubrir con las manos
su cuerpo semidesnudo. Sus ropas están desgarradas.
Mira alrededor hasta que se percata de la presencia
inmóvil de los tres individuos que la invitaron a subir
al auto y después pusieron las navajas en su cuello.
Luego, sus ojos se vuelven a fijar en el desconocido.
-¿Están…?
-No te preocupes por ellos.
-¿Quién eres tú? -vuelve a preguntar,
temerosa.
-Nadie -esa palabra hiere, porque es
cierta.
-¿Y… ellos?
-No importan. ¿Estás bien?
-Sí… Creo.
-Deberías ir a un hospital.
-¡Claro! ¿Y de dónde saco el dinero?
El desconocido se agacha entonces junto
a los tres hombres y rebusca entre sus ropas. Junta
el dinero y se lo ofrece a la muchacha, que le contempla
horrorizada.
-Pero… -balbucea.
-Lo que ellos se proponían hacer contigo
es mucho peor. ¡Tómalo!
Ella toma el dinero con algo de temor
y busca su bolso, para guardarlo en él. Cuando levanta
la vista, su misterioso salvador ha desaparecido. Recompone
su aspecto lo mejor que puede y caminando entre las
ruinas abandona el solar y se dirige al hospital más
cercano, ignorante de la negra forma que planea sobre
ella, como una improvisada escolta que se disimula entre
las sombras de los edificios.
8
Daniel leyó la noticia en el diario,
mientras tomaba su acostumbrado café en el bar de siempre.
Los tres tipos violentamente asesinados en un solar,
uno de ellos medio desangrado; la inverosímil historia
narrada por Mara, la prostituta a la que, según su propia
declaración, estaban tratando de violar cuando ocurrieron
los hechos; el detalle, ampliamente resaltado por el
cronista, de los dos agujeritos en el cuello de uno
de los interfectos…
Que un solo hombre hubiese acabado
con tres peligrosos delincuentes ya era bastante increíble.
Su brusca desaparición, la búsqueda del anonimato, la
imposibilidad de reconocerlo, delataban el trasfondo
falso que se escondía detrás de la declaración de la
chica. Escuetamente, se aludía a la posibilidad de un
ajuste de cuentas entre bandas, única tesis probable,
según el periódico.
Sólo unas semanas antes, Daniel hubiera
sonreído con suficiencia, hubiera pasado la página para
concentrarse en la sección deportiva, pero ahora, después
de sus últimas experiencias, ya no descreía de nada.
Repasó un par de veces el artículo. Algo, no podía saber
qué, despertaba su curiosidad. Pensó que tal vez pudiese
averiguar más datos si localizaba a un amigo policía,
pero no se hizo demasiadas ilusiones. Era consciente
de la discreción con que debía llevarse un asunto semejante.
9
Las calles están tranquilas esta mañana.
Hay como un olor a cosa nueva en el ambiente. Un tenue
clamor de primaveras por llegar. En el piso de arriba,
sin embargo, rumores de deslizamientos, roces, ahogados
golpes, agua fluyendo, delatan la inusual conducta del
inquilino. Diríase que algo le tiene inquieto. Este
detalle bien podría significar que por fin ha decidido
salir de su aislamiento y comenzar a comportarse como
cualquiera de nosotros, sus vecinos. En ese sentido,
debería resultar tranquilizador, pero no podemos evitar
la sensación de desconfianza. Por experiencia sabemos
que tales cambios en la rutina de una comunidad no suelen
acarrear nada bueno. Si bien, por una parte, nos alegra
esa manifestación vital, no dejamos de pensar que puede
esconder algo que, a la larga, pueda ocasionar algún
tipo de problema. Así, permanecemos expectantes.
10
Fue hacia la mitad de la mañana, mientras
rellenaba un informe rutinario, cuando Daniel percibió
que no había dejado de pensar ni un instante en la extraña
historia leída un par de horas antes. Normalmente no
hacía mucho caso de lo que contaban los diarios. Demasiado
bien sabía, por propia experiencia, lo mucho que las
crónicas periodísticas difieren de la realidad. No era
el relato de lo acontecido, sin embargo, lo que mantenía
ocupados sus pensamientos, sino algún pequeño detalle
cuya naturaleza se le escapaba. Intuía que ese suceso
estaba oscuramente relacionado con él, con las cosas
que le habían venido sucediendo en las últimas semanas,
con ciertos encuentros insólitos y algunas frases oídas
en sueños.
Consiguió que un compañero se aviniese
a terminar su trabajo, buscó en su agenda algunos números
de teléfono y alegó ante sus superiores alguna excusa
no del todo creíble. Visitó a una amiga, que sólo pudo
proporcionarle algunos números de teléfono, pero que
nada sabía de la mujer protagonista del extraño suceso
narrado en la prensa. Por medio de uno de esos contactos,
sin embargo, Daniel pudo averiguar (en la medida en
que podía creer en el testimonio de desconocidos) que
Mara, la prostituta implicada en los hechos, pasaba
por ser persona de fiar.
No obtuvo mayor información de su amigo
policía, quien se extrañó de su curiosidad y le hizo,
a su vez, acaso por mera costumbre, un sinfín de preguntas
que no supo o no quiso contestar.
Al caer la noche, se encontraba fatigado
y tenso. Por impulso, sin meditar lo que hacía, caminó
incoherentemente hacia ninguna parte. Sus pasos erráticos
le llevaron a una oscura taberna en la que jamás había
estado. Creyó reconocer uno o dos rostros, pero tampoco
prestó demasiada atención. Se acercó a la barra y pidió
cerveza. Una sensación que conocía se iba abriendo paso
en su interior.
11
Después de trescientos años de sobrevolar
tejados y alamedas, ríos y solares abandonados, uno
pierde la consciencia de la realidad. Se desdibuja el
significado de nociones como el bien y el mal.
Cuando uno ha sufrido la traición de
la mujer amada; cuando uno ha visto morir a sus seres
queridos, cuando ha comprobado impotente cómo el poder
se impone siempre por encima de la razón y la justicia,
cuando se ha sido testigo de injustificables masacres,
cuando se ha visto de cerca la miseria y se ha constatado
la indiferencia de quienes no la sufren, cuando se puede
percibir la crueldad de las almas ruines y la cobardía
de quienes se encogen de hombros… Cuando uno habita
durante tanto tiempo un mundo como éste, no queda más
que la ruina de lo que alguna vez fue.
Por eso, no es de extrañar que el silencioso
inquilino, que en noches pasadas fuera el inesperado
salvador de jovencitas atacadas, se haya convertido,
en el lapso de unas horas, en encarnizado esclavo de
sus instintos más primarios: aquellos que le reclaman
el sabor de la sangre caliente, de la sangre recién
derramada que ahora empapa sus ropas mientras los ojos
de la chica cuya vida se apaga le miran con un gesto
de infinita sorpresa y una pregunta, y también con el
horror de quien sabe que esa pregunta no va a tener
respuesta, de quien comprende con impotencia que va
a morir sin saber…
12
Es medianoche y Daniel se siente borracho,
pero apenas ha bebido. Su excitación no nace del licor,
sino de sus propios pensamientos. No va a negar que
después de tantos años había olvidado el encuentro con
la gitana. Pero las señales de las últimas semanas,
y sobre todo la noticia del diario, han venido a convencerle
de la veracidad de las palabras de la muchacha que le
vendió su cuerpo por unas pocas monedas y leyó la palma
de su mano con el terror reflejado en sus ojos verdes.
Recuerda confusamente las palabras:
"…venido desde las brumas del remoto pasado con un único
objetivo: Detener la mano ejecutora del hombre sin sombra,
el que se alimenta de sangre, el que no conoce la paz
y vuela cada noche en busca de presas fáciles que le
permitan saciar su sed momentáneamente. No puede morir,
porque ya está muerto. Sólo tu mano podrá concederle
el descanso" Se rió, claro. Pensó que la gitana le tomaba
el pelo, que era una forma de encarecer sus servicios.
Sólo cuando ella se marchó corriendo, sin haber llegado
a coger el dinero, comprendió el miedo que la embargaba
y la verdad que destilaba su voz: "Pero debes tener
mucho cuidado: Si él vence, si llega a clavarte sus
colmillos, tú serás él; su victoria supondría su descanso,
pero no serviría de nada si otro toma su lugar. Has
de ser cuidadoso, elegir el momento oportuno, decir
las palabras exactas, golpear en el momento preciso.
Debes prepararte para ese día".
Y ahora, el día había llegado. Daniel
sabía cuando, incluso dónde, pero ignoraba los motivos.
¿Por qué él y no otro? Como una violenta ráfaga de viento,
entre trago y trago de cerveza, su intuición le trajo
la respuesta: Salvando unas pocas circunstancias, eran
iguales. Nadie podría decir si era el alcohol o la fiebre
del descubrimiento quien enrojeció su rostro. Podía
ver con claridad la existencia gris del otro: El vacío
de su alma, la soledad de su vuelo, la imposibilidad
de acercamiento a sus semejantes, tal vez por la propia
ambigüedad de tal concepto; todo le fue revelado en
esas horas de delirio. De antemano, se supo derrotado:
No sabría qué hacer cuando estuviesen frente a frente.
No era un luchador, ni se había preparado. Pensó con
amargura en escapar, en olvidarlo todo y cambiar de
ciudad, pero supo que tal proceder sería indigno e inútil.
Resignado, pagó las consumiciones y
salió del local. Una sombra se interpuso en su camino.
-¿Estás preparado? -resonó la voz.
No hubo de esforzarse por reconocer a la gitana, ahora
convertida en una mujer levemente envejecida. De su
frente emanaba un extraño destello.
-No, no lo estoy, pero igualmente acudiré
a la cita -dijo. No dejó de asombrarle su propio aplomo.
-Sabes que es una tarea imposible.
¿No es cierto?
-Sí. Pero he de ir.
La gitana, sin hablar más, abrió su
mano y la extendió ante él, como una muda ofrenda. Daniel
vio una moneda sin brillo. El reconocimiento de ese
objeto abrió la puerta de los recuerdos que no le pertenecían.
Escenas de otras ciudades y otras épocas desfilaron
ante sus ojos. El semblante serio de la gitana le dijo
que el momento había llegado. Algo sombrío y fétido
aterrizó a pocos pasos.
***
Parece que ha vuelto la paz. Desde
hace unos días, ya no se oyen ruidos en el ático. No
es que en ningún momento llegasen a resultar molestos,
pero la falta de costumbre nos mantuvo incómodos durante
algún tiempo. Ahora, por suerte, todo ha vuelto a su
antigua rutina. Hay voces que dicen que el inquilino
está cambiado, que tiene mejor color y ha engordado
un poco, pero no deben ser más que rumores, puesto que
nadie le ha visto desde hace una o dos semanas. El retorno
a la normalidad en ese asunto es de agradecer, máxime
cuando otro acontecimiento nos mantiene suficientemente
atareados: Se dice que ha desaparecido la hija de los
que viven en el segundo. Hay quien cree que se ha ido
al extranjero para ocultar un embarazo, hipótesis apoyada
por el silencio de los padres, pero lo cierto es que
en los últimos días se ha instalado la intranquilidad
en nuestras almas y hay como un presagio en el aire…
"…envejecer, morir,
eran tan sólo las dimensiones del teatro… Pero ha pasado
el tiempo y la verdad desagradable asoma: Envejecer,
morir, es el único argumento de la obra" Poema de
Jaime Gil de Biedma, musicado por Gabriel Sopeña
y cantado por Loquillo en el álbum La
vida por delante.
También publicado en "Elfos"
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