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de Propiedad Intelectual con el Nº163.302
Esta historia, exceptuando lo de la
cola, está basada en hechos reales.
Verónica Zelvag tuvo un despertar
suave y relajado. No abrió los ojos de inmediato,
pues le disgustaba salir de su lecho apenas recuperada
la conciencia. Prefería permanecer dormitando
o sencillamente con los ojos cerrados mientras planeaba
lo que haría durante el día. Había
pasado hasta cuatro horas en ese estado y le brindaba
una tranquilidad y relajación muy particular.
Pero hoy no podría flojear demasiado, se dijo,
pues era un día muy anhelado. Suspiró
con fuerza, sabedora de que su vida cambiaría
para siempre.
Abrió los ojos un tanto desganada.
Los gatitos de su pijama la saludaron como todas las
mañanas y se complació al verlos repartidos
sobre su cuerpo.
Hola, mis lindos, ¿cómo
están? -preguntó en voz baja- No se preocupen,
hoy nos pareceremos un poco más.
Se estiró con pereza y poco
a poco se hizo el ánimo de levantarse. Tardó
lo suyo, una media hora, en aceptar la idea de salir
del lecho, pero finalmente lo logró (a regañadientes,
cierto, mas lo consiguió). Se puso la ropa y
bajó a tomar su desayuno. Su madre y hermana
ya estaban en la cocina y comentaban excitadamente acerca
de cosas de la farándula. No les prestó
mayor atención y poco después salía
de su hogar.
-Hoy es el gran día -murmuró
con alegría apenas contenida al tiempo que se
dirigía a la estación del monorriel.
Miró hacia la casa de unos vecinos,
esperando ver a su gran amigo Jarhel, pero no lo divisó.
Le había pedido que la acompañara y él
contestó que probablemente saldría temprano
hacia la universidad. Bien, iría sola, total,
ya estaba acostumbrada a valerse por sí misma.
El ferrocarril elevado iba atestado
de gente, como siempre, así que se aferró
lo mejor que pudo mientras emprendían la marcha.
Tras varias estaciones se acercaron a su destino y,
poco antes de bajar, sintió algo que le rozaba
el trasero. Giró velozmente y encaró a
un sujeto cincuentón que la miró sorprendido
mientras ella le enrostraba:
-¡Pervertido!
Sin darle tiempo a explicar nada, Verónica
cogió al hombre por el brazo y le aplicó
una llave que le había enseñado su profesor
de Artes Marciales en la universidad, haciendo que el
sujeto girase sobre sí mismo y cayera estrepitosamente
al suelo en medio de la conmoción general. Una
pierna del hombre quedó atrapada bajo un asiento
y crujió cuando el peso del desconocido dio con
el suelo. La joven no se quedó a ver los resultados
de su acción y salió rauda del vagón.
Abandonó la estación y no se paró
hasta estar a varias cuadras de distancia. Se detuvo
unos momentos para recuperar el aliento. ¿Habré
obrado bien? Se preguntó, pero no dudó
ni por un momento en responderse que sí. Los
sucios sujetos que se dedicaban a manosear a las mujeres
se lo tenían bien merecido. Además, había
actuado como su heroína favorita de animé:
Súper Maggita, una chica gritona que golpeaba
con un martillo a la menor provocación.
Ahora, más calmada, reemprendió
el rumbo a la clínica. Estaba a no muchas cuadras
de ella y por eso tardó pocos minutos en arribar
a destino. Penetró por la amplia recepción
y se dirigió al tercer piso. No quiso esperar
al ascensor de lo ansiosa que se encontraba, así
que usó las escaleras.
-¿Diga, joven? -preguntó
una enfermera madura en la recepción.
-Tengo una operación fijada
para hoy.
-¿Su nombre?
-Verónica Zelvag.
-Sí, operación a las
11:30. Pase por el pasillo al quirófano 4, el
doctor y las enfermeras irán pronto.
-Gracias -dijo y partió ansiosa
a su destino.
El lugar estaba vacío y tomó
asiento en una silla. Era el momento y lo disfrutaría
plenamente.
Semanas atrás, canceló
la operación con sus ahorros de los últimos
años y procedieron a tomarle una muestra de tejido,
con la cual se desarrolló la cola prensil que
ahora le injertarían. Era su viejo sueño
que ahora la ciencia convertiría en realidad.
Estaban de moda los implantes de ese tipo y era relativamente
común ver gente con un sexto dedo, branquias
o colmillos de vampiro. Pero lo de ella no había
sido solicitado en la clínica todavía,
así que le ofrecieron un descuento por ser la
primera.
-Señorita Zelvag, cómo
está -saludó un hombre mayor al entrar.
-Bien, doctor, lista para la operación.
Dos enfermeras se hicieron presentes
y la ayudaron a desvestirse y ponerse el camisón
que dejaba sus glúteos al descubierto.
-¿Segura que no desea anestesia
general? -inquirió el doctor.
-Segura -replicó, temerosa de
ser abusada sexualmente como le sucedió a una
compañera de universidad. En su caso era peor,
pues cualquier dolor en las posaderas sería perfectamente
achacable a la intervención quirúrgica.
-Como guste -dijo el galeno mientras
le inyectaban la anestesia local.
Verónica se mantuvo quieta mientras
veía de reojo que sacaban su cola de un recipiente
especial. Una enfermera se la enseñó y
preguntó:
-¿Le gusta, está satisfecha?
-Sí -respondió con emoción,
acariciándola levemente con una mano.
Sacaron la cola de su campo de visión
y comenzaron la operación. Verónica permaneció
quieta y expectante durante la hora y algo que duró
el proceso.
-Listo, terminamos -dijo finalmente
el doctor-. Póngase de costado unos momentos.
Le sugiero que permanezca así hasta que la anestesia
se desvanezca. Cuando eso suceda, empiece suavemente
a tratar de manipular la cola, no intente nada brusco.
Pero la recomendación mayor es que no haga nada
con ella hasta mañana.
-Mejor espero hasta entonces -aceptó
Verónica.
La movieron con la camilla hasta un
cuarto de reposo. Permaneció allí la mayor
parte del día. Los parientes llegaron a visitarla
por la tarde. Sus padres no dijeron nada negativo, pero
había cierto reproche en su mirada. Bien, tendrían
que acostumbrarse, su vida era asunto suyo.
Esa noche durmió plácidamente,
como no lo hacía en años.
Despertó como siempre, con los
ojos cerrados y con ganas de seguir durmiendo. Los primeros
momentos parecieron los de costumbre, pero luego recordó
lo sucedido y se alegró por ello. Disfrutó
del silencio hasta que escuchó unas voces. Había
alguien más en la habitación, no, eran
dos personas, hombres, que conversaban en voz baja.
-...con mucho cuidado -decía
uno, que reconoció como su amigo Jarhel.
-Sí, esos asuntos son delicados
-convino otro-. No basta... Mira, ya despertó.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque movió la cola.
-Puede ser un acto reflejo.
-Sí, claro, puede ser, pero
había estado quietecita todo este rato.
Ante eso, la joven abrió los
ojos y encaró al hombre, un individuo cuarentón
y de algo más de metro ochenta de estatura, diciéndole:
-Franz Méndez, tenías
que ser tú.
El aludido respondió con una
sonrisa bobalicona, pero sincera, que siempre le hacía
pensar a Verónica en un niño demasiado
crecido.
-Despertaste, amiga mía, qué
bueno.
La joven trató de sentarse,
pero la cola se le hizo un bulto en la espalda. Mantuvo
la calma y trató de moverla con las manos hacia
un lado. No pudo, pues ésta se movía casi
al mismo tiempo que las extremidades superiores.
-Tienes que pensar que es como tu tercera
mano -señaló Méndez, práctico
como siempre.
Así lo hizo y tras unos pocos
intentos la cola se acomodó a su lado. Satisfecha,
se recostó en la almohada y miró a sus
amigos.
-¿No me van a felicitar? -preguntó.
-Sssíii..., felicidades -dijo
Jarhel con algo de embarazo; obviamente no aprobaba
el nuevo miembro.
-¡Eso, felicidades! -añadió
Méndez con un interés más sincero.
-¿Qué hacen acá
tan temprano, chicos?
-Yo no podía venir a otra hora,
tengo clases luego -respondió Yarhel.
-Yo pedí permiso en la oficina
-contó Méndez.
-¿No eran un tanto tacaños
con los permisos? -inquirió la joven.
-Los que nunca damos problemas tenemos
menos dramas con los jefes -explicó y añadió
con una sonrisa-: Además, ¿cómo
te iba a dejar sola en estos momentos?
-Gracias -dijo Verónica y notó
que el otro hombre se ponía de pie-. ¿Tan
pronto te vas?
-Ya te dije, tengo clases. -Se acercó
y le dio un cariñoso beso en la mejilla-. Nos
vemos.
Yarhel se despidió con un apretón
de manos de Méndez y se fue.
-¿Todo bien? -preguntó
el hombre y se acercó al lecho de su amiga.
-Sí, perfecto -respondió
y la cola se agitó a su lado. La miró
y comentó-: Parece que le caes bien.
El hombre rió por la ocurrencia
y, antes de que pudiese replicar algo, entró
una enfermera con un recipiente y una bandeja diciendo:
-Es hora de sacarle los puntos y hacerle
una revisión.
-Esperaré afuera -dijo Méndez
y salió de la habitación.
Media hora más tarde, Verónica
abandonó el cuarto y se encontró con su
amigo leyendo un libro en su computadora de bolsillo.
-¿Qué lees? -inquirió.
-La luna es una cruel amante, de...
-Sí, lo leí alguna vez
en el colegio.
La afición por la lectura era
común en ambos. Se habían conocido durante
el lanzamiento del libro de poemas y reflexiones del
hombre, un evento al cual ella asistió luego
de ver un aviso en Internet. Desde entonces habían
mantenido una amistad que se prolongaba ya por casi
dos años. El hombre era el típico artista
de segunda, con apenas un libro a cuestas que se vendió
poco, pero lleno de sueños y esperanzas, marcado
por una existencia anónima y sueños rotos.
En el fondo era una buena persona, aunque como todo
artista tuviese en ocasiones sus cinco minutos de locura.
-¿Vamos? -preguntó Verónica
y el poeta se puso de pie.
La joven caminaba con la cola dentro
de la falda, tratando de hacerla colgar sin que se moviera.
Era una sensación extraña aquel apéndice
en su anatomía, una suerte de “mano”
poco usual que partía sobre su ano. Le sería
difícil usar pantalones de ahora en adelante,
pero ya vería la forma de hacerlo, quizás
haciéndoles un orificio sobre los glúteos.
Se despidieron en la estación
del monorriel, pues el hombre trabajaba y vivía
en el otro extremo de la ciudad.
-Cuídate -dijo Méndez
luego del beso en la mejilla.
-Tú también.
Subió al andén y esperó
el siguiente tren. Cuando llegó, se alegró
de no verlo tan atestado de gente. Lo abordó
con alegría y se sujetó del pasamanos.
Al partir, decidió empezar a tantear el uso de
su cola. Movió delicadamente el nuevo miembro
como si de una mano se tratase, asiendo suavemente el
pasamanos. Una vez logrado eso, soltó sus manos
y giró para ver el paisaje. Las construcciones
discurrían veloces ante sus ojos y eso la mareó
un poco, haciéndola soltar el fierro, pero pronto
enganchó la cola nuevamente y se mantuvo equilibrada.
No quiso mirarla para no perder la magia de sentir cómo
sin las manos ni la vista era capaz de...
-¿Quién es la pervertida,
ahora? -preguntó una voz grave a sus espaldas.
Verónica se giró sobresaltada
sólo para encarar al hombre que, dos días
atrás, había sido objeto de su ira. Se
percató en ese instante que su cola estaba enroscada
en la pierna derecha del sujeto, mientras que la punta
se aferraba de los genitales; la otra pierna lucía
una llamativa bota de yeso.
-Yo... -alcanzó a decir, pero
se calló al ver que el sujeto cogía su
muleta con ambas manos.
Verónica no lo pensó
dos veces y dio media vuelta, abriéndose paso
entre la multitud. El hombre la persiguió, furioso,
al tiempo que se escabullía hacia la parte trasera.
Por fortuna para la joven, el tren no se acabó
antes de llegar a la siguiente estación, de la
cual salió como alma que lleva el diablo. No
se detuvo hasta quedar exhausta junto a un bar. Miró
para atrás y vio que nadie la seguía.
-Cálmate -murmuró, tratando
de recobrar el aliento perdido.
Oteó en todas direcciones y
en la cuadra siguiente vislumbró un paradero
de autobuses. Se dirigió hacia él, pensando
en no decirle a nadie del bochornoso incidente.
Estaban a la sombra de los árboles
en una pequeña plaza. Méndez hablaba de
una anécdota laboral y Verónica asentía
desganadamente, pues su mente estaba en el viaje que
pronto iniciaría. Ahora se arrepentía
de haberse juntado con el poeta, pues principiaba a
ponerse latoso. No es que se comportase de mala manera,
sino que le sería mucho más entretenido
ver algún reallity sexual por televisión.
Pero bueno, había cometido el error de citarlo
un par de horas antes de que partiese el bus y estaba
obligada a aguantarlo.
-¿Qué piensas escribir
ahora, Franz? -preguntó para cambiar el rumbo
de la conversación.
-Pues... no lo sé con exactitud.
Espero que lo siguiente sea mi Obra Maestra que me haga
rico y famoso. Oye, cuando así sea, ¿te
gustaría ser la Presidenta de mi Club de Admiradores?
-Si la paga es buena, por supuesto.
-Por supuesto. Eso sí, sólo
te exigiría un requisito: que todas tus secretarias
fuesen rubias y tetonas.
-Yo no me vería bien con ellas
-dijo Verónica, pues era morena y delgada.
-Pero yo sí -afirmó el
hombre con una sonrisa en el rostro y un brillo especial
en los ojos.
-Cómo te gustaría, ¿eh?
-Claro que sí. Yo las cuido
mientras tú puedes salir a comprar lápices,
sacar fotocopias o hacer algún otro trámite.
-Hombres, qué complicados son.
-No te enojes, Veroniquita linda, yo
no te cambiaría ni por media docena de rubias
tetonas.
La joven lo miró unos instantes
antes de preguntar:
-¿Te haces el simpático
para seducirme?
-¡Seducirte! -Méndez con
la preocupación pintada en el rostro- Cómo
se te ocurre, yo soy muy viejo y feo para ti, que eres
tan joven y linda.
-Te gusta halagarme.
-Es lo que opino, de veras. Vamos,
eso no quiere decir que te devore con ojos lascivos,
sino que es lo que opino de ti.
Verónica permaneció callada
unos momentos, tratando de escudriñar en la mirada
de su amigo. En ocasiones como esa no estaba segura
de si él se estaba burlando de ella o no, aunque
no podía negar que había aprendido a valorar
la sinceridad del hombre. Eso, en una época de
tantos desvalores, era mucho decir. Finalmente, optó
por mirar su reloj y decir:
-Vamos, tengo un bus que tomar.
Se pusieron en marcha y media hora
más tarde arribaban al terminal. Para entonces
la conversación había derivado hacia temas
de poesía y la joven empezaba a aburrirse. Pensó
en alguna manera de deshacerse de su amigo y la encontró
en la forma de un negocio de bebidas que estaba atestado
de gente. Saludó a sus compañeros de universidad
con los cuales iría a hacer una investigación
en terreno y, en un gesto ensayado en su casa, juntó
sus manos como implorando mientras su cola se levantaba
suavemente y ponía ojos de niña buena
diciéndole:
-Francito, amigo mío, ¿podrías
comprarme un agua mineral? Yo te la cancelo luego.
El hombre, siempre atento con ella,
le replicó:
-No me canceles nada, yo invito.
Partió rumbo al atestado negocio
al tiempo que Verónica le hacía un gesto
a Roberto, un compañero de curso, el cual asintió
con la cabeza. Tardaron menos de un minuto en subir
el equipaje. Un rápido vistazo le indicó
a la joven que el hombre todavía trataba de abrirse
paso entre el gentío y era objeto de un codazo
por parte de una vieja gorda, lo cual provocó
la risa de los presentes. Le hizo mucha gracia el ver
su penoso avance entre las personas, era como el abrirse
paso en la difícil profesión de escritor.
Bien, el pobre hombre seguiría enfrascado en
esa lucha inútil, pero él sería
el último en comprenderlo.
-Nos vamos -dijo el chofer y abordaron
el autobús.
El vehículo se colocó
en marcha sin que se viese rastro de Méndez.
Verónica se lo imaginó medio asfixiado
entre el gentío y eso la hizo sonreír.
Abandonaban el andén cuando distinguió
la silueta del poeta llegando al punto de embarque.
Le hizo una breve despedida con la mano que el otro
no vería debido a la distancia. Luego, acomodó
sus cosas y se preparó para el viaje.
-¿Atrás como la otra
vez? -le susurró Roberto y ella asintió.
El bus estaba a medio llenar, pues
en la parada intermedia se subía el resto de
los pasajeros. Disimuladamente el joven se dirigió
a la parte posterior; poco después, Verónica
hacía lo mismo. Se ubicaron en un asiento desocupado
y procedieron a besarse y acariciarse apasionadamente.
-Tenemos media hora -susurró
ella mientras se desabrochaba la blusa.
-Sí, qué rico -aseveró
Roberto, bajándose los pantalones.
La joven iba a sacarse el sostén
cuando la cola se agitó inquieta entre ambos.
Verónica sonrió con picardía, pero
el otro permaneció serio al preguntar:
-¿Y eso?
-Es mi cola, me la implantaron el miércoles,
¿te gusta?
-Yo... Este...
-Haz de cuenta que tengo otra mano
para acariciarte.
Roberto apartó con las manos
la cola diciendo:
-¿No puedes dejarla quieta?
-Oye, así tiene más gracia.
Pero el joven obviamente no estaba
nada de contento con el asunto. Empezó a subirse
los pantalones mientras explicaba:
-No lo tomes a mal, pero en verdad
no me hace mucha gracia. Cuando estés boca abajo,
la cola va a dar vueltas y vueltas, capaz de que me
golpee o sus pelos se metan en mi nariz. Si te hubieras
puesto una tercera teta podría ser, pero esto...
No, gracias, para eso prefiero -hizo el gesto de masturbarse.
Roberto se marchó a su asiento,
dejando estupefacta a la joven. Verónica se reacomodó
el sostén, luego abrochó su blusa y volvió
furiosa a su asiento. Permaneció mirando el vacío
y murmuró con rabia:
-Hombres, son todos unos brutos.
La sala de clases estaba atestada de
alumnos. El profesor dictaba su materia mientras Verónica
en su asiento trataba de acomodar la cola en el respaldo
de la silla. No podía encontrarle una ubicación
relajada, pues al respaldo le hacía falta un
sacado para poder sentarse con naturalidad (obviamente
nadie había pensado en un ser humano con cola
al diseñar el objeto). Decidió dejar que
su apéndice se deslizara paralelo a la pierna
derecha, aunque esa postura le era incómoda.
¿Por qué en los gatos siempre se veía
tan natural la manera en que usaban su extremidad? La
respuesta era que ellos nacieron así; ella, en
cambio, recién se estaba adaptando.
-¿Tiene algún objeto
protuberante en su asiento que se mueve tanto, señorita
Zelvag? -preguntó de improviso el profesor.
Verónica alejó los pensamientos
de su cola para darse cuenta de que era el centro de
atención de la clase. Empezaba a comprender las
palabras del hombre cuando Roberto dijo:
-No, profe, tiene una cola.
-¿Cola? -preguntó la
muchacha junto a Roberto, su amiga íntima y compañera
sexual-. ¡Qué ridículo!
Toda la clase estalló en carcajadas
e, inconscientemente, su cola se levantó y agitó,
provocando otra oleada de risas. La pobre Verónica
se sintió pésimo, sobre todo porque el
causante era el mismo con el cual habían disfrutado
momentos íntimos a espaldas de su pareja; seguramente
esta era una forma que el sujeto tenía de vengarse
por la sorpresa de la cola. Aguantó el bochorno
estoicamente, recordando que su amigo Méndez
decía que en medio de una crisis había
que mantener la calma. Se mantuvo calmada, pero más
al recordar el viejo dicho que decía que la venganza
era un plato que era mejor servírselo frío.
Aguardaría el momento adecuado para desquitarse,
empero no sería ahora.
-Basta de risas, hay que continuar
la clase -dijo el profesor, aunque la sonrisa en su
rostro indicaba que no olvidaría fácilmente
el incidente-. Como decía, las capas se encuentran
entrelazadas, a veces enredadas en forma de espiral
como la punta de una cola.
Las risas volvieron y Verónica
se aprontó a ser el blanco de las burlas durante
el resto de la clase.
Al salir, se quedó conversando
un rato con una amiga, luego, partió en dirección
a las escaleras. Iba bajando por ellas cuando vio a
Roberto descender apresuradamente desde el piso superior,
el cual venía cogido de la mano con su amiga
y decía:
-Tenemos el tiempo justo.
Iban urgidos a alguna parte. Y en ese
instante Verónica supo que tendría una
estupenda ocasión de vengarse. Siguió
descendiendo tranquilamente hasta que pasaron a su lado,
entonces hizo a su cola darle un tirón al pie
de Roberto, quien perdió el equilibrio y cayó
escaleras abajo, arrastrando a su pareja en la caída.
Dieron estrepitosamente contra el suelo del primer piso,
llegando a tumbar a un par de alumnos que se encontraban
por el camino.
-¡Hay que llevarlos a la Enfermería!
-exclamó una joven que fue a socorrerlos.
-Se cayó por correr en las escaleras
-comentó un profesor que había visto el
“accidente”.
Verónica pasó junto a
la conmoción generada, mirando de reojo los golpeados
e inconscientes rostros de la pareja. Salió del
edificio mucho más relajada que antes, pues había
concretado su venganza. De paso sintióse más
acostumbrada a la cola y, también, más
confiada con ella. Era su nueva vida y al demonio con
quien no le gustase. Caminó hasta la salida de
la Universidad, en donde se encontró con Méndez.
-Hola -lo saludó-. Espero no
haberme tardado demasiado.
-Veinte minutos, lo de siempre -afirmó
el hombre con su sonrisa bobalicona-. ¿Lista
para ir al cine?
-Sí, lista. -Se pusieron en
marcha, pensando en que al fin podría relajarse
un poco-. ¿Qué película vamos a
ver?
-Un clásico: La gata en
el tejado caliente.
Dicen que Méndez, cuando por
fin pudo contraer matrimonio, experimentó ciertas
dificultades para concebir hijos. Su propia esposa comentó
una vez que se ponía a tiritar cada vez que veía
a un gato, pero siempre se ha considerado eso como la
típica chifladura propia de los escritores.
Como sea, la historia de la chica y
su cola termina aquí.
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