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La joven cerró la puerta de
su cuarto tras verificar que sus padres se habían
retirado a su habitación. Permaneció en
silencio unos minutos, aguardando estar más cerca
de la medianoche. Lenta y pausadamente fue acomodando
los implementos para la invocación. Estaba nerviosa,
pues temía que el ritual no funcionase; se preparó
durante semanas para el gran momento y ahora que había
llegado no quería echarlo a perder. A medida
que se acercaba la medianoche su nerviosismo iba en
aumento, el corazón le latía más
aceleradamente.
Las manecillas del reloj finalmente
se acercaron al momento crítico. Repasó
por enésima vez la lista de implementos: la vela
robada de una iglesia, el frasco con orina de perro,
las hojas de parra secas, los dientes de murciélago
y los calzones recién lavados. Perfecto. No le
faltaba nada.
-Allá vamos -murmuró
con una gran esperanza en su corazón.
Encendió la vela y -al dar
las doce- se sentó con las piernas cruzadas y
comenzó a recitar la letanía aprendida
de memoria, una extraña y singular mezcla de
latín y alemán de términos incomprensibles
para ella. Se concentró en lo que hacía,
invocando con todas sus fuerzas al niño-mago
que le proporcionaría la magia que su vida necesitaba.
Anhelaba ser tocada por el joven que la rescataría
de la trivialidad de su existencia, llevándola
de la mano hacia un reino mágico en donde aprendería
los más antiguos y secretos encantamientos. Se
decía que pocas jóvenes habían
logrado acceder a ese nirvana de mágicas características;
algunas de ellas se habían contactado con amigas
para contarles lo que debían hacer. Así,
el secreto había corrido de boca en boca y pronto
fueron cientos las que intentaban el ritual. Pero pocas
tuvieron éxito -o al menos eso decían-.
Ninguna dio pruebas tangibles de lo obtenido, mas eso
no detuvo la propagación del rumor.
Y ahí estaba, al filo de la
medianoche, efectuando la invocación que tanto
anhelaba. Se concentró en las palabras, poniendo
todo su empeño en ellas. Empezó a sentir
un calor que era irradiado por la vela y se propagaba
a todos los rincones de la habitación. Poco a
poco algo diferente la envolvió, se arremolinó
a su alrededor. Pequeñas chispas danzaron por
el aire y en cuestión de segundos se reunieron
en un punto frente al ropero. La joven sentía
que el corazón se le salía del pecho por
la emoción. Al fin, una figura se materializó
a pocos metros de ella. Era un joven de unos catorce
años, pelo negro y ojos cafés que quedaban
ligeramente ocultos tras unos lentes. Una gran sonrisa
dejaba al descubierto unos dientes algo torcidos, pero
eso no tenía importancia.
-¡Larry Joter! -exclamó
la muchacha, embelesada por la aparición.
-Me has invocado y aquí estoy
-explicó el joven. Dio algunos pasos hasta ella
y le acarició los cabellos preguntando-: ¿En
qué te puedo servir?
-Yo... Yo... quiero... -balbuceó,
totalmente inundada por la emoción. Las palabras
sencillamente se negaban a salir de su boca.
Joter sonrió aún más
y dijo:
-No necesitas decírmelo, ya
lo sé.
-¿Lo... sabes?
-Por supuesto, soy Larry Joter -explicó
en un tono que no admitía réplicas. Extrajo
de su chaqueta un objeto cilíndrico de metal,
de unos cinco centímetros de grueso por veinticinco
de largo. Antes de que la muchacha dijese algo, añadió-:
Te presento a mi Baradita Mágica.
Ella miró el objeto y le pareció
distinto a lo que esperaba. La punta era redondeada
y poseía unas estrías que llegaban casi
hasta el mango. Ante esto no pudo evitar el comentario:
-Creía que... las varitas mágicas
eran más delgadas.
-Te lo dije, es mi Baradita Mágica,
no una de esas comunes y vulgares varitas que todos
los magos usan. Tiene una magia especial que seguramente
te será de utilidad. -Sus ojos se deslizaron
por las curvas que el camisón de la joven apenas
podía ocultar-. ¿Quieres probar su magia?
-¡Sí! -exclamó
la muchacha sin vacilar, pues era el momento mágico
que había estado esperando con todas sus fuerzas.
Joter retrocedió un paso, la
apuntó con la Baradita y exclamó:
-¡Orgasmus infinitus!
Aparentemente nada sucedió,
hasta que un ligero estremecimiento recorrió
a la joven. Luego, empezó a sentir un calor en
su entrepierna que se extendió por todo su ser.
Era magia de verdad, algo que la hacía
vibrar de una manera hasta entonces desconocida. Leves
espasmos la recorrieron y estiró las manos suplicantes
hacia Joter diciendo:
-Dame toda tu magia.
Él no se hizo de rogar y la
tocó suavemente con la Baradita en la cabeza.
Las manos de la muchacha cogieron el cilindro metálico,
acariciándolo, llevándoselo a los labios
para besarlo primero con suavidad y luego con fuerza.
Sí, esa era la gran magia que esperaba, aquella
que la haría vibrar como nunca en si vida. Pronto
la Baradita recorría el contorno de sus pechos
y se dirigía hacia abajo. En medio del éxtasis
que la embargaba apenas se percató de que Joter
empezaba a desabrocharse la camisa.
-Magia -murmuró cada vez más
excitada y se dejó llevar por el frenesí
que la inundaba.
Joter, soltándose el cinturón,
murmuró:
-Espermius espesus -con lo
cual invocaba a otro tipo de magia para tener la energía
que necesitaba.
Una hora más tarde, la joven
yacía desnuda sobre la alfombra, sumida en un
sopor mágico que la mantendría así
hasta el amanecer. A su lado, Joter terminaba de ponerse
la ropa.
-Pobre estúpida -murmuró,
guardando la Baradita en su chaqueta.
De otro bolsillo extrajo una cámara
fotográfica con la cual procedió a retratar
ese juvenil cuerpo desnudo. Hizo varias tomas desde
diversos ángulos hasta quedar satisfecho con
el resultado; luego, volvió a guardar la cámara.
Miró unos instantes a la muchacha,
pensando en lo útil que le había sido
aquel dildo mágico. Estaba en deuda con Flobbie,
su troll doméstico, quien seguramente saltaría
de gozo cuando le entregase la cámara. Era un
trato justo el uso de la Baradita a cambio de unas fotografías.
Había pasado buenos dos años usándola
y esperaba continuar muchos más, pues la cantidad
de jóvenes ingenuas e ilusas parecía no
tener fin. Sabía que el rumor proseguía
expandiéndose y era cosa de estar atento a las
invocaciones. Lo mejor de todo era que muchas quedaban
tan avergonzadas que no contaban la experiencia y así
se mantenía el mito. La policía andaba
tras sus pasos, pero esos malditos muggres nunca
lo cogerían.
Sin embargo, tenía una duda
en su interior y ello lo confundía. Había
algo que le preguntaría a su troll doméstico
en cuanto volviese a la Academia Mágica. Inspiró
aire con fuerza y exclamó:
-¡Transantiagus!
Se desvaneció de la habitación
para un instante más tarde reaparecer en un sótano.
Subió por una escalera y dio en una cocina repleta
de cacerolas que tenían comida en diversos estados
de preparación. Un ser de poco más de
un metro de estatura, piel grisácea, grandes
orejas y ojos vivaces revolvía el preparado de
las cacerolas y, de vez en cuando, añadía
el contenido de algún frasco. Su mirada brilló
de emoción al ver al joven.
-¡Ya ha vuelto, señor
Joter!
-Sí, ya estoy acá, Flobbie.
-Le alargó la cámara y la Baradita-. Aquí
están, tal como siempre.
-Flobbie le da al señor Joter
lo que pide y el señor Joter le da a Flobbie
lo que quiere. -Empezó a manipular la cámara,
revisando las imágenes, las cuales lo estremecieron
de emoción. Se detuvo unos instantes en una toma
cercana de los pechos.
-¿Te gustaron? -preguntó
Larry.
-¡Muchísimo! Seré
la envidia de jovencitas mágicas punto sex.
-Flobbie, yo... este...
El troll doméstico lo miró
con sus ojos de perro y, a similitud de esos animales,
paró las orejas puntiagudas.
-¿Qué le sucede, señor
Joter?
-Es que hace tiempo tengo... una duda.
Cuando les introduzco la Baradita Mágica a las
chicas las veo retorcerse de placer, ponen unas caras
muy especiales y... Bueno, me gustaría saber
qué se siente.
Flobbie abrió desmesuradamente
los ojos y sus orejas se movieron como remecidas por
un temblor.
-Ah, señor Joter picarón,
quiere probar la Baradita Mágica, ¿eh?
-Sí y entenderás que
hacerlo yo solo es complicado, no sé si tú
podrías...
-¡Por supuesto! -Lo cogió
de una mano y empezó a tirar de él-. Venga
conmigo, acá al lado está mi cuarto.
Larry, emocionado, se dejó
llevar hacia la habitación. Se relamió
de placer, pues ahora tendría su momento mágico
personal. Pero se llevaría una sorpresa, pues,
si bien los trolls domésticos son de baja estatura,
poseen un enorme...
publicado en diciembre de
2007
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