| El cielo era rojizo
y con jirones negros y la superficie estriada, con valles
profundos y planicies desoladas; la atmósfera
era irrespirable y en algunos lugares se levantaban
fugaces tormentas de arena que no hacían más
que opacar la vista. Pero a Oscar eso poco le importaba
por estar dedicado a contemplar su pantalla táctica.
-¡Sigan retrocediendo, misma
velocidad! -ordenó el teniente Amner y el pelotón
se apresuró en cumplir la orden.
Volaban a casi un centenar de metros
de altura, evadiendo las retorcidas formaciones rocosas
de la superficie de aquel agreste planeta. Mientras
lo hacían, recibían el ocasional fuego
enemigo que se acercaba lenta e inexorablemente. Oscar
disparó su fusil de partículas y tuvo
la satisfacción de ver caer a un par de enemigos
a poco más de un kilómetro.
-Sus sistemas de miras no son tan buenos
como los nuestros, infelices -murmuró con rabia
mal contenida y una descarga de plasma volatilizó
la colina a su izquierda.
-¡Agrupación radial, 800
metros! -se escuchó la voz de Amner y el contingente,
tanto hombres como robots, adoptaron la forma de una
semicircunsferencia, en cuyo centro estaba la Unidad
de Asalto que los recogería. Seguidamente añadió-:
Sargento, cubra la retaguardia con 8 y 14.
-Sí, señor -contestó
Oscar y mediante su computadora implantada en el cerebro
transmitió las nuevas posiciones a los dos subordinados
mencionados.
8 y 14 (Andrei y Constantza) se desplegaron
junto con sus respectivos pares de robots, formando
la base de un triángulo que dejaba a Oscar en
el centro y a unos 200 metros de ellos.
-Se viene bueno, sarge -comentó
Constanza, apuntando con su fusil y volando a un Krondiron
que se les había acercado demasiado.
El resto del pelotón se dirigió
velozmente a la Unidad de Asalto y procedieron a ingresar
en ella apresuradamente.
-¡Segundo pelotón, espérennos!
-se escuchó por la radio.
-Maldita sea -murmuró Oscar
y notó los puntos que componían al cuarto
pelotón acercárseles por el flanco izquierdo.
Era obvio que su Unidad había sido destruida
y buscaban otro medio de evacuación. Pero necesitaban
tiempo, algo menos de un minuto para llegar hasta donde
se encontraban.
-Cortina nuclear -ordenó el
teniente.
Oscar dejó el fusil a un lado
y extrajo el lanzacohetes atómico al tiempo que
en su monitor se marcaban las mejores posiciones para
efectuar los disparos, teniendo en cuenta la posición
y densidad de los enemigos. Sin mediar más segundos
que los necesarios para apuntar en cada uno de los tres
blancos elegidos, el hombre oprimió tres veces
el gatillo y las mortales cargas salieron en pos de
sus blancos. Hasta que llegaron al objetivo, tuvo en
su mente las trayectorias y posiciones de cada misil.
-Jódanse, malditos -dijo en
voz baja y observó con gran alegría las
detonaciones y posteriores formaciones de los fatídicos
hongos. Era todo un espectáculo y de no ser por
la mortal situación hasta podría ser digno
de aprecio. Pero no, estaban en guerra y todo era el
eterno carnaval de la destrucción, la muerte
desatada a gran escala.
El cuarto pelotón, mejor dicho,
la mitad sobreviviente, ingresó a la Unidad;
dos eran llevados por sus camaradas y a uno le faltaban
ambas piernas.
-Retrocedan -ordenó el teniente.
El triángulo que formaban Oscar
y sus dos compañeros comenzó la maniobra.
Cuando se encontraban a poco más de doscientos
metros del vehículo, una unidad Krondiron apareció
por entre las nubes atómicas y se dirigió
en pos de ellos. Oscar los vio venir de inmediato y
disparó su fusil en una larga ráfaga junto
con arrojar una docena de pequeños misiles desde
los hombros de su traje. Cinco enemigos cayeron y el
resto siguió imperturbable en su dirección.
-De prisa -urgió el teniente.
Oscar reprimió el urgente deseo
de plantarse en tierra y seguir haciendo blanco en sus
atacantes. "Otra vez será", pensó
y abatió a otros dos más. Al entrar en
la Unidad, la compuerta se cerró y el navío
partió velozmente hacia el espacio en pos del
navío madre del regimiento. Dentro del vehículo
los sobrevivientes atendían las heridas de los
más graves, aunque en realidad los trajes por
sí solos podían cuidar de su ocupante
(a excepción de las heridas que requiriesen cirugía
mayor). Algunos soldados se veían cansados y
otros desanimados. Y no era para menos, puesto que llevaban
tres semanas seguidas de escaramuzas para apropiarse
de ese mundo. En este caso la orden no era la aniquilación,
sino la captura de la importantísima base de
datos que ellos tenían oculta en la base. Iba
a ser largo, tedioso y costaría muchas vidas
y recursos; empero el Alto Mando de la Federación
conocía la importancia de la información
y se empeñaba en conseguirla.
-Otro día de tiro al blanco,
¿eh, Santelices? -comentó Amner, sacándose
el casco y tomando asiento junto al sargento.
-Sí, señor, otro día
-respondió el hombre y recién entonces
se dio cuenta del tono irónico el otro: era una
leve reprimenda por haber desperdiciado un par de segundos
más de lo necesario en abatir a unos pocos Krondirons
más.
-Solamente espero que esos últimos
que eliminó sirvan de algo en la cuenta final
-dijo el teniente y lo miró con un gesto de reproche.
-Lo mismo espero -dijo Oscar tras un
pequeño e incómodo silencio-. Yo... lo
siento.
Amner encogiose de hombros y expresó:
-En todo caso, fueron buenos tiros.
Pronto se reunieron con el navío
en órbita y los heridos fueron trasladados a
la sección médica. Los restantes supervivientes
partieron rumbo a sus alojamientos en busca de un buen
baño y un todavía mejor descanso en las
literas.
-Estuvo duro -comentó Constanza
mientras terminaba de sacarse el traje-. Once horas
allá abajo casi sin respiro. -Al ver que Oscar
iba a decir algo, añadió-: No, a pesar
de los estimulantes igual me siento cansada.
Oscar repasó mentalmente las
fórmulas de los estimulantes y sus consecuencias
en el cuerpo, empero nada malo obtuvo de ello. Eran
drogas refinadas que no maltrataban innecesariamente
al organismo ni creaban dependencia, fruto de una tecnología
sumamente avanzada. Desechó esos pensamientos
y se dispuso a ver un agujero en el brazo izquierdo.
-¿Y eso? -preguntó Constanza,
acercándosele.
-Un hoyo más en el cuerpo, no
te inquietes -respondió el hombre, restándole
importancia-. Las he pasado peores.
-Peores mi abuela -dijo la mujer y
extrajo el instrumental médico de su traje-.
A ver, hazte a un lado.
-Sí, mamá-obedeció
Oscar.
La herida no era tan pequeña
como hacía ver el agujero. En verdad, había
perforado el traje y calcinado una sección del
brazo. No había sangre, pues los implantes y
microrobots de Oscar habían impedido la pérdida
del vital fluido, manteniéndolo en actividad
hasta que pudiese ser curado (o "reparado",
solían decir algunos). Una unidad médica,
que siempre estaba en el sector de los vestidores, acudió
a diagnosticar la herida y la mujer le cedió
el puesto.
-Siempre tan expuesto, ¿no?
-le reprochó ella mientras el robot analizaba
la quemadura y comenzaba a aplicarle el tratamiento
adecuado-. Mala suerte, sargento.
-Pues... hay que hacerlo, ¿no?
Otros... han muerto.
-Cierto, aunque... ¿por qué
siempre te arriesgas un poco más de lo necesario?
El hombre observó las curaciones
que le efectuaba el autómata y suspiró..
-Mira el reporte mío en la base
de datos de la nave y lo sabrás.
-No, sargento -replicó, remarcando
la palabra "sargento"-. Puedo obtenerlo todo
en una fracción de segundo, pero prefiero oírlo
de tus labios.
-Eso es chantaje a un superior, soldado,
y se pena con 30 días de cárcel.
-Ja, ja, acúsame si te atreves.
La mujer adoptaba esa actitud por ser
amiga personal de Oscar, quien había resultado
ser un excelente compañero de unidad. Su esposo
también apreciaba al hombre y en un par de ocasiones
de permiso salieron a divertirse juntos.
-Tú sabes que vengo de otro
universo, uno no perteneciente a la Federación.
-Ella asintió con la cabeza-. Resulta... -su
mirada se perdió en el vacío, rememorando
algo que a todas luces era doloroso por la expresión
de sus ojos-. Resulta que no puedo volver a mi universo,
porque se me considera un homicida peligroso y me espera
el pelotón de fusilamiento.
-¿Homicida peligroso? -preguntó
ella con incredulidad-. Vamos, esa no me la creo. Todos
sabemos que nadie no cualificado recibe los implantes
y eso excluye a los homicidas.
-Cierto, pero tuve que hacerlo en cumplimiento
del deber. Primero pertenecí a las TAC (Tropas
de Apoyo Cibernético), que suelen hacer la labor
de espías en otros universos. El trabajo sucio,
según algunos.
-¡Tú un TAC! -exclamó
Constanza con respeto-. ¿Por qué nunca...?
-Porque me trae malos recuerdos -interrumpió
Oscar-. Verás, estaba con una asignación
que era pura rutina: comprobar las supuestas acciones
Krondirons en mi ciudad, algo que llevaba haciendo por
casi ocho meses y que me implicó tener que renunciar
a mi empleo como contador en una empresa de cartones.
Bueno, esto era mejor y más emocionante, sin
lugar a dudas.
"Una tarde de sábado fui
siguiendo una pista de una transmisión cifrada
enemiga, lo cual me llevó a una bodega en un
sitio industrial adjunto a unos edificios de departamentos.
Grande fue mi sorpresa al descubrir un cuarteto de Krondirons
infiltrados, entre ellos un par de Carab... digo, policías.
Logré captar sus conversaciones y determinar
que se disponían a detonar una bomba de fusión
en el centro de la ciudad, como preludio a una invasión
a gran escala. Me contacté con la Central y me
ordenaron detenerlos a toda costa para darle tiempo
a una fuerza táctica para interceptar las naves
en camino. Eliminé a los cuatro en un rápido
tiroteo (los tomé por sorpresa) y desarmé
la bomba en cuestión. Me deshice de los cadáveres
con una granada incendiaria (así no quedarían
restos que analizar por las autoridades locales), tras
lo cual abordé una camioneta que ellos habían
utilizado para llegar hasta ahí. Me dirigí
a la puerta de enlace más cercana, unos cinco
kilómetros, y por el camino escuché por
la radio la noticia de un cuádruple homicidio,
incluyendo el de dos policías, pocos minutos
atrás.
-¿Cómo se enteraron tan
pronto?
-Aquí interviene mi maldita
mala suerte -explicó con aire cansino-. Sucede
que en uno de los edificios de apartamentos, una familia
estaba probando su nueva cámara de vídeo.
Accidentalmente enfocaron hacia el cuarteto de Krondirons
y filmaron todo el maldito evento. -Constanza abrió
desmesuradamente los ojos-. Sí, amiga, fui captado
en el momento de eliminarlos y la posterior cremación
de los cuerpos. La madre llamó a la policía
mientras el hombre seguía filmando lo acontecido.
Pronto las patrullas acordonaron la zona y el vídeo
fue rápidamente pasado por televisión
al son de "si ven a este hombre..." Imagina
el resto.
-Todo el mundo te vio cometer ese "homicidio".
-Así es. Pues bien, en el escaparate
de una tienda vi las imágenes y oí por
radio la descripción del hecho. Me olvidé
de toda precaución y aceleré la camioneta.
Los restantes tres kilómetros hasta la puerta
fueron un infierno. Tuve que traspasar cuatro barreras
policiales en medio de una lluvia de disparos y con
media docena de coches persiguiéndome, amén
de un helicóptero desde el cual un francotirador
trataba de acertarme. Cinco balas me impactaron, dos
en el pecho, una en la pierna y el otro par en el brazo
derecho. Si no fuese por estos milagrosos implantes
y sus nano... microrobots (en mi universo les dicen
nanomáquinas, por si acaso) ya estaría
muerto. -Sonrió con amargura-. A veces desearía
haber muerto en ese tiroteo.
-Debió ser horrible, ser cazado
así por tus compatriotas.
-Y que lo digas. Bueno, el caso es
que llegué al edificio de la puerta y allí
me recogieron. Atravesamos el portal y una bomba se
encargó de la maquinaria del mismo. El edificio
de dos pisos ardió hasta los cimientos, sin dejar
rastro de lo que contenía. Yo fui llevado a la
enfermería, en donde me extrajeron los proyectiles
y sanaron mis heridas. -Su mirada se volvió triste-.
Pero las heridas físicas no me importaban. -Cerró
los ojos unos segundos para volver a abrirlos con pesadez-.
A las pocas horas todo el mundo pensaba que yo era un
homicida feroz e inmisericorde, que había acabado
con cuatro personas sin motivaciones aparentes. La prensa
hizo un gran escándalo por la no captura de mi
persona, quien había rebasado todos los controles
policiales, luego suicidado en una gran explosión,
etcétera.
-No saben... No supieron lo que sucedió
en verdad. ¿Te defendiste?
-Maldita sea, otra vez, ¿cómo
iba a disparar contra los agentes de la ley que creían
estar capturando a un probado homicida? Mierda, no...
no les guardo rencor por el quinteto de balas que me
encajaron, no. Ellos hacían lo suyo y yo lo mío.
Fue horrible tener que calcular trayectorias de desplazamiento,
probables rumbos a seguir de mis perseguidores, posición
de los peatones en las veredas que me subí y
posibles rebotes de proyectiles. Eso no lo enseñan
en el entrenamiento: el huir cuando todos quieren tu
muerte y a la vez el evitar dañar a inocentes.
-¿No se pudo inventar alguna
excusa, una historia de parecidos o demencia?
-¿Parecidos? Qué va,
si todos mis vecinos me vieron salir con esa ropa y
el dueño de un almacén en donde compré
una bebida me identificó. Por si fuera poco,
en mi ex empleo dejé fama de "poco amistoso"
y con el antecedente de haberme retirado enojado con
los cretinos de mis jefes, es decir, el caldo de cultivo
ideal para una conducta psicótica. No, amiga,
no había forma de que pudiera volver a casa limpio
de todos mis cargos, era demasiado público lo
acontecido. Y tampoco quise adoptar otra identidad por...
por el dolor de ver siempre mi nombre asociado a algo
horrendo. Solamente si una delegación oficial
de la Federación interviniese para explicar lo
acontecido podría regresar, pero...
-Tu mundo no está dentro de
esta guerra, entonces -El rostro se le iluminó-.
Espera, dices que desactivaste la bomba y diste la alarma,
entonces...
-Las tropas federales interceptaron
al enemigo antes de que se materializara en mi mundo.
Tras una corta e intensa lucha los hicieron retroceder
y la invasión no se llevó a cabo. Sí,
salvé a los míos, pero no pude salvarme
yo. Y era cosa de ver las noticias para que los Krondirons
se enterasen de quién había sido la culpa
del fracaso de su invasión.
“Luego de eso, me dieron un
mes de permiso y la posibilidad de integrarme a las
Tropas Cibernéticas de lleno, lo cual acepté
con gusto; quería devolverle a estos infelices
lo que me habían dado. Me asignaron a la tercera
división con el rango de cabo y luego de su disolución
por bajas me ascendieron a sargento y el año
pasado llegué a ustedes”.
La mujer le acarició el brazo
herido con ternura y Oscar sonrió.
-Gracias, amiga, al menos alguien sabe
la verdad.
-¿No volviste a tener contacto
con los tuyos?
-Sí. Poco más de un año
más tarde me llevaron e intercepté a mi
hermano en un pasillo poco frecuentado de un centro
comercial. No le dije la verdad, claro está,
sino que había tenido que hacerlo porque ellos
se disponían a hacer algo malo; que ahora estaba
en el "extranjero" y no sabía cuándo
volvería. Lindo "extranjero" es este,
saltando de universo paralelo en universo paralelo y
jugando... -sonrió con cierta ternura- jugando
al condenado Space Marine con una manga de chiflados
que pertenecen a una Federación que haría
las delicias de mi amigo Jaime el Trikkie. -Soltó
una carcajada-. Eso sí que es irónico:
yo, el contador, el experto en malabares numéricos
y cuadraturas brujas metiéndome en un traje blindado
(que sería la envidia de la Infantería
Móvil) lleno de armas para combatir a un enemigo
que nunca para de atacar. Yo, que... -su mirada reflejó
amargura- que traté de llevar una vida normal
y...
-Sigue -pidió la mujer-. Hay
algo más, ¿cierto?
El hombre asintió con la cabeza
e inhaló fuertemente antes de añadir:
-Sí, hay algo más, mejor
dicho, alguien más. Había una mujer, Mariana,
de quien estaba... de quien estaba locamente enamorado.
Tenía un par de gemelos, fruto de un matrimonio
fracasado, unos niños encantadores de ocho años.
Pero existía otro hombre en su vida y yo jamás
le interesé. La última vez que la vi...
-se pasó la mano por el rostro-. La última
vez... estaba jugando con los gemelos y ella me increpó,
diciéndome que no me la iba a comprar haciéndome
el simpático con los niños. Casi... -su
voz se quebró-. Casi me echa a golpes de su casa,
sin darme tiempo a explicarle nada. Lo último
que recuerdo de ella es su cara furibunda al cerrarme
la puerta en la cara.
-¿Cómo pudo pensar eso
de ti?
-Cómo, ésa es una gran
pregunta -exclamó al tiempo que varias lágrimas
resbalaban por sus mejillas-. Vaya, pensé que
luego de casi dos años ya no me quedaban lágrimas.
-Se las secó con suavidad-. Para entonces había
dejado mi empleo y tenía cierta reputación
de "excéntrico" que se dedicaba a "actividades
no especificadas", léase mafia, narcotráfico
y cosas semejantes. Era obvio que ella no deseaba a
alguien así cerca de sus hijos. Lo más
simpático de esto es que sucedió a menos
de un mes de los otros acontecimientos que te describí.
Nuevamente, mi maldita mala suerte. Ahora, ella debe
echar pestes cuando se acuerda de mí y lo que
pasó la debe de haber reafirmado en la mala impresión
que tenía. A veces...
-¿A veces...?
-A veces creo que me voy a volver
loco, porque como dijo un poeta, "la locura es
el dulce remedio para los dolores del alma". Hay
ocasiones en las que no creo poder resistir más,
que voy a estallar de un momento a otro. Pero me guardo
esa rabia, ese dolor, para cuando estoy en combate y
lo suelto contra los Krondirons, quienes fueron directamente
responsables de lo que sucedió. Son mi único
desahogo, ¿entiendes?, lo único que me
libera de la tensión acumulada. A veces sueño
con flotas de la Federación que, al ritmo de
banderas y fanfarrias, van a mi mundo y les cuentan
lo acontecido, que al fin puedo volver a mi modesto
departamento del centro de la ciudad como cualquier
otra persona y... y...
-Y que ella te espera, ¿cierto?
-Oscar solamente asintió con la cabeza-. ¿Piensas
a menudo en ella?
-Todos los días -respondió
en un susurro con un obvio esfuerzo por reconocerlo-.
A veces, cuando voy al combate, proyecto su imagen en
la parte inferior de mi pantalla táctica, aquella
que nunca se utiliza. Es lo único que me queda
de mi vida anterior, mi... -Hundió el rostro
entre las manos-. Suena estúpido, lo sé,
sobre todo viniendo de alguien que ya cumplió
los 31, pero... no lo puedo evitar. A veces quisiera
no ser humano, tener el corazón de piedra y no
tener que soportar el dolor que llevo dentro -Retiró
las manos del rostro-. Estar aquí, con ustedes,
es todo lo que me queda. Me agradan, de verdad, porque
son lo que mi mundo no ha sido: una sociedad estable
y justa. No puedo decir que busco la muerte, aunque
si ella llega no me va a dar ni frío ni calor.
-No digas eso, oye. Tienes tus amigos,
nosotros nos preocupamos por ti. Mira, si te sirve de
algo me comprometo a hacer todo lo que esté en
mis manos para poder limpiar tu nombre en tu mundo,
¿de acuerdo?
-Gracias, amiga. Mas todos sabemos
que eso es casi imposible; las leyes prohiben la inclusión
de mundos inocentes en nuestra lucha y para qué
hablar de la intromisión en culturas ajenas -Movió
la cabeza de un lado para otro-. No, no es posible.
Quizás... lo más trágico sea el
haber sacrificado todo por los míos sin pedir
nada a cambio, sin siquiera que ellos se hubiesen enterado
de por qué lo hice. Un sacrificio silencioso,
¿entiendes?, aquél que solamente pocos
conocen -El robot médico hacía acabado
su labor, así que se incorporó-. Bueno,
otro día, otra pelea.
Oscar salió silenciosamente
del vestidor y Constanza permaneció en silencio
varios minutos, meditando en las consecuencias de lo
que le había narrado su amigo. Sentíase
rabiosa e impotente, pues nada podía hacer para
ayudarlo. Comprendió el enorme sacrificio que
realizó el hombre por los suyos y la gran fuerza
de voluntad que demostraba al seguir adelante. Por eso
lo admiró y su respeto, ganado dentro y fuera
del campo de batalla, aumentó.
***
Mariana estaba bajo el dintel de la
puerta, una puerta que se cerraba. Oscar no podía
llegar a ella y la iluminación que provenía
del interior de la casa era sesgada rápidamente
y reemplazada por una oprobiosa obscuridad; sus manos
arañaban la madera con futilidad...
El hombre se despertó sobresaltado,
con el rostro bañado en sudor y tras unos instantes
retomó la conciencia. Se cogió la cabeza
a dos manos y murmuró "Otra vez". Se
recostó nuevamente, sintiendo la acompasada respiración
de sus compañeros en las literas vecinas. En
el silencio de la noche solía preguntarse qué
soñaban sus camaradas, cuáles eran los
traumas y temores que los aquejaban. ¿Traumas?
No, claro, no todos tenían necesariamente que
vivir atormentados por algo. La guerra dejaba sus inevitables
secuelas en todos, aunque en la Federación se
hacía gran hincapié en la asistencia médica
y sicológica a las personas.
"Debo controlarme", pensó
Oscar, sabedor de que tenía que dar el ejemplo
a sus subordinados. Si el teniente era herido o muerto,
entonces el mando recaería en sus manos y debería
tener la mente despejada para dirigir la acción.
"¿Y qué hago aquí?" se
preguntó por enésima vez en los últimos
años. Recordó el incidente que lo llevó
a involucrarse en esa guerra.
Sabía que le sería imposible
dormir, así que comenzó a repasar las
grabaciones de la TV de su mundo que le eran enviadas
cada mes a petición suya. Era una forma de estar
en contacto con su perdida realidad, el mundo que tuvo
que dejar atrás. Por fortuna, su caso ya había
dejado de ser noticia, aunque un programa sensacionalista
prometía la historia no contada de la matanza.
Dejó eso para concentrarse en el par de series
que seguía. Gracias a su computadora injertada
en el cerebro asimiló varias horas en menos de
cinco minutos; editó las partes interesantes
y las archivó, eliminando el resto. A futuro
descargaría lo editado en la computadora de mano
que tenía en el alojamiento asignado en otro
universo (al cual le había dado una apariencia
semejante al de su hogar original). Rememoró
su viejo computador, que con seguridad ahora se encontraría
en poder de su hermano. "El viejo tarro",
pensó con ironía al recordar que la minúscula
computadora que se alojaba junto a su cerebro era infinitamente
superior a cualquier otra de su mundo. Y solamente bastaba
con que insertara una pequeña fibra óptica
en un diminuto enchufe tras la oreja izquierda para
transferir la información en segundos...
Pero, ¿qué le importaban
las ventajas técnicas? Era un exiliado, un paria
al cual nadie quería en su hogar y que probablemente
jamás volvería a casa. A veces deseaba
que hubiera un enfrentamiento con los Krondirons en
su universo para así poder regresar..., pero
eso era demasiado egoísta de su parte; dentro
de su corazón no podía desear el daño
para otros solamente para beneficio personal. No era
la persona más amable y bondadosa del mundo,
lo sabía, mas nunca sacaría provecho de
la desgracia ajena.
No, ahora ése era su hogar y
su causa de lucha, el motivo por el cual vivir y morir,
aquella distinta y singular humanidad de un universo
paralelo. Por lo menos todas las batallas que librase
no tendrían repercusión en su universo
y eso, en parte, lo reconfortaba.
***
-El plan es simple, todos lo saben
-recalcó el teniente mientras se terminaban de
colocar los trajes blindados-. Vamos a golpear y tantear
la fuerza del enemigo en los sectores supuestamente
poco protegidos. Si tenemos oportunidad nos infiltraremos,
sino emprendemos la retirada. ¿Todos listos?
-Sí, señor -contestaron
al unísono una veintena de gargantas.
Oscar observó su casco unos
instantes antes de colocárselo. Se vio reflejado
en el visor y, recordando la antigua época de
los caballeros, murmuró para sí mismo:
-Hermano, he aquí el yelmo,
ten valor -tras lo cual se puso el protector craneal.
-Sargento, que embarquen -ordenó
el teniente.
-Bien, cibernéticos, aborden
la Unidad... ¡Moveos, pedazos de mono!, ¿queréis
vivir para siempre?
Varios lo miraron con un signo de interrogación
pintado en sus caras, pero sólo Constanza preguntó:
-¿Y eso?
-Así comienza una de mis novelas
favoritas -explicó-. La frase es achacada a un
sargento desconocido durante la Primera Guerra Mundial
-La miró con dureza fingida-. ¡Vamos, soldado
hable menos y muévase!
Rápida y ordenadamente el destacamento
abordó el vehículo por los abiertos costados,
los cuales se cerraron en cuanto todos estuvieron en
sus asientos. La Unidad se deslizó por el riel
que la sujetaba hasta quedar en posición de lanzamiento.
Oscar tenía en su pantalla táctica
la vista desde la cabina de la Unidad y una toma de
las cámaras del exterior del transporte. La cuenta
regresiva desgranaba los segundos con aparente lentitud.
A pesar de estar acostumbrado, siempre existía
una pequeña ansiedad en su interior; la aplacaba
escuchando música.
Quince segundos...
-Nada nos detendrá -dijo un
cabo.
-Jamás -añadió
un soldado.
-Somos los mejores -exclamó
Constanza.
Diez segundos...
Recuerdos de otra batalla desfilaron
por la mente de Oscar, aquella en la cual poco antes
de partir una gran explosión había sacudido
al transporte. Otros recuerdos acudieron entonces, frescos,
como si fuesen de ayer. Diversas imágenes de
mundos envueltos en sombras o explosiones; mundos de
diversos tamaños; mundos con grandes estructuras
sobre la superficie; mundos cristalinos como la Tierra,
con océanos y continentes extraños; mundos
con dos soles o rodeados de anillos. Eran instantes
imborrables y siempre acudían a su mente en aquellos
momentos.
Un segundo...
El instante final, aquel que precipitaba
los acontecimientos inexorablemente. El instante en
el que no había vuelta atrás.
-¡Al infinito y más allá!
-exclamó Oscar.
Una leve sacudida y la Unidad de Asalto
se puso en marcha, llevando su cargamento de hombres
y máquinas hacia la batalla. En pocos minutos
estaban sobrevolando las capas externas de la atmósfera
junto a otros vehículos. Por delante, otras naves
descargaban su arsenal y ayudaban a la confusión
del enemigo con el lanzamiento de señuelos y
pequeños artefactos que simulaban un humano o
robot.
-Treinta segundos -anunció Amner
y Oscar acarició su fusil que oprimía
contra el pecho.
-Terreno despejado -informó
la Inteligencia Artificial de la Unidad mientras se
abrían las compuertas laterales.
Los soldados quedaron expuestos a la
atmósfera local, que desfilaba ante ellos en
confusos jirones de niebla azulada.
-Salto usual, medio segundo -ordenó
el teniente al tiempo que la cuenta regresiva se aproximaba
a cero.
Los dos últimos miembros del
pelotón fueron expulsados y luego le llegó
el turno a la pareja siguiente. Así, si alguien
era expulsado con problemas no golpearía a los
demás. Cuando todos estuvieron en el aire la
Unidad remontó el vuelo para ir a posarse en
una locación predeterminada; entonces, el oficial
ordenó:
-Separación, 200 metros -lo
cual era casi hombro con hombro-. Entraremos junto al
tercer y cuarto pelotón en este punto -una región
del mapa tridimensional que aparecía en las pantallas
tácticas se destacó con intensidad; algunos
puntos rojos lo rodeaban y Amner explicó-: Sus
supuestas defensas, aunque nadie está completamente
seguro de ello.
Las tropas convergieron sobre el punto
indicado con precaución, siendo precedidas por
varios señuelos. Como era de esperarse, el enemigo
abrió fuego contra ellos y la batalla dio inicio.
***
La situación se había
tornado peor de lo esperado y Oscar, junto a un trío
de camaradas, retrocedía forzadamente. Los Krondirons
les seguían y su número no disminuía.
-¡Están en todas partes!
-exclamó un soldado-. ¿Sería una
trampa?
-No lo sé -replicó Oscar,
lanzando algunos misiles que tuvieron escaso éxito-.
Sigamos replegándonos hacia el punto de rescate.
Por radio se escuchaban las voces de
su disperso pelotón, que huía junto a
los restantes miembros de las otras unidades que les
acompañaban. Tuvo la satisfacción de escuchar
a Constanza gritar algo; así pudo identificarla
dentro de su mapa y percatarse de que su amiga estaba
casi fuera de peligro. Pero no había tiempo para
contemplaciones. Le quedaban apenas dos robots de apoyo
y algunos señuelos que eran casi inútiles,
excepto para desviar los tiros enemigos.
-¡...nadie sobrevivió!
-se oyó por la frecuencia general-. Nos retiramos
con fuertes bajas... -estática, gritos y la voz
prosiguió con tono más calmado-. Eran
los últimos, ahora sólo estamos Gerrold
y yo. Si alguien nos puede dar una mano... transmitimos
nuestra posición...
Oscar notó la señal en
la pantalla y se percató de que estaba a menos
de cinco kilómetros de los camaradas en apuros.
No lo pensó más y les ordenó a
sus acompañantes:
-Sigan hacia la Unidad, yo iré
a ayudarlos.
Torció junto a una colina,
acompañado de los robots y señuelos. Cuando
estaba a poco más de un kilómetro de su
objetivo, éste fue destrozado por una gran explosión.
-¡Maldita sea! -gritó
con rabia al ver que los otros habían sido volatilizados.
Dio media vuelta y entonces aparecieron
numerosos enemigos en la dirección en que venía;
pero ellos no lo perseguían a él, sino
a sus compañeros en retirada. Sin proponérselo,
había quedado entre ellos y su pelotón.
No importaba, pues podía dirigirse a cualquier
otra Unidad repartida sobre el terreno. Buscó
la más cercana y se dirigió a ella, dando
un rodeo para evitar a los Krondirons.
-¡Está gravemente averiada!
-dijo una voz que reconoció como la del cabo
Ping Lo-. No podremos despegar a tiempo. ¿Alguien
más puede recogernos?
-Unidad 28, pero tardaremos algo más de dos minutos
-respondió una voz de mujer-. Vamos para allá.
-¡No tenemos dos minutos! -protestó
Ping Lo-. El teniente está gravemente herido,
apenas quedamos once con vida y los Krondirons se dirigen
hacia acá y llegarán en menos de un minuto.
No nos quedan atómicas para tender una cortina
y estamos escasos de energía.
Se hizo el silencio, pues todos los
involucrados sabían que era matemáticamente
imposible el rescate en esas circunstancias. Era cosa
de hacer un simple cálculo el ver que la llegada
del enemigo sería antes que la de la Unidad.
Oscar detuvo su vuelo y observó
el mapa con detención. Si seguía en la
dirección actual llegaría a la otra Unidad
dentro de algo más de dos minutos... Pero no
podía abandonar a sus camaradas. Mantuvo la respiración
algunos segundos, porque tenía que tomar una
decisión: seguir huyendo o...
-Muy bien, cretino, te llegó
la hora -murmuró e inhaló fuertemente-.
Robots, vamos a atacar al enemigo por el costado. Tenemos
que armar tal jaleo que piensen que somos muchos más,
así nuestros camaradas ganarán el minuto
que necesitan. ¡Vamos!
Acelerando constantemente el trío
se dirigió en pos del enemigo que habían
rebasado. Los señuelos comenzaron a transmitir
las falsas señales de identificación de
otro pelotón. Oscar, por su parte, informó
por radio:
-Octavo pelotón, "Camorristas
de O'Higgins", atacando al enemigo. Unidad 28,
siga su curso; nosotros los entretendremos.
-Gracias, Camorristas -dijo la piloto.
-¿Camorristas? -se preguntó
Ping Lo mientras repasaba la lista de tropas en el campo
de batalla. A diferencia del mundo de Oscar, los federales
no eran adictos a colocarle sobrenombres a sus unidades
de combate.
-¿Quiénes...? -empezó
a preguntarse un soldado.
-¡Oscar! -interrumpió
Constanza-. ¡No, no, idiota! -radió con
desesperación.
-Ustedes se salvarán. Buena
suerte -transmitió y cortó la comunicación.
Quedaba menos de un minuto para toparse
con el enemigo que ya los había avistado y cambiaba
de rumbo para enfrentarlos; habían mordido el
anzuelo. Al percatarse de ello, Oscar le dijo al robot
más cercano:
-¿Sabes? Siempre creí
que morir era algo especial, aunque ahora mismo no sienta
nada especial al respecto. -La imagen de Mariana lo
observaba desde el rincón de siempre dentro de
su casco-. Si supieras... -Unas lágrimas se resbalaron
por las mejillas y no quiso decir nada más; las
palabras le sonaban inútiles en esos momentos-.
Adiós.
Alistó las armas a toda potencia
mientras recordaba el rostro de sus familiares y amigos.
Pronto no quedaría nada de su persona y rememoró
los buenos momentos de su vida, sus pesares, anhelos
e inquietudes. Jamás había esperado terminar
así, aunque el riesgo siempre estaba presente.
Abrió fuego cuando los otros
estuvieron a tiro, eliminando a algunos. Poco después
vio en el mapa que la Unidad de rescate tomaba tierra
junto a los suyos. De ahora en adelante nada más
importaba. Pero siguió combatiendo, esforzándose
por eliminar a la mayor cantidad posible de enemigos.
El resultado sería el mismo; mas no por ello
dejaría de dar pelea. El robot de su izquierda
saltó en pedazos por obra de una media docena
de descargas de plasma y él mismo evitó
dos por un poco. La movilidad era la clave, aunque fuese
solamente para un respiro momentáneo. Eran demasiados
y a estas alturas ya debían haberse dado cuenta
del engaño. ¿Qué pensarían
sus oficiales? Daba igual, porque lo único que
les interesaba era acabar con los humanos, ya fuesen
unos pocos o varios miles. No importaba, con el fusil
en una mano y la pistola en la otra seguía disparando
a diestra y siniestra, escogiendo los blancos con toda
la mortal precisión que le brindaba la tecnología.
Un tiro aquí, luego mover el cañón
un poco para el siguiente, disparar, volver a mover,
esquivar un tiro, hacer zigzag, disparar otra vez. Fue
alcanzado una, dos veces en el pecho y casi no lo notó.
El traje comenzó a perder presión y la
sangre a escurrirse por las heridas.
Descarga tras descarga se acercaban
al hombre y los destellos de las armas eran casi enceguecedoras.
En medio de esta irreal iluminación recordó
su sueño, aquel en que veía a Mariana
a la entrada de su casa.
La luz era cada vez más intensa.
Los dedos de la mujer se engarfiaron
en la puerta y Oscar tendió la mano derecha para
alcanzarla, soltando el fusil. Sus ojos arrasados en
lágrimas llamaron la atención de ella
y esta vez permaneció quieta, expectante, mientras
sus miradas se cruzaban. Lentamente llegó hasta
ella y su mano la tocó.
"Gracias por esperarme",
susurró el hombre, sonriendo con dulzura y sintiéndose
bien por primera vez en años. Un instante después,
ambos se fundieron en el blanquecino resplandor del
plasma.
***
-Esto es todo lo que encontramos -informó
el robot y le entregó a Constanza la chamuscada
culata de la pistola, que aún tenía restos
del guante-. El ADN de los trozos de tejido corresponde
al del sargento...
-Es suficiente -cortó la mujer,
cogiendo el trozo de metal. Su rostro se descompuso
al tiempo que hablaba a alguien inexistente-: No podías
esperar, ¿cierto? No podías quedarte quieto
ni dejar de buscar la muerte, ¿eh?
Caminó lenta y apesadumbradamente
por la superficie del mundo recientemente conquistado.
-Lo hicimos, después de todo
-dijo al aire y su mirada recorrió los alrededores-.
Una unidad de microrobots logró desactivar las
defensas y entramos sin mayores complicaciones. Ahora...
tenemos la preciada base de datos y pronto nos largaremos
de aquí. Cómo quisiera que estuvieras
conmigo...!
Se detuvo junto a una roca. Caminó
unos pasos más y volvió a detenerse. Excavó
con las manos un pequeño agujero de treinta centímetros
y depositó con cariño el trozo de pistola;
lo volvió a cubrir con tierra y recordó
la mirada triste que solía acompañar a
su camarada. Pensó en colocar algo como lápida,
pero se arrepintió: de una u otra manera sus
restos estaban desperdigados por el terreno y ya era
parte del mismo.
-No hay sacrificio más grande
que darlo todo por otros y que nadie se entere -le dijo
a la recién creada tumba sin contener las lágrimas
que manaban de sus ojos-. Te reitero mi promesa: Algún
día iré a tu mundo para limpiar tu nombre,
aunque me tarde mil años en lograrlo. Lo prometo,
¿me escuchas? ¡Lo prometo! Se enterarán
de quién eras tú en verdad.
Permaneció agachada en silencio
algunos instantes más, no queriendo abandonar
los últimos restos de su amigo. Pensó
en lo triste que se pondría su esposo al enterarse,
pero (como en todas las guerras) las bajas eran inevitables.
No obstante, sería un dolor que llevarían
el resto de sus días.
-Espero que en la otra vida tengas
más paz que en esta -dijo y se puso de pie.
Constanza se cuadró solemnemente
y luego dio media vuelta para volver a la Unidad de
Asalto. Por el camino murmuró:
-Mala suerte, sargento.
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