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número de registro 73332 y fecha 21 de agosto
de 1989, a nombre de Teobaldo Mercado Pomar, su autor.
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Prólogo
Tras dejar por fin atrás las
nefastas consecuencias de una era decadente, vulgarmente
conocida como la Edad Mediocre, el ser humano comenzó
paulatinamente a enderezar el caos social en que se
hallaba inmerso desde hacía más de un
siglo. No fue una tarea sencilla desde ningún
punto de vista, pues la historia ha comprobado que es
mucho más fácil ganar una guerra que cambiar
las costumbres de la gente. El Movimiento Moralista
tuvo por fortuna el buen tino de controlar los excesos,
evitando así una "cacería de brujas";
a pesar de ello hubo actos aislados de violencia en
contra de algunos representantes de la cultura hedonista.
Fruto de este control, la Interpol pasó a convertirse
en Policía Interplanetaria, manteniendo sus siglas
y abarcando a todo el Sistema Solar.
El mayor incentivo que existió
en contra de la cacería de brujas y de la transformación
de la nueva Interpol en una policía secreta más,
fue el triste recuerdo de la "Santa Inquisición"
y de los regímenes totalitarios -muy bien documentados
gráficamente-. Puede afirmarse con certeza y
orgullo que la humanidad se autocontroló, dando
con ello claras muestras de que estaba madurando como
raza.
Este proceso de limpieza moral era
algo inesperado y los creyentes de las debilitadas religiones
lo achacaron a un "milagro de Dios", término
que empleábase con frecuencia para designar hechos
poco factibles de realizarse sin ayuda sobrehumana.
Desde este punto de vista, la intervención de
la computadora en el "exterminio programado"
puesto a la luz pública puede calificarse de
"sobrehumana", por lo tanto, utilizando la
terminología de esa época, es posible
denominar al suce-so con el nombre de "milagro".
Cavilaciones aparte, lo que sí
contó para la humanidad fue el hecho de rehacerse
a sí misma, de ser capaz de forjarse un futuro
mejor. La fidelidad, la lealtad, el espíritu
de superación, el amor, lo positivo y lo constructivo
nuevamente volvieron a adquirir importancia. La juventud
(el elemento primordial de las naciones) dio poco a
poco la espalda a los esquemas impuestos por la moda,
la publicidad y los ritmos musicales idiotizantes, repetitivos
y estridentes. No fueron pocos los que calificaron a
esta era como el Segundo Renacimiento; por eso en algunos
textos de historia se le denomina así.
Pero el hombre siempre ha sido un animal
pasional, dispuesto a dejarse llevar por sus ideas hasta
límites insospechados, lejos ya de toda norma
moral o ética. Gracias a esta característica
se pueden explicar ciertos hechos que no necesariamente
reflejan el sentir de la mayoría, hechos repudiables
y a los cuales -por desgracia- no se les puede controlar.
Sus ejecutores provenían principalmente de los
rescoldos de arcaicas ideologías políticas
o religiosas, aunque también intervinieron simples
ambiciosos y oportunistas. La descripción de
estos actos ocuparía docenas de miles de páginas;
como contrapartida, los actos positivos abarcarían
cientos de miles.
Pasada la euforia inicial quedó
un sentimiento de optimismo y confianza, el cual tuvo
su más grande expresión en la exploración
espacial. El hombre puso al fin un pie en un sistema
lejano (Alfa Centauro) y luego se dispuso a colocarlo
en otro. Pero las circunstancias le dieron un aire de
tragedia a la situación, aunque sirvió
para sacar a la luz un acto detestable.
Esta tragedia -como tantas otras- sobrevino
sin el menor aviso y de manera fulminante.
Capítulo 1
Aparentemente inmóviles los
majestuosos anillos llenaban gran parte del firmamento
con sus nítidos colores, poniendo así
una nota de alegría al monótono paisaje.
El contraste entre el cielo y la tierra era evidente:
azul y amarillo arriba, gris y marrón abajo.
La belleza del espectáculo sobrepasaba a cualquier
observador, sobreponiendo una vez más la grandiosidad
del universo a los limitados medios humanos. Individualmente
cada componente de los anillos era un trozo de hielo,
a menudo no mayores de un metro de diámetro,
de los cuales se encontraban por millones en el universo;
pero su especial disposición los incluía
entre las grandes maravillas admirables. Era imposible
calcular con exactitud la cantidad de años que
llevaban flotando en la nada, no obstante, podía
asegurarse con certeza que ya lo hacían cuando
el primer simio bajó de los árboles. Porque
esa es una característica del cosmos: empequeñecer
a las criaturas que lo habitan.
-Bonito espectáculo, ¿eh?
El joven físico se sobresaltó
al oír las palabras de su amigo brotar de la
radio. Casi volteó; pero prefirió continuar
de pie, en la plataforma de aterrizaje, observando los
anillos y su mundo interior flotando sobre él.
-Así es, Edgar, así es.
Las largas piernas del piloto lo condujeron
rápidamente junto al otro.
-¿Sabes, Constantin? Aún
me cuesta creer que no es Saturno. Lo veo ahí
y parece que lo estuviese observando desde un satélite
de la red SONETCOM.
-¿Cuántas veces has estado
en Saturno? En algún satélite, quiero
decir.
-Cinco, no, seis -corrigió-.
Sólo en una de esas ocasiones fui por motivos
de trabajo, el resto por placer. -Se cruzó de
brazos-. En aquella oportunidad nos detuvimos escasas
seis horas.
-Yo sólo he ido dos veces. En
la última ocasión casi descendimos al
mismísimo Saturno.
Un gesto de auténtico asombro
cruzó el rostro de Edgar Hoenig.
-¿A las bases de la Academia
Científica?
-Sí; pero el problema que tenían
lo solucionaron ellos mismos.
-No descendería ahí ni
por un millón de libras en oro -aseguró-.
Ese condenado mundo gaseoso y sus vendavales de más
de mil kilómetros por hora podrían deshacer
cualquier navío en cosa de segundos.
Constantin Alexandrov palmeó
el hombro de su compañero.
-Tranquilo, amigo -le calmó-.
Sabes perfectamente que las estaciones se encuentran
a bastantes kilómetros de la capa nubosa.
-Un error y no lo cuentas.
Rigurosamente cierto. A tan escasa
distancia, aunque en cuestión de gases nunca
podía darse un margen exacto, un vehículo
que equivocase el rumbo iría a dar contra el
eterno vendaval que componía Saturno. El hombre,
en su afán por adquirir conocimientos, situó
a comienzos del siglo veintidós tres pequeños
mundos artificiales a poca distancia del gigante gaseoso
para desentrañar sus secretos. En más
de una oportunidad los impredecibles cambios del viento
solar pusieron en aprietos los vehículos con
que se sondeaba al mayor de los planetas del Sistema
Solar, al hacer variar las capas superiores de la atmósfera.
Era el precio que debía pagarse y ocho personas
lo hicieron con sus vidas.
-Siempre habrán suicidas -comentó
Edgar-. Cuando se explore este sistema a fondo pondrán
un grupo de locos allí arriba... y no faltarán
voluntarios.
Ambos callaron.
De pie e inmóviles sobre el
suelo metálico se confundían con él,
semejando alargadas protuberancias.
-...así no podrías convencerlos.
Mira, esos tipos de Marte casi no tienen tradición
religiosa: todo fue importado desde la Tierra al comenzar
la colonización, así que no esperes un
éxito inmediato. ¿Conoces el número
exacto de sectas religiosas que pugnan allí para
ganar adeptos?
-No -reconoció.
-Ochenta y seis. ¡Sí,
ochenta y seis, y no me mires con esa cara de idiota!
Los más importantes son los Apóstoles
de la Resurrección; pero no durarán mucho:
rápido se forman y rápido se disuelven.
Considerando los diecinueve años transcurridos
desde que partimos ya no creo que existan. Una expansión
lenta y...
-¡Vaya, vaya! -interrumpió
una mujer, haciéndose presente en la sala de
estar-. Nuevamente nuestro experto en telecomunicaciones
Victor Santos adoctrina a nuestro lingüista Maurice
Hefner.
-Y nuestra encantadora doctora Carla
Fredersen se mofa una vez más.
La dama sonrió fríamente
a Santos sin ánimos de proseguir el intercambio
verbal. Toda esta escena fue observada desde una solitaria
mesa junto al ventanal por una joven, mientras barajaba
un mazo de naipes.
-¿Otro solitario? -preguntó
Santos al ver el rostro de la muchacha enfocado hacia
ellos.
-Sí, señor Santos -respondió,
repartiendo las cartas sobre la cubierta de plástico.
Victor se puso de pie y abandonó
la estancia con paso cansado. En realidad su andar era
de aburrimiento, porque tras la instalación del
equipo de comunicaciones poco le restaba por hacer.
Fredersen ocupó el puesto recién
liberado, logrando que la escrutadora mirada del otro
cayera sobre ella. Con treinta y seis años poseía
cierta belleza, una belleza especial realzada por su
cabellera negra, la cual caía algunos centímetros
más abajo de su hombro.
-Como puede ver, doctora, la Expedición
goza de buena salud -comentó.
-Eso me alegra, aunque hace que permanezca
inactiva.
-¿Se siente inútil?
-En cierta forma.
-No es la única -añadió
la alejada joven.
-¡Ah, hablas! -exclamó
Hefner en tono irónico.
La mirada que lo atravesó contenía
cierto enojo.
-Ignóralo, Suzanne -dijo Fredersen
para contener la situación-, él es así.
Durante un segundo pareció que
no se calmaría; mas volviendo a barajar las cartas
dijo:
-Ya me doy cuenta.
Si Carla albergaba la idea de que las
cosas se habían mejorado ésta se desvaneció
con la nueva frase de Hefner.
-Jugando solitarios no olvidarás
a Jack.
Los naipes escurrieron de su mano como
granos de polvo y esta vez su mirada denotó primero
dolor y luego irritación.
-Maurice, por favor -pidió Fredersen;
pero el daño ya había sido hecho.
-Gusano hablador, eso no es asunto
suyo -protestó, golpeando la mesa.
La doctora se aprontó para lo
peor, pues Suzanne era una persona mas bien callada
a la cual jamás vieron enojada como ahora. Antes
de decidir su línea de acción la joven
se aproximó hasta ellos, siguiendo de largo justo
en el momento en que parecía que iba a abofetearlo.
Con ira reprimida desapareció por el pasillo.
-No era para...
Enojada, Carla se levantó y
salió por la otra entrada.
Hefner chasqueó la lengua y
sacó un cigarrillo, encendiéndolo mientras
observaba, desafiante, el cartel de NO FUMAR adosado
a la muralla.
-Le recuerdo que está prohibido
fumar en este cuarto -dijo una voz suave y bien modulada,
proveniente de un diminuto parlante situado junto a
una pantalla; la igualmente pequeña cámara
lo enfocó en el acto.
-Cállate, computadora paranoica
-insultó.
-Repito, está prohibido fumar
en este cuarto.
Prosiguió con el cigarrillo
sin hacer caso de lo oído.
-De continuar con su actitud tendré
que comunicárselo al capitán Antroshine
-añadió el ente artificial.
-Ya te oí, ya te oí -protestó
al mismo tiempo que arrojaba el humeante cilindro dentro
del tarro para desperdicios.
-Gracias, señor.
-Y así dicen que las máquinas
no dominan al hombre -se quejó.
Con un gesto de indiferencia apoyó
ambas piernas sobre la mesa. En eso, al menos, la computadora
no podía intervenir.
-Es perfecta -dijo mientras observaba
la muestra de terreno contra la escasa luz de Tau Ceti,
poco más grande que una estrella normal. La mayor
parte de la iluminación provenía del planeta
anillado.
-Parece carbón -opinó
un joven oriental a su lado.
-No seas pesimista, Netsuco -reprochó
un tercer individuo-. Martel es el geólogo y
sabe lo que hace.
Guardó el trozo de roca en una
bolsa que pendía de su cinturón. Limpió
el polvo que cubría las rodillas de su traje
de vacío, arrancando fugaces destellos al casco.
De reojo observó el profundo desfiladero que
se abría junto a ellos, tratando de calcular
su profundidad.
-Olvídalo, Sergei, tan solo
lo hace por bromear. Robot, perfora aquí.
El potente taladro del ente artificial
atravesó la roca en cuestión de segundos,
tras lo cual sus ocho ruedas lo retiraron del lugar.
Lentamente el largo cilindro que contenía un
corte transversal de la formación geológica
fue depositado en el compartimiento de carga por los
ágiles brazos mecánicos.
-¿A qué conclusiones
has llegado después de estas tres semanas de
trabajo? -preguntó Netsuco.
-Bueno... nada extraordinario. Este
satélite se compone de los mismos elementos que
casi cualquier otro. Sin atmósfera que lo rodee
sufre el ocasional impacto de meteoritos. -Señaló
un cercano valle-. Eso hace milenios fue un volcán,
ahora totalmente extinguido; es como Io unos cuantos
cientos de miles de años más viejo.
-Tanta simplicidad es decepcionante
-comentó Sergei, pateando una piedra que se hundió
en la obscuridad del desfiladero.
-Al menos los tres cuartos de ge alivian
las tareas pesadas -consoló Netsuco y dio un
salto.
-Muy bien, payaso, ya nos vamos -apremió
Martel-. Con tipos como tú no sé que impresión
le daríamos a una raza alienígena.
-Conque eso lamentas, ¿eh? -exclamó
Sergei-. Quisieras haber encontrado seres inteligentes.
-¿Cómo lo sabes?
-Por la cara de decepción que
pusiste al decir eso -afirmó-. Por mi parte la
idea me asusta, así que estoy conforme con lo
que tenemos.
El pequeño transporte aéreo
los aguardaba varios metros más allá.
El setenta y cinco por ciento de sus asientos quedaron
ocupados con ellos. Netsuco tomó los mandos y
procedió a encender los motores. Sin ruido y
con un leve bamboleo comenzaron a elevarse, levantando
algo de la cenicienta arena apiñada alrededor
de las toberas. Paralelamente, el autómata inició
su propio vuelo, lanzando pequeñas llamaradas
por sus modestos reactores, los cuales, sin embargo,
podían izar con facilidad cerca de doscientos
kilos. Capaz de desplazarse a poco más de cien
kilómetros por hora era un prodigio de la tecnología
del siglo veintitrés. La ayuda prestada por las
inteligentes e incansables máquinas al ser humano
no podía medirse monetariamente; en una sociedad
tan tecnificada como la terrestre se volvían
casi imprescindibles, tanto en el espacio como en los
planetas habitados.
-¿Alguna novedad del cuarto
planeta? -inquirió Martel.
-Nada -respondió Sergei-. El
grupo de Brukner ha catalogado parte de la flora y fauna,
pero tampoco encontró algo muy interesante. Es
decepcionante comprobar que el universo se parece mucho
a lo calculado -añadió con un pesimismo
que era desconocido en él-. La evolución
actúa aquí igual que en casa.
-Pero no produjo seres inteligentes
-acotó Netsuco.
-Porque no se dieron las condiciones
para ello -añadió Martel.
Los rasgados ojos del oriental demostraron
un vivo interés por el rumbo que tomaba la conversación.
Súbitamente inspirado dijo:
-Hagamos lo que hagamos nunca lo alcanzaremos
a Él.
-¿A quién? -preguntó
el joven ruso.
-Al Creador.
Un silencio y miró a Martel
para ver la reacción de su amigo, quien dijo:
-Por lo visto has hablado con Santos.
-Y también con Hefner -reconoció.
Bajo ellos una línea surcada
por ocasionales grietas les vio pasar, totalmente ajena
e indiferente a los conflictos humanos.
-Por lo visto también compartes
sus ideas religiosas -añadió Martel.
-Prefiero el término "convertido"
-objetó-. Además, las religiones aún
existen, y lo que es más: Dios existe.
-Si te refieres al dios bíblico
olvídalo -replicó Sergei con vehemencia-.
Es absurdo suponer que el universo se creó en
un instante y la Tierra en siete días. Eso, solo
para comenzar. La Ciencia nos comprobó el Big
Bang y la evolución, así como los Black
Holes y reactores de fusión, gracias a uno de
los cuales llegamos hasta aquí.
-Debes ver el trasfondo filosófico
-objetó Netsuco-. Recuerda que el Señor
actúa de maneras muy misteriosas y casi nunca
directas. La Ciencia...
-Esa es la debilidad de tu dios -cortó
Sergei-. Todo lo referente a él son sólo
palabras; la Ciencia, en cambio, ofrece hechos comprobados
o factibles de comprobar. Visto con deta...
-Basta -pidió Martel con bastante
enfado-. Por favor, somos expedicionarios y no estúpidos
políticos que discuten por pequeñeces.
-¿No compartes mis ideas? -preguntó
Sergei.
-Me es indiferente opinar al respecto;
pero por el momento tenemos que llevar esas muestras
al Laboratorio. Después pueden batirse a duelo,
si les place.
-Por lo de "pueden" colijo
que no intervendrás -dijo Netsuco.
-Así es. No creo que la humanidad
avance realmente si continúa discutiendo por
esa clase de diferencias.
La decidida respuesta puso punto final
a la cuestión. De pronto, la cabina pareció
demasiado estrecha para tantas emociones reunidas. Pese
a que las disputas sobre la validez de las religiones
se extendía desde siglos atrás, aún
eran causal de conflictos, no obstante, la humanidad
del siglo veintitrés enfocaba su vista hacia
otros objetivos, principalmente la conquista espacial.
Era esa ansia de recorrer el infinito lo que había
logrado que la cooperación entre las naciones
aumentase, si bien las fronteras y demás divisiones
político-sociales aún existían.
Ellos mismos eran un ejemplo de esa unión, ya
que pertenecían a distintos países. Al
igual que el anterior, este proyecto había sido
planeado y discutido en extenso por el Consejo Espacial
de la ONU. Sin duda alguna el formidable éxito
logrado por la primera expedición facilitó
y lubricó mucho la firma del documento aprobatorio
de la segunda.
Silenciosos dos minutos después
descendían en la metálica pista apodada
"la parrilla", por estar configurada de vigas
entrecruzadas. Sin decir palabras descargaron lo acarreado
por el robot. Martel salu con un brazo en alto a Hoenig
y Alexandrov, que proseguían observando el cielo
desde el otro extremo de la pista; le devolvieron el
saludo.
-Yo llevaré las muestras al
Laboratorio -dijo, sonriendo levemente.
Los otros dos recuperaron parte de
su anterior optimismo y el hielo se quebró, haciendo
olvidar los momentos de tensión vividos que amenazaron
con romper la amistad.
-Nosotros nos encargaremos de la mantención
del vehículo -aseguró Netsuco, palmeando
el hombro de su compañero.
Devuelta ya la camaradería,
Martel largóse a andar hacia la compuerta estanca
que le permitiría ingresar a la base. Por enésima
vez admiró la rapidez con que se construyó
el complejo. Todo venía prefabricado y embalado
en la ahora vacía gran bodega de la nave y se
ensambló en escasas tres semanas de trabajo duro,
demandando el esfuerzo de todos los tripulantes. Tres
siglos de experiencia en el espacio habían logrado
desarrollar mucho la Ingeniería, a un grado tal
que una estación orbital era tan fácil
de hacer como una casa en la Tierra... y casi igual
de barata.
-Allá va con más piedritas
-comentó Hoenig, generando una sonrisa en Alexandrov-.
Ése es un tipo que ha trabajado bastante y creo
que la... ¿Qué te pasa?
Su camarada señaló en
dirección a la estrella local.
-¿Es idea mía o está
creciendo?
-¡Creciendo! Vamos, amigo, tu
vista...
Pero era cierto. Segundo a segundo
el disco luminoso se agrandaba notoriamente, como los
faros de un coche que viene en dirección contraria.
Lentamente las estrellas veían opacado su brillo
con el del sol local. En pocos instantes el fenómeno
era visible a simple vista. Hoenig no necesitó
ser astrónomo para comprender lo sucedido, o
al menos lo intuyó.
-Supernova -murmuró y el cielo
se encendió rápidamente.
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