| Maurice apagó
el terminal sin dejar de juguetear con el cigarrillo
en la boca. Miró por enésima vez la ventana
y se imaginó un paisaje de su amada Riviera,
olvidando por completo el diario que pensaba iniciar.
En realidad, nunca había sido muy constante en
sus ideas (excepto las religiosas) y un diario de vida
que reflejase su desgracia lo deprimiría aún
más. Sencillamente su paciencia no soportaría
el escribir las vivencias diarias en aquella roca solitaria.
-Ayúdame, Señor -balbuceó
y pronto su balbuceo se transformó en sollozo.
Un par de figuras enfundadas en trajes
de vacío atrajeron su atormentada atención.
Por lo visto no era el único incapaz de dormir
y se preguntó si en realidad alguno podría
hacerlo como antes. Fijándose más descubrió
que eran Martel y Hoenig. ¿A dónde irían
a pasear?, se preguntó.
La muerte de Santos le entristecía
y sabía que tendría muchos años
para lamentarlo, muchos años para seguir recordando
a su compañero trágicamente desvanecido.
¿Cuánto podría aguantar el estar
encerrado con los demás supervivientes en esa
roca abandonada en el espacio? ¿Hasta dónde
su cordura lo podría resistir?
No soportó más y se puso
de pie violentamente, como impulsado por un resorte.
Dio nerviosos pasos en torno al reducido espacio de
su habitación, inquieto.
Quedóse en pie, justo al centro,
meditando. La soledad circundante incentivó su
ensimismamiento, poniéndolo de un humor muy especial,
distinto. En lo profundo de su mente brilló la
curiosidad y siguió con la mirada al par de caminantes.
Se dirigían al extremo sur de la pista. ¿Por
qué?
Aguardó y al ver que nada sucedía
llevó una silla junto al ventanal para montar
vigilia en espera de los acontecimientos. Al cabo de
varios minutos de espera la pareja se asomó,
cargando un objeto voluminoso... El cadáver de
Netsuco. Claro, después del caos acontecido nadie
se preocupó de los muertos; la atención
estuvo concentrada en otras cosas más inmediatas.
Y casi en el acto se arrepintió por haber pensado
mal de ellos, pues había ido a cumplir una labor
humanitaria... Pero eso no disminuía sus otros
temores.
***
NETSUCO YUICHIANG
12-8-2230 AL 30-5-2284
VICTOR SANTOS
16-6-2237 AL 30-5-2284
JAVIER ORTEGA
8-3-2239 AL 30-5-2284
NIELS CASTLE
11-9-2241 AL 30-5-2284
Los dedos de Martel se entrelazaron con recogimiento
y dolor en su espalda. Hoenig, a su lado, realizó
idéntico gesto. Los demás presentes inclinaron
levemente la cabeza, uniéndose al dolor común.
Hefner se persignó.
Las cuatro tumbas recién cavadas sobresalían
notoriamente en medio de la explanada, junto a las edificaciones
de la base. La falta de atmósfera daba un especial
sentido de vacío a la situación. Ninguna
clase de viento o sonido en general perturbaba la quietud
del lugar.
-Descansen en paz -dijo el capitán-.
Fueron los primeros y espero que también sean
los últimos en morir tan lejos de su hogar.
La ceremonia tuvo un realce especial,
diferente a cualquier otra. Edgar había asistido
a otros entierros, pero ninguno tan particular como
ése. Faltaban los parientes del deudo, las flores
en torno a la tumba, los árboles alrededor y
muchas otras cosas. Lo estéril del terreno y
la ausencia de atmósfera impedía plantar
alguna flor siquiera y la falta de ese verde vivificador
lo entristeció aún más. Lo único
que denotaba la existencia de las tumbas era la metalizada
lápida con los nombres y fechas de nacimiento
y muerte. A futuro, se dijo, procuraría remediar
esa falta con algunas flores de plástico y otros
aditamentos, que transformarían un poco lo triste
de la visión.
En silencio y cabizbajo el capitán
se retiró del improvisado camposanto. Los demás
permanecieron clavados en sus puestos e intercambiaron
pensamientos funestos mediante los ojos. De por sí
su situación era lo bastante pesada como para
tener que soportar la muerte de cuatro camaradas. Para
algunos sería demasiado y otros, a la larga,
acabarían medio locos. Por el momento las cosas
se mantenían, pero a futuro...
De los cadáveres sepultados
sólo el de Netsuco era reconocible, los demás
estaban desfigurados por la explosión o destrozados
por la falta de presión. Recoger los restos de
Santos había requerido de toda la fuerza de voluntad
del grupo.
Largas sombras se extendían
desde las lápidas en dirección a la próxima
depresión, creadas por la luminosidad del coloso
de gas. Las cercanas construcciones de la base se alzaban
tras el grupo y un ente mecánico se mantenía
cerca de ahí, silencioso, impasible ante la muerte
de los seres de carne.
-Maldita sea, maldita sea -dijo Martel.
-Tranquilo, amigo -le calmó
Edgar-. Piensa en que debemos sobrevivir.
-Sobrevivir -murmuró con amargura
en la mirada-. Sobrevivir en esta horrible roca.
Su mente voló lejos, más
allá de varios años-luz de vacío,
rumbo al azul planeta que una vez fue su hogar. Las
praderas y colinas de la Tierra se perfilaron con nitidez
en medio de incontables recuerdos asociados a ella.
De ahora en adelante tendría
que vivir de recuerdos.
***
-Con calma, con calma -dijo Edgar,
aumentando levemente la velocidad de enrollado; la cuerda
se balanceó débilmente mientras Constantin
se preocupaba de que el voluminoso tubo no chocase con
algo en su trayecto de ascensión.
El cilindro metálico pronto
llegó al nivel superior y entre ambos lo acomodaron
en el piso junto a otros similares.
-Al fin -comentó Edgar, acariciando
los controles de la grúa portátil-. Menudo
trabajo nos tocó.
A lo lejos se sentía el sonido
de las herramientas que reparaban el taller. De vez
en cuando un golpe sordo recorría la estructura
metálica sobre la que estaban parados, demostrando
lo que acontecía en el exterior. Toda la base
bullía de actividad, pues las reparaciones eran
muchas y grandes. El único que no lo hacía
era Daniel, ya que la doctora le recetó reposo
para sanar de su herida en la cabeza.
En otro ámbito, Oscar mantenía
una vigilancia constante en todas las frecuencias por
si recibían algún mensaje de sus camaradas.
Pero hasta el momento su atención había
sido infructuosa. Ni el más leve rumor o murmullo
se captaba en las ondas hertzianas. No obstante, el
sofisticado computador proseguiría en su labor
hasta que le ordenasen lo contrario. De todas maneras,
para él los demás miembros de la tripulación
no estaban oficialmente muertos, sino "desaparecidos",
un término muy apropiado, aunque algo intrascendente
para los seres humanos. Realmente el resto de los expedicionarios
debían estar muertos, lógicamente hablando:
las tomas del cuarto planeta así lo demostraban.
La superficie de aquel mundo se veía en completo
descalabro, sobresaliendo tan solo algunos retazos del
antiguo verdor que antaño lo cubrió. Era
curioso que los destacados en el mundo menos habitable
se hubiesen salvado.
De los misteriosos seres no se supo
más. Un análisis exhaustivo del sistema
no reveló algo nuevo. Sencillamente habían
partido con rumbo desconocido y los seres humanos posiblemente
jamás los volverían a encontrar. Edgar
decía que para bien.
-¿En qué piensas, Constantin?
-inquirió Edgar.
El aludido salió de su ensoñación
con rapidez, como si le hubiesen arrojado un balde de
agua en la cara. Esbozando una leve sonrisa de cortesía
más que de complacencia, respondió:
-Casi en nada, casi en nada.
-¿Familia? -preguntó,
mostrando algo de intuición.
Constantin asintió con la cabeza
y añadió:
-Y mi querido pueblo natal de Boltreiska.
¿Sabes?, ahora lo considero así más
que nunca.
-No eres el único que añora
el hogar. Por mi parte echo de menos las calles de Frankfurt.
-¿Eres un habitante de la gran
ciudad? ¡Vaya, vaya! Todo un capitalista y nunca
me lo habías contado.
La vieja broma sobre el capitalismo
hizo que ambos sonrieran. Rápidamente, y para
no perder la magia del momento, Edgar palmeó
el hombro de su amigo y dijo:
-Pongámonos en marcha..., camarada.
-Por supuesto.
Ambos desaparecieron por el pasillo.
-Entonces tengo razón.
Oscar aguardó algunos corteses
segundos para responder a Daniel:
-Así es; pero existe un pequeño
factor de riesgo que valdría la pena considerar,
sobre todo tratándose de algo tan delicado como
lo que usted propone.
Acarició un poco la venda que
cubría sus sienes, tratando de acallar la comezón
que sentía en su golpeado cráneo.
-Aún así creo que los
demás estarán dispuestos a correr ese
riesgo. -Se acomodó en el sillón-. Sabes
que en el actual estado cualquier alternativa es válida.
-Y quiere ofrecer una que sea distinta
de la muerte o la locura.
La frase del organismo cibernético
le atrajo bastante. La cuidadosa selección que
hizo de los términos daba a entender que sabía
las trágicas decisiones a las cuales podían
llegar algunos. No se asombró, puesto que conocía
bastante bien los programas (aunque ya no podían
llamársele como tales) de control y procesos,
entre los cuales se incluían algunos de psicología.
Una máquina que conviviese con seres humanos
durante un prolongado período de tiempo tenía
por fuerza que saber acerca de su "irracional",
a veces, comportamiento.
-Sí, Oscar. Es lo que se considera
un riesgo calculado. Pero no puedes negar que la idea
es factible con nuestros medios y el mayor soporte que
ella tiene eres tú. Basta ver que apenas fuiste
perjudicado con el casi descalabro de la base. Tu unidad
central permanece incólume.
-Admito la factibilidad de la idea
-reconoció Oscar-; pero la decisión queda
en última instancia en manos del capitán.
Pensó un poco sobre eso. El
viejo lobo de mar, como le llamaban sus amigos, sería
un hueso duro de roer. Tendría que esbozar lo
mejor de su dialéctica para convencerlo, convencerlo
de una idea que tal vez no fuera realmente segura.
***
Las sombras del planeta dejaron de
cubrir el satélite y Martel contempló
con indiferencia el rojizo disco en que se había
transformado Tau Ceti. La escena tenía una aterradora
belleza, la cual implicaba colosales fuerzas. Trató
de imaginar cómo hicieron explotar aquel astro
los desconocidos. Eran una cultura tremendamente avanzada,
sin duda, y los seres humanos no alcanzarían
su grado de desarrollo antes de muchos milenios. Tal
vez no sabían que ellos estaban ahí; posiblemente
ni siquiera los vieron, tan preocupados estaban de reventar
la estrella para... ¿utilizar su energía?
Durante décadas se había discutido acerca
del aprovechamiento de la energía liberada por
una nova, si lograba hacerse artificialmente. Era una
de tantas materias por el momento inalcanzables que
afanaban las mentes de los hombres de ciencia dentro
de un contexto teórico. Una vez Einstein enunció
su teoría de la Relatividad y el mundo científico
cambió ostensiblemente. Algo similar sucedió
con la construcción del primer reactor de fusión,
el cual abrió el camino de la energía
casi ilimitada a la humanidad. Lamentó profundamente
no haber encontrado rastros de ellos, porque podían
haberles enseñado mucho. Tenía tantas
preguntas que hacerles que calculó que las respuestas
ocuparían varios días...., si le hacían
caso.
Académicamente hablando, lo
acontecido podía calificarse de "nova",
pues Tau Ceti no fue destrozada, sino que obligada a
expandir las capas exteriores de su núcleo. Para
esto es preciso que la reserva de hidrógeno del
núcleo se agote, lo cual era con certeza lo que
hicieron el cuarteto de esferas. Según Constantin,
eso era algo que él no podía imaginarse
que pudiera realizarse tan rápido; mas los desconocidos
extraterrestres pudieron lograrlo en cosa de minutos.
-Martel -llamaron por radio y dejó
de mirar el cielo para girar su rostro hacia la base.
-Adelante, Edgar.
-Oye, Daniel tiene una idea tan descabellada
que podría resultar.
-¿Idea con respecto a qué?
-Hibernación, muchacho, hibernación.
Acaba de contárselo al capitán y éste
se ha entusiasmado con la idea. Quiere que construyamos
un equipo de congeladores para que nos metamos en ellos
mientras Oscar nos vigila, ¡imagínate!
Martel no se asombró, a fin
de cuentas, era algo que cabía dentro de lo factible
si se veía con cuidado. Repentinamente motivado
dijo:
-Voy para allá.
Emprendió la marcha con cierto
júbilo, pues la ocurrencia de su camarada era
buena, a la vez que sencillísima.
Edgar le abrió la cámara
y pronto se sacaba el casco.
-Por aquí -indicó el
piloto, señalando el pasillo central.
El salón se hallaba repleto
con los expedicionarios, quienes oían con detalle
lo expuesto por el maltrecho Daniel. Éste se
encontraba señalando con un brazo ciertos diagramas
proyctados sobre una pared a la vez que gesticulaba
con el otro. Nadie pareció fijarse en la llegada
de la pareja.
-¿Resistirán las celdas
solares tanto tiempo funcionando? -interrumpió
la doctora.
-Bueno... Operacionalmente hablando
claro que sí. El único inconveniente consistiría
en que un meteorito las dañase. Esa posibilidad
sería mucho más pequeña si nos
encontrásemos en un mundo con atmósfera,
la cual, como todos saben, protege de tales casos con
el roce.
La mayoría asintió con
alegría contenida.
El capitán se puso de pie y
dijo:
-El plan me parece ideal, así
que prepararemos una transmisión de auxilio en
la que señalaremos lo que vamos a hacer. Sergei,
¿hay metales en la cantidad suficiente como para
construir lo deseado?
-Creo que si fundimos todo el de las
bodegas tendremos suficiente, si no podemos extraerlo
del suelo -—respondió el aludido.
-¿Y las drogas de mantenimiento
corporal? -inquirió el capitán, sabedor
de que sin ellas sus organismos serían incapaces
de resistir las bajas temperaturas.
-No soy técnico en hibernacióm,
pero creo que puedo fabricarlas -contestó Laura-.
En todo caso podemos probar congelando a uno de nosotros
durante algunos días.
El problema planteado era fundamental
en el proceso, ya que al congelar una parte del licor
celular sube la concentración de sal en un grado
inadmisible y, además, los cristales que se producen
pueden destruir las paredes de la célula. Sumado
a esto -y como ejemplo- las células ganglionares
del cerebro no soportan más que un corto período
de tiempo las bajas temperaturas. Un mínimo de
vida depende de una cierta función de las células,
de la respiración celular y de la alimentación
precisa del tejido. Todo ello se consideró insalvable
durante décadas, hasta que la invención
de diversas drogas consiguió salvar esta dificultad.
No obstante, debían ser suministradas en momentos
y cantidades precisas, puesto que de lo contrario tendrían
graves consecuencias sobre el organismo. Otras drogas
que contrarrestaban su efecto eran inyectadas al momento
de iniciar la "resucitación"; eso quedaba
en manos del equipo computarizado.
-¿Ingeniería?
-No hay problemas, señor. Las
herramientas funcionan a la perfección. Para
el trabajo pesado tenemos a los robots.
-¿Tiempo estimado de trabajo?
-prosiguió preguntando Antroshine.
-Casi un año.
-Entonces comenzaremos a trabajar mañana
mismo. Daniel, tú, Oscar y Sergei preparen los
planos hoy en la tarde.
Con estas palabras puso fin a la improvisada
reunión.
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