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Nova: Cap3 Más sobre Teobaldo Mercado

Maurice apagó el terminal sin dejar de juguetear con el cigarrillo en la boca. Miró por enésima vez la ventana y se imaginó un paisaje de su amada Riviera, olvidando por completo el diario que pensaba iniciar. En realidad, nunca había sido muy constante en sus ideas (excepto las religiosas) y un diario de vida que reflejase su desgracia lo deprimiría aún más. Sencillamente su paciencia no soportaría el escribir las vivencias diarias en aquella roca solitaria.

-Ayúdame, Señor -balbuceó y pronto su balbuceo se transformó en sollozo.

Un par de figuras enfundadas en trajes de vacío atrajeron su atormentada atención. Por lo visto no era el único incapaz de dormir y se preguntó si en realidad alguno podría hacerlo como antes. Fijándose más descubrió que eran Martel y Hoenig. ¿A dónde irían a pasear?, se preguntó.

La muerte de Santos le entristecía y sabía que tendría muchos años para lamentarlo, muchos años para seguir recordando a su compañero trágicamente desvanecido. ¿Cuánto podría aguantar el estar encerrado con los demás supervivientes en esa roca abandonada en el espacio? ¿Hasta dónde su cordura lo podría resistir?

No soportó más y se puso de pie violentamente, como impulsado por un resorte. Dio nerviosos pasos en torno al reducido espacio de su habitación, inquieto.

Quedóse en pie, justo al centro, meditando. La soledad circundante incentivó su ensimismamiento, poniéndolo de un humor muy especial, distinto. En lo profundo de su mente brilló la curiosidad y siguió con la mirada al par de caminantes. Se dirigían al extremo sur de la pista. ¿Por qué?

Aguardó y al ver que nada sucedía llevó una silla junto al ventanal para montar vigilia en espera de los acontecimientos. Al cabo de varios minutos de espera la pareja se asomó, cargando un objeto voluminoso... El cadáver de Netsuco. Claro, después del caos acontecido nadie se preocupó de los muertos; la atención estuvo concentrada en otras cosas más inmediatas. Y casi en el acto se arrepintió por haber pensado mal de ellos, pues había ido a cumplir una labor humanitaria... Pero eso no disminuía sus otros temores.

***

NETSUCO YUICHIANG
12-8-2230 AL 30-5-2284

VICTOR SANTOS
16-6-2237 AL 30-5-2284

JAVIER ORTEGA
8-3-2239 AL 30-5-2284

NIELS CASTLE
11-9-2241 AL 30-5-2284

Los dedos de Martel se entrelazaron con recogimiento y dolor en su espalda. Hoenig, a su lado, realizó idéntico gesto. Los demás presentes inclinaron levemente la cabeza, uniéndose al dolor común. Hefner se persignó.

Las cuatro tumbas recién cavadas sobresalían notoriamente en medio de la explanada, junto a las edificaciones de la base. La falta de atmósfera daba un especial sentido de vacío a la situación. Ninguna clase de viento o sonido en general perturbaba la quietud del lugar.

-Descansen en paz -dijo el capitán-. Fueron los primeros y espero que también sean los últimos en morir tan lejos de su hogar.

La ceremonia tuvo un realce especial, diferente a cualquier otra. Edgar había asistido a otros entierros, pero ninguno tan particular como ése. Faltaban los parientes del deudo, las flores en torno a la tumba, los árboles alrededor y muchas otras cosas. Lo estéril del terreno y la ausencia de atmósfera impedía plantar alguna flor siquiera y la falta de ese verde vivificador lo entristeció aún más. Lo único que denotaba la existencia de las tumbas era la metalizada lápida con los nombres y fechas de nacimiento y muerte. A futuro, se dijo, procuraría remediar esa falta con algunas flores de plástico y otros aditamentos, que transformarían un poco lo triste de la visión.

En silencio y cabizbajo el capitán se retiró del improvisado camposanto. Los demás permanecieron clavados en sus puestos e intercambiaron pensamientos funestos mediante los ojos. De por sí su situación era lo bastante pesada como para tener que soportar la muerte de cuatro camaradas. Para algunos sería demasiado y otros, a la larga, acabarían medio locos. Por el momento las cosas se mantenían, pero a futuro...

De los cadáveres sepultados sólo el de Netsuco era reconocible, los demás estaban desfigurados por la explosión o destrozados por la falta de presión. Recoger los restos de Santos había requerido de toda la fuerza de voluntad del grupo.

Largas sombras se extendían desde las lápidas en dirección a la próxima depresión, creadas por la luminosidad del coloso de gas. Las cercanas construcciones de la base se alzaban tras el grupo y un ente mecánico se mantenía cerca de ahí, silencioso, impasible ante la muerte de los seres de carne.

-Maldita sea, maldita sea -dijo Martel.

-Tranquilo, amigo -le calmó Edgar-. Piensa en que debemos sobrevivir.

-Sobrevivir -murmuró con amargura en la mirada-. Sobrevivir en esta horrible roca.

Su mente voló lejos, más allá de varios años-luz de vacío, rumbo al azul planeta que una vez fue su hogar. Las praderas y colinas de la Tierra se perfilaron con nitidez en medio de incontables recuerdos asociados a ella.

De ahora en adelante tendría que vivir de recuerdos.

***

-Con calma, con calma -dijo Edgar, aumentando levemente la velocidad de enrollado; la cuerda se balanceó débilmente mientras Constantin se preocupaba de que el voluminoso tubo no chocase con algo en su trayecto de ascensión.

El cilindro metálico pronto llegó al nivel superior y entre ambos lo acomodaron en el piso junto a otros similares.

-Al fin -comentó Edgar, acariciando los controles de la grúa portátil-. Menudo trabajo nos tocó.

A lo lejos se sentía el sonido de las herramientas que reparaban el taller. De vez en cuando un golpe sordo recorría la estructura metálica sobre la que estaban parados, demostrando lo que acontecía en el exterior. Toda la base bullía de actividad, pues las reparaciones eran muchas y grandes. El único que no lo hacía era Daniel, ya que la doctora le recetó reposo para sanar de su herida en la cabeza.

En otro ámbito, Oscar mantenía una vigilancia constante en todas las frecuencias por si recibían algún mensaje de sus camaradas. Pero hasta el momento su atención había sido infructuosa. Ni el más leve rumor o murmullo se captaba en las ondas hertzianas. No obstante, el sofisticado computador proseguiría en su labor hasta que le ordenasen lo contrario. De todas maneras, para él los demás miembros de la tripulación no estaban oficialmente muertos, sino "desaparecidos", un término muy apropiado, aunque algo intrascendente para los seres humanos. Realmente el resto de los expedicionarios debían estar muertos, lógicamente hablando: las tomas del cuarto planeta así lo demostraban. La superficie de aquel mundo se veía en completo descalabro, sobresaliendo tan solo algunos retazos del antiguo verdor que antaño lo cubrió. Era curioso que los destacados en el mundo menos habitable se hubiesen salvado.

De los misteriosos seres no se supo más. Un análisis exhaustivo del sistema no reveló algo nuevo. Sencillamente habían partido con rumbo desconocido y los seres humanos posiblemente jamás los volverían a encontrar. Edgar decía que para bien.

-¿En qué piensas, Constantin? -inquirió Edgar.

El aludido salió de su ensoñación con rapidez, como si le hubiesen arrojado un balde de agua en la cara. Esbozando una leve sonrisa de cortesía más que de complacencia, respondió:

-Casi en nada, casi en nada.

-¿Familia? -preguntó, mostrando algo de intuición.

Constantin asintió con la cabeza y añadió:

-Y mi querido pueblo natal de Boltreiska. ¿Sabes?, ahora lo considero así más que nunca.

-No eres el único que añora el hogar. Por mi parte echo de menos las calles de Frankfurt.

-¿Eres un habitante de la gran ciudad? ¡Vaya, vaya! Todo un capitalista y nunca me lo habías contado.

La vieja broma sobre el capitalismo hizo que ambos sonrieran. Rápidamente, y para no perder la magia del momento, Edgar palmeó el hombro de su amigo y dijo:

-Pongámonos en marcha..., camarada.

-Por supuesto.

Ambos desaparecieron por el pasillo.

-Entonces tengo razón.

Oscar aguardó algunos corteses segundos para responder a Daniel:

-Así es; pero existe un pequeño factor de riesgo que valdría la pena considerar, sobre todo tratándose de algo tan delicado como lo que usted propone.

Acarició un poco la venda que cubría sus sienes, tratando de acallar la comezón que sentía en su golpeado cráneo.

-Aún así creo que los demás estarán dispuestos a correr ese riesgo. -Se acomodó en el sillón-. Sabes que en el actual estado cualquier alternativa es válida.

-Y quiere ofrecer una que sea distinta de la muerte o la locura.

La frase del organismo cibernético le atrajo bastante. La cuidadosa selección que hizo de los términos daba a entender que sabía las trágicas decisiones a las cuales podían llegar algunos. No se asombró, puesto que conocía bastante bien los programas (aunque ya no podían llamársele como tales) de control y procesos, entre los cuales se incluían algunos de psicología. Una máquina que conviviese con seres humanos durante un prolongado período de tiempo tenía por fuerza que saber acerca de su "irracional", a veces, comportamiento.

-Sí, Oscar. Es lo que se considera un riesgo calculado. Pero no puedes negar que la idea es factible con nuestros medios y el mayor soporte que ella tiene eres tú. Basta ver que apenas fuiste perjudicado con el casi descalabro de la base. Tu unidad central permanece incólume.

-Admito la factibilidad de la idea -reconoció Oscar-; pero la decisión queda en última instancia en manos del capitán.

Pensó un poco sobre eso. El viejo lobo de mar, como le llamaban sus amigos, sería un hueso duro de roer. Tendría que esbozar lo mejor de su dialéctica para convencerlo, convencerlo de una idea que tal vez no fuera realmente segura.


***

Las sombras del planeta dejaron de cubrir el satélite y Martel contempló con indiferencia el rojizo disco en que se había transformado Tau Ceti. La escena tenía una aterradora belleza, la cual implicaba colosales fuerzas. Trató de imaginar cómo hicieron explotar aquel astro los desconocidos. Eran una cultura tremendamente avanzada, sin duda, y los seres humanos no alcanzarían su grado de desarrollo antes de muchos milenios. Tal vez no sabían que ellos estaban ahí; posiblemente ni siquiera los vieron, tan preocupados estaban de reventar la estrella para... ¿utilizar su energía? Durante décadas se había discutido acerca del aprovechamiento de la energía liberada por una nova, si lograba hacerse artificialmente. Era una de tantas materias por el momento inalcanzables que afanaban las mentes de los hombres de ciencia dentro de un contexto teórico. Una vez Einstein enunció su teoría de la Relatividad y el mundo científico cambió ostensiblemente. Algo similar sucedió con la construcción del primer reactor de fusión, el cual abrió el camino de la energía casi ilimitada a la humanidad. Lamentó profundamente no haber encontrado rastros de ellos, porque podían haberles enseñado mucho. Tenía tantas preguntas que hacerles que calculó que las respuestas ocuparían varios días...., si le hacían caso.

Académicamente hablando, lo acontecido podía calificarse de "nova", pues Tau Ceti no fue destrozada, sino que obligada a expandir las capas exteriores de su núcleo. Para esto es preciso que la reserva de hidrógeno del núcleo se agote, lo cual era con certeza lo que hicieron el cuarteto de esferas. Según Constantin, eso era algo que él no podía imaginarse que pudiera realizarse tan rápido; mas los desconocidos extraterrestres pudieron lograrlo en cosa de minutos.

-Martel -llamaron por radio y dejó de mirar el cielo para girar su rostro hacia la base.

-Adelante, Edgar.

-Oye, Daniel tiene una idea tan descabellada que podría resultar.

-¿Idea con respecto a qué?

-Hibernación, muchacho, hibernación. Acaba de contárselo al capitán y éste se ha entusiasmado con la idea. Quiere que construyamos un equipo de congeladores para que nos metamos en ellos mientras Oscar nos vigila, ¡imagínate!

Martel no se asombró, a fin de cuentas, era algo que cabía dentro de lo factible si se veía con cuidado. Repentinamente motivado dijo:

-Voy para allá.

Emprendió la marcha con cierto júbilo, pues la ocurrencia de su camarada era buena, a la vez que sencillísima.

Edgar le abrió la cámara y pronto se sacaba el casco.

-Por aquí -indicó el piloto, señalando el pasillo central.

El salón se hallaba repleto con los expedicionarios, quienes oían con detalle lo expuesto por el maltrecho Daniel. Éste se encontraba señalando con un brazo ciertos diagramas proyctados sobre una pared a la vez que gesticulaba con el otro. Nadie pareció fijarse en la llegada de la pareja.

-¿Resistirán las celdas solares tanto tiempo funcionando? -interrumpió la doctora.

-Bueno... Operacionalmente hablando claro que sí. El único inconveniente consistiría en que un meteorito las dañase. Esa posibilidad sería mucho más pequeña si nos encontrásemos en un mundo con atmósfera, la cual, como todos saben, protege de tales casos con el roce.

La mayoría asintió con alegría contenida.

El capitán se puso de pie y dijo:

-El plan me parece ideal, así que prepararemos una transmisión de auxilio en la que señalaremos lo que vamos a hacer. Sergei, ¿hay metales en la cantidad suficiente como para construir lo deseado?

-Creo que si fundimos todo el de las bodegas tendremos suficiente, si no podemos extraerlo del suelo -—respondió el aludido.

-¿Y las drogas de mantenimiento corporal? -inquirió el capitán, sabedor de que sin ellas sus organismos serían incapaces de resistir las bajas temperaturas.

-No soy técnico en hibernacióm, pero creo que puedo fabricarlas -contestó Laura-. En todo caso podemos probar congelando a uno de nosotros durante algunos días.

El problema planteado era fundamental en el proceso, ya que al congelar una parte del licor celular sube la concentración de sal en un grado inadmisible y, además, los cristales que se producen pueden destruir las paredes de la célula. Sumado a esto -y como ejemplo- las células ganglionares del cerebro no soportan más que un corto período de tiempo las bajas temperaturas. Un mínimo de vida depende de una cierta función de las células, de la respiración celular y de la alimentación precisa del tejido. Todo ello se consideró insalvable durante décadas, hasta que la invención de diversas drogas consiguió salvar esta dificultad. No obstante, debían ser suministradas en momentos y cantidades precisas, puesto que de lo contrario tendrían graves consecuencias sobre el organismo. Otras drogas que contrarrestaban su efecto eran inyectadas al momento de iniciar la "resucitación"; eso quedaba en manos del equipo computarizado.

-¿Ingeniería?

-No hay problemas, señor. Las herramientas funcionan a la perfección. Para el trabajo pesado tenemos a los robots.

-¿Tiempo estimado de trabajo? -prosiguió preguntando Antroshine.

-Casi un año.

-Entonces comenzaremos a trabajar mañana mismo. Daniel, tú, Oscar y Sergei preparen los planos hoy en la tarde.

Con estas palabras puso fin a la improvisada reunión.

 
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