| Sin dejar de vigilar
sus instrumentos Sergei activó la pequeña
carga. De inmediato, una explosión de reducidas
dimensiones partió la roca frente a él.
Una nube de polvo le impidió la visión
por unos segundos hasta que se despejó, atraída
lentamente por la escasa gravedad. A su derecha Daniel
y el robot dos cargaban la bodega del transporte biplaza.
-¿Terminaste ya? -preguntó.
-Sí -afirmó el experto
en cibernética-. En cuanto cierre las compuertas
podré irme. ¿Estás seguro de querer
quedarte solo hasta que vuelva?
-No tendré problemas. Mi provisión
de aire me deja tres horas de movilidad aún.
Al ver que el otro lo miraba con incredulidad
añadió:
-¡Vamos, muévete! ¿O
acaso no estás curado del todo?
-Por supuesto que sí. El accidente
fue hace diez semanas. Pero temo por ti, amigo. Las
reglas dicen...
-Al demonio las reglas. Sabes perfectamente
que nada malo me pasará. ¿Piensas que
puede atacarme una fiera salvaje? Además, si
necesito ayuda, el robot me podría llevar hasta
la base en media hora.
Para terminar de convencer a su amigo
le mostró dos botellas de oxígeno extra
que portaba en un bolso sujeto al cinturón.
-Siempre ando con ellas -afirmó.
Poco después el artefacto volador
se elevaba con rumbo a la base. Observó largo
rato hasta que éste se perdió de vista
tras unas colinas. Echó un rápido vistazo
alrededor y, tomando la excavadora, se aproximó
a las rocas.
-Muy bien, preciosa, danos ese mineral
-murmuró.
El diminuto motor inició su
accionar y pronto rasgaban las capas geológicas.
De vez en cuando trozos de rocas caían a su lado;
pero ninguno de ellos lo suficientemente fuerte como
para representar peligro alguno. Silbó una alegre
canción mientras trabajaba, mejorando notablemente
su humor. Sí, la idea de Daniel era buena. No
hallaba la hora de penetrar en su limpio y fresco "sarcófago",
del cual saldría cuando la expedición
de rescate llegase allí. Ya casi podía
ver la cara de los tripulantes del otro navío:
sorprendidos en su grado extremo. Prácticamente
ya se habían salvado. Valía la pena un
año de trabajo para volver casi intacto a casa,
claro que sí.
El taladro se trabó en algo
demasiado duro para cortar y vibró peligrosamente,
haciéndole perder el equilibrio. Casi sin darse
cuenta cayó al suelo.
-¿Qué pasa ahora, maldita
sea? -preguntó en voz baja, acariciándose
el codo izquierdo.
Se puso de pie con rapidez, ansioso
por averiguar qué roca podía haber detenido
la potente excavadora. El polvo le ocultó la
vista del sitio en cuestión y aguardó
pacientemente a que se depositara por acción
de la gravedad, blasfemando mentalmente ante el imprevisto
acontecimiento.
***
La nueva y aumentada iluminación
que provenía de la ahora gigante roja Tau Ceti
permitió que Daniel notase todos los detalles
de las grietas que pasaban bajo él. Alargadas
sombras de cercanos picachos se quebraban sobre grandes
fallas, hundiéndose varios metros para resurgir
más allá. De no ser por las tonalidades
rojizas y verdes podría pensarse que se trataba
de la Luna. Como paisaje era desolador; empero esa desolación
no enfrió sus ánimos, puesto que el actual
trabajo los ayudaría a dejar ese lugar. Una cosa
más que nada le animaba: volver a su querido
Perú..., sin que para ello tuviese que ser viejo.
-Despierta, Sergei, condenada marmota,
llegaré en menos de un minuto -advirtió
por radio.
Estaba de buen humor, no cabía
duda, y una leve sonrisa surcó su rostro.
Silencio.
-Vamos a ver, amigo, ¿estás
ahí o tuviste la mala ocurrencia de morirte sin
avisarme?
Esta última y antigua -por no
decir tradicional- broma amplió la sonrisa. No
obstante, todo siguió igual de callado. Poco
a poco su rostro adquirió un semblante más
serio.
-Oye, si no te gustaron mis bro...
-Llegas a tiempo -interrumpió
Sergei, con voz inexpresiva y carente de emoción.
-Al fin, camarada. ¿Por qué
no hablas más fuerte?
-¿Para qué? Tú
también te quedarás sin aliento cuando
veas... cuando veas lo que encontré.
-¡Lo que encontraste! Apuesto
que son diamantes: toneladas y toneladas de ellos.
Los pulmones de Sergei emitieron un
suspiro que llegó nítidamente hasta Daniel,
transportado por las ondas de radio.
-No son diamantes -aseguró-.
Es algo que ni te imaginas.
-Claro que me lo imagino. Es una hermosa
sirena espacial que te incita a sacarte el casco y te
unas a ella.
-Cuando llegues acá con tus
chistes malos dejarás de bromear.
En esos instantes la excavación
surgió al fondo de un desfiladero y la mente
de Daniel se llenó con las maniobras de descenso.
Salió rápidamente del artefacto, encaminándose
hacia el sitio en que se suponía estaba su amigo.
Ahora que lo pensaba, el tono de voz del otro no era
el usual, sino que pertenecía a alguien agotado,
preocupado, y esa supuesta preocupación comenzó
a invadirlo. La sensación aumentó considerablemente
al rodear una roca y ver a Sergei sentado en la excavadora,
como condenado a muerte que espera la orden de fuego
en el paredón.
-¿Estás bien? preguntó,
temeroso de que tuviese algún percance psíquico.
-Por supuesto aseguró, mirándolo
con los ojos perdidos. Señaló hacia adelante.
Mira ahí.
Giró la cabeza en la dirección
indicada y se encontró con un trozo de muro dorado,
recubierto de relieves que representaban múltiples
y desconocidas figuras. Un gran arañazo indicaba
el lugar en que la excavadora había tropezado
con él. A simple vista era evidente que aún
quedaba mucho más cubierto por las formaciones
rocosas. Daniel se aproximó y tocó los
relieves, sintiendo la dureza del metal bajo los guantes.
Recorrió con suavidad una media docena de figuras
que bien podían representar tanto un ave como
un artefacto volador. Deslizó las manos de izquierda
a derecha primero y de arriba hacia abajo después.
-Tardé veinte minutos en dejar
ese trozo al descubierto... y otros veinte para convencerme
de que eran reales. Imagina el tiempo que deben tener:
esas rocas no se forman en pocos siglos y mucho menos
en un lugar tan inhóspito y geológicamente
inactivo como éste.
-Geológicamente inactivo -repitió
Daniel para sí mismo-. Entonces alguna vez tuvo
atmósfera..., pero debió ser hace mucho.
-Encaró al físico-. ¿Tienes i...?
-Prefiero que ese cálculo lo
haga Martel -cortó-. Además hay otro detalle:
los instrumentos indican que es hueco. En mi opinión
es una casa o algo por el estilo.
Los ojos de Daniel recorrieron con
avidez cada detalle de las formas plasmadas en metal.
¿Dibujos? ¿Lenguajes? ¿O sencillamente
arte? Insospechadas y lejanas épocas estaban
ante sí, proyectando su pasado esplendor, haciendo
que se sintiese como Napoleón ante las pirámides.
En cierta forma le recordaron los jeroglíficos
egipcios, aunque los billones de kilómetros que
separaban a éstos de aquellos acabó pronto
con su idea.
El dúo de hombres permaneció
estático frente al descubrimiento, abrumado por
las grandes consecuencias e ideas que derivarían.
Como si fuera poco habían encontrado dos pruebas
de vida inteligente en otros planetas y era un peso
psicológico enorme.
***
Bajo la mano de Edgar los últimos
decímetros que obstaculizaban la entrada fueron
despejados. Una obscuridad total quedó al descubierto
ante los exploradores.
-Bueno, Capitán, aquí
tiene la primera puerta abierta -dijo Martel.
-O tal vez la única -comentó
Antroshine, observando intrigado la abertura.
En realidad lo encontrado por Sergei
era la parte trasera de la construcción. Luego
de las investigaciones preliminares decidieron desenterrar
todo el conjunto y se llevaron la gran sorpresa de averiguar
que se encontraban en la periferia de una ciudad.
Un rayo de luz hurgó en la negrura
del recinto. Luego se le unieron otros más, revisando
en todas direcciones. Lo alumbrado no tenía algo
de particular: una losa tumbada, tierra y piedras. Eso
decepcionó a los exploradores.
-Es como si... como si hubiese habido
una avalancha.
Lo acertado del comentario de Edgar
impidió otras apreciaciones. Tras algunos segundos
de espera añadió:
-Voy a entrar.
Con la linterna en una mano y la picota
en la otra traspasó la abertura, debiendo agacharse
para poder hacerlo. Cuatro haces lumínicos le
escoltaron.
-¿Algo?
-Nada, Capitán, pero hay otra
"puerta".
Sin avisar siquiera el resto de sus
compañeros entró tras suyo. Curiosos,
observaban todo cuanto tenían a su alcance. Martel
limpió la lápida y descubrió sólo
tres rayas paralelas marcadas profundamente; sintióse
algo decepcionado por ello.
-Es un pasillo -notó Constantin.
-Sigamos adelante -dijo Antroshine.
Un asombrado quinteto se internó
en el amplio corredor. Los muros se veían agrietados
y a trechos faltaban trozos de él, cuyos restos
yacían en el piso. Lo curioso del lugar lo constituía
la forma del pasillo en sí: hexagonal. A intervalos
regulares una abertura semi ovalada indicaba la presencia
de algún cubículo (vacío, según
comprobaron).
-Supongo que esas cosas en forma de
cruz eran una especie de alumbrado -comentó Suzanne,
iluminando los mencionados objetos
.¿Haces una analogía
de su aspecto cristaloide con el de nuestras lámparas?
-preguntó Carla.
-¿Por qué no? ¿Por
qué sí? -exclamó, encogiéndose
de hombros.
Lentamente fueron avanzando, sin dejar
de observar ni comentar todos los detalles apreciables,
que no eran muchos. No obstante, lo que al comienzo
había excitado a Carla, poco a poco fue dejando
paso al temor. La obscuridad tenía algo muy antiguo
y misterioso que asustaba a las personas. El ancestral
miedo a los lugares sin luz se apoderó de la
mujer con suavidad, casi sin que se percatase de ello.
Cuando lo hizo pensó que -quizás- las
grandes fogatas de los hombres del Paleolítico
eran más para ahuyentar las sombras que para
brindarse calor.
-No seas estúpida -murmuró,
olvidando que el micrófono se activaba con el
menor sonido.
-¿Qué dice, doctora?
-preguntó Martel.
-Nada..., sólo que la obscuridad
me pone nerviosa, eso es todo -reconoció.
Recién entonces el joven geólogo
se dio cuenta de lo irresponsable de su actitud. Miró
hacia atrás y calculó que debían
haber recorrido más de cien metros.
-Capitán, ¿por qué
no nos detenemos un poco? -sugirió.
Su superior se detuvo en seco.
-Soy un idiota -dijo-. Me estoy comportando
como un... chiquillo.
Lógico. Una exploración
de ese tipo debía hacerse con más planificación,
no tan a la ligera. Los entrenaron para operaciones
así durante meses y en esos instantes echaban
por la borda todo lo aprendido. La excitación
de lo novedoso había dejado aparte el sentido
común. Después de tantas frustraciones
y calamidades vividas, un acontecimiento de esa naturaleza
era un detonante para todas las emociones reprimidas,
una especie de desahogo psíquico a modo de compensación.
Algo infantil, quizás, pero muy comprensible.
Como si se hubiesen puesto de acuerdo
todos guardaron silencio y entonces el lugar pareció
más imponente que antes.
-Tal vez no debiera decirlo -comentó
Hoenig-, pero este sitio me parece tétrico.
-Lo que faltaba -dijo Martel-. Ahora
comenzarás a ver zombies espaciales en cada rincón
oscuro, ¿eh?
Aquellas palabras no lograron calmar
a su amigo; todo lo contrario. Ésa era la frase
detonante de los miedos de cada uno. Tantas décadas
de antiguas películas surtieron efecto en ellos,
haciéndoles temer por alguna desconocida y feroz
bestia alienígena.
-Vamos, señores, no pueden creer
en eso -calmó el capitán al ver el temor
comenzar a surgir en los rostros-. Ningún ser
podría sobrevivir sin atmósfera.
Martel se abstuvo de replicar que más
de una vez los conocimientos del ser humano habían
sido cambiados, debido a que eso causaría mayores
problemas. No, no debía equivocarse de nuevo.
Ahora mismo se sentía culpable.
Antroshine añadió:
-Recuerden lo que nos enseñaron
que hiciésemos en situaciones como ésta.
Martel, Edgar y Suzanne seguirán adelante por
este corredor mientras el resto tomamos aquél.
Nos comunicaremos cada cinco minutos entre nosotros
y volveremos a reunirnos aquí dentro de una hora.
Si se pierden enciendan su rastreador.
Más calmados los fraccionados
hombres y mujeres siguieron las rutas indicadas. Hoenig
no hizo comentarios por lo que Martel dijo y Suzanne
tampoco; era mejor así.
El enigmático corredor torcía
un poco a la derecha algunos metros más adelante.
Prosiguieron por él hasta toparse con otro que
lo atravesaba. Ahí se detuvieron.
-Es demasiado... humano -comentó
Suzanne, acariciando un trozo de muro-. Creía
que otras razas serían radicalmente diferentes
de nosotros. Ni siquiera se diferencia de las bajadas
al tren subterráneo de Londres.
-No sé qué decirte -dijo
Edgar-. Aunque debo reconocer que tienes razón.
¿Humanoides quizás?
-Quizás -murmuró Martel,
reiniciando la marcha.
A poco de andar llegaron a una gran
estancia en forma de semi cúpula. Las linternas
alumbraron un gran amasijo de tubos y piezas de extraña
confección, todos ellos cubiertos de un polvo
rojizo.
-¡Máquinas! -exclamó
Edgar, excitado, feliz de poder enfrentarse a elementos
conocidos.
Mucho más curiosos que antes
se aproximaron a los artefactos. Su forma y tamaño
nada les dijeron acerca de los fines con que fueron
construidos. La imaginación de Edgar barajó
y creó múltiples aplicaciones para ellos,
sintiendo que su excitación iba en aumento.
Con una mano Martel sacudió
el polvo acumulado, dejando al descubierto un metal
oxidado, rugoso, extrañamente surcado por grietas.
No, no tan extrañamente. Los cambios de presión
en los líquidos que transportaba debían
haber provocado eso en alguna remota época.
-Completamente herrumbosa y acabada
-comentó, acariciando levemente la tubería
y los otros elementos.
-Quisiera saber cuánto tiempo
lleva todo esto aquí.
-Ya lo sabremos, Suzanne, ya lo sabremos
-aseguró el geólogo-. Pero debe ser mucho.
Quizás cuando fueron instalados ya eran antiguas.
-Tal vez son de la época en
que... en que murieron o comenzaron a hacerlo.
-¿Una raza moribunda? -preguntó
la mujer.
-O lo que quedaba de ella. -La mirada
de Edgar iba del techo a los tubos-. Podría ser
una especie de acondicionador de aire ¿no te
parece Martel?
-Prefiero no especular. -Rodeó
el conjunto-. Sigamos por la escalera.
-¿Cuál es...?
Suzanne debió cortar su frase
para fijarse en el artefacto mencionado, el cual se
encontraba al otro extremo de la sala. Se aproximaron
con cautela.
-No es una escalera -notó Hoenig,
llegando junto a ella-. Mejor dicho es una especie de
rampa.
-Oh... Bueno, fue sólo por darle
un nombre.
El objeto de su atención se
hundía en las profundidades. Las linternas del
trío penetraron algunos metros de obscuridad
para luego chocar contra un recodo.
-Por aquí cabría un vehículo
motorizado -calculó la mujer.
-¿Como los antiguos automóviles
a gasolina? -inquirió Edgar, recordando los medios
de movilización que se utilizaron antaño
en la Tierra; ella contestó afirmativamente.
-¿Seguimos?
Ambos asintieron con la cabeza a la
pregunta de Martel, internándose con él
en el misterioso pasadizo. A poco de torcer a la izquierda
comenzaron a descender en un inclinado ángulo,
sin que se vislumbrase su fin. Caminaron algunos minutos
y fueron a dar a algo similar a un hangar de aviones,
grande, lleno de máquinas mucho más extrañas
que las vistas anteriormente. El techo estaba conformado
por vigas entrecruzadas y cubiertas por celdas similares
a las que construyen las abejas.
-Podríamos guardar el Explorador
en este lugar -dijo Martel.
-Es enorme -reconoció Suzanne,
paseando su vista por el recinto.
-Enormemente familiar, diría
yo -comentó Martel, moviendo con la punta de
un pie algunos cascotes, verdeazulados y resquebrajados
por el tiempo.
-Es mucho para mí -dijo Edgar.
-Vámonos, hemos caminado demasiado
-pidió Martel.
Lenta e impresionadamente sus camaradas
se replegaron sin dejar de iluminar en todas direcciones.
-¿Qué opinas? -preguntó
Suzanne cuando ascendían por la rampa.
-Estupendo -respondió Martel-.
Aquí hay cosas que debemos averiguar: quiénes
eran, cómo murieron y qué hicieron. Será
un desafío interesante.
-No me gusta este lugar -comentó
Edgar, sacando a relucir su incomodidad.
-¿Por qué? -inquirió
Martel.
-Pues... demasiado encerrado. Por favor,
no lo comenten, pero cuando niño sufrí
de claustrofobia.
-¿Cómo entonces pasaste
las pruebas psicológicas?
-Dije que lo sufrí cuando niño
-le recordó-. El famoso "túnel del
amor" me acobardó un poco; pero disimulé
y nadie pareció darse cuenta.
"Túnel del amor" consistía
en hacer pasar a los futuros astronautas por un tubo
de cincuenta metros de largo, que giraba en múltiples
direcciones al azar, para comprobar el equilibrio de
ellos.
-Grupo 1 a grupo 2, iniciamos el regreso,
¿me oyen?
-Sí, Capitán -respondió
Suzanne-. Nos veremos.
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