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Nova: Cap4 Más sobre Teobaldo Mercado

Sin dejar de vigilar sus instrumentos Sergei activó la pequeña carga. De inmediato, una explosión de reducidas dimensiones partió la roca frente a él. Una nube de polvo le impidió la visión por unos segundos hasta que se despejó, atraída lentamente por la escasa gravedad. A su derecha Daniel y el robot dos cargaban la bodega del transporte biplaza.

-¿Terminaste ya? -preguntó.

-Sí -afirmó el experto en cibernética-. En cuanto cierre las compuertas podré irme. ¿Estás seguro de querer quedarte solo hasta que vuelva?

-No tendré problemas. Mi provisión de aire me deja tres horas de movilidad aún.

Al ver que el otro lo miraba con incredulidad añadió:

-¡Vamos, muévete! ¿O acaso no estás curado del todo?

-Por supuesto que sí. El accidente fue hace diez semanas. Pero temo por ti, amigo. Las reglas dicen...

-Al demonio las reglas. Sabes perfectamente que nada malo me pasará. ¿Piensas que puede atacarme una fiera salvaje? Además, si necesito ayuda, el robot me podría llevar hasta la base en media hora.

Para terminar de convencer a su amigo le mostró dos botellas de oxígeno extra que portaba en un bolso sujeto al cinturón.

-Siempre ando con ellas -afirmó.

Poco después el artefacto volador se elevaba con rumbo a la base. Observó largo rato hasta que éste se perdió de vista tras unas colinas. Echó un rápido vistazo alrededor y, tomando la excavadora, se aproximó a las rocas.

-Muy bien, preciosa, danos ese mineral -murmuró.

El diminuto motor inició su accionar y pronto rasgaban las capas geológicas. De vez en cuando trozos de rocas caían a su lado; pero ninguno de ellos lo suficientemente fuerte como para representar peligro alguno. Silbó una alegre canción mientras trabajaba, mejorando notablemente su humor. Sí, la idea de Daniel era buena. No hallaba la hora de penetrar en su limpio y fresco "sarcófago", del cual saldría cuando la expedición de rescate llegase allí. Ya casi podía ver la cara de los tripulantes del otro navío: sorprendidos en su grado extremo. Prácticamente ya se habían salvado. Valía la pena un año de trabajo para volver casi intacto a casa, claro que sí.

El taladro se trabó en algo demasiado duro para cortar y vibró peligrosamente, haciéndole perder el equilibrio. Casi sin darse cuenta cayó al suelo.

-¿Qué pasa ahora, maldita sea? -preguntó en voz baja, acariciándose el codo izquierdo.

Se puso de pie con rapidez, ansioso por averiguar qué roca podía haber detenido la potente excavadora. El polvo le ocultó la vista del sitio en cuestión y aguardó pacientemente a que se depositara por acción de la gravedad, blasfemando mentalmente ante el imprevisto acontecimiento.

***

La nueva y aumentada iluminación que provenía de la ahora gigante roja Tau Ceti permitió que Daniel notase todos los detalles de las grietas que pasaban bajo él. Alargadas sombras de cercanos picachos se quebraban sobre grandes fallas, hundiéndose varios metros para resurgir más allá. De no ser por las tonalidades rojizas y verdes podría pensarse que se trataba de la Luna. Como paisaje era desolador; empero esa desolación no enfrió sus ánimos, puesto que el actual trabajo los ayudaría a dejar ese lugar. Una cosa más que nada le animaba: volver a su querido Perú..., sin que para ello tuviese que ser viejo.

-Despierta, Sergei, condenada marmota, llegaré en menos de un minuto -advirtió por radio.

Estaba de buen humor, no cabía duda, y una leve sonrisa surcó su rostro.

Silencio.

-Vamos a ver, amigo, ¿estás ahí o tuviste la mala ocurrencia de morirte sin avisarme?

Esta última y antigua -por no decir tradicional- broma amplió la sonrisa. No obstante, todo siguió igual de callado. Poco a poco su rostro adquirió un semblante más serio.

-Oye, si no te gustaron mis bro...

-Llegas a tiempo -interrumpió Sergei, con voz inexpresiva y carente de emoción.

-Al fin, camarada. ¿Por qué no hablas más fuerte?

-¿Para qué? Tú también te quedarás sin aliento cuando veas... cuando veas lo que encontré.

-¡Lo que encontraste! Apuesto que son diamantes: toneladas y toneladas de ellos.

Los pulmones de Sergei emitieron un suspiro que llegó nítidamente hasta Daniel, transportado por las ondas de radio.

-No son diamantes -aseguró-. Es algo que ni te imaginas.

-Claro que me lo imagino. Es una hermosa sirena espacial que te incita a sacarte el casco y te unas a ella.

-Cuando llegues acá con tus chistes malos dejarás de bromear.

En esos instantes la excavación surgió al fondo de un desfiladero y la mente de Daniel se llenó con las maniobras de descenso. Salió rápidamente del artefacto, encaminándose hacia el sitio en que se suponía estaba su amigo. Ahora que lo pensaba, el tono de voz del otro no era el usual, sino que pertenecía a alguien agotado, preocupado, y esa supuesta preocupación comenzó a invadirlo. La sensación aumentó considerablemente al rodear una roca y ver a Sergei sentado en la excavadora, como condenado a muerte que espera la orden de fuego en el paredón.

-¿Estás bien? preguntó, temeroso de que tuviese algún percance psíquico.

-Por supuesto aseguró, mirándolo con los ojos perdidos. Señaló hacia adelante. Mira ahí.

Giró la cabeza en la dirección indicada y se encontró con un trozo de muro dorado, recubierto de relieves que representaban múltiples y desconocidas figuras. Un gran arañazo indicaba el lugar en que la excavadora había tropezado con él. A simple vista era evidente que aún quedaba mucho más cubierto por las formaciones rocosas. Daniel se aproximó y tocó los relieves, sintiendo la dureza del metal bajo los guantes. Recorrió con suavidad una media docena de figuras que bien podían representar tanto un ave como un artefacto volador. Deslizó las manos de izquierda a derecha primero y de arriba hacia abajo después.

-Tardé veinte minutos en dejar ese trozo al descubierto... y otros veinte para convencerme de que eran reales. Imagina el tiempo que deben tener: esas rocas no se forman en pocos siglos y mucho menos en un lugar tan inhóspito y geológicamente inactivo como éste.

-Geológicamente inactivo -repitió Daniel para sí mismo-. Entonces alguna vez tuvo atmósfera..., pero debió ser hace mucho. -Encaró al físico-. ¿Tienes i...?

-Prefiero que ese cálculo lo haga Martel -cortó-. Además hay otro detalle: los instrumentos indican que es hueco. En mi opinión es una casa o algo por el estilo.

Los ojos de Daniel recorrieron con avidez cada detalle de las formas plasmadas en metal. ¿Dibujos? ¿Lenguajes? ¿O sencillamente arte? Insospechadas y lejanas épocas estaban ante sí, proyectando su pasado esplendor, haciendo que se sintiese como Napoleón ante las pirámides. En cierta forma le recordaron los jeroglíficos egipcios, aunque los billones de kilómetros que separaban a éstos de aquellos acabó pronto con su idea.

El dúo de hombres permaneció estático frente al descubrimiento, abrumado por las grandes consecuencias e ideas que derivarían. Como si fuera poco habían encontrado dos pruebas de vida inteligente en otros planetas y era un peso psicológico enorme.

***

Bajo la mano de Edgar los últimos decímetros que obstaculizaban la entrada fueron despejados. Una obscuridad total quedó al descubierto ante los exploradores.

-Bueno, Capitán, aquí tiene la primera puerta abierta -dijo Martel.

-O tal vez la única -comentó Antroshine, observando intrigado la abertura.

En realidad lo encontrado por Sergei era la parte trasera de la construcción. Luego de las investigaciones preliminares decidieron desenterrar todo el conjunto y se llevaron la gran sorpresa de averiguar que se encontraban en la periferia de una ciudad.

Un rayo de luz hurgó en la negrura del recinto. Luego se le unieron otros más, revisando en todas direcciones. Lo alumbrado no tenía algo de particular: una losa tumbada, tierra y piedras. Eso decepcionó a los exploradores.

-Es como si... como si hubiese habido una avalancha.

Lo acertado del comentario de Edgar impidió otras apreciaciones. Tras algunos segundos de espera añadió:

-Voy a entrar.

Con la linterna en una mano y la picota en la otra traspasó la abertura, debiendo agacharse para poder hacerlo. Cuatro haces lumínicos le escoltaron.

-¿Algo?

-Nada, Capitán, pero hay otra "puerta".

Sin avisar siquiera el resto de sus compañeros entró tras suyo. Curiosos, observaban todo cuanto tenían a su alcance. Martel limpió la lápida y descubrió sólo tres rayas paralelas marcadas profundamente; sintióse algo decepcionado por ello.

-Es un pasillo -notó Constantin.

-Sigamos adelante -dijo Antroshine.

Un asombrado quinteto se internó en el amplio corredor. Los muros se veían agrietados y a trechos faltaban trozos de él, cuyos restos yacían en el piso. Lo curioso del lugar lo constituía la forma del pasillo en sí: hexagonal. A intervalos regulares una abertura semi ovalada indicaba la presencia de algún cubículo (vacío, según comprobaron).

-Supongo que esas cosas en forma de cruz eran una especie de alumbrado -comentó Suzanne, iluminando los mencionados objetos

.¿Haces una analogía de su aspecto cristaloide con el de nuestras lámparas? -preguntó Carla.

-¿Por qué no? ¿Por qué sí? -exclamó, encogiéndose de hombros.

Lentamente fueron avanzando, sin dejar de observar ni comentar todos los detalles apreciables, que no eran muchos. No obstante, lo que al comienzo había excitado a Carla, poco a poco fue dejando paso al temor. La obscuridad tenía algo muy antiguo y misterioso que asustaba a las personas. El ancestral miedo a los lugares sin luz se apoderó de la mujer con suavidad, casi sin que se percatase de ello. Cuando lo hizo pensó que -quizás- las grandes fogatas de los hombres del Paleolítico eran más para ahuyentar las sombras que para brindarse calor.

-No seas estúpida -murmuró, olvidando que el micrófono se activaba con el menor sonido.

-¿Qué dice, doctora? -preguntó Martel.

-Nada..., sólo que la obscuridad me pone nerviosa, eso es todo -reconoció.

Recién entonces el joven geólogo se dio cuenta de lo irresponsable de su actitud. Miró hacia atrás y calculó que debían haber recorrido más de cien metros.

-Capitán, ¿por qué no nos detenemos un poco? -sugirió.

Su superior se detuvo en seco.

-Soy un idiota -dijo-. Me estoy comportando como un... chiquillo.

Lógico. Una exploración de ese tipo debía hacerse con más planificación, no tan a la ligera. Los entrenaron para operaciones así durante meses y en esos instantes echaban por la borda todo lo aprendido. La excitación de lo novedoso había dejado aparte el sentido común. Después de tantas frustraciones y calamidades vividas, un acontecimiento de esa naturaleza era un detonante para todas las emociones reprimidas, una especie de desahogo psíquico a modo de compensación. Algo infantil, quizás, pero muy comprensible.

Como si se hubiesen puesto de acuerdo todos guardaron silencio y entonces el lugar pareció más imponente que antes.

-Tal vez no debiera decirlo -comentó Hoenig-, pero este sitio me parece tétrico.

-Lo que faltaba -dijo Martel-. Ahora comenzarás a ver zombies espaciales en cada rincón oscuro, ¿eh?

Aquellas palabras no lograron calmar a su amigo; todo lo contrario. Ésa era la frase detonante de los miedos de cada uno. Tantas décadas de antiguas películas surtieron efecto en ellos, haciéndoles temer por alguna desconocida y feroz bestia alienígena.

-Vamos, señores, no pueden creer en eso -calmó el capitán al ver el temor comenzar a surgir en los rostros-. Ningún ser podría sobrevivir sin atmósfera.

Martel se abstuvo de replicar que más de una vez los conocimientos del ser humano habían sido cambiados, debido a que eso causaría mayores problemas. No, no debía equivocarse de nuevo. Ahora mismo se sentía culpable.

Antroshine añadió:

-Recuerden lo que nos enseñaron que hiciésemos en situaciones como ésta. Martel, Edgar y Suzanne seguirán adelante por este corredor mientras el resto tomamos aquél. Nos comunicaremos cada cinco minutos entre nosotros y volveremos a reunirnos aquí dentro de una hora. Si se pierden enciendan su rastreador.

Más calmados los fraccionados hombres y mujeres siguieron las rutas indicadas. Hoenig no hizo comentarios por lo que Martel dijo y Suzanne tampoco; era mejor así.

El enigmático corredor torcía un poco a la derecha algunos metros más adelante. Prosiguieron por él hasta toparse con otro que lo atravesaba. Ahí se detuvieron.

-Es demasiado... humano -comentó Suzanne, acariciando un trozo de muro-. Creía que otras razas serían radicalmente diferentes de nosotros. Ni siquiera se diferencia de las bajadas al tren subterráneo de Londres.

-No sé qué decirte -dijo Edgar-. Aunque debo reconocer que tienes razón. ¿Humanoides quizás?

-Quizás -murmuró Martel, reiniciando la marcha.

A poco de andar llegaron a una gran estancia en forma de semi cúpula. Las linternas alumbraron un gran amasijo de tubos y piezas de extraña confección, todos ellos cubiertos de un polvo rojizo.

-¡Máquinas! -exclamó Edgar, excitado, feliz de poder enfrentarse a elementos conocidos.

Mucho más curiosos que antes se aproximaron a los artefactos. Su forma y tamaño nada les dijeron acerca de los fines con que fueron construidos. La imaginación de Edgar barajó y creó múltiples aplicaciones para ellos, sintiendo que su excitación iba en aumento.

Con una mano Martel sacudió el polvo acumulado, dejando al descubierto un metal oxidado, rugoso, extrañamente surcado por grietas. No, no tan extrañamente. Los cambios de presión en los líquidos que transportaba debían haber provocado eso en alguna remota época.

-Completamente herrumbosa y acabada -comentó, acariciando levemente la tubería y los otros elementos.

-Quisiera saber cuánto tiempo lleva todo esto aquí.

-Ya lo sabremos, Suzanne, ya lo sabremos -aseguró el geólogo-. Pero debe ser mucho. Quizás cuando fueron instalados ya eran antiguas.

-Tal vez son de la época en que... en que murieron o comenzaron a hacerlo.

-¿Una raza moribunda? -preguntó la mujer.

-O lo que quedaba de ella. -La mirada de Edgar iba del techo a los tubos-. Podría ser una especie de acondicionador de aire ¿no te parece Martel?

-Prefiero no especular. -Rodeó el conjunto-. Sigamos por la escalera.

-¿Cuál es...?

Suzanne debió cortar su frase para fijarse en el artefacto mencionado, el cual se encontraba al otro extremo de la sala. Se aproximaron con cautela.

-No es una escalera -notó Hoenig, llegando junto a ella-. Mejor dicho es una especie de rampa.

-Oh... Bueno, fue sólo por darle un nombre.

El objeto de su atención se hundía en las profundidades. Las linternas del trío penetraron algunos metros de obscuridad para luego chocar contra un recodo.

-Por aquí cabría un vehículo motorizado -calculó la mujer.

-¿Como los antiguos automóviles a gasolina? -inquirió Edgar, recordando los medios de movilización que se utilizaron antaño en la Tierra; ella contestó afirmativamente.

-¿Seguimos?

Ambos asintieron con la cabeza a la pregunta de Martel, internándose con él en el misterioso pasadizo. A poco de torcer a la izquierda comenzaron a descender en un inclinado ángulo, sin que se vislumbrase su fin. Caminaron algunos minutos y fueron a dar a algo similar a un hangar de aviones, grande, lleno de máquinas mucho más extrañas que las vistas anteriormente. El techo estaba conformado por vigas entrecruzadas y cubiertas por celdas similares a las que construyen las abejas.

-Podríamos guardar el Explorador en este lugar -dijo Martel.

-Es enorme -reconoció Suzanne, paseando su vista por el recinto.

-Enormemente familiar, diría yo -comentó Martel, moviendo con la punta de un pie algunos cascotes, verdeazulados y resquebrajados por el tiempo.

-Es mucho para mí -dijo Edgar.

-Vámonos, hemos caminado demasiado -pidió Martel.

Lenta e impresionadamente sus camaradas se replegaron sin dejar de iluminar en todas direcciones.

-¿Qué opinas? -preguntó Suzanne cuando ascendían por la rampa.

-Estupendo -respondió Martel-. Aquí hay cosas que debemos averiguar: quiénes eran, cómo murieron y qué hicieron. Será un desafío interesante.

-No me gusta este lugar -comentó Edgar, sacando a relucir su incomodidad.

-¿Por qué? -inquirió Martel.

-Pues... demasiado encerrado. Por favor, no lo comenten, pero cuando niño sufrí de claustrofobia.

-¿Cómo entonces pasaste las pruebas psicológicas?

-Dije que lo sufrí cuando niño -le recordó-. El famoso "túnel del amor" me acobardó un poco; pero disimulé y nadie pareció darse cuenta.

"Túnel del amor" consistía en hacer pasar a los futuros astronautas por un tubo de cincuenta metros de largo, que giraba en múltiples direcciones al azar, para comprobar el equilibrio de ellos.

-Grupo 1 a grupo 2, iniciamos el regreso, ¿me oyen?

-Sí, Capitán -respondió Suzanne-. Nos veremos.

 
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