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de Propiedad Intelectual con el Nº160.717
George se desperezó lentamente,
saboreando cada instante del despertar. Todavía
su mente se deslizaba entre los últimos estertores
del sueño, imbuida de sus extrañas emanaciones.
Miró la cercana ventana y se incorporó
a medias para oprimir el control remoto de las persianas.
Al hacerlo, la luz del sol que despuntaba alumbró
su habitación, haciéndole ver una cama
solitaria y de sábanas revueltas.
-¿Ludmira? -preguntó
con inquietud.
Se acomodó mejor sobre el almohadón,
recordando que la mujer solía levantarse temprano
para ir a su trabajo en las afueras de la ciudad. Y
-como siempre- no se despidió con la excusa de
que no quería despertarlo.
-Maldita puta -dijo en voz baja, pero
sin un rencor verdadero pues su relación libre
se prestaba para esa clase de juegos.
Pensó en la hermana de Ludmira,
Faviana, y en el fabuloso dúo sexual que conformaban
cuando la pasión las encendía. Eran una
verdadera máquina de placer que lo dejaba al
borde del agotamiento. Bueno, cada una por su cuenta
ya lo era, sino su pecho no tendría esas marcas
de arañazos y las sábanas no estarían
manchadas con su sangre. Esperó que la próxima
vez que ambas fuesen llevaran algo de droga para amenizar
todavía más el ambiente.
Pero ahora bastaba de recuerdos y deseos,
tenía que levantarse para empezar el día.
Su jefa no era de las que perdonaba los retrasos y él
no le proporcionaría la excusa para amonestarlo.
Por ello, saltó de la cama y se dirigió
a la ducha. Poco antes de entrar al baño creyó
distinguir una silueta en el borde de la visión;
miró con mayor detenimiento y no pudo ver nada.
Ignoró el percance achacándolo a la falta
de sueño y se metió bajo el chorro de
agua.
Una hora más tarde entraba al
edificio en que trabajaba. Acercó su ojo derecho
a la diminuta cámara de identificación
y la computadora de la empresa verificó la identidad.
Luego, la puerta se abrió para dejarlo entrar.
Caminó hasta su escritorio, notando que pocos
estaban en sus puestos de trabajo a esa temprana hora.
-Hey, George, buenos días -saludó
un hombre de estatura mediana desde la máquina
de café.
-Buenos días, Silvio -saludó
a su vez-. ¿Cómo está la familia?
-Bien, pero... el pequeño sigue
con sus problemas respiratorios. Los médicos
dicen que probablemente es incurable, pero todavía
quedan exámenes por hacer.
-Espero que todo salga bien, sino...
Bueno, tienes que intentarlo de nuevo.
Silvio sonrió con suavidad y
comentó:
-Sí, por intentos no nos quedamos;
ya es el tercero y no veo por qué no puede haber
un cuarto.
George no comentó nada y siguió
su camino, pensando en cómo se sentiría
él de haber perdido a dos hijos y estar a punto
de perder un tercero. Cierto, las pérdidas no
eran completas, pero aún así era un tema
delicado. Esto le hizo recordar a su abuelo en aquel
asilo, apartado de toda la familia y sin deseos de querer...
-A las nueve y media hay reunión
-interrumpió una mujer de aproximadamente cincuenta
años, contextura mediana y eternas bolsas bajo
los ojos.
-Sí, señora Ann-Marie,
le avisaré a los demás -aseguró
el hombre con un velado desprecio por su jefa. Pensó
en lo placentero que sería amarrarla y practicar
una violación sadomasoquista frente a todos los
demás.
-Y es importante, tenemos un grave
problema de seguridad -añadió la mujer
con algo de preocupación en el rostro, tras lo
cual se perdió rumbo a su oficina.
-Bruja de mierda -murmuró George
y se imaginó la violación con lujo de
detalles.
-Hola -aludó una mujer joven
y de contextura delgada antes de tomar asiento en el
cubículo de al lado.
-Hola, Rosa. Cuidado, tenemos reunión
a las nueve y media.
-¿Cuál es el motivo?
-Sólo dijo que era por un problema
de seguridad.
-Ah, bueno... Oye, no pongas esa cara,
te vas a hacer viejo y amargado antes de tiempo.
-No voy a llegar a eso, pienso resucitar
antes de los cincuenta.
-Y algunos dicen que yo soy exagerada.
-¿Qué sucede? -inquirió
un individuo gordo y medio calvo que se sentaba al otro
lado de George.
-Hola, Samuel -dijo la mujer-. Hay
reunión a las nueve y media.
-Ay, no, otra vez -se quejó
y arrojó las llaves de su automóvil sobre
el escritorio-. ¿Qué será ahora,
los cultivos de células, el empaquetado de embriones,
las copias...?
-No lo sabemos -interrumpió
George al tiempo que apoyaba las manos sobre la delgada
plancha metálica que había frente al computador.
La pantalla cobró vida al instante
mientras sus huellas digitales eran cotejadas, dándole
acceso al sistema de la empresa. El logo de ManOver
fue el telón de fondo para los menús que
se desplegaron. George se desplazó por ellos
con suaves movimientos de sus manos, que parecían
acariciar la lámina metálica dando las
instrucciones precisas. Verificó sus correos
y respondió algunos, empleando para ello la parte
inferior de la lámina en donde un teclado se
proyectó en cuanto dio la orden para ello. Cuando
terminó, hizo desaparecer el teclado para continuar
maniobrando con las manos. Estaba en eso cuando vio
el mensaje de “Conexión neural por motivos
de seguridad”.
-Joder con la maquinita -murmuró
y cogió el delgado cintillo que pronto rodeó
su cabeza.
Inhaló con resignación,
relajándose para recibir el torrente de datos
en los pequeños implantes de su lóbulo
frontal. Este método, casi mente a mente, era
de una seguridad a toda prueba, pues nadie podía
repetir los patrones cerebrales de otro con facilidad.
Así, los datos fluyeron en su cerebro y se enteró
del delicado problema de abastecimiento en la costa.
Si seguía así, tendría que ir en
persona a corregir el conflicto.
-Vamos, la reunión -dijo Samuel,
remeciéndolo con suavidad para no interrumpir
el delicado contacto.
George maldijo la excesiva concentración
en lo que hacía, pues la media hora se le había
pasado volando. Cortó el enlace y se dirigió
a la sala de conferencias.
-Tenemos graves problemas dijo Ann-Marie
en cuanto se hizo presente y, accionando su interfaz
implantado en la muñeca, empezó a dirigir
el contenido de la enorme pantalla mural. Otra vez,
el logotipo ManOver fue el telón de fondo de
las imágenes.
-Ella y sus implantes caros -susurró
Rosa en medio de la avalancha de imágenes, ante
lo cual George se aguantó las ganas de sonreír.
Se notaba en las caras de los presentes
que la reunión los incomodaba. Pocos miraban
la pantalla con genuino interés por ser una rutina
habitual y sin mayores incentivos, una suerte de ritual
corporativo en que primaban los gráficos y evaluaciones.
Era el mundo de los negocios y tenían que resignarse
a soportarlo, pese a que su especialidad no estaba directamente
relacionada con ello.
-Anoche se perdió una sección
entera de respaldos en nuestra sucursal de París
-prosiguió Ann-Marie y todos le prestaron atención
de inmediato.
-¡Cómo! -exclamó
uno de los jefes de sección.
-Hubo una falla sin identificar en
el tendido eléctrico cerca del sistema de enfriamiento
-explicó la mujer-, lo cual causó un cortocircuito
que dio origen a un pequeño incendio. El fuego
pudo ser controlado por los extintores automáticos,
aunque duró lo suficiente para dañar la
información almacenada. Por fortuna todos los
involucrados pudieron ser contactados para que efectuasen
nuevos respaldos, pero si la falla vuelve a repetirse
tendremos serios problemas. Y antes de que pregunten,
les informo que se revisó el cableado sin encontrar
problemas. En estos instantes se procede a un chequeo
del software neuronal de las computadoras.
Calló y todos guardaron silencio
por la gravedad del hecho. ManOver era responsable de
casi el 20% de los respaldos a nivel mundial, por lo
tanto, cualquier error de ellos traería graves
repercusiones. De hecho, muchos de sus empleados solían
usarla para efectuar sus respaldos personales; esa era
una función vital en aquella época de
gran tecnología.
-Por nuestra parte, la directiva de
la compañía ha ordenado una revisión
total de los sistemas que tenemos a cargo, así
que todo lo demás quedará pendiente hasta
completarlo. La división de tareas ya ha sido
descargada en sus terminales.
Salieron de la reunión con la preocupación
pintada en los rostros.
-Yo no respaldo desde el mes pasado
-dijo un hombre-. Podría perderlo todo.
-Calma, calma, encontraremos el problema
-dijo George, pero internamente no sentía esa
tranquilidad.
Pasó el resto del día
revisando y rastreando la porción asignada de
software neuronal, indagando en cada línea de
código en busca del más mínimo
error. Revisó una y otra vez los modelos de datos
de las computadoras cuánticas, las únicas
capaces de almacenar y manejar tal volumen de información,
pero sin resultados.
Esa noche se acostó sin echar
de menos la compañía de la veleidosa Ludmira.
Antes de dormirse, recordó a Favianna y se deleitó
pensando en su siguiente sesión de placer con
ella, pues era fanática de ser amarrada en ropa
interior para después simular una violación.
Después de todo, la vida no
era tan mala, se dijo.
***
Las noticias de la mañana eran
mostradas en la pantalla del living mientras George
se servía el desayuno. No prestó mucha
atención a las novedades de los preparativos
de la colonia europea en Marte, un proyecto que llevaba
más de cuatro décadas en carpeta. Observó
con frío interés las estadísticas
del aumento en la tasa de enfermedades mentales. Se
rió con un rápido reportaje acerca de
apariciones de fantasmas en Río de Janeiro.
-Y recuerde, no olvide hacer sus respaldos
a tiempo -decía el locutor cuando salió
del apartamento.
-Como si no lo supiera -replicó
irónicamente.
Se dirigió a la estación
del Maglev más cercana, caminando sin prisas
por la calle. Al atravesar un callejón vio por
el rabillo del ojo alguien que emergía del mismo
y, por una razón desconocida, se detuvo unos
metros más adelante. Giró el rostro y
le pareció ver una figura borrosa, pero antes
de enfocar la vista se había desvanecido. Prosiguió
su camino con una gran inquietud, pues no solía
imaginarse cosas. Se dijo que lo primero que haría
al finalizar el trabajo sería una revisión
a la vista.
Cuando estaba por abordar el tren,
un sujeto salió del vagón con prisa y
cara de desesperación.
-¡Me pisaste, imbécil!
-protestó una mujer de edad.
-Me persiguen -se disculpó el
hombre mirando sobre su hombro y señaló
hacia atrás-. ¡Hace días que me
acosa! -añadió con pánico en la
voz.
El desconocido se perdió rumbo
a las escaleras. George se encogió de hombros
frente a la interrogadora mirada de la mujer. Abordó
el carro mientras pensaba en el trabajo que le aguardaba.
A la hora de almorzar Rosa le comentó:
-Hace días que no veo a Richard,
mi novio, ¿qué le habrá pasado?
No contesta mis llamados ni mensajes.
-Anda a verlo personalmente -sugirió
Samuel-. Y si quieres probar algo nuevo y apasionado,
aquí me tienes.
Los tres rieron por la broma y George
añadió:
-Quizás fue a NanoWorld a seguir
sus tratamientos.
-Qué va -replicó la joven
con desdén-. Yo lo amenacé con no verlo
más si lo hacía.
NanoWorld era la competencia de ManOver,
quienes proclamaban que con sus nanomáquinas
harían inoperantes a los respaldos y sus derivados.
Habían recorrido un largo camino, de más
de dos décadas, hasta obtener los permisos legales
para vender sus terapias a la gente. Ofrecían
implantes neuronales más baratos y autosustentables,
tratando de llegar a la gran mayoría de las personas
que no podían costearse los servicios de ManOver
y similares (más de los tres cuartos de la población
mundial). Pero esta, como toda lucha comercial, estaba
en constante desarrollo.
Durante el resto de la semana se mantuvo
conectado con el cintillo, hurgueteando y revisando
punto por punto la sección asignada. Nuevamente
seguía sin encontrar errores. En medio del torrente
de datos que invadía su mente, un destello luminoso
llamó su atención: era el teléfono
que estaba sobre el escritorio. El número de
la llamada era de Ludmira, así que contestó
y la mujer le preguntó:
-¿George?
-Sí, linda, soy yo -afirmó,
frenando su rastreo de datos para dedicarle una mayor
atención al rostro que se dibujaba en la pequeña
pantalla-. ¿Cuándo nos...?
-No sé, no sé -interrumpió
ella y se percató de que estaba nerviosa-. No
puedo por ahora, yo... -Miró a su alrededor como
buscando a alguien-. Lo siento, tengo que arreglar algo
y mi vecina... Te llamo otro día.
La llamada se cortó de improviso
sin darle tiempo a responder. Permaneció callado
por cerca de un minuto, perplejo por la inesperada actitud
de la mujer. Marcó el número de ella y
nadie contestó.
-Mujeres -murmuró y volvió
al trabajo.
***
El Maglev se veía un poco menos
lleno de gente cuando lo abordó para volver a
su hogar. Miró el discurrir de la ciudad alrededor
del vagón, pudiendo apreciar con nitidez las
nubes perezosas que derivaban por el cielo. Luego, observó
a los demás pasajeros y se percató de
algunos rostros... ¿cómo definirlos?...
nerviosos, sí, ése era el término.
Un hombre enjuto miraba alrededor, como escudriñando
en busca de alguien. Entonces recordó una noticia
que daba cuenta del aumento en las enfermedades mentales.
¿Sería esto la demostración práctica
de aquello? ¿Era así como una sociedad
demostraba sus tumores?
“Esto es estúpido”,
pensó, aunque las dudas no lo abandonaron hasta
bajar del tren. Iba bajando por las escaleras en dirección
a la calle cuando, de improviso, un escalofrío
lo recorrió y tuvo la sensación de que
alguien lo empujaba por detrás. Se aferró
del pasamanos y volteó, creyendo que se trataba
de un asaltante, pero no había nadie. Escaleras
arriba, y demasiado lejos como para tocarlo, un niño
descendía en compañía de sus padres.
-Idiota -murmuró con desprecio
hacia él mismo por sufrir un mareo tan repentino.
Reanudó la marcha pensando en
ir a ver al doctor al día siguiente, mas el incidente
lo inquietó de una extraña manera. Ese
escalofrío lo había calado hasta el corazón
y no atinaba a entender la razón de ello. Se
encontraba pensando en eso, cuando recordó que
la mirada del hombre en el vagón había
sido parecida a la de su amante. Era ridículo,
se dijo, pero... ¿lo era en verdad? ¿Habría
una conexión entre ambos que demostrase la misma
inestabilidad psicológica?
Al llegar a su departamento se sirvió
un largo trago de ron, cuya áspera sensación
bajó confortablemente por su garganta. Al finalizar,
la pantalla del living destelló con el indicativo
de una llamada de Favianna. Contestó de inmediato
y dijo:
-Hola, mi linda.
-Hola, guapo -saludó la mujer
mientras cepillaba su pelo que caía sobre los
desnudos pechos en un sencillo y sensual gesto que excitó
a George-. ¿Me aguantarías el fin de semana
en tu casa?
-Por supuesto que sí -respondió-.
Estoy listo para lo que sea.
Ella sonrió y le guiñó
un ojo antes de decir:
-Si llama mi hermana, dile que no se
olvide de mis películas. -Paró el cepillado-.
Estoy un poco preocupado por ella, ¿sabes? Hace
días que conversó con su vecina, la vieja
de mierda esa que se cree medium, y desde entonces la
noto un tanto esquiva.
-Me hizo en la tarde una llamada muy
rara -contó el hombre, dejando de lado sus pensamientos
eróticos por un momento-. Actuó extraño
y cortó de improviso. Le devolví la llamada
y no respondió.
-Qué raro. Cuando traté
de ubicarla, antes de salir de mi trabajo, me dijeron
que había salido de pronto sin decir nada.
-Ambos se miraron con preocupación-.
Su pulsera tampoco me contesta y parece que está
apagada.
-Este... -vaciló y la idea de
la enfermedad mental pareció más plausible
que antes-. ¿Has pasado por su departamento?
-No desde la semana pasada. -Miró
su reloj-. Por la hora me queda muy lejos...
-Iré yo -interrumpió
el hombre y buscó la chaqueta que había
arrojado despreocupadamente al entrar-. En mi auto no
tardaré más de quince minutos. Te llamaré
desde allí.
-Vale, gracias.
-No hay de qué, es lo menos
que puedo hacer por mis chicas favoritas.
Bajó hasta los estacionamientos
subterráneos apresuradamente. Al salir del ascensor,
por el rabillo del ojo vio que alguien ingresaba al
del lado, pero al pasar frente a él se percató
de que estaba cerrado. Se detuvo en seco. Estaba seguro
de que... No, no podía ser, tenía que
ser culpa de los nervios, la preocupación por
Ludmira. Miró en todas direcciones sin ver a
nadie por los alrededores. Inhaló y exhaló
con fuerza unos instantes para contener su ansiedad.
Silencio.
A lo lejos se oía el chirriar
de unos neumáticos. La iluminación del
techo arrancaba pálidos reflejos a las terminaciones
metálicas del corredor. Todo se veía limpio
y pulcro, sin el menor defecto de fabricación,
como si quisiese demostrarse con ello la higiene del
edificio, como si la construcción fuese el epítome
de la albañilería.
Reanudó su andar con una sensación
similar a la del incidente en la escalinata del Maglev.
El eco de sus pasos rebotaba en las paredes. Empezó
a sentirse inquieto, perturbado por el silencio y la
pulcritud de lo que lo rodeaba. Apuró el tranco
y pronto abría su automóvil, entrando
en él como si de un refugio se tratase. Al cerrar
la puerta, cierta sensación de seguridad recorrió
su ser. Estaba dentro de su burbuja, su universo propio
y nada podía tocarlo ahí.
-Cálmate, cretino -dijo en voz
alta y colocó la palma de su mano derecha sobre
el tablero de instrumentos, el cual se activó
de inmediato al ser reconocido por el sensor biométrico.
Emergió del estacionamiento
como una exhalación. Moderó la marcha
al enfilar por la calle, pues no deseaba que alguna
cámara de control de tráfico lo multase.
Una vez en la autopista, luego de ingresar el punto
de destino, dejó el control en manos de la computadora.
Trató de relajarse durante los pocos minutos
de viaje automático; lo logró en parte,
al menos. Se sentía un idiota por haberle temido
a un corredor desocupado.
La calle poco transitada, y un tanto
alejada de la autopista, se veía casi desierta
cuando se detuvo frente al edificio de Ludmira. Algunos
niños jugaban en la acera y George se dirigió
a la entrada del bloque de apartamentos. Abrió
la puerta y entró, moviendo negativamente la
cabeza porque el lugar no tenía vigilancia ni
un servicio de identificación electrónico;
a la mujer le gustaban esos espacios “a la antigua”,
como solía llamarles. Subió las escaleras
hasta el segundo piso, no queriendo aguardar al elevador.
Una vez frente al 206 oprimió el botón
del timbre. No obtuvo respuesta y lo intentó
nuevamente sin éxito. Llamó varias veces
más hasta convencerse de que no había
nadie o de que sencillamente no le abrirían.
En un impulso irracional golpeó la puerta con
los nudillos.
-Genial, fabuloso -dijo en voz baja,
resignado a tener que volver con las manos vacías.
Empezó a retroceder cuando la
puerta del departamento de al lado se entreabrió
un poco, dejando ver un mechón de pelo crespo
y unos ojos escrutadores.
-Disculpe -dijo George acercándose
a la puerta-, ¿sabe si Ludmira está?
La hoja de madera terminó de
abrirse y se dio con una mujer de aparentes sesenta
años o más, vestida con una larga falda
gris y suéter azul. Los ojos parecían
ver más allá del hombre y una voz ronca
le indicó:
-Volvió después de las
tres para luego marcharse. -Lo miró de pies a
cabeza-. Usted también.
-¿Yo también? -inquirió,
preocupado por la mirada de la mujer-. ¿A qué
se refiere?
-También se marchará,
ellos le persiguen.
Ella lo miró fijamente a los
ojos y luego cerró la puerta.
-Vieja de mierda -dijo y se retiró.
De vuelta en la carretera le contó
a Favianna lo acontecido. Ninguno podía hacer
nada más, no tenían forma de contactar
a Ludmira si ella no respondía las llamadas.
Optaron por aguardar al otro día y preguntar
en la oficina si se presentaba a trabajar.
Al acostarse, George meditó
en lo extraño del asunto. ¿Cómo
era posible que la mujer hubiese cambiado su actitud
en forma tan drástica? La había visto
en diversos estados de ánimo, tanto buenos como
malos, pero jamás había roto su comportamiento
de esa forma. Era completamente insólito y se
dijo que haría todo lo posible por llevarla al
psicólogo.
Esa noche tuvo horrendas pesadillas
que apenas lo dejaron dormir.
***
-¿Te traigo un café?
-preguntó Rosa al ver la cara de cansancio de
George.
-Ya tomé, gracias.
La joven lo miró unos instantes
en silencio, ante lo cual preguntó:
-¿Tan mal me veo?
-No, no es eso -negó y pareció
avergonzarse al añadir-: Es otra cosa.
Se marchó sin darle tiempo a
seguir la conversación. Ésa era otra actitud
extraña, aunque no tanto como la de Ludmira,
que llevaba tres días desaparecida. La policía
ya estaba sobre aviso, pero las indagaciones habían
sido infructuosas: nadie la había visto en ninguno
de los lugares que frecuentaba y su teléfono
seguía desconectado. Esta preocupación
le hacía imposible invitar a Favianna por la
noche, pues la mujer estaba mucho más preocupada
que él.
Era casi la hora de almorzar cuando
recibió un correo del exterior. Vio el remitente
y descubrió que era de Ludmira. Dejó todo
de lado para abrirlo. La mujer le decía:
Todo se fue a la mierda, no creo
que resista más, no puedo con las pesadillas
y los otros ataques. Vaya donde vaya me atraparán,
tarde o temprano. No debimos crear los respaldos, la
anciana me lo dijo, pero nadie previó las consecuencias
y lo pagaremos caro.
Casi me atrapan en el Metro cerca
del parque, escapé de milagro, estoy viviendo
horas prestadas y no tengo escapatoria, ninguno de nosotros
la tiene.
¡No somos nada! Es lo que
más me duele, es lo que nunca llegaremos a ser
lo que nos condena. Ellos al menos pueden trascender,
pero nosotros estamos condenados a desaparecer y la
humanidad no nos llorará.
Fue bueno todo lo que disfrutamos
juntos y espero que no te persigan todavía, pues
ninguna policía ni ejército del mundo
puede protegerte. Espero en mi próxima vida poder
disfrutar más junto a ti, si es que la tenemos.
Mira las dos fotos que tomé
anoche. Estaba aterrada, pero igual pude hacerlas y
espero que te sirvan de algo.
George abrió las imágenes
casi con desesperación, deseoso de encontrar
en ellas alguna respuesta a las afiebradas palabras
de la mujer. La primera era una vista del puerto desde
un paseo, pero estaba desfigurada por una mancha que
ocupaba el extremo derecho. La otra, en cambio, mostraba
una borrosa figura de contornos humanos junto a unos
asientos de madera. Eso era todo.
Permaneció perplejo y preocupado
por el asunto. Ludmira, obviamente, había perdido
la chaveta, y Favianna se deprimiría todavía
más al leer el correo. Dudó durante largos
segundos antes de llamarla y contarle, mas al final
debió hacerlo. El resto del día no fue
capaz de dejar de darle vueltas en la mente a las palabras
de la mujer. ¿Qué tenían que ver
los respaldos con ese asunto? Eran confiables y seguros,
una muestra más del avance de la tecnología
que ya invadía todos los quehaceres del ser humano.
Eso en modo alguno provocaba locura. Seguramente la
relación sólo estaba dentro de sus delirios,
aunque las causas de ellos eran desconocidas.
Dos días más tarde Favianna
le comunicó el descubrimiento del cadáver
de Ludmira en un callejón a la salida del parque.
Quedó impactado y apenas pudo balbucear unas
palabras de consuelo. Al salir del trabajo partió
a la morgue a juntarse con la mujer.
-Lo siento tanto -dijo con lágrimas
en los ojos y ambos se abrazaron-. Nunca creí
que llegase a pasar esto.
Lloraron en silencio casi un minuto
y después se sentaron en la sala de espera.
-La policía dijo que se había
roto el cuello al caer por una escalera -contó
Favianna, ya más relajada-. Parece que se tropezó
y partió el cuello al rodar escalones abajo.
No fue un robo, porque tiene todas sus pertenencias;
tampoco la violaron, no hay indicios de ello. Una testigo
dijo que la vio pasar el día anterior y parecía
huir de alguien..., pero no había nadie más
en el lugar y la señora siguió en sus
asuntos.
-¿Nadie vio nada?
-Aparte de ella, casi todo el mundo
estaba trabajando o estudiando. -Se acunó en
su regazo-. Murió ahí, sola, sin ninguno
de nosotros a su alrededor. Sé que no debemos
preocuparnos tanto, pero aún así... ¿Y
si sucede otra vez?
-No pienses así, ahora lo que
tienes que hacer es...
-¿El señor George White?
-preguntó un policía, ante lo cual el
hombre asintió-. Lo siento, señor, pero
quisiera hacerle unas preguntas.
-Sí, sí, por supuesto.
Las preguntas fueron pocas, refiriéndose
a su relación con la difunta, cuándo habían
hablado por última vez y todas esas cosas que
tenían que ver con la fallecida mujer. Al finalizar,
acompañó a Favianna a firmar la autorización
de autopsia y cremación del cuerpo, tras lo cual
se retiraron al departamento de la mujer.
-¿Deseas algo más? -preguntó
luego de acomodarla en el sofá; ella negó
con la cabeza- Ánimo, linda, cualquier día
de estos Ludmira va a entrar por esa puerta como si
nada... y vas a ver la bronca que te va a dar por estar
sufriendo de esa forma.
-Sí, ella... era así.
-Es así, no lo dudes -replicó-.
¿Me puedo ir tranquilo, entonces?
-No, no te vayas, quédate conmigo.
No, no lo digo para eso, sino para tener compañía,
¿quieres?
-Sí, te entiendo. Bueno, me
quedo.
Ella se acostó primero luego
de una frugal cena.
George miró un rato por la ventana
del departamento, tratando de calmar su inquietud por
lo acontecido. Las cosas parecían en cierta forma
irreales; todavía le costaba aceptar el hecho
de que la carne perecedera de Ludmira se había
convertido en ceniza, de que aquel cuerpo con el que
rió y gozó ya no estaba ahí. Grande
es la indiferencia de unos ante la muerte, se dijo,
recordando su accidente de automóvil de años
atrás -toda una vida atrás-. Pero no,
esto era diferente, quizás angustiante porque
no era el mero hecho de la muerte, sino las causas que
derivaron en ella. ¿Locura? ¿Qué
tan lejana era esa palabra para una persona común
y corriente como Ludmira, que vivía como cualquier
otra? ¿En qué punto su mente se quebró
y comenzó a caer en esa espiral de psicosis,
que la hizo correr a tontas y locas hasta caer y romperse
el cuello? Y más encima las fotos que no mostraban
más que unos manchones borrosos, sin sentido...
Apagó su cigarrillo y se dirigió
al dormitorio, cansado del día más horrible
de las últimas décadas.
***
Cuando George abandonó el departamento,
Favianna le obsequió un largo y apasionado beso,
prometiéndole “mucho más”
para la semana siguiente. Se marchó con una leve
sonrisa en los labios. Fue a su hogar para cambiarse
de ropa y al entrar la sonrisa se le borró de
los labios.
-¿Qué demonios pasó
acá? -preguntó en voz alta.
Los muebles estaban volteados, los
estantes con las estatuillas que le gustaba coleccionar
desparramados por el suelo, la pantalla mural había
sido destrozada cuando una silla se incrustó
en ella. Todo eso y más daba la impresión
del paso de un tornado por el inmueble. Revisó
las habitaciones, el baño y el estudio, constatando
que los daños habían sido menores.
-No tengo la menor idea, cabo -le decía
media hora más tarde al policía que le
tomó la declaración-. Todo estaba así
cuando llegué. No se robaron nada tampoco.
-¿Sabe de alguien que estuviese
interesado en causarle daño?
-Nadie, que sepa. Yo trabajo en ManOver,
soy programador neuronal de los equipos de respaldo.
-El policía arqueó una ceja; seguramente
sus respaldos de información estaban en manos
de la compañía mencionada-. No me encuentro
metido en política ni nada ilegal, si es lo que
está pensando.
-Le aseguro que no pensaba en eso -replicó
al tiempo que miraba la pantalla destrozada.
El agente de la ley parecía
inquieto por lo que veía. Otro policía
escudriñaba el lugar en compañía
de un par de peritos en criminalística. Tomaron
fotos y aplicaron diversos instrumentos en los accesos
del departamento.
-¿Hay algo? -preguntó
a uno de los peritos.
-Nada -contestó el hombre-.
Las puertas no muestran señal de haber sido forzadas,
tampoco las ventanas; las cámaras de seguridad
del edificio no indican a ningún sospechoso entrando
en las horas previas.
-¿Cómo entró o
entraron, entonces? -preguntó George.
-Lo siento, pero no tengo respuesta
a eso -se excusó el hombre.
-¡Pero ustedes son los jodidos
expertos, no pueden decir que todo fue hecho por arte
de magia!
-Tranquilo, señor White -le
calmó el policía-. Buscaremos entre nuestras
bases de datos los criminales que actúen en forma
similar y preguntaremos a nuestros informantes si saben
algo; la calle es, todavía, la mejor de nuestras
fuentes. Por ahora, le sugiero que se calme y siga con
su vida normal. Nosotros le avisaremos si tenemos novedades.
-De acuerdo, de acuerdo, lo siento
-dijo George, sentándose en el recién
parado sillón y hundiendo el rostro entre las
manos. No pudo evitar que la angustia y desesperación
se reflejasen en su rostro al proseguir-: Ayer murió
mi amiga y ahora pasa esto. Todo se ha vuelto un caos
los últimos días y no sé... Ay,
mierda, voy a llegar tarde al trabajo.
-No se preocupe, la comandancia de
la zona se contactará con su compañía
para dar el aviso legal. Vamos, tiene que seguir adelante.
Fue a su habitación y se cambió
de ropa. Al salir de ella, encontró a los peritos
abandonando el departamento. Alcanzó a escuchar
las últimas palabras de uno de ellos:
-...como en la otra casa, era igual
que acá.
La frase tardó varios segundos
en ser asimilada por su cerebro. Cuando le encontró
sentido salió disparado del departamento y, al
ver que el ascensor ya había partido, se lanzó
escaleras abajo. Alcanzó a los policías
cuando abordaban el coche patrulla en la calle.
-¡Espere! -pidió y llegó
hasta la ventanilla; los otros aguardaron- ¿Conocen
otro caso similar?
Los uniformados intercambiaron una
rápida mirada con los peritos antes de que el
cabo respondiese:
-En verdad, el suyo es el segundo caso
en la semana. El otro fue cerca del aeropuerto y tenía
el mismo patrón: todo revolcado y sin que nadie
hubiese forzado los accesos... pero...
-¿Pero qué?
-Nada, mejor...
-!Dígamelo, quiero saberlo¡
-explotó.
Durante unos segundos nada sucedió
y se arrepintió por el duro tono de sus palabras.
Temió haberlos enfadado. Sin embargo, el cabo
dijo:
-Al dueño de casa le habían
aplastado el cráneo con una silla. Como ve, usted
tuvo suerte de no estar acá la noche pasada.
Y ahora, si tiene la bondad de soltar la puerta, podemos
ir a investigar el asunto.
George se dio cuenta entonces de que
sostenía con fuerza el marco de la ventana y
retiró sus manos.
-¿No me van a brindar protección
al menos?
-Si hubiera algo tangible que los uniese,
sí, pero no tienen nada en común, ni siquiera
dejaron huellas digitales. Lo siento, así es
la ley.
El automóvil policial partió
con lentitud mientras sus ocupantes le daban miradas
de preocupación.
El hombre quedó solo en la acera
hecho un mar de dudas. Los policías habían
aumentado sus temores en vez de confortarlo. ¿Quién
podía hacer algo semejante y, peor aún,
sin dejar huellas de ninguna clase? Otra persona fue
asesinada, pero ¿con qué fin? ¿Estaba
esto relacionado de algún modo con lo sucedido
a Ludmira?
-¿Qué está sucediendo?
-preguntó en voz alta y una mujer lo miró
mientras pasaba a su lado.
Minutos más tarde abordó
el Maglev con angustia, dudando de contarle a Favianna
lo acontecido. No, eso no, porque ella debía
superar lo de su hermana y no sería bueno estarle
añadiendo más preocupaciones.
Llegó a su oficina y Ann-Marie
lo atajó en el pasillo. Por unos momentos pareció
que iba a reprenderlo, pero su rostro reflejaba pesar
cuando dijo:
-Lo siento, George, la policía
nos contó todo. Puedes tomarte el resto del día
libre, si quieres.
-Gracias, pero prefiero trabajar; quizás
me sirva para olvidar lo sucedido.
Ella lo palmeó afectuosamente
en el hombro y se retiró a su oficina.
Sus compañeros le dieron las
condolencias por lo sucedido con Ludmira y lo del departamento.
-Ánimo -dijo Rosa, pero su mirada
parecía un tanto perdida.
-Gracias a todos. -Miró a Rosa-.
¿Apareció el susodicho?
-Sí, todo está bien -respondió
y volvió a su puesto de trabajo.
Al momento de irse a almorzar, Samuel
señaló un escritorio vacío de la
sección adyacente y comentó:
-El loco de los fletes no llegó
ni se excusó, ¿sabes algo de él?
-Nada, apenas me sé su nombre
de pila.
-Vamos de mal en peor en esta compañía
-se quejó otro compañero-. La jefa de
bodega no aparece desde el jueves pasado y nadie la
ha visto por ninguna parte.
-La gente no es como antes -afirmó
Rosa y le dio una enigmática mirada a George
durante una fracción de segundo.
***
El viento soplaba con fuerza, arrastrando
cualquier objeto liviano que hubiese en la calle. George
caminaba con el cuello del abrigo subido hasta el mentón
para protegerse del vendaval. Parecía que una
tormenta se dejaría caer pronto y el aeropuerto
había cancelado los vuelos comerciales. Vio a
unos indigentes arrimarse a un callejón para
cubrirse con unos recipientes de basura. Una motocicleta
pasó a su lado y su conductor casi perdió
el control en la esquina, pero siguió adelante
tras una corta vacilación.
-Viento de mierda -murmuró,
deseando haber ido en su automóvil al trabajo.
Caminaba con algo de enfado por no
haber encontrado nada malo en su revisión de
sistemas. El problema de pérdida de información
simplemente no tenía explicación ni precedentes.
No existía la menor falla de equipamiento o programación,
y la media docena de inteligencias artificiales a las
que tenía acceso la compañía no
atinaron a descubrir la causa. Era, pues, un total misterio.
Algunos decían que era sabotaje, algo intencional
y adrede, aunque no había mano humana involucrada
por ninguna parte.
Para rematar su mal humor el doctor
le había dicho que su visión era normal,
lo cual dejaba sólo como responsable de sus extrañas
visiones a la mente, seguramente por el exceso de trabajo.
Le había recetado unas pastillas y recomendado
pasear al aire libre.
También, la jefa de bodega no
había aparecido más, rumoreándose
que fue comprada por una oferta de NanoWorld y cambiado
su identidad para trabajar en alguna otra parte del
mundo. Esa práctica no era tan inusual, pues
ya se había aceptado como parte del juego mercantil
que movía al mundo; era pacífico y sin
mayores complicaciones, excepto para la parte perdedora
que debía buscar un reemplazo.
El golpe lo cogió desprevenido
y estuvo a un paso de ser arrollado por un camión;
se salvó gracias a una señalización
de tránsito a la cual se aferró con un
manotazo desesperado. El vehículo de carga pasó
a escasos centímetros de él, sintiendo
claramente el roce de aquel mortal conjunto de toneladas
de metal que lo hubiesen aplastado en un instante. Fue
el momento más aterrador de su vida y sólo
atinó a permanecer sujeto a la señalización.
-Casi, casi -murmuró y se apartó.
Tiritaba de miedo, pero el temor no
le impidió mirar en todas direcciones buscando
al culpable. No vio a nadie a menos de 50 metros, ni
siquiera una puerta o ventana desde la cual pudiesen
haberlo atacado. Se arrimó a la pared, tratando
de serenarse, intentando encontrar la calma que necesitaba
para seguir caminando. Estaba en eso cuando recordó
que el golpe había sido similar al recibido en
la escalera del Maglev. ¿Sería la misma...
persona?
Una nueva ráfaga de viento lo
azotó, empero esta vez sintió un escalofrío
que traspasaba la gruesa vestimenta. Se le erizaron
los cabellos de la nuca y, sin poder precisar por qué,
se largó al trote en dirección a su departamento,
como huyendo de alguien. Le pareció que el viento
helado lo perseguía, doblando con él en
la esquina, acechándolo en su acercamiento al
edificio. La sensación desapareció cuando
abordó el elevador. Se apoyó en la pared
del transporte vertical y recién entonces pudo
empezar a relajarse. Poco a poco la respiración
se le normalizó.
-¿Se siente mal, señor?
La voz lo sobresaltó. La niña,
de unos diez años, estaba a su lado y no la había
visto al entrar.
-Yo... Sí, pero...
Las puertas se abrieron en su piso
y salió del elevador sin decir más palabras.
Entró en su departamento y cerró la puerta
de golpe.
-Calma, tiene que haber una explicación
lógica a esto -dijo en voz alta.
Arrojó el abrigo sobre el sofá
y se miró en el espejo; casi no se reconoció,
pues el rostro angustiado y desesperado que vio en poco
se parecía al propio -por eso llamó la
atención de la niña-. Esa mirada le trajo
a la mente aquella del tipo que salía del Maglev
como si lo persiguiesen. En verdad, se había
sentido perseguido todo el trayecto desde que recibiese
el golpe, una persecución ilógica, de
locura, que lo acosó hasta poco antes de su hogar.
La sensación de angustia tardó en desaparecer,
mas no dio paso a una de bienestar, sino a una de inquietud.
Sus pensamientos se revolvían como peces en un
acuario, entremezclándose y efectuando caprichosas
combinaciones que una mente normal no haría.
-No estoy loco, no —dijo en un
susurro, aunque no se sentía muy convencido de
ello.
Para distraer la mente se sacó
la camisa y revisó su hombro izquierdo, el lugar
de la agresión, y descubrió un gran moretón.
El golpe, al menos, había sido real, lo demás...
Se metió en la cama, desnudo,
arropándose con suavidad. Pensó en llamar
a la policía, pero ¿qué les diría?
¿Que alguien que no había visto lo golpeó
para que lo arrollase un camión? ¿Que
alguien invisible lo había perseguido luego varias
cuadras? La única prueba tangible era el moretón,
el cual podía ser atribuido a cualquier causa.
Además, nadie estuvo en las cercanías
para atestiguar lo acontecido. No, debía callar
y tratar de encontrar una respuesta por su cuenta.
***
Desde el tercer piso de ManOver George
aprovechaba de mirar el ajetreo de la ciudad, distrayéndose
del trabajo. Tenía un vaso de café en
las manos que bebía de a sorbos. Estaba en eso
cuando Rosa pasó a su lado, dándole una
fugaz mirada. Estuvo tentado de atajarla para preguntarle
a qué se debía ese ligero cambio en su
actitud. La mujer se veía un tanto distante,
menos dicharachera y alegre que lo habitual. Pocos días
atrás Richard, su novio, la había pasado
a buscar y el hombre, antes conversador, se había
limitado a unas pocas palabras antes de que ambos se
retirasen.
-¡No puedo hacerlo, eso es todo!
-vociferaba Samuel por el teléfono-. Mira, cretino,
si crees que eres capaz de hacerlo mejor que yo, entonces
adelante y no molestes más.
Colgó el auricular con furia.
-Hey, tranquilo -pidió George.
La mirada de Samuel era extraña,
con unos ojos un tanto desorbitados y grandes ojeras,
señal de haber dormido poco.-
No puedo calmarme, todo está
saliendo mal -se quejó-. Las nuevas matrices
de respaldo no estarán terminadas a tiempo y
el entuerto que hay en la bodega todavía no se
soluciona. Más encima, está lo de los
respaldos de Noruega...
-¿Qué sucede en Noruega?
-¿No te has enterado aún?
Bueno, en realidad me lo contaron los del segundo piso:
hubo una falla similar a la de París, pero esta
vez se fundieron los servidores de los respaldos estatales.
El gobierno noruego ha iniciado una investigación
secreta y nuestros jefes están de cabeza.
George comprendió entonces que
la situación era mucho más complicada
que la anterior. Los servicios de respaldos públicos
eran una cosa, pero los estatales otra muy distinta.
Como en todo gobierno, el resguardo de la información
era fundamental; sólo las empresas de prestigio
accedían a los millonarios contratos que ofrecían
ingresos fijos y confiables de las arcas fiscales. Era
tanto o más delicado que los contratos de armamento.
-La mierda nos sigue lloviendo -añadió
Samuel con pesimismo.
-Pero... Pero debe ser sabotaje, entonces
-dijo George-. Esta clase de accidentes no pueden suceder.
La policía informática...
-Las agencias de inteligencia de Europa
están trabajando en ello -interrumpió
Ann-Marie, apareciendo de improviso-. Acaban de anunciarlo
por las noticias y me temo que el problema va para largo.
Los dos hombres miraron a la mujer,
quien había perdido la seguridad y serenidad
habituales. George pensó que ahora se veía
algo más humana, siempre seria y severa en su
trato con los demás.
-Habrá una reunión a
las quince horas, los gerentes...
Un fuerte golpe seguido de una serie
de otros similares acalló a la mujer. El ruido
había provenido de la calle y se dirigieron a
la ventana para mirar lo acontecido. A casi dos cuadras
había un revoltijo de vehículos que obstaculizaba
el tránsito; varias personas salían de
sus automóviles o trataban de hacerlo en medio
de una gran confusión.
-¡Qué desastre! -exclamó
Rosa con preocupación.
Todos se agolparon en las ventanas
para observar la catástrofe. Pronto los coches
policiales, de bomberos y las ambulancias se hicieron
presentes; la prensa apareció pisándoles
los talones.
-Un conductor imprudente -dijo alguien.
-Tal vez iba ebrio -supuso otro.
George se alejó de la vista
del desastre. Volvió a su puesto de trabajo y
reanudó lo que tenía pendiente. Sus compañeros
tardaron algo más en imitarlo. Curiosamente,
Ann-Marie no se lo reprochó a nadie. Al parecer,
cosas raras estaban aconteciendo y eso ya le parecía
una verdad innegable.
Los días siguientes hubo fuertes
rumores acerca de una mano extraña en los accidentes
informáticos. No pocos hablaban de que NanoWorld
estaba detrás de esos actos, aunque no existía
ninguna prueba en concreto. Los noticieros dieron amplia
cobertura al suceso, entrevistando a gente de diversos
ámbitos. Se pedía la colaboración
de la ciudadanía, ofreciendo millonarias recompensas
por información que diese con los responsables.
Algunos lo definieron como el Nuevo Terrorismo, pues
el atentar contra los respaldos era un ataque directo
a la sociedad, ya que se perdía el valioso caudal
de información que conformaba la vida diaria
de las personas. Sin embargo, y pese a todos los esfuerzos,
las investigaciones seguían sin arrojar resultados.
***
-Te veo en media hora -dijo Favianna
por su móvil.
-Te espero -afirmó George mientras
subía al Maglev.
Se suponía que la visita de
la mujer tendría que causarle una gran excitación,
pero no era así. Las preocupaciones e inquietudes
no lo dejaban en paz pese a todos los tranquilizantes
que tomaba. Más encima, en otra ocasión
se había sentido nuevamente perseguido por algo
invisible. Había corrido, no se avergonzaba de
ello, y casi tropezó con unos delincuentes que
atracaban a un anciano; la sorpresa del encuentro les
había impedido reaccionar a tiempo y, así,
pudo seguir de largo sin ser perjudicado.
-...y me iré esta noche -decía
una mujer a su acompañante, un hombre calvo y
con anteojos que la miraba con cierta desconfianza-.
Si quieres quedarte es cosa tuya, pero no digas que
no te lo advertí.
El tren se detuvo en la estación
y George bajó apresuradamente para llegar luego
a su departamento. Había algo extraño
en el ambiente, una cierta tensión que afectaba
a las personas. Las miradas eran más asustadizas,
los pasos más presurosos y los recelos más
destacados. En la calle se sucedían los accidentes
sin otra causa más que la imprudencia de los
conductores, motivo por el cual evitaba usar su automóvil.
Entró al edificio y se encontró
con un cartel en el elevador que decía “Fuera
de servicio”. Se resignó a subir los cuatro
pisos a pie. Emprendió el camino a las escaleras
y la iluminación del techo empezó a parpadear.
Estuvo a punto de maldecir en voz alta cuando, por el
rabillo del ojo, notó algo a su derecha. Giró
el rostro y vio una silueta borrosa sobreimpuesta al
suelo. Era semi transparente, encogiéndose y
alargándose al ritmo de una suerte de palpitación.
La ráfaga de viento helado que tan bien conocía
lo azotó y el pánico lo invadió,
pues esa cosa se acercaba a él. No dudó
ni un instante y corrió por las escaleras, subiendo
los peldaños de dos en dos y hasta de tres en
tres, desesperado por dejar atrás a la horrenda
visión. Pero el frío seguía acechando
su espalda, lo acosaba en una persecución sin
tregua que le hacía sentirse al filo de la destrucción.
La percepción del tiempo cambió y lo que
veía parecía discurrir más despacio,
pausado, emulando a una película en cámara
lenta. Creyó tardar una eternidad en alcanzar
el quinto piso, e inclusive estaba tan aterrado que,
de no ser por el cartel con el número pintado,
hubiese seguido de largo hasta la azotea. Llegó
a su departamento y entró hecho una exhalación,
cerrando la puerta con inusitada violencia y deseando
que la hoja pudiese mantener a raya a lo que fuese que
lo perseguía. Se escudó tras el sofá
como un niño temeroso, temblando de pánico
y sin dejar de mirar la puerta, sabedor de que al otro
lado acechaba lo innombrable. Permaneció largos
minutos en esa posición; sus pensamientos eran
cualquier cosa menos racionales y dudó seriamente
por su cordura. No, había sido real, se dijo,
eso -fuese lo que fuese- realmente se había manifestado
frente a sus ojos, verdaderamente lo persiguió
hasta convertirlo en un manojo de nervios que apenas
razonaba.
El sonido del timbre lo sobresaltó
con la violencia de un puñetazo. Permaneció
quieto, dejando que el eco del sonido rebotase en las
paredes y alimentase sus temores. Un chispazo de cordura
le hizo ver que aquello no tocaría el timbre.
Pocos segundos más tarde el sonido se repetía.
Con pasos cautos, y sin dejar de mirar la puerta, se
dirigió al cercano monitor de seguridad que mostraba
lo que había frente a la entrada de su hogar.
-Favianna -murmuró con alivio
y accionó la apertura de la puerta. En ese instante
se alegró de haberle dado un acceso de seguridad
secundario, el cual le permitía abrir la puerta
del edificio sin tener que llamarlo.
La mujer entró y dijo:
-Ya creí que no estabas... ¿Y
esa cara?
-Yo... Ven, ten-tenemos que ha-hablar
-dijo el hombre.
-¡Estás pálido!
-exclamó con asombro- ¿Qué sucedió?
Con palabras entrecortadas y los nervios
descontrolados le narró lo sucedido, empezando
por el golpe que casi logra arrojarlo a la calle. Al
finalizar se sirvió una taza de café y
encendió un cigarrillo. Se quedó recostado
en el sofá mientras ella le acariciaba una mano.
-No sé qué decir -comentó
al fin Favianna-. Te conozco y sé que no andas
inventando historias, nunca te había visto así.
-Eso fue lo que… lo que enloqueció
a Ludmira -dedujo George, empezando a pensar con más
claridad; ahora los sucesos parecían encajar
mejor en su mente-. Ella debió ver algo similar,
o quizás lo mismo, y la acosaron hasta matarla;
a mí casi lo logran en la calle. -Bebió
un largo sorbo de la negra infusión para luego
decir con la mirada perdida en el líquido-: Y
eso puede ser lo que le pasó a otros en la oficina…
¡Por supuesto! La gente ha estado faltando o desapareciendo
sin razones aparentes.
-¿Lo crees así? -preguntó
Favianna, empezando a comprender la lógica del
hombre- O sea, el último mensaje de mi hermana
indica que estos… atentados en contra de los respaldos
con obra de… son obra de… Espera, espera,
eso no sería un tanto… ¿paranoico?
-Si vieras lo que me persiguió…
-Calló y su rostro se cubrió de seriedad-.
Esas fotos que me envió Ludmira eran de algo
similar, o sea, estoy en lo correcto: eso la persiguió
a ella también.
-¿Y por qué? ¿Qué
tiene eso que ver con los respaldos?
-Y el sujeto del Maglev que salió
casi corriendo también -dijo George como si no
la hubiese escuchado. Ante la mirada de interrogación
de la mujer se vio forzado a contarle el incidente.
-¿Me dices que ese sujeto…?
Oh, no, esto es peor de lo que pensaba. Yo… tengo
una compañera de trabajo que también actuó
semejante; ayer no se presentó en la empresa
y… y…
Ambos callaron. El puzzle, poco a poco,
empezaba a tomar forma. Los hechos se relacionaban de
una manera evidente, el patrón del conflicto
se repetía, cual modus operandi de un delincuente.
-¿Qué vamos a hacer?
-preguntó la mujer.
-Decirle a la policía, no. ¿Tu
hermana no te dijo nada antes de…?
-Nada.
-¿Absolutamente nada, ni siquiera
un indicio, una pista?
-Yo… -Hizo memoria, rebuscando
entre muchos detalles de esos que suelen pasarse por
alto-. Una vez me habló de una vecina, una señora
de edad que… bueno, que sabía algunas cosas
extrañas…
-La vieja que vive al lado, sí,
la conocí cuando fui a su departamento; me dijo
que ellos también me perseguían.
¿Cómo lo sabía?
-No sé, era algo así
como una espiritista, según dijo Ludmira. -Miró
a la ventana con pesar-. Y yo que creí que esas
eran… patrañas.
Guardaron silencio por la forma en
que sus vidas se habían transformado. Lo que
hasta entonces habían sido historias de susto
para niños, ahora eran una realidad innegable.
Lo extraño, lo fantástico, se había
abierto paso en su existencia y lo hicieron de manera
violenta.
-Todavía no entiendo por qué
sucede esto -insistió Favianna-. ¿No se
supone que los fantasmas habitan en casas embrujadas?
¿O cuando alguien ha tenido una muerte violenta?
¿O cuando los invocan?
-Tenemos que hablar con la vieja -dijo
George, tomando una determinación-. Ella tiene
que saber lo que sucede y tal vez cómo detenerlo.
Anda, vamos para allá.
Cogió un abrigo del armario,
un par de guantes y se asomaron con precaución
al pasillo. Estaba vacío. Salieron con temor
rumbo a las escaleras. Una vez en ellas, empezaron a
descender y no se toparon con nada inusitado. El estacionamiento
subterráneo estaba solitario y no parecía
un lugar muy acogedor a la luz de los acontecimientos.
-Con calma -dijo Favianna, notando
la turbación del hombre.
El lugar atrajo sus temores, lo oprimió
con la certeza de una realidad oculta que estaba pronta
a caerle encima. No se trataba solamente de ir hasta
el coche, sino de poder evadir lo que acechaba en nombre
de lo desconocido.
-Relájate, estás tenso
-pidió la mujer cuando faltaban pocos metros
para el vehículo, pero ella misma daba nerviosas
miradas alrededor.
Entraron al automóvil y George
lo puso en marcha. Salió del estacionamiento
con cierta prisa y casi golpea a una camioneta estacionada.
Cuando llegó a la carretera y puso el control
automático se echó para atrás;
las manos le sudaban y se las secó en el abrigo.
-¿Qué haremos si la vieja
no tiene respuestas? -preguntó Favianna.
-Cómo no las va a tener.
-Confiemos en que así sea.
Al salir de la carretera debieron coger
una calle alternativa, pues un incendio destrozaba los
pisos superiores de un edificio de diez plantas. Luego
de un pequeño rodeo, llegaron al fin a su destino.
-Me parece que la calle está
más vacía que de costumbre -notó
Favianna y miró en busca de niños que
no encontró. Peor aún, algunas tiendas
tenían los escaparates tapados; no era extraño
ver edificios con sus puertas cerradas.
-¿Qué sucede aquí?
-preguntó George- Parece que se preparasen para
la guerra. Este barrio no es tan peligroso.
-Vamos adentro, tengo miedo -pidió
la mujer.
Entraron apresuradamente. Al llegar
al departamento de la vecina de Ludmira vacilaron unos
instantes antes de tocar el timbre. Nada sucedió
y tocaron nuevamente. Luego de otro intento sin respuesta
golpearon la puerta dos veces seguidas, sin obtener
resultados; la de enfrente, en cambio, se abrió
y un anciano les dijo:
-La vidente no está, salió
ayer fuera de la ciudad.
-¿Sabe cuándo volverá?
-preguntó Favianna.
-Dijo que se iba por un largo tiempo.
Se fue donde un sobrino, al campo, pero no sé
más. Parecía tener prisa por algo.
-¿No habló de nada más?
-inquirió George.
-Este... Sí, me dijo algo curioso:
“A ti no te harán nada”.
-¿Le contó a usted lo
que estaba pasando? -insistió Favianna.
-¿Pasando? ¿Qué
está pasando?
-Nada, olvídelo -contestó
la mujer.
La pareja se miró con la decepción
pintada en el rostro. Murmuraron un desabrido “adiós”
y se retiraron.
-Estamos donde mismo -se quejó
George cuando entraron al automóvil.
A lo lejos se escucharon las sirenas
de la policía. Una pareja de muchachas atravesó
corriendo la esquina para perderse en un callejón.
Poco después, un helicóptero sobrevolaba
la zona mientras el humo del incendio empezaba a declinar
por la acción de los bomberos.
-Parece que no somos los únicos
con problemas -comentó Favianna.
-El asunto se agudiza. Tenemos que
irnos, pero... tengo miedo de volver a mi departamento.
-Pasemos la noche en un motel -sugirió
la mujer-. Así mañana me dejas en mi trabajo
y de ahí sigues al tuyo.
-Sí, buena idea -reconoció
con vergüenza ante su temor, temor que era justificado.
El automóvil dejó atrás
el edificio de Ludmira al tiempo que una fina lluvia
empapaba la calle.
***
Conducir hasta la entrada al estacionamiento
de ManOver fue toda una odisea para George. Por el camino
debió esquivar dos vehículos accidentados
y el incendio de un restaurant, además de algunos
peatones que se cruzaban intempestivamente. La radio
daba alarmantes noticias acerca de la locura que parecía
apropiarse de las personas, haciendo un llamado a la
calma y la prudencia; pero todo parecía una batalla
perdida a la vista de los acontecimientos.
-¡Me voy ahora mismo! -chillaba
un hombre que salía corriendo por la puerta,
antecediendo a un trío que corría para
alcanzarlo.
-¡Acá estás! -exclamó
Samuel al verlo llegar.
-Casi no llego, esto es una locura,
amigo. -Miró en derredor y notó que eran
casi los unicos-. ¿Y los demás?
-No tengo idea, nadie la tiene -contestó,
jadeando y bebiendo de un vaso de café-. Ann-Marie
no aparece todavía y todas las operaciones normales
se han interrumpido. Anoche vi... -Agachó la
cabeza con vergüenza-. Creo que esta locura es
contagiosa.
-Yo también lo vi -afirmó
y el rostro del otro se compuso-. Eso fue lo que destrozó
mi departamento y mató a Ludmira.
-¿Qué...?
-No lo sé -interrumpió-.
Llámalo fantasma, espectro o como quieras, pero
da igual. Uno me persiguió al entrar a mi edificio.
Samuel arrojó entonces el vaso
a medio llenar contra su terminal.
-Siempre quise hacer eso -explicó-.
Ahora sólo quiero proteger a mi esposa e hija,
pero no sé cómo. Ellas están en
la casa y creo que mejor me vuelvo para allá.
Escucharon una detonación a
lo lejos. Más sirenas y gritos se dejaron oír,
aumentando el caos.
-Márchate pronto -dijo George
y le estrechó la mano-. Buena suerte, espero
que podamos vernos de nuevo.
-Adiós, amigo y, si puedes,
dale una patada en el culo a la amargada de mierda de
Ann-Marie.
El hombre recogió su maletín
y partió a toda prisa. George, entonces, quedó
solo en su sección. Caminó hasta la oficina
de al lado, en donde dos mujeres trataban de hablar
con un anciano por una pantalla; el hombre tenia que
repetir constantemente lo dicho porque las interferencias
impedían la comprensión. Siguió
de largo y las luces del corredor pestañearon,
tras lo cual una se apagó definitivamente. Casi
de inmediato empezó a sentir esa helada sensación
que le calaba hasta los huesos. No lo pensó dos
veces y echó a correr. Tropezó con otro
hombre que estaba junto a unos archivos y siguió
de largo hasta llegar a las escaleras. Arribó
al primer piso casi justo cuando un camión entraba
a toda velocidad por la puerta principal. Alcanzó
a refugiarse tras un pilar y la mole atravesó
la recepción, llevándose consigo a dos
personas y finalizando su carrera al incrustarse en
el corto pasillo que daba a los ascensores. Luego, una
explosión proveniente del depósito de
combustible lo arrojó a varios metros de distancia.
El golpe contra el suelo fue doloroso. Trató
de incorporarse y se encontró con que la pierna
izquierda había sido atravesada por un fragmento
de muro. Chilló al ponerse de pie y vio que de
su brazo derecho escurría un hilillo de sangre.
-No, mierda, no -se quejó.
Empezó a arrastrarse hacia la
salida, pues todavía podía sentir el aire
gélido a sus espaldas. Cojeando llegó
a la calle y descubrió que el caos era mayor
que al llegar: por todas partes las personas corrían
enloquecidas sin rumbo fijo.
-Muévete, muévete -dijo
en voz baja.
El dolor de la herida no le impidió
alejarse del edificio, en verdad, era mínimo
comparado con lo que lo acosaba. Dejó pasar a
un hombre gordo que gritaba incoherencias antes de cruzar
la calle. Derivó sin rumbo fijo hasta que perdió
el equilibrio y se dio de bruces contra el pavimento.
Trató de incorporarse y descubrió con
horror que no podía hacerlo. Se arrastró
trabajosamente hasta un poste de publicidad y empezó
a levantarse apoyándose en él. Cuando
lo consiguió, miró alrededor y descubrió
una pareja que lo miraba fijamente.
-¡Rosa! -reconoció a la
mujer, acompañada de su novio- Ayúdame,
necesito huir de aquí.
Sin embargo, los amantes permanecieron
apartados sin hacer el menor gesto de acercarse.
-¿Qué esperan? ¡Ayúdenme!
-No lo haremos, lo siento -dijo Rosa
con el semblante serio.
-¿Pero qué les pasa?
-preguntó, sintiéndose desesperado- ¡Esa
cosa me va a matar!
-¿Y tú sabes lo que es
esa cosa? -inquirió Richard.
-Un... Un fantasma, espíritu
o como sea que se llame.
-Es cierto -reconoció Rosa-.
Pero, ¿sabes de quién es el fantasma?
-George la miraba con absoluta incredulidad por lo absurdo
de la conversación-. ¿No? Pues te lo diré:
Es el fantasma de George White.
-Pero... ¡yo estoy vivo! -protestó.
-No -afirmó la mujer-. Tú
eres solamente el clon con los recuerdos obtenidos del
respaldo de George. El auténtico George,
el original, murió hace cuarenta y dos años
en un accidente de automóvil; un par de meses
más tarde, un cuerpo fue sacado de un tanque
y le implantaron el respaldo de personalidad que había
almacenado Ma |