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Por el rabillo del ojo Más sobre Teobaldo Mercado

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George se desperezó lentamente, saboreando cada instante del despertar. Todavía su mente se deslizaba entre los últimos estertores del sueño, imbuida de sus extrañas emanaciones. Miró la cercana ventana y se incorporó a medias para oprimir el control remoto de las persianas. Al hacerlo, la luz del sol que despuntaba alumbró su habitación, haciéndole ver una cama solitaria y de sábanas revueltas.

-¿Ludmira? -preguntó con inquietud.

Se acomodó mejor sobre el almohadón, recordando que la mujer solía levantarse temprano para ir a su trabajo en las afueras de la ciudad. Y -como siempre- no se despidió con la excusa de que no quería despertarlo.

-Maldita puta -dijo en voz baja, pero sin un rencor verdadero pues su relación libre se prestaba para esa clase de juegos.

Pensó en la hermana de Ludmira, Faviana, y en el fabuloso dúo sexual que conformaban cuando la pasión las encendía. Eran una verdadera máquina de placer que lo dejaba al borde del agotamiento. Bueno, cada una por su cuenta ya lo era, sino su pecho no tendría esas marcas de arañazos y las sábanas no estarían manchadas con su sangre. Esperó que la próxima vez que ambas fuesen llevaran algo de droga para amenizar todavía más el ambiente.

Pero ahora bastaba de recuerdos y deseos, tenía que levantarse para empezar el día. Su jefa no era de las que perdonaba los retrasos y él no le proporcionaría la excusa para amonestarlo. Por ello, saltó de la cama y se dirigió a la ducha. Poco antes de entrar al baño creyó distinguir una silueta en el borde de la visión; miró con mayor detenimiento y no pudo ver nada. Ignoró el percance achacándolo a la falta de sueño y se metió bajo el chorro de agua.

Una hora más tarde entraba al edificio en que trabajaba. Acercó su ojo derecho a la diminuta cámara de identificación y la computadora de la empresa verificó la identidad. Luego, la puerta se abrió para dejarlo entrar. Caminó hasta su escritorio, notando que pocos estaban en sus puestos de trabajo a esa temprana hora.

-Hey, George, buenos días -saludó un hombre de estatura mediana desde la máquina de café.

-Buenos días, Silvio -saludó a su vez-. ¿Cómo está la familia?

-Bien, pero... el pequeño sigue con sus problemas respiratorios. Los médicos dicen que probablemente es incurable, pero todavía quedan exámenes por hacer.

-Espero que todo salga bien, sino... Bueno, tienes que intentarlo de nuevo.

Silvio sonrió con suavidad y comentó:

-Sí, por intentos no nos quedamos; ya es el tercero y no veo por qué no puede haber un cuarto.

George no comentó nada y siguió su camino, pensando en cómo se sentiría él de haber perdido a dos hijos y estar a punto de perder un tercero. Cierto, las pérdidas no eran completas, pero aún así era un tema delicado. Esto le hizo recordar a su abuelo en aquel asilo, apartado de toda la familia y sin deseos de querer...

-A las nueve y media hay reunión -interrumpió una mujer de aproximadamente cincuenta años, contextura mediana y eternas bolsas bajo los ojos.

-Sí, señora Ann-Marie, le avisaré a los demás -aseguró el hombre con un velado desprecio por su jefa. Pensó en lo placentero que sería amarrarla y practicar una violación sadomasoquista frente a todos los demás.

-Y es importante, tenemos un grave problema de seguridad -añadió la mujer con algo de preocupación en el rostro, tras lo cual se perdió rumbo a su oficina.

-Bruja de mierda -murmuró George y se imaginó la violación con lujo de detalles.

-Hola -aludó una mujer joven y de contextura delgada antes de tomar asiento en el cubículo de al lado.

-Hola, Rosa. Cuidado, tenemos reunión a las nueve y media.

-¿Cuál es el motivo?

-Sólo dijo que era por un problema de seguridad.

-Ah, bueno... Oye, no pongas esa cara, te vas a hacer viejo y amargado antes de tiempo.

-No voy a llegar a eso, pienso resucitar antes de los cincuenta.

-Y algunos dicen que yo soy exagerada.

-¿Qué sucede? -inquirió un individuo gordo y medio calvo que se sentaba al otro lado de George.

-Hola, Samuel -dijo la mujer-. Hay reunión a las nueve y media.

-Ay, no, otra vez -se quejó y arrojó las llaves de su automóvil sobre el escritorio-. ¿Qué será ahora, los cultivos de células, el empaquetado de embriones, las copias...?

-No lo sabemos -interrumpió George al tiempo que apoyaba las manos sobre la delgada plancha metálica que había frente al computador.

La pantalla cobró vida al instante mientras sus huellas digitales eran cotejadas, dándole acceso al sistema de la empresa. El logo de ManOver fue el telón de fondo para los menús que se desplegaron. George se desplazó por ellos con suaves movimientos de sus manos, que parecían acariciar la lámina metálica dando las instrucciones precisas. Verificó sus correos y respondió algunos, empleando para ello la parte inferior de la lámina en donde un teclado se proyectó en cuanto dio la orden para ello. Cuando terminó, hizo desaparecer el teclado para continuar maniobrando con las manos. Estaba en eso cuando vio el mensaje de “Conexión neural por motivos de seguridad”.

-Joder con la maquinita -murmuró y cogió el delgado cintillo que pronto rodeó su cabeza.

Inhaló con resignación, relajándose para recibir el torrente de datos en los pequeños implantes de su lóbulo frontal. Este método, casi mente a mente, era de una seguridad a toda prueba, pues nadie podía repetir los patrones cerebrales de otro con facilidad. Así, los datos fluyeron en su cerebro y se enteró del delicado problema de abastecimiento en la costa. Si seguía así, tendría que ir en persona a corregir el conflicto.

-Vamos, la reunión -dijo Samuel, remeciéndolo con suavidad para no interrumpir el delicado contacto.

George maldijo la excesiva concentración en lo que hacía, pues la media hora se le había pasado volando. Cortó el enlace y se dirigió a la sala de conferencias.

-Tenemos graves problemas dijo Ann-Marie en cuanto se hizo presente y, accionando su interfaz implantado en la muñeca, empezó a dirigir el contenido de la enorme pantalla mural. Otra vez, el logotipo ManOver fue el telón de fondo de las imágenes.

-Ella y sus implantes caros -susurró Rosa en medio de la avalancha de imágenes, ante lo cual George se aguantó las ganas de sonreír.

Se notaba en las caras de los presentes que la reunión los incomodaba. Pocos miraban la pantalla con genuino interés por ser una rutina habitual y sin mayores incentivos, una suerte de ritual corporativo en que primaban los gráficos y evaluaciones. Era el mundo de los negocios y tenían que resignarse a soportarlo, pese a que su especialidad no estaba directamente relacionada con ello.

-Anoche se perdió una sección entera de respaldos en nuestra sucursal de París -prosiguió Ann-Marie y todos le prestaron atención de inmediato.

-¡Cómo! -exclamó uno de los jefes de sección.

-Hubo una falla sin identificar en el tendido eléctrico cerca del sistema de enfriamiento -explicó la mujer-, lo cual causó un cortocircuito que dio origen a un pequeño incendio. El fuego pudo ser controlado por los extintores automáticos, aunque duró lo suficiente para dañar la información almacenada. Por fortuna todos los involucrados pudieron ser contactados para que efectuasen nuevos respaldos, pero si la falla vuelve a repetirse tendremos serios problemas. Y antes de que pregunten, les informo que se revisó el cableado sin encontrar problemas. En estos instantes se procede a un chequeo del software neuronal de las computadoras.

Calló y todos guardaron silencio por la gravedad del hecho. ManOver era responsable de casi el 20% de los respaldos a nivel mundial, por lo tanto, cualquier error de ellos traería graves repercusiones. De hecho, muchos de sus empleados solían usarla para efectuar sus respaldos personales; esa era una función vital en aquella época de gran tecnología.

-Por nuestra parte, la directiva de la compañía ha ordenado una revisión total de los sistemas que tenemos a cargo, así que todo lo demás quedará pendiente hasta completarlo. La división de tareas ya ha sido descargada en sus terminales.
Salieron de la reunión con la preocupación pintada en los rostros.

-Yo no respaldo desde el mes pasado -dijo un hombre-. Podría perderlo todo.

-Calma, calma, encontraremos el problema -dijo George, pero internamente no sentía esa tranquilidad.

Pasó el resto del día revisando y rastreando la porción asignada de software neuronal, indagando en cada línea de código en busca del más mínimo error. Revisó una y otra vez los modelos de datos de las computadoras cuánticas, las únicas capaces de almacenar y manejar tal volumen de información, pero sin resultados.

Esa noche se acostó sin echar de menos la compañía de la veleidosa Ludmira. Antes de dormirse, recordó a Favianna y se deleitó pensando en su siguiente sesión de placer con ella, pues era fanática de ser amarrada en ropa interior para después simular una violación.

Después de todo, la vida no era tan mala, se dijo.

 

***

 

Las noticias de la mañana eran mostradas en la pantalla del living mientras George se servía el desayuno. No prestó mucha atención a las novedades de los preparativos de la colonia europea en Marte, un proyecto que llevaba más de cuatro décadas en carpeta. Observó con frío interés las estadísticas del aumento en la tasa de enfermedades mentales. Se rió con un rápido reportaje acerca de apariciones de fantasmas en Río de Janeiro.

-Y recuerde, no olvide hacer sus respaldos a tiempo -decía el locutor cuando salió del apartamento.

-Como si no lo supiera -replicó irónicamente.

Se dirigió a la estación del Maglev más cercana, caminando sin prisas por la calle. Al atravesar un callejón vio por el rabillo del ojo alguien que emergía del mismo y, por una razón desconocida, se detuvo unos metros más adelante. Giró el rostro y le pareció ver una figura borrosa, pero antes de enfocar la vista se había desvanecido. Prosiguió su camino con una gran inquietud, pues no solía imaginarse cosas. Se dijo que lo primero que haría al finalizar el trabajo sería una revisión a la vista.

Cuando estaba por abordar el tren, un sujeto salió del vagón con prisa y cara de desesperación.

-¡Me pisaste, imbécil! -protestó una mujer de edad.

-Me persiguen -se disculpó el hombre mirando sobre su hombro y señaló hacia atrás-. ¡Hace días que me acosa! -añadió con pánico en la voz.

El desconocido se perdió rumbo a las escaleras. George se encogió de hombros frente a la interrogadora mirada de la mujer. Abordó el carro mientras pensaba en el trabajo que le aguardaba.

A la hora de almorzar Rosa le comentó:

-Hace días que no veo a Richard, mi novio, ¿qué le habrá pasado? No contesta mis llamados ni mensajes.

-Anda a verlo personalmente -sugirió Samuel-. Y si quieres probar algo nuevo y apasionado, aquí me tienes.

Los tres rieron por la broma y George añadió:

-Quizás fue a NanoWorld a seguir sus tratamientos.

-Qué va -replicó la joven con desdén-. Yo lo amenacé con no verlo más si lo hacía.

NanoWorld era la competencia de ManOver, quienes proclamaban que con sus nanomáquinas harían inoperantes a los respaldos y sus derivados. Habían recorrido un largo camino, de más de dos décadas, hasta obtener los permisos legales para vender sus terapias a la gente. Ofrecían implantes neuronales más baratos y autosustentables, tratando de llegar a la gran mayoría de las personas que no podían costearse los servicios de ManOver y similares (más de los tres cuartos de la población mundial). Pero esta, como toda lucha comercial, estaba en constante desarrollo.

Durante el resto de la semana se mantuvo conectado con el cintillo, hurgueteando y revisando punto por punto la sección asignada. Nuevamente seguía sin encontrar errores. En medio del torrente de datos que invadía su mente, un destello luminoso llamó su atención: era el teléfono que estaba sobre el escritorio. El número de la llamada era de Ludmira, así que contestó y la mujer le preguntó:

-¿George?

-Sí, linda, soy yo -afirmó, frenando su rastreo de datos para dedicarle una mayor atención al rostro que se dibujaba en la pequeña pantalla-. ¿Cuándo nos...?

-No sé, no sé -interrumpió ella y se percató de que estaba nerviosa-. No puedo por ahora, yo... -Miró a su alrededor como buscando a alguien-. Lo siento, tengo que arreglar algo y mi vecina... Te llamo otro día.

La llamada se cortó de improviso sin darle tiempo a responder. Permaneció callado por cerca de un minuto, perplejo por la inesperada actitud de la mujer. Marcó el número de ella y nadie contestó.

-Mujeres -murmuró y volvió al trabajo.

 

***

 

El Maglev se veía un poco menos lleno de gente cuando lo abordó para volver a su hogar. Miró el discurrir de la ciudad alrededor del vagón, pudiendo apreciar con nitidez las nubes perezosas que derivaban por el cielo. Luego, observó a los demás pasajeros y se percató de algunos rostros... ¿cómo definirlos?... nerviosos, sí, ése era el término. Un hombre enjuto miraba alrededor, como escudriñando en busca de alguien. Entonces recordó una noticia que daba cuenta del aumento en las enfermedades mentales. ¿Sería esto la demostración práctica de aquello? ¿Era así como una sociedad demostraba sus tumores?

“Esto es estúpido”, pensó, aunque las dudas no lo abandonaron hasta bajar del tren. Iba bajando por las escaleras en dirección a la calle cuando, de improviso, un escalofrío lo recorrió y tuvo la sensación de que alguien lo empujaba por detrás. Se aferró del pasamanos y volteó, creyendo que se trataba de un asaltante, pero no había nadie. Escaleras arriba, y demasiado lejos como para tocarlo, un niño descendía en compañía de sus padres.

-Idiota -murmuró con desprecio hacia él mismo por sufrir un mareo tan repentino.

Reanudó la marcha pensando en ir a ver al doctor al día siguiente, mas el incidente lo inquietó de una extraña manera. Ese escalofrío lo había calado hasta el corazón y no atinaba a entender la razón de ello. Se encontraba pensando en eso, cuando recordó que la mirada del hombre en el vagón había sido parecida a la de su amante. Era ridículo, se dijo, pero... ¿lo era en verdad? ¿Habría una conexión entre ambos que demostrase la misma inestabilidad psicológica?

Al llegar a su departamento se sirvió un largo trago de ron, cuya áspera sensación bajó confortablemente por su garganta. Al finalizar, la pantalla del living destelló con el indicativo de una llamada de Favianna. Contestó de inmediato y dijo:

-Hola, mi linda.

-Hola, guapo -saludó la mujer mientras cepillaba su pelo que caía sobre los desnudos pechos en un sencillo y sensual gesto que excitó a George-. ¿Me aguantarías el fin de semana en tu casa?

-Por supuesto que sí -respondió-. Estoy listo para lo que sea.

Ella sonrió y le guiñó un ojo antes de decir:

-Si llama mi hermana, dile que no se olvide de mis películas. -Paró el cepillado-. Estoy un poco preocupado por ella, ¿sabes? Hace días que conversó con su vecina, la vieja de mierda esa que se cree medium, y desde entonces la noto un tanto esquiva.

-Me hizo en la tarde una llamada muy rara -contó el hombre, dejando de lado sus pensamientos eróticos por un momento-. Actuó extraño y cortó de improviso. Le devolví la llamada y no respondió.

-Qué raro. Cuando traté de ubicarla, antes de salir de mi trabajo, me dijeron que había salido de pronto sin decir nada.

-Ambos se miraron con preocupación-. Su pulsera tampoco me contesta y parece que está apagada.

-Este... -vaciló y la idea de la enfermedad mental pareció más plausible que antes-. ¿Has pasado por su departamento?

-No desde la semana pasada. -Miró su reloj-. Por la hora me queda muy lejos...

-Iré yo -interrumpió el hombre y buscó la chaqueta que había arrojado despreocupadamente al entrar-. En mi auto no tardaré más de quince minutos. Te llamaré desde allí.

-Vale, gracias.

-No hay de qué, es lo menos que puedo hacer por mis chicas favoritas.

Bajó hasta los estacionamientos subterráneos apresuradamente. Al salir del ascensor, por el rabillo del ojo vio que alguien ingresaba al del lado, pero al pasar frente a él se percató de que estaba cerrado. Se detuvo en seco. Estaba seguro de que... No, no podía ser, tenía que ser culpa de los nervios, la preocupación por Ludmira. Miró en todas direcciones sin ver a nadie por los alrededores. Inhaló y exhaló con fuerza unos instantes para contener su ansiedad.

Silencio.

A lo lejos se oía el chirriar de unos neumáticos. La iluminación del techo arrancaba pálidos reflejos a las terminaciones metálicas del corredor. Todo se veía limpio y pulcro, sin el menor defecto de fabricación, como si quisiese demostrarse con ello la higiene del edificio, como si la construcción fuese el epítome de la albañilería.

Reanudó su andar con una sensación similar a la del incidente en la escalinata del Maglev. El eco de sus pasos rebotaba en las paredes. Empezó a sentirse inquieto, perturbado por el silencio y la pulcritud de lo que lo rodeaba. Apuró el tranco y pronto abría su automóvil, entrando en él como si de un refugio se tratase. Al cerrar la puerta, cierta sensación de seguridad recorrió su ser. Estaba dentro de su burbuja, su universo propio y nada podía tocarlo ahí.

-Cálmate, cretino -dijo en voz alta y colocó la palma de su mano derecha sobre el tablero de instrumentos, el cual se activó de inmediato al ser reconocido por el sensor biométrico.

Emergió del estacionamiento como una exhalación. Moderó la marcha al enfilar por la calle, pues no deseaba que alguna cámara de control de tráfico lo multase. Una vez en la autopista, luego de ingresar el punto de destino, dejó el control en manos de la computadora. Trató de relajarse durante los pocos minutos de viaje automático; lo logró en parte, al menos. Se sentía un idiota por haberle temido a un corredor desocupado.

La calle poco transitada, y un tanto alejada de la autopista, se veía casi desierta cuando se detuvo frente al edificio de Ludmira. Algunos niños jugaban en la acera y George se dirigió a la entrada del bloque de apartamentos. Abrió la puerta y entró, moviendo negativamente la cabeza porque el lugar no tenía vigilancia ni un servicio de identificación electrónico; a la mujer le gustaban esos espacios “a la antigua”, como solía llamarles. Subió las escaleras hasta el segundo piso, no queriendo aguardar al elevador. Una vez frente al 206 oprimió el botón del timbre. No obtuvo respuesta y lo intentó nuevamente sin éxito. Llamó varias veces más hasta convencerse de que no había nadie o de que sencillamente no le abrirían. En un impulso irracional golpeó la puerta con los nudillos.

-Genial, fabuloso -dijo en voz baja, resignado a tener que volver con las manos vacías.

Empezó a retroceder cuando la puerta del departamento de al lado se entreabrió un poco, dejando ver un mechón de pelo crespo y unos ojos escrutadores.

-Disculpe -dijo George acercándose a la puerta-, ¿sabe si Ludmira está?

La hoja de madera terminó de abrirse y se dio con una mujer de aparentes sesenta años o más, vestida con una larga falda gris y suéter azul. Los ojos parecían ver más allá del hombre y una voz ronca le indicó:

-Volvió después de las tres para luego marcharse. -Lo miró de pies a cabeza-. Usted también.

-¿Yo también? -inquirió, preocupado por la mirada de la mujer-. ¿A qué se refiere?

-También se marchará, ellos le persiguen.

Ella lo miró fijamente a los ojos y luego cerró la puerta.

-Vieja de mierda -dijo y se retiró.

De vuelta en la carretera le contó a Favianna lo acontecido. Ninguno podía hacer nada más, no tenían forma de contactar a Ludmira si ella no respondía las llamadas. Optaron por aguardar al otro día y preguntar en la oficina si se presentaba a trabajar.

Al acostarse, George meditó en lo extraño del asunto. ¿Cómo era posible que la mujer hubiese cambiado su actitud en forma tan drástica? La había visto en diversos estados de ánimo, tanto buenos como malos, pero jamás había roto su comportamiento de esa forma. Era completamente insólito y se dijo que haría todo lo posible por llevarla al psicólogo.

Esa noche tuvo horrendas pesadillas que apenas lo dejaron dormir.

 

***

 

-¿Te traigo un café? -preguntó Rosa al ver la cara de cansancio de George.

-Ya tomé, gracias.

La joven lo miró unos instantes en silencio, ante lo cual preguntó:

-¿Tan mal me veo?

-No, no es eso -negó y pareció avergonzarse al añadir-: Es otra cosa.

Se marchó sin darle tiempo a seguir la conversación. Ésa era otra actitud extraña, aunque no tanto como la de Ludmira, que llevaba tres días desaparecida. La policía ya estaba sobre aviso, pero las indagaciones habían sido infructuosas: nadie la había visto en ninguno de los lugares que frecuentaba y su teléfono seguía desconectado. Esta preocupación le hacía imposible invitar a Favianna por la noche, pues la mujer estaba mucho más preocupada que él.

Era casi la hora de almorzar cuando recibió un correo del exterior. Vio el remitente y descubrió que era de Ludmira. Dejó todo de lado para abrirlo. La mujer le decía:

Todo se fue a la mierda, no creo que resista más, no puedo con las pesadillas y los otros ataques. Vaya donde vaya me atraparán, tarde o temprano. No debimos crear los respaldos, la anciana me lo dijo, pero nadie previó las consecuencias y lo pagaremos caro.

Casi me atrapan en el Metro cerca del parque, escapé de milagro, estoy viviendo horas prestadas y no tengo escapatoria, ninguno de nosotros la tiene.

¡No somos nada! Es lo que más me duele, es lo que nunca llegaremos a ser lo que nos condena. Ellos al menos pueden trascender, pero nosotros estamos condenados a desaparecer y la humanidad no nos llorará.

Fue bueno todo lo que disfrutamos juntos y espero que no te persigan todavía, pues ninguna policía ni ejército del mundo puede protegerte. Espero en mi próxima vida poder disfrutar más junto a ti, si es que la tenemos.

Mira las dos fotos que tomé anoche. Estaba aterrada, pero igual pude hacerlas y espero que te sirvan de algo.

George abrió las imágenes casi con desesperación, deseoso de encontrar en ellas alguna respuesta a las afiebradas palabras de la mujer. La primera era una vista del puerto desde un paseo, pero estaba desfigurada por una mancha que ocupaba el extremo derecho. La otra, en cambio, mostraba una borrosa figura de contornos humanos junto a unos asientos de madera. Eso era todo.

Permaneció perplejo y preocupado por el asunto. Ludmira, obviamente, había perdido la chaveta, y Favianna se deprimiría todavía más al leer el correo. Dudó durante largos segundos antes de llamarla y contarle, mas al final debió hacerlo. El resto del día no fue capaz de dejar de darle vueltas en la mente a las palabras de la mujer. ¿Qué tenían que ver los respaldos con ese asunto? Eran confiables y seguros, una muestra más del avance de la tecnología que ya invadía todos los quehaceres del ser humano. Eso en modo alguno provocaba locura. Seguramente la relación sólo estaba dentro de sus delirios, aunque las causas de ellos eran desconocidas.

Dos días más tarde Favianna le comunicó el descubrimiento del cadáver de Ludmira en un callejón a la salida del parque. Quedó impactado y apenas pudo balbucear unas palabras de consuelo. Al salir del trabajo partió a la morgue a juntarse con la mujer.

-Lo siento tanto -dijo con lágrimas en los ojos y ambos se abrazaron-. Nunca creí que llegase a pasar esto.

Lloraron en silencio casi un minuto y después se sentaron en la sala de espera.

-La policía dijo que se había roto el cuello al caer por una escalera -contó Favianna, ya más relajada-. Parece que se tropezó y partió el cuello al rodar escalones abajo. No fue un robo, porque tiene todas sus pertenencias; tampoco la violaron, no hay indicios de ello. Una testigo dijo que la vio pasar el día anterior y parecía huir de alguien..., pero no había nadie más en el lugar y la señora siguió en sus asuntos.

-¿Nadie vio nada?

-Aparte de ella, casi todo el mundo estaba trabajando o estudiando. -Se acunó en su regazo-. Murió ahí, sola, sin ninguno de nosotros a su alrededor. Sé que no debemos preocuparnos tanto, pero aún así... ¿Y si sucede otra vez?

-No pienses así, ahora lo que tienes que hacer es...

-¿El señor George White? -preguntó un policía, ante lo cual el hombre asintió-. Lo siento, señor, pero quisiera hacerle unas preguntas.

-Sí, sí, por supuesto.

Las preguntas fueron pocas, refiriéndose a su relación con la difunta, cuándo habían hablado por última vez y todas esas cosas que tenían que ver con la fallecida mujer. Al finalizar, acompañó a Favianna a firmar la autorización de autopsia y cremación del cuerpo, tras lo cual se retiraron al departamento de la mujer.

-¿Deseas algo más? -preguntó luego de acomodarla en el sofá; ella negó con la cabeza- Ánimo, linda, cualquier día de estos Ludmira va a entrar por esa puerta como si nada... y vas a ver la bronca que te va a dar por estar sufriendo de esa forma.

-Sí, ella... era así.

-Es así, no lo dudes -replicó-. ¿Me puedo ir tranquilo, entonces?

-No, no te vayas, quédate conmigo. No, no lo digo para eso, sino para tener compañía, ¿quieres?

-Sí, te entiendo. Bueno, me quedo.

Ella se acostó primero luego de una frugal cena.

George miró un rato por la ventana del departamento, tratando de calmar su inquietud por lo acontecido. Las cosas parecían en cierta forma irreales; todavía le costaba aceptar el hecho de que la carne perecedera de Ludmira se había convertido en ceniza, de que aquel cuerpo con el que rió y gozó ya no estaba ahí. Grande es la indiferencia de unos ante la muerte, se dijo, recordando su accidente de automóvil de años atrás -toda una vida atrás-. Pero no, esto era diferente, quizás angustiante porque no era el mero hecho de la muerte, sino las causas que derivaron en ella. ¿Locura? ¿Qué tan lejana era esa palabra para una persona común y corriente como Ludmira, que vivía como cualquier otra? ¿En qué punto su mente se quebró y comenzó a caer en esa espiral de psicosis, que la hizo correr a tontas y locas hasta caer y romperse el cuello? Y más encima las fotos que no mostraban más que unos manchones borrosos, sin sentido...

Apagó su cigarrillo y se dirigió al dormitorio, cansado del día más horrible de las últimas décadas.

 

***

 

Cuando George abandonó el departamento, Favianna le obsequió un largo y apasionado beso, prometiéndole “mucho más” para la semana siguiente. Se marchó con una leve sonrisa en los labios. Fue a su hogar para cambiarse de ropa y al entrar la sonrisa se le borró de los labios.

-¿Qué demonios pasó acá? -preguntó en voz alta.

Los muebles estaban volteados, los estantes con las estatuillas que le gustaba coleccionar desparramados por el suelo, la pantalla mural había sido destrozada cuando una silla se incrustó en ella. Todo eso y más daba la impresión del paso de un tornado por el inmueble. Revisó las habitaciones, el baño y el estudio, constatando que los daños habían sido menores.

-No tengo la menor idea, cabo -le decía media hora más tarde al policía que le tomó la declaración-. Todo estaba así cuando llegué. No se robaron nada tampoco.

-¿Sabe de alguien que estuviese interesado en causarle daño?

-Nadie, que sepa. Yo trabajo en ManOver, soy programador neuronal de los equipos de respaldo. -El policía arqueó una ceja; seguramente sus respaldos de información estaban en manos de la compañía mencionada-. No me encuentro metido en política ni nada ilegal, si es lo que está pensando.

-Le aseguro que no pensaba en eso -replicó al tiempo que miraba la pantalla destrozada.

El agente de la ley parecía inquieto por lo que veía. Otro policía escudriñaba el lugar en compañía de un par de peritos en criminalística. Tomaron fotos y aplicaron diversos instrumentos en los accesos del departamento.

-¿Hay algo? -preguntó a uno de los peritos.

-Nada -contestó el hombre-. Las puertas no muestran señal de haber sido forzadas, tampoco las ventanas; las cámaras de seguridad del edificio no indican a ningún sospechoso entrando en las horas previas.

-¿Cómo entró o entraron, entonces? -preguntó George.

-Lo siento, pero no tengo respuesta a eso -se excusó el hombre.

-¡Pero ustedes son los jodidos expertos, no pueden decir que todo fue hecho por arte de magia!

-Tranquilo, señor White -le calmó el policía-. Buscaremos entre nuestras bases de datos los criminales que actúen en forma similar y preguntaremos a nuestros informantes si saben algo; la calle es, todavía, la mejor de nuestras fuentes. Por ahora, le sugiero que se calme y siga con su vida normal. Nosotros le avisaremos si tenemos novedades.

-De acuerdo, de acuerdo, lo siento -dijo George, sentándose en el recién parado sillón y hundiendo el rostro entre las manos. No pudo evitar que la angustia y desesperación se reflejasen en su rostro al proseguir-: Ayer murió mi amiga y ahora pasa esto. Todo se ha vuelto un caos los últimos días y no sé... Ay, mierda, voy a llegar tarde al trabajo.

-No se preocupe, la comandancia de la zona se contactará con su compañía para dar el aviso legal. Vamos, tiene que seguir adelante.

Fue a su habitación y se cambió de ropa. Al salir de ella, encontró a los peritos abandonando el departamento. Alcanzó a escuchar las últimas palabras de uno de ellos:

-...como en la otra casa, era igual que acá.

La frase tardó varios segundos en ser asimilada por su cerebro. Cuando le encontró sentido salió disparado del departamento y, al ver que el ascensor ya había partido, se lanzó escaleras abajo. Alcanzó a los policías cuando abordaban el coche patrulla en la calle.

-¡Espere! -pidió y llegó hasta la ventanilla; los otros aguardaron- ¿Conocen otro caso similar?

Los uniformados intercambiaron una rápida mirada con los peritos antes de que el cabo respondiese:

-En verdad, el suyo es el segundo caso en la semana. El otro fue cerca del aeropuerto y tenía el mismo patrón: todo revolcado y sin que nadie hubiese forzado los accesos... pero...

-¿Pero qué?

-Nada, mejor...

-!Dígamelo, quiero saberlo¡ -explotó.

Durante unos segundos nada sucedió y se arrepintió por el duro tono de sus palabras. Temió haberlos enfadado. Sin embargo, el cabo dijo:

-Al dueño de casa le habían aplastado el cráneo con una silla. Como ve, usted tuvo suerte de no estar acá la noche pasada. Y ahora, si tiene la bondad de soltar la puerta, podemos ir a investigar el asunto.

George se dio cuenta entonces de que sostenía con fuerza el marco de la ventana y retiró sus manos.

-¿No me van a brindar protección al menos?

-Si hubiera algo tangible que los uniese, sí, pero no tienen nada en común, ni siquiera dejaron huellas digitales. Lo siento, así es la ley.

El automóvil policial partió con lentitud mientras sus ocupantes le daban miradas de preocupación.

El hombre quedó solo en la acera hecho un mar de dudas. Los policías habían aumentado sus temores en vez de confortarlo. ¿Quién podía hacer algo semejante y, peor aún, sin dejar huellas de ninguna clase? Otra persona fue asesinada, pero ¿con qué fin? ¿Estaba esto relacionado de algún modo con lo sucedido a Ludmira?

-¿Qué está sucediendo? -preguntó en voz alta y una mujer lo miró mientras pasaba a su lado.

Minutos más tarde abordó el Maglev con angustia, dudando de contarle a Favianna lo acontecido. No, eso no, porque ella debía superar lo de su hermana y no sería bueno estarle añadiendo más preocupaciones.

Llegó a su oficina y Ann-Marie lo atajó en el pasillo. Por unos momentos pareció que iba a reprenderlo, pero su rostro reflejaba pesar cuando dijo:

-Lo siento, George, la policía nos contó todo. Puedes tomarte el resto del día libre, si quieres.

-Gracias, pero prefiero trabajar; quizás me sirva para olvidar lo sucedido.

Ella lo palmeó afectuosamente en el hombro y se retiró a su oficina.

Sus compañeros le dieron las condolencias por lo sucedido con Ludmira y lo del departamento.

-Ánimo -dijo Rosa, pero su mirada parecía un tanto perdida.

-Gracias a todos. -Miró a Rosa-. ¿Apareció el susodicho?

-Sí, todo está bien -respondió y volvió a su puesto de trabajo.

Al momento de irse a almorzar, Samuel señaló un escritorio vacío de la sección adyacente y comentó:

-El loco de los fletes no llegó ni se excusó, ¿sabes algo de él?

-Nada, apenas me sé su nombre de pila.

-Vamos de mal en peor en esta compañía -se quejó otro compañero-. La jefa de bodega no aparece desde el jueves pasado y nadie la ha visto por ninguna parte.

-La gente no es como antes -afirmó Rosa y le dio una enigmática mirada a George durante una fracción de segundo.

 

***

 

El viento soplaba con fuerza, arrastrando cualquier objeto liviano que hubiese en la calle. George caminaba con el cuello del abrigo subido hasta el mentón para protegerse del vendaval. Parecía que una tormenta se dejaría caer pronto y el aeropuerto había cancelado los vuelos comerciales. Vio a unos indigentes arrimarse a un callejón para cubrirse con unos recipientes de basura. Una motocicleta pasó a su lado y su conductor casi perdió el control en la esquina, pero siguió adelante tras una corta vacilación.

-Viento de mierda -murmuró, deseando haber ido en su automóvil al trabajo.

Caminaba con algo de enfado por no haber encontrado nada malo en su revisión de sistemas. El problema de pérdida de información simplemente no tenía explicación ni precedentes. No existía la menor falla de equipamiento o programación, y la media docena de inteligencias artificiales a las que tenía acceso la compañía no atinaron a descubrir la causa. Era, pues, un total misterio. Algunos decían que era sabotaje, algo intencional y adrede, aunque no había mano humana involucrada por ninguna parte.

Para rematar su mal humor el doctor le había dicho que su visión era normal, lo cual dejaba sólo como responsable de sus extrañas visiones a la mente, seguramente por el exceso de trabajo. Le había recetado unas pastillas y recomendado pasear al aire libre.

También, la jefa de bodega no había aparecido más, rumoreándose que fue comprada por una oferta de NanoWorld y cambiado su identidad para trabajar en alguna otra parte del mundo. Esa práctica no era tan inusual, pues ya se había aceptado como parte del juego mercantil que movía al mundo; era pacífico y sin mayores complicaciones, excepto para la parte perdedora que debía buscar un reemplazo.

El golpe lo cogió desprevenido y estuvo a un paso de ser arrollado por un camión; se salvó gracias a una señalización de tránsito a la cual se aferró con un manotazo desesperado. El vehículo de carga pasó a escasos centímetros de él, sintiendo claramente el roce de aquel mortal conjunto de toneladas de metal que lo hubiesen aplastado en un instante. Fue el momento más aterrador de su vida y sólo atinó a permanecer sujeto a la señalización.

-Casi, casi -murmuró y se apartó.

Tiritaba de miedo, pero el temor no le impidió mirar en todas direcciones buscando al culpable. No vio a nadie a menos de 50 metros, ni siquiera una puerta o ventana desde la cual pudiesen haberlo atacado. Se arrimó a la pared, tratando de serenarse, intentando encontrar la calma que necesitaba para seguir caminando. Estaba en eso cuando recordó que el golpe había sido similar al recibido en la escalera del Maglev. ¿Sería la misma... persona?

Una nueva ráfaga de viento lo azotó, empero esta vez sintió un escalofrío que traspasaba la gruesa vestimenta. Se le erizaron los cabellos de la nuca y, sin poder precisar por qué, se largó al trote en dirección a su departamento, como huyendo de alguien. Le pareció que el viento helado lo perseguía, doblando con él en la esquina, acechándolo en su acercamiento al edificio. La sensación desapareció cuando abordó el elevador. Se apoyó en la pared del transporte vertical y recién entonces pudo empezar a relajarse. Poco a poco la respiración se le normalizó.

-¿Se siente mal, señor?

La voz lo sobresaltó. La niña, de unos diez años, estaba a su lado y no la había visto al entrar.

-Yo... Sí, pero...

Las puertas se abrieron en su piso y salió del elevador sin decir más palabras. Entró en su departamento y cerró la puerta de golpe.

-Calma, tiene que haber una explicación lógica a esto -dijo en voz alta.

Arrojó el abrigo sobre el sofá y se miró en el espejo; casi no se reconoció, pues el rostro angustiado y desesperado que vio en poco se parecía al propio -por eso llamó la atención de la niña-. Esa mirada le trajo a la mente aquella del tipo que salía del Maglev como si lo persiguiesen. En verdad, se había sentido perseguido todo el trayecto desde que recibiese el golpe, una persecución ilógica, de locura, que lo acosó hasta poco antes de su hogar. La sensación de angustia tardó en desaparecer, mas no dio paso a una de bienestar, sino a una de inquietud. Sus pensamientos se revolvían como peces en un acuario, entremezclándose y efectuando caprichosas combinaciones que una mente normal no haría.

-No estoy loco, no —dijo en un susurro, aunque no se sentía muy convencido de ello.

Para distraer la mente se sacó la camisa y revisó su hombro izquierdo, el lugar de la agresión, y descubrió un gran moretón. El golpe, al menos, había sido real, lo demás...

Se metió en la cama, desnudo, arropándose con suavidad. Pensó en llamar a la policía, pero ¿qué les diría? ¿Que alguien que no había visto lo golpeó para que lo arrollase un camión? ¿Que alguien invisible lo había perseguido luego varias cuadras? La única prueba tangible era el moretón, el cual podía ser atribuido a cualquier causa. Además, nadie estuvo en las cercanías para atestiguar lo acontecido. No, debía callar y tratar de encontrar una respuesta por su cuenta.

 

***

 

Desde el tercer piso de ManOver George aprovechaba de mirar el ajetreo de la ciudad, distrayéndose del trabajo. Tenía un vaso de café en las manos que bebía de a sorbos. Estaba en eso cuando Rosa pasó a su lado, dándole una fugaz mirada. Estuvo tentado de atajarla para preguntarle a qué se debía ese ligero cambio en su actitud. La mujer se veía un tanto distante, menos dicharachera y alegre que lo habitual. Pocos días atrás Richard, su novio, la había pasado a buscar y el hombre, antes conversador, se había limitado a unas pocas palabras antes de que ambos se retirasen.

-¡No puedo hacerlo, eso es todo! -vociferaba Samuel por el teléfono-. Mira, cretino, si crees que eres capaz de hacerlo mejor que yo, entonces adelante y no molestes más.

Colgó el auricular con furia.

-Hey, tranquilo -pidió George.

La mirada de Samuel era extraña, con unos ojos un tanto desorbitados y grandes ojeras, señal de haber dormido poco.-

No puedo calmarme, todo está saliendo mal -se quejó-. Las nuevas matrices de respaldo no estarán terminadas a tiempo y el entuerto que hay en la bodega todavía no se soluciona. Más encima, está lo de los respaldos de Noruega...

-¿Qué sucede en Noruega?

-¿No te has enterado aún? Bueno, en realidad me lo contaron los del segundo piso: hubo una falla similar a la de París, pero esta vez se fundieron los servidores de los respaldos estatales. El gobierno noruego ha iniciado una investigación secreta y nuestros jefes están de cabeza.

George comprendió entonces que la situación era mucho más complicada que la anterior. Los servicios de respaldos públicos eran una cosa, pero los estatales otra muy distinta. Como en todo gobierno, el resguardo de la información era fundamental; sólo las empresas de prestigio accedían a los millonarios contratos que ofrecían ingresos fijos y confiables de las arcas fiscales. Era tanto o más delicado que los contratos de armamento.

-La mierda nos sigue lloviendo -añadió Samuel con pesimismo.

-Pero... Pero debe ser sabotaje, entonces -dijo George-. Esta clase de accidentes no pueden suceder. La policía informática...

-Las agencias de inteligencia de Europa están trabajando en ello -interrumpió Ann-Marie, apareciendo de improviso-. Acaban de anunciarlo por las noticias y me temo que el problema va para largo.

Los dos hombres miraron a la mujer, quien había perdido la seguridad y serenidad habituales. George pensó que ahora se veía algo más humana, siempre seria y severa en su trato con los demás.

-Habrá una reunión a las quince horas, los gerentes...

Un fuerte golpe seguido de una serie de otros similares acalló a la mujer. El ruido había provenido de la calle y se dirigieron a la ventana para mirar lo acontecido. A casi dos cuadras había un revoltijo de vehículos que obstaculizaba el tránsito; varias personas salían de sus automóviles o trataban de hacerlo en medio de una gran confusión.

-¡Qué desastre! -exclamó Rosa con preocupación.

Todos se agolparon en las ventanas para observar la catástrofe. Pronto los coches policiales, de bomberos y las ambulancias se hicieron presentes; la prensa apareció pisándoles los talones.

-Un conductor imprudente -dijo alguien.

-Tal vez iba ebrio -supuso otro.

George se alejó de la vista del desastre. Volvió a su puesto de trabajo y reanudó lo que tenía pendiente. Sus compañeros tardaron algo más en imitarlo. Curiosamente, Ann-Marie no se lo reprochó a nadie. Al parecer, cosas raras estaban aconteciendo y eso ya le parecía una verdad innegable.

Los días siguientes hubo fuertes rumores acerca de una mano extraña en los accidentes informáticos. No pocos hablaban de que NanoWorld estaba detrás de esos actos, aunque no existía ninguna prueba en concreto. Los noticieros dieron amplia cobertura al suceso, entrevistando a gente de diversos ámbitos. Se pedía la colaboración de la ciudadanía, ofreciendo millonarias recompensas por información que diese con los responsables. Algunos lo definieron como el Nuevo Terrorismo, pues el atentar contra los respaldos era un ataque directo a la sociedad, ya que se perdía el valioso caudal de información que conformaba la vida diaria de las personas. Sin embargo, y pese a todos los esfuerzos, las investigaciones seguían sin arrojar resultados.

 

***

 

-Te veo en media hora -dijo Favianna por su móvil.

-Te espero -afirmó George mientras subía al Maglev.

Se suponía que la visita de la mujer tendría que causarle una gran excitación, pero no era así. Las preocupaciones e inquietudes no lo dejaban en paz pese a todos los tranquilizantes que tomaba. Más encima, en otra ocasión se había sentido nuevamente perseguido por algo invisible. Había corrido, no se avergonzaba de ello, y casi tropezó con unos delincuentes que atracaban a un anciano; la sorpresa del encuentro les había impedido reaccionar a tiempo y, así, pudo seguir de largo sin ser perjudicado.

-...y me iré esta noche -decía una mujer a su acompañante, un hombre calvo y con anteojos que la miraba con cierta desconfianza-. Si quieres quedarte es cosa tuya, pero no digas que no te lo advertí.

El tren se detuvo en la estación y George bajó apresuradamente para llegar luego a su departamento. Había algo extraño en el ambiente, una cierta tensión que afectaba a las personas. Las miradas eran más asustadizas, los pasos más presurosos y los recelos más destacados. En la calle se sucedían los accidentes sin otra causa más que la imprudencia de los conductores, motivo por el cual evitaba usar su automóvil.

Entró al edificio y se encontró con un cartel en el elevador que decía “Fuera de servicio”. Se resignó a subir los cuatro pisos a pie. Emprendió el camino a las escaleras y la iluminación del techo empezó a parpadear. Estuvo a punto de maldecir en voz alta cuando, por el rabillo del ojo, notó algo a su derecha. Giró el rostro y vio una silueta borrosa sobreimpuesta al suelo. Era semi transparente, encogiéndose y alargándose al ritmo de una suerte de palpitación. La ráfaga de viento helado que tan bien conocía lo azotó y el pánico lo invadió, pues esa cosa se acercaba a él. No dudó ni un instante y corrió por las escaleras, subiendo los peldaños de dos en dos y hasta de tres en tres, desesperado por dejar atrás a la horrenda visión. Pero el frío seguía acechando su espalda, lo acosaba en una persecución sin tregua que le hacía sentirse al filo de la destrucción. La percepción del tiempo cambió y lo que veía parecía discurrir más despacio, pausado, emulando a una película en cámara lenta. Creyó tardar una eternidad en alcanzar el quinto piso, e inclusive estaba tan aterrado que, de no ser por el cartel con el número pintado, hubiese seguido de largo hasta la azotea. Llegó a su departamento y entró hecho una exhalación, cerrando la puerta con inusitada violencia y deseando que la hoja pudiese mantener a raya a lo que fuese que lo perseguía. Se escudó tras el sofá como un niño temeroso, temblando de pánico y sin dejar de mirar la puerta, sabedor de que al otro lado acechaba lo innombrable. Permaneció largos minutos en esa posición; sus pensamientos eran cualquier cosa menos racionales y dudó seriamente por su cordura. No, había sido real, se dijo, eso -fuese lo que fuese- realmente se había manifestado frente a sus ojos, verdaderamente lo persiguió hasta convertirlo en un manojo de nervios que apenas razonaba.

El sonido del timbre lo sobresaltó con la violencia de un puñetazo. Permaneció quieto, dejando que el eco del sonido rebotase en las paredes y alimentase sus temores. Un chispazo de cordura le hizo ver que aquello no tocaría el timbre. Pocos segundos más tarde el sonido se repetía. Con pasos cautos, y sin dejar de mirar la puerta, se dirigió al cercano monitor de seguridad que mostraba lo que había frente a la entrada de su hogar.

-Favianna -murmuró con alivio y accionó la apertura de la puerta. En ese instante se alegró de haberle dado un acceso de seguridad secundario, el cual le permitía abrir la puerta del edificio sin tener que llamarlo.

La mujer entró y dijo:

-Ya creí que no estabas... ¿Y esa cara?

-Yo... Ven, ten-tenemos que ha-hablar -dijo el hombre.

-¡Estás pálido! -exclamó con asombro- ¿Qué sucedió?

Con palabras entrecortadas y los nervios descontrolados le narró lo sucedido, empezando por el golpe que casi logra arrojarlo a la calle. Al finalizar se sirvió una taza de café y encendió un cigarrillo. Se quedó recostado en el sofá mientras ella le acariciaba una mano.

-No sé qué decir -comentó al fin Favianna-. Te conozco y sé que no andas inventando historias, nunca te había visto así.

-Eso fue lo que… lo que enloqueció a Ludmira -dedujo George, empezando a pensar con más claridad; ahora los sucesos parecían encajar mejor en su mente-. Ella debió ver algo similar, o quizás lo mismo, y la acosaron hasta matarla; a mí casi lo logran en la calle. -Bebió un largo sorbo de la negra infusión para luego decir con la mirada perdida en el líquido-: Y eso puede ser lo que le pasó a otros en la oficina… ¡Por supuesto! La gente ha estado faltando o desapareciendo sin razones aparentes.

-¿Lo crees así? -preguntó Favianna, empezando a comprender la lógica del hombre- O sea, el último mensaje de mi hermana indica que estos… atentados en contra de los respaldos con obra de… son obra de… Espera, espera, eso no sería un tanto… ¿paranoico?

-Si vieras lo que me persiguió… -Calló y su rostro se cubrió de seriedad-. Esas fotos que me envió Ludmira eran de algo similar, o sea, estoy en lo correcto: eso la persiguió a ella también.

-¿Y por qué? ¿Qué tiene eso que ver con los respaldos?

-Y el sujeto del Maglev que salió casi corriendo también -dijo George como si no la hubiese escuchado. Ante la mirada de interrogación de la mujer se vio forzado a contarle el incidente.

-¿Me dices que ese sujeto…? Oh, no, esto es peor de lo que pensaba. Yo… tengo una compañera de trabajo que también actuó semejante; ayer no se presentó en la empresa y… y…

Ambos callaron. El puzzle, poco a poco, empezaba a tomar forma. Los hechos se relacionaban de una manera evidente, el patrón del conflicto se repetía, cual modus operandi de un delincuente.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó la mujer.

-Decirle a la policía, no. ¿Tu hermana no te dijo nada antes de…?

-Nada.

-¿Absolutamente nada, ni siquiera un indicio, una pista?

-Yo… -Hizo memoria, rebuscando entre muchos detalles de esos que suelen pasarse por alto-. Una vez me habló de una vecina, una señora de edad que… bueno, que sabía algunas cosas extrañas…

-La vieja que vive al lado, sí, la conocí cuando fui a su departamento; me dijo que ellos también me perseguían. ¿Cómo lo sabía?

-No sé, era algo así como una espiritista, según dijo Ludmira. -Miró a la ventana con pesar-. Y yo que creí que esas eran… patrañas.

Guardaron silencio por la forma en que sus vidas se habían transformado. Lo que hasta entonces habían sido historias de susto para niños, ahora eran una realidad innegable. Lo extraño, lo fantástico, se había abierto paso en su existencia y lo hicieron de manera violenta.

-Todavía no entiendo por qué sucede esto -insistió Favianna-. ¿No se supone que los fantasmas habitan en casas embrujadas? ¿O cuando alguien ha tenido una muerte violenta? ¿O cuando los invocan?

-Tenemos que hablar con la vieja -dijo George, tomando una determinación-. Ella tiene que saber lo que sucede y tal vez cómo detenerlo. Anda, vamos para allá.

Cogió un abrigo del armario, un par de guantes y se asomaron con precaución al pasillo. Estaba vacío. Salieron con temor rumbo a las escaleras. Una vez en ellas, empezaron a descender y no se toparon con nada inusitado. El estacionamiento subterráneo estaba solitario y no parecía un lugar muy acogedor a la luz de los acontecimientos.

-Con calma -dijo Favianna, notando la turbación del hombre.

El lugar atrajo sus temores, lo oprimió con la certeza de una realidad oculta que estaba pronta a caerle encima. No se trataba solamente de ir hasta el coche, sino de poder evadir lo que acechaba en nombre de lo desconocido.

-Relájate, estás tenso -pidió la mujer cuando faltaban pocos metros para el vehículo, pero ella misma daba nerviosas miradas alrededor.

Entraron al automóvil y George lo puso en marcha. Salió del estacionamiento con cierta prisa y casi golpea a una camioneta estacionada. Cuando llegó a la carretera y puso el control automático se echó para atrás; las manos le sudaban y se las secó en el abrigo.

-¿Qué haremos si la vieja no tiene respuestas? -preguntó Favianna.

-Cómo no las va a tener.

-Confiemos en que así sea.

Al salir de la carretera debieron coger una calle alternativa, pues un incendio destrozaba los pisos superiores de un edificio de diez plantas. Luego de un pequeño rodeo, llegaron al fin a su destino.

-Me parece que la calle está más vacía que de costumbre -notó Favianna y miró en busca de niños que no encontró. Peor aún, algunas tiendas tenían los escaparates tapados; no era extraño ver edificios con sus puertas cerradas.

-¿Qué sucede aquí? -preguntó George- Parece que se preparasen para la guerra. Este barrio no es tan peligroso.

-Vamos adentro, tengo miedo -pidió la mujer.

Entraron apresuradamente. Al llegar al departamento de la vecina de Ludmira vacilaron unos instantes antes de tocar el timbre. Nada sucedió y tocaron nuevamente. Luego de otro intento sin respuesta golpearon la puerta dos veces seguidas, sin obtener resultados; la de enfrente, en cambio, se abrió y un anciano les dijo:

-La vidente no está, salió ayer fuera de la ciudad.

-¿Sabe cuándo volverá? -preguntó Favianna.

-Dijo que se iba por un largo tiempo. Se fue donde un sobrino, al campo, pero no sé más. Parecía tener prisa por algo.

-¿No habló de nada más? -inquirió George.

-Este... Sí, me dijo algo curioso: “A ti no te harán nada”.

-¿Le contó a usted lo que estaba pasando? -insistió Favianna.

-¿Pasando? ¿Qué está pasando?

-Nada, olvídelo -contestó la mujer.

La pareja se miró con la decepción pintada en el rostro. Murmuraron un desabrido “adiós” y se retiraron.

-Estamos donde mismo -se quejó George cuando entraron al automóvil.

A lo lejos se escucharon las sirenas de la policía. Una pareja de muchachas atravesó corriendo la esquina para perderse en un callejón. Poco después, un helicóptero sobrevolaba la zona mientras el humo del incendio empezaba a declinar por la acción de los bomberos.

-Parece que no somos los únicos con problemas -comentó Favianna.

-El asunto se agudiza. Tenemos que irnos, pero... tengo miedo de volver a mi departamento.

-Pasemos la noche en un motel -sugirió la mujer-. Así mañana me dejas en mi trabajo y de ahí sigues al tuyo.

-Sí, buena idea -reconoció con vergüenza ante su temor, temor que era justificado.

El automóvil dejó atrás el edificio de Ludmira al tiempo que una fina lluvia empapaba la calle.

 

***

 

Conducir hasta la entrada al estacionamiento de ManOver fue toda una odisea para George. Por el camino debió esquivar dos vehículos accidentados y el incendio de un restaurant, además de algunos peatones que se cruzaban intempestivamente. La radio daba alarmantes noticias acerca de la locura que parecía apropiarse de las personas, haciendo un llamado a la calma y la prudencia; pero todo parecía una batalla perdida a la vista de los acontecimientos.

-¡Me voy ahora mismo! -chillaba un hombre que salía corriendo por la puerta, antecediendo a un trío que corría para alcanzarlo.

-¡Acá estás! -exclamó Samuel al verlo llegar.

-Casi no llego, esto es una locura, amigo. -Miró en derredor y notó que eran casi los unicos-. ¿Y los demás?

-No tengo idea, nadie la tiene -contestó, jadeando y bebiendo de un vaso de café-. Ann-Marie no aparece todavía y todas las operaciones normales se han interrumpido. Anoche vi... -Agachó la cabeza con vergüenza-. Creo que esta locura es contagiosa.

-Yo también lo vi -afirmó y el rostro del otro se compuso-. Eso fue lo que destrozó mi departamento y mató a Ludmira.

-¿Qué...?

-No lo sé -interrumpió-. Llámalo fantasma, espectro o como quieras, pero da igual. Uno me persiguió al entrar a mi edificio.

Samuel arrojó entonces el vaso a medio llenar contra su terminal.

-Siempre quise hacer eso -explicó-. Ahora sólo quiero proteger a mi esposa e hija, pero no sé cómo. Ellas están en la casa y creo que mejor me vuelvo para allá.

Escucharon una detonación a lo lejos. Más sirenas y gritos se dejaron oír, aumentando el caos.

-Márchate pronto -dijo George y le estrechó la mano-. Buena suerte, espero que podamos vernos de nuevo.

-Adiós, amigo y, si puedes, dale una patada en el culo a la amargada de mierda de Ann-Marie.

El hombre recogió su maletín y partió a toda prisa. George, entonces, quedó solo en su sección. Caminó hasta la oficina de al lado, en donde dos mujeres trataban de hablar con un anciano por una pantalla; el hombre tenia que repetir constantemente lo dicho porque las interferencias impedían la comprensión. Siguió de largo y las luces del corredor pestañearon, tras lo cual una se apagó definitivamente. Casi de inmediato empezó a sentir esa helada sensación que le calaba hasta los huesos. No lo pensó dos veces y echó a correr. Tropezó con otro hombre que estaba junto a unos archivos y siguió de largo hasta llegar a las escaleras. Arribó al primer piso casi justo cuando un camión entraba a toda velocidad por la puerta principal. Alcanzó a refugiarse tras un pilar y la mole atravesó la recepción, llevándose consigo a dos personas y finalizando su carrera al incrustarse en el corto pasillo que daba a los ascensores. Luego, una explosión proveniente del depósito de combustible lo arrojó a varios metros de distancia. El golpe contra el suelo fue doloroso. Trató de incorporarse y se encontró con que la pierna izquierda había sido atravesada por un fragmento de muro. Chilló al ponerse de pie y vio que de su brazo derecho escurría un hilillo de sangre.

-No, mierda, no -se quejó.

Empezó a arrastrarse hacia la salida, pues todavía podía sentir el aire gélido a sus espaldas. Cojeando llegó a la calle y descubrió que el caos era mayor que al llegar: por todas partes las personas corrían enloquecidas sin rumbo fijo.

-Muévete, muévete -dijo en voz baja.

El dolor de la herida no le impidió alejarse del edificio, en verdad, era mínimo comparado con lo que lo acosaba. Dejó pasar a un hombre gordo que gritaba incoherencias antes de cruzar la calle. Derivó sin rumbo fijo hasta que perdió el equilibrio y se dio de bruces contra el pavimento. Trató de incorporarse y descubrió con horror que no podía hacerlo. Se arrastró trabajosamente hasta un poste de publicidad y empezó a levantarse apoyándose en él. Cuando lo consiguió, miró alrededor y descubrió una pareja que lo miraba fijamente.

-¡Rosa! -reconoció a la mujer, acompañada de su novio- Ayúdame, necesito huir de aquí.

Sin embargo, los amantes permanecieron apartados sin hacer el menor gesto de acercarse.

-¿Qué esperan? ¡Ayúdenme!

-No lo haremos, lo siento -dijo Rosa con el semblante serio.

-¿Pero qué les pasa? -preguntó, sintiéndose desesperado- ¡Esa cosa me va a matar!

-¿Y tú sabes lo que es esa cosa? -inquirió Richard.

-Un... Un fantasma, espíritu o como sea que se llame.

-Es cierto -reconoció Rosa-. Pero, ¿sabes de quién es el fantasma? -George la miraba con absoluta incredulidad por lo absurdo de la conversación-. ¿No? Pues te lo diré: Es el fantasma de George White.

-Pero... ¡yo estoy vivo! -protestó.

-No -afirmó la mujer-. Tú eres solamente el clon con los recuerdos obtenidos del respaldo de George. El auténtico George, el original, murió hace cuarenta y dos años en un accidente de automóvil; un par de meses más tarde, un cuerpo fue sacado de un tanque y le implantaron el respaldo de personalidad que había almacenado Ma