| Derivo en alas de la
noche porque la noche es mi aliada; ella me protege,
me acuna entre sus pliegues obscuros y formo parte de
su negra entidad. Vivo y vibro en la noche y sus mágicas
emanaciones, deambulo por el mundo amparado en ella.
Me detengo y observo las casas allá
abajo a varios metros de la cornisa en que me apoyo.
Sólo los noctámbulos transitan a esta hora. Nadie me
presta la menor atención y si se les ocurriese elevar
la vista a lo más verían una sombra agazapada junto
a una cañería. Escucho pocos ruidos: risas apagadas,
motores de automóviles, un grito lejano y otros semejantes.
De pronto, una figura surge del edificio
de enfrente: es una mujer que descorre la cortina de
una habitación a obscuras, observa hacia abajo, luego
al cielo y repentinamente al frente, justo en donde
me encuentro. Por un instante nuestras miradas se cruzan
y ella me descubre con asombro que se transforme en
terror. Queda paralizada, aquella parálisis que antecede
al grito. Aprovecho ese momento para extender mis alas
y emprender el vuelo. Curiosamente no escucho el grito
a mis espaldas, quizás porque el verme partir la ha
vuelto a asombrar. Pero no me importa el que me viese,
a fin de cuentas, ¿quién le va a creer? Esta era "moderna"
se burla de todos los mitos, los avasalla y sobrepasa
gracias al raciocinio imperante. Me conviene, nos conviene,
sin lugar a dudas.
Aterrizo en el tejado de un edificio
bajo, antiguo y situado en la periferia del centro.
Una vez más, nadie se fija en mí. Aquí hay menos ruidos
y me dedico a aspirar el aire. Dejo que los múltiples
olores del hacinamiento humano lleguen hasta mis pulmones;
es la única manera que tengo para recordar que antaño
fui uno de ellos.
Recuerdos, sí, aquellos que de tanto
en tanto me atormentan; aquellos que me transportan
a otra época, una época lejana en que no existían los
automóviles o la TV. Recuerdos, siempre recuerdos. Siempre
frescos a pesar del tiempo, a pesar del dolor, a pesar
de mis múltiples vivencias.
Recuerdo aquella noche de fines del
siglo XIX, esa noche en que me emborraché con mis amigos
en un afán estúpido para olvidar la muerte de mi esposa
y mi hijo en la revolución del 94. Dejé a mis camaradas
en el bar y me dirigí a casa, aquella solitaria casa
que me traía recuerdos ingratos de los seres queridos
que jamás volvería a ver; sus risas, sus llantos, sus
caricias y conversaciones eran algo que el alcohol alejaba
de mí para luego hundirme en un sueño arrebatador.
Estaba obscuro y los pocos faroles
encendidos no ahuyentaban bien a las sombras. Gracias
a esto y al licor no me di cuenta de que alguien corrijo,
algo me seguía desde los cercanos tejados. Lo único
que me importaba era el discurrir silencioso del tiempo
que algún día (esperaba) pudiese calmar mi dolor. Abrir
la puerta y atravesar el lóbrego corredor fue cuestión
de segundos. Una vez en el patio interior me dirigí
a la cocina en busca de agua, alumbrado por una clara
luna. No alcancé a llegar, pues "aquello" cayó sobre
mí y juntos nos estrellamos contra la puerta, derribándola.
La primera impresión que tuve fue
la de un asalto y eso me indignó. Pero cuando en la
oscuridad del cuarto traté de verle el rostro a mi atacante
sólo escuché unos gruñidos inhumanos. Traté de empujarlo,
lo cual conseguí a medias. Sentía unas tenazas de acero
en torno a los brazos. Y seguía sin poder verlo. Él
me azotó contra un estante junto a la puerta y por un
instante pude distinguirle el rostro al quedar expuesto
a la luz lunar.
De la indignación pasé al terror y
di desesperados manotazos. Aquello enterró sus dientes
en mi cuello y chillé de dolor y pavor. Por pura casualidad
alcancé el jarrón de flores de mi mujer y lo estrellé
contra su rostro. Me aflojó unos instantes que aproveché
para coger el cuchillo de cocina. Lo siguiente fue una
sucesión de tajos, desgarros, arañazos y golpes que
apenas recuerdo en forma coherente. Solamente estoy
consciente de mi terror y del dolor de mi sangrante
cuello. Un chorro salado y caliente salpicó mi rostro
y perdí el conocimiento.
Cuando desperté sentí una ardiente
punzada en el cuello y diversos dolores en el cuerpo.
Un poco de claridad se filtraba por la derribada puerta
y deduje que pronto amanecería. Vi muchas manchas sobre
el piso y comprendí que era sangre. Tenía un gusto salado
y pastoso en el paladar que me hizo sentir momentáneas
náuseas. Pero no estaba solo. Tres figuras me observaban
desde el dintel de la puerta y vi que eran parecidos
a mi atacante. El terror volvió a invadirme, pues sabía
que estaba demasiado débil para defenderme. Silenciosamente,
dos de ellos recogieron algo del patio, extendieron
sus alas y emprendieron el vuelo; era obvio cuál era
su cargamento. El otro me miró en silencio un tiempo
indeterminado antes de acuclillarse a mi lado y decir:
Mataste a uno de nosotros y como castigo
serás uno de nosotros. Se puso de pie y añadió : Encuéntranos
por las noches.
Dicho esto se marchó y me desmayé.
Al despertar por segunda vez el sol
estaba en lo alto y los dolores y escalofríos recorrían
mi cuerpo de pies a cabeza. Haciendo un gran esfuerzo
de voluntad logré incorporarme y me arrastré hasta el
baño... Vomité y al lavarme la cara vi mi rostro en
el espejo.
¡Madre mía, quién era aquél que me
observaba con rostro pálido!
No podía creer que mi piel morena había
adquirido un tinte violáceo y que mis pómulos estaban
tan hinchados. Bajo las rojizas cicatrices del rostro
grandes manchas de sangre se repartían por mi cuerpo.
Mis manos temblaban y eran de un color semejante al
de la cara. Me desmayé casi enseguida.
La claridad del día se perdía cuando
abrí los ojos. Aunque mi visión era un tanto borrosa
volví a ver mis manos... sólo para constatar el cambio
de coloración; los temblores y el estado febril seguían
conmigo.
Me incorporé con pesar y me lavé lo
mejor que pude dado mi precario estado. Un poco más
repuesto volví a observarme en el espejo. Las palabras
de aquel ser desfilaron por mi mente: "Mataste a uno
de nosotros y como castigo serás uno de nosotros". No,
no podía ser, me negaba a aceptarlo y caminé a tropezones
hasta mi cuarto para arrojarme en el lecho que nos acogiera
a mi esposa y a mí. El cansancio y la pesadez que me
invadían pronto me hicieron perder la conciencia.
No relataré pormenores de los siguientes
dos días que pasé encerrado en casa, temeroso de ver
a mis vecinos, ocultándome de la luz del sol. Al tercer
día, y tras muchos esfuerzos por ensillarlo (me desconocía
a menudo), monté en mi caballo y premunido de provisiones
y algunas pertenencias huí en medio de la noche. Al
llegar al campo me arrojé en una abandonada casucha,
pues el dolor intenso de las grandes protuberancias
que crecían en mis omóplatos me impidió seguir el viaje.
De ahí en adelante mis recuerdos son confusos, excepto
el momento en que las alas que crecían en mi espalda
se desplegaron, rompiendo mi piel y haciéndome aullar
de dolor.
Finalmente los dolores cesaron y la
confusión desapareció. Acepté con resignación el cambio.
Empecé a ver todo con otros ojos, con una percepción
distinta de la realidad, con sentidos más desarrollados.
Con ayuda de un espejo me miré y ya no sentí temor ni
repulsión por mi aspecto. Mi piel obscura y dura, los
largos colmillos y las fieras garras de pies y manos
las aceptaba sin mayores complicaciones. ¿Por qué? Porque
ya no tenía muchas ganas de vivir en este mundo que
me había arrebatado a quienes más apreciaba. Bajo estas
circunstancias, el cambio se hizo un tanto soportable.
Salí de la casucha en medio de la
noche y liberé las riendas de mi caballo. El animal,
espantado, emprendió el galope. Lo vi alejarse y sentí
que con él se alejaban mis últimos vestigios de humanidad.
Luego reuní las escasas pertenencias que llevaba y me
marché al impulso de mis alas.
Deambulé solo, alejado de los seres
humanos, hasta que varias semanas después me topé con
otros como yo, amparados en una lejana quebrada. Me
enseñaron cómo se mantenía esa "hermandad oculta", su
historia, la manera en que habían logrado mantenerse
aparte del mundo. No tenían ni odio ni temor de los
hombres; tampoco eran seres sanguinarios como dicen
las leyendas, aunque si el hambre los acosa no vacilan
en atacar a un ser humano. Todas estas revelaciones
me dejaron atónito y tardé varios días en digerirlas.
Uno de ellos -que afirmaba haber sido legionario romano-
me confidenció que en verdad se caracterizaban por un
marcado individualismo; ése era el motivo de que en
pocas ocasiones se juntaban para formar una comunidad.
Desde entonces el tiempo se ha deslizado
ante mis ojos como un río interminable, en cuyo caudal
nadan y se ahogan los seres humanos. Sin embargo, su
caudal no me alcanza y viviré muchos siglos más. Dentro
de este discurrir de los años aprendí la forma en que
me "contagiaron" y es la simple ingestión de sangre
cuando estaba desmayado; a eso se debía el sabor pastoso
en mi boca. Esto es como un virus (una mutación dirían
hoy en día) que arrasa con las células originales y
las convierte. ¿De dónde vino? Nadie lo sabe y su origen
se pierde en la noche de los tiempos, oculta entre sus
pliegues a todas las miradas. No me importa. Sólo me
importa el vivir y formar parte del eterno tiempo que
me acompaña.... pero no me toca.
¿Cómo pude matar a uno de nosotros
siendo humano y borracho por añadidura? Simplemente
por desesperación y gracias al licor, que me hacía insensible
en parte al dolor, y al hecho de que tampoco somos invulnerables:
si las heridas son lo suficientemente profundas podemos
morir. Soportamos el impacto de varias balas y tenemos
el triple de fuerza que un ser humano fornido, lo cual
da pie a erróneas creencias de invulnerabilidad. Pero
nos conviene, pues así la gente que se nos cruza huye
atemorizada. Demonio, vampiro, chupacabras, gárgola
y otros epítetos similares nos han dicho en el transcurso
de los siglos, nombres que infunden temor incluso en
esta época materialista.
No anida en mí ningún sentimiento de
venganza por lo que me hicieron; estoy lejos de esas
cosas. Posteriormente encontré a los causantes de mi
transfiguración y ni siquiera toqué el tema, ¿para qué?
De alguna forma he asimilado lo que soy y eso es todo.
Tiempo, tiempo y más tiempo constituye
mi única y más preciada pertenencia; recíprocamente
podría decirse que yo también pertenezco al tiempo.
¿Analogía, equivalencia, paralelismo? Imposible me es
el definirlo; ninguno de nosotros puede hacerlo.
Pero, ¿de qué sirve el tiempo? Denle
un poco de éste al hombre y podrá hacer pocas o muchas
cosas, grandes avances o grandes retrocesos, enormes
singularidades o innumeras similitudes. Sea cual fuere
el resultado acabará siendo avasallado por él.
He sido curioso, lo confieso, y es
por eso que a veces deambulo por alguna ciudad como
ésta, observando, escuchando lo que hace y dice la gente.
He sido testigo de algunos pináculos en la historia
del hombre (como la llegada a Marte) oteando desde la
obscuridad o amparado por la vegetación. En más de una
ocasión fui intuido por alguien con su sexto sentido
más desarrollado; son esas ocasiones en que uno se siente
observado y no puede precisar el origen de esa sensación.
Esta noche fui avistado por un helicóptero
policial, tan sólo unos segundos del foco rastreador;
pero lo suficiente como para verme obligado a escapar
por entre los antiguos edificios. Por suerte no volvieron
a ubicarme y me perdí en la obscuridad. Fue por eso
que llegué al tejado de una casona, en cuyo frente se
erguía un viejo edificio de cuatro pisos. A través de
la ventana de un pequeño departamento vi a un hombre
trabajando en medio de numerosos libros. Hubo algo,
no sabría describirlo, en su actitud que me impulsó
a acercarme. Lo observé desde el otro lado del polvoriento
vidrio, ocupado en tomar notas y ordenas fichas, mientras
pensaba en el tiempo que lo arrastraba en su torrente.
Hubo algo de piedad y lástima al verlo allí, un engranaje
más de la sociedad, tal como lo fui yo mismo un siglo
atrás. Algo me motivó, me impulsó a permanecer contemplándolo
en silencio, una suerte de comunión conjunta frente
al tiempo de parte de dos seres que se enfrentan al
mismo de diferente forma. De pronto, su mano se detiene
y para de escribir. Intuyo lo que continúa y permanezco
aferrado a la estrecha cornisa y la gris pared, sintiendo
que mis garras traspasan el concreto para clavarse en
su piel. Él, lentamente, eleva su mirada del escritorio
para dirigirla hacia la ventana. Nos vemos. Dos mundos
opuestos se contemplan y a pesar de su temor el pánico
no lo domina y permanece quieto. Los segundos se deslizan
con suavidad, como sino quisieran interrumpir este momento,
como si el tiempo se hubiese apartado con el fin de
permitir la comunicación. Empujo suavemente la ventana
y ésta se abre; la atravieso y penetro en la modesta
habitación. (A lo lejos se escucha el batir de las hélices
del helicóptero; ¿me buscarán todavía?). Puedo ver en
la cara del hombre una suerte de reconocimiento, como
si dijera "¡existes!". Cierro la ventana y quedamos
aislados del mundo exterior. Le digo entonces:
Quiero dictarte mi historia.
Mi voz retumba fuerte y cavernosa;
casi no la reconozco. ¿Tanto he cambiado?
El hombre enciende su computador sin
inquirir ni vacilar y no exento de temblores en las
manos empieza a teclear.
Y así empezó este relato que finalmente
concluyo. Me despido de la humanidad de manera formal
con la esperanza de que este testimonio sea incorporado
en sus anales, para que así si en algún lejano día los
hombres y nosotros nos encontramos abiertamente podamos
siquiera tolerarnos.
Adiós.
El hombre dejó de teclear y se volvió
con lentitud a la criatura. Una vez más sus miradas
se cruzaron. El intruso dio media vuelta y se encaminó
silenciosamente a la ventana, olfateando de manera suave;
sentía cómo el tiempo y la noche lo llamaban con extrañas
y sutiles caricias acarreadas por el viento, cual suaves
dedos que le rozaran la piel. Extendió las alas y se
desvaneció tragado por la noche sin mirar hacia atrás.
FIN
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