| CAPITULO 1
El vehículo cruzó raudamente
las puertas de Ciudad Cromo. Los guardias del acceso
intentaron perseguirlo para obligar al conductor a identificarse,
pero él levantó su distintivo en el aire
haciéndolo refulgir bajo los rayos del sol del
mediodía y los hombres regresaron a sus puestos.
Era Sirayo.
Frenó al llegar frente a la
construcción más grande y bajó
de un salto. Era un hombre maduro y bruñido por
mil jornadas al aire libre y se dirigió deprisa
hacia la entrada principal del edificio gubernamental.
El vehículo no estaba en las
mejores condiciones; parecía haber recorrido
una enorme distancia sin detenerse, recolectando ramas,
troncos, todo tipo de insectos y muchísimo polvo.
Un tronador Apártense, idiotas
le despejó el camino de centuriones que pretendían
detenerle y llegó a la sala de audiencias. Buscó
al Principal con mirada dura y gesto furioso; sin embargo,
nada podía disfrazar la desesperación
que lo envolvía como un sudario.
Se plantó frente a Imhil con
los brazos en jarra.
-Ha llegado a Sira.
-Siéntate, ahora hablaremos
-dijo el anciano mientras acomodaba su enorme cuerpo
sobre uno de los bancos sin mirarle a los ojos.
-Ya se nos acabó el tiempo para
conversaciones improductivas. Es hora de la acción...
-y permaneció de pie con los puños apretados,
la mandíbula tensa y los ojos clavados en la
coronilla sin cabello del otro- ... inmediata.
-No seas necio. Abre tu mente que voy
a explicarte algo.
Le llevó un par de minutos a
Sirayo calmarse lo suficiente para tomar asiento junto
al wookanp que tenía el destino de su propio
territorio en las manos. Imhil realizó un breve
gesto, casi imperceptible; llegó un servidor
con bebidas refrescantes; otro, sin decir palabra, tomó
un laúd y comenzó una delicada y cadenciosa
melodía.
-Habla, hombre de modales inadecuados.
Necesito todos los detalles, de otro modo no podré
justificar tu actitud, seas quien seas. -El anciano
tenía poder y lo estaba utilizando.
-Es la selva... ha invadido mis campos
de producción. Los pobladores de Cerdán
llegaron a Sira buscando refugio y alimento. Ahora,
todos vienen hacia aquí y el camino está
lleno de gente y más gente; he debido conducir
a través de los sembrados... de lo que queda
de ellos. Desde todas las ciudades que están
al sur y al este de las Montañas Grises han salido
columnas de personas desesperadas. La mayor parte de
ellas no tiene siquiera un odre de agua; no traen ropas
ni elementos con qué construir una simple choza.
-Los campos de producción...
¿qué quieres decir con eso de que están
invadidos?
-Maldita sea, Imhil. ¿Acaso
no has recibido mis mensajes? Desde hace más
de un mes te los he enviado casi diariamente, informándote
hasta dónde había avanzado esa... cosa.
-Pensé que estabas refiriéndote
a los animales.
-¿Animales? -preguntó
Sirayo. Su rostro se transfiguró. Su boca se
abrió en una enorme sonrisa, como preludio de
la carcajada más feroz jamás escuchada
en la sala de audiencias del Principal—. Animales
ya no quedan. Te lo dije en el segundo mensaje. Ahora
los campos al este de Sira son árboles, lianas,
todo selva impenetrable y poblada de pájaros
voraces, veloces, con alas casi trasparentes y colas
erizadas, crueles e insaciables. Se han tragado a todos
los animales de cría; no queda un gramo de carne
comestible. Sólo esa maldita maraña de
árboles desconocidos que culminan en una miríada
de flores inmundas, pestilentes, y que provocan enajenación.
Por eso todos huyen sin precauciones. He visto a más
de cien personas, de todas las edades y sexos, tirados
a la vera del camino, desfallecidos, a punto de morir
de sed, de hambre y de locura.
-Creo que exageras... No se conocen
unos pájaros como los que describes.
Sirayo lo miró y se puso de
pie de un salto; se acercó a Imhil y, tomándolo
del brazo con fuerza, lo levantó.
-Ahora mismo vas a ver uno -y obligándole
a caminar a su lado le llevó hasta el vehículo.
Abrió la caja posterior.
Imhill ahogó un grito. En el
fondo yacía, inmóvil y muerto, el animal
que había descrito Sirayo; las alas, el pico
azul y curvado, la cola erizada... por sobre todas las
cosas, el tamaño impresionante, algo jamás
visto en toda su larga vida. Sirayo cerró la
tapa para evitar que los centuriones, que se habían
aproximado al Principal preventivamente, lo vieran.
Regresaron en silencio al interior,
pero el rostro de Imhil trasuntaba la enorme angustia
que había invadido su corazón. Con un
gesto, indicó a Sirayo el camino hacia la galería
que rodeaba un patio embaldosado, con una bellísima
fuente de agua en su centro. Tomó asiento en
uno de los bancos de piedra; Sirayo le imitó.
Durante algún rato permanecieron
callados. Luego, Imhil suspiró y habló.
-Sirayo, tú eres, si no el mejor,
el más aguerrido de mis gobernadores. Escucha
en silencio, por favor, y no me interrumpas hasta que
finalice. -Hizo una profunda inspiración y soltó
el aire lentamente-. Hace algún tiempo recibí
la visita, muy recomendada por los sabios del círculo
sono-temporal, de un miembro de la comunidad Woo. Relató
algunos hechos acaecidos durante el desarrollo de unas
investigaciones que llevaban a cabo... acerca del potencial
del sonido y su aprovechamiento energético. Hasta
donde yo entendí, durante uno de los experimentos
había ocurrido un accidente, un extraño
suceso provocado por la falta de control sobre los componentes
manipulados. El sabio hizo responsable de ello a Al
Cazaer, el Primer Woo. Y mencionó el Ensueño
-Imhil esperaba la reacción de Sirayo y vio por
el rabillo del ojo que giraba el cuerpo hacia él-.
Espera, no me interrumpas. Según sus explicaciones
se había producido la apertura hacia una dimensión
indeterminada, y que desde allí habían
ingresado a nuestro mundo elementos de una realidad
diferente. Poco después, los sabios del círculo
sono-temporal observaron una importante cantidad de
eventos anormales que les llevó a buscar una
entrevista conmigo con el fin de prevenirme.
Cerrando los ojos, tomó otra
gran bocanada de aire y prosiguió.
-Pero las anomalías que el monje
entonces describió no tenían nada que
ver con la esencia de la flora o de la fauna. Por esa
razón no le di importancia a tus mensajes. De
cualquier manera, a instancias de los sabios, he tomado
algunas decisiones, espero oportunas.
Sirayo absorbió lentamente las
palabras; su capacidad de asombro estaba superada; aun
más, se sentía inerme. Preguntó:
-¿Cómo puedo ayudar?
-No esperaba menos de ti, pero lo que
sucede parece estar lejos del campo de la fuerza, del
poder o de las armas; al menos de las que se toman con
la mano y cortan cabezas de un solo golpe. He dispuesto
que algunos recursos, de los físicos y de los
otros, sea entregado a ese grupo de monjes. También
he enviado a mi mejor compañero, Marcus, ¿lo
recuerdas?, tras un extraño animal que se presentó
en mi ciudad y partió llevándose a un
grupo de personas.
-¿Qué clase de animal?
¿Un pájaro como el que has visto? Debía
ser enorme.
-Casi, tenía alas pero sus patas
eran como de lagartija... gigante y su aspecto aterraba...
los levantó sin esfuerzo.
***
Un pájaro rojo y verde se posó
sobre el alféizar de la ventana. Husmeó
tímidamente el olor a grasa de motor, aceite
y estopas mojadas con la suciedad de los engranajes,
clavando sus ojillos en la encorvada figura del Guardián
de los Ciclos. El intenso fulgor suspendido en la calina
del amanecer había encontrado cobijo en sus plumas
de alabastro y resplandecía en fugaces destellos
liberándose poco a poco de su prisión
refractaria con cada espasmo de las nerviosas alas.
El hipnótico resbalar de la columna hidráulica
de la Clepsidra sobre sus colchones de agua producía
un sonido constante y agradable -al límite de
la audición- que el animal parecía saborear
inclinando levemente el pico. El Tercer Woo se movía
alrededor del artefacto que parecía un fantasma
achacoso de articulaciones dentadas, ultimando los detalles
de su puesta a punto. Parecía absorto en la resolución
de un complicado dilema interior.
-Deben quedarme pocas palabras, pocos
signos, pocas combinaciones en mi cabeza -dijo.
Con un chasquido y el vibrante parloteo
de sus enanitos de cera, la Clepsidra completó
un ciclo, celebrándolo con un aria de antiguos
violines y un coro de cifras. Anunció el mediodía
y enmudeció, preparándose para recomenzar
a contar. El joven observó al Guardián
de los Ciclos hacer su trabajo con la fascinación
propia de quien observa a un Woo poner en orden el tiempo;
para la siguiente ocasión en que el Universo
saque una conclusión «mira, ha pasado otro
día, y sigo aquí», no habría
errores.
-Y él pretende que yo pronuncie
el Sesgo de Apertura -se quejaba el monje, dejando que
sus entrenadas manos decidieran por su cuenta qué
hacer con la complicada maquinaria del reloj: el canon
de la costumbre era un implacable vigilante-. No sé
qué demonios quiere que le diga. Ya he probado
muchas veces con distintos corolarios, y en la última
ocasión casi me muero de vergüenza. Yo no
sirvo para esto y el Segundo Woo no me acompaña
en esta tarea.
Guardó silencio, enfrentándose
con parsimonia a una idea:
-Debería desistir y dejar que
la Clepsidra hablase, sin restricciones, con sus ticks
y sus tacks y un par de notas-número.
Eso sí que sería una primera palabra inteligente.
-Te propongo “VIVE”
-susurró Typ, alisando los pliegues del rorschach
para que los contornos del diseño se adaptaran
a sus pómulos; sus dedos brillaban con la emulsión
lapislázuli de la amniótica-. Sería
un buen comienzo. Estoy seguro de que a ella le encantará
oír algo tan bonito cuando abra los ojos.
El monje le miró con impaciencia.
-¡No se puede elegir cualquier
fonema, so imberbe! Deberá ser una construcción
sagaz, estimulante... algo que pueda activarla, despertando
su curiosidad espontáneamente. Algo que la lleve
a explorar su entorno buscando una nueva conexión
y que propicie el entendimiento. -Frunció el
ceño, cerrándose en sus pensamientos-.
No es un trabajo que pueda hacer cualquiera ni de cualquier
manera.
El joven le observó a través
de su máscara, divertido. La suficiencia y el
orgullo hedonista de los Woo eran tan vitales para ellos
como cada soplo de aire que inflaba sus pulmones. De
un salto, se bajó de la maquinaria del reloj.
-Me gustaría que la primera
palabra escuchada por mí al nacer hubiese sido
“VIVE”. O, tal vez “BIENVENIDO”.
Algo útil.
-¿Y qué fue lo primero
que oíste? -preguntó el Woo, irritadamente;
su paciencia estaba menguando a ojos vista.
-Creo que fue mierda. Lo estaba
gritando mi madre en ese momento, mientras empujaba.
-¿Tan feo eras?
-Se les había acabado la anestesia
-corrigió Typ, torciendo el gesto. La máscara-mariposa,
de repente, semejó dos ángeles gemelos
de alas rotas... o uno, contemplándose vanidosamente
en un espejo. Sin una palabra volvió sobre la
maquinaria y, apoyado sobre un pie y sujeto por una
mano, ensayó un vuelo alrededor de la Clepsidra.
Dos veces pasó frente a los ojos del pájaro
posado en la ventana. Se detuvo en la tercera revolución,
como congelado, mirándolo fijamente.
El pájaro echó un rápido
vistazo al interior de la torre, a Typ, a las ruedecillas,
escaleras y palomares vacíos. Aburrido, desapareció
con un estallido secuencial de amarillos y naranjas.
Lejos, arrastrado por la suave brisa que llegaba del
Lago Sin Nombre, resonó un crepitar de campanas.
El Segundo Woo emergió ruidosamente
del interior de una complicada urdimbre de cuerdas y
poleas giratorias. Miró hacia la columna hidráulica,
haciendo honor a la principal utilidad del aparato,
y sonrió satisfecho.
-Bueno, ya basta por hoy. Démonos
prisa o nos perderemos el almuerzo -dijo; y mirando
a Typ-: Ah, y tú: limpia esta vez las manchas
de la amniótica antes de irte. Sabes cuánto
daña esa cosa a los mecanismos.
-¿No debería ser el desayuno,
en lugar del almuerzo? -preguntó el aludido,
recogiendo sus cosas. El Tercer Woo le empujó
suavemente fuera de la habitación, espetándole:
-Imagina el tiempo que llevamos levantados.
Typ bajó corriendo las escaleras
de la torre silbando una melodía apresurada.
El Tercer Woo, preocupado, comprobó la cadencia
de los tramos de agua y se acercó a la ventana.
El pájaro de plumas de alabastro se alejaba de
la torre, cruzando por encima de los huertos y las murallas,
adentrándose en los límites del Ensueño.
La selva había avanzado otra
media docena de metros desde la noche pasada y ya casi
golpeaba su frondoso perfil contra los altos muros del
este de Ciudad Monasterio. El perfil de las Montañas
Grises, allí desde siempre, intentaba demostrar
el triunfo de la materia sobre el paso del tiempo. Apenas
dos o tres semanas después, el Ensueño
invadiría ese nivel de estabilidad conceptual.
No había otra forma de hacer que retrocediera,
sólo interpretando sus estructuras de convección.
Y eso era imposible, en tanto que Al Cazaer, el soñador
que lo había desatado, había pasado a
otra vida varios meses atrás.
Retirándose del vano, el monje
deseó por enésima vez que las matemáticas
no hubieran sido creadas tan exactas y se prometió,
con tristeza, no volver a mirar las cumbres lejanas.
***
La columna avanzaba buscando afanosamente
entre la maleza y a través de la densa red de
lianas un paso que parecía estar esquivándoles.
El trote descompasado y el entrecortado andante
de sus inspiraciones se mezclaba con total naturalidad
con el vacío henchido de sonidos subjetivos del
ecosistema.
El explorador iba a la cabeza; era
un bosquimano enjuto que abría paso con el machete
procurando cortar la menor cantidad posible de tallos
y fibras arbóreas, mientras sus ojos reaccionaban
con rapidez ante cualquier movimiento que se producía
en el camino.
Un ave de alas membranosas y cola abierta
en plumas erizadas lanzó un graznido y levantó
el vuelo. Él hizo una pausa, deteniendo el machete
en mitad de un voleo, y siguió con la vista al
pájaro hasta que fue imposible distinguirlo a
través del denso tapiz asimétrico que
formaban las copas de los árboles.
El segundo en la marcha, un wookanp
encapuchado más bajo pero casi el doble de ancho
que el explorador, lanzó un bufido de impaciencia
y susurró:
-¿Qué ocurre ahora, Nayl?
¿Más señuelos?
El explorador no se giró. De
nuevo se concentró en el sendero, analizando
las posibilidades. Un mosquito palpó la resistencia
de su piel, bañada en sudor.
-No es nada, Marcus. Permanezca en
silencio.
-Eso mismo dijo hace una hora, Nayl
-imprecó el wookanp, bajando aún más
el volumen-. ¿Está seguro de que éste
es el camino?
El explorador levantó el puño
y lo movió en un doble gesto somático
que dispersó a sus bosquimanos. Algunos chasquidos
acompañaron el astillarse de las ramas, unas
gotas de rocío se desprendieron del follaje tableteando
sobre la hojarasca, y luego silencio.
El obeso wookanp, descubriendo su cabeza
y secándose el sudor de la incipiente calva con
un pañuelo, volvió sobre sus pasos a buscar
uno de los bártulos que cargaban los porteadores,
pero se detuvo, asombrado: la mayoría de los
hombres se había alejado del sendero, depositando
los baúles en tierra.
Uno de ellos, el más veterano,
se acercó sin hacer ruido hasta Nayl, esquivando
al wookanp como a un tronco más. Su movimiento
fue tan fluido y silencioso que éste dudó
de que los pies del bosquimano tocaran el suelo.
El explorador permanecía en
cuclillas, escudado tras un soto de árboles enanos.
Extrajo algo del interior de su mochila sin dejar de
observar la selva y trazó una koa de clarificación.
El otro intercambió con él unas palabras
y se alejó.
Marcus se acercó, procurando
imitar el estilo sigiloso del bosquimano, sin conseguirlo.
Observó el objeto que el guía ahora sostenía
en la mano: era una raída muñeca de trapo
indígena, una niña de piel oscura desnuda
salvo por una corona hecha de cabellos auténticos
que aureolaba su deforme cabeza.
Nayl esperó unos segundos, sosteniéndola
de cara al viento. Los ojos, dos perlas negras cosidas
al trapo con hebras doradas, eran agitados por alguna
brisa que se movía en sentido contrario a la
que recibían en el rostro. Por un momento, bascularon
como si quisieran desprenderse y echarse a rodar en
la dirección del sendero.
-Estamos cerca -dijo el explorador,
y señalando el puñal que Marcus llevaba
envainado en la cintura, dijo-: Mire.
El wookanp obedeció, extrayendo
unos centímetros la hoja. Los hechizos de salvaguardia
chisporroteaban en su filo como azulados destellos de
electricidad estática de errática trayectoria.
Sintió latir el pulso en las sienes. Si la magia
empezaba a invadir el espectro visible significaba que
el Centinela estaba muy próximo. Su momento estaba
acercándose...
A una señal de Nayl la comitiva
reanudó la marcha, espantando los enormes mosquitos
y bebiendo de las cantimploras sin destaparlas del todo.
Un enjambre de cosas pequeñas, tan denso que
Marcus temió aspirarlo si se acercaba demasiado,
se arremolinó en torno al frescor del agua. Conteniendo
la respiración y cerrando los ojos, bebió,
imitando a los demás.
Nadie portaba antorchas. Marcus usaba
anteojos magnificadores que permitían a sus ojos
aprovechar la poca luminosidad que arrojaba el firmamento;
los demás seguían el sendero por instinto;
esquivaban cada obstáculo y depresión
del terreno como si conocieran su trazado de memoria.
De vez en cuando, un gorjeo impreciso o el tableteo
de los dientes de algún animal invisible surgía
desde algún lugar muy cercano a sus oídos,
detrás del frondoso manto vegetal. Los olores
de mil señuelos químicos descendían
acunados por la brisa desde el abigarrado mosaico de
flores desconocidas que coronaban los árboles.
Otras especies de insectos de formas distintas y colores
imprecisos los seguían, remontando el viento
hacia la muerte segura en las ramas de aquellas brozas
de agresiva belleza.
Marcus maldijo por enésima vez
el momento en que oyó hablar por primera vez
del Ensueño, muchos meses atrás pero en
un lugar muy diferente. Nunca supuso que fuera a ser
una empresa sencilla; ni siquiera cuando se pertrechó
con ungüentos y cánones de rituales arcanos
y se embarcó rumbo al Jardín de Sef’Aed.
Pero pese a toda la preparación física
y las prácticas de auto-hipnosis para superar
la repugnancia, cada vez que debía apoyarse contra
el tronco de un árbol del malhadado jardín
y algo húmedo y crujiente se deslizaba entre
sus dedos, maldecía la hora en que había
aceptado hacerse cargo del cartografiado de aquella
selva de pesadilla. Y entre todas las cosas que leyó,
encontró esa joya tan particular que se limitaba
a unos cuantos signos escritos al margen de un antiguo
códice. Su joya, personal e intransferible.
El factor humano tampoco ayudaba. Nayl,
a quien Marcus había contratado esperando que
fuera un paradigma del carácter sumiso de su
raza, se empeñaba en demostrar lo errado de sus
conjeturas en cada recodo del camino. Marcus no era
un especialista en trabajo de campo: odiaba arrastrarse
por el fango, pero adoraba estar allí en
el momento apropiado para hacer realidad sus planes
y descubrir las maravillas que, de seguro, escondía
el Ensueño.
Reflexionando sobre el bosquimano,
tan temeroso de cientos de supersticiones autóctonas
pero con marcada pose de autosuficiencia, sentía
poca confianza en su capacidad de manejar lo mágico
-inexplorado atributo de su raza-, y alivio por tenerle
al frente de la expedición. Al fin y al cabo,
era preferible cuidarse de él en algunos momentos
que perderle de improviso en alguna desviación
del camino.
Como escuchando sus pensamientos, Nayl
ordenó otro alto para examinar el sendero. Un
escalofrío parecía recorrer a los hombres
mientras trazaban signos cabalísticos de protección
en el aire, sobre sus cabezas. Marcus sabía que
los ritos folclóricos tradicionales raramente
funcionaban, salvo de manera tangencial. En ese momento
no sintió peligro alguno, pero recitó
mentalmente algunas koas automáticas. De reojo,
consultó los dígitos que marcaban la hora
en la periferia de su ojo de cristal: tras muchos kilómetros
y senderos polvorientos se sentía molesto y cansado;
deseaba llegar y comenzar los preparativos de la cábala
para terminar con la captura de un Centinela y así
lograr el ansiado poder y que nunca nadie jamás
le volviera a molestar.
A la señal de Nayl, la comitiva
retomó la marcha en total silencio.
***
El Ensueño, denominado por los
místicos del círculo temporal como El
Jardín de Sef’Aed, tenía una geografía
abrupta, no lineal, producto de las características
mentales del Primer Woo que lo había desatado,
y de la acción devastadora de ácidas corrientes
de extraños fluidos sobre un basalto de escasa
consistencia química. La erosión natural
había perfilado un relieve cortante, espinado,
de agrestes valles y esculpidos precipicios, invadidos
por la vegetación, la más exóticamente
agresiva que el wookanp hubiera visto antes. En aquel
decorado peloriano se libraba una guerra constante entre
especies, en la que la biocenosis vegetal había
reemplazado casi por completo a la animal, creando un
nuevo equilibrio que Marcus no supo cómo interpretar.
El principio de exclusión alimenticia
no parecía operar en aquel hábitat; no
había especies animales de costumbres culinarias
semejantes que entraran en conflicto (tampoco parecía
haber variedades de la misma especie).
Desde que salieran de Cerdán
y rebasaran la margen este del río Huásar,
el reino vegetal apareció como dueño y
señor de todo lo que les rodeaba. Eso provocaba
inquietud. En una biota siempre había
depredadores... y presas. La única diferencia
entre ellos era la forma que adoptaban para adaptarse
al medio.
Mucho más intranquilo que al
comenzar la jornada, Marcus y su comitiva continuaron
caminando, atentos a los gigantescos troncos y a la
nudosa alfombra de lianas que tapizaba el sendero.
Avanzaron durante un rato antes de
detenerse nuevamente. El sendero, si alguna vez había
existido, se había convertido en un pequeño
claro como resultado del raleado de las raíces
que abrazaban una marisma reseca y ennegrecida, de perfil
casi circular, en medio de una selva que parecía
querer apartarse de ella a toda costa.
El área estaba cubierta por
tierra oscura, quemada; una costra de ceniza, que el
viento no disgregaba, la escondía parcialmente.
En su centro simétrico, un ídolo de piedra
de proporciones casi humanas se retorcía sobre
sí mismo adoptando una postura aberrante: se
asemejaba a un ser andrógino al que le sobraran
órganos sexuales de ambos sexos, con total irregularidad
en su colocación.
Marcus y Nayl se adelantaron, pisando
la ceniza con precaución. Caminaban de puntillas
para evitar dejar huellas reconocibles: una maniobra
no destinada a ojos vivos. Los demás permanecieron
en el mismo límite, observando.
Nayl llegó hasta el ídolo,
extrayendo de nuevo la muñeca de su mochila.
Los ojos negros del fetiche se destacaban sobre el trapo
que hacía de rostro como bolas de metal atraídas
por el pétreo talle de la imagen.
Marcus se mantuvo ligeramente detrás,
con una mano oculta en los bolsillos de la guerrera,
y sus nudillos blanqueaban mientras aferraban una cuenta
de lapislázuli de protección. Intentó
divisar una cabeza o un par de piernas que pudieran
aclarar la perspectiva, pero ésta solo surgía
cuando la miraba indirectamente.
-Éste es el Centinela -susurró
Nayl, devolviendo la muñeca al saco-. Deme su
cristal.
Marcus obedeció, a regañadientes;
no le gustaba el tono autoritario que estaba utilizando
el bosquimano para dirigirse a él. Sacó
del bolsillo la pequeña cuenta de lapislázuli
y, sin soltar en hilo que la sostenía, se la
tendió al otro.
Nayl, apartándose de él,
la levantó por encima de su cabeza y la acercó
al ídolo. Una ráfaga de viento se atrevió
a traspasar el claro, meciéndola con suavidad.
-¿Y ahora? -preguntó
el wookanp, intentando por todos los medios que su voz
temblara menos que sus piernas.
-Nada -respondió el mestizo,
consultando la hora en su reloj-. Nos quedaremos aquí.
-Pero éste no es el lugar. El
cristal...
-Ya lo sé. Pero no podemos continuar.
Necesitamos su permiso -Nayl apuntó con un dedo
a la informe cabeza del ídolo. Luego ordenó
a uno de los porteadores que le alcanzara una tienda;
comenzó a montarla. Marcus sintió que
sus mejillas enrojecían.
-El factor tiempo es primordial -gruñó-.
Tenemos que acabar el trabajo antes de que amanezca,
o no podremos completar la secuencia de rituales.
-Las lunas serán viejas esta
noche y no iluminarán la tierra. Quédese
tranquilo. Lo lograremos antes del alba.
Marcus hizo acopio de paciencia. Sintiéndose
impotente, vio cómo el resto de los bosquimanos
imitaban al guía y montaban el campamento, sin
acercarse demasiado al claro pero lejos de la vegetación
de la selva que los rodeaba. Él también
comenzó a desliar la suya.
Aquélla se estaba convirtiendo
en la noche más fría de su vida. Pese
a la calidez de la hoguera encendida por Nayl y a todos
los kilos de más que adornaban su papada, la
grasa se revelaba como un protector muy ineficaz. Colocó
el sensor de calor de su manta en cuarenta grados centígrados
y abrió su octava lata de judías. Consultó
nuevamente vez su reloj ponderando los ciclos que debía
haber marcado la Clepsidra. Mentalmente elevó
una rogativa por la resistencia y sabiduría de
los monjes encargados. Aún faltaban varios giros
antes del solsticio geométrico, el momento angular
más cerrado que permitía la métrica
de las poleas de agua.
«Antes de que eso ocurra»,
pensó, «deberé realizar el encantamiento.
Siete radianes más y la progresión desencadenará
en la curva de convección donde se acelera la
cadencia de las notas-número. Y a partir de ese
instante, el tiempo, descontrolado nuevamente, fluirá
con mayor rapidez, arrastrando esta sección de
la realidad a la degeneración acelerada. Debo
actuar antes de ese momento.»
Nayl aguardaba sentado junto a la hoguera
que se consumía rápidamente. Era un ser
extraño, tranquilo hasta la exasperación;
fumaba en pipa y afinaba su cuchillo de hoja quebrada
sobre un diminuto afilador doméstico. Pese a
la insistencia de Marcus, se había negado a cortar
leña de la selva circundante para alimentar el
fuego, de modo que el wookanp tuvo que sacar del fondo
de su mochila la última cápsula de tomillo
cimbreado que le quedaba. Con ella había conjurado
una pequeña fogata, en el rescoldo de la anterior,
y agregó algunos restos de madera carbonizada
que rebuscó bajo la costra de ceniza.
El Ensueño había alcanzado
la verdadera noche, y todas las cosas pronto lo notarían.
CAPÍTULO 2
Typ había salido en persecución
de los Woo por la posibilidad de conseguir alimento.
La soledad le espantaba y la experiencia ante el espejo
era algo que no deseaba repetir.
La galería se abría sobre
el patio inferior donde una bandada de pájaros
de alas transparentes perseguía a los pocos reptiles
que aún quedaban allá abajo. Levantó
sus ojos hacia el techo tratando de ver a través
de él a los pocos animales que habían
logrado salvar, en el extremo más elevado del
edificio, escondiéndolos de los ataques.
Y recordó, con nostalgia, cuando
las cabras, las gallinas, los caballos, las palomas,
las ovejas, las vacas, y tantos otros, deambulaban libremente
por los prados alrededor de la ciudad con murallas de
puertas abiertas. Y cuando los niños... -¿dónde
fueron?- los reunían por la tarde, entre risas
y carreras, para llevarlos a los establos, a los gallineros,
a los corrales...
Pero lo que más le llenaba de
nostalgia era la ausencia de Maude, la dulce niña
traída por... ¿quién?... desde
el hambre y el abandono, con quien compartiera brillantes
atardeceres bañados en luz anaranjada, tomados
de las manos y sin decir palabra. Y cuando, ya terminado
el día, entraban a través de las puertas
sin llaves, encontraban a los monjes -y a los estudiantes
atareados y gentiles-, y se alimentaban; y Typ sabía
cuál era el desayuno y cuál era el almuerzo.
Y se sentaba con ella a la mesa, una verdadera mesa,
con padres, con madres, con hermanos... ¿dónde
estaban todos ellos?
Se prometió subir al extremo
de la torre, sólo por ver si los animales que
quedaban estaban bien alimentados, y si les habían
puesto agua suficiente, y si esos establos improvisados
estaban limpios; y con todas sus fuerzas deseó
tomar a cada uno en sus brazos y bajar al patio y dejarlos
sobre el piso, el piso verdadero, para verlos salir
presurosos hacia los prados, porque ya no habría
selva, ni Clepsidra, ni pájaros...
Había escuchado a los Woo mencionar
el Ensueño con voces tenues y temblorosas, secretamente.
Aseguraban que avanzaría, que cruzaría,
que invadiría el actual nivel de estabilidad,
que alteraría los conceptos, y no comprendía
el significado de todo eso. Más de una vez pidió
explicaciones, pero la jerga empleada por los sabios
se le hacía incomprensible; se referían
a hechos que aún no habían ocurrido y
que no estaban sucediendo en ese momento, y todo eso
no estaba a su alcance.
Sabía que tenía que comer
ahora porque era necesario, lo sentía en su estómago.
Pero la diferencia entre desayuno, almuerzo y comida,
desde algún tiempo atrás, era algo que
no podía precisar; se había constituido
en todo un misterio. El tiempo mismo era un problema...
antes sabía cuántos días habían
pasado desde la última vez que viajó a
la capital; ahora no podía asegurar cuándo
había subido a ver los animales por última
vez.
Podía recordar; pero si se le
preguntaba sobre lo que vendría mañana,
recurría a cualquiera de sus monerías
y piruetas, distrayendo la atención, evitando
responder. Y tampoco comprendía porqué
no le permitían cantar...
Mientras Typ recordaba y reflexionaba
acerca de las viejas -¿nuevas?- escenas, su máscara
se había extendido, cubriéndole casi dulcemente
el anguloso rostro. Con las manos limpias acariciaba
los bordes de la figura, mientras caminaba tras los
ancianos.
Intuía la existencia de una
niña dormida porque los monjes le habían
pedido, en diferentes oportunidades, que él mismo
experimentase el efecto senso-dinámico de las
frases que el Tercer Woo recitaba. Algunas le provocaron
evocaciones de íntimos placeres antiguos y sin
querer olvidados; otras, temor, pánico, pavor.
Esas palabras y esos sonidos no deberían existir,
no haber sido inventadas, o al menos haber sido sumergidas
en la vorágine de la última convección.
Sin notarlo, se había distanciado
de los ancianos. Corrió tras ellos y les alcanzó
en el momento justo en que las palabras del prefacio
equi-nominal eran pronunciadas; pasaron el instante
de admisión y llegaron al refectorio. El lugar
recibía la luz anaranjada del mediodía
que desdibujaba la geometría de blancos y negros
que revestía el piso.
La niña estaba en un extremo,
estáticamente ausente. Era la primera vez que
la veía, aunque no sabía por qué
razón sentía que ya lo había hecho
antes; rebuscó en su memoria, su única
identidad, pero no encontró nada concreto. La
miró mientras se aproximaba al pedestal de cristal
donde reposaba, rodeada de ricos tapices y suaves tejidos.
Al llegar, su cara levantada hacia el rostro de ella
ya no tenía máscara; pero no lo sabía.
El Tercer Woo observó el efecto que la niña
producía sobre Typ; comenzó una frase,
intentando lograr el Sesgo de Apertura, pero de pronto
el joven se contrajo y, cayendo al piso, inició
una larga queja mezclada con sollozos que llenó
el lugar de miles de insectos tornasolados, de cabezas
lapislázuli, que atacaron a los dos monjes.
Despertó mucho más tarde,
a juzgar por la mortecina luz que entraba en el lugar;
saltó del lecho, buscando la salida. Intentó
recitar el prefacio, pero su intento terminó
en un desesperado gemido. Nuevamente perdió el
conocimiento; dejó de recordar.
***
La noche había ganado el claro,
provocando en Marcus un estado de zozobra que no tenía
con quien compartir. Mientras intentaba librarse del
frío caminando los pocos pasos que el lugar le
permitía, todos los bosquimanos dormían
en sus tiendas. Llegaba hasta el borde de la selva y
regresaba hasta el límite de la marisma, una
y otra vez.
-Condenados, mil veces condenados.
Duermen como niños inocentes, incultos despreciables.
¡Qué lejos están de saber el peligro
a que se exponen! Pero duermen... se merecen lo peor.
Sintiéndose un poco mejor después
de lanzar las maldiciones continuó su caminata,
buscando entrar en calor. Decidió dar la vuelta
al claro por la angosta franja entre los árboles
y la marisma. Preocupado por la temperatura apenas prestaba
atención al ídolo. Su cabeza estaba lejos,
en Ciudad Cromo, frente a Imhil, mientras recibía
la orden, casi súplica, de hacerse cargo de la
misión que ya le estaba fastidiando, que le exigía
demasiado esfuerzo físico. No debía defraudar
al Principal; pero fundamentalmente no podía
olvidar la promesa que había intuido en los signos
del códice. Además, por ahora, el Principal
era un amigo útil.
Al pasar por décima vez junto
a las tiendas de los bosquimanos observó que
estaban vacías. Se detuvo y miró a su
alrededor. No había ningún ser humano
a la vista. Solamente Nayl permanecía dormido
en su lugar. Observó la costra de cenizas, la
tierra quemada, la maraña de lianas, los troncos
de los árboles del contorno, cerrados, apretados
unos contra otros, pero no encontró ninguna huella
de los desaparecidos. Llegó a sus oídos
un rumor, una letanía, que paulatinamente se
volvía más inteligible, a su pesar, y
al mismo tiempo vio que los hombres salían desde
diferentes lugares alrededor del claro, como traspasando
los troncos, y se acercaban, al unísono, rítmicamente,
al ídolo central.
Una bandada de pájaros blancos
comenzó a girar sobre sus cabezas; observó
que estaban descendiendo lentamente, un poco en cada
giro. Se precipitó sobre el cuerpo de Nayl y
lo sacudió frenéticamente hasta despertarle.
-Algo está pasando -dijo, intentando
que su voz no se lanzara en un aullido-, y tus hombres
han enloquecido... están convocando; haz algo
y pronto.
El bosquimano sacó la muñeca
de paño de su morral y sin siquiera ponerse de
pie, la levantó; Marcus vio que los ojos del
fetiche estaban ahora transparentes.
-Agáchese. Están llegando.
Pueden lastimarle, son ciegos.
El wookanp arrojó su cuerpo
al suelo, sin cuidar dónde. No comprendía
el significado de los pájaros; no se mencionaban
en los códices estudiados.
-¿Qué... ? -intentó
preguntar.
-Cállese de una vez o no seremos
admitidos y jamás logrará llegar al Nexo.
El wookanp culebreó hasta su
tienda para rebuscar entre los documentos. Debía
tener a la mano la correcta secuencia de palabras, signos
y números a pronunciar en el momento adecuado.
Y parecía estar a punto de producirse.
De pronto, una nube blanca de cenizas
se levantó del piso. Pero algo más que
no pudo definir estaba allí; había llegado,
ocupando el centro del claro.
Se puso de pie, recibiendo un huracán
de agujas de cristal en pleno rostro. Sintió
correr hilos de sangre desde su frente. La enérgica
mano de Nayl le tiró al piso, al tiempo que escuchaba:
-Estúpido wookanp, le dije que
se quedara quieto. Si se atemorizan, o si retroceden,
acelerarán todos los eventos o modificarán
la misma estructura del Ensueño; entonces no
tendremos otro camino que regresar, a toda prisa, antes
de quedar atrapados en una utopía.
Marcus, ciego por el temor y por el
polvo que se arremolinaba alrededor del ídolo
de piedra, trató de esconder su obesa humanidad
detrás de la tienda, sin dejar de repetir una
y otra vez koas supremas aprendidas durante los preparativos
previos. El zumbido que producían los pájaros
llegó a ensordecerlo y en algún momento
creyó perder el sentido.
Paulatinamente, la ceniza se asentó.
No se escuchaba otra cosa que el rumor de miles de alas
con ecos metálicos. Giró la cabeza, intentando
focalizar lo que sucedía en el claro. Los bosquimanos
habían formado un círculo cerrado alrededor
del centro, de rodillas y con el rostro sobre la tierra
quemada. En el lugar del ídolo ahora se veía
una figura viviente pero muy lejos de ser humana: repetía
las deformaciones de la imagen de piedra.
Recibió una descarga de energía
cinética y un elevadísimo tono auditivo
al mirarla en forma directa; escondió la cabeza
entre sus brazos e intentó percibirla de soslayo.
Entrevió que se descomponía en varios
trozos, reconstruyéndose en dos imágenes
iguales, de contornos irregulares, casi transparentes,
mezclando tonalidades de lilas y azules, pero sin perder
su simetría; como una mariposa gigante y maligna.
En la unión de las mitades un rostro perfectamente
humano se formó y una suave voz dijo su nombre:
-Marcus, Marcus...
El wookanp comenzó a convulsionarse
por el pánico que le produjeron esas palabras,
colocadas en su cerebro sin la intervención de
sus oídos. Intentó una rutina de autocontrol,
sin éxito. Estaba como clavado contra el piso;
no podía moverse.
-Marcus, te estoy convocando. Ven hacia
mí...
Sintió su estómago queriendo
salir por la boca. Apretó los dientes y buscó
en su memoria, nuevamente, las koas supremas de protección,
sin encontrarlas.
-Llevo mucho tiempo aguardándote.
Aproxímate. Traes algo que debes devolverme...
así fue establecido.
Luchando contra ese extraño
fenómeno que lo inmovilizaba, encontró
en su mente una rendija por donde emergió, trabajosamente,
la imagen del códice; logró mover una
mano, respirar, iniciar un gesto, ver. Con desesperación
maldijo su exceso de peso y la furia le liberó,
en parte, de su sometimiento; se arrastró hasta
su tienda, buscó entre sus trastos y encontró
lo que deseaba: una joya de piedras blancas engarzadas
en forma de mitra, una larga varilla de cristal ahumado
con una lámina plateada en el extremo, y el pliego
donde se leía una cábala.
La voz del insecto invadió su
cerebro, tenazmente.
-Eso es mío. Debes colocarlo
sobre mi cabeza.
Comenzó a sollozar, porque supo
que lo haría, que no podría controlar
la irrefrenable compulsión a obedecerle. Sin
saber cómo, estaba de pie y caminaba hacia el
insecto, pisando los cuerpos de los postrados. Sus brazos
pesaban una enormidad y era imposible continuar sosteniendo
los objetos. No podía dejarlos caer; intentó
ayudarse apoyándolos sobre su abultado vientre.
Fue entonces cuando la guerrera se
abrió y su puñal saltó desde el
cinto, girando en el aire. Un millón de rayos
de fuego blanco parecía salir del arma que no
cesaba de moverse, creando una pantalla de protección.
La selva alrededor del claro desaparecía, calcinada,
convertida en cenizas sin pasar por las llamas. En una
parodia de acto mágico, los bosquimanos postrados
alrededor del ídolo de piedra volaban por el
aire cada vez que eran alcanzados por un rayo, y quedaban
patas arriba como escarabajos rojos.
La bandada de pájaros blancos
se levantó desde las copas y voló hacia
lo alto, formando un aguzado cono, dejándolos
casi sin aire por efecto de la succión. En el
centro, el ídolo de piedra no había modificado
su aspecto. Una capa de cenizas cubría las partes
salientes. Parecía decir: aquí no ha pasado
nada.
Nayl se incorporó y a pesar
de su mirada algo vacilante se plantó frente
al wookanp, imprecándole:
-Maldito cobarde, cerdo aborrecible,
infecto ser, ¿acaso sabes lo que has hecho? ¿Lo
que nos has hecho?
Levantó su puño y moviéndolo
en una triple soma, se separó de él. En
una fracción de segundo estuvo solo; el bosquimano
y toda su compañía habían desaparecido,
camino atrás.
Entonces Marcus supo que su momento
había llegado. Estaba solo y en el lugar apropiado.
Así lo establecían los escritos. Y con
la memoria completamente recuperada se dispuso a llevar
a cabo las últimas instrucciones, para convertirse
en dios, para obtener el poder supremo. Levantó
una mano y colocó la tiara sobre su propia cabeza;
buscó en su bolsillo el pliego con la cábala
y, extendiendo el brazo con la vara de cristal hacia
el lugar del cielo donde habían desaparecido
los pájaros, inició lenta pero decididamente
la melodía que contenía cada uno de los
signos, palabras y números que allí estaban
escritos.
***
Typ vagó por los pasillos del
edificio sumido en una sensación de libertad
embriagadora mezclada con soledad, buscando. Vacilaba
a cada paso; casi dudaba de poner un pie en el suelo,
y también el siguiente, por temor a llamar la
atención de algo horrible que estuviese acechándole.
No se sentía cómodo bajo la constante
mirada de los sabios, pero tampoco sin su conminatoria
presión a que cumpliese con los deberes diarios.
Se detuvo. Todo su potencial se concentró
en el aire, en el edificio, en los pasillos, pero no
halló nada. No podía oír ni el
simple roce de una sandalia sobre el piso de alguna
sala; sólo un arrítmico golpeteo en algún
lugar, más arriba. Una sensación de inquietud
reemplazó al temor.
Para que los sonidos del lugar se hubieran
silenciado de esa manera debía haber ocurrido
algo... como mínimo inusual. De forma inconsciente
tocó con una mano su pómulo derecho, buscando
el reconfortante perfil de la máscara de amniótica.
No estaba allí, pero su mente no se dio cuenta:
repitió maquinalmente los gestos tantas veces
repetidos, acariciándola, y se sintió
más tranquilo.
El cuarto de Typ estaba en uno de los
últimos pisos, junto al de los criados y los
cuidadores de animales. Estaba subiendo hacia allí,
sin recordar cómo ni cuándo había
bajado. El giro después del arco mediopuntado
y el posterior cruce de la puerta debió haber
provocado, como de costumbre, el chillido histérico
de las garzas de los palomares -animales tremendamente
celosos de sus imaginarios territorios-, pero no sucedió.
Estaba entrando en el sector de los corrales y nadie
estaba protestando. El joven se asustó de verdad.
Ya nada estaba bien.
Asomó la cabeza por la entrada
de la habitación de aperos. La oscuridad había
penetrado hasta el último rincón. Pasó
al aposento de los pastores; la cortina que cubría
la ventana se meció en el aire de la noche; los
postigos entrechocaban sin control en un absurdo aplauso.
Llegó hasta la cocina; siempre
encontraba calor en los fogones y alguna de las mujeres,
entre risas y caricias, lo regalaba con una golosina
recién horneada. A un costado, una pesada tapa
de metal, fabricada en bronce y que los músculos
de Typ habían sopesado tirando de las cuerdas
del aparejo, cubría el orificio practicado en
el piso y evitaba que alguien cayese accidentalmente.
A la hora de las comidas, se izaba la tapa y el gran
caldero ceremonial descendía al refectorio que
estaba justo abajo. Vio que las cuerdas colgaban libremente,
que no sostenían ningún caldero. Inclinándose
apenas, se asomó.
Una constelación de alas de
insectos lapislázuli alfombraba la sala ricamente
decorada manchando los tapices de exiguos colores; por
otro lado, las ofrendas se amontonaban desordenadamente
en las hornacinas. Nadie se había molestado en
limpiar todo aquel desastre.
Se puso en cuclillas y se inclinó
para meter la cabeza por el agujero. El refectorio estaba
absolutamente vacío de seres vivos, sumido en
tenues sombras grises que se deshilaban de lado a lado
en insinuantes movimientos.
-Todo esto es muy, muy raro... -susurró,
más para constatárselo a sí mismo
que por otro motivo. Puso cara de concentración,
aunque aún no tenía claro en qué
estaba pensando. Se fijó en el pedestal de cristal:
la veta de prismas cristalinos que surgía del
suelo en el extremo del salón, sobre la que antes
viera el cuerpo de la bella niña descansando,
estaba vacía. Entonces recordó: era Sef’Aed,
la niña de Al Cazaer.
Muchas veces había estado delante
del sitial, cada vez que la Clepsidra cantaba su extraña
melodía de notas-número, cada vez que
llegaba el momento propicio para la verborrea sono-dinámica.
Durante los rituales, los Woo le colocaban frente a
ella y le obligaban a decir las malditas palabras que
Al Cazaer había repetido una y otra vez mientras
Sef’Aed dormía... cuando ya no podía
despertarla.
También recordó que antes...
mucho tiempo antes, el refectorio era diferente; que
el pedestal de cristales no existía; que una
vez, aquel monje cambió algunas palabras, y que
eso le permitió escuchar más allá
de sus propios pensamientos. El sonido era bellísimo,
como una sinfonía de música, color y movimiento;
cuando acabó, el pedestal había aparecido
delante de él, y sobre él estaba la hermosísima
Sef’Aed, sentada como una reina, su reina.
Luego vio a Al Cazaer, con los ojos
vueltos hacia adentro, que no respondía; luego
vio que se lo llevaban.
Sin proponérselo, estaba comprendiendo
la misión de los Guardianes de los Ciclos: lo
colocaban delante de ella para que la energía
amplificada de sus sueños fuese activando lentamente
las propiedades de captación de los cristales.
Pero esa noche no había nadie en el refectorio:
ni monjes, ni Sef’Aed. Sólo el pedestal.
Notando que empezaba a dolerle la sesera,
Typ recobró la verticalidad. Aquello era muy
extraño. ¿Adónde podía haberse
ido la niña? ¿Habría tenido ganas
de caminar y estaba en la galería inferior? ¿O
en el patio, con las lagartijas? No, imposible: Sef’Aed
no poseía voluntad propia, no hasta ese extremo.
Una vez, el Tercer Woo le explicó que ella estaba
viva y muy activa, sólo que de un modo diferente
al que ellos podían percibir. Typ había
puesto cara de comprender el concepto, pero en realidad
no tenía ni la más remota idea de qué
había querido decir. Pero un hecho era claro:
la niña no hacía por propia voluntad ese
tipo de cosas.
De repente se detuvo. La imagen de
las cuerdas no hacía más que volver a
su cabeza tozudamente, como si le estuviera diciendo
algo. Las cuerdas... ¿Para qué servía
una cuerda de enganchar, si no se enganchaba nada con
ella? Paseó su mirada por la cocina y vio el
caldero sobre el fogón, ya apagado. Regresó
a la habitación de los aperos, y en un excepcional
prodigio de asociación mental, lo vio todo claro.
La ventana, descolocada. El agujero,
abierto. La cuerda, suelta. Alguien -o (glup) algo-
había entrado por allí y se había
descolgado hacia el refectorio.
Y angustiado comprendió la ausencia
de Sef’Aed. La habían cogido escapando
con ella por el hueco del caldero. No quiso pensar dónde
estaban los woo... ni los pastores... ni las cocineras...
ni nadie más, si todo esto era cierto...
Pero no podía permitir que le
arrebataran su niña. Sintió un nuevo sentimiento
crecerle en el pecho, caldearle el corazón. Envalentonado,
abrió los postigos de la ventana y se asomó
audazmente fuera, buscándola.
***
El wookanp despertó en el centro
de la marisma, solo, como antes de iniciar la cábala.
Sabía que algo había ocurrido en el espacio
temporal entre el último recuerdo y este presente.
Buscó una koa de protección
dentro de su memoria y allí estaba. Pero al querer
emplearla algo -¿alguien?- le previno que sería
contraproducente.
-Si la uso... seré vulnerable
-pensó; pero lo dijo en voz alta, sin querer-.
¿Qué puedo usar para protegerme, si lo
único de lo que estoy seguro, mis conocimientos,
no me están sirviendo?
-Si usaste la magia, con la magia te
protegerás... -alguien estaba dialogando con
él. Pero no veía quién.
-Por los Poderes, ¿quién
habla conmigo?
-Por los Poderes, que has violentado,
estoy hablando Yo. Tu conjuro ha liberado algunas limitaciones
y en este lugar mágico tengo libertad de expresión.
-A esta altura de la conversación las piernas
de Marcus temblaban de tal manera que se mantenía
en pie solamente por maravilla-. Soy el Centinela, y
la sucesión de palabras, signos y sonidos que
has cantado ante mí me obliga a permitirte el
acceso.
-Acabáramos, ¡funcionó!
¡La maldita perra cosa funcionó! -Marcus
inició una danza dándole la vuelta al
ídolo de piedra, con un doble paso-salto con
su pierna derecha seguido de un triple paso-salto.
Un gorgojeo cascado salió del
ídolo, al tiempo que algo parecido a una carcajada
acompañaba el ritmo no muy seguro del wookanp.
Agitado, agotado, terminó por
sentarse sobre uno de los bultos de su equipaje. Desde
allí miró la piedra. Ahora no parecía
tan aberrante, a lo sumo, estrambótica.
-Está bien. Pero debes darme
instrucciones para caminar en tu mundo, te lo ordeno.
-Caminar en mi mundo... No hay un caminar
en este mundo, sólo existir. Caminas en el mundo
real, pero...
-Sigue. Necesito encontrar el lugar
exacto en que mi mundo se abrió hacia otra dimensión
y revertir todo el proceso. Si así no lo hago,
desaparecerá mi realidad... y la amo demasiado,
es mía, desde ahora.
-Pequeño ser, pequeño
y débil ser. Tú mismo eres producto de
otro de esos accidentes. Los que moramos en este nivel
de estabilidad conceptual hemos sido muchas veces invadidos
por formas de vida de otras realidades; hemos visto
con alegría su esfuerzo para adaptarse, y hemos
presenciado con mucha pena su intención de modificar
este mundo a su gusto y placer. Ahora conviven aquí,
sin poder ingresar en el nivel conceptual -la magia,
como lo llamas-, varias formas de mundos diferentes,
colapsando, colaborando, nutriéndose unos de
otros, aniquilándose mutuamente, en conductas
no comprensibles para nosotros.
-¿Hablas en nombre del mundo
de la magia? ¿Acaso eres un representante? ¿Un
magistrado?
-(riéndose) En la magia no hay
divisiones sino unidad. Tú has logrado comunicarte
con esta forma particular: Yo; buscar un árbol
como interlocutor no está en la estructura de
tu pensamiento y por eso prefieres creer que la piedra
habla. Pero has creado algo nuevo en el mundo de la
magia. Y es una criatura solamente tuya, de modo que
es tuya la responsabilidad sobre sus acciones.
-Me recriminas y no comprendo las acusaciones.
Buscaba el poder sobre mis semejantes y no he realizado
otro movimiento que los indicados en los códices
antiguos. Sé que lo he alcanzado.
-Tu ignorancia del mundo de la magia
ha convertido el gesto en una maldición, para
ti, para los tuyos, y por desgracia también para
el mundo de la magia. No deben realizarse gestos simultáneos.
Si te hubieras limitado al primero, la invocación,
estaríamos conversando graciosamente, planificando
alguna forma más consistente de cooperación
entre mi mundo y el tuyo. Con dos gestos, la invocación
y la vara, hubieras podido adquirir poderes fabulosos,
pero sin comunicarnos.
»Pero has realizado los tres.
Te comunicas conmigo pero el único motivo es
prevenirte del Gippe. Has logrado la creación
más espantosa imaginable; has combinado en un
solo ser las maldades de ambos mundos, que además
puede ir de uno al otro, sin otro protocolo que desearlo.
Por esa razón, tú mismo quedarás
a caballo entre las dos realidades hasta que logres
acabar con él. De no hacerlo, la creación
consumirá todo lo que vive, en ambos lados.
El ídolo pareció apagarse,
plegarse sobre sí mismo como lo viera la primera
vez. Al parecer, había entregado el mensaje y
se retiraba.
Marcus, todavía sentado, reflexionaba
recordando cada una de las palabras. Su mente entrenada
recogía cada significado para comprenderlo profundamente.
Sentado y quieto parecía otro ídolo de
piedra al borde de la marisma, un ídolo sordo.
No escuchó que alguien se acercaba. Cuando se
dio cuenta, pensó que era el monstruo de su propia
creación y se puso de pie espantado. Y Marcus
corrió y corrió y corrió.
Corrió tan aprisa como sus rechonchas
piernas estaban dispuestas a permitir. Algo -no se había
atrevido a mirar atrás, así que sólo
conocía su sonido-, le perseguía. Algo
grande y terrible.
Su papada chorreaba sudor y temblaba
al ritmo de sus cada vez más asincrónicos
movimientos. Ramas, hojas, piedras, todo parecía
saltar del suelo para golpearle la cara y los brazos,
llenos ya de marcas y arañazos.
¿Cómo se había
metido en aquel lío? ¿Dónde estaba
el error de todos aquellos escritos, de todos aquellos
rituales? Había analizado los libros con esmerada
atención, había traducido las inscripciones
talladas en la piedra de los santuarios, sacrificado
animales... y ya...
...basta.
Se detuvo. Mandó todo al infierno.
No podía dar un solo paso más o su grasiento
corazón explotaría. Buscó el puñal
pero vio que ya no estaba en la vaina de su cinto; había
quedado donde el Centinela; sin él se sentía
un tanto desprotegido, sobre todo porque sus huesos
le decían que la magia estaba allí, a
su alrededor, innegable, poderosa...
Pero en un instante tomó conciencia
de su realidad y riendo, jadeando, se dijo:
-Ahora la magia, el poder, soy yo...
¿cómo haré para distinguir lo maligno
de lo benigno? -Rebuscó en sus bolsillos. Nada.
Su cristal de lapislázuli tampoco estaba.
Un chillido hueco a sus espaldas le
detuvo el corazón: sin aliento, se aplastó
contra un árbol y trató patéticamente
de hacer desaparecer su grotesco corpachón de
hombre blanco de ciudad. Pero nada surgió de
las sombras del bosque, tan sólo el rumor de
las hojas movidas por el viento.
Sus latidos aumentaron la cadencia;
sonaban como potentes mazazos que reverberaban en la
cabeza y en el fondo de los oídos. Y, lentamente,
acercándose por el sendero vislumbró una
figura. El obeso wookanp se desmayó, pero ese
estado de paz sólo le duró un segundo:
de inmediato despertó, y la cosa allí,
aproximándose, levantando una huesuda mano y
preguntando...
-¿Se encuentra bien?
Marcus parpadeó y se obligó
a cerrar la boca, apretando el tembloroso maxilar para
que no se notase su terror.
-¡Maldita sea, me ha dado un
susto de muerte! -rugió, sin alzar mucho la voz.
El hombre era uno de los ayudantes de Nayl; un bosquimano
delgado y fibroso que, según él recordaba,
era la primera vez que hablaba-. ¿Dónde
está el resto de los hombres?
-Huyeron hacia Ciudad Cromo. El resto
de las poblaciones hasta Sira están cubiertas
por la selva. Mi pie herido me ha impedido seguirles.
-Señaló un moretón violáceo
al extremo de su talón. El estómago de
Marcus se revolvió.
-Está bien, está bien
-resopló-. Vamos a descansar un rato.
-Algo nos sigue. Debemos movernos -sugirió
el otro. Marcus volvió a tensarse.
-No, no podremos llegar a ningún
lugar protegido. Esa cosa sigue tu olor y conoce la
selva. Por más que lo intentes no podrás
burlarle. Te devorará como a un cerdo cebado.
-¿Hablas en singular? ¿Crees
que no te comerá? Le he visto, es enorme y brutal,
y no le hace asco ni siquiera a los pájaros blancos
que no tienen más carne que mi dedo meñique.
-Puedo protegerme pero no llevarte
conmigo. Puedo escapar de sus garras, solo. Aún
no sé cuánto tiempo necesito para lograrlo;
no lo he intentado jamás y desconozco la velocidad
de la fiera.
-Tranquilo -dijo el bosquimano, colocando
una afable mano en su hombro-. Si las cosas tienen que
ocurrir así, pues así será. -Y
comenzó a andar, ahora tranquilo, sonriendo.
Marcus le lanzó una mirada profundamente
estupefacta y se colocó a su lado, también
caminando. Cuando llevaban diez minutos de marcha, comentó:
-Vosotros, el Pueblo del Bosque, sois
muy extraños.
-¿Extraños? -repitió
el hombre, invitándole a seguir.
-Sí. Preferís que os
devoren sin lucha antes que perder esa estúpida
tranquilidad que os caracteriza.
El hombre asintió.
-Es el orden de las cosas -explicó-.
El Bosque sabe cuándo ha llegado el momento de
nacer y el de morir para sus criaturas. Nosotros también
somos criaturas del Bosque; también tenemos que
morir.
-Nosotros no somos así -murmuró
Marcus, saltando con dificultad una piedra cubierta
de musgo-. Los hombres inteligentes sabemos cuándo
hay que doblegar a la naturaleza. Eso también
está en el orden de las cosas. Si no fuese así
la muy zorra no nos hubiera dado materia gris.
Hizo un alto, aspirando con fuerza.
El bosquimano, sin denotar el más mínimo
cansancio, le observó jadear con un deje de lástima
piadosa en los ojos.
-Nosotros, el Pueblo del Bosque, no
nos preocupamos por la suerte de la gallina que matamos
para comer, o de la colmena que expoliamos para extraer
la miel. Sabemos que las abejas piensan que el sacrificio
es necesario para que otros puedan subsistir y para
que el ciclo se complete. Igual que el Bosque -hizo
un gesto extensivo a los mortíferos árboles
y sus vistosas flores ponzoñosas-, o la Magia.
Es posible que los humanos seamos como las abejas; morimos
para que la magia subsista.
Marcus se quedó un minuto en
silencio, observando al membrudo bosquimano sin parpadear.
Y, tras mucho pensarlo, concluyó:
-Es posible que tengas razón...
-y el nuevo concepto comenzó a entremezclarse
con los que tenía en su cabeza, creando una trama
perfecta, comprensible y muy sutil.
Un ruido les depositó de nuevo
en la realidad.
-¡Lo tenemos casi encima! -exclamó
el wookanp, observando la selva. Pero el otro se colocó
delante de él.
-Huye. Alcanza la Ciudad. Yo lo entretendré.
Toma esto. Lo recogí en el claro -dijo, entregándole
el cristal colgando de un hilo y que Marcus tanto extrañaba-.
No te protegerá de esta cosa pero tal vez ayude
de algún modo. Además, siempre fue tuyo,
tiene tu nombre en él...
Marcus lo miró de hito en hito.
En su interior creía que el bosquimano era un
ser inferior y que si se ofrecía a quedarse no
sería él quien se lo impidiera. Acarreando
su obesa humanidad sendero arriba, desapareció
entre la maleza. Pero apenas unos pasos detrás
de la barrera de lianas se detuvo. Quería conocer
a su criatura; después de todo la había
creado. Se concentró; luego, suave pero con firmeza
sujetó su lapislázuli y lentamente se
elevó dos metros sobre el piso; se quedó
entre las hojas vigilando al bosquimano.
Esperó un minuto, dos minutos,
más; nada ocurrió. Los ruidos continuaban,
pero ninguna forma obscena o demoníaca surgió
rugiendo desde la espesura para devorarle. Ya estaba
aburriéndose cuando le vio sonreír y echarse
a andar por el sendero. Entonces una enorme sombra se
interpuso y Marcus le perdió de vista por un
instante. La bestia, su criatura, se había apoderado
de él. Lo sostenía en alto con la garra
delantera, observándolo. La presa sonreía,
sin gemir, sin debatirse. Entonces abrió la triple
línea de dientes y la cerró de un golpe
cercenándole la cabeza de un certero mordisco.
El resto del cuerpo cayó al suelo con un sonido
sordo, mientras el monstruo acomodaba el ensangrentado
cráneo entre sus quijadas.
Desde su escondite en la maleza, Marcus,
en inhumana actitud, lo contempló mientras la
masticaba, enroscando y desenroscando el rabo coriáceo
en una especie de éxtasis de placer. Como sospechaba,
el demonio rastreaba la magia en los objetos que la
concentraban como balizas físicas de lo intangible.
No percibía la suya —no por ahora—,
pero presentía que llegaría el momento
en que tendría que enfrentarle y enseñarle
quién era él. Cuando la bestia recogió
el resto del cuerpo del bosquimano y se preparó
para completar su comida, decidió que era el
momento de alejarse.
Marcus derivó lentamente entre las copas de los
árboles, rozando casi las hediondas flores de
la cima y recibiendo los arañazos de las puntas
de las ramas. Buscaba un sitio tranquilo donde descansar
y reflexionar; era imprescindible planificar su siguiente
movimiento. La esfera de sus ojos ya no le indicaba
la hora y no conocía el destino de la clepsidra
ni de los encargados de controlarla.
Encontró un claro y dedujo que
no era el mismo porque no estaba allí el ídolo
de piedra. Sintió que era lugar seguro y descendió
creyéndose a salvo, aunque no tenía noción
de dónde estaba. Sin guía y después
de todo lo ocurrido era imposible adivinar si estaba
cerca del Lago y de la Ciudad Monasterio, o saliendo
de la selva rumbo a Sira.
Acomodó su obeso cuerpo de modo
de quedar prácticamente oculto entre las lianas
(que ya no eran amenazantes, afortunadamente) e inició
una rutina de concentración. Las inspiraciones
rítmicas entre estrofa y estrofa de la melodía
le produjeron una ensoñación; sintió
que su mente se abría y que podía contemplar
los nuevos conceptos de la magia y del Ensueño.
Pudo conocer su amplitud, su extensión, y se
vio a sí mismo en el claro. Estaba a menos de
una jornada de la Ciudad Monasterio.
Regresó a la realidad con la
decisión de llegar allí cuanto antes.
Se incorporó mientras echaba un vistazo alrededor.
Un montículo de tierra negra y calcinada llamó
su atención. Rebuscó con la punta de la
bota y apareció una muñeca. La recogió
con curiosidad; era el fetiche de trapo coronado con
cabellos que usaba Nayl como brújula mística.
Un detalle singular: que el mesurado bosquimano pasara
por allí y que la dejara caer accidentalmente
no formaba parte de su idiosincrasia. Al guardarla,
pensó devolvérsela apenas volverle a ver;
aunque bien pensado, tal vez le fuese de alguna utilidad.
CAPÍTULO 3
Desde que Sirayo se alejara de Ciudad
Cromo, Imhil no había podido tranquilizarse.
Sabía que debía hacer algo más;
que la invasión al mundo real debía ser
combatida con fuerza real. Pero, ¿cómo
hacer? Las noticias recibidas, no solamente de Sirayo,
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