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El jardín de Sef´aed Más sobre Víctor Conde - Graciela Lorenzo Tillard

CAPITULO 1

El vehículo cruzó raudamente las puertas de Ciudad Cromo. Los guardias del acceso intentaron perseguirlo para obligar al conductor a identificarse, pero él levantó su distintivo en el aire haciéndolo refulgir bajo los rayos del sol del mediodía y los hombres regresaron a sus puestos. Era Sirayo.

Frenó al llegar frente a la construcción más grande y bajó de un salto. Era un hombre maduro y bruñido por mil jornadas al aire libre y se dirigió deprisa hacia la entrada principal del edificio gubernamental.

El vehículo no estaba en las mejores condiciones; parecía haber recorrido una enorme distancia sin detenerse, recolectando ramas, troncos, todo tipo de insectos y muchísimo polvo.

Un tronador Apártense, idiotas le despejó el camino de centuriones que pretendían detenerle y llegó a la sala de audiencias. Buscó al Principal con mirada dura y gesto furioso; sin embargo, nada podía disfrazar la desesperación que lo envolvía como un sudario.

Se plantó frente a Imhil con los brazos en jarra.

-Ha llegado a Sira.

-Siéntate, ahora hablaremos -dijo el anciano mientras acomodaba su enorme cuerpo sobre uno de los bancos sin mirarle a los ojos.

-Ya se nos acabó el tiempo para conversaciones improductivas. Es hora de la acción... -y permaneció de pie con los puños apretados, la mandíbula tensa y los ojos clavados en la coronilla sin cabello del otro- ... inmediata.

-No seas necio. Abre tu mente que voy a explicarte algo.

Le llevó un par de minutos a Sirayo calmarse lo suficiente para tomar asiento junto al wookanp que tenía el destino de su propio territorio en las manos. Imhil realizó un breve gesto, casi imperceptible; llegó un servidor con bebidas refrescantes; otro, sin decir palabra, tomó un laúd y comenzó una delicada y cadenciosa melodía.

-Habla, hombre de modales inadecuados. Necesito todos los detalles, de otro modo no podré justificar tu actitud, seas quien seas. -El anciano tenía poder y lo estaba utilizando.

-Es la selva... ha invadido mis campos de producción. Los pobladores de Cerdán llegaron a Sira buscando refugio y alimento. Ahora, todos vienen hacia aquí y el camino está lleno de gente y más gente; he debido conducir a través de los sembrados... de lo que queda de ellos. Desde todas las ciudades que están al sur y al este de las Montañas Grises han salido columnas de personas desesperadas. La mayor parte de ellas no tiene siquiera un odre de agua; no traen ropas ni elementos con qué construir una simple choza.

-Los campos de producción... ¿qué quieres decir con eso de que están invadidos?

-Maldita sea, Imhil. ¿Acaso no has recibido mis mensajes? Desde hace más de un mes te los he enviado casi diariamente, informándote hasta dónde había avanzado esa... cosa.

-Pensé que estabas refiriéndote a los animales.

-¿Animales? -preguntó Sirayo. Su rostro se transfiguró. Su boca se abrió en una enorme sonrisa, como preludio de la carcajada más feroz jamás escuchada en la sala de audiencias del Principal—. Animales ya no quedan. Te lo dije en el segundo mensaje. Ahora los campos al este de Sira son árboles, lianas, todo selva impenetrable y poblada de pájaros voraces, veloces, con alas casi trasparentes y colas erizadas, crueles e insaciables. Se han tragado a todos los animales de cría; no queda un gramo de carne comestible. Sólo esa maldita maraña de árboles desconocidos que culminan en una miríada de flores inmundas, pestilentes, y que provocan enajenación. Por eso todos huyen sin precauciones. He visto a más de cien personas, de todas las edades y sexos, tirados a la vera del camino, desfallecidos, a punto de morir de sed, de hambre y de locura.

-Creo que exageras... No se conocen unos pájaros como los que describes.

Sirayo lo miró y se puso de pie de un salto; se acercó a Imhil y, tomándolo del brazo con fuerza, lo levantó.

-Ahora mismo vas a ver uno -y obligándole a caminar a su lado le llevó hasta el vehículo. Abrió la caja posterior.

Imhill ahogó un grito. En el fondo yacía, inmóvil y muerto, el animal que había descrito Sirayo; las alas, el pico azul y curvado, la cola erizada... por sobre todas las cosas, el tamaño impresionante, algo jamás visto en toda su larga vida. Sirayo cerró la tapa para evitar que los centuriones, que se habían aproximado al Principal preventivamente, lo vieran.

Regresaron en silencio al interior, pero el rostro de Imhil trasuntaba la enorme angustia que había invadido su corazón. Con un gesto, indicó a Sirayo el camino hacia la galería que rodeaba un patio embaldosado, con una bellísima fuente de agua en su centro. Tomó asiento en uno de los bancos de piedra; Sirayo le imitó.

Durante algún rato permanecieron callados. Luego, Imhil suspiró y habló.

-Sirayo, tú eres, si no el mejor, el más aguerrido de mis gobernadores. Escucha en silencio, por favor, y no me interrumpas hasta que finalice. -Hizo una profunda inspiración y soltó el aire lentamente-. Hace algún tiempo recibí la visita, muy recomendada por los sabios del círculo sono-temporal, de un miembro de la comunidad Woo. Relató algunos hechos acaecidos durante el desarrollo de unas investigaciones que llevaban a cabo... acerca del potencial del sonido y su aprovechamiento energético. Hasta donde yo entendí, durante uno de los experimentos había ocurrido un accidente, un extraño suceso provocado por la falta de control sobre los componentes manipulados. El sabio hizo responsable de ello a Al Cazaer, el Primer Woo. Y mencionó el Ensueño -Imhil esperaba la reacción de Sirayo y vio por el rabillo del ojo que giraba el cuerpo hacia él-. Espera, no me interrumpas. Según sus explicaciones se había producido la apertura hacia una dimensión indeterminada, y que desde allí habían ingresado a nuestro mundo elementos de una realidad diferente. Poco después, los sabios del círculo sono-temporal observaron una importante cantidad de eventos anormales que les llevó a buscar una entrevista conmigo con el fin de prevenirme.

Cerrando los ojos, tomó otra gran bocanada de aire y prosiguió.

-Pero las anomalías que el monje entonces describió no tenían nada que ver con la esencia de la flora o de la fauna. Por esa razón no le di importancia a tus mensajes. De cualquier manera, a instancias de los sabios, he tomado algunas decisiones, espero oportunas.

Sirayo absorbió lentamente las palabras; su capacidad de asombro estaba superada; aun más, se sentía inerme. Preguntó:

-¿Cómo puedo ayudar?

-No esperaba menos de ti, pero lo que sucede parece estar lejos del campo de la fuerza, del poder o de las armas; al menos de las que se toman con la mano y cortan cabezas de un solo golpe. He dispuesto que algunos recursos, de los físicos y de los otros, sea entregado a ese grupo de monjes. También he enviado a mi mejor compañero, Marcus, ¿lo recuerdas?, tras un extraño animal que se presentó en mi ciudad y partió llevándose a un grupo de personas.

-¿Qué clase de animal? ¿Un pájaro como el que has visto? Debía ser enorme.

-Casi, tenía alas pero sus patas eran como de lagartija... gigante y su aspecto aterraba... los levantó sin esfuerzo.


***


Un pájaro rojo y verde se posó sobre el alféizar de la ventana. Husmeó tímidamente el olor a grasa de motor, aceite y estopas mojadas con la suciedad de los engranajes, clavando sus ojillos en la encorvada figura del Guardián de los Ciclos. El intenso fulgor suspendido en la calina del amanecer había encontrado cobijo en sus plumas de alabastro y resplandecía en fugaces destellos liberándose poco a poco de su prisión refractaria con cada espasmo de las nerviosas alas. El hipnótico resbalar de la columna hidráulica de la Clepsidra sobre sus colchones de agua producía un sonido constante y agradable -al límite de la audición- que el animal parecía saborear inclinando levemente el pico. El Tercer Woo se movía alrededor del artefacto que parecía un fantasma achacoso de articulaciones dentadas, ultimando los detalles de su puesta a punto. Parecía absorto en la resolución de un complicado dilema interior.

-Deben quedarme pocas palabras, pocos signos, pocas combinaciones en mi cabeza -dijo.

Con un chasquido y el vibrante parloteo de sus enanitos de cera, la Clepsidra completó un ciclo, celebrándolo con un aria de antiguos violines y un coro de cifras. Anunció el mediodía y enmudeció, preparándose para recomenzar a contar. El joven observó al Guardián de los Ciclos hacer su trabajo con la fascinación propia de quien observa a un Woo poner en orden el tiempo; para la siguiente ocasión en que el Universo saque una conclusión «mira, ha pasado otro día, y sigo aquí», no habría errores.

-Y él pretende que yo pronuncie el Sesgo de Apertura -se quejaba el monje, dejando que sus entrenadas manos decidieran por su cuenta qué hacer con la complicada maquinaria del reloj: el canon de la costumbre era un implacable vigilante-. No sé qué demonios quiere que le diga. Ya he probado muchas veces con distintos corolarios, y en la última ocasión casi me muero de vergüenza. Yo no sirvo para esto y el Segundo Woo no me acompaña en esta tarea.

Guardó silencio, enfrentándose con parsimonia a una idea:

-Debería desistir y dejar que la Clepsidra hablase, sin restricciones, con sus ticks y sus tacks y un par de notas-número. Eso sí que sería una primera palabra inteligente.

-Te propongo “VIVE” -susurró Typ, alisando los pliegues del rorschach para que los contornos del diseño se adaptaran a sus pómulos; sus dedos brillaban con la emulsión lapislázuli de la amniótica-. Sería un buen comienzo. Estoy seguro de que a ella le encantará oír algo tan bonito cuando abra los ojos.

El monje le miró con impaciencia.

-¡No se puede elegir cualquier fonema, so imberbe! Deberá ser una construcción sagaz, estimulante... algo que pueda activarla, despertando su curiosidad espontáneamente. Algo que la lleve a explorar su entorno buscando una nueva conexión y que propicie el entendimiento. -Frunció el ceño, cerrándose en sus pensamientos-. No es un trabajo que pueda hacer cualquiera ni de cualquier manera.

El joven le observó a través de su máscara, divertido. La suficiencia y el orgullo hedonista de los Woo eran tan vitales para ellos como cada soplo de aire que inflaba sus pulmones. De un salto, se bajó de la maquinaria del reloj.

-Me gustaría que la primera palabra escuchada por mí al nacer hubiese sido “VIVE”. O, tal vez “BIENVENIDO”. Algo útil.

-¿Y qué fue lo primero que oíste? -preguntó el Woo, irritadamente; su paciencia estaba menguando a ojos vista.

-Creo que fue mierda. Lo estaba gritando mi madre en ese momento, mientras empujaba.

-¿Tan feo eras?

-Se les había acabado la anestesia -corrigió Typ, torciendo el gesto. La máscara-mariposa, de repente, semejó dos ángeles gemelos de alas rotas... o uno, contemplándose vanidosamente en un espejo. Sin una palabra volvió sobre la maquinaria y, apoyado sobre un pie y sujeto por una mano, ensayó un vuelo alrededor de la Clepsidra. Dos veces pasó frente a los ojos del pájaro posado en la ventana. Se detuvo en la tercera revolución, como congelado, mirándolo fijamente.

El pájaro echó un rápido vistazo al interior de la torre, a Typ, a las ruedecillas, escaleras y palomares vacíos. Aburrido, desapareció con un estallido secuencial de amarillos y naranjas. Lejos, arrastrado por la suave brisa que llegaba del Lago Sin Nombre, resonó un crepitar de campanas.

El Segundo Woo emergió ruidosamente del interior de una complicada urdimbre de cuerdas y poleas giratorias. Miró hacia la columna hidráulica, haciendo honor a la principal utilidad del aparato, y sonrió satisfecho.

-Bueno, ya basta por hoy. Démonos prisa o nos perderemos el almuerzo -dijo; y mirando a Typ-: Ah, y tú: limpia esta vez las manchas de la amniótica antes de irte. Sabes cuánto daña esa cosa a los mecanismos.

-¿No debería ser el desayuno, en lugar del almuerzo? -preguntó el aludido, recogiendo sus cosas. El Tercer Woo le empujó suavemente fuera de la habitación, espetándole:

-Imagina el tiempo que llevamos levantados.

Typ bajó corriendo las escaleras de la torre silbando una melodía apresurada. El Tercer Woo, preocupado, comprobó la cadencia de los tramos de agua y se acercó a la ventana. El pájaro de plumas de alabastro se alejaba de la torre, cruzando por encima de los huertos y las murallas, adentrándose en los límites del Ensueño.

La selva había avanzado otra media docena de metros desde la noche pasada y ya casi golpeaba su frondoso perfil contra los altos muros del este de Ciudad Monasterio. El perfil de las Montañas Grises, allí desde siempre, intentaba demostrar el triunfo de la materia sobre el paso del tiempo. Apenas dos o tres semanas después, el Ensueño invadiría ese nivel de estabilidad conceptual. No había otra forma de hacer que retrocediera, sólo interpretando sus estructuras de convección. Y eso era imposible, en tanto que Al Cazaer, el soñador que lo había desatado, había pasado a otra vida varios meses atrás.

Retirándose del vano, el monje deseó por enésima vez que las matemáticas no hubieran sido creadas tan exactas y se prometió, con tristeza, no volver a mirar las cumbres lejanas.


***


La columna avanzaba buscando afanosamente entre la maleza y a través de la densa red de lianas un paso que parecía estar esquivándoles. El trote descompasado y el entrecortado andante de sus inspiraciones se mezclaba con total naturalidad con el vacío henchido de sonidos subjetivos del ecosistema.

El explorador iba a la cabeza; era un bosquimano enjuto que abría paso con el machete procurando cortar la menor cantidad posible de tallos y fibras arbóreas, mientras sus ojos reaccionaban con rapidez ante cualquier movimiento que se producía en el camino.

Un ave de alas membranosas y cola abierta en plumas erizadas lanzó un graznido y levantó el vuelo. Él hizo una pausa, deteniendo el machete en mitad de un voleo, y siguió con la vista al pájaro hasta que fue imposible distinguirlo a través del denso tapiz asimétrico que formaban las copas de los árboles.

El segundo en la marcha, un wookanp encapuchado más bajo pero casi el doble de ancho que el explorador, lanzó un bufido de impaciencia y susurró:

-¿Qué ocurre ahora, Nayl? ¿Más señuelos?

El explorador no se giró. De nuevo se concentró en el sendero, analizando las posibilidades. Un mosquito palpó la resistencia de su piel, bañada en sudor.

-No es nada, Marcus. Permanezca en silencio.

-Eso mismo dijo hace una hora, Nayl -imprecó el wookanp, bajando aún más el volumen-. ¿Está seguro de que éste es el camino?

El explorador levantó el puño y lo movió en un doble gesto somático que dispersó a sus bosquimanos. Algunos chasquidos acompañaron el astillarse de las ramas, unas gotas de rocío se desprendieron del follaje tableteando sobre la hojarasca, y luego silencio.

El obeso wookanp, descubriendo su cabeza y secándose el sudor de la incipiente calva con un pañuelo, volvió sobre sus pasos a buscar uno de los bártulos que cargaban los porteadores, pero se detuvo, asombrado: la mayoría de los hombres se había alejado del sendero, depositando los baúles en tierra.

Uno de ellos, el más veterano, se acercó sin hacer ruido hasta Nayl, esquivando al wookanp como a un tronco más. Su movimiento fue tan fluido y silencioso que éste dudó de que los pies del bosquimano tocaran el suelo.

El explorador permanecía en cuclillas, escudado tras un soto de árboles enanos. Extrajo algo del interior de su mochila sin dejar de observar la selva y trazó una koa de clarificación. El otro intercambió con él unas palabras y se alejó.

Marcus se acercó, procurando imitar el estilo sigiloso del bosquimano, sin conseguirlo. Observó el objeto que el guía ahora sostenía en la mano: era una raída muñeca de trapo indígena, una niña de piel oscura desnuda salvo por una corona hecha de cabellos auténticos que aureolaba su deforme cabeza.

Nayl esperó unos segundos, sosteniéndola de cara al viento. Los ojos, dos perlas negras cosidas al trapo con hebras doradas, eran agitados por alguna brisa que se movía en sentido contrario a la que recibían en el rostro. Por un momento, bascularon como si quisieran desprenderse y echarse a rodar en la dirección del sendero.

-Estamos cerca -dijo el explorador, y señalando el puñal que Marcus llevaba envainado en la cintura, dijo-: Mire.

El wookanp obedeció, extrayendo unos centímetros la hoja. Los hechizos de salvaguardia chisporroteaban en su filo como azulados destellos de electricidad estática de errática trayectoria. Sintió latir el pulso en las sienes. Si la magia empezaba a invadir el espectro visible significaba que el Centinela estaba muy próximo. Su momento estaba acercándose...

A una señal de Nayl la comitiva reanudó la marcha, espantando los enormes mosquitos y bebiendo de las cantimploras sin destaparlas del todo. Un enjambre de cosas pequeñas, tan denso que Marcus temió aspirarlo si se acercaba demasiado, se arremolinó en torno al frescor del agua. Conteniendo la respiración y cerrando los ojos, bebió, imitando a los demás.

Nadie portaba antorchas. Marcus usaba anteojos magnificadores que permitían a sus ojos aprovechar la poca luminosidad que arrojaba el firmamento; los demás seguían el sendero por instinto; esquivaban cada obstáculo y depresión del terreno como si conocieran su trazado de memoria. De vez en cuando, un gorjeo impreciso o el tableteo de los dientes de algún animal invisible surgía desde algún lugar muy cercano a sus oídos, detrás del frondoso manto vegetal. Los olores de mil señuelos químicos descendían acunados por la brisa desde el abigarrado mosaico de flores desconocidas que coronaban los árboles. Otras especies de insectos de formas distintas y colores imprecisos los seguían, remontando el viento hacia la muerte segura en las ramas de aquellas brozas de agresiva belleza.

Marcus maldijo por enésima vez el momento en que oyó hablar por primera vez del Ensueño, muchos meses atrás pero en un lugar muy diferente. Nunca supuso que fuera a ser una empresa sencilla; ni siquiera cuando se pertrechó con ungüentos y cánones de rituales arcanos y se embarcó rumbo al Jardín de Sef’Aed. Pero pese a toda la preparación física y las prácticas de auto-hipnosis para superar la repugnancia, cada vez que debía apoyarse contra el tronco de un árbol del malhadado jardín y algo húmedo y crujiente se deslizaba entre sus dedos, maldecía la hora en que había aceptado hacerse cargo del cartografiado de aquella selva de pesadilla. Y entre todas las cosas que leyó, encontró esa joya tan particular que se limitaba a unos cuantos signos escritos al margen de un antiguo códice. Su joya, personal e intransferible.

El factor humano tampoco ayudaba. Nayl, a quien Marcus había contratado esperando que fuera un paradigma del carácter sumiso de su raza, se empeñaba en demostrar lo errado de sus conjeturas en cada recodo del camino. Marcus no era un especialista en trabajo de campo: odiaba arrastrarse por el fango, pero adoraba estar allí en el momento apropiado para hacer realidad sus planes y descubrir las maravillas que, de seguro, escondía el Ensueño.

Reflexionando sobre el bosquimano, tan temeroso de cientos de supersticiones autóctonas pero con marcada pose de autosuficiencia, sentía poca confianza en su capacidad de manejar lo mágico -inexplorado atributo de su raza-, y alivio por tenerle al frente de la expedición. Al fin y al cabo, era preferible cuidarse de él en algunos momentos que perderle de improviso en alguna desviación del camino.

Como escuchando sus pensamientos, Nayl ordenó otro alto para examinar el sendero. Un escalofrío parecía recorrer a los hombres mientras trazaban signos cabalísticos de protección en el aire, sobre sus cabezas. Marcus sabía que los ritos folclóricos tradicionales raramente funcionaban, salvo de manera tangencial. En ese momento no sintió peligro alguno, pero recitó mentalmente algunas koas automáticas. De reojo, consultó los dígitos que marcaban la hora en la periferia de su ojo de cristal: tras muchos kilómetros y senderos polvorientos se sentía molesto y cansado; deseaba llegar y comenzar los preparativos de la cábala para terminar con la captura de un Centinela y así lograr el ansiado poder y que nunca nadie jamás le volviera a molestar.

A la señal de Nayl, la comitiva retomó la marcha en total silencio.


***


El Ensueño, denominado por los místicos del círculo temporal como El Jardín de Sef’Aed, tenía una geografía abrupta, no lineal, producto de las características mentales del Primer Woo que lo había desatado, y de la acción devastadora de ácidas corrientes de extraños fluidos sobre un basalto de escasa consistencia química. La erosión natural había perfilado un relieve cortante, espinado, de agrestes valles y esculpidos precipicios, invadidos por la vegetación, la más exóticamente agresiva que el wookanp hubiera visto antes. En aquel decorado peloriano se libraba una guerra constante entre especies, en la que la biocenosis vegetal había reemplazado casi por completo a la animal, creando un nuevo equilibrio que Marcus no supo cómo interpretar.

El principio de exclusión alimenticia no parecía operar en aquel hábitat; no había especies animales de costumbres culinarias semejantes que entraran en conflicto (tampoco parecía haber variedades de la misma especie).

Desde que salieran de Cerdán y rebasaran la margen este del río Huásar, el reino vegetal apareció como dueño y señor de todo lo que les rodeaba. Eso provocaba inquietud. En una biota siempre había depredadores... y presas. La única diferencia entre ellos era la forma que adoptaban para adaptarse al medio.

Mucho más intranquilo que al comenzar la jornada, Marcus y su comitiva continuaron caminando, atentos a los gigantescos troncos y a la nudosa alfombra de lianas que tapizaba el sendero.

Avanzaron durante un rato antes de detenerse nuevamente. El sendero, si alguna vez había existido, se había convertido en un pequeño claro como resultado del raleado de las raíces que abrazaban una marisma reseca y ennegrecida, de perfil casi circular, en medio de una selva que parecía querer apartarse de ella a toda costa.

El área estaba cubierta por tierra oscura, quemada; una costra de ceniza, que el viento no disgregaba, la escondía parcialmente. En su centro simétrico, un ídolo de piedra de proporciones casi humanas se retorcía sobre sí mismo adoptando una postura aberrante: se asemejaba a un ser andrógino al que le sobraran órganos sexuales de ambos sexos, con total irregularidad en su colocación.

Marcus y Nayl se adelantaron, pisando la ceniza con precaución. Caminaban de puntillas para evitar dejar huellas reconocibles: una maniobra no destinada a ojos vivos. Los demás permanecieron en el mismo límite, observando.

Nayl llegó hasta el ídolo, extrayendo de nuevo la muñeca de su mochila. Los ojos negros del fetiche se destacaban sobre el trapo que hacía de rostro como bolas de metal atraídas por el pétreo talle de la imagen.

Marcus se mantuvo ligeramente detrás, con una mano oculta en los bolsillos de la guerrera, y sus nudillos blanqueaban mientras aferraban una cuenta de lapislázuli de protección. Intentó divisar una cabeza o un par de piernas que pudieran aclarar la perspectiva, pero ésta solo surgía cuando la miraba indirectamente.

-Éste es el Centinela -susurró Nayl, devolviendo la muñeca al saco-. Deme su cristal.

Marcus obedeció, a regañadientes; no le gustaba el tono autoritario que estaba utilizando el bosquimano para dirigirse a él. Sacó del bolsillo la pequeña cuenta de lapislázuli y, sin soltar en hilo que la sostenía, se la tendió al otro.

Nayl, apartándose de él, la levantó por encima de su cabeza y la acercó al ídolo. Una ráfaga de viento se atrevió a traspasar el claro, meciéndola con suavidad.

-¿Y ahora? -preguntó el wookanp, intentando por todos los medios que su voz temblara menos que sus piernas.

-Nada -respondió el mestizo, consultando la hora en su reloj-. Nos quedaremos aquí.

-Pero éste no es el lugar. El cristal...

-Ya lo sé. Pero no podemos continuar. Necesitamos su permiso -Nayl apuntó con un dedo a la informe cabeza del ídolo. Luego ordenó a uno de los porteadores que le alcanzara una tienda; comenzó a montarla. Marcus sintió que sus mejillas enrojecían.

-El factor tiempo es primordial -gruñó-. Tenemos que acabar el trabajo antes de que amanezca, o no podremos completar la secuencia de rituales.

-Las lunas serán viejas esta noche y no iluminarán la tierra. Quédese tranquilo. Lo lograremos antes del alba.

Marcus hizo acopio de paciencia. Sintiéndose impotente, vio cómo el resto de los bosquimanos imitaban al guía y montaban el campamento, sin acercarse demasiado al claro pero lejos de la vegetación de la selva que los rodeaba. Él también comenzó a desliar la suya.

Aquélla se estaba convirtiendo en la noche más fría de su vida. Pese a la calidez de la hoguera encendida por Nayl y a todos los kilos de más que adornaban su papada, la grasa se revelaba como un protector muy ineficaz. Colocó el sensor de calor de su manta en cuarenta grados centígrados y abrió su octava lata de judías. Consultó nuevamente vez su reloj ponderando los ciclos que debía haber marcado la Clepsidra. Mentalmente elevó una rogativa por la resistencia y sabiduría de los monjes encargados. Aún faltaban varios giros antes del solsticio geométrico, el momento angular más cerrado que permitía la métrica de las poleas de agua.

«Antes de que eso ocurra», pensó, «deberé realizar el encantamiento. Siete radianes más y la progresión desencadenará en la curva de convección donde se acelera la cadencia de las notas-número. Y a partir de ese instante, el tiempo, descontrolado nuevamente, fluirá con mayor rapidez, arrastrando esta sección de la realidad a la degeneración acelerada. Debo actuar antes de ese momento.»

Nayl aguardaba sentado junto a la hoguera que se consumía rápidamente. Era un ser extraño, tranquilo hasta la exasperación; fumaba en pipa y afinaba su cuchillo de hoja quebrada sobre un diminuto afilador doméstico. Pese a la insistencia de Marcus, se había negado a cortar leña de la selva circundante para alimentar el fuego, de modo que el wookanp tuvo que sacar del fondo de su mochila la última cápsula de tomillo cimbreado que le quedaba. Con ella había conjurado una pequeña fogata, en el rescoldo de la anterior, y agregó algunos restos de madera carbonizada que rebuscó bajo la costra de ceniza.

El Ensueño había alcanzado la verdadera noche, y todas las cosas pronto lo notarían.


CAPÍTULO 2

Typ había salido en persecución de los Woo por la posibilidad de conseguir alimento. La soledad le espantaba y la experiencia ante el espejo era algo que no deseaba repetir.

La galería se abría sobre el patio inferior donde una bandada de pájaros de alas transparentes perseguía a los pocos reptiles que aún quedaban allá abajo. Levantó sus ojos hacia el techo tratando de ver a través de él a los pocos animales que habían logrado salvar, en el extremo más elevado del edificio, escondiéndolos de los ataques.

Y recordó, con nostalgia, cuando las cabras, las gallinas, los caballos, las palomas, las ovejas, las vacas, y tantos otros, deambulaban libremente por los prados alrededor de la ciudad con murallas de puertas abiertas. Y cuando los niños... -¿dónde fueron?- los reunían por la tarde, entre risas y carreras, para llevarlos a los establos, a los gallineros, a los corrales...

Pero lo que más le llenaba de nostalgia era la ausencia de Maude, la dulce niña traída por... ¿quién?... desde el hambre y el abandono, con quien compartiera brillantes atardeceres bañados en luz anaranjada, tomados de las manos y sin decir palabra. Y cuando, ya terminado el día, entraban a través de las puertas sin llaves, encontraban a los monjes -y a los estudiantes atareados y gentiles-, y se alimentaban; y Typ sabía cuál era el desayuno y cuál era el almuerzo. Y se sentaba con ella a la mesa, una verdadera mesa, con padres, con madres, con hermanos... ¿dónde estaban todos ellos?

Se prometió subir al extremo de la torre, sólo por ver si los animales que quedaban estaban bien alimentados, y si les habían puesto agua suficiente, y si esos establos improvisados estaban limpios; y con todas sus fuerzas deseó tomar a cada uno en sus brazos y bajar al patio y dejarlos sobre el piso, el piso verdadero, para verlos salir presurosos hacia los prados, porque ya no habría selva, ni Clepsidra, ni pájaros...

Había escuchado a los Woo mencionar el Ensueño con voces tenues y temblorosas, secretamente. Aseguraban que avanzaría, que cruzaría, que invadiría el actual nivel de estabilidad, que alteraría los conceptos, y no comprendía el significado de todo eso. Más de una vez pidió explicaciones, pero la jerga empleada por los sabios se le hacía incomprensible; se referían a hechos que aún no habían ocurrido y que no estaban sucediendo en ese momento, y todo eso no estaba a su alcance.

Sabía que tenía que comer ahora porque era necesario, lo sentía en su estómago. Pero la diferencia entre desayuno, almuerzo y comida, desde algún tiempo atrás, era algo que no podía precisar; se había constituido en todo un misterio. El tiempo mismo era un problema... antes sabía cuántos días habían pasado desde la última vez que viajó a la capital; ahora no podía asegurar cuándo había subido a ver los animales por última vez.

Podía recordar; pero si se le preguntaba sobre lo que vendría mañana, recurría a cualquiera de sus monerías y piruetas, distrayendo la atención, evitando responder. Y tampoco comprendía porqué no le permitían cantar...

Mientras Typ recordaba y reflexionaba acerca de las viejas -¿nuevas?- escenas, su máscara se había extendido, cubriéndole casi dulcemente el anguloso rostro. Con las manos limpias acariciaba los bordes de la figura, mientras caminaba tras los ancianos.

Intuía la existencia de una niña dormida porque los monjes le habían pedido, en diferentes oportunidades, que él mismo experimentase el efecto senso-dinámico de las frases que el Tercer Woo recitaba. Algunas le provocaron evocaciones de íntimos placeres antiguos y sin querer olvidados; otras, temor, pánico, pavor. Esas palabras y esos sonidos no deberían existir, no haber sido inventadas, o al menos haber sido sumergidas en la vorágine de la última convección.

Sin notarlo, se había distanciado de los ancianos. Corrió tras ellos y les alcanzó en el momento justo en que las palabras del prefacio equi-nominal eran pronunciadas; pasaron el instante de admisión y llegaron al refectorio. El lugar recibía la luz anaranjada del mediodía que desdibujaba la geometría de blancos y negros que revestía el piso.

La niña estaba en un extremo, estáticamente ausente. Era la primera vez que la veía, aunque no sabía por qué razón sentía que ya lo había hecho antes; rebuscó en su memoria, su única identidad, pero no encontró nada concreto. La miró mientras se aproximaba al pedestal de cristal donde reposaba, rodeada de ricos tapices y suaves tejidos. Al llegar, su cara levantada hacia el rostro de ella ya no tenía máscara; pero no lo sabía. El Tercer Woo observó el efecto que la niña producía sobre Typ; comenzó una frase, intentando lograr el Sesgo de Apertura, pero de pronto el joven se contrajo y, cayendo al piso, inició una larga queja mezclada con sollozos que llenó el lugar de miles de insectos tornasolados, de cabezas lapislázuli, que atacaron a los dos monjes.

Despertó mucho más tarde, a juzgar por la mortecina luz que entraba en el lugar; saltó del lecho, buscando la salida. Intentó recitar el prefacio, pero su intento terminó en un desesperado gemido. Nuevamente perdió el conocimiento; dejó de recordar.


***


La noche había ganado el claro, provocando en Marcus un estado de zozobra que no tenía con quien compartir. Mientras intentaba librarse del frío caminando los pocos pasos que el lugar le permitía, todos los bosquimanos dormían en sus tiendas. Llegaba hasta el borde de la selva y regresaba hasta el límite de la marisma, una y otra vez.

-Condenados, mil veces condenados. Duermen como niños inocentes, incultos despreciables. ¡Qué lejos están de saber el peligro a que se exponen! Pero duermen... se merecen lo peor.

Sintiéndose un poco mejor después de lanzar las maldiciones continuó su caminata, buscando entrar en calor. Decidió dar la vuelta al claro por la angosta franja entre los árboles y la marisma. Preocupado por la temperatura apenas prestaba atención al ídolo. Su cabeza estaba lejos, en Ciudad Cromo, frente a Imhil, mientras recibía la orden, casi súplica, de hacerse cargo de la misión que ya le estaba fastidiando, que le exigía demasiado esfuerzo físico. No debía defraudar al Principal; pero fundamentalmente no podía olvidar la promesa que había intuido en los signos del códice. Además, por ahora, el Principal era un amigo útil.

Al pasar por décima vez junto a las tiendas de los bosquimanos observó que estaban vacías. Se detuvo y miró a su alrededor. No había ningún ser humano a la vista. Solamente Nayl permanecía dormido en su lugar. Observó la costra de cenizas, la tierra quemada, la maraña de lianas, los troncos de los árboles del contorno, cerrados, apretados unos contra otros, pero no encontró ninguna huella de los desaparecidos. Llegó a sus oídos un rumor, una letanía, que paulatinamente se volvía más inteligible, a su pesar, y al mismo tiempo vio que los hombres salían desde diferentes lugares alrededor del claro, como traspasando los troncos, y se acercaban, al unísono, rítmicamente, al ídolo central.

Una bandada de pájaros blancos comenzó a girar sobre sus cabezas; observó que estaban descendiendo lentamente, un poco en cada giro. Se precipitó sobre el cuerpo de Nayl y lo sacudió frenéticamente hasta despertarle.

-Algo está pasando -dijo, intentando que su voz no se lanzara en un aullido-, y tus hombres han enloquecido... están convocando; haz algo y pronto.

El bosquimano sacó la muñeca de paño de su morral y sin siquiera ponerse de pie, la levantó; Marcus vio que los ojos del fetiche estaban ahora transparentes.

-Agáchese. Están llegando. Pueden lastimarle, son ciegos.

El wookanp arrojó su cuerpo al suelo, sin cuidar dónde. No comprendía el significado de los pájaros; no se mencionaban en los códices estudiados.

-¿Qué... ? -intentó preguntar.

-Cállese de una vez o no seremos admitidos y jamás logrará llegar al Nexo.

El wookanp culebreó hasta su tienda para rebuscar entre los documentos. Debía tener a la mano la correcta secuencia de palabras, signos y números a pronunciar en el momento adecuado. Y parecía estar a punto de producirse.

De pronto, una nube blanca de cenizas se levantó del piso. Pero algo más que no pudo definir estaba allí; había llegado, ocupando el centro del claro.

Se puso de pie, recibiendo un huracán de agujas de cristal en pleno rostro. Sintió correr hilos de sangre desde su frente. La enérgica mano de Nayl le tiró al piso, al tiempo que escuchaba:

-Estúpido wookanp, le dije que se quedara quieto. Si se atemorizan, o si retroceden, acelerarán todos los eventos o modificarán la misma estructura del Ensueño; entonces no tendremos otro camino que regresar, a toda prisa, antes de quedar atrapados en una utopía.

Marcus, ciego por el temor y por el polvo que se arremolinaba alrededor del ídolo de piedra, trató de esconder su obesa humanidad detrás de la tienda, sin dejar de repetir una y otra vez koas supremas aprendidas durante los preparativos previos. El zumbido que producían los pájaros llegó a ensordecerlo y en algún momento creyó perder el sentido.

Paulatinamente, la ceniza se asentó. No se escuchaba otra cosa que el rumor de miles de alas con ecos metálicos. Giró la cabeza, intentando focalizar lo que sucedía en el claro. Los bosquimanos habían formado un círculo cerrado alrededor del centro, de rodillas y con el rostro sobre la tierra quemada. En el lugar del ídolo ahora se veía una figura viviente pero muy lejos de ser humana: repetía las deformaciones de la imagen de piedra.

Recibió una descarga de energía cinética y un elevadísimo tono auditivo al mirarla en forma directa; escondió la cabeza entre sus brazos e intentó percibirla de soslayo. Entrevió que se descomponía en varios trozos, reconstruyéndose en dos imágenes iguales, de contornos irregulares, casi transparentes, mezclando tonalidades de lilas y azules, pero sin perder su simetría; como una mariposa gigante y maligna. En la unión de las mitades un rostro perfectamente humano se formó y una suave voz dijo su nombre:

-Marcus, Marcus...

El wookanp comenzó a convulsionarse por el pánico que le produjeron esas palabras, colocadas en su cerebro sin la intervención de sus oídos. Intentó una rutina de autocontrol, sin éxito. Estaba como clavado contra el piso; no podía moverse.

-Marcus, te estoy convocando. Ven hacia mí...

Sintió su estómago queriendo salir por la boca. Apretó los dientes y buscó en su memoria, nuevamente, las koas supremas de protección, sin encontrarlas.

-Llevo mucho tiempo aguardándote. Aproxímate. Traes algo que debes devolverme... así fue establecido.

Luchando contra ese extraño fenómeno que lo inmovilizaba, encontró en su mente una rendija por donde emergió, trabajosamente, la imagen del códice; logró mover una mano, respirar, iniciar un gesto, ver. Con desesperación maldijo su exceso de peso y la furia le liberó, en parte, de su sometimiento; se arrastró hasta su tienda, buscó entre sus trastos y encontró lo que deseaba: una joya de piedras blancas engarzadas en forma de mitra, una larga varilla de cristal ahumado con una lámina plateada en el extremo, y el pliego donde se leía una cábala.

La voz del insecto invadió su cerebro, tenazmente.

-Eso es mío. Debes colocarlo sobre mi cabeza.

Comenzó a sollozar, porque supo que lo haría, que no podría controlar la irrefrenable compulsión a obedecerle. Sin saber cómo, estaba de pie y caminaba hacia el insecto, pisando los cuerpos de los postrados. Sus brazos pesaban una enormidad y era imposible continuar sosteniendo los objetos. No podía dejarlos caer; intentó ayudarse apoyándolos sobre su abultado vientre.

Fue entonces cuando la guerrera se abrió y su puñal saltó desde el cinto, girando en el aire. Un millón de rayos de fuego blanco parecía salir del arma que no cesaba de moverse, creando una pantalla de protección. La selva alrededor del claro desaparecía, calcinada, convertida en cenizas sin pasar por las llamas. En una parodia de acto mágico, los bosquimanos postrados alrededor del ídolo de piedra volaban por el aire cada vez que eran alcanzados por un rayo, y quedaban patas arriba como escarabajos rojos.

La bandada de pájaros blancos se levantó desde las copas y voló hacia lo alto, formando un aguzado cono, dejándolos casi sin aire por efecto de la succión. En el centro, el ídolo de piedra no había modificado su aspecto. Una capa de cenizas cubría las partes salientes. Parecía decir: aquí no ha pasado nada.

Nayl se incorporó y a pesar de su mirada algo vacilante se plantó frente al wookanp, imprecándole:

-Maldito cobarde, cerdo aborrecible, infecto ser, ¿acaso sabes lo que has hecho? ¿Lo que nos has hecho?

Levantó su puño y moviéndolo en una triple soma, se separó de él. En una fracción de segundo estuvo solo; el bosquimano y toda su compañía habían desaparecido, camino atrás.

Entonces Marcus supo que su momento había llegado. Estaba solo y en el lugar apropiado. Así lo establecían los escritos. Y con la memoria completamente recuperada se dispuso a llevar a cabo las últimas instrucciones, para convertirse en dios, para obtener el poder supremo. Levantó una mano y colocó la tiara sobre su propia cabeza; buscó en su bolsillo el pliego con la cábala y, extendiendo el brazo con la vara de cristal hacia el lugar del cielo donde habían desaparecido los pájaros, inició lenta pero decididamente la melodía que contenía cada uno de los signos, palabras y números que allí estaban escritos.


***


Typ vagó por los pasillos del edificio sumido en una sensación de libertad embriagadora mezclada con soledad, buscando. Vacilaba a cada paso; casi dudaba de poner un pie en el suelo, y también el siguiente, por temor a llamar la atención de algo horrible que estuviese acechándole. No se sentía cómodo bajo la constante mirada de los sabios, pero tampoco sin su conminatoria presión a que cumpliese con los deberes diarios.

Se detuvo. Todo su potencial se concentró en el aire, en el edificio, en los pasillos, pero no halló nada. No podía oír ni el simple roce de una sandalia sobre el piso de alguna sala; sólo un arrítmico golpeteo en algún lugar, más arriba. Una sensación de inquietud reemplazó al temor.

Para que los sonidos del lugar se hubieran silenciado de esa manera debía haber ocurrido algo... como mínimo inusual. De forma inconsciente tocó con una mano su pómulo derecho, buscando el reconfortante perfil de la máscara de amniótica. No estaba allí, pero su mente no se dio cuenta: repitió maquinalmente los gestos tantas veces repetidos, acariciándola, y se sintió más tranquilo.

El cuarto de Typ estaba en uno de los últimos pisos, junto al de los criados y los cuidadores de animales. Estaba subiendo hacia allí, sin recordar cómo ni cuándo había bajado. El giro después del arco mediopuntado y el posterior cruce de la puerta debió haber provocado, como de costumbre, el chillido histérico de las garzas de los palomares -animales tremendamente celosos de sus imaginarios territorios-, pero no sucedió. Estaba entrando en el sector de los corrales y nadie estaba protestando. El joven se asustó de verdad. Ya nada estaba bien.

Asomó la cabeza por la entrada de la habitación de aperos. La oscuridad había penetrado hasta el último rincón. Pasó al aposento de los pastores; la cortina que cubría la ventana se meció en el aire de la noche; los postigos entrechocaban sin control en un absurdo aplauso.

Llegó hasta la cocina; siempre encontraba calor en los fogones y alguna de las mujeres, entre risas y caricias, lo regalaba con una golosina recién horneada. A un costado, una pesada tapa de metal, fabricada en bronce y que los músculos de Typ habían sopesado tirando de las cuerdas del aparejo, cubría el orificio practicado en el piso y evitaba que alguien cayese accidentalmente. A la hora de las comidas, se izaba la tapa y el gran caldero ceremonial descendía al refectorio que estaba justo abajo. Vio que las cuerdas colgaban libremente, que no sostenían ningún caldero. Inclinándose apenas, se asomó.

Una constelación de alas de insectos lapislázuli alfombraba la sala ricamente decorada manchando los tapices de exiguos colores; por otro lado, las ofrendas se amontonaban desordenadamente en las hornacinas. Nadie se había molestado en limpiar todo aquel desastre.

Se puso en cuclillas y se inclinó para meter la cabeza por el agujero. El refectorio estaba absolutamente vacío de seres vivos, sumido en tenues sombras grises que se deshilaban de lado a lado en insinuantes movimientos.

-Todo esto es muy, muy raro... -susurró, más para constatárselo a sí mismo que por otro motivo. Puso cara de concentración, aunque aún no tenía claro en qué estaba pensando. Se fijó en el pedestal de cristal: la veta de prismas cristalinos que surgía del suelo en el extremo del salón, sobre la que antes viera el cuerpo de la bella niña descansando, estaba vacía. Entonces recordó: era Sef’Aed, la niña de Al Cazaer.

Muchas veces había estado delante del sitial, cada vez que la Clepsidra cantaba su extraña melodía de notas-número, cada vez que llegaba el momento propicio para la verborrea sono-dinámica. Durante los rituales, los Woo le colocaban frente a ella y le obligaban a decir las malditas palabras que Al Cazaer había repetido una y otra vez mientras Sef’Aed dormía... cuando ya no podía despertarla.

También recordó que antes... mucho tiempo antes, el refectorio era diferente; que el pedestal de cristales no existía; que una vez, aquel monje cambió algunas palabras, y que eso le permitió escuchar más allá de sus propios pensamientos. El sonido era bellísimo, como una sinfonía de música, color y movimiento; cuando acabó, el pedestal había aparecido delante de él, y sobre él estaba la hermosísima Sef’Aed, sentada como una reina, su reina.

Luego vio a Al Cazaer, con los ojos vueltos hacia adentro, que no respondía; luego vio que se lo llevaban.

Sin proponérselo, estaba comprendiendo la misión de los Guardianes de los Ciclos: lo colocaban delante de ella para que la energía amplificada de sus sueños fuese activando lentamente las propiedades de captación de los cristales. Pero esa noche no había nadie en el refectorio: ni monjes, ni Sef’Aed. Sólo el pedestal.

Notando que empezaba a dolerle la sesera, Typ recobró la verticalidad. Aquello era muy extraño. ¿Adónde podía haberse ido la niña? ¿Habría tenido ganas de caminar y estaba en la galería inferior? ¿O en el patio, con las lagartijas? No, imposible: Sef’Aed no poseía voluntad propia, no hasta ese extremo. Una vez, el Tercer Woo le explicó que ella estaba viva y muy activa, sólo que de un modo diferente al que ellos podían percibir. Typ había puesto cara de comprender el concepto, pero en realidad no tenía ni la más remota idea de qué había querido decir. Pero un hecho era claro: la niña no hacía por propia voluntad ese tipo de cosas.

De repente se detuvo. La imagen de las cuerdas no hacía más que volver a su cabeza tozudamente, como si le estuviera diciendo algo. Las cuerdas... ¿Para qué servía una cuerda de enganchar, si no se enganchaba nada con ella? Paseó su mirada por la cocina y vio el caldero sobre el fogón, ya apagado. Regresó a la habitación de los aperos, y en un excepcional prodigio de asociación mental, lo vio todo claro.

La ventana, descolocada. El agujero, abierto. La cuerda, suelta. Alguien -o (glup) algo- había entrado por allí y se había descolgado hacia el refectorio.

Y angustiado comprendió la ausencia de Sef’Aed. La habían cogido escapando con ella por el hueco del caldero. No quiso pensar dónde estaban los woo... ni los pastores... ni las cocineras... ni nadie más, si todo esto era cierto...

Pero no podía permitir que le arrebataran su niña. Sintió un nuevo sentimiento crecerle en el pecho, caldearle el corazón. Envalentonado, abrió los postigos de la ventana y se asomó audazmente fuera, buscándola.


***


El wookanp despertó en el centro de la marisma, solo, como antes de iniciar la cábala. Sabía que algo había ocurrido en el espacio temporal entre el último recuerdo y este presente.

Buscó una koa de protección dentro de su memoria y allí estaba. Pero al querer emplearla algo -¿alguien?- le previno que sería contraproducente.

-Si la uso... seré vulnerable -pensó; pero lo dijo en voz alta, sin querer-. ¿Qué puedo usar para protegerme, si lo único de lo que estoy seguro, mis conocimientos, no me están sirviendo?

-Si usaste la magia, con la magia te protegerás... -alguien estaba dialogando con él. Pero no veía quién.

-Por los Poderes, ¿quién habla conmigo?

-Por los Poderes, que has violentado, estoy hablando Yo. Tu conjuro ha liberado algunas limitaciones y en este lugar mágico tengo libertad de expresión. -A esta altura de la conversación las piernas de Marcus temblaban de tal manera que se mantenía en pie solamente por maravilla-. Soy el Centinela, y la sucesión de palabras, signos y sonidos que has cantado ante mí me obliga a permitirte el acceso.

-Acabáramos, ¡funcionó! ¡La maldita perra cosa funcionó! -Marcus inició una danza dándole la vuelta al ídolo de piedra, con un doble paso-salto con su pierna derecha seguido de un triple paso-salto.

Un gorgojeo cascado salió del ídolo, al tiempo que algo parecido a una carcajada acompañaba el ritmo no muy seguro del wookanp.

Agitado, agotado, terminó por sentarse sobre uno de los bultos de su equipaje. Desde allí miró la piedra. Ahora no parecía tan aberrante, a lo sumo, estrambótica.

-Está bien. Pero debes darme instrucciones para caminar en tu mundo, te lo ordeno.

-Caminar en mi mundo... No hay un caminar en este mundo, sólo existir. Caminas en el mundo real, pero...

-Sigue. Necesito encontrar el lugar exacto en que mi mundo se abrió hacia otra dimensión y revertir todo el proceso. Si así no lo hago, desaparecerá mi realidad... y la amo demasiado, es mía, desde ahora.

-Pequeño ser, pequeño y débil ser. Tú mismo eres producto de otro de esos accidentes. Los que moramos en este nivel de estabilidad conceptual hemos sido muchas veces invadidos por formas de vida de otras realidades; hemos visto con alegría su esfuerzo para adaptarse, y hemos presenciado con mucha pena su intención de modificar este mundo a su gusto y placer. Ahora conviven aquí, sin poder ingresar en el nivel conceptual -la magia, como lo llamas-, varias formas de mundos diferentes, colapsando, colaborando, nutriéndose unos de otros, aniquilándose mutuamente, en conductas no comprensibles para nosotros.

-¿Hablas en nombre del mundo de la magia? ¿Acaso eres un representante? ¿Un magistrado?

-(riéndose) En la magia no hay divisiones sino unidad. Tú has logrado comunicarte con esta forma particular: Yo; buscar un árbol como interlocutor no está en la estructura de tu pensamiento y por eso prefieres creer que la piedra habla. Pero has creado algo nuevo en el mundo de la magia. Y es una criatura solamente tuya, de modo que es tuya la responsabilidad sobre sus acciones.

-Me recriminas y no comprendo las acusaciones. Buscaba el poder sobre mis semejantes y no he realizado otro movimiento que los indicados en los códices antiguos. Sé que lo he alcanzado.

-Tu ignorancia del mundo de la magia ha convertido el gesto en una maldición, para ti, para los tuyos, y por desgracia también para el mundo de la magia. No deben realizarse gestos simultáneos. Si te hubieras limitado al primero, la invocación, estaríamos conversando graciosamente, planificando alguna forma más consistente de cooperación entre mi mundo y el tuyo. Con dos gestos, la invocación y la vara, hubieras podido adquirir poderes fabulosos, pero sin comunicarnos.

»Pero has realizado los tres. Te comunicas conmigo pero el único motivo es prevenirte del Gippe. Has logrado la creación más espantosa imaginable; has combinado en un solo ser las maldades de ambos mundos, que además puede ir de uno al otro, sin otro protocolo que desearlo. Por esa razón, tú mismo quedarás a caballo entre las dos realidades hasta que logres acabar con él. De no hacerlo, la creación consumirá todo lo que vive, en ambos lados.

El ídolo pareció apagarse, plegarse sobre sí mismo como lo viera la primera vez. Al parecer, había entregado el mensaje y se retiraba.

Marcus, todavía sentado, reflexionaba recordando cada una de las palabras. Su mente entrenada recogía cada significado para comprenderlo profundamente. Sentado y quieto parecía otro ídolo de piedra al borde de la marisma, un ídolo sordo. No escuchó que alguien se acercaba. Cuando se dio cuenta, pensó que era el monstruo de su propia creación y se puso de pie espantado. Y Marcus corrió y corrió y corrió.

Corrió tan aprisa como sus rechonchas piernas estaban dispuestas a permitir. Algo -no se había atrevido a mirar atrás, así que sólo conocía su sonido-, le perseguía. Algo grande y terrible.

Su papada chorreaba sudor y temblaba al ritmo de sus cada vez más asincrónicos movimientos. Ramas, hojas, piedras, todo parecía saltar del suelo para golpearle la cara y los brazos, llenos ya de marcas y arañazos.

¿Cómo se había metido en aquel lío? ¿Dónde estaba el error de todos aquellos escritos, de todos aquellos rituales? Había analizado los libros con esmerada atención, había traducido las inscripciones talladas en la piedra de los santuarios, sacrificado animales... y ya...

...basta.

Se detuvo. Mandó todo al infierno. No podía dar un solo paso más o su grasiento corazón explotaría. Buscó el puñal pero vio que ya no estaba en la vaina de su cinto; había quedado donde el Centinela; sin él se sentía un tanto desprotegido, sobre todo porque sus huesos le decían que la magia estaba allí, a su alrededor, innegable, poderosa...

Pero en un instante tomó conciencia de su realidad y riendo, jadeando, se dijo:

-Ahora la magia, el poder, soy yo... ¿cómo haré para distinguir lo maligno de lo benigno? -Rebuscó en sus bolsillos. Nada. Su cristal de lapislázuli tampoco estaba.

Un chillido hueco a sus espaldas le detuvo el corazón: sin aliento, se aplastó contra un árbol y trató patéticamente de hacer desaparecer su grotesco corpachón de hombre blanco de ciudad. Pero nada surgió de las sombras del bosque, tan sólo el rumor de las hojas movidas por el viento.

Sus latidos aumentaron la cadencia; sonaban como potentes mazazos que reverberaban en la cabeza y en el fondo de los oídos. Y, lentamente, acercándose por el sendero vislumbró una figura. El obeso wookanp se desmayó, pero ese estado de paz sólo le duró un segundo: de inmediato despertó, y la cosa allí, aproximándose, levantando una huesuda mano y preguntando...

-¿Se encuentra bien?

Marcus parpadeó y se obligó a cerrar la boca, apretando el tembloroso maxilar para que no se notase su terror.

-¡Maldita sea, me ha dado un susto de muerte! -rugió, sin alzar mucho la voz. El hombre era uno de los ayudantes de Nayl; un bosquimano delgado y fibroso que, según él recordaba, era la primera vez que hablaba-. ¿Dónde está el resto de los hombres?

-Huyeron hacia Ciudad Cromo. El resto de las poblaciones hasta Sira están cubiertas por la selva. Mi pie herido me ha impedido seguirles. -Señaló un moretón violáceo al extremo de su talón. El estómago de Marcus se revolvió.

-Está bien, está bien -resopló-. Vamos a descansar un rato.

-Algo nos sigue. Debemos movernos -sugirió el otro. Marcus volvió a tensarse.

-No, no podremos llegar a ningún lugar protegido. Esa cosa sigue tu olor y conoce la selva. Por más que lo intentes no podrás burlarle. Te devorará como a un cerdo cebado.

-¿Hablas en singular? ¿Crees que no te comerá? Le he visto, es enorme y brutal, y no le hace asco ni siquiera a los pájaros blancos que no tienen más carne que mi dedo meñique.

-Puedo protegerme pero no llevarte conmigo. Puedo escapar de sus garras, solo. Aún no sé cuánto tiempo necesito para lograrlo; no lo he intentado jamás y desconozco la velocidad de la fiera.

-Tranquilo -dijo el bosquimano, colocando una afable mano en su hombro-. Si las cosas tienen que ocurrir así, pues así será. -Y comenzó a andar, ahora tranquilo, sonriendo.

Marcus le lanzó una mirada profundamente estupefacta y se colocó a su lado, también caminando. Cuando llevaban diez minutos de marcha, comentó:

-Vosotros, el Pueblo del Bosque, sois muy extraños.

-¿Extraños? -repitió el hombre, invitándole a seguir.

-Sí. Preferís que os devoren sin lucha antes que perder esa estúpida tranquilidad que os caracteriza.

El hombre asintió.

-Es el orden de las cosas -explicó-. El Bosque sabe cuándo ha llegado el momento de nacer y el de morir para sus criaturas. Nosotros también somos criaturas del Bosque; también tenemos que morir.

-Nosotros no somos así -murmuró Marcus, saltando con dificultad una piedra cubierta de musgo-. Los hombres inteligentes sabemos cuándo hay que doblegar a la naturaleza. Eso también está en el orden de las cosas. Si no fuese así la muy zorra no nos hubiera dado materia gris.

Hizo un alto, aspirando con fuerza. El bosquimano, sin denotar el más mínimo cansancio, le observó jadear con un deje de lástima piadosa en los ojos.

-Nosotros, el Pueblo del Bosque, no nos preocupamos por la suerte de la gallina que matamos para comer, o de la colmena que expoliamos para extraer la miel. Sabemos que las abejas piensan que el sacrificio es necesario para que otros puedan subsistir y para que el ciclo se complete. Igual que el Bosque -hizo un gesto extensivo a los mortíferos árboles y sus vistosas flores ponzoñosas-, o la Magia. Es posible que los humanos seamos como las abejas; morimos para que la magia subsista.

Marcus se quedó un minuto en silencio, observando al membrudo bosquimano sin parpadear. Y, tras mucho pensarlo, concluyó:

-Es posible que tengas razón... -y el nuevo concepto comenzó a entremezclarse con los que tenía en su cabeza, creando una trama perfecta, comprensible y muy sutil.

Un ruido les depositó de nuevo en la realidad.

-¡Lo tenemos casi encima! -exclamó el wookanp, observando la selva. Pero el otro se colocó delante de él.

-Huye. Alcanza la Ciudad. Yo lo entretendré. Toma esto. Lo recogí en el claro -dijo, entregándole el cristal colgando de un hilo y que Marcus tanto extrañaba-. No te protegerá de esta cosa pero tal vez ayude de algún modo. Además, siempre fue tuyo, tiene tu nombre en él...

Marcus lo miró de hito en hito. En su interior creía que el bosquimano era un ser inferior y que si se ofrecía a quedarse no sería él quien se lo impidiera. Acarreando su obesa humanidad sendero arriba, desapareció entre la maleza. Pero apenas unos pasos detrás de la barrera de lianas se detuvo. Quería conocer a su criatura; después de todo la había creado. Se concentró; luego, suave pero con firmeza sujetó su lapislázuli y lentamente se elevó dos metros sobre el piso; se quedó entre las hojas vigilando al bosquimano.

Esperó un minuto, dos minutos, más; nada ocurrió. Los ruidos continuaban, pero ninguna forma obscena o demoníaca surgió rugiendo desde la espesura para devorarle. Ya estaba aburriéndose cuando le vio sonreír y echarse a andar por el sendero. Entonces una enorme sombra se interpuso y Marcus le perdió de vista por un instante. La bestia, su criatura, se había apoderado de él. Lo sostenía en alto con la garra delantera, observándolo. La presa sonreía, sin gemir, sin debatirse. Entonces abrió la triple línea de dientes y la cerró de un golpe cercenándole la cabeza de un certero mordisco. El resto del cuerpo cayó al suelo con un sonido sordo, mientras el monstruo acomodaba el ensangrentado cráneo entre sus quijadas.

Desde su escondite en la maleza, Marcus, en inhumana actitud, lo contempló mientras la masticaba, enroscando y desenroscando el rabo coriáceo en una especie de éxtasis de placer. Como sospechaba, el demonio rastreaba la magia en los objetos que la concentraban como balizas físicas de lo intangible. No percibía la suya —no por ahora—, pero presentía que llegaría el momento en que tendría que enfrentarle y enseñarle quién era él. Cuando la bestia recogió el resto del cuerpo del bosquimano y se preparó para completar su comida, decidió que era el momento de alejarse.
Marcus derivó lentamente entre las copas de los árboles, rozando casi las hediondas flores de la cima y recibiendo los arañazos de las puntas de las ramas. Buscaba un sitio tranquilo donde descansar y reflexionar; era imprescindible planificar su siguiente movimiento. La esfera de sus ojos ya no le indicaba la hora y no conocía el destino de la clepsidra ni de los encargados de controlarla.

Encontró un claro y dedujo que no era el mismo porque no estaba allí el ídolo de piedra. Sintió que era lugar seguro y descendió creyéndose a salvo, aunque no tenía noción de dónde estaba. Sin guía y después de todo lo ocurrido era imposible adivinar si estaba cerca del Lago y de la Ciudad Monasterio, o saliendo de la selva rumbo a Sira.

Acomodó su obeso cuerpo de modo de quedar prácticamente oculto entre las lianas (que ya no eran amenazantes, afortunadamente) e inició una rutina de concentración. Las inspiraciones rítmicas entre estrofa y estrofa de la melodía le produjeron una ensoñación; sintió que su mente se abría y que podía contemplar los nuevos conceptos de la magia y del Ensueño. Pudo conocer su amplitud, su extensión, y se vio a sí mismo en el claro. Estaba a menos de una jornada de la Ciudad Monasterio.

Regresó a la realidad con la decisión de llegar allí cuanto antes. Se incorporó mientras echaba un vistazo alrededor. Un montículo de tierra negra y calcinada llamó su atención. Rebuscó con la punta de la bota y apareció una muñeca. La recogió con curiosidad; era el fetiche de trapo coronado con cabellos que usaba Nayl como brújula mística. Un detalle singular: que el mesurado bosquimano pasara por allí y que la dejara caer accidentalmente no formaba parte de su idiosincrasia. Al guardarla, pensó devolvérsela apenas volverle a ver; aunque bien pensado, tal vez le fuese de alguna utilidad.


CAPÍTULO 3


Desde que Sirayo se alejara de Ciudad Cromo, Imhil no había podido tranquilizarse. Sabía que debía hacer algo más; que la invasión al mundo real debía ser combatida con fuerza real. Pero, ¿cómo hacer? Las noticias recibidas, no solamente de Sirayo,