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Ángel Más sobre Víctor Xavier Cruz C.

... Y al caer la noche escuchaba sus pasos al acercarse y mi corazón se aceleraba.

Odio. Amor. Temor. Sobre todo, temor.

En ocasiones, incluso terror.

Un hombretón en sus últimos cuarenta, embrutecido por el alcohol, los celos, la envidia y treinta años como portero en una escuela pública.

A veces llegaba y se dirigía directamente al destartalado refrigerador a buscar su cerveza. Cuando se acababa husmeaba por la casa hasta encontrar algo que la remplazara. Tequila. Whisky barato. Aguardiente. Lo que fuera.

Otras veces llegaba con una pelota para mí o quizás un dulce para Ángel. Entonces nos llevaba al parque y nos enseñaba los juegos de su niñez, y volábamos cometas hechas de papel o jugábamos a escondernos. Él corría con nosotros y ayudaba al pequeño Ángel a subir a los árboles, y si llovía, volvíamos a casa y nos enseñaba a hacer girar trompos, a fabricar yoyos, o se sentaba en el suelo a modelar figuras con la plastilina que robaba para Ángel en la escuela donde trabajaba. (Ángel adoraba esa plastilina. Mezclaba los colores y los convertía en una masa gris con la que jugaba durante horas. Y, después de jugar, jamás destruía las figuras que hacía. Una vez pisé una sin querer y no me habló durante el resto de aquel día).

Era en aquellas ocasiones cuando le odiaba más que nunca. Más que cuando estaba ebrio. Más que cuando nos gritaba sin motivo. Más que cuando nos golpeaba salvajemente. Lo odiaba porque nos hacía amarlo. Y eso era lo más cruel de todo. Lo amábamos.

No pedía ayuda. ¿A quién habría podido pedírsela? No teníamos más familia. Mamá se había ido años antes, sabedora de lo que le esperaba de haber seguido con aquel hombre. No la puedo culpar. Yo tenía sólo diez años y Ángel aún no iba a la escuela, ¿cómo habríamos podido huir?

 

Aquella noche llegó a casa de mal humor y al poco rato ya se encontraba en el viejo sillón con una botella en la mano, en calzoncillos frente al televisor. Yo leía las historietas que un amigo de la escuela me había prestado y Ángel jugaba con su plastilina junto al sillón.

Las horas pasaron y determinada sensación, cierta electricidad en el aire, me decía que algo iba a suceder. Los vellos de mi nuca y brazos se erizaban sin motivo aparente. Al cabo de un rato ya no podía concentrarme en las historietas.

Él se había quedado dormido, borracho, cuando de pronto un anuncio comercial particularmente ruidoso en la televisión lo despertó. Eso siempre lo hacía enfurecer. Miró a su alrededor y al ver a Ángel jugando en el suelo empezó a gritarle por haberlo despertado.

Ángel no se molestó en negar la acusación... ya sabía que siempre era mejor dejarlo desgañitarse.

Entre maldiciones, le ordenó que le llevara “su mejor botella” antes que le diera una paliza.

Al igual que yo, Ángel comprendió que se refería a la botella de whisky que guardaba desde hacía semanas en la alacena. El pobre aún no sabía leer pero ya había aprendido a distinguir las etiquetas de las botellas de licor.

La alacena, sin embargo, estaba muy alta para él. Me levanté para alcanzarle la botella pero él me detuvo con un grito. Quería que “el mocoso hiciera algo útil alguna vez”.

Ángel tomó una de las tres sillas que teníamos en la casa, la llevó junto a la alacena y se subió a ella. Abrió la alacena pero la botella se encontraba en el estante superior y aún de puntillas sobre la silla le faltaban unos centímetros para alcanzarla. Se inclinó todavía más, llegando a rozarla con las yemas de los dedos.

Mi cuerpo se hizo un nudo, cada músculo deseando bajarlo de ahí y agarrar la maldita botella.

Inevitablemente, la silla resbaló hacia atrás y Ángel cayó hacia adelante golpeando su barbilla contra el mesón de la cocina. La botella cayó también y se hizo añicos contra el piso.

Instantáneamente la casa se llenó de olor a whisky.

Corrí hacia mi hermano pero él llegó antes. Me apartó de un manotón y levantó a Ángel por la camiseta hasta la altura de su rostro.

Ángel apenas se recuperaba de la sorpresa de la caída y aún no atinaba a llorar. Pude ver que el golpe le había partido el mentón y abundante sangre chorreaba de la herida. Habría necesitado varios puntos para detener la hemorragia.

Entonces él empezó a sacudirlo y a gritarle que era un torpe, un inútil y otras cosas. Aún asiendo a Ángel se agachó y recogió lo que quedaba del cuello de la botella. Se irguió y acercó el vidrio al rostro de mi hermanito, que para entonces ya berreaba, más por miedo que por dolor.

Yo estaba seguro de que lo iba a herir y me lancé hacia él gritándole que lo dejara, que lo dejara, pero él volvió a apartarme con la mano en la que sostenía el cuello de la botella, haciéndome un corte en la mejilla.

Soltó el vidrio y agarrando a Ángel con ambas manos, lo lanzó hacia delante. El cuerpo no cayó con el seco “POF” que habría esperado. Más bien sonó como el crujido húmedo de un huevo al romperse.

Un sonido horrible que aún escucho a veces, por las noches.

Alrededor de su cabeza el suelo empezó a cubrirse de sangre.... quise creer que era la que salía de su barbilla.

Grité, y sin pensarlo me interpuse entre ambos, dispuesto a no dejar que lo volviese a tocar. Él se enfureció todavía más. Su cabello estaba revuelto y tenía un brillo asesino en los ojos. Supongo que yo me veía igual.... o a lo mejor peor con la sangre manando de mi mejilla.

No di batalla. En cuanto se acercó, sujetó mis brazos a los costados, me levantó y me lanzó con fuerza hacia la pared. El golpe en la espalda me dejó sin aliento. El golpe en la cabeza, inconsciente.

 

Lo siguiente que recuerdo es estar tumbado en el piso. La cabeza me daba vueltas. Apestaba a whisky. Me dolía respirar. Tenía dos costillas rotas, pero eso no lo sabía.

Ángel seguía en el mismo lugar donde él lo había arrojado. Su cabeza yacía en medio de un charco marrón.

Él volvía a roncar en el sillón, con el televisor encendido y una botella de aguardiente sobre la panza.

Junto al sillón, las figuras de plastilina seguían tal como las había dejado Ángel. Figuritas grises que asemejaban hombrecitos, perritos, vaquitas y otros animales y monstruos que sólo Dios y la imaginación de mi hermanito habrían podido reconocer.

Al verlas rompí a llorar.

Mi visión se nubló.

Y fue entonces cuando las figuras empezaron a moverse.

¡Se movieron, lo juro! ¡No fue una alucinación! Empezaron a andar. Paso a paso, lentamente. Algunas se acercaron al sillón y otras se encaminaron a la cocina.

Al cabo de unos minutos, la mayoría de las primeras se habían posado en la inmensa barriga mientras otras exploraban el pecho y las demás volvían de la cocina cargando consigo cuchillos, tenedores, un sacacorchos y la vieja navaja suiza con que él nos amenazaba a veces.

Yo observaba en silencio, entre brumas. Estaba fascinado, pero no sentía sorpresa.

Los objetos comenzaron a pasar de figura en figura hasta llegar a la que se encontraba en lo más alto, sobre el pecho. La figura tomó uno de los cuchillos, lo levantó tan alto como pudo.... y lo introdujo con fuerza por debajo del esternón.

Inmediatamente él recuperó el sentido y empezó a gritar, pero otras dos figuras se introdujeron por su boca y nariz asfixiando el grito… y a él. Como a una señal las demás figuras empezaron a clavarle en el cuerpo el resto de objetos que habían traído de la cocina.

Ante mis regocijados ojos empezó a sacudirse tal como él había sacudido antes a Ángel, presa del terror, mientras la sangre surgía en espesos ríos de las numerosas heridas.

Manoteó intentando quitarse las figuras de encima pero fue inútil. Por cada una que lograba apartar otra tomaba su lugar. Estiraba tanto los brazos que me parecía que sus manos iban a alcanzarme en mi lugar en la pared.

Para entonces parecía un fakir con cuchillos y tenedores clavados en su vientre, pecho, brazos e ingle. El sacacorchos colgaba de su hombro derecho. Ignoro por qué no intentó ponerse de pie.

Continuó sacudiéndose hasta que finalmente un hombrecito de plastilina, de unos diez centímetros de alto y tocado con una especie de sombrero, le perforó la carótida con la navaja suiza.

Mientras la sangre le brotaba a chorros del cuello su mirada se posó en mí. Durante un segundo eterno nuestros ojos se cruzaron, inmensos, y pude ver que toda amenaza había desaparecido de los suyos, reemplazada sólo por terror.

Sé que lo último que vio al morir fue la sonrisa de satisfacción en mi rostro.

Cuando dejó de moverse, me arrastré penosamente hasta donde yacía Ángel y lo abracé, embarrándome con su sangre.

Sobre el cuerpo inerte de mi hermanito lloré y reí... lloré y reí.

 

Transcurrieron varios días hasta que los vecinos acudieron. Para entonces, la sangre se había secado y las figuras habían vuelto a sus lugares.

Desde entonces he estado aquí, solo, en esta habitación tan blanca...

Aunque quizás no tan solo......tengo mis historietas y mi plastilina y durante el día está aquella enfermera tan bonita que viene cada vez que necesito algo...

...pero por las noches está Ángel, siempre Ángel...

 
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