| ... Y al caer la
noche escuchaba sus pasos al acercarse y mi corazón se
aceleraba.
Odio. Amor. Temor. Sobre todo, temor.
En ocasiones, incluso terror.
Un hombretón en sus últimos cuarenta,
embrutecido por el alcohol, los celos, la envidia y treinta años
como portero en una escuela pública.
A veces llegaba y se dirigía directamente
al destartalado refrigerador a buscar su cerveza. Cuando se acababa
husmeaba por la casa hasta encontrar algo que la remplazara. Tequila.
Whisky barato. Aguardiente. Lo que fuera.
Otras veces llegaba con una pelota para mí
o quizás un dulce para Ángel. Entonces nos llevaba
al parque y nos enseñaba los juegos de su niñez,
y volábamos cometas hechas de papel o jugábamos
a escondernos. Él corría con nosotros y ayudaba
al pequeño Ángel a subir a los árboles, y
si llovía, volvíamos a casa y nos enseñaba
a hacer girar trompos, a fabricar yoyos, o se sentaba en el suelo
a modelar figuras con la plastilina que robaba para Ángel
en la escuela donde trabajaba. (Ángel adoraba esa plastilina.
Mezclaba los colores y los convertía en una masa gris con
la que jugaba durante horas. Y, después de jugar, jamás
destruía las figuras que hacía. Una vez pisé
una sin querer y no me habló durante el resto de aquel
día).
Era en aquellas ocasiones cuando le odiaba más
que nunca. Más que cuando estaba ebrio. Más que
cuando nos gritaba sin motivo. Más que cuando nos golpeaba
salvajemente. Lo odiaba porque nos hacía amarlo. Y eso
era lo más cruel de todo. Lo amábamos.
No pedía ayuda. ¿A quién
habría podido pedírsela? No teníamos más
familia. Mamá se había ido años antes, sabedora
de lo que le esperaba de haber seguido con aquel hombre. No la
puedo culpar. Yo tenía sólo diez años y Ángel
aún no iba a la escuela, ¿cómo habríamos
podido huir?
Aquella noche llegó a casa de mal humor
y al poco rato ya se encontraba en el viejo sillón con
una botella en la mano, en calzoncillos frente al televisor. Yo
leía las historietas que un amigo de la escuela me había
prestado y Ángel jugaba con su plastilina junto al sillón.
Las horas pasaron y determinada sensación,
cierta electricidad en el aire, me decía que algo iba a
suceder. Los vellos de mi nuca y brazos se erizaban sin motivo
aparente. Al cabo de un rato ya no podía concentrarme en
las historietas.
Él se había quedado dormido,
borracho, cuando de pronto un anuncio comercial particularmente
ruidoso en la televisión lo despertó. Eso siempre
lo hacía enfurecer. Miró a su alrededor y al ver
a Ángel jugando en el suelo empezó a gritarle por
haberlo despertado.
Ángel no se molestó en negar la
acusación... ya sabía que siempre era mejor dejarlo
desgañitarse.
Entre maldiciones, le ordenó que le llevara
“su mejor botella” antes que le diera una paliza.
Al igual que yo, Ángel comprendió
que se refería a la botella de whisky que guardaba desde
hacía semanas en la alacena. El pobre aún no sabía
leer pero ya había aprendido a distinguir las etiquetas
de las botellas de licor.
La alacena, sin embargo, estaba muy alta para
él. Me levanté para alcanzarle la botella
pero él me detuvo con un grito. Quería que “el
mocoso hiciera algo útil alguna vez”.
Ángel tomó una de las tres sillas
que teníamos en la casa, la llevó junto a la alacena
y se subió a ella. Abrió la alacena pero la botella
se encontraba en el estante superior y aún de puntillas
sobre la silla le faltaban unos centímetros para alcanzarla.
Se inclinó todavía más, llegando a rozarla
con las yemas de los dedos.
Mi cuerpo se hizo un nudo, cada músculo
deseando bajarlo de ahí y agarrar la maldita botella.
Inevitablemente, la silla resbaló hacia
atrás y Ángel cayó hacia adelante golpeando
su barbilla contra el mesón de la cocina. La botella cayó
también y se hizo añicos contra el piso.
Instantáneamente la casa se llenó
de olor a whisky.
Corrí hacia mi hermano pero él
llegó antes. Me apartó de un manotón y levantó
a Ángel por la camiseta hasta la altura de su rostro.
Ángel apenas se recuperaba de la sorpresa
de la caída y aún no atinaba a llorar. Pude ver
que el golpe le había partido el mentón y abundante
sangre chorreaba de la herida. Habría necesitado varios
puntos para detener la hemorragia.
Entonces él empezó a
sacudirlo y a gritarle que era un torpe, un inútil y otras
cosas. Aún asiendo a Ángel se agachó y recogió
lo que quedaba del cuello de la botella. Se irguió y acercó
el vidrio al rostro de mi hermanito, que para entonces ya berreaba,
más por miedo que por dolor.
Yo estaba seguro de que lo iba a herir y me
lancé hacia él gritándole que lo
dejara, que lo dejara, pero él volvió a apartarme
con la mano en la que sostenía el cuello de la botella,
haciéndome un corte en la mejilla.
Soltó el vidrio y agarrando a Ángel
con ambas manos, lo lanzó hacia delante. El cuerpo no cayó
con el seco “POF” que habría esperado. Más
bien sonó como el crujido húmedo de un huevo al
romperse.
Un sonido horrible que aún escucho a
veces, por las noches.
Alrededor de su cabeza el suelo empezó
a cubrirse de sangre.... quise creer que era la que salía
de su barbilla.
Grité, y sin pensarlo me interpuse entre
ambos, dispuesto a no dejar que lo volviese a tocar. Él
se enfureció todavía más. Su cabello estaba
revuelto y tenía un brillo asesino en los ojos. Supongo
que yo me veía igual.... o a lo mejor peor con la sangre
manando de mi mejilla.
No di batalla. En cuanto se acercó, sujetó
mis brazos a los costados, me levantó y me lanzó
con fuerza hacia la pared. El golpe en la espalda me dejó
sin aliento. El golpe en la cabeza, inconsciente.
Lo siguiente que recuerdo es estar tumbado en el piso. La cabeza
me daba vueltas. Apestaba a whisky. Me dolía respirar.
Tenía dos costillas rotas, pero eso no lo sabía.
Ángel seguía en el mismo lugar donde él
lo había arrojado. Su cabeza yacía en medio de un
charco marrón.
Él volvía a roncar en el sillón,
con el televisor encendido y una botella de aguardiente sobre
la panza.
Junto al sillón, las figuras de plastilina
seguían tal como las había dejado Ángel.
Figuritas grises que asemejaban hombrecitos, perritos, vaquitas
y otros animales y monstruos que sólo Dios y la imaginación
de mi hermanito habrían podido reconocer.
Al verlas rompí a llorar.
Mi visión se nubló.
Y fue entonces cuando las figuras empezaron
a moverse.
¡Se movieron, lo juro! ¡No fue una
alucinación! Empezaron a andar. Paso a paso, lentamente.
Algunas se acercaron al sillón y otras se encaminaron a
la cocina.
Al cabo de unos minutos, la mayoría de
las primeras se habían posado en la inmensa barriga mientras
otras exploraban el pecho y las demás volvían de
la cocina cargando consigo cuchillos, tenedores, un sacacorchos
y la vieja navaja suiza con que él nos amenazaba
a veces.
Yo observaba en silencio, entre brumas. Estaba
fascinado, pero no sentía sorpresa.
Los objetos comenzaron a pasar de figura en figura
hasta llegar a la que se encontraba en lo más alto, sobre
el pecho. La figura tomó uno de los cuchillos, lo levantó
tan alto como pudo.... y lo introdujo con fuerza por debajo del
esternón.
Inmediatamente él recuperó
el sentido y empezó a gritar, pero otras dos figuras se
introdujeron por su boca y nariz asfixiando el grito… y
a él. Como a una señal las demás
figuras empezaron a clavarle en el cuerpo el resto de objetos
que habían traído de la cocina.
Ante mis regocijados ojos empezó a sacudirse
tal como él había sacudido antes a Ángel,
presa del terror, mientras la sangre surgía en espesos
ríos de las numerosas heridas.
Manoteó intentando quitarse las figuras
de encima pero fue inútil. Por cada una que lograba apartar
otra tomaba su lugar. Estiraba tanto los brazos que me parecía
que sus manos iban a alcanzarme en mi lugar en la pared.
Para entonces parecía un fakir con cuchillos
y tenedores clavados en su vientre, pecho, brazos e ingle. El
sacacorchos colgaba de su hombro derecho. Ignoro por qué
no intentó ponerse de pie.
Continuó sacudiéndose hasta que
finalmente un hombrecito de plastilina, de unos diez centímetros
de alto y tocado con una especie de sombrero, le perforó
la carótida con la navaja suiza.
Mientras la sangre le brotaba a chorros del cuello
su mirada se posó en mí. Durante un segundo eterno
nuestros ojos se cruzaron, inmensos, y pude ver que toda amenaza
había desaparecido de los suyos, reemplazada sólo
por terror.
Sé que lo último que vio al morir
fue la sonrisa de satisfacción en mi rostro.
Cuando dejó de moverse, me arrastré
penosamente hasta donde yacía Ángel y lo abracé,
embarrándome con su sangre.
Sobre el cuerpo inerte de mi hermanito lloré
y reí... lloré y reí.
Transcurrieron varios días hasta que los
vecinos acudieron. Para entonces, la sangre se había secado
y las figuras habían vuelto a sus lugares.
Desde entonces he estado aquí, solo,
en esta habitación tan blanca...
Aunque quizás no tan solo......tengo
mis historietas y mi plastilina y durante el día está
aquella enfermera tan bonita que viene cada vez que necesito algo...
...pero por las noches está Ángel,
siempre Ángel...
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