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Salitre Más sobre Mª Isabel Rodríguez [Zapardiel]

Bajo el agua, sus alas. Nada más. Mil peces, coral, su rostro. Nada más. Bajo el dolor, sus alas. Todavía recuerdo su nombre en las noches de tempestad en las que desde la ventana contemplo las olas agitadas. Siento su voz temblando en mi pecho, gimiendo lentamente al son de las mareas mientras invoca en mi frente visiones de furiosos naufragios y tesoros agonizando en los abismos. Aunque hace tiempo que me alejé de ella, no he podido evitar transformarme en otro remanso de su pena. Mi ahogada.

Confieso que cometí el error fatal de escucharla tras mi llegada a la isla: me encontraba solo y las horas de mar mecían mi hastío. Desde los ventanales de la casa blanca que había alquilado para recuperarme del accidente observaba durante horas el vaivén de las olas, hasta que finalmente me decidía y avanzaba hasta la playa arrastrando mi cojera. En ocasiones alguna pareja me escrutaba con insolencia amparándose en mi soledad deforme. Yo apartaba la mirada y aferraba con más fuerza la muleta, negándome a sucumbir ante el miedo o la vergüenza.

Pronto me acostumbré a que los segundos se deslizasen entre la arena y la sombra, al ritmo del agua salada y mi demencia. En mis paseos por la orilla las algas azuladas se enredaban en mis pies descalzos intentando llamar mi atención. Los ecos de las gaviotas parecían hablarme, graznando historias sobre una niña de pelo verde que me esperaba bajo el oleaje, infinitamente paciente e infinitamente desesperada. Hasta las conchas reposaban en la playa dibujando las letras de mi nombre, acompañadas siempre de misteriosas flores submarinas como tributos.

En ningún momento dudé de las señales, un temblor en mi interior me juraba que no se trataba de alguna broma cruel para enloquecer a un tullido. Ella, comprensiva como sólo las muertas pueden serlo, decidió ir a buscarme a la orilla para aplacar mis temores. En una noche de otoño el sabor del yodo se apoderó de mí y haciendo caso omiso a las súplicas de mi pierna herida me introduje en el agua. La ví, tan cerca. Me acogió y me llevó a su vera: mientras mis pulmones ardían pude contemplar su frágil cuerpo recubierto de salitre intentando rozarme. Sus besos breves guardaban un regusto a sal, sus alas satinaban mi horizonte con escamas.

Preferiría olvidar lo siguiente. La humillación cuando los socorristas me encontraron desnudo en la arena, llorando y oliendo a pescado. El ostracismo que fue mi escudo ante las miradas implacables de los otros isleños, los que no habían conocido a mi ahogada. Su llamada. Su llamada pidiéndome ahora que me acerque de nuevo al mar para unirme a ella en su vagar marchito por las corrientes, unidos tal vez por el olvido. Quisiera olvidar sus alas, alas de mil colores dibujadas con los naufragios de otras almas.

 
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