| Bajo el agua, sus alas.
Nada más. Mil peces, coral, su rostro. Nada más.
Bajo el dolor, sus alas. Todavía recuerdo su
nombre en las noches de tempestad en las que desde la
ventana contemplo las olas agitadas. Siento su voz temblando
en mi pecho, gimiendo lentamente al son de las mareas
mientras invoca en mi frente visiones de furiosos naufragios
y tesoros agonizando en los abismos. Aunque hace tiempo
que me alejé de ella, no he podido evitar transformarme
en otro remanso de su pena. Mi ahogada.
Confieso que cometí el error
fatal de escucharla tras mi llegada a la isla: me encontraba
solo y las horas de mar mecían mi hastío.
Desde los ventanales de la casa blanca que había
alquilado para recuperarme del accidente observaba durante
horas el vaivén de las olas, hasta que finalmente
me decidía y avanzaba hasta la playa arrastrando
mi cojera. En ocasiones alguna pareja me escrutaba con
insolencia amparándose en mi soledad deforme.
Yo apartaba la mirada y aferraba con más fuerza
la muleta, negándome a sucumbir ante el miedo
o la vergüenza.
Pronto me acostumbré a que los
segundos se deslizasen entre la arena y la sombra, al
ritmo del agua salada y mi demencia. En mis paseos por
la orilla las algas azuladas se enredaban en mis pies
descalzos intentando llamar mi atención. Los
ecos de las gaviotas parecían hablarme, graznando
historias sobre una niña de pelo verde que me
esperaba bajo el oleaje, infinitamente paciente e infinitamente
desesperada. Hasta las conchas reposaban en la playa
dibujando las letras de mi nombre, acompañadas
siempre de misteriosas flores submarinas como tributos.
En ningún momento dudé
de las señales, un temblor en mi interior me
juraba que no se trataba de alguna broma cruel para
enloquecer a un tullido. Ella, comprensiva como sólo
las muertas pueden serlo, decidió ir a buscarme
a la orilla para aplacar mis temores. En una noche de
otoño el sabor del yodo se apoderó de
mí y haciendo caso omiso a las súplicas
de mi pierna herida me introduje en el agua. La ví,
tan cerca. Me acogió y me llevó a su vera:
mientras mis pulmones ardían pude contemplar
su frágil cuerpo recubierto de salitre intentando
rozarme. Sus besos breves guardaban un regusto a sal,
sus alas satinaban mi horizonte con escamas.
Preferiría olvidar lo siguiente.
La humillación cuando los socorristas me encontraron
desnudo en la arena, llorando y oliendo a pescado. El
ostracismo que fue mi escudo ante las miradas implacables
de los otros isleños, los que no habían
conocido a mi ahogada. Su llamada. Su llamada pidiéndome
ahora que me acerque de nuevo al mar para unirme a ella
en su vagar marchito por las corrientes, unidos tal
vez por el olvido. Quisiera olvidar sus alas, alas de
mil colores dibujadas con los naufragios de otras almas.
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