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Lágrimas de luz Por: José Manuel Sala Díaz

 

Siempre he pensado que deben existir críticos cuya experiencia (de carácter cinematográfico, de carácter literario) les ha llevado a la realización de un decálogo o serie de normas propias e intransferibles, con el simple propósito de saber con absoluta certeza en el visionado de una película o en la lectura de un libro si lo que están viendo o leyendo es una absoluta mierda o una joya equiparable a los grandes clásicos imprescindibles. Nunca se salen de ese criterio frío y calculador (puesto que lo contrario significaría una inexperiencia a la hora de valorar, totalmente imposible en críticos de tales tallas y renombres), y gracias a esas normas impuestas durante el paso del tiempo conducen por la buena senda a los consumados lectores de revistas de cine o literarias. Son pocos, tal vez una especie en extinción, y descubrirlos lleva tiempo, mucho tiempo. Estas personas, damas y caballeros, saben (o creen saber con absoluta certeza) de qué demonios va todo esto del cine y la literatura. Más aún: saben cuál es el buen libro y el nefasto, el éxito audiovisual o el malgasto de rollos de metraje. Han leído(o visto) todos los libros (o películas) que merecía la pena leer, y aquellos que no han prestado atención simplemente puede deberse a que tal vez no merezcan mayor destino que calentar un buen fuego. E incultos todos aquellos que se atrevan a contradecirles.

Damas y caballeros, no niego que a mí no me importaría incluirme en ese maravilloso club de intelectuales y sabelotodos para dar y tomar. Pero mientras me llega la (paciente) inspiración divina que me lleve ante ellos me gusta perderme entre ciertas joyitas que tan sólo mi mente (sumamente inferior, claro está) puede permitirse el tiempo de leer. Y de vez en cuando (¡sorpresa!) encuentro alguna que otra cosa que me hace abrir los ojos y descubrir que hay vida (si no la hubo siempre) entre las hileras de la sección fantástica que en muchas ocasiones bien hacemos en menospreciar. Una de esos rayos puros y radiantes es Lágrimas de Luz, novela ya bastante conocida en este sector conocido por su nombre aterrorizador: fanático (fandom). Pero, qué diantre. En muchas ocasiones (demasiadas) se tiende a sobrevolar las (pocas) obras que sobresalen y que pertenecen al género de la ciencia-ficción (más aún si están en nuestra lengua autóctona). O al contrario. Se dice mucho, a la vez que se critica también mucho (ni todos moros ni todos cristianos: cuando no somos maravillosos somos horribles).

Pero no estoy aquí como representación de esa (¿espeluznante?) caverna donde los fanáticos residen. De modo que tranquilos que no creo cometer ningún mal ideológico ni defender fronteras de mundos aparentemente distintos. A mí el rollo fandom-mainstream como que me es indiferente. Yo compro libros que creo que pueden estar bien. Punto. Y compro de todo. De Aguilar y la reciente Atalanta pasando por la (magnífica) colección de Bibliópolis Fantástica. De todo. Y ahora, a lo que íbamos.

Lágrimas de Luz es un libro que hay que leer. Y podría decirse que todos los párrafos con los que me he enrollado antes podrían ser resumiendo lo genial que es esta novela, pero es que tampoco serían suficientes. Lágrimas de Luz es una novela (de ciencia-ficción) que hay que leer. Y aunque ese adjetivo aleje a cierto tipo de lector totalmente desvinculado con el mundillo fandomitero (¡por fin! ¡Siempre he deseado escribir esa palabra!) e incluso llegue a asustar al lector asociado a las sagas fantásticas de tochos interminables (porque señores, esta lectura está trabajada y puede atragantarle a alguno que espere un vocabulario menor de cien palabras) tal es la destreza de Marín y tal la brillantez de su prosa, sublime, poética, que hay que dejarse de concesiones y olvidarlo todo para abrir la primera página y dejarse llevar.

La naturaleza space-opera (otra vez metiendo novelas en géneros) es tan sólo un pretexto, un hilillo fácil para meternos en la piel de Hamlet Evans y su viaje como poeta hacia las estrellas. Hay aquí paralelismos con Barry Lyndon: un joven que abandona la Tierra para perseguir un sueño (imposible) y que evoluciona, atravesando las diversas etapas que deberá superar a la vez que el amor y la pasión le van transformando lentamente hasta, por azar o el destino, convertirse en un rebelde contra el Sistema, la antítesis de lo que había pretendido en su juventud ingenua. La criatura perpetrada de Kubrick en el mundo de Apocalipsis Now, pero con navíos y planetas imposibles en vez de helicópteros pero con el mismo sabor amargo de la locura y desesperanza. No hay aquí de nuevo concesiones de ningún tipo: o se entra de lleno en la novela o se está perdido. Ningún personaje es dueño de sí mismo sino de los avatares de Nueva York(nombre ejemplar para denominar a un sistema que ordena tejer las falsas matanzas bélicas como hazañas en forma de poesía). Pero si no son dueños de sí mismos, tampoco nos dejan con la boca vacía. El propio Hamlet se verá conmocionado por los amores de su vida, desde la aprendiza de poeta de raza negra hasta ese amor encerrado en una imposible crisálida, pasando por ese Robert Duvall ahora bajo los mandos de un navío devoraplanetas, o ese reflejo de Moby Dick que eterno que persigue a Hamlet a lo largo de toda la novela...

Lágrimas de Luz es una novela que hay que leer. Su naturaleza y las inevitables preguntas (¿surgió esta una novela del fandom? ¿Es posible que tras esa cortina fanática se escondan perlas? ¿Es posible que queden algunas por descubrir?) no deben importar al lector porque la verdad no tienen mucha importancia. Desde la cita de Víctor Hugo sobre la esencia de la poesía hasta el perturbador epílogo se halla una verdadera perlita para los que navegan entre las estanterías fantásticas (aún no convertidos en grandes críticos de prestigio) y que en ocasiones encuentran cosas que merecen de verdad la pena. Así que aviso, que el que avisa no es traidor. Una feroz crítica al imperialismo, un viaje iniciático carente de grandeza épica (pero sí íntima). Una reflexión sobre la madurez y la existencia.

Lágrimas de Luz es un libro que hay que leer.

Y lo demás son palabras.

|Rafael Marín | Colección Gigamesh | ISBN 84–932250–2–9 | Páginas: 432 | Precio: 14,95 € |

| Prólogo Juan Manuel Santiago | Ilustración portada: Juan Miguel Aguilera | © 2002, por la edición conjunta |
 
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