Damas
y caballeros, no niego que a mí no me importaría
incluirme en ese maravilloso club de intelectuales
y sabelotodos para dar y tomar. Pero mientras
me llega la (paciente) inspiración divina
que me lleve ante ellos me gusta perderme entre
ciertas joyitas que tan sólo mi mente (sumamente
inferior, claro está) puede permitirse
el tiempo de leer. Y de vez en cuando (¡sorpresa!)
encuentro alguna que otra cosa que me hace abrir
los ojos y descubrir que hay vida (si no la hubo
siempre) entre las hileras de la sección
fantástica que en muchas ocasiones bien
hacemos en menospreciar. Una de esos rayos puros
y radiantes es Lágrimas de
Luz, novela ya bastante conocida
en este sector conocido por su nombre aterrorizador:
fanático (fandom). Pero, qué diantre.
En muchas ocasiones (demasiadas) se tiende a sobrevolar
las (pocas) obras que sobresalen y que pertenecen
al género de la ciencia-ficción
(más aún si están en nuestra
lengua autóctona). O al contrario. Se dice
mucho, a la vez que se critica también
mucho (ni todos moros ni todos cristianos: cuando
no somos maravillosos somos horribles).
Pero no estoy aquí como
representación de esa (¿espeluznante?)
caverna donde los fanáticos residen. De
modo que tranquilos que no creo cometer ningún
mal ideológico ni defender fronteras de
mundos aparentemente distintos. A mí el
rollo fandom-mainstream como que me es
indiferente. Yo compro libros que creo que pueden
estar bien. Punto. Y compro de todo. De Aguilar
y la reciente Atalanta pasando por la (magnífica)
colección de Bibliópolis
Fantástica. De todo. Y ahora, a lo
que íbamos.
Lágrimas de
Luz es un libro que hay que leer.
Y podría decirse que todos los párrafos
con los que me he enrollado antes podrían
ser resumiendo lo genial que es esta novela, pero
es que tampoco serían suficientes. Lágrimas
de Luz es una novela (de ciencia-ficción)
que hay que leer. Y aunque ese adjetivo aleje
a cierto tipo de lector totalmente desvinculado
con el mundillo fandomitero (¡por
fin! ¡Siempre he deseado escribir esa palabra!)
e incluso llegue a asustar al lector asociado
a las sagas fantásticas de tochos interminables
(porque señores, esta lectura está
trabajada y puede atragantarle a alguno que espere
un vocabulario menor de cien palabras) tal es
la destreza de Marín y tal la brillantez
de su prosa, sublime, poética, que hay
que dejarse de concesiones y olvidarlo todo para
abrir la primera página y dejarse llevar.
La naturaleza space-opera
(otra vez metiendo novelas en géneros)
es tan sólo un pretexto, un hilillo fácil
para meternos en la piel de Hamlet Evans y su
viaje como poeta hacia las estrellas. Hay aquí
paralelismos con Barry Lyndon:
un joven que abandona la Tierra para perseguir
un sueño (imposible) y que evoluciona,
atravesando las diversas etapas que deberá
superar a la vez que el amor y la pasión
le van transformando lentamente hasta, por azar
o el destino, convertirse en un rebelde contra
el Sistema, la antítesis de lo que había
pretendido en su juventud ingenua. La criatura
perpetrada de Kubrick en el mundo
de Apocalipsis Now, pero con navíos y planetas
imposibles en vez de helicópteros pero
con el mismo sabor amargo de la locura y desesperanza.
No hay aquí de nuevo concesiones de ningún
tipo: o se entra de lleno en la novela o se está
perdido. Ningún personaje es dueño
de sí mismo sino de los avatares de Nueva
York(nombre ejemplar para denominar a un sistema
que ordena tejer las falsas matanzas bélicas
como hazañas en forma de poesía).
Pero si no son dueños de sí mismos,
tampoco nos dejan con la boca vacía. El
propio Hamlet se verá conmocionado por
los amores de su vida, desde la aprendiza de poeta
de raza negra hasta ese amor encerrado en una
imposible crisálida, pasando por ese Robert
Duvall ahora bajo los mandos de un navío
devoraplanetas, o ese reflejo de Moby
Dick que eterno que persigue a Hamlet
a lo largo de toda la novela...
Lágrimas de
Luz es una novela que hay que leer.
Su naturaleza y las inevitables preguntas (¿surgió
esta una novela del fandom? ¿Es
posible que tras esa cortina fanática se
escondan perlas? ¿Es posible que queden
algunas por descubrir?) no deben importar al lector
porque la verdad no tienen mucha importancia.
Desde la cita de Víctor Hugo
sobre la esencia de la poesía hasta el
perturbador epílogo se halla una verdadera
perlita para los que navegan entre las estanterías
fantásticas (aún no convertidos
en grandes críticos de prestigio) y que
en ocasiones encuentran cosas que merecen de verdad
la pena. Así que aviso, que el que avisa
no es traidor. Una feroz crítica al imperialismo,
un viaje iniciático carente de grandeza
épica (pero sí íntima). Una
reflexión sobre la madurez y la existencia.
Lágrimas de
Luz es un libro que hay que leer.
Y lo demás son palabras.
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