| Sobre
los autores, poco que objetar, dado que ninguno
parece haber empezado a juntar letras recientemente,
aunque haberlos haylos, al menos en lo que a letras
fantásticas se refiere (hay autores noveles
y de los que repiten buceo en su género
predilecto).
En cuanto a los relatos, la antología
da comienzo con “Overflow”,
de Carlos
Gaona, relato que, asimismo, ha sido publicado
posteriormente en esta misma web. “Overflow”
es una aventura sexual que empieza de muy buen
grado y termina saliéndose de madre. Entretenida
y excitante, pero con un final con muy mala baba.
Desde luego, no deja indiferente… Ni siquiera
a los amantes del café… o de los
gatos.
El siguiente relato, “Cucharitas”,
de Alejandra Costamagna, es de los más
flojos con diferencia. No me gusta ser excesivamente
dura, ni negativa, ni injusta con el trabajo de
otros, entre otras cosas porque creo que no soy
quién. Pero sí es cierto que hay
evidencias que es necesario reconocer, y este
es de esos relatos que no terminas de comprender;
que crees no te ha llevado a ningún lado,
y para mi gusto peca un tanto de infantil. ¿Trata
sobre el fin del mundo? Y los helados de naranja…
“Reflejos”,
de Pablo Castro, es una de las primeras joyas.
La idea es original en cierto modo, y la forma
de exponerlo, tan triste, tan cadenciosa, tan
rotunda (el protagonista debe tomar una decisión
que nadie querría tener nunca que tomar),
conduce inmediatamente al lector a un estado de
desasosiego; a preguntarse constantemente si en
un futuro podría pasar algo así:
la fabricación de copias digitales de personas
que, una vez fenecida la original, cobran vida
y toman su propio rumbo. Los reflejos de Pablo
Castro, son independientes, y a pesar de su aura
digital, pueden sentir y hacernos sentir, tomar
decisiones por sí mismos… Pero eso
sí, no olvidemos que tanto las ideas malas
como las buenas, suelen estar sustentadas por
un negocio, y este tiene que continuar…
Desde luego el relato de Pablo
Castro no es solo puro entretenimiento, también
es sentimiento.
Álvaro Bisama, por su
parte, se descuelga con “La vida
que vendrá”, un relato donde
lo que aparentemente termina siendo basura, se
convierte en la inusual decoración de una
vida conjunta, prometedora… Es el relato
de un amor que resulta ser imposible. Una historia
mística, en la que aparece y desaparece
un horrible Mesías, cuyo nombre además
no puede ser pronunciado. Es la historia de esas
personas que no son lo que parecen ser: que esconden
un pasado y una filosofía atroz. Que arrastra
a otras personas…
Es poesía decadente.
Curiosa “La vida que vendrá”…
Ángela González,
asimismo, también sabe cómo trasmitirnos
una historia un tanto enrevesada, tanto por su
forma de contarla como por la trama en sí.
“Lazos de organdí”
es una constante guerra, tanto exterior como interior:
la extraña relación entre adultos
y niños, entre hermanos y padres…
es una metáfora dentro de otra, donde el
sufrimiento y el miedo infantil se ven aplacados
por una relación un tanto “peculiar”.
No quiero desvelar mucho más,
pero desde luego “Lazos de organdí”,
a pesar de lo que cuenta, de su ambientación,
de cómo termina revelándose esa
especie de virus que termina con un importante
sector de la humanidad, es bella en sí
misma.
Jorge Baradit, llega con “La
conquista mágica de América”,
una peculiar vuelta de tuerca a la historia de
la conquista, realizada esta vez a través
del misticismo y las tribus: de chamanes y visiones.
De los consejos del más allá. Es
en sí misma una historia de fantasía
antigua, plagada de dioses y ritos y, como digo,
del misticismo, con la madre naturaleza como protagonista
principal. Por supuesto, también tenemos
a aquel conquistador, Cortés, y la América
de fondo, siempre de fondo, pues su mismo título
lo dice: “La conquista mágica
de América”. Y tan mágica.
“El ciclista paralógico”
no tiene solo un título llamativo. La historia
relatada por Sergio Gómez también
lo es y, personalmente, es una de las que más
me ha gustado. En ella, tenemos a un trabajador,
a un ciclista paralógico, que ha de pedalear
incansablemente por las autopistas asimismo paralógicas
que le son encomendadas; consiguiendo el ritmo
adecuado, cumpliendo así con su trabajo
que, aunque parezca mentira, es salvar vidas humanas.
En un ambiente de claros y oscuros, de colores
proyectados que podrían ser tan verdaderos
como falsos, pero que siempre son artificiales
e intentan recrear qué es lo que está
sucediendo en el exterior, tenemos una personalidad
preocupada por su trabajo, por continuar pedaleando
sea como fuere; rezando a un dios programador
porque le deje habitar cuanto más tiempo
mejor, dentro de ese imprescindible mundo de velocidades
paralógicas.
“Santa Graciela”
de Francisco Ortega, nos roba todo el
sosiego que pudiéramos tener. No voy a
desvelar el meollo principal como es lógico,
pero sí diré que trata un tema muy
manido en la fantasía oscura, pero de otra
forma. Aparte de esto, lo principal, lo que más
llama la atención, lo que nos pone en materia
y da escalofríos, es que el núcleo
de la trama gira en torno a una averiguación:
qué es lo que ha sucedido en cierta isla
penitenciaria. Por qué no reciben comunicación
por su parte en el exterior.
Desde luego, esta aventura de
horror, desborda atrocidad y por supuesto toda
la oscuridad que se pudiera esperar. Tiene momentos
realmente desagradables, explícitos, gore,
pero que por supuesto tienen un porqué.
Luís Saavedra, con su
“Esferas de carey”,
nos vuelve la cabeza del revés. Me explico,
es un relato tan surrealista, tan dentro del mundo
onírico, que a veces uno no sabe si está
cabeza arriba o cabeza abajo, tan solo que su
protagonista está enamorado de una mujer
misteriosa, única, perfecta, pero aparentemente
inalcanzable. Por momentos, uno no sabe si está
teniendo lugar una aparentemente apacible reunión
entre ellos, o es él quien se despide definitivamente
de la vida y para ello escoge hacerlo a través
del mejor de los sueños: el de una mujer
de la que además brotan, de su atuendo,
bellas y cambiantes esferas. ¿Son sueños?
¿Es agonía lo que recubre las paredes
de este lugar? ¿Es solo amor? ¿La
soberbia de la belleza? Quién sabe, a pesar
de ello, “Esferas de carey”
es hermoso. Muy hermoso.
“Señuelo”
de Soledad Véliz, es otro de los relatos
que se me ha quedado grabado a fuego. Soledad
Véliz, quien también ilustra (y
relata) en las antologías de Poliedro,
demuestra ser toda una maestra en este mundo de
la comunicación escrita: en los futuros
grises y nocivos. Su historia es original desde
el comienzo, y su protagonista tiene una fuerza
extraordinaria. En el futuro que Soledad maneja,
los ancianos pueden ser útiles dejando
que su cerebro sea utilizado para almacenar, digamos
que aquella información que pudiera ser
patrimonio de la humanidad. Pero como siempre
ocurre, en todo rebaño hay una oveja negra,
y ésta es quien nos entretendrá;
aunque solo sea a través de aquellas crueldades
que comete, con sus locuras y paranoias…
sus actos descerebrados. Todo ello orquestado
rápidamente por la compañía
de su nueva compañera, claro.
“Señuelo”,
repito, es de los cuentos que, a mi modo de ver,
es de los más sobresalientes dentro de
esta antología.
No obstante, “El
barco panteonero”, de Oscar Barrientos,
es todo lo contrario: otro de los puntos débiles
de la antología. Está bien llevado,
eso que vaya por delante, y trata sobre lo que
su mismo título indica, pero a pesar de
que entretiene, es de los que una vez lo acabas,
lo acabas. No deja huella. No hace pensar.
Con “El prisionero”
de Alberto Rojas, vuelve el ritmo. La trama no
es demasiado complicada, pero tiene su aquél.
Nos encontramos con que, precisamente por una
inconveniencia climatológica,
un aviador viaja al pasado (treinta y tres años
atrás exactamente) y se topa con una sociedad
chilena que, por supuesto, aún ni sabe
de la existencia de los aviones. Y están
en plena guerra. Y no saben cómo terminará
esta, ni cuando. ¿Trastocará la
historia la llegada del aviador, o simplemente
le tomarán por loco?
“El juego”,
de Marcelo López, es otra de esas historias
que calan hondo desde un principio. Que obliga
a no dejarla hasta su final. Y es que sus colores
inhumanos le abruman a uno; sus tonalidades, todas
ellas marcadas por el trasfondo de la guerra,
atrapan. Como en casi todas las historias, de
nuevo estamos en Chile, un Chile futuro, en guerra,
pero que en lo que al lector respecta, lo centra
en una escuela abandonada, habitada cada vez por
menos infantes… Y es que algo empezó
llevándose a los adultos, ¿el virus
de la guerra?, y ahora se está llevando
a los más pequeños. La escuela,
se ha transformado en una cárcel fantasmagórica,
donde el mismo lector se siente solo, desamparado,
enfermo…
“Un Mustang P-51D
en escala 1/72, marca Matchbox”,
de Tito Matamala, es tan surrealista como su propio
título indica. Tenemos ni más ni
menos que una nueva caza de brujas, otro Fahrenheit
451, pero esta vez la cabeza de turco son los
modelistas: aquellos que trabajan o simplemente
son aficionados a las pequeñas maquetas.
Tanto los que las montan, como los que también
las diseñan, son perseguidos y sus trabajos
son expurgados y destruidos. Una desorbitada criba
en la sociedad chilena da lugar a que esta bella
afición termine. Que no se piense ni se
hable de ella, dado que, según algunos,
nunca debió existir.
El final es lo mejor. Tremendo…
“Glykabill”,
de Sergio Meier, es otra fantasía un tanto
enrevesada. Trata sobre cómo viene el
amo y lo quiere destruir todo, para poder
gobernar así Glykabill. Es una lucha sin
tregua, que finalmente no sabemos si lleva al
algún lugar.
“El monstruo del
pozo”, de Francisca Soler, no es
de las historias que más despunta. No obstante
entretiene, es directa y tiene la extensión
justa. El giro final, encoge un tanto el estómago.
A pesar de que es previsible, y no demasiado espectacular,
encaja perfectamente dentro de la antología.
“Puente sobre fuego
turbulento”, de Toncy Dunlop, es
de esas concesiones que a uno le pueden revolver
o no. Desde luego no deja indiferente, y o bien
se odia, o sencillamente se acepta.
“Puente sobre fuego
turbulento” aborda la historia
de una niña maleducada (si es que tiene
alguna educación), y más avispada
de lo normal, dada su edad. Ésta, busca
la verdad sobre la desaparición de su madre,
mientras tiene una turbulenta relación
con su padre. Todo ello, la mala educación
de la niña, la sordidez del escenario,
es acompañado al mismo tiempo de un Chile
futuro y decrépito, y acompasado asimismo
por el vaivén venenoso del cauce del río
Mapocho.
Como digo, “Puente
sobre fuego turbulento”, dado el
lenguaje y el descaro de la niña, puede
herir susceptibilidades, pero buscándole
el lado cómico y pasando por alto ciertas
aberraciones, entretiene de forma… digamos
diferente.
Sergio
Amira, hace su aparición con “Anticuerpos”,
relato que a estas alturas y, por diferentes causas,
creo haber leído hasta la saciedad.
“Anticuerpos” es bello por
la oscuridad que destila. Por el sufrimiento,
incluido el del mismo autor, imagino, cuando comprobó
la errata que en su índice llevó
a Armando
Rosselot a ser el pasajero artífice
de esta historia que, según parece, es
el germen de una colección de cuentos ambientados
en lo que Amira
ha dado en llamar, “Ceniverso”, o
universo de Céfiro. Éste, abre la
veda y le da pie a Céfiro, su protagonista,
a ser el anticuerpo que el título apunta.
Céfiro es un agente chileno preparado para
limpiar la ciudad. Y ahora tiene una nueva misión,
y tanta hambre…
Armando
Rosselot (también asiduo colaborador
de NGC), a pesar de
lo que el índice de la antología
indicaba, nos regala “Por la tarde
los niños se aburren”. No
quiero profundizar mucho en él por miedo
a desvelar más de lo debido, pero sí
he de apuntar que el lector se ve inmerso en una
guardería: viendo a través de los
ojos de una niña que, a su vez, observa
cosas extrañas: comportamientos que no
se producen, o que lo hacen sin que ello debiera
suceder… Tal y como se espera, nadie es
quien parece ser, y la soledad podría esta
acechando tras la esquina…
Se trata de una historia futurista
inquietante, sí.
El último relato que conforma
esta, en general, soberbia veintena, es “Los
que no vuelven”, de Gabriel Mérida.
Es una historia cadenciosa, quizá como
la misma trama. Para finalizar la antología,
tenemos un extraño viaje, donde aquellos
viajeros que están dispuestos a hacerlo,
van dispuestos a visitar un Chile sumergido por
desgraciados y antiguos movimientos tectónicos.
Es un relato ambientado básicamente en
la tristeza y la melancolía, donde la gente
se conoce entre sí, o no termina de hacerlo
respecto a sí mismo, hasta el momento en
que deciden que es el final.
Delicioso, pero, insisto, triste…
Para terminar, sobre el volumen
en sí, o mejor dicho de cómo surgió,
he leído que lo hizo de una forma más
bien fortuita, como todo lo bueno. Alguno de esos
autores que pueblan sus páginas tuvieron
la idea (o eso entendí), de escribir un
relato y al mismo tiempo invitar a otros autores
a que lo hicieran, para así configurar
lo que es ahora esta pequeña vereda que
conduce al fantástico chileno actual.
Todo surgió de manera
entusiasta, eso está claro. Desgraciadamente,
como también suele suceder en otros bonitos
proyectos, éste se torció y en la
actualidad no parece haber quedado un buen sabor
de boca. Sé que a parte de esto, de los
más y los menos entre algunos de los integrantes,
en el volumen hay algún error que otro
como es el que he apuntado, ese cambio en el índice
de algún título y autor, pero no
entraré en ello. No me incumbe. No me interesa.
Eso no tiene la menor importancia para el lector
auténticamente interesado. Lo único
importante de verdad en este volumen azul, en
esta antología metálica, como también
he leído de su descripción, es que
nos abre las puertas a la literatura de género
chilena. Y nos demuestra que ésta, está
viva. Muy viva.
publicado en abril
de 2008 |