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El camino del acero Por: Pily B.

Decía yo que miedo me da reseñar una novela como esta; estoy segura de que diga lo que diga, nunca será suficiente.

El camino del acero, es un coloso se mire por donde se mire. Sugerente grosor (quinientas páginas -pasadas- de intrigas y desvelos), llamativa portada del prolífico ilustrador Manuel Calderón, y tras ello, lo verdaderamente importante; todo un universo -el universo Durbano- esperando ser descubierto por el ingenuo lector.

Y, sí, he dicho bien; he dicho ingenuo. Veamos, en primer lugar, y tras un esclarecedor prólogo, imagino que aquellos que han leído este coloso, habrán esperado lo mismo que una servidora; encontrarnos envueltos en un mundo hiperfantástico, rodeados de héroes a diestro y siniestro, y como también apunta la presentación, en un magnífico y enriquecedor entorno de lo más griego. ¿La cosa no debería pintar mal entonces, no os parece? Pero… uno se dispone a empezar su auténtica lectura, y, ¡oh, sorpresa!, en la primera página del primer capítulo (valga la redundancia), con lo primero que topamos es con la cabecera ilustrada de Manuel Calderón; exhibiendo ésta una panorámica de Madrid con las torres Kyo alzándose impávidas al fondo, y precisamente como si con ellas no fuera la cosa.

¡Pero bueno! ¿Esto que es? ¿Me he confundido de libro o qué?

Comienzas a leer, extrañado, alucinado, creyendo que has sido engañado o en su defecto rezando porque el autor sepa cómo trasladarte a ese mundo fantástico que te han prometido, y de pronto te encuentras cada vez más y más inmerso en el gris entorno de un quinceañero que, para colmo, parece sufrir ya postrado en la cama de un hospital de una enfermedad terminal.

De nuevo tu mente rebosa preguntas tales como; ¿qué pasa aquí? ¿Dónde está la fantasía épica? ¿Y la mitología griega, o algo que se le parezca? ¿Las túnicas? ¿Los pensadores? ¿Qué demonios…?

Pero tú sigues erre que erre, y entre tanto, Carlos Alonso Juárez, el madrileño que cobra vida para dejarla a un lado (o eso parece), ya en el segundo capítulo, despierta donde debiera, pero, ¡ojo!, que esto es una locura… También aquí parece reinar el caos. Las ideas y la identidad dentro de la cabeza del protagonista, son las mismas que antaño, sólo que ahora también él alucina con el cambio; el ambiente, la extravagante situación, y por supuesto su reciente, robusto, y sobre todo sano cuerpo. Y es que, de buenas a primeras, y según las voces que le rodean, él ha pasado de ser Carlos Alonso, a convertirse en un tal Dargor Atur -Dargor el Fuerte, Dargor el Astuto, El Señor de los Ejércitos de Sarlia y no sé cuántas cosas más.

Y bien, como es de esperar, todo tiene una lógica que por supuesto no contaré, a pesar de que sigue siendo el comienzo más ínfimo de toda la historia. La cuestión es que, Andrés Díaz Sánchez, ha sabido cómo captar perfectamente nuestra atención desde el mismo inicio y sólo por el simple hecho de que todos esperamos una cosa, y empezamos obteniendo otra totalmente distinta; opuesta, cercana, como es la vida de un muchacho madrileño bastante enfermito además.

Pero sea como sea, la trama enseguida comienza a subir, como si de una montaña rusa se tratase (sí, antes de bajar hay que subir), mostrándonos al tiempo que el mismo Dargor lo descubre -¿o quizá recuerda?-, todo aquello que tiene que ver con su mundo y sobre todo con su país; Durba. Por ende, también aquello relacionado con la capital de la que él es precisamente el Señor del Ejército; Sarlia.

Andrés Díaz Sánchez, sin más dilación, nos da aquello que esperamos; una civilización muy semejante a la de la antigua Grecia. Con sus dioses y leyendas. Sus túnicas y costumbres más masculinas que femeninas. Con verdaderos ejércitos profesionales procurando el bien de los ciudadanos y el de sus dirigentes. Con estos últimos siendo elegidos -y temiendo su posterior destitución- mediante nutridos sistemas democráticos. Hablándonos de su economía; su agricultura, su minería, incluso esa extraña costumbre denominada trueque… todo aquello que sustenta a una civilización en pleno apogeo… Asimismo, lo que denominan como las Casas del Pensamiento (donde yo sería completamente feliz); lugares a los que acuden los filósofos y profundos pensadores para discutir sobre el sentido de la vida; la existencia del hombre y su papel en el mundo… También existen las Casas de la Guerra, entrenando a los soldados e instruyendo a los novatos (desde muy niños). Y cómo no, los juegos olímpicos celebrados (los principales) en la pequeña ciudad de Sutria, al sureste de Sarlia…

Andrés Díaz Sánchez, sabe hilar muy fino, os lo puedo asegurar, componiendo en El camino del acero una sociedad perfectamente estructurada y tremendamente sólida: Una sociedad, o mejor aún, un universo Durbano (porque no olvidemos otras ciudades-estado donde existen civilizaciones que poco, o nada tienen que ver con la sarlia; donde existen ejemplos como es el de los poblados nómadas del Mar de Hierbas; el de las etrianas -mujeres guerreras que habitan su propia ciudad-estado, monopolizándolo todo y subyugando a los hombres-, o incluso el caso de los temidos y temerarios Alais…), que fácilmente nos recuerda a la antigua Grecia. Pero eso sí, ¡no se vayan amigos, aun hay más!

Por circunstancias que sólo vienen a cuento si uno se introduce en El camino del acero, nos las veremos con personajes (además de Dargor Atur) de la talla de Orblad; pensador ciego que en mi humilde opinión, es uno de los mejores personajes: El momento en el que tiene lugar una charla filosófico-instructiva entre Orblad y Dargor, es ciertamente orgásmica. Lo mejor de lo mejor. Y eso que personajes similares -impactantes, y con el mismo peso o más- a Orblad, hay unos cuantos. Podemos mencionar de pasada a El cuervo, fiel sirviente de Dargor, que nos embelesará con su a veces mohína manera de ser; la bella Tala, más secundaria pero también atractiva en todos los sentidos, o la formidable Valia… y cómo no, Nigur; el sumo sacerdote de una religión bautizada como el Culto.

En cuanto a el Culto, y ya que nos ponemos, únicamente parece perseguir la perfección, siguiendo para ello el sendero de la bondad y la clarividencia; buscándolo todo ello en el interior de cada individuo, extrayéndolo y mostrándoselo, al mismo tiempo que procuran llevar el modo de vida y las directrices que, creen, pretende El Vigilante que sigan.

Pero, ¿quién es El Vigilante? Según dicen, puesto que nadie lo sabe a ciencia cierta (nadie lo ha visto), un ser divino que vive en La Roca del Vigilante -ingrávida ésta sobre los campos de Sarlia.

En fin, ¿no dije que la trama era como subir una montaña rusa? Pues bien, tras familiarizarnos con aquellos personajes (a cual más humano y tridimensional) necesarios para seguir el día a día de Dargor, también su entorno y sus costumbres, llegamos a la cúspide y luego ya es todo bajar y bajar a una velocidad exorbitada.

Tras diversas cuestiones y ramalazos de mala suerte (o tal vez no), Dargor terminará viviendo una especie de odisea; llevándole ésta a conocer a seres realmente crueles y a enfrentarse a ellos casi siempre a la fuerza. También a pasar por infinidad de calamidades que sólo un guerrero como él podría superar, hasta llegar finalmente, si debe ser así, al lugar donde le pertenece.

Eso sí, el auténtico camino del acero, tenedlo en cuenta, no comienza en el momento en que Dargor se ve inmerso en esa odisea de la que hablo (en la que también luchará por la igualdad, sin ser consciente, y en la que se descubrirá la verdadera naturaleza de la relación entre algunos padres e hijos), sino desde el comienzo, desde la misma llegada de Carlos al cuerpo del guerrero. Y es que el acero no solo está en las lanzas o las espadas, como nos descubre magníficamente Andrés Díaz, sino en la mirada de las personas; en sus palabras y en sus actos, en sus decisiones, en su interior. En nosotros mismos, los lectores. El acero también está en nuestras miradas…

Y al mismo tiempo, El camino del acero nos muestra algo más grande aún, lo más grande, diría yo; una prosa coherente y ligera, entretenida, bella, porque está cargada de filosofía y sentimiento, de poesía e imaginación; desvelándonos asimismo no solo esa leyenda hermosa y distraída, sino el férreo pulso de un autor que -aunque ya lo hacía anteriormente- dará mucho que hablar en el futuro.

Está claro, Andres Díaz Sánchez, ha sabido y ha querido tomar ese camino del acero y a partir de este momento, su imaginación, continuará avanzando mientras nos brinda su mejor fantasía (como es este caso).

Estamos de enhorabuena pues.



Adrián Bravo (editor), Andrés Díaz, y Manuel Calderón (ilustrador)
Presentación: Librería Estudio en Escarlata, Madrid.

| Andrés Díaz Sánchez| Editorial Ábaco | Página El camino del acero | ISBN: 84-935082-2 | 538 páginas | sept. 2006 |
 
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