¡Pero
bueno! ¿Esto que es? ¿Me he confundido
de libro o qué?
Comienzas a leer, extrañado,
alucinado, creyendo que has sido engañado
o en su defecto rezando porque el autor sepa cómo
trasladarte a ese mundo fantástico que
te han prometido, y de pronto te encuentras cada
vez más y más inmerso en el gris
entorno de un quinceañero que, para colmo,
parece sufrir ya postrado en la cama de un hospital
de una enfermedad terminal.
De nuevo tu mente rebosa preguntas
tales como; ¿qué pasa aquí?
¿Dónde está la fantasía
épica? ¿Y la mitología griega,
o algo que se le parezca? ¿Las túnicas?
¿Los pensadores? ¿Qué demonios…?
Pero tú sigues erre que
erre, y entre tanto, Carlos Alonso Juárez,
el madrileño que cobra vida para dejarla
a un lado (o eso parece), ya en el segundo capítulo,
despierta donde debiera, pero, ¡ojo!, que
esto es una locura… También aquí
parece reinar el caos. Las ideas y la identidad
dentro de la cabeza del protagonista, son las
mismas que antaño, sólo que ahora
también él alucina con el cambio;
el ambiente, la extravagante situación,
y por supuesto su reciente, robusto, y sobre todo
sano cuerpo. Y es que, de buenas a primeras, y
según las voces que le rodean, él
ha pasado de ser Carlos Alonso, a convertirse
en un tal Dargor Atur -Dargor el Fuerte, Dargor
el Astuto, El Señor de los Ejércitos
de Sarlia y no sé cuántas cosas
más.
Y bien, como es de esperar, todo
tiene una lógica que por supuesto no contaré,
a pesar de que sigue siendo el comienzo más
ínfimo de toda la historia. La cuestión
es que, Andrés Díaz Sánchez,
ha sabido cómo captar perfectamente nuestra
atención desde el mismo inicio y sólo
por el simple hecho de que todos esperamos una
cosa, y empezamos obteniendo otra totalmente distinta;
opuesta, cercana, como es la vida de un muchacho
madrileño bastante enfermito además.
Pero sea como sea, la trama enseguida
comienza a subir, como si de una montaña
rusa se tratase (sí, antes de bajar hay
que subir), mostrándonos al tiempo que
el mismo Dargor lo descubre -¿o quizá
recuerda?-, todo aquello que tiene que ver con
su mundo y sobre todo con su país; Durba.
Por ende, también aquello relacionado con
la capital de la que él es precisamente
el Señor del Ejército; Sarlia.
Andrés Díaz Sánchez,
sin más dilación, nos da aquello
que esperamos; una civilización muy semejante
a la de la antigua Grecia. Con sus dioses y leyendas.
Sus túnicas y costumbres más masculinas
que femeninas. Con verdaderos ejércitos
profesionales procurando el bien de los ciudadanos
y el de sus dirigentes. Con estos últimos
siendo elegidos -y temiendo su posterior destitución-
mediante nutridos sistemas democráticos.
Hablándonos de su economía; su agricultura,
su minería, incluso esa extraña
costumbre denominada trueque… todo
aquello que sustenta a una civilización
en pleno apogeo… Asimismo, lo que denominan
como las Casas del Pensamiento (donde yo sería
completamente feliz); lugares a los que acuden
los filósofos y profundos pensadores para
discutir sobre el sentido de la vida; la existencia
del hombre y su papel en el mundo… También
existen las Casas de la Guerra, entrenando a los
soldados e instruyendo a los novatos (desde muy
niños). Y cómo no, los juegos olímpicos
celebrados (los principales) en la pequeña
ciudad de Sutria, al sureste de Sarlia…
Andrés Díaz Sánchez,
sabe hilar muy fino, os lo puedo asegurar, componiendo
en El camino del acero una sociedad perfectamente
estructurada y tremendamente sólida: Una
sociedad, o mejor aún, un universo Durbano
(porque no olvidemos otras ciudades-estado donde
existen civilizaciones que poco, o nada tienen
que ver con la sarlia; donde existen ejemplos
como es el de los poblados nómadas del
Mar de Hierbas; el de las etrianas -mujeres guerreras
que habitan su propia ciudad-estado, monopolizándolo
todo y subyugando a los hombres-, o incluso el
caso de los temidos y temerarios Alais…),
que fácilmente nos recuerda a la antigua
Grecia. Pero eso sí, ¡no se vayan
amigos, aun hay más!
Por circunstancias que sólo
vienen a cuento si uno se introduce en El
camino del acero, nos las veremos con personajes
(además de Dargor Atur) de la talla de
Orblad; pensador ciego que en mi humilde opinión,
es uno de los mejores personajes: El momento en
el que tiene lugar una charla filosófico-instructiva
entre Orblad y Dargor, es ciertamente orgásmica.
Lo mejor de lo mejor. Y eso que personajes similares
-impactantes, y con el mismo peso o más-
a Orblad, hay unos cuantos. Podemos mencionar
de pasada a El cuervo, fiel sirviente de Dargor,
que nos embelesará con su a veces mohína
manera de ser; la bella Tala, más secundaria
pero también atractiva en todos los sentidos,
o la formidable Valia… y cómo no,
Nigur; el sumo sacerdote de una religión
bautizada como el Culto.
En cuanto a el Culto, y ya que
nos ponemos, únicamente parece perseguir
la perfección, siguiendo para ello el sendero
de la bondad y la clarividencia; buscándolo
todo ello en el interior de cada individuo, extrayéndolo
y mostrándoselo, al mismo tiempo que procuran
llevar el modo de vida y las directrices que,
creen, pretende El Vigilante que sigan.
Pero, ¿quién es
El Vigilante? Según dicen, puesto que nadie
lo sabe a ciencia cierta (nadie lo ha visto),
un ser divino que vive en La Roca del Vigilante
-ingrávida ésta sobre los campos
de Sarlia.
En fin, ¿no dije que la
trama era como subir una montaña rusa?
Pues bien, tras familiarizarnos con aquellos personajes
(a cual más humano y tridimensional) necesarios
para seguir el día a día de Dargor,
también su entorno y sus costumbres, llegamos
a la cúspide y luego ya es todo bajar y
bajar a una velocidad exorbitada.
Tras diversas cuestiones y ramalazos
de mala suerte (o tal vez no), Dargor terminará
viviendo una especie de odisea; llevándole
ésta a conocer a seres realmente crueles
y a enfrentarse a ellos casi siempre a la fuerza.
También a pasar por infinidad de calamidades
que sólo un guerrero como él podría
superar, hasta llegar finalmente, si debe ser
así, al lugar donde le pertenece.
Eso sí, el auténtico
camino del acero, tenedlo en cuenta, no comienza
en el momento en que Dargor se ve inmerso en esa
odisea de la que hablo (en la que también
luchará por la igualdad, sin ser consciente,
y en la que se descubrirá la verdadera
naturaleza de la relación entre algunos
padres e hijos), sino desde el comienzo, desde
la misma llegada de Carlos al cuerpo del guerrero.
Y es que el acero no solo está en las lanzas
o las espadas, como nos descubre magníficamente
Andrés Díaz, sino en la mirada de
las personas; en sus palabras y en sus actos,
en sus decisiones, en su interior. En nosotros
mismos, los lectores. El acero también
está en nuestras miradas…
Y al mismo tiempo, El camino
del acero nos muestra algo más grande
aún, lo más grande, diría
yo; una prosa coherente y ligera, entretenida,
bella, porque está cargada de filosofía
y sentimiento, de poesía e imaginación;
desvelándonos asimismo no solo esa leyenda
hermosa y distraída, sino el férreo
pulso de un autor que -aunque ya lo hacía
anteriormente- dará mucho que hablar en
el futuro.
Está claro, Andres Díaz
Sánchez, ha sabido y ha querido tomar ese
camino del acero y a partir de este momento, su
imaginación, continuará avanzando
mientras nos brinda su mejor fantasía (como
es este caso).
Estamos de enhorabuena pues.
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Adrián Bravo (editor), Andrés
Díaz, y Manuel Calderón (ilustrador)
Presentación: Librería Estudio en
Escarlata, Madrid.
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