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Cazador de mentiras Por: Pily B.

Una de las múltiples frases que decora la primera página en blanco de mi libro (la que va después de la portada, se entiende), dice algo así como que los mismos que han escrito tamaño cúmulo de oscuridad y también una simpática dedicatoria, esperan una crítica positiva de Cazador de mentiras

Vale. De acuerdo. Estupendo. ¿Y qué autor no lo esperaría? Pero, y digo yo, ¿cómo narices se puede redactar la crítica positiva de un libro donde una solo ha sufrido leyendo; en el que se describe el horror, la maldad, y la aberración, con una naturalidad que apabulla? ¿Una crítica positiva de una historia que ha sido capaz de infundirme la angustia, la monstruosidad, o la insensibilidad más extrema, hasta el límite de hacerme creer que lo que le ocurre al desgraciado de turno también me estaba pasando a mí? ¿Cómo se hace eso? ¿Eh? ¿Dónde está lo positivo? ¿Alguien me lo puede explicar?

Esto, ¿hola?

Vaya… Bueno, pues aunque no lo creo posible, intentaré ese comentario de todos modos. Eso sí, hagámoslo por partes, ¿de acuerdo?

Antes de dar comienzo a la lectura de Cazador de mentiras, que conste, sabía perfectamente que me enfrentaba a algo gordo (y no lo digo por el tamaño del libro, que también…); incluso días antes, cuando llegué (tarde) a su presentación y desde lo alto de las escaleras de la librería donde ésta estaba teniendo lugar (Estudio en Escarlata; Madrid), sin poder a penas cazar al vuelo alguna palabra -dada la cantidad de gente que asistió; lo alejada que estaba del lugar donde parloteaban los autores, y la ausencia de micrófonos-, también supe que algo mayúsculo me esperaba tras la ominosa mirada de su portada.

Pero como se suele decir (y muy acertadamente), descubrí que la realidad siempre supera la ficción, y en este caso, lo que pensaba que iba leer (la lectura que imaginaba), y lo que después me encontré (la realidad del texto), como el mismo refrán dice, superó mis expectativas con creces. Pero con muchas, muchas creces. Con tantas, que aun hoy, dos días después de terminar la lectura de Cazador de Mentiras, todavía me pregunto cuál ha sido la fórmula exacta para obtener semejante resultado. ¿Cómo es posible que lo hayan hecho tan bien? ¿Es que no es ficción configurar una historia así; tan sorprendente, tan cercana, tan redonda de principio a fin? Y me repito, ¿tan redonda de principio a fin?

Cierto, lo sé, ambos, tanto Santiago Eximeno como David Jasso, son dos excelentes autores y también ambos, qué casualidad, lo son del género del terror, pero, ¿quién nos aseguraba, a ellos mismos, que la combinación no daría un resultado igual al que obtienen por separado, o incluso inferior? Entonces, de haber sido así, ¿cuál habría sido el misterio?, ¿lo bello de esta unión?, ¿la verdadera aportación original? (Si es que esperaban aportar algo nuevo)

Reconozco que este tipo de pensamientos se me pasaban por la cabeza cuando inicié la lectura, pero, rápidamente, descubrí algo muy habitual en David Jasso, algo que al mismo tiempo le empezaba a imprimir muchísima fuerza a esta interesante combinación, y entonces confié; confié ciegamente. Ahí estaba, su excelente manera de plasmar la rutina, esa con la que todos cargamos. Y esto, señoras y señores, a mí me engancha a la primera; tener un libro en las manos en el que, lea lo que lea, todo me resulta creíble (y plausible), un libro en el que los personajes son más tridimensionales que muchas de las personas que conozco… En fin, como para no engancharme.

Por eso mismo, y aunque la historia había dado comienzo como la típica película de terror; padre-madre-niño-coche-viaje-parada-bosque-oscuridad-selialagorda, etc…, la continuación de la trama (y no es que el comienzo no sea interesante, pero también común), ya empezaba a tener su aquél; incluso adentrándonos aparentemente en una historia sobre niños y sus problemas, para niños y sus problemas.

Y es que en realidad, dentro de Cazador de mentiras tenemos un gran cúmulo de mundos diferentes, no solo el de lo infantil -que es de lo que se nos hace entrega en un primer momento-, sino todo el universo del terror, el más descorazonador y verosímil (que para eso está el señor Eximeno; gran maestro artífice de las criaturas más deformes e inmisericordes. Su cuidado sello está en el cazador, indiscutiblemente); no ese terror que todos esperamos, no, uno mucho peor e imaginativo. Uno que no da tregua a la esperanza, uno que no deja títere con cabeza…

De todos modos, vuelvo a lo dicho anteriormente, hay historias de niños que, aparentemente, comienzan con simplezas tales como es ese recordatorio velado a un personaje que todos conocemos; el del hombre del saco (y vaya con el hombre del saco). También, tenemos asuntos de adultos mientras se enfrentan éstos a sus vidas, a sus miserias, a sus miedos, y a lo que termina metamorfoseándose en Certeza; el pueblo en el que habita la oscuridad más absoluta.

Pero el verdadero meollo de la cuestión (lo más desquiciante del libro), que conste que es esto, lo que ya comienza siendo el discurrir de esas vidas totalmente dispares; unas vidas que incluso tienen lugar en distintos puntos de España. Así es, hablo de la rutina de personas que, aparentemente, no tienen nada que ver las unas con las otras, que viven como pueden, más que como quieren, y acarrean sus problemas a duras penas y a todas partes. Pero, ¿y qué tiene esto de particular? Vale, puede ser interesante, pero, ¿y qué? ¿Qué hay de eso?

En un principio, que esos pellejos, llevan unas vidas tan, tan tristes, difíciles, y desgraciadamente reales aquí también, en nuestro mundo real que, repito, puede que esto sea lo que más termine asustándonos. En segundo lugar, que dichos pellejos son perfectamente desmenuzados y ofrecidos en atractivo sacrificio al lector desde el mismo momento de su aparición, y claro, para colmo, hete aquí que, por el azar, por las casualidades de la vida, o por la famosa hache, y esa que le sigue, la be, al final, hasta el último de los individuos termina en ese lugar donde reside el peor foco del mal, de la oscuridad y del horror (cómo no); ese pueblo donde, sin importar la edad, la condición o la situación, serán perseguidos y castigados por incumplir el octavo mandamiento.

Y es que nadie es inocente, ¿sabéis?

Por otra parte, lo curioso es que toda esa paranoia que termina revelándose, viene de la mano del intento de sacrificio de una gatita. Qué cosas, ¿no? Algo tan singular y a la vez cotidiano (cuántos gatitos no morirán cada día), que cualquiera diría que pudiera dar tanto de sí. Pero hacerlo lo hace, y cómo: Lo que acontece, sucede de tal modo que desde el mismo sufrimiento de su ama, hasta el de aquél que ha de proceder al sacrificio del animal, se nos revela de una forma tan extremadamente visual, que cada instantánea es asimilada por el lector como si verdaderamente lo estuviera viviendo (ya sabéis, el famoso; ¿y qué haría yo si…?); los pensamientos de cada uno de los personajes son tan claros y fácilmente asimilables, que los sentimos casi con la misma intensidad que ellos mismos…

Y eso es solo el principio. Una simple migaja. Un pasaje casi insignificante si tenemos en cuenta todo lo que vendrá después, porque, en definitiva, este comienzo, sí, tan lleno de vida, de detalles, y verosimilitud, es lo que terminará siendo; el comienzo de todo. Su ritmo posterior, y aquello que se alimentará del principio, e incluso de nuestras ansias, continuará in crescendo siempre en credibilidad y en humanización, ¿o era deshumanización? En fin, lo que sea, pero lo hará hasta suministrarnos no uno, sino múltiples clímax por medio de distintas pieles; las del bien y las del mal.

Sí, lo sé, ahora es cuando debería profundizar más o quizá revelar detalles escabrosos y dejaros con la boca abierta, pero, para qué hacerlo si lo haré mal (incluso en algo así seré incapaz de aproximarme a lo que he leído). Decir que tenemos ante nosotros la historia de El hombre del saco, asimismo, es escupir un gran insulto sobre el libro (por mucho miedo que a algunos nos diera). No obstante, también es cierto que no deja de ser la semilla; algo desdibujada y superada por el dúo exponencialmente, pero la semilla lo es. Aun así, creedme, tampoco es que este detalle aporte mucho (repito, teniendo en cuenta lo que nos encontraremos después).

Por otra parte, ¿para qué desvelar secretos cuando ya he intentado transmitiros las bondades de Eximeno y Jasso a la hora de parir personajes?, ¿si además aseguro que el hilo de los acontecimientos no ceja en su ritmo hasta el mismo final?

…Eeeeh, bueno, un momento. Sí, tal vez sí podría decir algo. Podría añadir que me parece magnífica la forma que tienen de dar vida a ese pueblo, y no solo a sus habitantes; a sus casas (algunas de ellas protagonizando escenas que van de lo más tierno a lo más espeluznante), y sobre todo a sus bosques; esos que desde la primera incursión, aunque parezca mentira, saben cómo hacernos sentir acechados; nos amedrentan, diezman nuestras energías, e incluso a veces, llegan a rasgar nuestra piel de papel en el momento en que echamos a correr, guiados SIEMPRE por la oscuridad, el miedo, y la desesperación.

… En fin, ya sabéis, tras la lectura de Cazador de Mentiras, no digáis que no estáis avisados; si incumplís ese octavo mandamiento, él os perseguirá, aunque… bueno, bien mirado, ¡qué narices!, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Eso sí, mirad por si hay algo vivo debajo, por favor.

Y por último, el trailer en YouTube: http://www.youtube.com:80/watch?v=HzpVv0Y9_UI , trailer que no veréis del mismo modo tras la lectura de la novela.

| David Jasso - Santiago Eximeno | Ediciones Jaguar | Colección: La barca de Caronte | Año de publicación: 2007 |
| ISBN: 978-84-96423-51-0 | Encuadernación rústica | 448 páginas - 22 €|
 
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