Contacta con NGC3660
 

Descarga esta crítica en PDF
Infierno nevado Por: Pily B.

Infierno nevado es una de esas novelas que, tras un par de días después de su lectura, aún evoca en mi memoria pasajes que terminan entremezclándose con la rutina; de las que sin saber por qué, me siguen dando qué pensar, y más aún, vuelven a insuflar en mí esas ganas de volver a juntar letras e incluso indagar más en la historia de nuestros antepasados.

En la pasada edición de La feria del libro de Madrid (allá por el mes de junio), tuve el honor (ahora más que nunca lo sé), de conocer a uno de los autores que, en caso de no cejar en su empeño y conseguir extraer de su pluma obras tales como esta, dará mucho que hablar y lo que es más importante aún, pondrá el listón muy alto en la historia de la literatura de terror de nuestro país.

¿Terror? Pensaréis algunos. Sí, digo bien, terror. Pero antes de entrar en detalles, he de transcribir esa imagen que no deja de repetirse en mi memoria. Me apetece… Me veo en la obligación…

Se trata del momento en que llegué a la caseta de Equipo Sirius (vuelvo al pasado; a La feria del libro de Madrid), cuando, esperando la llegada de otro autor, Tobías Grumm (quien también debía firmar ejemplares de su Encrucijada esa misma mañana), me tope con Ismael Martínez Biurrun. Dicho autor, aparentemente tímido, observador y paciente, venía de Pamplona con una obra bajo el brazo que hacía meses Equipo Sirius había editado; una historia que, según el propio editor, era una joya digna de tener muy en cuenta entre las grandes, pero, y qué iba a decir él que la había editado.

Mientras Jorge Ruiz Morales (el editor de Equipo Sirius), no dejaba de vender el buen hacer de este autor navarro y lo impresionante que resultaba su Infierno nevado, yo no podía dejar de admitir que ni había oído hablar de su obra, ni lo había hecho asimismo del autor (un relato suyo, “Invasión”, ha sido publicado en Visiones en el año 2006. Como es evidente, aún no he leído dicho Visiones…). Sí, lo admití, a pesar de que Ismael me estaba escuchando y yo me moría de vergüenza por mi ineptitud. Pero las cosas son como son, ¿no es cierto?

No obstante, en el momento en que Jorge Ruiz Morales me hizo saber que otro de nuestros genios del terror, David Jasso, recomendaba la obra, el guerrero de esta portada que, sinceramente, llamaba más bien poco mi atención (a pesar de estar perfectamente enfocada dentro del género principal que Infierno nevado representa), tomó otro cariz y rápidamente empezó a aguijonear mi curiosidad.

Y bien, ese día, 2 de junio, Infierno nevado vino a casa bajo mi brazo, al tiempo que una promesa continuaba vibrando en el entorno de El Retiro de Madrid. Ismael Martínez Biurrun, con ese estoicismo que caracteriza a los de su tierra, me pidió un favor; una vez leída su novela y si decidía verdaderamente reseñarla en mi web, una servidora debería hacerlo de manera honesta, indicando lo bueno y lo no tan bueno, contra viento y marea. Su mirada, sincera y decidida, me decía que así lo deseaba, que no lo decía por decir, que deseaba aprender hasta el infinito y más allá si ello era necesario, y al mismo tiempo me asegurada que cualquier comentario, aunque éste fuera negativo, sería bienvenido. Todo eso afloraba a la expresión de su rostro, estoy segura; a sus pupilas, a su pose, a sus modales, pero también me transmitía una férrea seguridad en su obra, quizá por eso, de algún modo, me retó. Al mismo tiempo, yo le aseguré mi sinceridad, él tampoco me conocía, ni a mi web, y por ello no podía saber que mis comentarios, mi filosofía, es la de reseñar desde el corazón, desde el optimismo, desde el respeto al autor (aunque qué más quisiera yo que hacerlo también desde la profesionalidad, pero de eso… tengo más bien poco), y así siempre, eso espero, se intuye qué obras me han gustado más, y cuáles lo han hecho menos. También, imagino, en mis maneras se debía adivinar mi confianza, puesto que si él contaba con el as en la manga de su estupenda novela, yo contaba con el criterio de otro gran autor, en el que confío a pies juntillas, por lo tanto, ambos sabíamos qué saldría en última instancia de la lectura de Infierno nevado.

Y bien, como digo, dicha novela, a pesar de ser una obra perfectamente englobada dentro de la novela histórica, también lo hace (o debería hacerlo) dentro del género del terror.

Como todos sabemos, cualquiera de nuestros géneros encierra muchas vertientes, y dentro del terror, Ismael decidió decantarse por aquella que a tantos apasiona; la que tiene que ver con las pesadillas y lo sobrenatural. Con los dioses y las criaturas cuasi imposibles e indestructibles; con el terror de H. P. Lovecraft.

Infierno nevado, es todo un ejercicio de imaginación, y no solo por lo que Ismael termina desarrollando, sino porque está basado en un sueño del mismísimo Lovecraft. Según nos adelanta su misma contraportada, dicho autor (Lovecraft), la noche de todos los santos, tuvo una especie de visión, o sueño, en el que una avanzada de legionarios romanos se adentraba en las tierras de los vascones (actualmente conocidos como vascos), en busca de lo que supuestamente les había arrebatado aquella Raza Antigua que, mediante sus creencias y sacrificios a los dioses del mismísimo averno, tenía asimismo amedrentada a la primigenia población de aquella región.

Ismael Martínez, con todo el respeto y la admiración que cualquier lector y/o autor de terror pudiera tenerle (se aprecia perfectamente), trata de recrear el sueño que Lovecraft tuvo y no llegó a desarrollar. Tomando las principales premisas que este otro genio apuntó, Ismael construye un pasado histórico a modo de ilustración, donde los lectores seremos capaces de contemplar en primer lugar, y casi en primera persona, aquellas tierras que genéricamente fueron denominadas vasconas. En segundo lugar, a los mismos vascones; su entorno (en la aldea donde el general romano Gneo Pompeyo Magno decidió esperar ese envío de trigo que debía venir desde Aquitania), su manera de ser, algunas de sus costumbres… y también, cómo no, un clásico de su mitología dotado de vida y derrochando pavor.

La narración de Infierno nevado se centra en los tiempos de la guerra Sertoria (Pompeyo Magno contra el infiel Sertorio), aquí mismo, en Hispania. Dichas batallas, al igual que aquellos que las encabezaban, realmente existieron, y en Infierno nevado tenemos la ocasión de imaginar cómo sucedió aquello visualizándolo casi al mínimo detalle.

Ismael Martínez, describe con creíble vividez los parajes, las nevadas montañas, al igual que el comportamiento tanto romano como vascón, antes, durante, y tras la pesadilla. Asimismo, nos lleva de la mano de las tropas con una soltura que parece querer darle una experiencia que es imposible que pueda tener. Su imaginación, es capaz de transmitirnos con pasmosa sencillez y credibilidad los días que acontecieron a la llegada (que finalmente no parecía querer tener lugar) de ese cargamento de trigo venido de tierras francesas…

Y también al comienzo de la pesadilla, en el momento en que Pompeyo Magno, desesperado e impotente, viendo asomar el inminente invierno y por descontado el hambre futuro entre los miembros de su tropa, envía una avanzadilla a las montañas, donde se dice que sus habitantes, los Antiguos, han interceptado dicho cargamento.

… Y es que corren rumores, la bruja de la aldea presagia oscuros tiempos para todos; para la tropa, para los aldeanos. Ha despertado un monstruo hasta ese momento dormido… Pero Pompeyo, haciendo oídos sordos, envía al mismísimo Arranes, vascón formado en el ejército romano -en primer lugar mano derecha de su padre y actualmente suya-, para encabezar dicha partida.

Infierno nevado narra las vicisitudes de esa expedición. Ésta, como decía, es comandada por Arranes, quien también existió en la vida real volviendo a encarnar a un héroe vascón que, efectivamente, formó parte del ejército romano; a las órdenes de Pompeyo Estrabón, padre de Pompeyo Magno. Pero Arranes, a pesar de ser uno de los pilares de la obra de Ismael, no es el único. Como también he anunciado, otro de ellos es el relato de aquellos tiempos, y por descontado, los oscuros acontecimientos sucedidos en una constante y captora aventura. Asimismo, otros personajes como el escribano, Celio Rufo (que existió igualmente y, según parece ser, Lovecraft soñó haberlo encarnado), o el igual a Arranes, el tribuno Marco Arrio.

Cierto, estos tres nombres son pilares innegables de una historia mayúscula; también Pompeyo Magno. Pero volviendo a aquellos que más sentimientos nos arrancarán, Arranes, en primer lugar, es por partes iguales el típico héroe que todos imaginamos; bravo, inteligente, y noble, pero también, nos desborda con reacciones inequívocamente humanas, de las de verdad, de esas que ni uno mismo espera en un momento también inesperado. Esas mismas que al propio individuo le desarman, le descorazonan… Arranes, como en algún lugar del volumen se dice, es un ser enigmático, con un carisma embriagador, y gracias a este, es capaz de llevar tanto a romanos como vascones a una muerte casi segura.

Por otra parte, Celio Rufo es la sensibilidad personalizada. Éste, cuenta lo que sucede en primera persona, desde la locura ya, desde una mente apresada por la pasión que siente hacia el que es casi su amo; Arranes. Pero también lo hace desde la superstición y el miedo a lo desconocido. Celio Rufo es al mismo tiempo una fiel representación (o eso creo), del romano de la época, con sus mismas inquietudes, costumbres, creencias, y gustos. También gustos…

Marco Arrio, por último, es el rival perfecto de Arranes. Como Celio Rufo, romano hasta la médula, pero de otro modo; al modo romano, al modo más arrogante, al modo más servicial a su patria. Marco Arrio encaja perfectamente en su papel de grano en el culo. Con la misma sed de venganza que éstos representan, la misma inquina…

Pero continuar explicando que los personajes de Infierno nevado han sido perfectamente moldeados, humanizados, tal vez sea perder el tiempo. Nada de lo que pueda decir, creo, dejará entrever esa misma coherencia que los habitantes de estas páginas derrochan de continuo. Ni la coherencia de la historia; lo agradable que resulta de principio a fin. Al comienzo, por esa magia con que nos traslada a esos primeros siglos de nuestra historia (después de Cristo), y hacia la mitad y final, por la oscuridad Lovecrafiana, igualmente y magistralmente representada.

Por eso mismo, quizá también no consiga gran cosa al comentar que toda la historia se desarrolla envuelta en un entorno misterioso, cargado de malos presagios, de morbosidad, de negrura. Durante la aventura, sentiremos ese miedo a lo desconocido, esa desesperanza soldadesca, al mismo tiempo que esa barbaridad de los mismos, de la piel de unos “actores” principales. Pero también veremos la nobleza, la valentía de unos pocos. Y sangre, y miedo… eso que no se olvide aunque lo haya dejado caer.

También las calamidades, el frío que el mismo título anuncia, pero sobre todo, por encima de todo, el horror, la desesperanza, la locura, la paranoia, el hálito del averno en forma de terrible e implacable criatura (¿o eran criaturas?), rodeando nuestros pensamientos, acompañando constantemente nuestra lectura…

Tanto se encierra en esta narración que me ha capturado hasta la médula…

Pero nada más diré porque, bien que mal, creo que una cosa está bien clara, cumplí mi juramento; reseñé como mejor he sabido y podido Infierno nevado. Sin poner ni quitar nada (bueno, quitar sí, que ya sabéis que no es cuestión de desvelar mucho). Desde la admiración, siempre desde el corazón.

Por ello, ya solo me queda añadir, que a pesar de que este año he leído mucho y bueno, Infierno nevado es sin lugar a dudas una de las mejores obras; de las más originales, de las que dejan huella.

| Ismael Martínez Biurrun | Equipo Sirius | Encuadernación rústica | Edición: 2006 | Ilustraciones: Manuel Calderón |
| ISBN: 978-84933862-9-0 | 286 páginas | 17€ |
 
 © Copyright 'NGC 3660' en órbita desde el año 2000 ngc@ccapitalia.net