Mientras Jorge
Ruiz Morales (el editor de Equipo
Sirius), no dejaba de vender el buen hacer de este autor
navarro y lo impresionante que resultaba su
Infierno nevado, yo no podía dejar
de admitir que ni había oído hablar de su
obra, ni lo había hecho asimismo del autor (un relato
suyo, “Invasión”, ha
sido publicado en Visiones en el año
2006. Como es evidente, aún no he leído dicho
Visiones…). Sí, lo admití,
a pesar de que Ismael me estaba escuchando y yo me moría
de vergüenza por mi ineptitud. Pero las cosas son como
son, ¿no es cierto?
No obstante, en el momento en que Jorge
Ruiz Morales me hizo saber que otro de nuestros genios del
terror, David
Jasso, recomendaba la obra, el guerrero de esta portada
que, sinceramente, llamaba más bien poco mi atención
(a pesar de estar perfectamente enfocada dentro del género
principal que Infierno nevado
representa), tomó otro cariz y rápidamente
empezó a aguijonear mi curiosidad.
Y bien, ese día, 2 de junio, Infierno
nevado vino a casa bajo mi brazo, al tiempo
que una promesa continuaba vibrando en el entorno de El
Retiro de Madrid. Ismael Martínez Biurrun, con ese
estoicismo que caracteriza a los de su tierra, me pidió
un favor; una vez leída su novela y si decidía
verdaderamente reseñarla en mi web, una servidora
debería hacerlo de manera honesta, indicando lo bueno
y lo no tan bueno, contra viento y marea. Su mirada, sincera
y decidida, me decía que así lo deseaba, que
no lo decía por decir, que deseaba aprender hasta
el infinito y más allá si ello era necesario,
y al mismo tiempo me asegurada que cualquier comentario,
aunque éste fuera negativo, sería bienvenido.
Todo eso afloraba a la expresión de su rostro, estoy
segura; a sus pupilas, a su pose, a sus modales, pero también
me transmitía una férrea seguridad en su obra,
quizá por eso, de algún modo, me retó.
Al mismo tiempo, yo le aseguré mi sinceridad, él
tampoco me conocía, ni a mi web, y por ello no podía
saber que mis comentarios, mi filosofía, es la de
reseñar desde el corazón, desde el optimismo,
desde el respeto al autor (aunque qué más
quisiera yo que hacerlo también desde la profesionalidad,
pero de eso… tengo más bien poco), y así
siempre, eso espero, se intuye qué obras me han gustado
más, y cuáles lo han hecho menos. También,
imagino, en mis maneras se debía adivinar mi confianza,
puesto que si él contaba con el as en la manga de
su estupenda novela, yo contaba con el criterio de otro
gran autor, en el que confío a pies juntillas, por
lo tanto, ambos sabíamos qué saldría
en última instancia de la lectura de Infierno
nevado.
Y bien, como digo, dicha novela, a pesar
de ser una obra perfectamente englobada dentro de la novela
histórica, también lo hace (o debería
hacerlo) dentro del género del terror.
Como todos sabemos, cualquiera de nuestros
géneros encierra muchas vertientes, y dentro del
terror, Ismael decidió decantarse por aquella que
a tantos apasiona; la que tiene que ver con las pesadillas
y lo sobrenatural. Con los dioses y las criaturas cuasi
imposibles e indestructibles; con el terror de H. P. Lovecraft.
Infierno nevado,
es todo un ejercicio de imaginación, y no solo por
lo que Ismael termina desarrollando, sino porque está
basado en un sueño del mismísimo Lovecraft.
Según nos adelanta su misma contraportada, dicho
autor (Lovecraft), la noche de todos los santos, tuvo una
especie de visión, o sueño, en el que una
avanzada de legionarios romanos se adentraba en las tierras
de los vascones (actualmente conocidos como vascos), en
busca de lo que supuestamente les había arrebatado
aquella Raza Antigua que, mediante sus creencias y sacrificios
a los dioses del mismísimo averno, tenía asimismo
amedrentada a la primigenia población de aquella
región.
Ismael Martínez, con todo el respeto
y la admiración que cualquier lector y/o autor de
terror pudiera tenerle (se aprecia perfectamente), trata
de recrear el sueño que Lovecraft tuvo y no llegó
a desarrollar. Tomando las principales premisas que este
otro genio apuntó, Ismael construye un pasado histórico
a modo de ilustración, donde los lectores seremos
capaces de contemplar en primer lugar, y casi en primera
persona, aquellas tierras que genéricamente fueron
denominadas vasconas. En segundo lugar, a los mismos vascones;
su entorno (en la aldea donde el general romano Gneo Pompeyo
Magno decidió esperar ese envío de trigo que
debía venir desde Aquitania), su manera de ser, algunas
de sus costumbres… y también, cómo no,
un clásico de su mitología dotado de vida
y derrochando pavor.
La narración de Infierno
nevado se centra en los tiempos de la guerra
Sertoria (Pompeyo Magno contra el infiel Sertorio), aquí
mismo, en Hispania. Dichas batallas, al igual que aquellos
que las encabezaban, realmente existieron, y en
Infierno nevado tenemos la ocasión
de imaginar cómo sucedió aquello visualizándolo
casi al mínimo detalle.
Ismael Martínez, describe con creíble
vividez los parajes, las nevadas montañas, al igual
que el comportamiento tanto romano como vascón, antes,
durante, y tras la pesadilla. Asimismo, nos lleva de la
mano de las tropas con una soltura que parece querer darle
una experiencia que es imposible que pueda tener. Su imaginación,
es capaz de transmitirnos con pasmosa sencillez y credibilidad
los días que acontecieron a la llegada (que finalmente
no parecía querer tener lugar) de ese cargamento
de trigo venido de tierras francesas…
Y también al comienzo de la pesadilla,
en el momento en que Pompeyo Magno, desesperado e impotente,
viendo asomar el inminente invierno y por descontado el
hambre futuro entre los miembros de su tropa, envía
una avanzadilla a las montañas, donde se dice que
sus habitantes, los Antiguos, han interceptado dicho cargamento.
… Y es que corren rumores, la bruja
de la aldea presagia oscuros tiempos para todos; para la
tropa, para los aldeanos. Ha despertado un monstruo hasta
ese momento dormido… Pero Pompeyo, haciendo oídos
sordos, envía al mismísimo Arranes, vascón
formado en el ejército romano -en primer lugar mano
derecha de su padre y actualmente suya-, para encabezar
dicha partida.
Infierno nevado narra
las vicisitudes de esa expedición. Ésta, como
decía, es comandada por Arranes, quien también
existió en la vida real volviendo a encarnar a un
héroe vascón que, efectivamente, formó
parte del ejército romano; a las órdenes de
Pompeyo Estrabón, padre de Pompeyo Magno. Pero Arranes,
a pesar de ser uno de los pilares de la obra de Ismael,
no es el único. Como también he anunciado,
otro de ellos es el relato de aquellos tiempos, y por descontado,
los oscuros acontecimientos sucedidos en una constante y
captora aventura. Asimismo, otros personajes como el escribano,
Celio Rufo (que existió igualmente y, según
parece ser, Lovecraft soñó haberlo encarnado),
o el igual a Arranes, el tribuno Marco Arrio.
Cierto, estos tres nombres son pilares
innegables de una historia mayúscula; también
Pompeyo Magno. Pero volviendo a aquellos que más
sentimientos nos arrancarán, Arranes, en primer lugar,
es por partes iguales el típico héroe que
todos imaginamos; bravo, inteligente, y noble, pero también,
nos desborda con reacciones inequívocamente humanas,
de las de verdad, de esas que ni uno mismo espera en un
momento también inesperado. Esas mismas que al propio
individuo le desarman, le descorazonan… Arranes, como
en algún lugar del volumen se dice, es un ser enigmático,
con un carisma embriagador, y gracias a este, es capaz de
llevar tanto a romanos como vascones a una muerte casi segura.
Por otra parte, Celio Rufo es la sensibilidad
personalizada. Éste, cuenta lo que sucede en primera
persona, desde la locura ya, desde una mente apresada por
la pasión que siente hacia el que es casi su amo;
Arranes. Pero también lo hace desde la superstición
y el miedo a lo desconocido. Celio Rufo es al mismo tiempo
una fiel representación (o eso creo), del romano
de la época, con sus mismas inquietudes, costumbres,
creencias, y gustos. También gustos…
Marco Arrio, por último, es el rival
perfecto de Arranes. Como Celio Rufo, romano hasta la médula,
pero de otro modo; al modo romano, al modo más arrogante,
al modo más servicial a su patria. Marco Arrio encaja
perfectamente en su papel de grano en el culo. Con la misma
sed de venganza que éstos representan, la misma inquina…
Pero continuar explicando que los personajes
de Infierno nevado han sido perfectamente
moldeados, humanizados, tal vez sea perder el tiempo. Nada
de lo que pueda decir, creo, dejará entrever esa
misma coherencia que los habitantes de estas páginas
derrochan de continuo. Ni la coherencia de la historia;
lo agradable que resulta de principio a fin. Al comienzo,
por esa magia con que nos traslada a esos primeros siglos
de nuestra historia (después de Cristo), y hacia
la mitad y final, por la oscuridad Lovecrafiana, igualmente
y magistralmente representada.
Por eso mismo, quizá también
no consiga gran cosa al comentar que toda la historia se
desarrolla envuelta en un entorno misterioso, cargado de
malos presagios, de morbosidad, de negrura. Durante la aventura,
sentiremos ese miedo a lo desconocido, esa desesperanza
soldadesca, al mismo tiempo que esa barbaridad de los mismos,
de la piel de unos “actores” principales. Pero
también veremos la nobleza, la valentía de
unos pocos. Y sangre, y miedo… eso que no se olvide
aunque lo haya dejado caer.
También las calamidades, el frío
que el mismo título anuncia, pero sobre todo, por
encima de todo, el horror, la desesperanza, la locura, la
paranoia, el hálito del averno en forma de terrible
e implacable criatura (¿o eran criaturas?), rodeando
nuestros pensamientos, acompañando constantemente
nuestra lectura…
Tanto se encierra en esta narración
que me ha capturado hasta la médula…
Pero nada más diré porque,
bien que mal, creo que una cosa está bien clara,
cumplí mi juramento; reseñé como mejor
he sabido y podido Infierno nevado. Sin poner ni quitar
nada (bueno, quitar sí, que ya sabéis que
no es cuestión de desvelar mucho). Desde la admiración,
siempre desde el corazón.
Por ello, ya solo me queda añadir,
que a pesar de que este año he leído mucho
y bueno, Infierno nevado es sin lugar a dudas una de las
mejores obras; de las más originales, de las que
dejan huella.
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