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Es la primera vez que leo algo tan insólito y
dispar como es el caso de esta historia; una extraña
mezcla entre Borges y Henry Miller (o Bukowski, aunque
no sean la misma cosa). Cierto, sé que una afirmación
así deja helado al más pintado, pero es
totalmente verídica. Al menos mi ejemplar de Los
navegantes, es lo que contenía; grandes
dosis de fantasía épica, sí, pero
también mucho, mucho sexo y un lenguaje, mmmmm,
dejémoslo en desgarbado.
De acuerdo, el prólogo de Salvador Montesinos
(desde luego original y esclarecedor), nos aventura que
Los navegantes no es una obra común,
y también nos adelanta esa forma diferente que
tiene José Miguel Vilar de enfocar su historia;
sembrada de personajes de todos los pelajes, y también
del desparpajo en el lenguaje de estos (por si fuera poco,
en los momentos más inesperados), pero, eso también
es cierto, una cosa es leerlo, y otra muy distinta vivir
con ello a lo largo de sus trescientas y pico páginas.
Y, creedme aquellos que no hayáis leído
Los navegantes, eso es lo que
básicamente me he encontrado; una historia muy
bien construida, vale. Una narración donde somos
espectadores de una gran invasión; la víctima,
una ciudad muy antigua. Los mártires, una de las
primeras razas del universo creado por Vilar, pero además,
entraremos en la mente y en las carnes de personalidades
que no son solo malos malísimos o buenos buenísimos,
sino mentes cercanas, con sus miedos e inquietudes, sus
ilusiones, y por qué no decirlo, sus pajas mentales;
líderes que, por si fuera poco, son y lo reconocen
para sí, inseguros.
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¡Inseguros!
¿Será posible semejante desfachatez?
Y es que no solo hablo de los líderes
buenos buenísimos, que haberlos haylos, sino también
de los líderes malos malísimos; que no por
ser mentes inseguras, aparentemente bipolares, dejan de
ser crueles y carniceros…
Y esto no es tan común…
Tenedlo en cuenta, se disfrutará
o sufrirá por conocer ambos puntos de vista; el de
los buenos o indefensos, y el de los malos o privilegiados.
Porque esto es lo que hay en definitiva; una encarnizada
y desigual lucha por unas tierras. Un pueblo que lucha por
lograr la supremacía mientras otro se ve subyugado
sin querer saber ni prácticamente entender de guerras.
Y, vaya, por otra parte (que esto no acaba)
tenemos otra serie de personajes nada convencionales, como
es el caso de otro de los protagonistas; Akkán, expresidiario,
exsegurata de puticlub, y quién sabe cuántas
exlindezas más…
En fin…
Pero no creáis, que también
tenemos todo lo contrario; la belleza, la sutileza, la casi
pureza, incluso la magia… entre tanto,
Los navegantes nos aproxima a una historia
extraordinariamente ambientada. Desarrollada hasta decir
basta (de hecho, uno de los puntos oscuros, a mi modo de
ver, es que tal vez sea demasiado larga): Con batallas,
humor, amistades, amor y sexo.
¿He dicho sexo? ¿Lo dije
ya? ¡Sexo! Que no se me olvide. Contiene mucho sexo.
E imagino, sí, que los más próximos
a este género de la fantasía, habrán
tenido la oportunidad de acercarse a alguna otra narración
donde hubiera algún escarceo que otro; puede que
alguno más subido de tono de lo acostumbrado, pero
en el caso de Los navegantes,
creedme, es distinto. El sexo (y en múltiples ocasiones
de lo más explícito) es también uno
de los protagonistas principales (¿es que no mencioné
a Miller? Pues incluso el estilo de este, creo que a veces
se queda corto).
Asimismo, encontraremos auténticas
perlas filosóficas salidas de esta misma mente (claro)
del autor; situaciones que jamás terminarán
como deseamos (algunas verdaderamente duras), e incluso
nos recrearemos en la aparición de un personaje que,
leamos lo que leamos, y aunque no seamos conscientes, siempre
está ahí.
… Y es que Los navegantes
no es solo surrealista en su lenguaje (que verdaderamente
es desternillante, y no en un par de ocasiones, no, que
su estilo y nivel son constantes), sino en ciertos pasajes.
Los navegantes es
una historia quizá por momentos demasiado arriesgada,
sí. Una historia nada convencional; de acuerdo. Una
historia que, en definitiva (y creo que es de lo que se
trata), te entretiene, te enseña, te inspira, y en
ningún momento te deja indiferente.
Bien por lo tanto por su autor, y bien
por la osadía de su editor. A mí, personalmente,
me ha encantado el cambio de sexo. ¡Digo, de aires!
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