Nadie duda que escribir es una acción
muy gratificante para la mayor parte de las
personas, incluso cuando no se realiza con
más motivos que plasmar sentimientos
en un diario, por ejemplo. Sin embargo el
arte de escribir, y sobre todo el arte de
escribir ciencia ficción y fantasía,
puede traer aparejados algunos extraños
efectos secundarios sobre aquellos que se
dedican a dicha rama. No estoy hablando de
adicciones o graves enfermedades psicológicas,
problemas que han caracterizado a algunos
de los grandes del género como Philip
Dick o Robert Howard; tampoco me refiero a
otros problemas no tan graves pero igualmente
importantes, como la sensación de soledad
clásica no sólo del escritor
de estos géneros sino de cualquiera
en general. Me refiero a dos problemas que,
aunque no resultan graves, muchos autores,
tanto aficionados como expertos, han padecido
alguna vez, en mayor o menor intensidad. A
falta de un término mejor me referiré
a ellos como percepción ficticia
en la realidad y percepción real en
la ficción. Pueden parecer conceptos
contradictorios, y en efecto en muchas ocasiones
lo son. Sin embargo atacan en rigurosos turnos,
sin necesidad de solaparse el uno con el otro.
La percepción ficticia en la realidad
hace referencia a la capacidad de evasión
del escritor. Sin llegar a límites
exagerados, en general un buen escritor es
una persona imaginativa. No con eso me estoy
refiriendo a grandes mundos de magia y demonios
y enormes sistemas estelares gobernados por
espectrales imperios tiránicos (es
más o menos en este punto cuando la
mitad de los lectores se me echan encima).
Sí, por supuesto, esta es una clase
de imaginación, pero encontrarte a
dos desconocidos en la calle y especular acerca
de cómo relacionarlos, aunque no lleve
a complots alienígenas ni realidades
distorsionadas, es tan legítimo como
lo antes mencionado. Sin embargo los escritores
de ciencia ficción y fantasía
hemos cogido este concepto y le hemos dado
la vuelta completa. Lejos de espadas y escudos
y rayos láser entre túneles
de metal, obras recientes del panorama literario
nos han hecho encontrar ciencia ficción
en casi cualquier punto del mundo que nos
rodea.
|
|
|
Cada uno de
ustedes vivirá en una ciudad, en un mundo
completamente distinto. De hecho, viven en varios.
Si tienen un bosque cerca, están a un
paso de una Tierra Media. Si están a
poca distancia del centro de la ciudad, todo
un mundo de sordidez cyberpunk les espera con
los brazos abiertos, o tal vez un drama de denuncia
social (sí, sigo hablando de ciencia
ficción).El entorno, muchas veces, define
al escritor. Escribimos de lo que conocemos,
eso es indudable, y ¿qué mejor
que el hogar? Ah, pero hay veces que el hogar
se nos queda pequeño… y buscamos
reinos dentro de los reinos. Tengo la certeza
de que muchos de ustedes, al menos alguna vez
en su vida, se han quedado mirando al espejo
de su baño y pensando en tocarlo con
los dedos y pasar al otro lado. Igualmente estoy
seguro de que han mirado al cielo, su cielo,
y en él han visto el amanecer de un nuevo
planeta, y así con tantos y tantos simbolismos.
Las posibilidades para un escritor de ciencia
ficción son casi ilimitadas. De manera
personal me han inspirado, por poner unos ejemplos,
cosas tan dispares como una huella dactilar
en un cristal, una mirada furtiva, un tren que
se retrasa y las taquillas de una pista de patinaje.
|
| El problema
surge cuando nuestras ideas se cruzan con la
impresión que los demás tienen
de nosotros. Llega un momento en que nuestra
agilidad mental está tan entrenada que
vemos posibilidades en absolutamente todo lo
que nos rodea. En cierto modo somos parecidos
a los científicos, en cuanto que nos
hacemos preguntas acerca del mundo físico
que habitamos. Pero eso no siempre es bien visto
por otros. Salvo honrosos y excepcionales casos,
tal actitud es considerada como rareza, y en
efecto lo es. Pero es que nadie dijo que todas
las rarezas tuvieran que ser malas.
No con eso defiendo posturas
extremas, no confundan términos. Pongamos
por caso a James Ellroy, autor de numerosas
novelas negras. Su madre fue asesinada cuando
tenía diez años, cosa que le obsesionó
hasta el punto de devorar todo lo que tuviera
algo argumental, por vago que fuera, en común
con crímenes, tanto reales como ficticios.
Pero para Ellroy todo tenía el mismo
valor; tanto le daba que la víctima hubiera
existido como que no, empleaba la misma frialdad
en ambos casos. ¿No les sirve? Pongamos
uno del gremio, ese que muchos están
pensando ahora mismo, el mezclador de realidad
y ficción por excelencia. El señor
Philip Dick, no cabe duda, es un maestro de
la ciencia ficción, pero tal vez a un
precio muy alto. La prematura muerte de su hermana
lo obsesionó de manera acuciante, y le
convirtió en alguien en búsqueda
de una verdad universal que no iba a encontrar.
Estos hombres nos han dado maravillosos momentos
de diversión, pero sus vidas han estado
marcadas por la tragedia. Ahí es donde
quiero llegar. La percepción de la realidad
para ambos era enfermiza, sin duda digna de
un estudio psicológico, y con un claro
detonante.
|
No es esta la disociación a la que
me estoy refiriendo. Para aquellos que gozan
de buena salud mental (atentos, pedagogos),
decirles que escribir ciencia ficción
y fantasía no va a arrebatársela
a menos que la enfermedad ya estuviera dentro
de ustedes. Así que ya saben: si ven
una fuente repentina de inspiración
en un eclipse, en el ulular del viento una
tarde de julio o en la forma de una sombra
proyectada por múltiples focos, no
están locos. No al menos mientras profesionalicen
su imaginación. Ideas, bellos conceptos
filosóficos, eso es lo que son. Pero
no se conviertan en Dick (bueno, si escriben
otro Ubik haremos la vista gorda). Sientan
lo que no está ahí, pero no
sustituyan la realidad con ello.
Un bello ejemplo de lo que uno puede ver
en la realidad (y así de paso hacen
algo de psicoanálisis conmigo). Hace
mucho estaba andando por la calle, de camino
a la universidad, si no recuerdo mal con música
para matar el rato por el camino. Por aquella
época estaba escribiendo un relato
algo largo, casi una novela corta, donde debía
aparecer un alienígena que simbolizase
algo muy importante para la raza humana. Estaba,
sin lugar a dudas, totalmente perdido, y de
repente, en ese paseo, vi a un jardinero podando
un seto. Estaba tan lejos que le reconocí
más por sus acciones que por su aspecto,
pero al acercarme poco a poco, pues estaba
en mi ruta, mi vista me jugó una mala
pasada y creí ver que tenía
dos manos en una misma muñeca. ¿Locura?
|
 |
| El hombre tenía
puesto un guante, y el otro estaba atado junto
a él, de modo que produjo en mí
ese efecto ilusorio. Tanto me gustó la
idea que la aproveché para lo que pueden
ya imaginar. Y como suele pasar, cuando se tiene
el germen se tiene la planta; la retorcida lógica
del escritor de ciencia ficción me dijo
que ya que mi ser extraterrestre tenía
dos manos en la misma muñeca debía
tener otro apéndice en el brazo contrario.
Tal vez fue la visión de las tijeras
del jardinero lo que me hizo pensar en algo
puntiagudo. El caso es que tras rumiarlo un
poco, y todo ello en el mismo paseo por la calle,
concluí que sería una especie
de guadaña orgánica, similar a
las patas de una mantis. El resto vino rodado,
pues la sola mención de guadaña
ya motiva la presencia de la Muerte, y ese fue
el simbolismo que le di a dicho ente con respecto
a los seres humanos, el de un ser encargado
de acabar con nuestra presencia terrenal.
Hasta ahora todo lo que he
dicho no parece apoyar mi tesis de que estamos
frente a un problema. Que piensen los demás
lo que quieran, pensarán algunos ahora.
Claro, todo es útil hasta que escapa
de nuestro control. ¿Y qué arte
no se escapa del control de sus artistas? Resumiendo:
ustedes no crean cuando quieren. Tampoco cuando
pueden. Crean cuando a sus conexiones neuronales
les da la real gana. Y cuanta más experiencia
tienen como escritores de estos géneros,
más a menudo pasa eso. Ven potencial
en todo lo que les rodea, incluso de manera
automática. Si tuvieran con ustedes un
escriba que les siguiera a todas partes y anotara
sus ideas hace tiempo que habría dimitido
del puesto. Pero así son estos arrebatos
literarios, no esperan ni perdonan. Ya pueden
tener exámenes, estar en medio de una
discusión o de vuelta a casa tras un
turno extra; ahí estarán, esperando,
agazapados para que los capturen y los hagan
palabras, porque, no nos engañemos, mientras
no sean palabras, no estarán satisfechos,
y si están listos para ser plasmados,
la espera les matará. Les llenará
de una urgencia que no desean, porque ese es
su día libre, porque habían quedado
para ir al cine esa tarde, porque sencillamente
les apetece algo de ventilación mental.
Gajes del oficio, ya lo saben. Y los que no
lo sepan, ya lo anticipo; no se van a librar
de ello jamás. ¿O acaso se libran
los actores de teatro del miedo escénico?
|
| |
Por el contrario,
la percepción real en la ficción
acerca su mundo de ocio a la objetividad incuestionable
de su criterio. A riesgo de generalizar diré
que muchos escritores, entre los que me incluyo,
hemos empezado en esto por puro instinto. Qué
sabíamos nosotros de trama o personajes.
Sí, sí, siempre están esos
libros de cómo escribir y que ganes
tantos premios que no te quepan en el estante,
que abren una ventanita a mirar con lupa, pero
vamos a ver: ¿por qué al principio
se quiere escribir como Isaac Asimov o Frank
Herbert? ¿Por la belleza estructural
de sus mundos? ¿Por la potencia de sus
personajes y sus diálogos llenos de frases
elípticas? Por Dios, no. Los que los
admiran quieren escribir como ellos porque les
gustan y punto. Más sencillo aún,
porque quieren dar a otros lo mismo que estos
autores les dieron a ellos. De modo que uno
empieza en esto con el corazón y las
buenas intenciones, no con la maquinaria lingüística.
Y claro, pasa lo que pasa.
Que nadie nace un genio del bolígrafo
(e insisto: NADIE), y los primeros intentos,
aunque voluntariosos, suelen ser fallidos, en
ocasiones precisamente por eso, por voluntariosos,
por querer contarlo todo y al final no contar
nada, pero esa es otra historia y será
contada en otra ocasión, como decía
Michael Ende. El caso es que el método
de prueba y error puede ser un poco lento, pero
es infalible, y al final desarrollamos una especie
de nuevo olfato narrativo, que nos va capacitando
para ver lo correcto y lo incorrecto, o al menos
nos hace ver qué queremos y qué
no queremos hacer. Vamos ganando control sobre
nuestras creaciones, y aunque sean fallidas,
no es porque no hayan resultado como esperábamos.
Siempre, por supuesto, existe un factor de improbabilidad:
pero, usando terminología matemática,
digamos que es tan pequeño como nosotros
queramos.
|
|
Muy bien, ¿y
qué?, se preguntarán algunos.
Pues magnífico, mejor para nosotros,
sí, sin duda. ¿Mejor para
nosotros? Bueno… digamos que es mejor
para nuestros relatos, libros, ensayos, o lo
que sea que hagamos, pero nosotros… nosotros
perdemos inocencia.
Cuando empecé la carrera
de matemáticas era bastante aficionado
a la magia. Todo un arte, sin duda, que esconde
un aprendizaje y una creatividad muy notables.
La práctica me hizo aprender varios trucos,
algunos de carácter matemático,
otros no. Sin interés por desvelar los
entresijos de este mundillo (cosa que no haré
pues, como aficionado responsable, debo guardar
los secretos como es debido), diré que
cuanto más aprendía, menos me
emocionaba a mí mismo. Una baraja, ocho
personas, conseguir que todos extraigan la misma
carta, jugar con ellos y hacer que pasen un
buen rato, es en verdad bello, pero tú
estás viendo la verdad detrás
de la cortina. Es como si mientras vieras una
película te giraras y distinguieras los
edificios de cartón. Algo muere cuando
uno es portador de los secretos. Digamos que
la ignorancia otorga la cualidad de sorprenderte
por todo.
Eso es, en cierta medida, lo
que pasa con los escritores de ciencia ficción
y fantasía. Para empezar, somos gente
dada a leer. Y cuanto más leemos, más
encontramos las pautas escondidas, pero al mismo
tiempo perdemos la capacidad de sorprendernos.
Esto explica por qué, para los mismos
libros, hay algunos que los adoran y otros que
los ven como simples repeticiones. Todo depende
del instante de sus vidas en que les agarraron.
Y para la ciencia ficción y la fantasía,
esta dura realidad se vuelve abrumadora: llegado
un punto, tan problemático puede ser
este hastío que no se preste más
atención que a los libros de rompe y
rasga, aquellos que no se parecen a nada creado
antes. Es normal, claro, pero ¿acaso
no tenemos la obligación de juzgar a
los demás en la medida de sus intenciones?
Nosotros estamos de vuelta de todo (en parte
es nuestro deber estarlo); si a eso añadimos
que muchos escritores son críticos, ya
sea por trabajo o afición, y otros muchos
dirigen revistas y/o son editores, la repetición
puede hacerse tediosa en extremo. Pero nosotros
no somos el único público; las
generaciones se suceden, y los viejos temas
regresan. Y al final, ese gran conocimiento
se vuelve en nuestra contra y nos hace incapaces
de juzgar de manera objetiva. Más aún,
nos hace incapaces de juzgar nuestra obra. Para
este fin, muchos escritores (entre los que me
incluyo) buscan con desesperación la
opinión externa. Y hacen bien, o si no
acabarán en la papelera obras de gran
valor, tanto propia como ajena.
Y respecto a nuestro ocio,
la pérdida de la inocencia se repite.
Nuestro nuevo olfato viene con pilas de larga
duración, y por tanto no podemos desconectarlo
a voluntad. La consecuencia: nos convertimos
en pequeños verdugos artísticos.
Ya no sólo vemos películas o leemos
para disfrutar: analizamos meticulosamente,
y eso nos puede jugar malas pasadas.Hoy mismo
estaba viendo una serie televisiva, y los diálogos
no me agradaban, de modo que no entré
en la historia. No era capaz de creérmela.
Peor aún, como estaba familiarizado con
los personajes noté que el guionista
había cambiado.
|
Nuestro filtro se vuelve muy sensible a
los defectos, y acaban pasando pocas cosas
a través de él. Tan sensible
que hasta puede apartarnos del género,
y si no, miren al gran Stanislaw Lem. De repente,
un buen día, se encontró con
que no tenía interés con narrar
ninguna ciencia ficción. Sin juzgar
sus motivos, es indudable que lo aquí
contado es parte de ellos, máxime cuando
es un feroz crítico del género
de nuestra época.De repente, un buen
día, se encontró con que no
tenía interés con narrar ninguna
ciencia ficción.
De modo que ya saben: se toparán con
estas situaciones, en parte inevitables porque
son parte de la naturaleza misma de escribir.
En su mano está controlarlas de manera
adecuada. Respecto a drogas, enfermedades
mentales y otras lindezas, recuerden el consejo
de Stephen Vizinczey: no beberás, ni
fumarás, ni te drogarás, pues
para ser escritor necesitas todo el cerebro
que tienes. Y si no para ser buenos escritores,
por favor, háganlo por el bien de su
propia salud, que autores psicológicamente
inestables hay muchos, pero Dick, como madre,
sólo uno.
|
 |
|