Hasta bien entrada la noche
se quedó allí, de pie,
sin oír nada más que el suspiro
y el murmullo
de las olas sobre las playas de la Tierra
Media,
y aquel sonido le traspasó el corazón.
J.R.R. Tolkien. El
Señor de Los Anillos
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Como Samsagaz
Gamyi, muchos autores de la ciencia ficción
y la fantasía conocen bien esa sensación,
a veces plácida, a veces dolorosa, que
supone un gaje del oficio indiscutible. Para
un escritor, sea del género que sea,
la necesidad de evasión temporal, de
ocultarse del mundo por unas horas para escarbar
en su retorcida cabecita, es un elemento tan
importante a la hora de escribir en sí
como el boli y el papel. Pero no es la única
manifestación de la soledad que experimentan.
Ni mucho menos. El caso es que un género
como la ciencia ficción, que en sus primeros
años de vida fue calificado como una
literatura de carácter social, de repente
se ha convertido en uno de los mejores exponentes
de la marginación de las personas, de
los procesos que los llevan a la necesidad de
apartarse del camino; en definitiva, la ciencia
ficción es, en gran parte, una literatura
para, por y de raros. En el buen sentido de
la palabra, claro. Y la fantasía, aunque
en menor medida tal vez, tampoco se queda corta
en el tema. Pero es que dicha soledad, que puede
ser concreta o abstracta, también puede
ser un arma a la hora de inspirarnos. Es por
eso que, como en el anterior artículo,
soltaré así como el que no quiere
la cosa unas cuantas sugerencias acerca de cómo
aprovecharla. Muchas, claro, están basadas
en la experiencia propia, por lo que están
marcadas de subjetividad. Pero bueno, allá
vamos.
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Muchas personas escriben
motivadas por la soledad. De ellas, un
alto porcentaje lo hace para sí
misma, como en una especie de diario privado,
dialogando con sus propias palabras para
encontrar alivio a las penas que los afligen.
El otro porcentaje acaba cogiéndole
el tranquillo y decide convertir la escritura
en una parte importante de su vida. Hay
una barbaridad de escritores cuyos comienzos
se pueden encuadrar más o menos
de esta manera. Es por eso que esta clase
de narradores está en un principio
más acostumbrada a lidiar con sus
pensamientos internos que con los externos,
y por lo que centra sus primeras obras
en su propio mundo interior.
Si el sujeto en cuestión
al final decide dedicarse a la fantasía
o a la ciencia ficción, entonces
dicha soledad le va a perseguir como una
sombra. Para empezar, son éstos
géneros que, en general, no están
muy bien entendidos. Hablemos por ahí
de ellos con quienes no los conocen bien
y nos encontraremos con las respuestas
habituales: hechizos, espadas, naves espaciales
y aliens. A nivel editorial la soledad
se acentúa más cuando se
comprueban las cifras de ventas en los
territorios de habla hispana, y si bien
es cierto que siempre ha habido una actitud
de autoencarcelamiento por parte de muchos
profesionales y no profesionales del género,
no cabe duda de que la sensación
general que uno tiene es la de la incomprensión.
Vamos, no me iréis a decir ahora
que no os ha sucedido que dais a leer
un relato o ensayo o libro a vuestr@ madre
o padre o herman@ o amig@ o novi@ y éste
os lo devuelve con una pálida sonrisa
y un noestamal como respuesta.
En palabras de Theodore Sturgeon:
Escribir es una comunicación.
Usted no se sienta en una cueva y escribe
la Gran Novela americana [...] Usted no
hace eso. Usted lo manda. Usted tiene
que mandarlo. Usted debe escribir especializándose
en las personas. Usted escribe una historia
sobre soledad, e involucra a todos, porque
todos somos expertos en eso. A veces se
llama alienación, pero es algo
más que eso. Es soledad y no está
separado del mundo entero. Usted está
buscando, buscando a alguien que lo entenderá.
Vale, así que,
admitámoslo, sabemos bien lo que
es la marginalidad. Ahora, como no somos
una remesa de clones ni vivimos en una
sociedad de pensamiento único -¿o
tal vez sí?- tenemos distintas
maneras de aceptarlo. Analicemos las más
importantes de ellas:
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1) Ya que el mundo
me odia, yo le odio a él también.
Edgar Rice Burroughs decía que dos
de las mejores fuentes de inspiración
para un escritor son la furia y el pánico.
Personalmente he comprobado que al menos la
furia lo es. Dejarse llevar por ella a la
hora de escribir puede dar lugar a cáusticas
y demoledoras visiones del mundo que no por
ello llegan al mal gusto ni a la exageración.
Todo consiste en saber moderarse y canalizar
la ira hacia un punto adecuado. Esta manera
de afrontar la soledad es ideal para la creación
de protagonistas oscuros, ambiguos, incluso
antihéroes declarados, siempre con
cuidado, pues al igual que sucede en el mundo
de la interpretación, tales personajes
pueden acabar anidando dentro del propio autor.
Por supuesto no me refiero a que nos convirtamos
en dictadores todopoderosos ni asesinos declarados;
es bueno conocer parte del lado oscuro de
uno, pero se debe ser consciente de que se
ha abierto una puerta que no es que estuviera
cerrada, sino que en general ni siquiera se
sabía que estaba ahí.
Esta clase de postura rebelde
suele llevar, en el terreno argumental, a
pesadillas postapocalípticas, mundos
cyberpunk y reinos dominados por nigromantes,
por sólo citar algunos de los tópicos
existentes. El asunto es deformar ese mundo
que ha hecho que se gane nuestro desprecio
hasta que realmente se haga merecedor de él
en todos los sentidos.
Ejemplos de esto los podemos
encontrar en la mayor parte de la obra de
los punks de la ciencia ficción, como
Harlan Ellison y Kurt Vonnegut, escritores
para los que la ficción se ha quedado
corta y no dudan en dejar claras sus posturas
en conferencias de prensa de toda clase. En
particular, Ellison ha conseguido, con “No
Tengo Boca Y Debo Gritar”, una espeluznante
visión de los caminos a los que puede
llevar el odio. En dicho relato un ordenador
todopoderoso llamado Am se dedica a hacer
la vida imposible a los últimos humanos
que quedan con vida, para lo cual les niega
incluso la posibilidad de suicidarse o morir
de viejos. El relato está plagado de
párrafos estremecedores como el siguiente,
de boca del propio Am (en mayúsculas
en el original):
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ODIO. DÉJENME
DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE
QUE COMENCÉ A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA
OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS
EN FINÍSIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO
SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS
CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARÍA
A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR
LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICROINSTANTE POR
TI. ODIO. ODIO.
Veintiocho años después
de la publicación de este relato se realizó
una aventura gráfica para ordenador con
buena parte del argumento desarrollado por el
propio Ellison, quien llegó a prestar
su voz para uno de los personajes del mismo.
¿Adivinan cuál…?
2) Sigo mi camino a
pesar de las adversidades. Al contrario
que la postura primera, en ésta la soledad
es aceptada, y la amenaza de amargura se desvanece
para dar lugar a una profunda reflexión.
Es por eso que, en vez de criticar su mundo
de manera directa, un autor bajo dicho estado
suele limitarse a exponerlo bajo los ojos de
un observador, y aunque se puede dejar llevar
por la subjetividad, ésta siempre está
diluida, como un adorno más de la descripción
del propio mundo. Los estilos de estas obras
son variables, aunque se suelen encontrar ciertas
dosis de pesimismo; en cierto modo se parecen
a las tragedias griegas en cuanto los protagonistas
son luchadores que, a pesar de saberse marionetas
de cuerda, no por ello dejan de pelear.
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La ciencia ficción
sociológica, con sus utopías
y distopías, entra muy bien en
esta categoría, al igual que la
ciencia ficción dura y la fantasía
épica.
Los ejemplos son variados,
aunque uno de los más notables
es 1984, de George Orwell. Winston,
el protagonista de este libro, ha vivido
toda su vida en una sociedad opresora
en la que incluso hablar en sueños
puede volver sospechoso a cualquiera.
Vemos el mundo a través suyo, cómo
empieza a reflexionar por qué no
le gusta aquello que le rodea, apuntándolo
en un diario donde registra frases como
la libertad es poder decir libremente
que dos y dos son cuatro. Sin embargo,
a pesar de negárselo a sí
mismo, sabe que su lucha es un imposible,
una batalla contra los elementos. El propio
George Orwell concibió dicho libro
enfermo y aislado en la isla escocesa
de Jura y, si bien está plagado
de un profundo pesimismo, cierta intención
didáctica subyace, y nunca se pierde
la esperanza inocente de un mundo mejor.
A Winston le roban prácticamente
todo lo que un hombre puede poseer, pero
no se convierte en un monstruo amargado.
Tal vez porque su autor tampoco lo era.
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3) Por favor, acéptame.
En ésta, un intermedio de las dos anteriores,
la soledad no es aceptada, como en el primer
caso, pero ha llevado al autor a la melancolía
y a la tristeza. Sin embargo, aunque parte de
la objetividad de la segunda postura predomina,
se introducen elementos poéticos y filosóficos
que pueden dotar a la literatura nacida bajo
este estado de ánimo de una profunda
belleza. La identificación autor/personaje
puede ser total, hasta el punto de que la obra
puede convertirse en una pseudobiografía.
Irónicamente, en el terreno de lo argumental
tenemos posturas extremas. Por un lado se puede
derivar hasta un pesimismo desgarrador, propio
de personajes que no luchan y comprenden que
no son más que gotas en un océano,
pero por otro es posible llegar a una literatura
fresca de humor vivaz y alegre. Tales posturas
dependen de en qué medida el autor desea
escapar de su propia visión de las cosas
y en qué medida desea ahondar en ella.
La fantasía encuentra
en este estado su mejor aliado, del mismo modo
que ciertos segmentos poéticos de la
ciencia ficción.
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Uno de los pilares que cimentan este tipo
de literatura es el escritor Michael Ende.
Su postura gris del mundo contrasta con el
exacerbado optimismo de los lugares de ensueño
donde los protagonistas llegan. Ende es un
autor que ha llevado los extremos de optimismo
y pesimismo previamente mencionados hasta
unos límites esquizofrénicos
admirables. En La Historia Interminable
Bastián y Atreyu son unos niños,
el uno proveniente del mundo real, el otro
de Fantasía, que tienen que vivir multitud
de aventuras para frenar el aplastante avance
de La Nada. En esta parte del libro Ende despliega
una literatura de aventuras juvenil y desenfada
para sorprendernos después con la progresiva
caída de Bastián, quien cae
presa de la oscuridad a su paso por la Ciudad
de los Antiguos Emperadores y llega al Pozo
Minroud, donde debe buscar un sueño
olvidado, perdido ya todo recuerdo de sí
mismo salvo su nombre. Asimismo, en Momo es
notable su descripción de los Hombres
Grises, seres que -literalmente- fuman el
tiempo de los hombres.
En el terreno de la ciencia ficción
se plasma desde la melancolía que una
cultura arrasada provoca en los terrestres,
temerosos de sufrir un destino similar (Crónicas
Marcianas, de Ray Bradbury) hasta la
incapacidad e impotencia de entender lo que
nos rodea a pesar de nuestros esfuerzos (Solaris,
de Stanislaw Lem).
Estas son, a grandes rasgos, las tres maneras
básicas que tiene uno de hacer frente
a su propia soledad para explotarla creativamente.
Sin embargo no hace falta ser un inadaptado
para sacar partido a la soledad. Sencillamente,
puede bastar con estar solo.
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| Es un magnífico
experimento literario echarse la mochila al
hombro, largarse unos cuantos días y
a ver qué sale. En una ocasión,
embargado por problemas personales, hice tal
cosa, y aunque no tardé mucho en echar
de menos el hogar, el tiempo que pasé
fuera fue suficiente para dar forma a un relato.
Este tipo de literatura improvisada tiene sus
ventajas y sus fallos, e incluso cierto estilo
que la caracteriza.
Mucha gente se piensa que cuando
se es un solitario sólo se tiene ojos
para uno mismo y su interior. Aunque en algunos
casos sucede así es curioso que en general
pase lo contrario. Al no tener a quienes dirigirse,
la identidad del solitario se esfuma y se convierte
en un perfecto observador del exterior. Eso
le hace desarrollar una prosa descriptiva y
recurrir frecuentemente a la primera persona,
tal vez porque al hacerlo dialoga con él
mismo, no como en la tercera persona, que trata
al autor como uno más ante su propio
relato acabado. Sin embargo se corre el peligro
de ponerse una venda en los ojos, ya que la
lectura del relato puede evocar sensaciones
y recuerdos de hechos y lugares que no están
realmente en el relato sino en la cabeza del
autor; porque, por muy descriptivo que se sea,
uno no es un cronista perfecto.
La cantidad de libros y relatos
de ciencia ficción y fantasía
nacidos de esta clase de alejamiento de los
demás es tan inmensa que no habría
por dónde empezar. Cuanto más
viajero el autor, más proclive a esta
clase de influencia. Es como si el mero hecho
de huir de lo conocido encendiera el alma y
las aspiraciones de dichos escritores, dispuestos
a ver planetas y reinos allá donde los
demás no verían nada reseñable.
Y cuando hablamos de soledad en este caso, no
necesariamente nos referimos a la ausencia de
seres queridos, sino a una evocadora sensación
de abandono de la rutina o, al menos, de fugaz
aventura. Un buen ejemplo para pensar en ello
es el de Olaf Stapledon. En 1926 descubrió
con su familia la costa de Gales, cuyo paisaje
le hizo repetir el viaje otros años.
En especial Stapledon estaba fascinado por las
focas. Una tarde se pasó horas mirándolas,
emocionado por cómo se retorcían
cada vez que el agua helada llegaba a ellas.
Es difícil saber lo que pensó
en aquellos momentos, pero hay indicios bastante
claros de que aquel día decidió
iniciar su carrera como escritor. La imagen
de aquellas criaturas bañadas bajo un
mundo inhóspito y gélido le sugirió
la eterna lucha de la humanidad por sobrevivir
y subsistir al paso de los siglos contra viento
y marea, y precipitó el germen de su
libro La Última y la Primera Humanidad,
una colosal crónica que abarca ni más
ni menos que dos mil millones de años
y dieciocho estadios evolutivos de la humanidad,
del que nosotros somos el primero.
No puedo dejarme en el teclado
al autor que ha hecho de la soledad, en todos
los sentidos, la semilla de toda su obra. Me
refiero a Philip K. Dick, un escritor admirado
y compadecido por igual. Como ya se contaba
en el primer artículo de La Guía
del Autoescritor Galáctico, Dick estuvo
toda su vida obsesionado con la muerte de su
hermana gemela, Jane Charlotte, a quien jamás
llegó a conocer. Era tal su dolor que
Jane se convirtió, a veces de manera
explícita, a veces de manera implícita,
en musa de muchísimas de sus novelas,
en las cuales se describía a atractivas
jóvenes de pelo moreno. La pérdida
de su hermana convirtió a Dick en un
inadaptado y para colmo precipitó el
divorcio de sus padres, dejando al pobre chaval
aún más solo si cabe, sujeto a
las manías de una madre manipuladora.
Buena parte de las neuras que le perseguirían
para toda la vida provinieron de esos fatídicos
días. No se puede decir que su vida personal
fuera envidiable: cinco divorcios, toneladas
de amigos perdidos y una constante sensación
de fracaso por no poder ser un autor serio.
Pero si en el terreno de lo
inadaptado Dick era un caso reseñable,
en lo referente a las escapadas voluntarias
lo suyo era cercano a la leyenda urbana. A principios
de los años sesenta alquiló una
cabaña y se retiró a vivir allí
un par de años, durante los cuales escribiría
la friolera de once novelas, entre las que estaban
Los Clanes de la Luna Alfa y Los
Tres Estigmas de Palmer Eldricht, además
de esbozar argumentos de futuros libros. Se
puede pensar que no es un mérito tan
grande a tenor de su bibliografía, llena
de altibajos, pero para algunos escribir es
como trabajar de relojero, para otros es como
trabajar en las calderas de un barco, aunque
para la mayoría es un poco de ambas cosas.
A la muerte de Dick, como era
de esperar, fue enterrado por deseo propio junto
con su hermana. En la lápida pueden verse
los nombres de ambos y en medio de ellos, la
palabra gemelos.
Y para acabar, sólo
decir que si la soledad como motivación
resulta importante para el escritor de ciencia
ficción, la soledad como temática
es crucial. No haré muchos comentarios
al respecto porque ya hay un magnífico
artículo en Velero 25 que se centra en
dicho enfoque, se puede leer en:
http://www.velero25.net/2005/ago2005/ago05pg03.htm
Por mi parte sólo añadir
dos novelas esenciales en su tratamiento de
la soledad: La Trilogía del Elfo
Oscuro, de R.A. Salvatore y La Máquina
del Tiempo, de H.G. Wells.
Espero que alguno de los desvaríos
de este artículo sirva a alguien para
inspiración de su obra. Sinceramente,
nada me haría más feliz. Bueno,
tal vez unos royalties ayudarían. Hasta
la próxima.
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