| Volviendo a
la racha de motivaciones en las que poder inspirarse
a la hora de escribir ciencia ficción
y fantasía, temporalmente olvidadas en
el artículo anterior, en esta ocasión
me gustaría llamar la atención
sobre ese segundo mundo que todos poseemos pero
que en muchas ocasiones no le prestamos demasiada
atención. Me refiero a los sueños,
al mundo de lo onírico. Es un mundo que,
al menos en mi caso, me ha resultado riquísimo
a la hora de extraer de él toda clase
de variados fragmentos para escribir relatos
cortos y no tan cortos. Pero como siempre, ya
me estoy adelantando.
La mayoría de las personas
tienen sueños. Para ser un poco más
preciso, son capaces de rememorar sus sueños.
Existe gente que, por desgracia para ellos,
no tienen la capacidad de recordar sus propios
sueños. Por otro lado hay gente que es
insomne, y que por tanto apenas es capaz de
entrar en la fase REM (que no tiene nada que
ver con ponerse a bailar en una discoteca mientras
suena Losing my Religión). El caso es
que esta gente no podrá aprovechar demasiado
nada de lo que intentaré contar ahora.
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Entrando en materia, los sueños
a lo largo de la historia de la literatura han
sido una fuente de inspiración inmensa,
y más aún en el terreno a veces
surrealista de la ciencia ficción y la
fantasía. Seguramente que sólo
son superados por las drogas, pero como decía
la frase de Stephen Vizinczey en el ya lejano
primer capítulo de la guía, no
beberás, ni fumarás, ni te drogarás,
pues para ser escritor necesitas todo el cerebro
que tienes. El caso es que obras sobradamente
conocidas como Drácula de Bram Stoker
se debieron, según pone en notas del
autor, a una pesadilla que tuvo tras cenar tardíamente
una generosa ración de cangrejos aliñados.
En esa pesadilla, y siempre según Stoker,
aparecía un vampiro rey saliendo
de la tumba para ocuparse de sus horrorosos
asuntos. Si bien se ha llegado a sugerir
que esta explicación es un intento de
ocultar que Drácula nació como
una versión distorsionada del Frankestein
de Mary Shelley (una autora que, por cierto,
también soñó con la idea
de su novela), hay bastantes indicios como para
suponer las notas de Stoker razonablemente veraces.
Otro autor que soñó con su criatura
fue Robert Louis Stevenson. Este autor, de hecho,
siempre hablaba en tono de humor de los Castañitos,
unos duendes que venían por la noche
a suministrarle en sueños pistas para
la creación de sus relatos. En el libro
Un Capítulo Sobre Sueños, el propio
Stevenson relata una de sus experiencias de
esta manera, donde he omitido adrede el nombre
del protagonista:
Hacía mucho que
estaba intentando escribir un cuento sobre un
sentido profundo del doble ser del hombre…
Luego vino una de esas fluctuaciones financieras…
por dos días estuve exprimiéndome
el cerebro para dar con alguna suerte de trama;
y a la segunda noche soñé la escena
de la ventana, y la escena, posteriormente escindida
en dos, en la que él, perseguido por
algún crimen, bebía la pócima…
El resto lo hice despierto y conscientemente,
aunque creo que puede rastrearse en mucho de
ello el estilo de mis Castañitos.
La cosa no fue tan fácil
para el autor, claro. Sus Castañitos
no le dieron precisamente todo el trabajo hecho.
Enfermo como estaba, con continuas hemorragias,
dedicó tres titánicos días
a escribir un primer manuscrito que, ante las
críticas de su mujer, acabó en
el fuego no por malo sino por haberse dado cuenta
de que no era ése el estilo que el libro
debía tener, y evitar así la tentación
de usarlo. Tres días después,
otro manuscrito nació, y tras unas cuantas
correcciones y revisiones, Robert Louis Stevenson
acabó de escribir el que, junto con La
Isla del Tesoro, sería su otro libro
fetiche: El Extraño Caso del Doctor Jekyll
y Mister Hyde.
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Creo que
con estos dos ejemplos ha quedado bien
claro que uno puede crear una gran obra
gracias al mundo de los sueños,
aunque recomiendo que no se atiborren
de marisco a las tres de la madrugada
para invocar a la inspiración.
Dejen en paz a su inconsciente, que ya
se encargará él solito de
mezclar todas las ideas como si de una
paella se tratara.
Lo primero que hay que
decir al respecto de los sueños,
es que conviene no abusar de ellos. La
verdad es que ignoro si se trata de una
norma, pero a veces he leído relatos
de amigos que son completos principiantes
en esto de escribir y que recurren a los
sueños de manera clara y directa.
Yo mismo lo hice también en los
primeros relatos, y un poco mi justificación
interna era que, ya que lo había
soñado, si decía entonces
que se trataba de un sueño, nadie
podría acusarme de incoherente
ni de fantasioso, siempre tendría
el argumento de ¿Ah, sí?
Pues que sepas que lo soñé.
Eso, claro, es un error. Un sueño,
por muy sueño que sea, es una idea
para un relato que tiene derecho a ser
tratada por sí misma. No tiene
por qué estar sujeta a las exigencias
de ser un sueño. Ni Stoker ni Stevenson
escribieron libros que tuvieran el más
mínimo elemento onírico,
sus sueños fueron el germen de
algo mayor. No se limitaron a escribir
una idea extraña, surrealista o
inquietante. Usaron lo mejor de su inconsciente
y lo pasaron por el duro filtro de su
consciente, puliendo, añadiendo,
interpretando. Un sueño es un estímulo
para la historia, pero rara vez es la
historia en sí.
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Una vez esto ha quedado claro,
me gustaría hacer algunos comentarios
sueltos en lo referente a aprovechar los propios
sueños:
1) No
sólo el sueño es inspirador. Personalmente
me ocurre, y no creo que sea una excepción,
que los instantes anteriores de dormirme empiezo
a tener un montón de ideas. Es similar
a cuando uno está por la calle. Ya comenté
en algún otro capítulo que la
calle, por algún motivo psicológico
que ignoro, es muy inspiradora, permite dejar
fluir los pensamientos y razonamientos con total
libertad. Es, de hecho, como soñar despierto.
Antes de ir a dormir ocurre algo análogo,
uno deja suelta la mente, pero los asuntos del
día flotan por alguna parte y se instalan
en la cabeza en ese momento. Si tienen algún
relato que no se les ocurre cómo continuar,
éste puede ser el momento en que se encienda
la bombilla. A mí me pasó ayer
mismo, de hecho.
Hay otro momento muy inspirador,
y es justo uno hora antes de despertarme. No
soy una persona que tenga el sueño demasiado
profundo, pero si he descansado bien, suelo
estar más o menos consciente un rato
antes de que suene la alarma. El caso es que
la cantidad de ideas que en ese momento se me
han ocurrido (no sólo literarias) sería
imposible de listar. Una tarde de verano, por
ejemplo, estaba de vacaciones y me había
dado por jugar a uno de esos videojuegos de
inteligencia tipo Lemmings en los que puedes
pasarte horas estrujándote las meninges
para encontrar la maldita manera de resolver
un nivel. Bien, al día siguiente, la
hora antes de despertar, encontré la
manera de superar el nivel… sin la pantalla
delante (era un juego donde había muchos
elementos en pantalla a la vez). La resolución
de muchos ejercicios matemáticos, por
poner otro ejemplo no literario, se me ha ocurrido
también en ese momento de duermevela.
2) Tomen nota. Porque
por mucho que uno viva un sueño, luego
es fácil que se desvanezca en su memoria.
Es por eso que lo mejor es tomar notas nada
más despertarse. En este punto es bastante
importante prestar atención a los detalles,
o por los menos, si se escribe en estilo taquigráfico,
hacerlo de tal modo que uno recuerde con facilidad
a lo que se está refiriendo. No hay que
preocuparse si la nota que uno escribe parece
asquerosa a simple vista (asquerosa en un sentido
pulcro de la palabra, si está llena de
manchas de café sí deberían
preocuparse), se puede pasar a limpio más
adelante, lo importante es conservar la idea
fresca. |
De ese modo, en la ciencia ficción
y fantasía existe, digamos, una especie
de hermanamiento de ideas como no la hay en
otros géneros de la corriente literaria
principal. Pensemos en un maravilloso constructor
(perdón, quiero decir escritor) llamado
Karel Capek. Este hombre fue el autor de RUR,
un libro donde aparece, por vez primera, la
palabra robot, un vocablo checo que quiere
decir trabajo. Después llegó
Asimov con “Yo, Robot” y revolucionó
el género gracias a sus famosas tres
leyes de la robótica. ¿Debería
haber denunciado Capek a Asimov por plagio?
Por Dios, no, al menos esa es mi opinión;
me parece tan absurdo como que H.G. Wells
registrara los derechos de autor de la invención
de la máquina del tiempo (y de hecho
no fue él el primero en idearla). Entre
ambos nació algo que por separado tal
vez no hubiera existido jamás. El buen
doctor cogió las ideas de RUR
y prosiguió con ellas. En la casa del
párrafo anterior, Asimov puso un ladrillo
sobre Capek, del mismo modo que William Gibson,
con el Neuromante, lo hizo sobre
Alfred Bester con El Hombre Demolido,
novela precursora del cyberpunk.
3) No se lancen a por ello. Y
como ejemplo, recuerden lo que le pasó
a Stevenson, que tuvo que volver a empezar
de cero. Como la mayor parte de las ideas,
dejen que repose.
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| Es más
que probable que si la dedican unos días
de pensamientos sueltos surjan nuevos detalles
e ideas, incluso explicaciones a lo que en el
sueño era puramente arbitrario, que contribuirán
a enriquecer el conjunto. Piensen que todo el
mundo puede tener sueños extraños,
pero no todo el mundo está entrenado
para contar historias interesantes con ellos.
Usen ese entrenamiento. Este relato es un
sueño que tuve no es estrictamente
cierto. Hay mucho más que eso. Su manera
de interpretarlo, de contarlo, de explicarlo.
No tienen por qué ser ustedes los protagonistas,
aunque lo fueran en el sueño. La mente
dormida y la mente despierta forman juntas un
gran equipo.
Dicho esto, me gustaría
hablar de algunos tipos de sueños concretos.
1) Las
pesadillas. El sueño literario
por excelencia. Todos los ejemplos anteriores
fueron producto de pesadillas. Stevenson, al
ser despertado por su mujer ante sus gritos
de horror, llegó a decir con reproche
que estaba soñando un lindo cuento
de terror.
Es importante hacer una puntualización
en esto de las pesadillas como fuente inspiradora.
Hay gente que es capaz de controlar sus sueños
e incluso influir en ellos. Supongo que eso
afectará a la idea, pues al fin y al
cabo, si uno es víctima de su pesadilla
el regusto que le quedará será
de terror, mientras que en otro caso, al poder
luchar en el sueño, derivará hacia
otros géneros.
Me gustaría mucho poner
un ejemplo personal concreto que es, para mí,
muy especial. Hace unos tres o cuatro años,
cuando aún estaba haciendo la carrera
de matemáticas, salí un viernes
con un grupo de amigos. Aquel día concreto
me sentía muy deprimido, y el caso es
que no disfruté demasiado y me fui a
casa pronto. Por la noche tuve una inquietante,
muy inquietante pesadilla. Tan inquietante que
decidí contársela a un amigo por
Messenger, y aún conservo la explicación,
en la que he juntando el diálogo para
hacerlo más legible:
Era de noche, en una ciudad,
y yo iba andando por ella solo. Todo el mundo
estaba como enloquecido, iba por ahí
destrozándolo todo y haciendo cosas peores.
Como si hubieran dado rienda suelta a sus más
bajos instintos. Entonces me fijo que en el
suelo hay escritas frases, como esculpidas en
la acera. Hablan de lo que la gente esta haciendo,
y cada vez que tapo una, o la vuelvo ilegible,
la gente se vuelve normal. Así que me
paso toda la noche tratando de borrarlas de
la ciudad. Eso era.
No volví a pensar en
el sueño durante meses, aunque hablé
de él con otros amigos. Mi idea era contar
la historia de unos pocos que hubieran sobrevivido
en una ciudad así, escondidos en algún
sótano, con un cierto estilo de película
de zombies. Un día un amigo me sugirió
que los ciegos no se verían afectados
por esos mensajes, y al instante se me ocurrió
que los analfabetos tampoco, así como
los niños demasiado jóvenes como
para haber aprendido a leer. El relato comenzaba
a tomar forma. Lo que había empezado
como una simple historia de miedo empezaba a
tener tintes metafóricos, porque el protagonista,
analfabeto, se sentía mal consigo mismo
por ser el líder de los supervivientes
a pesar de no poder leer un solo libro. El detonante
que me motivó a terminar de escribir
el relato fue el final de una relación
bastante tortuosa que tuve y que duró
pocos meses, pero no por ello dejó de
impactarme menos. Eso añadió una
dimensión trágica a la historia:
el protagonista estaba enamorado de una chica
ciega, pero su mutua inseguridad les impedía
confesar sus sentimientos.
De ese modo, a partir de una
pesadilla pero mezclando muchas otras cosas,
nació Reiskolem. Todos mis amigos dicen
que es la mejor historia que he escrito jamás.
Algunos de ellos me llegaron a llamar en plena
madrugada para decirme que acababan de leerla
y les había encantado. Reiskolem quedó
finalista en el premio Andrómeda de ficción
especulativa 2006. El tema de los relatos era
el lenguaje y la comunicación.
Saldrá publicado por esta editorial junto
con el ganador y otros relatos de mención.
Fue para mí muy simbólico ganar
algún premio con este relato, aunque
su lectura me recuerde una de las pesadillas
más vivas que he tenido jamás
y uno de los momentos más tristes de
mi vida.
2) Los
sueños de evasión. Intentando
ser un poco más alegre, otro de los sueños
que resultan muy inspiradores son aquellos en
los que uno se catapulta a parajes que pueden
ser cercanos o lejanos, bellos o tenebrosos,
pero el caso es que tienen potencial como escena
de una historia. Aquí describir es crucial,
porque los detalles se evaporan a toda velocidad,
y es el detallismo lo más importante.
Hay que decir también
que la sola imagen de un paisaje puede resultar
suficiente como para crear una historia. Como
muchos de los que leen esto seguro ya saben,
era el método favorito de H.P. Lovecraft,
quien trataba de contar historias que pudieran
pasar en esos paisajes. No quiero tampoco explayarme
mucho en esto, porque inspirarse en paisajes
es digno de un capítulo en sí
mismo (¡Ya tengo tema para otra actualización
de NGC 3660!).
La idea que tengo en mente
me recuerda mucho a un bellísimo videojuego
llamado Myst del que luego se hicieron varios
libros. En este juego, que ha ganado numerosos
premios por sus mundos fantásticos,
no amenazantes, para que los niños
exploren, pero en los que los adultos han
disfrutado tanto o más, se viaja por
paisajes desiertos, mundos en ruinas que carecen
de más habitantes que nosotros, testigos
mudos de su caída, y no hay más
historia que ésa. La trama está
apenas sugerida, como si fuera un vago sueño.
El caso es que como bien han notado otros antes,
sorprende que un juego como ése,
sin trama, tenga ya cinco continuaciones
y un increíble (pero desgraciadamente
fallido) proyecto en el que los jugadores creaban
sus propios mundos para que otros jugadores
los exploraran, en lo que parece cyberpunk convertido
en abrumadora realidad. El caso es que este
ejemplo pretende mostrar lo poderosa que puede
resultar una imagen por sí sola, sin
apenas más aditivos.
Seguro que existen muchos más
sueños, pero éstos son
los que, al menos, me han servido alguna
vez para escribir relatos. Las variantes
dependen mucho de cada persona. Hay
quien sueña frases perfectamente
construidas y con sentido; los hay que
sueñan el nombre del relato o
libro, otros sueñan con sonido
e incluso música de fondo. El
hecho de soñar que uno hace algo
imposible de realizar en el mundo real,
como por ejemplo volar por sus propios
medios (un sueño que todo el
mundo debería tener), aporta
riqueza a la hora de describirlo en
una historia.
Para acabar, ya sólo decir que
los sueños son también
un tema recurrente en la literatura
de fantasía, ciencia ficción
y terror, muchas veces muy usado y abusado.
La tentadora idea de ya que es un sueño
todo vale, pesa mucho sobre el autor,
pero aun así hay auténticas
obras maestras en este terreno. No hay
que pensar mucho para mencionar, por
ejemplo, a Philip K. Dick, con su relato
Podemos Recordarlo Todo por Usted y
su sencilla y potente frase inicial:
Despertó... y deseó
estar en Marte. Ubik es, también,
otro de esos libros que le hacen a uno
frotarse los ojos de vez en cuando como
para asegurarse de que sigue despierto
y consciente, uno de esos libros que
difícilmente se verán
alguna vez en la pantalla grande.
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Pero al margen de los desvaríos
geniales de Dick, la pantalla grande ha dado
magníficos ejemplos de cómo usar
los sueños para atrapar al espectador.
Ahí está un cineasta que ha hecho
de la práctica totalidad de su filmografía
un sueño a gran escala, David Lynch.
Un director que pasará a la posteridad
con una serie, Twin Peaks, y una escena, el
sueño del Agente Cooper en La Habitación
Roja, donde usó técnicas de filmación,
como rodar con los actores moviéndose
al revés y luego pasándolo todo
al derecho, revolucionarias en la época
y más que imitadas en la actualidad.
Pero el mejor ejemplo de cómo
usar los sueños como temática
no está en una novela. Ni en una película.
Está en el muchas veces menospreciado
mundo del cómic. Me refiero a The Sandman,
monumental obra de Neil Gaiman que es poco menos
que literatura en imágenes y que nos
traslada al mundo de Morfeo, uno de los Eternos,
y su incursión en el nuestro propio.
Todo el cómic está lleno de sorprendentes
sugerencias oníricas, como el castigo
de Morfeo a uno de sus captores, que consiste
en introducirle en una pesadilla, al despertar
de esa aparecer en otra peor, y así sin
cesar hasta el fin de los tiempos. Las historias
individuales no tienen tampoco desperdicio.
Desde el sueño de un millar de gatos,
donde se revela que los gatos dominaban el mundo
pero un día eso cambió cuando
los hombres decidieron soñar un mundo
donde ellos fueran los amos, hasta el sueño
de una tarde de verano, en el que asistimos
a la primera representación de la famosa
obra de Shakespeare, ni más ni menos
que ante las criaturas que aparecen en ella
(un comic galardonado con el World Fantasy Award).
Y con esto me despido hasta
la próxima vez. De modo que ya saben:
sueñen. Porque como se decía en
otro magnífico videojuego, Final Fantasy
IX, mientras los sueños no tengan fin,
el camino será ilimitado; sólo
lo bloquea el miedo.
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