|
Siguiendo en
la línea del último de los artículos
de La Guía…, voy a continuar
hablando de cómo aprovechar el mundo
que nos rodea. Sin embargo, si en el anterior
artículo presté atención
al mundo del subconsciente, al onírico,
esta vez voy a ser un poco más terrenal
y me centraré en el mundo consciente
que nos rodea. En concreto, hablaré de
los paisajes.
 |
Lo primero y más
importante es remarcar que en verdad es
un tema lo suficientemente importante
como para hablar de él. Hay muchos
escritores para los que un paisaje supone
una fuente de inspiración crucial
capaz de motivar el origen de muchas de
sus historias, y más aún
en la ciencia ficción y la fantasía,
donde muchas veces se dan cita el enigma
o simplemente la belleza poética.
Del segundo caso se puede poner de ejemplo
inmediato a Ray Bradbury y su bella evocación
del planeta rojo en Crónicas Marcianas.
Del primer caso, no es que me lo haya
saltado porque no haya ejemplos, al contrario,
hay un autor que resulta perfecto para
describir aquello a lo que me refiero.
Se trata, como ya mencioné en el
anterior artículo, de Howard Phillips
Lovecraft. Este hombre, considerado en
muchas ocasiones como la cumbre del género
de terror, con un estilo propio indiscutible,
usaba los paisajes como el motor central
para dar impulso a su obra. Como él
mismo describe en un artículo que
llegó a mis manos gracias al constante
intercambio de información del
Taller 7: |
Sólo hay una forma
de escribir un relato tal y como yo lo hago.
Cada uno de mis cuentos tiene una trama diferente.
Una o dos veces he escrito un sueño literalmente,
pero por lo general me inspiro en un paisaje,
idea o imagen que deseo expresar, y busco en
mi cerebro una vía adecuada de crear
una cadena de acontecimientos dramáticos
capaces de ser expresados en términos
concretos. Intento crear una lista mental de
las situaciones mejor adaptadas al paisaje,
idea, o imagen, y luego comienzo a conjeturar
con las situaciones lógicas que pueden
ser motivadas por la forma, imagen o idea elegida.
Al respecto de este ejemplo
concreto, hay dos cosas que me gustaría
reseñar. Una es que el uso de los paisajes
adquiere gran importancia en la fantasía,
y especialmente en la fantasía épica,
pero no se trata del único género
donde lo hace. Como sabrá cualquiera
que ha leído (o visto) El Señor
de los Anillos o la Trilogía de la Materia
Oscura, el paisaje otorga una nueva dimensión
a estos libros. Es algo lógico, porque
para empezar muchos de ellos, que narran la
historia de un viaje deben, en consecuencia,
narrar el aspecto del mundo donde se desarrolla
tal viaje. Pero también, sin llegar a
tales extremos exagerados (hubo un momento en
que pude realmente llegar a cansarme de la exhaustiva
descripción de Tolkien, meticuloso hasta
en las plantas que los protagonistas se iban
encontrando por el camino) otorga un toque poético
muy propio del género. Como me gusta
decir, la fantasía es la ciencia del
poeta. Con esto me refiero a que si bien en
un poema se puede transmitir una sensación
empleando muy pocas palabras, una novela fantástica,
plagada en muchos sentidos (si no en todos)
de metáforas, hace uso de esos recursos
de manera ‘novelístistica’,
pero no por ello menos lírica al fin
y al cabo. Por ese motivo los paisajes añaden
un toque (el de la belleza u horror del mundo
que rodea a los protagonistas) más que
habitual en este género.
Lo otro que me gustaría
reseñar es que los paisajes no tienen
por qué verse reducidos a un mero adorno
o trasfondo. Los paisajes pueden, perfectamente,
ser parte central de la historia, más
aún, pueden ser la historia, y hay fantásticos
ejemplos de ello. De hecho, al final del artículo,
mencionaré contraejemplos a estas dos
normas con varios libros que por un lado tienen
los paisajes como parte importante de la historia
y por otro pertenecen al género de la
ciencia ficción.
Llegado a este punto, lo que
haré será destacar algunos aspectos
que me parecen interesantes a la hora de inspirarse
en un paisaje. En algunos casos pondré
ejemplos propios, pues inspirarse en los paisajes
es de hecho algo que he realizado varias veces
en el pasado. Principalmente lo hago así
debido a que, gracias a que una de mis aficiones
secretas (que apenas puedo practicar) es la
fotografía, soy capaz no sólo
de hablar de dichos ejemplos concretos, sino
además de amenizarlos con alguna foto
de los lugares exactos que los provocaron. Estoy
seguro, sin embargo, de que habrá ejemplos
mucho mejores que los míos de mano de
autores mucho más capaces que yo como
Olaf Stapledon, Lovecraft, Scott Card y tantos
otros.
1) Los edificios.
Esto es algo a lo que, dado que estudié
arquitectura durante un tiempo, tenía
que acabar recurriendo. Pero es que ciertamente
los edificios son una fuente inagotable de inspiración.
Su sola visión provoca que nos hagamos
múltiples preguntas, como qué
pasara en su interior, cuándo fue construido,
quién lo construyó si se trata
de unas ruinas, y muchas otras. El halo de misterio
que rodea a los edificios es sorprendente en
ocasiones. Andando por las ciudades uno ve gran
cantidad de estos lugares donde pueden estar
pasando cosas sorprendentes o inesperadas. Y
por supuesto, si uno mira con los ojos de la
imaginación, puede ver aún más.
Corporaciones tiránicas, casas encantadas…
Otro aspecto fascinante de
los edificios es que pueden otorgar cierto estilo
a la obra del autor que se inspira en ellos.
No es lo mismo vivir en una gran ciudad (como
en mi caso Madrid) a vivir en un pueblo del
campo, e incluso entre grandes ciudades las
diferencias se agravan considerablemente. Qué
diablos, muchos de los que leen esto seguro
que ni son europeos, viven en Centro y Sudamérica.
Lo cierto es que ignoro a cuánta distancia
de las ciudades se pueden encontrar las ruinas
de las culturas precolombinas, pero desde luego
debe ser una experiencia fascinante y muy inspiradora
estar en su presencia. Al menos, personalmente
me encantaría ver las pirámides
aztecas (siendo especial predilección
por las ruinas para imaginar lugares desolados
y abandonados).
Como ejemplo, me gustaría poner
un caso personal. Se trata de una historia
que ya he mencionado varias veces en
otros artículos de La Guía…,
y es básicamente porque aunque
no me parece ni de lejos de lo mejor
que he hecho su proceso de creación
juntó muchos elementos comentados
en los artículos. Uno más
de ellos fue el uso del paisaje. El
caso es que, para los que no lo sepan,
en Madrid existe un precioso y enorme
parque conocido como el parque Juan
Carlos Primero. Ese parque, en muchos
aspectos, posee reminiscencias de la
ciencia ficción, y si uno mira
con ojos atentos puede encontrar espacios
y lugares bastante inspiradores. Hace
varios años fui allí un
día de verano, uno de esos días
en que parece que va a llover en cualquier
momento pero finalmente no lo hace.
Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí,
al llegar al parque, que no había
nadie en él. Y cuando digo nadie,
digo nadie (y eso, créanme, era
algo muy raro). El caso es que me subí
a una de tantas colinas que había
por allí, y a lo lejos vi uno
de varios edificios que residen dentro
del parque (hay incluso anfiteatros
allí dentro, pero esa es otra
historia). Esto fue lo que escribí
para ese relato, teniendo delante el
edificio:
|
 |
(…) un extraño
lugar para un extraño edificio. No sólo
por lo que encerraba en su interior; su aspecto
mismo no pasaba desapercibido. Rodeado de retorcidos
olivos que nacían directamente de la
hierba, atravesado por pasarelas colgantes,
a medias cristal a medias metal, con tejados
curvos y robustos que no cubrían nada,
muros que no delimitaban ningún espacio
interior y agujeros cementados que no daban
a ninguna parte. La impresión general
era de incomprensión, como si no hubiera
sido creado por seres humanos y tampoco estuviéramos
destinados a apreciarlo. Era como si John Lennon
hubiera tratado de empezar su carrera musical
en el siglo quince.
Por obra y arte de la maquetación
(¡gracias Pily!) cerca de estas líneas
hay una fotografía que tomé de
dicho edificio. La descripción, como
es lógico, no cuadra a la perfección
con la foto, y en muchos casos, al describir
el edificio, me tomo ciertas licencias ambiguas,
cosa no sólo útil sino recomendable.
Es bueno dar una serie de pistas al lector,
pero siempre dejar un resquicio a su imaginación,
para que añada los huecos sobrantes.
Es un aspecto de la literatura contra el que
la industria audiovisual, por muchos efectos
especiales que tenga, no podrá competir
jamás. Dicha industria sólo enseña,
sólo guía, mientras que la literatura
precisa y requiere de la colaboración
del lector.
2) Saquemos el paisaje
de contexto. Enganchando con la idea
anterior, hay que decir que no hubiera hecho
falta en absoluto que el parque estuviera vacío
para haber intentado realizar tal descripción
del edificio. Eso ayuda en cuanto uno quiera
transmitir una sensación de melancolía,
tal vez de soledad, pero no para describir el
paisaje en sí. Si se desea seguir por
ese camino inspirador, recomiendo la lectura
del capítulo tercero de La Guía…
y mi favorito, aunque esté mal que
yo lo diga, donde se habla pormenorizadamente
de cómo inspirarse en la soledad.
Lo que quiero reseñar
aquí es que el contexto del paisaje puede
ser tan importante como el propio paisaje. Incluso
la torre más alta del mundo no parece
ser gran cosa si está rodeada de torres
no tan altas como ella pero casi, y por otro
lado, la chabola más cochambrosa imaginable
puede parecer todo un palacio si está
en medio de un desierto o, más aún,
de un mundo deshabitado al completo. Si adoptan
esa óptica van a encontrarse con que
el lugar donde viven puede estar lleno de lugares
increíbles y misteriosos, dignos de ubicar
en ellos una historia. En una ocasión,
una mañana, me levanté y, al cabo
de un rato, me senté en la ventana y
me fijé en una cordillera que hay a lo
lejos de la ciudad, a la que los madrileños,
en un arranque de originalidad típico
de nosotros, llamamos ‘la sierra’.
No era gran cosa, ni muy alta ni muy ancha,
y además justo debajo de ella estaba
una de las ciudades de la periferia. Posiblemente
por allí habría gran cantidad
de centros comerciales, barrios residenciales
y polígonos industriales. No es algo
que resulte demasiado épico, ni tampoco
inspirador. Pero si uno hace un pequeño
esfuerzo, se puede olvidar de todo eso y centrarse
en las montañas en sí. En mi caso
lo que hice fue imaginarlas en un lugar alejado,
muy alejado, algo del estilo de Europa del Este,
o Asia, y además imaginar que era un
lugar que no había sido explorado en
mucho, mucho tiempo. Empecé a pensar
qué misterios podrían albergar
esas montañas en su interior, y por último,
traté de imaginar otra serie de nubes
distintas a las que había entonces. Éste
fue el resultado:
 |
Volvió de nuevo
a la frontera del desierto y continuó
dicha ruta a lo largo de varias jornadas hasta
que se encontró con que, de seguir por
allí, debería adentrarse en tortuosos
relieves orográficos. El cielo era en
su mayor parte azul y nítido, salpicado
por nubes difusas que se desvanecían
y deformaban a medida que prolongaba su andar.
Sin embargo en el horizonte, sobre las montañas,
adquiría una tonalidad levemente grisácea,
encendida y neblinosa, como indicando que allá
al fondo había algo que debía
ser ocultado a los ojos de toda criatura. Cualquier
viajero con un mínimo de sensatez hubiera
bordeado aquella cordillera, pasando a través
de algún valle desolado y poco escarpado.
Pero él no era un viajero normal. Su
viaje, más que discurrir por valles,
ríos o montañas, discurría
por las negras y tempestuosas profundidades
de su alma. Así pues, continuó
recto.
Con esto lo que quería,
más que describir, era transmitir una
sensación, que en el fondo no es más
que otra manera de describir. Porque tampoco
importa mucho la posición de las montañas,
ni la climatología exacta del momento.
Esto es un asunto, sobre todo, de la percepción.
Si uno quiere describir un lugar como sorprendente
o misterioso, tiene que creérselo, y
tiene que traspasar esa creencia al lector.
Si uno no se lo cree, raramente va a lograr
transmitir algo así. En esto quien era
un verdadero maestro era Tolkien. Su descripción
de Mordor, y sobre todo de Minas Morgul, donde
mora la terrorífica Ella-Laraña,
es posiblemente uno de los momentos cumbre de
la literatura en cuanto a transmitir emociones
a través de un paisaje. En verdad cuando
uno trata de imaginarse dichos lugares puede
llegar a verse invadido por el mismo sentimiento
de desesperación de Frodo y Sam. Y Mordor,
en realidad, es una tierra yerma donde no hay
nada; pero eso puede ser contado de muchas maneras,
empleando una línea o empleando muchas,
y cada una de ellas llevará al lector
por un camino muy distinto en su percepción
del paisaje.
 |
No quería
pasar sin mencionar también uno
de mis momentos paisajísticos favoritos,
obra del genial Harlan Ellison, que aparece
en su relato No Tengo Boca y Debo Chillar.
En este conjunto de breves párrafos,
Ellison hace lo contrario que Tolkien:
la condensación.
Y pasamos por la
caverna de las ratas.
Y pasamos por el
sendero de las aguas hirvientes.
Y pasamos por la
tierra de los ciegos.
Y pasamos por la
ciénaga de las angustias.
Y pasamos por el
valle de las lágrimas.
Y finalmente llegamos
a las cavernas de hielo.
A todo aquel que tenga
interés, le recomiendo la adaptación
a cómic que hizo el genial guionista
y dibujante John Byrne, donde aparece
una página de seis viñetas
que condensa de manera magistral este
conjunto de párrafos y que aparece
aquí adjunta.
|
3) El paisaje
de siempre, nueva óptica.
Puede parecer lo mismo, pero no es exactamente
así. En el anterior caso deformábamos
ligeramente algunos elementos del paisaje. En
este caso, digamos, el paisaje es intocable,
y ahora lo que cambia es nuestra manera de concebirlo.
Podemos pensar en un edificio de una ciudad,
por ejemplo. Eso puede no inspirar mucho por
sí solo, pero ¿y si pensamos que
lo que estamos viendo pertenece a un mundo alejado
de la Tierra, colonizado por el ser humano?
Entonces, a pesar de que no hemos cambiado ni
una coma del paisaje, nuestra manera de verlo
y describirlo será muy distinta, y aunque
no lo deformemos ni un ápice, está
claro que no lo mostraremos a los lectores del
mismo modo. Otra manera de pensar algo así
es suponer que ese paisaje es parte del pasado,
que es mencionado en la historia como un recuerdo
o, peor aún, que fue destruido y ya no
existe.
Soy bastante aficionado a los
videojuegos, y un género que siempre
me ha encantado a pesar de su dificultad infernal
son los matamarcianos en todas sus variantes.
Cuando digo lo que ‘todas sus variantes’
me refiero a que aunque se conocen con ese nombre
no siempre se trata de naves espaciales y hordas
de invasores más feos que los bichos
que se cuelan en casa de uno cuando hace mucho
calor. En los argumentos de estos juegos es
muy habitual que salgan las clásicas
imágenes victorianas, como fotos de mansiones
o de familias posando para un retratista. Es
una especie de alegoría del pasado perdido,
de que ya nada de eso permanece y sólo
queda el fragor de la batalla. Un juego donde
hacen eso es, por ejemplo, Axelay, que por cierto,
si alguien aficionado a éste género
desea un reto en su vida, se lo recomiendo encarecidamente,
porque lo va a tener.
 |
Otro de ellos es el llamado
Crimson Skies. Este juego, del que se han publicado
varios libros a cada cual más difícil
de conseguir, se sitúa en un mundo ucrónico
donde en los años cuarenta estalló
una guerra civil dentro de los Estados Unidos.
Como consecuencia, el mismo se divide en varios
subpaíses y las líneas de ferrocarril
quedan en desuso, convirtiéndose los
zeppelines en el transporte más habitual.
El protagonista es Nathan Zachary, un aviador
reconvertido en pirata del cielo, el clásico
héroe socarrón que se ve atrapado
en el juego cruzado de las naciones rivales
(como Hollywood, cuya flota aérea ha
sido diseñada por Howard Hughes). El
caso es que en este juego las típicas
fotos e imágenes de dicha época
toman, de repente, un cariz muy distinto a la
vista del peculiar mundo en el que deben ser
reinterpretadas.
4) Deformación
total del paisaje. La última
estrategia y la más radical. Introduzcamos
un elemento distorsionador en el paisaje, pero
uno que cambie el paisaje a lo bestia. Por ejemplo,
uno se puede ir a dar una vuelta por la ciudad
o donde sea y puede acabar encontrándose
fácilmente con una fuente. Se queda uno
un rato mirándola, y de repente piensa:
¿y si la fuente, en vez de manar agua,
mana sangre? No cabe duda de que el paisaje,
por ese motivo, ha cambiado de manera muy radical.
Las deformaciones pueden ser
muchas y muy variadas. Un clima atroz (una nube
negra cubre el paisaje, caen cientos de rayos),
de proporciones (no se veía el horizonte,
la parte más alta de la torre se perdía
entre las nubes) o de materiales. De este último
ejemplo, me gustaría poner un caso personal,
en concreto del relato El Brillo del Mal, publicado
en Axxón
#168. En este relato, por situar un poco
al lector, ya no existen apenas plantas en el
mundo, llegando a haber una brizna de hierba
expuesta en un museo. Mientras lo estaba ideando,
en un habitual paseo, topé con un gran
bosque que hay cerca de mi casa, y me planteé:
¿qué puede haber aquí en
el mundo del relato? Esto fue lo que se me ocurrió:
Ocurrió en uno de
esos neoparques que tanto acostumbraba a visitar,
de los que solían tener gran cantidad
de esculturas de mármol de árboles
ya desaparecidos por todas partes, distribuidos
siguiendo pautas caóticas que siempre
me extrañaron (…). Me acerqué
al centro del neoparque y me senté en
un banco, a la sombra de un antiguo monumento
de hormigón dedicado a un olmo. Los primeros
neoparques solían ser de tal material,
pero acabó por quedar en desuso. Al parecer
era fuente de múltiples depresiones entre
los habitantes que aún habían
conocido aquello que se representaba, especialmente
los días de tormenta, unas moles oscuras
y pétreas destacadas entre la agresividad
de los rayos, sucias por el efecto del agua
cayendo a lo largo de sus paredes estriadas.
Después de aquel fracaso se probó
un segundo tipo de neoparque basado en el vidrio,
pero tampoco prosperó. A veces me pregunto
por qué.
Y para acabar, mencionar tres
libros de ciencia ficción donde el paisaje
es de una importancia crucial. El primero de
ellos es Pórtico, de Frederik Pohl. Un
libro asfixiante donde el Pórtico es,
sin lugar a dudas, el protagonista indiscutible
de la historia que se cuenta. Una estación
espacial abandonada, portal de una cultura alienígena
de la que se sabe tanto como nada, y con naves
espaciales capaces de acceder a los rincones
más remotos de la galaxia, desde idílicos
mundos colonizables hasta tenebrosos rincones
de pesadilla. Un pequeño infierno para
aquellos que trabajan allí, los llamados
prospectores, que se juegan literalmente la
vida en cada viaje a lo desconocido.
 |
Otro de esos libros es Hyperion, de
Dan Simmons. Este libro, para empezar,
es uno de los pocos libros en los que
no se recurre a la clásica trivialización
de la space opera de que un mundo posee
esencialmente un clima, una ciudad importante,
etc. Hyperion es un mundo fascinante
y complejo formado por varios continentes
(perfectamente bien descritos) y que
es el hogar del monstruo insondable
conocido como el Alcaudón. Alberga,
además, lugares fascinantes y
misteriosos como la Ciudad de los Poetas
(cosa que me hizo mucha gracia, porque
mi instituto se llamaba igual) o las
Tumbas del Tiempo, un lugar fascinante
desde un punto de vista descriptivo.
Está, además, el Árbol
de Espinas del Alcaudón, horroroso
lugar donde las víctimas de esa
criatura yacen vivas y empaladas para
toda la eternidad.
Y el tercer libro, y para mí
el libro que más y mejor emplea
el uso del paisaje, es The Dig, de Alan
Dean Foster. Un libro que, por desgracia
y que yo sepa, no ha sido traducido
a nuestro idioma, pero que merece muchísimo
la pena leer. Este libro, de idea inicial
parida por Spielberg, en un principio
iba a haber formado parte de sus famosos
Cuentos Asombrosos, pero el presupuesto
para recrearlo se disparó tanto
que la idea quedó latente. Varios
años después, su colega
George Lucas vio la idea y le sugirió
emplearla para realizar una aventura
gráfica. A día de hoy,
The Dig es considerada una de las mejores
aventuras gráficas jamás
realizadas, con una madurez impresionante
y una música envolvente que atrapa
al jugador por completo. Si a eso unimos
que Orson Scott Card estuvo involucrado
en los diálogos, el resultado
fue el que sólo se puede esperar
de un proyecto que ha unido a profesionales
con carreras tan exitosas.
|
La adaptación de Foster
no deja de ser menos espectacular, ya que tiene
todo el tiempo del mundo para desarrollar la
trama. El libro cuenta la historia de Boston
Low, Maggie Robbins y Ludger Brink, esencialmente
tres astronautas que son enviados al espacio
para, mediante una explosión controlada,
desviar un asteroide que se acercaba demasiado
a la Tierra. Sin embargo, tras la explosión,
descubren que el asteroide, de hecho, está
hueco y alberga una extraña construcción
alienígena. Acto seguido la roca se transforma
en improvisada nave espacial y lleva a los tres
humanos a un mundo en apariencia abandonado,
formado por cinco islas y una colina central
(lo que ellos ven, claro), al que deciden llamar
Cocito. A partir de entonces la historia narra
sus esfuerzos no sólo por regresar a
casa, sino también por averiguar qué
pasó en ese mundo y por qué fueron
enviados a él.
Y con esto acaba el artículo.
Espero que haya servido a alguien, y nos vemos
en la próxima ocasión.
|