| Antes de meterme directamente
en el ajo y empezar a hablar de este nuevo artículo,
me gustaría reseñar que estamos de enhorabuena,
porque ¡éste ya es el décimo artículo
de La Guía…! Ya son diez artículos
dando consejos acerca de escribir ciencia ficción
y fantasía, y aunque tampoco son muchos, al menos
ya pasamos de numerar con una cifra a numerar con dos,
de modo que ya saben, aquellos que guardaban los artículos
y no ponían un cero delante del número van
a tener que cambiarlo… por otro lado, como la próxima
vez que ocurriera eso sería en el artículo
número cien y eso, en el caso de que llegara, quedaría
muy lejos, creo que es un buen momento para hacer una
pequeña celebración por ello.
Y después del rollo inicial, pasamos
al tema de esta ocasión. Es un tema que en el fondo
está muy presente no sólo en la literatura
de ciencia ficción y fantasía, en toda la
literatura en general y me atrevería a decir que
en todas las manifestaciones artísticas. Se trata
de emplear la exageración como herramienta inspiradora.
De hecho, algo se habló al respecto
en el artículo noveno de La Guía…,
dedicado a los paisajes, en un pequeño apartado
llamado deformación total del paisaje
donde se decía que una buena manera de conseguir
inspiración de un paisaje consistía en distorsionarlo
y exagerarlo hasta convertirlo en algo que nos apeteciera
incluir en una de nuestras historias. La exageración,
de hecho, puede ser una herramienta aún más
poderosa. Pero primero vayamos poco a poco.
La exageración es un tema vital
en la literatura. A nadie le interesa, por regla general,
las historias anodinas y planas. Tiene que haber un punto
único, un detalle bien escogido, que nos atraiga
y nos enganche. Eso es algo presente en cualquier género,
pero que cada uno explota a su manera. Puede tratarse
de un momento culminante espectacular, como suele pasar
en los relatos cortos, o puede ser una escena de gran
tensión, algo que un libro recibe con más
facilidad, algo que, como se dice, se nos queda grabado
en la retina. El caso es que la fantasía y la ciencia
ficción tienen una relación muy especial
con este, digamos, truco creativo, porque lejos de suponer
un suplemento a la historia, puede ser la fuente de la
que bebe la misma.
Porque la ciencia ficción y la
fantasía son géneros literarios que, para
empezar, son relacionados de manera popular con la imaginación.
Mucha gente se piensa que los escritores de ciencia ficción
y fantasía se pasan todo el día en una especie
de universo paralelo donde en vez de coches ven naves
espaciales o dragones o lo que sea. Pero eso no es así.
Un escritor de estos géneros vive en el presente.
Al fin y al cabo pretende escindirse del mismo en sus
historias, pero sin llegar a la desconexión total,
porque ese lazo a la realidad es un puente que tiende
a los lectores para que no se pierdan. Para llegar a ese
extremo tiene dos procedimientos. Uno de ellos, que no
me parece muy recomendable, es partir de cero creando
un entorno y luego insertar elementos comunes en él.
Puede dar buenos resultados, pero me parece muy complicado
de manejar. El otro, que considero más natural,
es, partiendo de lo que conocemos, deformar y retorcer
hasta obtener algo nuevo y distinto.
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Para empezar, eso
me parece más lógico por simple humildad.
No vamos a ponernos ahora a crear a partir de la
nada. Hay muchos detrás de nosotros que han
hecho las cosas mucho mejor, y el caso es que donde
ellos pusieron el punto límite, nosotros
podemos ir un poco más allá. Un ejemplo:
H.G. Wells fue uno de los primeros (que no el primero)
en hablar de viajes en el tiempo, en su genial libro
La Máquina del Tiempo, un libro fantástico
que apenas parece envejecer por más años
que pasan. El caso es que el autor trató
el viaje en el tiempo desde la perspectiva del viaje
al futuro, una perspectiva que explotó con
creces en el argumento (luego, de hecho, volveré
al argumento de este libro). Después de ello
llegaron otros autores y explotaron el tema con
la incorporación del viaje al pasado. Y yo
pensaba, pues ya está, no se puede hacer
más. ¿Qué no? Luego llegó
Bradbury. Antes de él estaba el clásico
argumento de que si uno viaja al pasado puede alterar
los hechos y cambiar el presente. Lo que hizo fue
llevar esta idea al extremo más exagerado
que pudo, y así, cualquier cambio, por pequeño
que fuese, alteraría para siempre el futuro
de manera irreversible. Ese fue el germen del conocido
relato El Sonido del Trueno. Una expedición
viaja al pasado a cazar dinosaurios y, a causa de
que uno de los cazadores pisa una mariposa, el futuro
cambia hasta el extremo de que incluso las ideologías
políticas son completamente distintas. En
la película llegaron aún más
lejos, y jugaron con la idea de que la raza humana
nunca llegó a ser la especie dominante del
planeta. Era una idea fantástica que por
desgracia no supieron aprovechar. |
El caso es que nos centraremos en la
idea de que partimos de algo y poco a poco lo vamos trastocando
hasta tener nuestra historia. Ese algo puede ser un relato,
una vivencia o una anécdota, eso es lo de menos.
Luego nosotros lo traducimos a nuestro idioma, el idioma
literario. Por tanto seguiré hablando de la exageración.
Muchos de mis conocidos me consideran
exagerado. Creen que soy muy grandilocuente cuando narro
algo que me ha pasado o que le ha pasado a otro, ya sea
en tono serio o de broma. Supongo que es algo le ocurre
a la mayoría de los contadores de historias. Es
como si vieran el germen de algo más grande y no
pudieran resistirse a la tentación de adornarlo
para darle una mayor presentación. Los monólogos
de humor, si uno se para a pensarlo, funcionan de esa
manera. Convierten lo más cotidiano en algo de
proporciones casi épicas, como ir al dentista o
programar el vídeo. El caso es que (repito mucho
‘el caso es que’, ¿no?) exagerar es
completamente necesario para escribir, y más aún
en nuestro caso. Se nos ocurre una idea, una idea que
nos parece buena, pero aún no queremos contarla.
Queremos esperar a que tenga más sustancia, a que
atrape al oyente. En el momento en que contamos nuestra
idea y el oyente, de manera espontánea, dice ‘eh,
es buena’ o algo por el estilo, ya hemos llegado
al punto que buscamos. Pero bueno, no me desvío
porque hablar de cómo los propios amigos y conocidos
pueden ayudar en el proceso de creación da para
todo un nuevo tema para La Guía…
El tema es que a mí al menos me enseñaron
que ser exagerado es muy importante en el proceso
de creación artística. En concreto,
me lo enseñaron cuando estudiaba arquitectura,
que es algo que creo haber dicho alguna vez antes.
Tenía una asignatura llamada Dibujo, Análisis
y Creación de Formas II en la que hacíamos
bocetos artísticos y preliminares de edificios,
porque ya se sabe que la arquitectura es un arte
un pelín caro, y por eso se tienen que
tener las ideas claras, que ya cuesta bastantes
machacantes hacer un edificio como para encima
emplear un método de prueba y error. Yo
tenía el concepto, completamente erróneo,
de que para aprobar tenía que ser un as
del dibujo, y que nunca aprendería a dibujar
si no sabía muchas técnicas pictóricas.
Bueno, afortunadamente para los aprendices de
dibujante, eso no es así. El secreto para
saber dibujar bien es saber imaginar bien, ni
más ni menos. Y el secreto para poder imaginar
bien es pensar a lo grande.
Uno de los trabajos que teníamos que hacer
era un diseño preliminar de un laberinto
para un parque. Empecé haciendo cuatro
paredes mal contadas con algunas divisiones porque
mi razonamiento era que si hacía un laberinto
grande la gente se iba a perder… el resultado
era que mi laberinto ni era laberinto ni era nada,
tres recodos mustios que a nadie impresionaban.
Entonces llegó mi profesor, Adolfo Morán,
al que menciono porque muchos de sus consejos
me fueron de gran ayuda no sólo para dibujar
sino también para escribir, y me dijo que
hiciera el laberinto más grande y bestia
que se me ocurriera. Que era
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Ilustración
de M.C.Escher |
un dibujo lo que estaba haciendo, que
ya se encargaría la realidad de hacerlo más
pequeño, más humano. Pero que si empezaba
con poco, me iba a quedar con menos aún. Así
que le hice caso. Cogí una cartulina y empecé
a trazar líneas a lo loco, verticales y horizontales.
Cuando hube acabado las junté como más me
gustaban y ése fue mi laberinto. En verdad era
grande, porque ni yo sabía de manera exacta cómo
estaba diseñado. Luego de eso decidí ser
un poco más bestia, y agarré todas las cintas
de casete de música que tenía en casa, las
vacié, las empecé a apilar de manera más
o menos aleatoria y le saqué una foto a la aberración
resultante.
Gracias a aquel consejo había
pasado de hacer un laberinto de cuatro paredes a uno que
podía ser tan grande como una montaña. ¿Que
luego había que reducirlo? Pues se reduce, pero
la esencia de la idea estaba clara.
Los escritores, de hecho, somos aún
más afortunados, porque nuestro presupuesto es
ilimitado. No tenemos que dar cuentas a nadie de cuántos
edificios (o mundos, o dimensiones) creamos o destruimos.
Y en el caso de la ciencia ficción y la fantasía,
más aún. Manejamos conceptos como planetas
de miles de millones de habitantes, o razas más
viejas que la historia del tiempo, sin apenas despeinarnos.
A nosotros el pársec se nos queda pequeño
en un momento, y la palabra infinito se nos antoja pobre
y limitada para definir lo que nunca acaba.
Hablando de laberintos, Borges, de hecho,
dio un paso más que yo no podía dar en el
contexto arquitectónico:
LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS
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Cuentan los hombres
dignos de fe (pero Alá sabe más) que
en los primeros días hubo un rey de las islas
de Babilonia que congregó a sus arquitectos
y magos y les mandó construir un laberinto
tan complejo y sutil que los varones más
prudentes no se aventuraban a entrar, y los que
entraban se perdían. Esa obra era un escándalo,
porque la confusión y la maravilla son operaciones
propias de Dios y no de los hombres. Con el andar
del tiempo vino a su corte un rey de los árabes,
y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad
de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto,
donde vagó afrentado y confundido hasta la
declinación de la tarde. Entonces imploró
socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no
profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de
Babilonia que él en Arabia tenía otro
laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría
a conocer algún día. Luego regresó
a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides
y estragó los reinos de Babilonia con tan
venturosa fortuna que derribó sus castillos,
rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo
rey. Lo amarró encima de un camello veloz
y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días,
y le dijo: "¡Oh, rey del tiempo y sustancia
y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder
en un laberinto de bronce con muchas escaleras,
puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien
que te muestre el mío, donde no hay escaleras
que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías
que recorrer, ni muros que te veden el paso."
Luego le desató las
ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto,
donde murió de hambre y de sed. La gloria
sea con Aquél que no muere.
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De modo que mi primer consejo es claro:
si uno tiene una idea, que esa idea sea a lo bestia. Lo
más bárbaro que a uno se le pueda ocurrir.
Puede ser por megalómana, puede ser por perversa,
por extremadamente dulce, por inmensa, por desproporcionada,
pero tiene que ser algo que provoque repulsa, ira, ternura,
que anide de manera radical en el lector.
Ésa es de hecho la otra palabra
clave en mi opinión, radical. Ser radical. En su
momento me decían que hay una diferencia muy grande
entre ser original y ser novedoso. El novedoso era el
que parecía que había hecho algo nuevo pero
que no dejaba de ser lo viejo disfrazado. El original,
sin embargo, era el que iba hasta los orígenes,
los enfocaba de otra manera y de ahí sacaba su
inspiración. Ser original y ser radical son dos
cosas muy emparentadas. Radical viene de raíz,
de lo que está al principio.
Todo esto en cuanto a la temática
de nuestras historias. Ejemplos se me ocurren una barbaridad.
Casi diría que toda gran historia de ciencia ficción
o fantasía se cimenta sobre esta base. Por ejemplo,
tenemos Soy Leyenda de Richard Matheson. Este libro que
pronto será película (y esperemos no destrocen
demasiado) cuenta la historia del desdichado Robert Neville,
que ha sobrevivido a una terrible plaga que ha convertido
en monstruos vampíricos al resto de la humanidad.
Entonces, la idea es: tenemos un mundo apocalíptico
donde ha habido supervivientes. Uno puede pensar, pues
esos supervivientes se han agrupado para sobrevivir como
pueden. Pero seamos un poco más burros. ¿Y
si sólo hubiera uno en todo el planeta? La cosa
se pone interesante. Pero, ¿y si el resto del planeta
estuviera poblado enteramente de monstruos? Bien, esto
ya empieza a ser como una película de zombies exagerada.
Pero, demos un paso más, ¿y si resulta que
esos monstruos están desarrollando una nueva sociedad…
y ahora desde su punto de vista el monstruo es Robert
Neville? Esto ya parece altamente satisfactorio, y eso
debió pensar también Matheson, que a partir
de esto llevó adelante el libro.
Otro
ejemplo: Pórtico, de Frederick Pohl. La humanidad
ha encontrado el Pórtico, una estación
alienígena inmensa llena de naves que llevan
a los lugares más remotos de la galaxia.
Ideas radicales introducidas por el autor: la raza
en cuestión ha desaparecido. Por completo.
Sin dejar ni rastro. Podía haber escogido
el camino clásico y que hubiera supervivientes,
pero no los hay, ni uno solo. Segunda idea radical:
los humanos no saben nada de esa raza. No saben
cómo funciona el Pórtico, no saben
qué nombre tenían, no saben, por no
saber, ni su aspecto. De ese modo se construye un
libro aterrador donde los Prospectores, los pilotos
que prueban las naves abandonadas de Pórtico,
literalmente se juegan la vida en cada salto, porque
no saben torcer, ni virar, ni conocen el rumbo de
antemano.
En el ya mencionado La Máquina
del Tiempo, el protagonista efectúa un primer
viaje al año (y no pongo ni uno más)
802.701. Cuando lo leí por primera vez me
quedé medio catatónico ante la fecha,
más lejana de lo que hubiera esperado en
un libro publicado hace tantísimos años.
Pero es que Wells se autosupera al final del libro
y lleva su propia idea aún más lejos,
y el protagonista viaja a la escandalosa fecha de
más de treinta millones de años en
el futuro.
En relatos cortos el radicalismo
temático es aún más acentuado.
En Ver al Hombre Invisible, de Robert Silverberg,
se juega con una idea que a todos nos fascina: poder
ir por la vida sin que los demás se percaten
de nuestra presencia. Pero Silverberg le dio una
nueva vuelta de tuerca al concepto. Eso es muy divertido
durante un rato: pero ¿y si estás
condenado a que sea así?
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Entonces me juzgaron culpable, me
declararon invisible por espacio de un año, a partir
del 11 de mayo del año de gracia de 2104, y me
llevaron a una habitación oscura situada bajo el
tribunal para imprimirme la marca en la frente antes de
dejarme libre.
Dos rufianes pagados por el municipio
se encargaron del trabajo. Uno de ellos me arrojó
sobre la silla, mientras el otro alzaba el hierro de marcar.
-No te dolerá nada -dijo
aquel mono babeante al ponerme la marca en la frente.
Y en efecto, noté cierto frescor y eso fue todo.
-Y ahora, ¿qué ocurre?
-pregunté.
Pero no hubo respuesta y ambos se
alejaron de mí, saliendo de la habitación
sin decir una palabra. La puerta quedó abierta.
Estaba libre para marcharme o para quedarme y pudrirme
allí si lo deseaba. Nadie me hablaría ni
me miraría más de una vez, sólo lo
suficiente para ver la señal en mi frente. Yo era
invisible.
Debe entenderse que mi invisibilidad
era estrictamente metafórica. Seguía conservando
mi solidez corporal. La gente podía verme, pero
se negaría a verme.
Éste es el magnético comienzo
del relato. Silverberg juega con la idea de que la invisibilidad,
a la larga, puede resultar una condena. Más aún,
esto es peor que la invisibilidad. Es la ignorancia. Todo
el mundo sabiendo que uno está ahí pero
haciendo como si no fuera así.
Un ejemplo personal, que no me puedo
resistir a mencionar, es un relato aún inédito
llamado El Mundo Siniestro. En él un dictador toma
el control de una ciudad y obliga a todos los diestros
de la misma a comportarse como zurdos, en venganza por
todo el desprecio al que los zurdos han sido sometidos
a lo largo de la historia, bajo penas que prefiero no
revelar para no fastidiar el resto del relato. El caso
es que yo soy zurdo, pero no por eso odio a los diestros.
Siempre bromeo con ello, y llamo alguna vez a los amigos
‘asquerosos e inferiores diestros’, a la vez
que proclamo que los zurdos dominarán el mundo.
El caso es que un día se me ocurrió llevar
las bromas un paso más allá y concebí
este relato. Es un relato tramposo ya que en el fondo
nadie posee una lateralidad perfecta y tiene partes de
zurdo y partes de diestro (según qué mano
use para aplaudir, qué pulgar está encima
al entrelazar los dedos y otras pequeñas maneras
de comprobarlo), pero la idea bastaba para hacer una historia
curiosa con ella.
Sin embargo la utilidad de la exageración
como instrumento creativo no acaba aquí, y hay
otro terreno en el que brilla con luz propia en los géneros
de fantasía y ciencia ficción. Ese género
es el de la creación de personajes.
A la hora de crear un personaje, la exageración
tiene mucho que ver con la simplificación. Exagerar
un personaje lo hace fácilmente reconocible, y
produce distintos efectos en nosotros a la hora de identificarnos
con él, como alejarnos de él sin que por
eso dejemos de comprenderle o acercarlo a pesar de no
tener nada que ver con nosotros.
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Hace mucho leí
un libro genial sobre cómo hacer personajes
para guiones de cine (pero que puede ser perfectamente
extrapolado a la literatura) llamado Cómo
crear personajes inolvidables que recomiendo
a todo el que tenga vocación de escritor
(la autora se llama Linda Seger). En ese libro hay
un apartado dedicado a lo que llama los personajes
no realistas. Hace bastantes subdivisiones, pero
en muchas de ellas se centra en la idea de que muchos
personajes que diríamos míticos se
basan en el hecho de que son, en esencia, una idea
llevada al límite. El ejemplo de Superman
y Batman, que usaban ahí, me parece muy acertado
para expresar lo que quiero decir. Superman es un
cúmulo de valores positivos y humanos llevados
al extremo, que hacen que en cierto modo nos gustase
ser él, pero no nos identificamos con Superman.
Su yo humano, Clark Kent, es de hecho una mentira
que ha inventado. Admiramos a Superman, pero está
más allá de nosotros.
Batman, por el contrario, es un
solo y único valor llevado al extremo: la
venganza. Todo lo demás se le presupone de
antemano, y muchas veces ni está claro. Hay
historias donde Batman es un asesino, hay historias
donde no lo es, pero en ambas es Batman. Eso con
Superman no podría ser así. Batman,
en cierto modo, es irreal por completo, está
menos definido que Superman. Pero curiosamente,
a pesar de eso, nos identificamos con él
con más facilidad. Eso es porque podemos
comprender ese sentimiento de venganza que anida
en su interior, ya que la venganza es un sentimiento
humano. Exagerado, llevado al límite, pero
está ahí. Y pensamos que no somos
Batman, pero podríamos ser él. Quizás
el otro héroe a mencionar sería Spiderman,
cuya diferencia con los dos anteriores es que él
sí posee una identidad real, y su gran baza
reside en su realismo, al ser capaz de hacer cosas
extraordinarias, pero al mismo tiempo sin dejar
de ser en el fondo una persona normal.
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Esto que acabo de decir acerca de estos
superhéroes ha sido explotado una y cien veces
en la fantasía y la ciencia ficción. Ha
sido usado para perfilar toda clase de criaturas a cada
cual más extraña. Algunos ejemplos:
• En La Ciudad, de Ray Bradbury,
el autor le otorga vida a una megalópolis alienígena
por medio de la emoción de la venganza;
• En No Tengo Boca y Debo Chillar,
Harlan Ellison emplea el odio para aterrarnos con AM,
un ordenador omnipotente que ha exterminado a la práctica
totalidad de la raza humana;
• En Destructor Negro, A.E Van
Vogt describe a un imparable alienígena (inspirador
de Alien) que se comporta como si aquellos a los que persigue
fueran inferiores a él;
• En El último perro, de
Mike Resnick (publicado en Axxón),
el autor explota las cualidades típicas de estos
animales, como lealtad y fidelidad, para otorgar al animal
protagonista del relato una personalidad casi humana.
Y esto es todo por este artículo.
Bueno, sólo dos cosas más. Una es introducir
una pequeña novedad, aprovechando que estamos en
el número diez, y es dejar abierto a sugerencias
los futuros temas a tratar en los artículos de
La Guía… Todo aquel que tenga una sugerencia
puede mandarme un correo a
y se considerará hacer un artículo al respecto.
La segunda cosa está relacionada con la primera,
pues se puede pensar que como nadie lee esto aparte de
la editora y yo mismo nadie va a contestar. Afortunadamente
eso no es así, porque al menos tenemos un gran
seguidor, mi colega escritor Albino Hernández Pentón,
que tiene mucho talento y al que dedico este artículo
por todo su apoyo.
Y ahora, sí que sí, hasta
el próximo.
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