| Después
de ponernos trascendentales en el anterior artículo
y hablar de la maldad y cómo sacarla
provecho desde el punto de vista creativo, ahora
seré un poco más terrenal y hablaré
de algo que ningún escritor puede dejar
pasar de largo, y es cómo la ambientación
que le rodea acaba influyendo en sus propios
relatos.
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Lo primero de todo, antes de meterme
en el ajo, es agradecer a Pily la sugerencia
de este tema que ahora tenemos entre
manos, y recordar que cualquier lector
puede mandarme sus propias sugerencias
de posibles temas para la Guía
del Autoescritor Galáctico a
.
Una vez dicho esto, procedamos a meternos
en lo que nos ocupa.
Hacer una lista de la cantidad de variables
externas que influye en la obra de un
escritor podría llevarnos toda
la vida, si con suerte lográramos
acabarla. Son tantos, tantísimos
los detalles que pueden dejar una huella
en un relato o en un libro que resulta
tan difícil catalogarlos como
difícil es contar los granos
de arena de una playa. Desde un punto
de vista personal me ha podido influenciar
en el mismo proceso de creación
de un relato desde los objetos que pueda
tener en el escritorio, como un cubo
de Rubik, al ruido de una taladradora
que haya podido escuchar en el exterior
de la habitación (ruido éste
más que habitual en Madrid, como
si las taladradoras fueran otra criatura
que habita en la ciudad). En el cuatro
artículo de La Guía…
sin ir más lejos, se hablaba
brevemente de cómo hacer relatos
breves, valga la rebuznancia,
fijándose en lo primero que uno
tenía a su alrededor.
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Ahora bien, hay elecciones
que son tomadas de manera subjetiva y en muchos
casos resultan ser inevitables pues son producto
de una dicotomía, es decir, o esto o
aquello, pero una de las dos tiene que suceder.
Además de eso el lugar concreto donde
realicemos el proceso de escribir influencia
de manera decisiva en el relato. Ya puede ser
una biblioteca, la calle, un despacho o nuestra
propia casa que cada sitio posee unas connotaciones
propias. Y resulta interesante aclarar que,
si bien en la mayoría de los artículos
que he tratado hasta ahora me he centrado en
el proceso de obtener inspiración para
libros o relatos, en este caso partimos ya con
la idea preconcebida de que tenemos una idea
en mente y ya estamos de lleno en la tarea de
convertirla en una historia. Pero claro, por
muy planificador que uno sea, no puede tener
atados todos los cabos sueltos que surgen cuando
uno empieza a escribir. De hecho, y concretando
ya en los géneros que nos interesan,
que son la fantasía y la ciencia ficción
en todas sus variantes, una gran parte de lo
que en otros géneros sería documentación
en estos es sustituido por imaginación,
y la imaginación se nutre de manera directa
del mundo que nos rodea. Ya sea por similitud
o por contraste, pero el caso es que eso ocurre
queramos o no.
Para abrir boca pondré un ejemplo
muy claro pero al que no solemos dar
la importancia que realmente tiene:
el formato del ordenador. Los escritores
estamos plagados de manías. Algunas
de ellas están fundamentadas
con cierta lógica, pero otras
son tan variopintas que resulta imposible
discernir cuál era su fuente.
En los tiempos que corren puede que
aún exista algún valiente
que emplea la máquina de escribir
para crear sus relatos, pero en general
el ordenador es la herramienta más
adecuada. Pues bien, mucha gente necesita
tener un fondo de escritorio concreto
para escribir. Ese no es mi caso, pero
me consta que a muchos les sucede así.
Puede deberse a que buscan un cierto
estímulo, puede deberse a que
lo necesitan para entrar en el “modo
literario”, el caso es que es
una necesidad tan legítima como
cualquier otra.
Otras de las elecciones que se llevan
a cabo, y que hacemos todos los que
usamos el ordenador, es el tipo de letra
a emplear y el tamaño de la misma.
Por ejemplo, personalmente soy incapaz
de escribir si no estoy usando la fuente
Times New Roman y el tamaño 12.
¿Es esto una manía? Totalmente.
Además, no me basta con escribir
y luego retocar, todo lo que voy escribiendo,
mientras pueda, tiene que quedar bien
tabulado y corregido.
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¿Por qué me
comporto así? ¿Es algo normal
o es raro? Yo diría que es normal al
menos entre los que nos dedicamos a escribir,
que algo raros debemos ser para hacerlo viendo
lo duro que es meterse en ello. Tras reflexionarlo
un poco he llegado a la conclusión de
que cada autor desarrolla una especie de lenguaje
interno parecido a los lenguajes de programación.
Quien haya usado LaTeX (sí, no me ha
bailado la tecla de mayúsculas, se escribe
así) o diseña páginas web
se imagina más o menos a lo que me refiero.
Salvo escasas excepciones, lo que escribimos
nunca aparece de la misma manera en que lo hemos
hecho. Se cambia el tamaño, la fuente,
a veces se añaden dibujos (como en el
caso de este mismo artículo) e incluso,
maravillas de la tecnología moderna,
hipervínculos, pero eso al autor le da
igual, porque él en su mente, si ve el
manuscrito bien “formateado” en
su lenguaje interno, comprende que será
bien adaptado. Los lenguajes de programación
que he mencionado antes (aunque es un término
un poco vago para denominarlos los llamaré
así) tienen una propiedad similar. Lo
que se escribe en ellos no es, ni mucho menos,
el resultado final. De mostrar el resultado
final se encarga un software especial llamado
compilador que lo transforma en algo reconocible
para el profano. En nuestro caso, el compilador
es un ser humano, y se trata del editor o maquetador,
según los casos (como Pily en este artículo).
Muchas veces de su labor depende que el relato
tenga éxito o sea asequible al lector,
pero eso es algo que no es competencia del autor.
Él tiene un lenguaje interno del mismo
modo que el maquetador otro.
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Esto rollo
viene a cuento de que nuestra elección
puede cambiar mucho el resultado de lo
que contamos. Por ejemplo, noté
mucho la diferencia entre un monitor grande
y uno pequeño en su momento porque
en el grande podía ver más
pantalla y por tanto tenía una
idea más clara de si estaba haciendo
o no párrafos grandes. Cada nuevo
cambio introduce nuevas maneras de escribir,
a veces más sutiles, a veces menos.
Después de este
ejemplo un poco largo, pasemos a otros
ejemplos más terrenales y menos
algorítmicos. La ambientación
influencia de manera muy distinta según
sea aquello que deseamos contar. Desde
luego, ejerce un papel crucial en un relato
de terror, donde se puede decir que la
ambientación casi debería
ser tratada como un personaje más.
En la ciencia ficción y en la fantasía,
en términos generales, la ambientación
es bastante importante, no sólo
la del relato, también la que rodea
al autor. Como se ha mencionado antes,
la imaginación más que la
documentación es esencial en estos
géneros. La documentación
también, por supuesto, pero en
muchos casos, sobre todo en los de la
ciencia ficción denominada Hard,
la que se basa en ciencias puras, resulta
ser un poco estéril por sí
sola. Por interesante que sea lo que se
está contando, hay muchos detalles
que son necesarios para el lector. El
lector, salvo que se desee adrede hacer
lo contrario, necesita unos mínimos
asideros para ubicarse, y mucho más
en unos géneros donde si nos ponemos
drásticos puede ocurrir literalmente
de todo.
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La manera en que introducimos
el ambiente que nos rodea en un relato es, aunque
parezca una perogrullada, por los sentidos.
Son nuestro contacto con el exterior, y a través
de ellos tendemos un puente hacia la historia.
Si lo enfatizo es porque tendemos a pensar en
la vista como el sentido predominante en, por
ejemplo, las descripciones, pero hay otros grandes
perdedores que ofrecen un interesante abanico
de posibilidades descriptivas, como el oído,
el número dos de los sentidos humanos,
o el tacto. De hecho, antes de seguir, me gustaría
mostrar la sobrecogedora descripción
con la que comienza el excelente relato Reversión,
de Juan Alexander Padrón, publicado en
la revista La Plaga nº 8:
Theros tuvo la sospecha
que se estaba muriendo, como la puede tener
un hombre cegado por la explosión de
una granada mercurial. Una lengua de fuego y
humo recorrió su aura, derritiendo el
tejido del traje protector y devorando sus pestañas
-las sintió consumirse como una brasa
agitada. El estruendo que siguió a la
detonación le indicó que estaba
muerto, muerto o casi; a pesar de que aquella
forma de apagarse no le hacía la menor
gracia.
Una lluvia de agujas llenó
su cuerpo y su cabeza con un alarido y algo
se quebró dentro de su pecho. La sensación
de calor que antes le embargaba se trocó
en humedad tibia y pegajosa, al tiempo que un
torbellino de espinas arropó su conciencia.
Entonces llegó al
olfato el hedor a azogue, azufre, carne y sangre.
Sus manos finas y desesperadas palpaban su cuerpo,
tratando de averiguar que partes faltaba. Theros
siguió palpándose hasta que descubrió
que precisamente lo que faltaba eran las manos.
Tosió sangre y se permitió un
momento de resuello. Abrió los ojos para
comprobar si podía ver y escuchó.
Al menos los sentidos no estaban afectados:
el olor de su epidermis chamuscada era tan real
como el sabor a herrumbre de su boca. Dolía
tanto que no le importó que sus esfínteres
se abrieran.
Se resignó al hecho
de que aún estaba vivo.
Lo más magistral de
la descripción es el hecho de que ya
en la segunda línea de la misma el autor
directamente prescinde de la vista y se centra
en todo lo demás para ofrecernos un marco
global de lo que está pasando.
Tras este inciso acabar mencionando
que la sensación del momento puede ser
el mejor impulsor para narrar un hecho concreto.
Personalmente he llegado al extremo de darme
repulsión a mí mismo al escribir
narrando una operación a pecho descubierto
que un alienígena efectúa en un
ser humano.
Otro ejemplo personal (es difícil
poner ejemplos de influencia del ambiente en
el autor que no sean personales) es relativo
a uno de los primeros relatos que escribí.
Tenía intención de que fuera de
miedo, así que, ingenuo de mí,
pensé que la mejor manera de lograrlo
era producirme miedo a mí mismo. Y lo
logré. Vaya si lo logré. Días
antes había estado viendo una entrevista
que se le hacía a Narciso Ibáñez
Serrador, un gran experto en hacer “historias
para no dormir”, como se llamaba uno de
sus programas, y decía que todo se reducía
a tres variables, lo que he dado en llamar el
SOS: la Soledad, la Oscuridad y el Silencio.
Éstas son las variables que empleé
en el relato. Por otro lado, para provocarme
miedo a mí mismo lo que hice fue emplear
dos de ellas (Soledad y Oscuridad) y cambiar
la tercera por una canción que me resultaba
y resulta aún inquietante. El resultado
es que de primera mano todo lo que me asaltó
lo traduje en descripciones directas del miedo
que sentía el personaje.
El relato fue serializado
en un programa de radio ya desaparecido llamado
Cuento Contigo, y personalmente no he vuelto
jamás a intentar provocarme miedo a mí
mismo para escribir. Principalmente, porque
tengo interés en superar los cuarenta.
Tras toda esta parafernalia,
seré un poco más concreto al respecto
de las cosas más importantes que residen
en la ambientación que usamos al escribir:
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1) La iluminación.
Cuando digo la iluminación, claro,
me refiero no sólo a la artificial,
sino también, y sobre todo, a la
natural. La verdad es que muchas veces,
en muchas películas, han reflejado
a los escritores como sujetos que se levantan
pronto por las mañanas para escribir.
Eso no es del todo cierto, ni mucho menos.
Para empezar, porque a veces no se puede
ni siquiera elegir. Si uno tiene un trabajo
que no tiene nada que ver con escribir,
como ocurre en la grandísima mayoría
de los casos, acabará escribiendo
de noche. Y la diferencia del resultado
escribiendo de día o de noche es
muy clara. No porque si escribimos de
noche todo lo narraremos de noche, aunque
puede ocurrir también. De noche
nos dejamos llevar más fácilmente
por el subconsciente, solemos soltar lo
primero que nos viene a la cabeza. Muchos
hemos escrito alguna vez de noche por
ser incapaces de dormir. Un autor que
por ejemplo suele escribir de noche es
Mike Resnick, que si no conocen les recomiendo
encarecidamente desde un punto de vista
personal (además de que es una
excelente persona). Él mismo dice,
mencionando el proceso de creación
de “MacDonald tenía una granja”
(finalista del premio Hugo) que “lo
de trabajar siempre de noche es una inclinación
vampírica que comparto con la mayoría
de los escritores”. Yo mismo adoro
escribir de noche, aunque dado mi estilo
oscuro no es que esté revelando
nada sorprendente. Este mismo ensayo lo
estoy escribiendo de noche.
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Otra variante menos drástica
es la penumbra. Hay algunos autores a los que
les gusta bajar la persiana para crearse un
ambiente distendido y más tranquilo.
Alguna vez lo he hecho, en la vida hay que probar
de todo salvo, como ya se dijo en el primer
artículo, nada de drogas ni cosas que
afecten a la cocorota, que ya tenemos todo lo
que se necesita para escribir sin ellas. Escribir
con penumbra es un experimento interesante porque
no llega a ser como la noche ni tampoco como
el día, está a medio caballo en
un terreno indeterminado del que uno no tiene
claro qué puede salir. De ello saqué,
sin ir más lejos, una novela de género
negro y la descripción de una pesadilla.
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2) El clima. Esto será
más breve que el apartado anterior,
pero es también importante. Bien,
supongo que, a no ser que el progreso
vaya más deprisa de lo que imaginaba,
para cuando lean esto no podemos controlar
el clima a nuestro antojo, por lo que
será una parte de nuestra ambientación
que no podremos eludir de ninguna de las
maneras. Uno tiende a pensar que el verano
aplasta las neuronas y le vuelve más
inactivo desde un punto de vista literario,
pero no tiene por qué ser así.
En verano se pueden escribir libros enteros
si uno se pone a ello, además de
que a veces es el único momento
en que puede uno meterse en proyectos
de tal envergadura, gracias a las vacaciones.
Sin embargo de lo que no hay duda es que
no tiene nada que ver escribir teniendo
frío que calor. Pónganse
si no a imaginar un planeta en tales circunstancias.
Mejor aún, imagínense con
frío y teniendo que hablar del
vacío cósmico, o con calor
y teniendo que hablar del corazón
de una estrella. El clima también
pone su nota anímica, porque qué
duda cabe que el optimismo o el pesimismo
de uno puede variar enormemente según
esté o no en una estación
que le guste, o en una en la que los días
se van haciendo más largos o más
cortos. Como curiosidad, cuando es verano
yo suelo ubicar las historias en invierno
y viceversa, pero eso es porque soy un
nostálgico describiendo, así
que añoro lo que en ese momento
no tengo.
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3) El sonido ambiente. De esto
ya hemos hablado un poco antes, pero es que
suele ser crucial para la mayoría de
nosotros. Ya una vez dediqué un artículo
al hecho de que la música puede inspirar
un relato, pero ahora lo que decimos es que
la música ambiente puede aportar un soporte
extra al mismo. O la ausencia de música.
Hay autores que no pueden tener ni un solo ruido
a su alrededor y necesitan el más absoluto
silencio. Eso también depende del momento
concreto o de lo que se vaya a contar, si es
algo que uno tiene muy claro o por el contrario
desea, o bien imaginarlo con mucho detalle (y
necesita por tanto concentración) o bien
dejarse llevar por la música a ver dónde
aterriza uno.
Si ya nos ponemos concretos,
el tipo de música a emplear puede ser
muy importante, y ahí entra la subjetividad
de cada uno. Por ejemplo, la música jazz
me hace pensar en novelas negras. Otra cosa
es la sensación que la música
provoca en el autor. Una canción agresiva
puede provocar frases duras, cortas, y hacer
que uno no piense demasiado lo que escribe sino
escribirlo sin más. Lo contrario puede
provocar, por otro lado, reflexiones y comentarios
pausados, tranquilos. Esto lo comprobé
por mí mismo ya no sólo con relatos
sino también pintando cuando estudiaba
arquitectura. Cuanto más movida era la
música, más cercanos estábamos
todos a los tonos oscuros, no porque nos deprimieran,
sino porque empleábamos más y
más colores hasta que todos ellos se
acababan por mezclar y solapar.
4) En un vehículo.
Primer consejo: si escriben en un vehículo,
no sean ustedes los conductores del mismo. Lo
primero para evitar un multazo, y lo segundo
para salvaguardar su integridad física
y la de los demás. En este apartado lo
que quiero decir, obviamente, es que son pasajeros.
Es más habitual hacerlo en un transporte
público que en uno privado, porque en
un coche, por ejemplo, uno acaba conversando
con el conductor o con algún otro pasajero.
Pero en un transporte público eso es
menos usual.
Cabe decir que en cada país
los vehículos son muy distintos. Aún
recuerdo los camiones-monstruo que funcionan
como autobuses en La Habana, donde era mejor
no andarse muy despistado. Por otro lado en
países como Estados Unidos es bastante
normal que dos desconocidos se paren a charlar
en el metro, sin ir más lejos. Aquí
en Madrid, que es donde me ha tocado vivir,
cada uno va a su bola y, salvo jueguecitos de
miradas, no hay mucha comunicación entre
pasajeros, de modo que uno se saca sus cuartillas
o lo que sea y al tema.
Segundo consejo: no tengan
vergüenza en escribir delante de otros.
Al cabo de un rato de empezar estarán
de lo más a gusto, y si no es así
insistan, porque de verdad merece la pena intentarlo.
Escribir en un transporte público es
muy fluido, y las ideas bullen a toda velocidad.
Además el entorno influye muchísimo
en lo que contamos, a veces de hecho puede convertirse
literalmente en la historia o en el capítulo
que estemos llevando a cabo. Piensen, además,
que ese es un ambiente al que la mayoría
tenemos fácil acceso, dado que es normal
tener que usar a menudo el transporte público,
y de ninguna de las maneras podrán tratar
de imitar en sus casas.
5) Campo o ciudad.
Otro que en general tampoco podemos controlar,
aunque en España y gran parte de Sudamérica
somos inmensamente afortunados de tener fácil
acceso al campo. Escribir en el verde es una
de las cosas más relajantes y agradables
que uno puede llevar a cabo. Claro, el clima
tiene que acompañar, pero la historia
se ve plagada de innumerables detalles minúsculos,
como una que escribí recientemente en
el Cerro de los Locos (no me he inventado el
nombre, en serio) en la que empleé arañas
por el mero hecho de tenerlas cerca.
Lo urbano también aporta
grandes detalles a una historia. Aunque no lo
he hecho nunca, me encantaría escribir
un relato estando en la azotea de un edificio
elevado desde el que poder abarcar un amplio
horizonte.
Si uno ya tiene claro lo que
busca, entonces elige un sitio concreto y lo
emplea como ya en el pasado hablamos de cómo
aprovecharse de los paisajes.
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6) En tu país
o en otro. La ambientación
influyente definitiva. Una de esas cosas
que sólo se puede hacer unas pocas
veces en la vida, a no ser que uno sea
un gran viajero o un fugitivo de la justicia.
Si todas las cosas anteriores resultaban
influyentes por sí solas, imaginen
estar en un lugar en el que por no tener
no tienen ni que tener nuestro mismo idioma.
Todo es nuevo e increíble: las
gentes, las costumbres, el paisaje, el
clima, el transporte… y más
aún, el potencial de semejante
influencia en la fantasía y la
ciencia ficción es colosal. Pero
dado que este tema concreto es muy extenso,
lo dejaremos aquí con la idea de
retomarlo en un futuro artículo,
tal vez el siguiente (¡ya tengo
idea para una próxima actualización!).
Ya hemos llegado al
final entonces. ¿Queda algo por
decir? Bueno, reiterar lo que dije al
principio, que las sugerencias sobre nuevos
temas son bienvenidas sin más que
enviar un correo a
. ¿Algo más? ¡Ah,
sí! Dedicar este artículo
a Miguel Cisneros, miembro del Círculo
de Escritores Errantes, y agradecerle
sus elogiosas palabras para con esta sección,
que siempre son de agradecer.
Y ahora sí que
sí, hasta la actualización
que viene.
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publicado en enero
de de 2008
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