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En el anterior
artículo de La Guía…
hablamos de cómo la ambientación
podía resultar crucial a la hora de escribir
fantasía y ciencia ficción. En
este caso nos centraremos en un aspecto que
nunca se puede obviar sea lo que sea lo que
uno escriba: el título. Ya estemos metidos
en el ajo de escribir una novela o un relato,
el título es una parte muy importante
del proceso creativo. El título es, en
muchos sentidos, la tarjeta de visita de nuestra
obra, y no sólo para el lector, también
para el editor. A veces en la buena elección
de un título resida el motor que alimenta
todo el resto de la historia, y eso, ni mucho
menos, es una excepción en la ciencia
ficción y la fantasía; es más,
en mi opinión una de las cosas más
divertidas de estos géneros es la increíble
diversidad de títulos que admiten, a
cada cual más extravagante que el anterior,
y que muchas veces ponen de manifiesto que son
auténticos géneros de géneros
que engloban y aprovechan otros estilos más
habituales. Pero como siempre, me estoy adelantando.
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El caso es que nunca podemos
prescindir del título. A veces, como
en el genial relato del belga Frank Roger, nuestra
historia puede tener cero palabras, pero aun
así no se prescinde del título,
que es, por cierto, El día que cayeron
las bombas borradoras de textos. Hace ya
un montón de años, y como siempre
perdón por ponerme de ejemplo, que escribí
un relato ultracorto de tres palabras que se
llamaba El título nunca debe ser
más largo que la historia y cuyo
contenido era sencillamente una frase, “Estoy
de acuerdo”.
Lo cierto es que muchas veces
del título puede surgir toda la idea
para una historia. No me refiero a estos casos
anómalos y paranoicos, más bien
quiero decir que puede ser la chispa de creatividad
que nos motive con la idea que de cuerpo a todo
el argumento. Ese será el tratamiento
que le daré en este artículo,
como en muchos otros anteriores, el título
como herramienta para ayudar a la creatividad.
En toda la literatura, en
general, el título es lo primero con
lo que jugamos con el lector. La mayoría
de las veces, sobre todo en este mundo en el
que la saturación de información
y posibilidades de ocio es cada vez más
grande (y en muchos casos, como el de este artículo,
gratuita) será nuestro cebo para “pescarle”,
para llamar su atención. Estamos diciendo
algo así como “eh, mira qué
título más curioso, tendrás
que seguir leyendo para averiguar por qué
lo he usado”. En la ciencia ficción
suele ser incluso más útil si
cabe. Al fin y al cabo, muchas veces (por no
decir todas) los relatos de ciencia ficción
son fruto de la especulación, con lo
que el título en sí puede ser
una especulación andante.
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Otras veces, el título es un
reto, como un desafío que le
lanzamos al lector. Un ejemplo de eso
es el relato de Philip K. Dick que ya
mencioné en una ocasión,
El cuento final de todos los cuentos.
Con un título como ese (y por
añadidura una extensión
muy pequeña) las posibilidades
de atrapar al lector son más
que amplias. Otro asunto más
peliagudo es que si luego las expectativas
no son justificadas el lector se puede
haber sentido engañado, con lo
que por mucho que nos esforcemos en
el futuro no podrá quitarse esa
pequeña desilusión de
encima. Es un poco lo mismo que ocurre
con esos autores que por sistema, de
manera automática, tienen que
meter en todas sus historias uno de
esos finales que me gusta llamar “sorprendentes”,
de esos que nunca se espera uno. No
puedo poner ejemplos, claro, a ver si
voy a fastidiarle a alguien el final
de algo que no ha leído o visto,
en el cine funciona igual, pero creo
que me explico bien. Al final esos autores
están abusando del lector porque
ya lo único que hacen es jugar
con él, no están interesados
tanto en lo que cuentan como en contarlo
de manera efectista. Un poco con los
títulos creo que pasa igual.
A veces un título debe ser correcto,
apropiado, un remate a una historia
excelente. A veces puede ser como un
pistoletazo de salida que dé
lugar a una lectura frenética.
Eso depende mucho, también, de
la filosofía literaria del autor,
y de la extensión de lo que se
escribe, como veremos más adelante.
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Sin embargo, lo que nadie duda
es que si un título es bueno, a la gente
le calará hondo, y eso nunca estará
de más. Si la macrosaga de George R.
R. Martin no se llamara Canción de
hielo y fuego y tuviera un nombre más
absurdo, raro es que el boca a boca la hubiera
beneficiado. Si el título es bueno, a
la gente le gustará mencionarlo, y en
concreto comentarlo con otros, a los que a su
vez puede que anime a leer dicha obra.
Otro asunto es que pueda resultar
sugerente. Con un título, como con cualquier
otro rollo creativo, hay gustos para todo, y
lo que a unos les puede resultar sugerente a
otros no tanto. Hace ya tiempo en el Taller
7 se evaluó un cuento que si no recuerdo
mal, y me disculpo anticipadamente si me confundo
en alguna palabra, se llamaba El terrorífico
orden de los decimales de Pi. Varias personas
comentaron que era un título magistral,
y a mí me lo pareció sin duda
alguna. Sí, cierto, soy matemático,
pero aun así el título me parecería
magistral de todos modos. Resulta ser de lo
más peculiar y, sobre todo, invita a
la especulación, a pensar ¿de
qué irá esto? Enciende una chispa
de curiosidad, y eso ya es un punto a favor
del relato. Ese es un denominador común
de muchos lectores del género, al fin
y al cabo: la curiosidad. Curiosidad científica,
curiosidad fantasiosa, pero una curiosidad malsana
que les hace atrapar el cebo y que, a mi juicio,
les hace ser personas con una gran inteligencia
y cultura, porque hace ya tiempo que opino que
la verdadera llave de la sabiduría consiste
en tener la capacidad constante de maravillarte
de lo que te rodea y desear comprenderlo o,
cuanto menos, disfrutar con sus misterios.
En cuanto a lo de la curiosidad, la
ciencia ficción en concreto es
un género en el que hay una gran
rienda suelta para la creación
de títulos extraños y
bizarros que atrapen al potencial lector.
De hecho, suele ser uno de los detalles
que con más claridad identifican
al género desde sus inicios.
Títulos como La bestia que
gritó amor en el corazón
del mundo o ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas?
Destacan por su peculiar estructura,
que hace que deseemos saber más
acerca de las historias que cuentan.
Muchas veces ese bizarrismo, sin embargo,
puede provenir de lo extraño
de sacar el título de contexto
o de pensar en él como en un
título de ciencia ficción,
como por ejemplo en La muerte interior
de Claudio Amadeo. Ese título
podía ser usado en montones de
relatos costumbristas o de ficción
a secas, pero de repente pensar en él
como en el título de un relato
de ciencia ficción ofrece un
abanico de posibilidades fascinante.
¿A qué se referirá
con eso de “la muerte interior”?
La respuesta, por cierto, podrán
encontrarla en la revista Axxón,
que es donde ese relato se publicó
originalmente.
Jugar de esa manera con los títulos
es, para qué negarlo, divertido.
Mucho. Es divertido hasta inventarse
títulos de relatos que nunca
existirán. Pero cuanto uno como
autor piensa en un título que
le gusta, la satisfacción es
inmensa. Personalmente, uno de mis títulos
favoritos de relatos que he escrito
es El Cazador de Almas Perdidas,
y lo más gracioso es que no es
ni de lejos de los relatos que más
aprecio.
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Como ya decíamos antes,
por otro lado, la importancia está en
relación directa con la extensión.
En los ultracortos pueden querer decirlo todo,
pero en general, en muchos casos, están
de más. Son tanto más importantes
cuantas menos palabras usemos, pues estaremos
obligados a cargar el peso de la historia en
el título, aunque a veces eso no ocurre
así (como en un relato de una sola palabra
que consiste, simplemente, en “Dios”).
A medida que las palabras aumentan, el título
puede perder importancia, ya que tenemos, digamos,
un ultracorto de veinticinco palabras, pues
lo importante es lo que esas palabras dicen,
y a veces hasta no leeremos el título
y leeremos antes el propio relato, cosa que,
curiosamente, no haremos con muy pocas palabras,
como si conociéramos bien las reglas
del juego y supiéramos que, con muy pocas
palabras, el papel del título será
esencial.
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Julio Cortázar |
En los
relatos cortos es probablemente donde
los títulos brillan con mayor intensidad.
Un relato corto es lo suficientemente
impulsivo como para poder atraer de manera
directa, pero lo suficientemente largo
como para exigir una gran concentración
por parte del lector, al que tenemos que
darle lo mejor de nosotros mismos ya que,
al contrario que en un libro, no está
dispuesto a soportar que nos enrollemos
en exceso. Como bien decía Julio
Cortázar, y es posible que haya
mencionado anteriormente, podemos poner
un loro en el relato, pero entonces tiene
que hablar. El título no se libra
de esa norma. Es más, podría
ser lo único que el lector leyera
de nuestra historia. Un mal título
puede convencerle de no leer más,
y a veces es lo único que sabe
de nosotros, ya sea porque lo ha leído
en un índice de una antología
de relatos, porque lo ha oído mencionar,
lo ha visto en una página web o
alguien se lo ha recomendado.
Subiendo la extensión,
en las novelas cortas la importancia del
título se hace menor. Leer una
novela corta ya exige cierta disposición
inicial, uno no se pone a leer novelas
cortas así porque sí, sin
más. Generalmente, ya sabremos
la trama, y por tanto el título
pierde notoriedad como carta de presentación
(aunque no siempre será así,
como en el caso de presentar una novela
corta a un concurso). Si bien su importancia
es menor, no es tampoco desdeñable.
Donde el título
posee menos utilidad, irónicamente,
es en una novela, donde muchas veces sólo
cumple con su función objetiva,
distinguir unos libros de otros, y poco
más. Hay, de hecho, grandes libros
con títulos nefastos o, en el mejor
de los casos, sosos, como es el caso de
mi libro favorito, que tiene el anodino
título de La luz del día,
un título que no hace ninguna justicia
a su fantástico contenido.
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El título, muchas veces,
posee un doble sentido, y ahí es donde
entra en juego la manera más sutil y
astuta de emplearlo. Por sí solo tiene
un significado, que puede o no ser entendible
pero que está ahí, y sin embargo,
todo título tiene una segunda manera
de ser entendido, y es como parte de la historia
a la que acompaña. Eso puede hacer que
un título cambie totalmente su significado.
Andreu Martín posee una novela negra
que se llama Bellísimas personas,
y teniendo en cuenta el gusto por los personajes
oscuros y sórdidos del autor cabe esperar
que ese título no sea otra cosa más
que una amarga ironía. Dentro de nuestro
terreno, un autor que juega de manera genial
con esa idea es el gran punk Harlan Ellison,
que tiene en su haber títulos como mi
idolatrado No tengo boca y debo gritar
o Arde el cielo. Estos títulos
toman un significado muy concreto cuando uno
ha leído los relatos a los que hace referencia,
escalofriante en ambos casos.
| Lo
cierto es que después de hablar
de lo importantes que son los títulos
lo suyo sería hablar un poco de
cómo construirlos. Bueno, como
en muchos otros artículos de La
Guía… lo primero de
todo es comentar que las tipologías
o ideas que contaré son elecciones
personales, y que seguro que habrá
muchas ideas geniales que estaré
dejando escapar.
Lo primero de todo, y
esto es algo que no acabo de entender
muy bien por qué me sucede pero
en mi caso al menos es así, es
que siempre obtengo mejores resultados
si primero pienso el título y luego
escribo la historia, y no al revés.
¿Por qué? Es posible que
tenga que ver con el hecho de que al pensar
antes en el título lo incluya como
parte del disparador de la historia. También
es verdad que cuando lo hago así
(no siempre, por desgracia no siempre
está uno inspirado para encontrar
un buen título y lo acaba dejando
correr como una tarea pendiente para después
de escribir la historia) intento crear
una relación fuerte entre el título
y la historia. Hay muchos libros, y relatos,
y cómics, y películas, en
los que se puede estar seguro de que el
título fue pensado antes que la
obra finalizada. No siempre ocurre así,
pero en los casos en que ocurre resulta
ser bastante claro. Quizás sea
más correcto pensarlo al revés:
es fácil ver cuándo un título
ha sido puesto a una obra como se le pone
una peluca a un maniquí, como simple
material de atrezzo. A veces la relación
entre título y obra resulta tan
íntima que parecen ser dos cosas
indisociables y en las que no se puede
pensar por separado. Un título
tan aparentemente inocuo como 1984
trae instantáneamente recuerdos
en todo aquel que haya leído el
libro.
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Lo segundo de todo es estudiar
a los grandes autores. Nunca suelo soltar algo
tan pedante, pero es que en este caso es tan
cómodo hacerlo… Tenemos acceso
a montones de títulos, cada cual más
llamativo que el anterior, con una facilidad
pasmosa. Si uno se da una vuelta por los premios
Hugo o Nébula o Locus de la categoría
de relato corto verá títulos cada
cual más interesante que el anterior.
Por otro lado hay autores que son unos auténticos
expertos a la hora de hacer títulos bizarros.
Ya comenté a Ellison, pero Dick y Heinlein
no se le quedan atrás. Por ejemplo, uno
de los mejores títulos que he oído
en mi vida pertenece a Heinlein, y tiene el
bizarrísimo nombre de Todos vosotros,
zombies. Analizar esto en detalle llevaría
su tiempo, y es que hay cosas que resultan cuanto
menos llamativas, como el detalle de la coma
(no muy usual en un título) y la millonada
de ideas extrañas que le vienen a uno
a la cabeza cuando escucha semejante título.
Otro título raro pero que me parece magistral
es Veo a un hombre sentado en una silla,
y la silla le está mordiendo la
pierna. Dick ya es caso aparte, sólo
un tipo como él puede crear títulos
lisérgicos como Oh, ser un blobel
o El padre-cosa. Aunque el bizarrismo
no es la única opción. Ahí
tenemos, por ejemplo, a Ray Bradbury, capaz
de crear hermosos títulos como El
sonido del trueno, Las doradas manzanas
del Sol, Vendrán lluvias suaves
o, sin necesidad de ser poético pero
sí claro, conciso y misterioso, La
Ciudad.
Ahora, sin más, paso
a enumerar brevemente varios tipos de títulos.
Algunos han sido mencionados, pero no está
de más ser un poco ordenados:
1) Basado en un poema.
Ya que estos son los últimos
que hemos mencionado… Los títulos
basados en un poema no son terreno exclusivo,
ni mucho menos, de la ciencia ficción.
Ahí está, por ejemplo, el precioso
título de la película Esplendor
en la hierba de Elia Kazan, integrado de
manera muy hermosa en la historia cuando Natalie
Wood recita, con lágrimas en los ojos,
el siguiente poema en su clase:
Aunque ya nada puede devolver
la hora
del esplendor en la hierba
de la gloria en las flores
no hay que afligirse
porque siempre
la belleza subsiste en el recuerdo.
Es la manera más nostálgica de
poner título a un relato, sin lugar a
dudas, y el maestro indiscutible de este terreno
es Ray Bradbury.
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Ángel
Gónzález |
Como anécdota personal, siempre
he sido un gran fanático del poeta
Ángel González, posiblemente
el único poeta que me ha gustado
de verdad en toda mi vida, y llevo muchos
años sabiendo que si alguna vez
compilo una antología de relatos
la llamaré, si es que está
en mi mano hacerlo, El fracaso del
mundo, como cita extraída
de este poema, llamado Quise:
Quise mirar el mundo
con tus ojos
ilusionados, nuevos,
verdes en su fondo como la primavera.
Entré en tu cuerpo lleno de esperanza
para admirar tanto prodigio
desde el claro mirador de tus pupilas.
Y fuiste tú la que acabaste viendo
el fracaso del mundo con las mías.
Tal vez no sea el título
más comercial del mundo, pero tiene
algo que recomiendo en cualquier título
que elijan: sinceridad. La sinceridad,
a la hora de escribir, es de lo más
hermoso y noble que pueden ofrecer a otros.
Estar de verdad en lo que están
escribiendo. Pero no me centro en ello
porque, como en otras ocasiones, discutirlo
a fondo puede dar para un artículo
al completo.
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2) Basado en una canción.
Otro bastante usual. A veces, es curioso, hay
una especie de retroalimentación al respecto,
pues hay muchas canciones con nombres de relatos,
como bien sabrán, por poner un ejemplo
cualquiera, los seguidores de Metallica. Lo
cierto es que, esto ya se habló hace
mucho tiempo, una canción puede resultar
muy inspiradora para un relato, por lo que un
fragmento de la misma tiene perfecto derecho
a definir un título. No en vano, muchas
veces se incluyen fragmentos de una canción
en las historias, ¿por qué no
iban a tener derecho a ascender a un puesto
incluso de mayor envergadura?
Un buen ejemplo en nuestro
idioma de ello es el fantástico pero
desesperanzador relato de Eduardo J. Carletti
Pintada, como las alas de las mariposas, que
alude a la letra de la canción The
show must go on de Queen, una
canción, por cierto, cuyo título
cumple la premisa del doble significado, pues
fue la última canción del grupo
que se comercializó con Freddie Mercury
estando vivo, como si quisieran dejar un mensaje
en ese título (y en las póstumas,
como It”s a beautiful day o Made
in heaven).
3) Lacónico.
No, no estoy hablando de un tipo de
embutido, me refiero a que el título
sea corto, incluso abrumadoramente corto. Esto,
no obstante, encierra varios peligros. El primero
es que sea tan poco anodino que resulte difícil
de encontrar o identificar (cuando un título
de un relato de Internet es extravagante ayudamos
mucho a que sea fácil encontrarlo en
Google).
Puede ocurrir, también, que haya ya un
relato con ese título. Si a un relato
lo llamamos El Guardián o El
Guerrero sonará demasiado como algo
ya escuchado, pero si lo adornamos más,
por ejemplo El Guardián entre el
centeno o El Guerrero número
trece, tiene ya un color mucho más
vivo.
| Pero
volviendo a lo lacónico, a veces
buscamos eso. Buscamos algo que parezca
sonar sencillo, anodino, y que luego resulte
no ser así. Hay un género
donde eso encaja de manera perfecta: el
terror. Nunca, nunca, debemos llamar a
un relato de terror cosas como El
horror de Dunwich, no es una buena
elección. Es singular como título,
pero no ayuda a meternos en la estética
de los relatos de terror realista, estamos
introduciendo la fantasía de manera
directa y eso no ayuda. Por no martirizar
al genial Lovecraft, otro título
suyo que me parece mucho más acertado
es En las montañas de la locura,
donde ofrece al tiempo lo normal y lo
anómalo, y sin dar muchas pistas
de lo que nos encontraremos.
Títulos acertados
de terror son, por ejemplo, La Silla,
de David
Jasso, un título perfecto para
una historia de terror, o Rec,
que resulta hasta exageradamente objetivo,
sin duda mucho más acertado que
La noche de los muertos vivientes, por
conocida y clásica que sea la película.
Por cierto, hablando de películas
de zombies, otro excelente título
que entra en la vertiente de lo poético,
para demostrar que los tipos de títulos
no están restringidos a géneros
(no es que haya mucha poesía en
las películas de zombies, aunque
en ocasiones sí hay crítica
social) es Amanecer de los muertos.
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4) Descriptivo.
A veces un título es, sin más,
una descripción objetiva de lo que nos
encontraremos. Y no trata de decir nada más,
aunque sí juega con la idea de que no
sepamos a lo que se refiere. ¿No me creen?
Viajemos a Japón por un momento y a las
películas de Hayao Miyazaki: El viaje
de Chiriro, La Princesa Mononoke,
El Castillo Ambulante. A veces la fuerza
de un título reside en su abrumadora
objetividad.
5) Imitación
de un género. Éste, a
los escritores de género fantástico,
nos encanta. Es como una burla a los convencionalismos
que dicen que nos dedicamos a un subgénero,
y respondemos diciendo “¿sí?,
pues mira, podemos hasta abarcar los géneros
que llamáis mayores”. Hemos
robado títulos de todos los géneros,
por ejemplo de las aventuras (La costa más
lejana), de la novela negra (Una mirada
a la oscuridad), de las novelas bélicas
(Starship Troopers) e incluso de un folleto
(Instrucciones secretas para la Misión
Alfa: Pliego Uno). Todo nos sirve, demostrando
con eso que el género no está,
ni mucho menos, encasillado ni restringido a
sí mismo.
6) Enganchar con la
primera frase de la historia. A veces
el relato es como si fuera ya directamente parte
del comienzo de la historia, un recurso típico
para atrapar a toda velocidad al lector pero
que ofrece excelentes resultados. Arde el
cielo, sin ir más lejos, encaja
con esa premisa.
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7)
La última frase o diálogo.
Parecido pero no igual. Este
recurso es excelente para libros, donde,
al haber leído y comprendido la
historia, se nos hace notar el sentido
del título. El mejor ejemplo que
conozco, que no ocurre nada porque lo
comente ya que no desvela la trama, es
Soy Leyenda de Richard Matheson,
un libro, por otro lado, que recomiendo
leer antes que ver la película
de Will Smith, que aunque mucha gente
(que no ha leído el libro, claro)
dice que está bien, traiciona por
completo el espíritu del libro.
Por ser diplomático, la película
está bien, sí. Pero lo malo
es que, con muy poquito esfuerzo extra,
podía haber sido una auténtica
obra maestra y no una película
más de muchas.
8) Ofrecer una
falsa sensación. Ya se
comentó antes que podemos jugar
con la percepción en el título.
Igual que antes podemos poner a un relato
de terror nombres aparentemente inofensivos
como La Silla o El Cable,
la cosa puede funcionar al revés,
y jugar con otras sensaciones a la hora
de tratar toda clase de temas. Un ejemplo
de ello es Tehanu, un libro de
Ursula K. Le Guin ambientado en el mundo
de Derramar, más que curioso por
su visión hasta cotidiana de la
fantasía (lo más parecido
que conozco son los libros de Miguel Delibes,
para que se hagan una idea). Personalmente
llamé a un relato absolutamente
realista que hablaba de la cara oculta
de los parques temáticos El
Monstruo, y no es que hubiera un
monstruo real pululando por ninguno de
ellos, no al menos uno físicamente
real.
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9) Homenaje. Éste
es el último subtipo, homenajear a títulos
de relatos o libros que ya existen. Un ejemplo
de la casa: ¿Con
qué sueñan las ovejas eléctricas?
de Pily
B. En el mundo de la música hay también
una canción de Ozzy Osbourne cuyo nombre
es muy ingenioso, y se titula My Jekyll
doesn”t Hide, literalmente, “Mi
Jekyll no se esconde”, pero casi todos
los lectores del género captarán
la broma enseguida.
Este método es también
muy típico verlo en ensayos, como por
ejemplo… Déjenme pensar un ejemplo…
La Guía del Autonosequé, ahora
no recuerdo muy bien…
Para ir acabando, mencionar
un hilarante concurso que hace poco encontré
en el que había que presentar un título
y la última frase de un relato inexistente,
y cuyo premio eran cinco kilos de callos (el
finalista ganaba unas sopas de sobre). El certamen,
por si alguien tiene interés en consultarlo,
se llamaba “Relatos sin entrañas”.
Y ya por fin, llegamos al final
del artículo. No olviden que cualquier
sugerencia de temas a tratar será bienvenida
en la dirección .
Pórtense bien, escojan buenos títulos
y hasta la actualización que viene.
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