En el anterior artículo de
La Guía… Cambiamos
un poco el tercio y nos centramos en
algo tan concreto como era emplear los
títulos de nuestras obras en
provecho propio, de modo que nos resultaran
inspiradores o adecuados a la historia
que estamos contando. Para este artículo,
voy a volver a ponerme metafísico,
que es algo que hago bastante a menudo
(soy un tipo bastante melodramático
cuando me lo propongo) y, recordando
un artículo anterior, concretamente
el número once, en el que hablábamos
de los villanos, veremos ahora la otra
cara de la moneda y hablaremos de los
héroes, los buenos, como decimos
en esa jerga que todos hemos empleado
alguna vez para referirnos a los protagonistas
de los libros y las películas.
Lo primero que quiero contar, antes
que ninguna otra cosa, es que es muy,
muy difícil hacer grandes personajes
heroicos, de hecho es mucho más
difícil que hacer grandes personajes
malvados. El motivo principal es que,
aunque los héroes son el motor
de las historias, aquellos cuyos puntos
de vista y desventuras seguimos, no
son los personajes que resultan más
atrayentes. Al lector, por regla general,
le gusta el lado oscuro de los personajes.
El motivo está en nosotros mismos
y la fascinación que sentimos
por entendernos.
Cada personaje es una faceta de la
propia persona que lo ha creado. Una
parte del autor está en él,
y esto es una verdad innegable. Eso
no quiere decir que haya que trivializar
las cosas, por supuesto, y no por ello
todo lo que un personaje haga es porque
el autor lo hubiera hecho de estar en
su lugar. Todos tenemos una manera de
entender la vida, y un código
interno, y ese código está
en lo que escribimos. Puede estar por
similitud o por contraste, pero está.
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Es por eso que crear un personaje
es una de las formas más poéticas
y potentes de comunicación que existen,
en mi opinión. Lo primero de todo, porque
es una comunicación indirecta, que no
busca convencerte de nada. El autor se abre
el pecho, saca algo de dentro y lo pone ahí,
para que todo el mundo lo vea. No quiere ni
desea nada a cambio al hacerlo (aunque un premio
o un contrato editorial tampoco es para rechazarlo,
pero esa es otra historia). Se muestra ante
los demás. Y que nadie se lleve a engaño,
no porque sea un personaje el que habla eso
hace más fácil la tarea para el
autor. Las cosas que ese personaje diga, si
el autor las dice porque las siente de verdad,
le resultarán extremadamente difíciles
de escribir. Porque aunque nadie se haya dado
cuenta de que el autor se está confesando,
hay una persona a la que el autor nunca podrá
engañar: él mismo. Y es que crear
un personaje no sólo es comunicar algo
a los demás, también es comunicar
algo a uno mismo, aquel a quien la mayoría
de las veces es quien menos escuchamos.
Todo este rollo viene a cuento
de lo siguiente: uno de los motivos por los
que un buen personaje heroico resulta una tarea
tan ardua es porque hay que poner mucho de uno
mismo para hacerlo. Al contrario que los villanos,
que son creados por medio de una especie de
fascinación externa que nunca debe convertirse
en una parte de nosotros mismos, los héroes
pueden ser creados por empatía. Podemos
identificarnos con los héroes, y eso
no es malo ni nos arruinará la vida.
El caso es que los lectores,
muchas veces, no aprecian la cantidad de esfuerzo
humano que conlleva la creación de un
buen personaje heroico. Es curioso, pero mientras
que crear un villano suele producir incluso
disfrute y placer, hasta tal punto que podría
llegar a considerarse una especie de terapia,
crear un héroe, si es creado desde dentro,
produce en muchas ocasiones aflicción
y dolor. ¿Por qué ocurre así?,
se preguntarán algunos. El motivo es,
sencillamente, que, cuando queremos tratar a
un héroe de manera realista, descubrimos
que el camino del bien, lejos de estar pavimentado,
se encuentra cubierto de piedras afiladas.
En el mencionado artículo
undécimo de La Guía…,
y en el anterior a ese, mencioné un fantástico
libro llamado Cómo crear personajes
inolvidables en el que, entre muchas otras
cosas, se hablaba de cómo crear villanos
bien dimensionados. En menor medida, también
se hablaba algo de los héroes. El patrón
básico es similar al de la creación
de los villanos, y puestos a generalizar la
siguiente es una regla universal para la creación
de personajes: podemos verlos desde dentro o
desde fuera.
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Si vemos a un héroe desde dentro
estamos inmersos en sus pensamientos,
en todo lo que les llevó a convertirse
en lo que son. Eso no quiere decir,
necesariamente, que la historia tenga
que ser contada en primera persona por
el héroe, aunque muchas veces
sucede así. La clave es que le
comprendemos. Conectamos con él.
Dentro del héroe encontramos
cualidades (y defectos) que, o bien
poseemos, o bien están latentes
en nosotros.
Un ejemplo excelente de ello, retomando
los cómics como en anteriores
artículos, es Spiderman. La clave
del éxito de Spiderman como héroe,
al igual que ocurre en la inmensa mayoría
de los personajes de la compañía
Marvel, es su humanidad. Spiderman es
un sujeto con una fuerza sobrehumana,
que lanza telarañas, salta longitudes
increíbles, se pega a las paredes
y nunca puede ser sorprendido por la
espalda. Pero todo esto se quedaría
en tópicos y clichés de
no ser por la tremenda humanidad que
desprende Peter Parker, la identidad
civil de este héroe. Al lector
le acaba importando tanto lo que le
ocurre a Spiderman como lo que le ocurre
a Parker, y eso Stan Lee, su creador,
lo sabía muy bien. De hecho,
el elenco de personajes secundarios
relacionados con Parker es uno de los
pilares más sólidos del
cómic.
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Posteriormente el rival más
directo de Marvel, DC Cómics, copió
la fórmula de la humanización
para dotar de trasfondo a algunos de sus personajes
más emblemáticos, como Superman
y Batman. De hecho, estos dos iconos poco tenían
que ver en un principio con los que ahora conocemos.
El Superman genialmente encarnado por Christopher
Reeve en la película original poseía
un pasado y unos secundarios que en sus primeros
inicios eran, o bien inexistentes como en el
caso de sus padres terrestres, o bien un adorno
como era el caso de Lois Lane.
El caso de Batman es más
complejo, y por eso lo he dejado aparcado de
momento para hablar de la otra manera de ver
a un héroe: desde fuera.
Ver a un héroe desde
fuera es, en muchos casos, algo bastante cómodo
desde el punto de vista del autor. El autor
no se identifica con el héroe, al menos
no de manera tan patente como en el caso anterior,
y por eso el héroe es, digamos, una especie
de idealización. La cantidad de ejemplos
de la literatura clásica y de aventuras
de este caso es inmensa, desde Sandokán
hasta uno de mis favoritos, Indiana Jones. Hay
algo que suele unir a este tipo de personajes,
y es la ausencia de evolución de los
mismos. En el libro anteriormente mencionado
hablan de ello con una excelente comparativa
entre Indiana Jones y MacGyver.
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Indiana Jones es, claramente,
un personaje que no sufre evolución.
Cada aventura le deja tal y como era al principio,
y nada ha cambiado en términos esenciales.
Eso no quiere decir que no podamos conocer parte
de su pasado o de su vida privada, como cuando
presenciamos en Indiana Jones y la Última
Cruzada su aventura de cuando era un boy-scout
o conocimos a su padre y la peculiar relación
de ambos. Pero todo sigue igual para él,
ya me entienden. Su sonrisa perenne, su sombrero
apolillado y su látigo. Porque realmente
es así como lo han deseado siempre sus
creadores.
Ahora bien, Indiana Jones podía
haber sido enfocado como un héroe evolutivo.
Esa es una elección que todo autor puede
hacer con respecto a sus héroes. De hecho,
en su momento fue algo que se plantearon hacer
con MacGyver. Muy seriamente, los guionistas
pensaron que podían dotar al chico manitas
de un pasado trágico, algo incluso que
ocultar ú olvidar, pero al final la idea
fue desechada. Hacerle eso de repente a MacGyver
implicaba mostrar casi un nuevo personaje a
los espectadores, y prefirieron dejar las cosas
como estaban.
El ejemplo de Batman es peculiar,
porque Batman, como muchos personajes de cómic,
ha sido entendido de múltiples maneras,
y lo que es más importante, de manera
excelente en la mayor parte de ellas. Unos pueden
pensar que Batman es esencialmente un héroe
visto desde fuera, ya que es así como
se aprecia su apabullante puesta en escena,
y como se comprende cómo puede existir
un sujeto que ha decidido luchar contra el crimen
usando como arma principal el miedo. Así
es como lo entendió Tim Burton, un genio
de la estética cinematográfica,
y posiblemente la elección perfecta para
trasladar ese punto de vista al espectador.
Pero recientemente otro director
llamado Christopher Notan nos ha demostrado
que Batman también puede ser entendido
como un héroe desde dentro. De esa manera
el enfoque cambia por completo, y no sólo
presenciamos la infancia y adolescencia de Bruce
Wayne, sino que comprendemos sus miedos y el
dolor por la pérdida de sus padres. De
ese modo, lo que para Tim Burton era un hombre
que luchaba contra el crimen usando el miedo,
para Christopher Nolan era un hombre que luchaba
contra sus propios miedos y luego decide emplearlos
para dedicar su vida a la lucha contra el crimen.
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Una vez hemos hablado de estas dos maneras de
entender el heroísmo, me gustaría
volver sobre algo que dije antes, y es que ser
un héroe es un proceso doloroso. Por
supuesto, será más doloroso si
lo enfocamos desde dentro en vez de desde fuera.
Enfocado desde fuera, uno puede ser hasta frívolo
al crearlo, pero debe ser consciente de que
será algo más inocuo lo que transmita,
un producto de entretenimiento sin más
pretensiones que esas, lo que, lejos de parecerme
malo, es también altamente meritorio,
por otro lado.
Sin embargo, para qué
negarlo, personalmente considero más
atrayente al héroe visto desde dentro.
¿Por qué? Porque, aunque es más
difícil, también es más
gratificante. Uno está poniendo más
de sí mismo al hacerlo, está dotando
a la obra de una personalidad propia muy marcada.
Eso, imagino, tiene mucho que ver con el concepto
que cada uno tiene de ser un héroe. Para
mí ser un héroe consiste en creer
en peleas perdidas y luchar sin embargo hasta
el último aliento, incluso aunque eso
lleve a la infelicidad o al fin de la propia
vida. Los malvados, por el contrario, son los
que se rindieron; ganaron confianza en sí
mismos pero a cambio perdieron toda capacidad
de ponerse en el lugar de los demás.
Se creen fuertes y poderosos, pero sólo
saber otorgar dolor, porque en su interior sólo
dolor conocen.
Ambos personajes son muy emocionales,
pero su canalización es opuesta. Los
héroes se dejan llevar por un sentimiento
de compasión, y apenas conocen el odio.
Los villanos se dejan llevar por un sentimiento
de odio, y apenas conocen la compasión.
Y aquí es donde quería
llegar, al punto más importante. Cómo
hacer un héroe, sobre todo en la fantasía
y la ciencia ficción, para ponernos ya
en tema, que resulte creíble, alguien
que nos dé ganas de imitar, de admirar
o de desear conocer. El secreto lo sabía
el gran Kurt Vonnegut, uno de los escritores
de ciencia ficción más reaccionarios
y polémicos que ha habido nunca. Vonnegut
tenía una especie de regla, ocho para
ser exactos, que funcionaban como consejos para
escritores. En este caso me gustaría
hablar del sexto consejo. Expresado en su lenguaje
directo y sin tapujos, decía lo siguiente:
6. Sé sádico.
No importa cuán dulces e inocentes sean
tus protagonistas, haz que les pasen cosas horribles
(para que el lector compruebe de qué
madera están hechos).
La verdad es que no hay mucho
que deba añadir a este excelente consejo,
salvo que en él está encerrado
el secreto de los grandes héroes: el
sufrimiento.
La gente cree que los héroes
se definen por las grandes cosas que hacen,
pero eso no es del todo cierto. Para mí
nada define mejor a Superman que el momento
de la película original en el que tiene
a Lois muerta en brazos y comprende que ninguno
de sus poderes ha servido para salvarla, y es
entonces cuando decide emplearlos para volver
atrás en el tiempo y recuperar su amor
perdido. Siempre se ha dicho algo que se ha
puesto en boca de gran cantidad de villanos
de películas y libros, y es que a la
gente le gusta ver a los héroes caer.
Es cierto. A mí también me gusta.
Pero no me gusta por sadismo, ni por satisfacción
maligna. Me gusta porque al verlos resurgir
es cuando mi admiración por ellos se
multiplica, más aún si me siento
identificado con ellos. Como bien dice Alfred
a Bruce Wayne en Batman Begins, "¿Sabe
por qué nos caemos, señor Wayne?
Para volver a levantarnos".
Y es que los lectores simpatizan
con los villanos, pero lo que muchos autores
no saben es que los lectores también
simpatizan con los que lo han pasado mal. Con
esos que, no importa lo terrible que haya sido
la vida para con ellos, superan sus miserias,
miran hacia delante y afrontan sus peores pesadillas.
En el caso de la ciencia ficción
y la fantasía, las torturas a las que
se somete a los héroes pueden alcanzar
cotas de crueldad impensables. Los límites
impuestos por la realidad se diluyen, y es posible
hacer cosas verdaderamente monstruosas. Algunas
cosas que le hecho a personajes heroicos de
mis relatos y libros han sido, por ejemplo,
involucionarles, impedirles crecer (cosa que
también hizo Harlan Ellison en el multipremiado
relato Jeffty tiene cinco años)
o robarles la humanidad, ya sea por medio de
mutaciones o implantes mecánicos. Por
supuesto, matar a un ser querido es un clásico
que nunca falla, y que en el terreno de la fantasía
y ciencia ficción tiene una variante
más que perversa: hacerles comprender
que su pasado es inventado, o que sus recuerdos
son implantados o, más horroroso aún,
que sus seres queridos nunca fueron ellos en
realidad.
Resumiendo, los héroes caen.
Los héroes sufren. Y muchas veces,
como en las tragedias griegas, los héroes
mueren de la más injusta de las
maneras, esas en las que al lector se
le da un vuelvo en el corazón
al leerlas. Como cuando Bruce Willis
es acribillado en Doce Monos,
a pesar de haber conseguido el objetivo
que se le había encomendado,
o como cuando Supergirl da su vida para
salvar el Universo al completo y el
recuerdo de su sacrificio es borrado
de la mente de todos los habitantes
del mismo. Algo como eso, un héroe
que muere por los demás sin que
los demás ni siquiera sepan que
ha sido así, sin testigos de
su hazaña, los define por completo.
Porque no hay tragedia en los villanos.
Los villanos son monstruos que, muchas
veces, deseamos ver caer. Pero la muerte
de un héroe transmite un mensaje
que palpita en nuestras sienes, y es
que no hay recompensa para aquellos
que ayudan a los demás.
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Mucha gente, muchísima,
piensa en los héroes como poco menos
que idiotas. Eso es porque los actos de la mayoría
de los héroes no conllevan su propio
beneficio y, más aún, muchas veces
son perjudiciales para ellos. Es entonces cuando
el astuto autor, que como hemos dicho debe ser
un experto en hacer sufrir al héroe,
le da la vuelta a la tortilla y encima hace
parecer al héroe como un villano a los
ojos de los demás. Tal vez un monstruo
asesino sin alma, como muchos piensan de Ender,
al que llaman con un esclarecedor seudónimo,
que es mejor no revelar, en La Voz de los
Muertos, de Orson Scott Card. Tal vez sea
un hombre injustamente acusado de un delito,
como ocurre en muchos policiales.
Varias veces, por otro lado,
he hablado con amigos acerca de personajes de
libros y series, y han comentado que tal o cual
personaje es “demasiado bueno”.
El término en sí no me gusta porque
además omite la realidad de la frase
al completo, que sería “demasiado
bueno para ser cierto”. Aquí es
donde entra otro aspecto importante de los héroes,
la aceptación. Un héroe, si está
enmarcado en un entorno realista, lo que por
supuesto incluye la fantasía y la ciencia
ficción (he visto películas “reales”
con entornos menos “realistas” que
muchos libros de estos géneros) no estará
aceptado por la sociedad en la que se enmarca.
Ya sea porque actúa al margen de ella,
ya sea porque sus actos no le benefician, el
caso es que a la gente le gustan los héroes
reales, pero sólo de lejos, por decirlo
de alguna manera. El sacrificio de un héroe,
que muchas veces le puede poner en contra de
gente muy influyente, hace que la gente tema
estar junto a él. Los héroes “realistas”
son a menudo el paradigma de la soledad, justo
al contrario que los villanos, que saben aprovechar
los entornos en los que se considera al altruista
débil y al ambicioso poderoso para ascender
en su escala personal de contactos y alcanzar
estatus cada vez mayores. No en vano, muchos
héroes literarios son personas humildes
y muchos villanos son líderes de grandes
empresas y corporaciones.
Ya acabando, mostraremos algunos
tipos de héroe que existen. Estos son:
1) El Elegido. Si hay un género
donde este héroe encaja como un guante,
es en la fantasía. La cantidad de libros
fantásticos donde el héroe está
destinado a luchar contra el mal o a abrir un
sendero para los que vendrán detrás
de él es incontable, empezando por los
personajes centrales de casi todos los relatos
de carácter religioso, ya sea la Biblia,
el Corán o la mitología griega.
Por lo general estos héroes son heraldos
de una fuerza mayor, una fuerza que la mayor
parte de las veces simboliza el bien en su estado
más puro. Han sido tan usados como abusados,
y muy a menudo caen en tópicos muy manoseados.
Ciertamente es un tipo de héroe que hay
que saber manejar muy bien, y al que hay que
aportar algo propio que lo distinga de otros
del mismo estilo. Muchos autores recurren al
hecho de crearles defectos y debilidades, porque
en verdad muchos de estos héroes se caracterizan
por parecer casi invulnerables. Otros optan,
sin embargo, por describir un largo y complejo
proceso de evolución durante el cual
el héroe acaba aceptando su verdadero
destino.
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Pero no todos los Elegidos tienen por
qué ser caballeros de brillante
armadura. Como gran admirador de la
serie Transformers, no puedo dejar pasar
la ocasión para mencionar al
personaje de Rodimus Prime, un Autobot
que sustituye a Optimus Prime como líder
de los Autobots. Un personaje que, pese
a ser odiado por muchos seguidores de
la serie, a mí me resulta más
interesante que el mismo Optimus precisamente
por lo que a otros no les gusta: su
debilidad. Rodimus Prime es un héroe
hecho y derecho, pero a veces duda de
sí mismo, no cree ser el líder
que debería ser, y a menudo acaba
junto a la tumba de Optimus Prime, diciendo
que ojalá fuera la mitad de lo
que él fue. Ese humanismo del
personaje (sí, se puede hablar
de humanismo en un robot) y el hecho
de estar a la sombra de una gran leyenda
hace que se aleje de los estereotipos
y tenga entidad propia.
Cabe comentar también que en
un videojuego llamado Terranigma el
protagonista es, en apariencia, un héroe
elegido por las fuerzas del Orden que
debe luchar para literalmente resucitar
al mundo, pero una vez lo consigue descubre
que en realidad había sido engañado
por el Caos, que lo único que
desea es dominarlo, ya que el protagonista
en realidad es un avatar del Mal sin
saberlo. De todos modos, es posible
que vuelva a mencionar este juego en
futuros artículos puesto que
resulta interesante de comentar en varios
aspectos, no sólo en este.
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2) El héroe
por accidente. Justo lo contrario que
el anterior. El héroe por accidente es
alguien con quien sentirnos identificados, alguien
que, sin comerlo ni beberlo, se ha encontrado
inmerso en una situación complicada que
exige un gran aplomo por su parte y, a veces,
pone a prueba su moral. Ninguno de nosotros
encajamos en el perfil del elegido, pero todos
podríamos encajar en el perfil del héroe
por accidente, si no lo hemos sido alguna vez.
El héroe por accidente
aparece muy a menudo tanto en la fantasía
como en la ciencia ficción. Suele ser
el pobre sujeto mediante el cual la narración
sube la escala, mediante el que conocemos la
realidad que el autor nos pretende mostrar,
ya sea un mundo fantástico y una guerra
terrible sin cuartel, ya sea un universo sorprendente
e insondable que tenemos que explorar. Por eso
la space opera encaja bien con él, y
a veces la fantasía épica también,
porque como ya hemos comentado, el elegido a
veces resulta ser un personaje muy trillado.
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Un ejemplo de ello, que no
deja de ser curioso, es el de Frodo y Sam en
el Señor de los Anillos. Digo esto porque,
aunque Frodo pueda parecer un héroe por
accidente, en realidad el verdadero héroe
por accidente es Sam. Frodo se ve involucrado
en todo el asunto del anillo, pero no tenemos
la sensación de que las circunstancias
lo estén obligando del todo. Sin embargo
Sam siempre va a tirón de otros, ya que
Gandalf le obliga a acompañar a Frodo
y a partir de ahí su lealtad a éste
le hace ir a donde sea que él vaya. Es
posible que este sea el motivo de que a un colectivo
alto de lectores les caiga mejor Sam que Frodo,
aunque seguramente habrá muchos más
motivos de ello.
Otro héroe por accidente,
esta vez en el terreno de la ciencia ficción,
es Arthur Dent, el protagonista de la Guía
del Autoescritor… Digo, del Autoestopista
Galáctico. Esto pobre sujeto se ve envuelto
en toda una aventura galáctica por el
mero hecho de que su planeta natal, la Tierra,
es arrasado para construir una vía de
circunvalación de naves espaciales, y
a partir de ahí no hace más que
vagar de un lado para otro, sobreviviendo a
duras penas. Arthur Dent es un sujeto que se
deja arrastrar del todo por las circunstancias,
al que nada parece salirle bien. Incluso en
un libro cómico como este, Douglas Adams
hace suya la máxima de Kurt Vonnegut
y le hace de todo a su protagonista: le quita
la casa, luego el planeta, le hace conocer a
una chica que le ignora por completo…
3) El arrepentido.
Este modelo de héroe, como pasaba
con los villanos y el caído, es uno de
los favoritos de los lectores. No hay un héroe
más interesante que aquel que se arrepiente
de lo que fue y tiene un pasado del que reniega.
Pero ojo, no hay que confundir esto con un personaje
que fuera un gran villano y al que convierten
luego en un héroe. Esta es una estrategia
destinada a explotar un personaje y dar una
excusa para otorgarle mayor protagonismo. Por
ejemplo Veneno, uno de los peores enemigos de
Spiderman, fue concebido como villano, pero
su creciente popularidad hizo que los guionistas
aprovecharan una faceta de su psicosis, su obsesión
por los que él consideraba “inocentes”,
para otorgarle una motivación y colección
propia. Sin embargo las ventas del personaje
no tardaron en bajar y así se demostró
que nunca hay que olvidar que héroes
y villanos son, en muchas ocasiones, una simbiosis
que no tiene sentido considerar por separado.
Aunque siendo justos, ha habido grandes héroes
que inicialmente nacieron como villanos de mucho
éxito, como Ángel, un vampiro
que aparecía en Buffy Cazavampiros.
Lo interesante de estos personajes
es la incógnita que se crea en torno
a su pasado. Cómo de malvados eran, o
qué les hizo cambiar. O, incluso, si
no volverán a caer en las redes del lado
contrario. De estos héroes conviene no
abusar, sobre todo en novelas donde aparecen
muchos personajes al mismo tiempo.
Hay muchos personajes de este
tipo en ambos géneros, aunque uno de
mis favoritos quizás sea Spike Spiegel,
el protagonista de Cowboy Bebop, un cazarrecompensas
que se dedica a vagar en su nave por la galaxia
y que tiene un peculiar sentido del honor. El
pasado de Spike no está exento de puntos
oscuros, pero precisamente descubrirlos es lo
que le hace más interesante.
4) El héroe
desencantado. También podríamos
llamarle “el socarrón”. Ese
que parece que no cree en nada pero, a la hora
de la verdad, es un tipo con un corazón
que no le cabe en el pecho. Es importante aclarar
que aunque lo pareciera éste no pertenece
al tipo anterior, puesto que los otros fueron
realmente auténticos villanos cuyo pasado
ya nunca podrán borrar de su conciencia.
Este héroe suele dedicarse a negocios
clandestinos, como el contrabando o el juego,
pero tiene, digamos, una línea muy bien
definida que no llegará a pasar nunca.
A veces le pierde el orgullo, y en general es
reticente a meterse en asuntos ajenos. El problema
que estos héroes tienen es que deben
evolucionar hasta ser verdaderos altruistas
so pena de no resultar convincentes, pero una
vez lo han hecho, ya no poseen muchas de las
características que les hacían
interesantes.
El ejemplo canónico es, sin
duda, Han Solo. Caradura, bocazas, egocéntrico…
Alguien que aparenta ser frío
e indiferente pero finalmente muestra
su verdadero rostro al final de la Guerra
de las Galaxias, cuando ayuda a Luke
Skywalker disparando a la nave de Darth
Vader. Sin embargo, a partir del Imperio
Contraataca, su protagonismo se enfría
bastante, puesto que ya no tiene apenas
sorpresas que ofrecer, y Luke pasa a
convertirse en el personaje central
de la historia. A veces el problema
que tienen héroes como este es
que deben dejar el paso a otros personajes,
a riesgo de robarles protagonismo.
5) El santurrón. Un
subtipo de héroe muy concreto:
alguien que es la inocencia personificada.
Tanto que le toman el pelo constantemente.
Teniendo en cuenta los géneros
en los que nos movemos, a veces se han
empleado robots y especies alienígenas
en la ciencia ficción y razas
en la fantasía para esta clase
de héroes.
Gran parte de los bondadosos robots
de Asimov responden a este patrón,
al igual que la peculiar raza de los
Kender en las Crónicas de la
Dragonlance. Pero a veces no hace falta
irse tan lejos para encontrar memorables
personajes de este estilo. El soldado
Zanahoria, protagonista de ¡Guardias!
¿Guardias? De Terry Pratchett,
o Charlie Gordon, el discapacitado protagonista
del emotivo libro Flores para Algernón
de Daniel Keyes, son una muestra de
que también entre los seres humanos
estos héroes tienen cabida.
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6) El duro.
Este es otro que despierta pasiones. El que
va de malo pero en el fondo no lo es, aunque
ha sido curtido en numerosas malas experiencias.
Sabe lo que quiere y cuando lo quiere, no se
engaña a sí mismo como el héroe
desencantado y tampoco tiene por qué
haber sido un monstruo en el pasado como el
arrepentido. Tiene cabida en todos los géneros,
porque se puede decir que es un personaje universal,
aunque claro, algunos como la novela negra le
acogen con los brazos abiertos, con lo que eso
supone, por ejemplo, para el cyberpunk.
Aunque el ejemplo que deseo
poner proviene de la fantasía, y se trata
de Geralt de Rivia, cazador de monstruos, medio
hombre medio mutante, al que casi todos temen
pero respetan, y que ha peleado con toda clase
de seres empleando sus dos espadas, la de hierro
para matar hombres y la de plata para matar
bestias, un detalle que personalmente siempre
he considerado un toque genial por parte del
autor, el polaco Andrzej Sapkowski (hay vida
más allá del habla inglesa).
 |
Con esta última tipología
casi termina ya el artículo.
Sólo deseo hablar de dos personajes
que me parecen ejemplares desde el punto
de vista de los héroes. Ambos
personajes aparecen en Monster, un fantástico
manga que ha recibido, entre otros,
el prestigioso premio Shogakukan, que
se otorga al mejor manga del año.
El primero de estos personajes es el
Doctor Tenma, un médico que,
yendo en contra de todos los directivos
de su hospital e incluso de su novia,
decide operar a un niño que entró
en su quirófano antes que el
alcalde, con lo que el niño vive
y el alcalde muere. Este hecho, que
le reporta gran cantidad de problemas
en el trabajo, vive además su
momento más dramático
cuando diez años más tarde
Tenma descubre que Johan, ese niño
al que ha salvado, se ha convertido
en un monstruo asesino y maquiavélico,
tan carismático que puede llegar
a convencer a otros de que maten por
él o incluso se suiciden. Tenma,
arrastrado por la culpa y perseguido
por la policía por creerle autor
de los crímenes de Johan, jura
que detendrá al monstruo que
él mismo salvó en el pasado.
El Doctor Tenma es un personaje crucial
para la serie. Su bondad sería
exagerada para muchos, pero es precisamente
esa bondad extrema la que refuerza la
premisa de la misma, pues sólo
alguien así podría hacer
frente a una encarnación del
mal tan acusada como Johan.
El otro personaje es aún más
especial para mí. Su nombre es
Grimmer. Sin entrar en muchos detalles,
pues la historia de Grimmer es uno de
los misterios principales de la serie,
sólo deseo decir que para mí
este hombre es alguien que ejemplifica
el modelo del héroe que lo ha
pasado muy mal en su vida, tan mal que
a veces es incapaz de comunicarse con
otros porque no sabe cómo tratar
a las personas. Sin embargo, a pesar
de ello, no deja de intentarlo y de
mostrar siempre que puede una sonrisa,
incluso aunque él mismo sienta
muchas veces esa sonrisa como falsa.
|
Personalmente Grimmer es un
personaje que adoro porque me siento muy identificado
con él, incluso en lo referente a la
dificultad de comunicación con otros.
Muchos de los héroes de mis historias
son como Grimmer, personas a las que nadie reprocharía
nada si decidieran darle la espalda al mundo,
pero que aun así intentan vivir sus vidas
a costa de lo que sea. Como comenté en
el artículo hablando acerca de los villanos,
hubo un tiempo en el que fui alguien muy amargado
que hizo cosas de las que no me siento nada
orgulloso. Afortunadamente cambié, pero
no volví a ser el que era antes. Ahora,
más que nunca, aprecio a los que ayudan
a los demás, porque soy muy consciente
de que ese no es el camino fácil. Y también
admiro enormemente a los que son “demasiado
buenos”, o “tan buenos que parecen
idiotas”. La bondad, la verdadera bondad,
no la máscara que usan algunos, es un
don precioso que, como ya se comentó
antes, muchas veces no hace más que traer
problemas al que lo posee. Pero eso es lógico,
porque como todo lo precioso, es difícil
conservarlo intacto.
Desde entonces no tengo miedo
a arriesgarme a hacer algo que creo bueno y
que me consideren un tonto por ello. Y sobre
todo, me alegra poder volcar esa sensación
en los protagonistas de los relatos más
recientes que escribo.
Y con esta última reflexión,
me despido. No olviden que cualquier sugerencia
de temas para futuras actualizaciones será
bienvenida en .
Sean buenos y nos vemos en la actualización
que viene.
publicado en marzo
de 2008
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