Los Tónicos de la Voluntad para tiempos de crisis

enero 22, 2010 on 5:00 pm | In biología, descarga textos pdf, innovación | No Comments

Adolfo García Yagüe | En España, lo que empezó como una crisis financiera internacional poco a poco va minando nuestra autoestima. Aquí, la citada crisis hizo que reventara la burbuja inmobiliaria en la que vivíamos, poniendo de relieve que no somos un país ni tan grande, ni tan poderoso como nuestros políticos se esforzaban en hacernos creer días antes…

En este estado de cosas, sorprende ver y escuchar a los políticos con que alegría, soltura y promiscuidad hablan de “cambiar de modelo económico”,  “potenciar la innovación”, “desarrollar la sociedad del conocimiento” y otras tantas perlas enlatadas con las que adornan sus discursos. Da la sensación que esto es tan fácil como cambiar de pendientes o elegir una corbata que haga juego con aquel traje. A mi parecer, está gratuidad en la forma de expresarse de la clase política (y la de muchos periodistas…) solo provoca que las frases antes citadas pierdan su valor y significado para el resto de los ciudadanos.

[modo ironía on] El modelo económico hacia el que nos quieren dirigir nuestros gobernantes, como si de una Tierra Prometida se tratara, es un sitio adorable. Allí todos desarrollaremos un trabajo intelectual de primera magnitud. Viviremos rodeados de tecnología e información y adoraremos a un ente abstracto llamado Conocimiento. A nuestros políticos solo les queda añadir que la enfermedad y el resto de calamidades no existirán en el nuevo modelo. [modo ironía off]

Es evidente la necesidad de un cambio pero -a pesar del optimismo de nuestros dirigentes- no es tarea fácil ni inmediata. No olvidemos que una economía basada en la innovación, la tecnología o el conocimiento tiene, por lo general, como paso previo la labor científica. Y no nos engañemos, nuestro país, a pesar de contar con gran número de titulados y un presupuesto nada desdeñable, nuca ha sido una potencia haciendo ciencia. Como ya recordaba gran nuestro sabio Santiago Ramón y Cajal en su obra Los Tónicos de la Voluntad, “La prosperidad duradera de las naciones es obra de la ciencia y de sus múltiples aplicaciones al fomento de la vida y de los intereses materiales”

De la lectura de los párrafos anteriores podéis deducir porqué sugiero en estos momentos la lectura de Los Tónicos de la Voluntad, cuyo título, para ser exactos, es “Reglas y Consejos sobre Investigación Científica”.  Este libro está basado en el discurso que leyó Cajal el 5 de diciembre de 1897 con ocasión de su ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Posteriormente, a iniciativa del Dr. Lluria y con numerosos retoques y desarrollos del propio Cajal, la obra empezó a imprimirse como libro para ser regalado entre estudiantes y aficionados a las tareas de laboratorio.

Esta obra es considerada como uno de los mejores tratados sobre la investigación científica, el entorno social que la favorece y, lo más importante, la actitud y motivaciones del científico. Un capítulo no menos interesante es aquél en el que Cajal expone y razona las posibles causas del atraso de España en temas científicos. Aunque se redactó hace más de 100 años gran parte de los consejos y observaciones de Cajal son totalmente vigentes. Durante su lectura también advertiréis que alguna de sus afirmaciones hoy resultan anacrónicas, en particular las que hacen referencia al papel de la esposa en la vida del hombre de ciencia, o las alusiones a la raza española o el patriotismo.

A pesar de su antigüedad, esta obra se sigue editando. Creo que es un libro de lectura obligada para cualquiera que sienta una mínima curiosidad por la ciencia, la innovación y el progreso de las naciones. Si todavía te queda alguna duda a continuación te dejo algunos fragmentos.

Consideraciones sobre los métodos generales
Al tratar de métodos generales de investigación, no es lícito olvidar esas panaceas de la invención científica que se llaman el Novun Organum, de Bacon, y el Libro del Método, de Descartes […] Libros son éstos por todo extremo excelentes para hacer pensar, pero en ningún modo tan eficaces para enseñar a descubrir […] Tengo para mí que el poco provecho obtenido de la lectura de tales obras y, en general, de todos los trabajos concernientes a los métodos filosóficos de indagación, depende de la vaguedad y generalidad de las reglas que contienen, las cuales, cuando no son fórmulas vacías, vienen a ser la expresión formal del mecanismo del entendimiento en función de investigar. Este mecanismo actúa inconscientemente en toda cabeza regularmente organizada y cultivada […] Harto más eficaz es la lectura de la obras de los grandes iniciadores científicos, tales como Galileo, Keplero, Newton, Lavosier; Geoffroy Saint-Hilaire, Faraday, Ampère, Cl. Bernard, Pasteur, Virchow, Liebig, etc; y, sin embargo, es fuerza reconocer que, si carecemos de una chispa siquiera de la espléndida luz que brilló en tales inteligencias, y de un eco al menos de las nobles pasiones que impulsaron a caracteres tan elevados, la erudición nos convertirá en comentadores entusiastas o amenos, quizás en beneméritos divulgadores científicos, pero no creará en nosotros el espíritu de investigación […] Apresurémonos, pues, a declarar que no hay recetas lógicas para hacer descubrimientos, y menos todavía para convertir en afortunados experimentadores a personas desprovistas del arte discursivo natural a que antes aludíamos. Y en cuanto a los genios, sabido es que difícilmente se doblegan a las reglas escritas: prefieren hacerlas. Como dice Condorcet, “las medianías pueden educarse, pero lo genios se educan por si solos”.

Admiración excesiva a la obra de los grandes iniciadores científicos
Entre las preocupaciones más funestas de la juventud intelectual contamos la extremada admiración a la obra de los grandes talentos y la convicción de que, dada nuestra cortedad de luces, nada podremos hacer para continuarla o completarla. Esta devoción excesiva al genio tiene su raíz en un doble sentimiento de justicia y de modestia, harto simpático para ser vituperable; mas, si se enseñorea con demasía del ánimo del novicio, aniquila toda iniciativa e incapacita en absoluto para la investigación original. Defecto por defecto, preferible es la arrogancia al apocamiento: la osadía mide sus fuerzas y vence o es vencida; pero la modestia excesiva huye de la batalla y se condena a vergonzosa inacción.

La Naturaleza nos brinda a todos con una riqueza inagotable, y no tenemos motivo para envidiar a los que nos precedieron, ni exclamar como Alejandro ante las victorias de Filipo: “Mi padre no me va a dejar nada que conquistar”

¡Qué gran tónico sería para el novel observador el que su maestro, en vez de asombrarlo y desalentarlo con la sublimidad de las grandes empresas acabadas, le expusiera la génesis de cada invención científica, la serie de errores y titubeos que la precedieron, constitutivos, desde el punto de vista humano, de la verdadera explicación de cada descubrimiento!. Tan hábil táctica pedagógica nos traería la convicción que el descubridor, con ser un ingenio esclarecido y una poderosa voluntad, fue, al fin y al cabo, un hombre como todos […] Lejos de abatirse el investigador novicio ante las grandes autoridades de la Ciencia, debe saber que su destino, por ley cruel, pero ineluctable, es crecer un poco a costa de la reputación de las mimas. Pocos serán los que, habiendo inaugurado con alguna fortuna sus exploraciones científicas, no se hayan visto obligados a que quebrantar y disminuir algo el pedestal de algún ídolo histórico o contemporáneo.

En la vida de los sabios se dan, por lo común, dos fases: la creadora o inicial, consagrada a destruir los errores del pasado y al alumbramiento de nuevas verdades, y la senil o razonadora (que no coincide necesariamente con la vejez), durante la cual, disminuida la fuerza de producción científica, se defienden las hipótesis incubadas en la juventud, amparándolas con amor paternal del ataque de los recién llegados […] Empero no basta demoler: hay que construir. La crítica científica se justifica solamente entregando, a cambio de un error, una verdad: Por lo común la nueva doctrina surgirá de la ruinas de las abandonadas, y se fundará estrictamente sobre los hechos rectamente interpretados.

Creencia en el agotamiento de los temas científicos
He aquí otro de los falsos conceptos que se oyen a menudo a nuestros flamantes licenciados: “Todo lo substancial de cada tema científico está apurado; ¿Qué importa que yo pueda añadir algún pormenor, espigar en un campo donde más diligentes observadores recogieron copiosa mies? Por mi labor, ni la Ciencia cambiará de aspecto, ni mi nombre saldrá de la oscuridad”. […] Así habla muchas veces la pereza, disfrazada de modestia. Así discurren algunos jóvenes de mérito al sentir los primeros desmayos producidos por la consideración de la magna empresa […] En su anhelo por satisfacer la deuda honrosa contraída con sus maestros, el novel observador quisiera encontrar un filón nuevo y a flor de tierra, cuya fácil exploración levantara con empuje su nombre; mas, por desgracia, apenas emprendidas las primeras exploraciones bibliográficas reconoce con dolor que el metal yace a gran profundidad y que el yacimiento superficial ha sido casi agotado por observadores afortunados llegados antes que él, y que ejercitaron en cómodo derecho de primeros ocupantes […] No paran mientes lo que así discurren que si hemos llegado tarde para unas cuestiones, hemos nacido demasiado temprano para otras, y en que, a la vuelta de un siglo, nosotros vendremos a ser, por la fuerza de las cosas, los acaparadores de ciencia, los desfloradotes de asuntos y los esquilmadores de minucias. […] No es lícito, empero, desconocer que existen épocas en la cuales, a partir de un hecho casualmente descubierto o de la creación de un método feliz, se realizan en serie, y como por generación espontánea, grandiosos progresos científicos.

Culto exclusivo a la ciencia llamada práctica
Otro de los vicios del pensamiento que importa combatir a todo trance es la falsa distinción en ciencia teórica y ciencia practica, con la consiguiente alabanza de la última y el desprecio sistemático de la primera. Y este error se propala inconscientemente entre la juventud, desviándola de toda labor de inquisición desinteresada.

No son, ciertamente, las gentes del oficio las que incurren en semejante falta de apreciación, sino muchos abogados, literatos, industriales y, desgraciadamente, hasta algunos estadistas conspicuos, cuyas iniciativas de tan graves consecuencias pueden ser para la obra de la cultura patria.

A estos tales no se les caen de la boca las siguientes frases: “Menos doctores y más industriales. Las naciones no miden su grandeza por lo que saben, sino por la copia de conquistas científicas aplicadas al comercio, a la industria, a la agricultura, a la medicina y al arte militar […] Tal es el cúmulo de ineptas que a cada paso formulan los que, al viajar por el extranjero, ven, por un espejismo extraño, el progreso en los efectos y no en las causas; los que en sus cortos alcances, no advierten esos hilos misteriosos que enlazan la fábrica con el laboratorio, como el arroyo a su manantial […] En Alemania, en Francia, en Inglaterra, la fábrica vive en íntima comunión con el laboratorio, y por lo común el iniciador mismo de la verdad científica dirige, ora por sí, ora mediante sociedades explotadoras, el aprovechamiento industrial.

Cultivemos la ciencia por sí misma, sin considerar por el momento las aplicaciones. Estas llegan siempre; a veces tardan años; a veces, siglos. Poco importa que una verdad científica sea aprovechada por nuestros hijos o por nuestros nietos. Medrada andaría la causa del progreso de Galvani, si Volta, si Faraday, si Herz, descubridores fundamentales de la ciencia de la electricidad, hubieran menospreciado sus hallazgos por carecer entonces de aplicación industrial.

Pretendida cortedad de luces
Para justificar deserciones y desmayos alegan algunos falta de capacidad para la ciencia. “Yo tengo gusto por los trabajos de laboratorio –nos dicen-, pero no sirvo para inventar nada.” Cierto que hay cabezas refractarias para la labor experimental, y entre ellas contamos todas las incapaces de atención prolongada y exentas de curiosidad y de admirabilidad por las obras de la Naturaleza. Pero la inmensa mayoría de los que se confiesas incapaces, ¿lo son positivamente? ¿No exageran, tal vez, las dificultades de la empresa y la penuria de sus aptitudes? Tal creemos, ya añadiremos aún que muchos toman habitualmente por incapacidad la mera lentitud del concebir y del aprender, y, a veces, la propia pereza o falta de alguna cualidad de orden secundario, como la paciencia, la minuciosidad, la constancia, atributos que se adquieren pronto con el hábito del trabajo y la satisfacción del éxito.

En nuestro concepto, la lista de aptos para la labor científica es mucho más larga de lo que se cree, y se componen, no sólo de los talentos superiores, de los fáciles, de los ingenios agudos, codiciosos de reputación y ansiosos de enlazar su nombre a una obra grande, sino también de esos entendimientos regulares, conocidos con el dictado de mañosos, por la habilidad y tino con que realizan toda obra manual; de esos otros dotados de temperamento artístico y que sienten con vehemencia la belleza de las obras de la Naturaleza; en fin, de los meramente curiosos, flemáticos, cachazudos, devotos de la religión de lo menudo y capaces de consagrar largas horas al examen del más insignificante fenómeno natural.

Como han afirmado muchos pensadores y pedagogos, el descubrimiento no es fruto de ningún talento originariamente especial, sino del sentido común mejorado y robustecido por la educación técnica y por el hábito de meditar por los problemas científicos. Así, pues, quien disponga de regular criterio para guiarse en la vida, lo tendrá también para marchar desembrazado por el camino de la investigación.

El cerebro juvenil posee plasticidad exquisita, en cuya virtud puede, a impulsos de un enérgico querer, mejorar extraordinariamente su organización, creando asociaciones interideales nuevas, depurando y afinando el juicio.

Las deficiencias de la aptitud nativa son compensables mediante un exceso de trabajo y atención. Cabria afirmar que el trabajo sustituye al talento o, mejor dicho, crea el talento.

En la mayor parte de los casos, eso que llamamos talento genial y especial, no implica superior cualitativa, sino expeditiva, consistiendo solamente en hacer de prisa y con brillante éxito lo que las inteligencias regulares elaboran lentamente, pero bien. En vez de distinguir los entendimientos en grandes y pequeños, fuera preferible y más exacto (al menos en muchos casos) clasificarlos en lentos y rápidos. Los entendimiento rápidos son ciertamente los más brillantes y sugestivos; son insustituibles en la conversación, en la oratoria, en el periodismo, en toda obra en que el tiempo sea un factor decisivo; pero en la empresas científicas los lentos resultan tan útiles como los rápidos […] Aún osaríamos añadir que, por una compensación muy común, las cabezas lentas poseen gran resistencia para la atención prolongada, y abren ancho y profundo surco en las cuestiones; mientras que las rápidas suelen fatigarse pronto, después de haber apenas desbrozado el terreno.

Si, a despecho de los esfuerzos hechos por mejorarla, nuestra memoria es inconstante y poco tenaz, administrémosla bien. Como dice Epicteto: “Cuando en el juego de la vida vienen malas cartas, no hay más remedio que sacar el mejor partido posible de las que se tienen” […] Por compensación, los escasamente memoriosos de palabras y de frases, suelen gozar de excelente retentiva de ideas y de series de razonamientos. Ya Locke notó que los dotados de gran ingenio y pronta memoria no sobresalen en el juicio.

Biblioteca
Cajal, 1897 – Reglas y Consejos sobre Investigación Científica

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