Hace más de cien años...
Los anales más antiguos, así como la tradición, hablan de primitivos habitantes salvajes, llamados «bárbaros orientales», yebis ó maojin (hombres peludos), que pueblan el norte de la isla grande. Eran los ascendientes de los ainos. No hay pruebas directas que señales á los japoneses como hermanos civilizados de aquellos bárbaros del Norte, y su único lazo de parentesco está determinado por los cruces de raza entre los individuos de los territorios limítrofes en el curso de algunos siglos. Ahora no existen yebis en la parte septentrional de la isla, porque los conquistadores japoneses los exterminaron en el siglo XV. […] Según ciertos autores, la palabra ainos, como la mayor parte de las denominaciones de los pueblos, significa simplemente «hombre». Aquella pobre nación, de la cual sólo queda un resto despreciado, creyó que habitaba el centro del mundo y que por sí sola constituía toda la humanidad […] Los ainos nos aprenden á leer y escribir, exceptuando muy contados jóvenes que asisten á las escuelas de Tokio; pero en cambio tienen excelente memoria y son hábiles calculistas, llevando sus cuentas por decenas y unidades con la ayuda de bastones marcados con rayas ó de cuerdas con nudos semejantes á los quipos del Perú […] Tienen un sentimiento musical muy desarrollado, y cantan sus aires melancólicos con voz penetrante. Los instrumentos de cuerda que usan están fabricados con tendones sacados de las ballenas que mueren en la costa […] Persiguen los osos, ciervos y zorras, y cazan los grandes cetáceos, exceptuando la ballena, casi por gratitud, porque en primavera este animal arroja á los golfos de la costa bandadas de arenques. Cuando encuentran un oso pequeño en su madriguera lo llevan á la aldea y una de sus mujeres le da de mamar durante seis meses. En otoño celebran una gran fiesta: en ella lo matan y se lo comen, y en el momento de sacrificarle cantan: «Te matamos, oso, para que pronto vuelvas convertido en aino». Sobre un palo plantado al pie de la cabaña se clava su cabeza para que proteja la casa donde estuvo hospedado. […] Como los sintoístas del Japón, profesan devoción profunda hacia los manes de sus antepasados. Destruyen la casa del muerto quemándola ó arrasándola, y luego construyen otra igual á la que antes existía. Cuidan mucho los palos y otros objetos plantados delante de las tumbas, y con horror rechazan las proposiciones que les hacen los extranjeros de comprarles los cráneos de sus difuntos. Además, es muy sencillo el ritual de su culto. Ofician ellos mismos, sin temer más ceremonias que bailes y libaciones de sahí ó aguardiente de arroz, no habiendo entre ellos ninguna casta de sacerdotes. […] En las tribus de ainos hace de jefe ordinariamente el individuo de la tribu que posee más armas y cráneos de osos, sin otra preminencia que la de decidir las controversias que en ellas se suscitan. Pero si la opinión pública le acusa de haber cometido injusticia, es destituido y reemplazado por la misma persona ofendida por él. Se preemite la poligamia, celebrándose ordinariamente los matrimonios entre personas de próximo parentesco. La mujer trabaja más que el hombre, pero no es considerada como su inferior. Guarda la casa, que cuida con gran limpieza, y en los interese comunes del matrimonio tiene parte igual á la de su marido, que la consulta para cualquier negocio que emprende. Llevan los signos de nobleza en la s marcas que su madre les puso en la piel. A lo cinco años empiezan á pintarles el cuerpo y concluyen cuando son núbiles, ostentando falsos bigotes, lunares y una serie de arabescos en manos y brazos, hechos por medio del sebo que introducen al picarles la piel.
Texto e imágenes procedentes de la Novísima Geografía Universal de Onésimo y Eliseo Reclus. Editada en 1906 por La Editorial Española-Americana. Nouvelle Géographie Uuniverselle fue publicada en fascículos por la editorial Hachette entre los años 1876 y 1896 por Hachette. Posteriormente la obra se reunió en 19 volúmenes. La edición española consta de seis volúmenes y la traducción corresponde a Vicente Blasco Ibáñez, quien además es el autor del prólogo, fechado el 1 de mayo de 1906.
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