Si no fuera
por sitios como el Radar, Madrid sería casi una ciudad de provicias.
Este bar de la calle Amaniel 22, dedicado a la música industrial,
el ruidismo y tendencias musicales que no son precisamente amables con
la audiencia generalista, es todo un acto de heoricidad por parte de Sevi,
el dueño del local y erudito musicólogo. La música
electrónica es, desde el comienzo, la protagonista de este lugar
oscuro, en el que tácitamente está prohibido bailar. Sevi
siempre lo ha advertido: esto no es ninguna discoteca. Al Radar (donde
a veces hay conciertos) se va a oír música, para lo demás
están las discotecas de bakalao.
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Empresas casi épicas
El Mundo
08.07.2002

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