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El jueves pasado conseguí esquivar milagrosamente los añicos
de dos platos de loza con los que un tipo intentó agredir a una
oriental en la calle del Desengaño. El lanzador de vajilla también
era inmigrante, apenas le vi la cara, pero pude deducirlo por el acento
con que exclamó "puta" antes de tirar los platos como
frisbees y estrellarlos a pocos metros de su objetivo (y de mí),
que se escondió silencioso en la calle de la Ballesta. Yo pensaba
que mi experiencia surrealista de la noche tendría lugar en Radar,
el bar de música electrónica más especializado de
Madrid al que me encaminaba, sin embargo el garito no superó el
"incidente duralex". No sólo porque el listón
de friquez se había puesto muy alto en el barrio, sino porque Radar
es uno de los espacios más verdaderos de la ciudad.
Muchos asociamos la música electrónica
al bakalao o a ese otro tipo de instrumentación futurista y semiesotérica
practicada por tipos con corbatas de papel albal. Sin embargo, el mundo
de la música computerizada está poblado por personas que
ni hacen apología del look robótico ni se empastillan para
mover el cuerpo al ritmo de corcheas digitales. Y es que está aumentando
el número y la diversidad de gente con acceso a la música
electrónica gracias a los avances informáticos. Este estilo
instrumental es el ejemplo más destacado de la creciente fórmula
musical del selfmade, donde los artistas van ganando autonomía,
no sólo a la hora de componer, sino de interpretar y gestionar
su trabajo.
Ya el pop-rock, por mencionar el género más
extendido, se crea y se tramita de forma cada vez más independiente.
Hoy las bandas reducen las horas de alquiler de locales de ensayo al poder
trabajar a distancia compartiendo sus ideas a través de Internet
o ensayando con arreglos programados. Pero lo más revolucionario
es la autonomía que los artistas han alcanzado gracias a los programas
de grabación casera. Protools o Cubase son dos conocidos softwares
que utilizan tanto los estudios profesionales como los cientos de miles
de grupos en todo el mundo que han montado sus propios estudios en casa.
Un ordenador portátil sustituye hoy a toda una gigantesca mesa
de mezclas. Grabar maquetas o discos en tu cuarto de estar no sólo
ahorra mucho dinero, sino que permite a los músicos dedicar el
tiempo deseado a su producto y confeccionarlo directamente a su antojo,
sin intermediarios.
Por supuesto Internet (de donde muchísima gente
obtiene los programas de grabación sin pagar) es el cauce en boga
para la transmisión de esas composiciones, el medio más
efectivo y rápido de promoción y distribución de
música. Pero cuando se trata de música electrónica,
las nuevas tecnologías irrumpen incluso en el paso previo: la composición.
Los nuevos programas de electronic music son hoy fácilmente descargables
de la web y se pueden manejar aun sin tener conocimientos de armonía
o un potente ordenador. La semana pasada, el Medialab, dentro de su magnífico
ciclo ¿Interactivos? que incluye exposiciones, talleres y encuentros
hasta finales de mayo, celebró un concierto en Radar. Algunos artistas
hicieron música, ya no sólo moviendo el ratón de
un ordenador portátil, sino desde una PDA. A pesar de que España
es uno de los países europeos más rezagados en música
electrónica, Sevi, el alma de Radar desde hace nueve años,
ha conseguido que su local sea un lugar de culto en este género
por el que cada vez se interesa más gente. Las nuevas tecnologías,
que asociamos artísticamente al videoarte o al cine, también
están jugando una baza importante en la música.
Radar (calle de Amaniel, 22) es un local de 50 metros
cuadrados ambientado con paisajes digitales geométricos fluorescentes
y con música computerizada, sin embargo no resulta intimidante
a los profanos de las composiciones electrónicas. La transparencia
de su estilo y la ausencia de pretensiones vanguardistas de su propietario
se traducen en una atmósfera perfecta para adentrarse sin miedos
ni prejuicios en un género musical desafiante. La música
electrónica, dentro de su teórico marco matemático,
frío o especializado, es hoy el estilo más accesible, más
innovador y más libre. Dentro de Radar uno se siente orientado
y tranquilo, en conexión con un mundo de pasiones crecientes y
sinceras, con un planeta más familiar que el de ahí fuera.
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Radares y platos volantes
Eduardo Verdú
El País [02.05.2006]

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