Museo de la bomba atómica (1)
El cielo estaba cubierto por un espeso humo negro que oscurecía el sol. Parecía realmente como una noche oscura. Chizue andaba hacia su casa pisando con los pies desnudos sobre las ruinas hasta llegar a la calle que transcurre a lo largo del río Urakami, cerca de la fábrica por fin. Se encontró allí con algunas personas caminando. Sus extrañas formas le asustaron tanto que le quitaron la respiración. Todos ellos mostraban los mismos rasgos grises con gravísimas quemaduras en la piel que impedían distinguir hombres y mujeres. Iban lentamente en silencio hacia abajo buscando el río para conseguir agua. Parecían figuras sin vida. Tan pronto como sus bocas tocaban el agua morían y caían dentro del cauce del río. Parecían como animales moribundos que sorbían agua antes de morir […] una mujer cogió a Chizue por los pies y murmuró: “Me duelen tanto las quemaduras que me voy a volver loca. Por favor, vierte algo de agua encima de mi cuerpo y no importa si son tus propios orines; te lo suplico por lo que más quieras”. Chizue Fukotomi.
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