Breve recorrido por los inicios de la Televisión (1)
octubre 28, 2026 on 6:13 am | In colección, hist. fotografía, radio, tv y vídeo | Comentarios desactivados en Breve recorrido por los inicios de la Televisión (1)Adolfo García Yagüe | Hoy se cumplen setenta años desde la primera emisión oficial de Televisión Española (TVE). Setenta años desde aquella tarde del 28 de octubre de 1956 en la que, desde un pequeño estudio del Paseo de La Habana de Madrid, comenzó una aventura que acabaría transformando para siempre la sociedad española.
Cuando TVE encendió sus cámaras, la televisión no era, ni mucho menos, un invento nuevo. Detrás de aquella primera emisión había más de tres décadas de experimentos, tubos de vacío, patentes, rivalidades industriales y demostraciones públicas. Por este motivo, y con la excusa del citado aniversario, he querido recuperar algunas piezas y documentos de la colección para relatar este recorrido.
Baird y la televisión mecánica
Mucho antes de que una cámara electrónica pudiera convertir una imagen en señales eléctricas, los pioneros de la televisión tuvieron que resolver un problema fundamental: cómo descomponer una imagen, transmitirla a distancia y reconstruirla en un receptor. Durante las primeras décadas del siglo XX, varios investigadores buscaron la respuesta mediante sistemas de exploración mecánica. Entre ellos destacó un escocés cuyo nombre quedaría ligado para siempre a los primeros pasos de la televisión: John Logie Baird (1888-1946).
Baird comenzó a experimentar con la transmisión de imágenes a comienzos de la década de 1920. Su trabajo se basaba en una idea mucho más antigua, concebida por el inventor alemán Paul Gottlieb Nipkow (1860-1940), que había patentado en 1884 un dispositivo capaz de explorar una imagen mediante un disco giratorio perforado. El llamado disco de Nipkow tenía una serie de pequeños orificios dispuestos en espiral que, al girar, recorrían sucesivas líneas de la escena.
Aunque la propuesta se había adelantado a las posibilidades técnicas de su época y se concibió originalmente para acompañar de imagen a una conversación telefónica, décadas después se convertiría en una pieza esencial de los primeros sistemas de televisión mecánica. En el sistema de Baird, la luz procedente de la escena se transformaba en una señal eléctrica mediante una célula fotoeléctrica. Esa señal podía transmitirse y utilizarse en el receptor para modular la luminosidad de una lámpara, mientras otro disco giratorio, sincronizado con el primero, reconstruía la imagen línea a línea. El resultado era rudimentario: imágenes pequeñas, de muy baja resolución y con un número limitado de líneas. Sin embargo, el sistema permitía transmitir formas reconocibles y mostrar movimientos, algo que hasta entonces había parecido casi imposible.
El 26 de enero de 1926, Baird realizó en Londres una de las primeras demostraciones públicas de televisión con imágenes en movimiento reconocibles, ante miembros de la Royal Institution. En los años siguientes continuó perfeccionando su sistema y, en 1928, logró transmitir imágenes televisivas a través del Atlántico. A partir de 1929 comenzaron también las emisiones experimentales de televisión mecánica en colaboración con la BBC, con imágenes de apenas 30 líneas. La definición era muy limitada, pero aquellas emisiones representaban un paso decisivo: la televisión empezaba a salir de los laboratorios para llegar a un público real.
A comienzos de la década de 1930, otras inciativas, especialmente en Estados Unidos, también realizaron emisiones mecánicas. Entre ellas se encontraban las de la estación W2XCR, vinculada a los trabajos de la Jenkins Television Corporation en Nueva York. Estos sistemas seguían utilizando imágenes de baja resolución, muy lejos de la calidad que acabaría ofreciendo la televisión electrónica.
En España, aquellas experiencias se seguían con curiosidad, aunque la televisión todavía parecía una tecnología lejana. La prensa y revistas técnicas informaban de los experimentos realizados en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, alimentando la fascinación por un invento que prometía llevar imágenes en movimiento hasta los hogares. Publicaciones como Blanco y Negro contribuyeron a divulgar estas novedades, mientras aparecían libros y revistas dedicados específicamente a explicar el funcionamiento y las posibilidades de la televisión.
Un ejemplo especialmente significativo fue la publicación, en 1933, de la efímera revista Radio y Televisión. Su propia existencia resulta reveladora: en España aún faltaban muchos años para que comenzara un servicio regular de televisión, pero ya había publicaciones que trataban de acercar esta nueva tecnología al público. La portada de su primer número, con una evocadora ilustración Art Déco, refleja aquel momento de transición entre los experimentos mecánicos de pioneros como Baird y los sistemas electrónicos que estaban llamados a transformar definitivamente la televisión.
Del tubo de Crookes a Philo T. Farnsworth
El salto decisivo llegó cuando la televisión comenzó a sustituir los sistemas mecánicos de exploración de la imagen por sistemas electrónicos. Uno de los antecedentes fundamentales fue el tubo Crookes, desarrollado por William Crookes (1832-1919) durante la década de 1870. Este dispositivo consistía en un tubo de vidrio del que se extraía gran parte del aire para crear un vacío parcial, de modo que en su interior quedaba una pequeña cantidad de gas a muy baja presión. Al aplicar entre dos electrodos una diferencia de potencial de varios miles de voltios, se generaba un campo eléctrico que aceleraba las partículas cargadas y provocaba una descarga eléctrica en el gas enrarecido. Durante estos experimentos se observaban fenómenos luminosos en el interior del tubo y, en determinadas condiciones, un resplandor fluorescente en sus paredes. Estos efectos estaban relacionados con los rayos catódicos, cuya naturaleza todavía no se comprendía por completo. El estudio de estos fenómenos abrió un nuevo campo de investigación sobre la naturaleza de la electricidad y la materia.
Uno de los avances mas significativos fue obra de J. J. Thomson (1856-1940), quien recurrió a los citados tubos en sus experimentos y demostró en 1897 que los rayos del interior estaban constituidos por partículas con carga eléctrica negativa: los electrones. Sus experimentos también contribuyeron a comprender cómo podía modificarse la trayectoria de estas partículas mediante campos eléctricos y magnéticos. Poco después, Karl Ferdinand Braun (1850-1918) desarrolló el Tubo de Braun, predecesor directo del Tubo de Rayos Catódicos (TRC), capaz de representar señales eléctricas sobre una pantalla fluorescente, sentando las bases del osciloscopio. Uno de los aspectos esenciales de esta evolución fue la posibilidad de controlar y desviar el haz de electrones con gran precisión. Para conseguirlo, se desarrollaron dos métodos fundamentales: la deflexión electrostática y la deflexión magnética.
La deflexión electrostática se basa en la acción de un campo eléctrico sobre los electrones. Cuando un haz atraviesa el espacio comprendido entre dos placas sometidas a una diferencia de potencial, la fuerza eléctrica modifica su trayectoria y lo desvía. La magnitud y el sentido de esta desviación dependen de la tensión aplicada y de su polaridad. Para controlar el movimiento del haz en las dos dimensiones de la pantalla, el tubo disponía de dos pares de placas: uno para la deflexión horizontal y otro para la vertical. La relativa sencillez de este sistema favoreció su utilización en instrumentos como los osciloscopios y en los primeros receptores de televisión electrónica, especialmente en aquellos con pantallas de pequeño tamaño.
La deflexión magnética, por su parte, utiliza campos magnéticos generados por bobinas situadas alrededor del cuello del tubo. Al atravesar estos campos, los electrones experimentan una fuerza que modifica la dirección de su movimiento y desvía el haz. Regulando la corriente que circula por las bobinas se controla su desplazamiento tanto en sentido horizontal como vertical, lo que permite explorar de forma sucesiva toda la superficie de la pantalla. Este sistema ofrece ventajas para conseguir ángulos de desviación amplios y resulta especialmente adecuado para tubos de gran tamaño. Por ello, se convirtió en la solución predominante en los receptores domésticos de televisión con pantallas de mayores dimensiones.
De este modo, los experimentos iniciados en el siglo XIX dieron lugar a una tecnología capaz de controlar el movimiento de los electrones con una precisión extraordinaria, pero, aún era necesario concebir un sistema para explorar electrónicamente la imagen y generar una señal electrónica que se pudiera transmitir a distancia.
Mientras el tubo de rayos catódicos comenzaba a encontrar aplicaciones prácticas en instrumentos científicos como el citado osciloscopio, en Estados Unidos el joven inventor Philo T. Farnsworth (1906-1971) trabajaba en un sistema que permitiera captar imágenes sin recurrir a mecanismos mecánicos.
La propuesta de Farnsworth, conocida como Disector de Imágenes (Image Dissector), se basaba en un principio de exploración completamente electrónico. La escena se proyectaba mediante una lente sobre un fotocátodo, una superficie fotosensible que emitía electrones en función de la luz recibida. Estos electrones formaban una imagen electrónica que reproducía la distribución luminosa de la escena original. Mediante campos eléctricos o magnéticos, esta imagen electrónica se desplazaba de forma controlada dentro del tubo con respecto a una pequeña abertura. En cada instante, solo los electrones procedentes de una pequeña región de la imagen podían atravesarla y alcanzar el colector, generando una corriente eléctrica proporcional a la luminosidad de esa zona. Al desplazar la imagen electrónica siguiendo un patrón ordenado de líneas, se obtenían sucesivamente las señales correspondientes a las distintas partes de la escena. De este modo, la información visual se convertía en una señal eléctrica que podía transmitirse a distancia. Ya en el receptor de televisión, un tubo de rayos catódicos sincronizado con el sistema de captación transformaba esa señal en una imagen visible sobre una pantalla fluorescente. La repetición rápida y coordinada de ambos procesos permitía reproducir imágenes en movimiento.
En 1927, Farnsworth consiguió transmitir sencillas imágenes mediante su sistema electrónico, contribuyendo decisivamente al desarrollo de la televisión sin elementos mecánicos de exploración. Sin embargo, el Disector presentaba una limitación importante: no almacenaba la carga correspondiente a la imagen, por lo que solo aprovechaba en cada instante los electrones procedentes de la pequeña región que atravesaba la abertura. Esta escasa sensibilidad exigía una iluminación intensa y estimuló la búsqueda de otros sistemas de captación más eficaces.
Zworykin frente a Farnsworth: la guerra por la televisión electrónica
La historia de la televisión electrónica fue también escenario de una intensa rivalidad tecnológica. Uno de sus protagonistas fue Vladimir Zworykin (1888-1982), ingeniero de origen ruso que desde la década de 1920 investigaba sistemas electrónicos para captar y reproducir imágenes. Su trayectoria quedó estrechamente ligada a RCA (Radio Corporation of America), una de las grandes corporaciones tecnológicas y de comunicación de la época, como hemos comentado en otros textos.
En 1933, RCA presentó públicamente el Iconoscopio, un tubo de cámara desarrollado por el equipo de Zworykin que supuso un avance importante en la captación electrónica de imágenes. Aunque compartía con el Disector de imágenes de Philo T. Farnsworth el objetivo de convertir una escena en una señal eléctrica sin recurrir a mecanismos de exploración mecánica, su principio de funcionamiento era diferente.
Como hemos comentado, la principal limitación del Disector de Farnsworth era su escasa sensibilidad. El Iconoscopio abordaba este problema mediante una innovación fundamental: un mosaico fotosensible formado por numerosos elementos diminutos capaces de acumular carga eléctrica en función de la luz recibida. La imagen proyectada quedaba así representada en un patrón de cargas que conservaba temporalmente la información luminosa de cada zona. Después, un haz de electrones exploraba el mosaico y generaba la señal eléctrica correspondiente a la imagen.
Esta capacidad de almacenar temporalmente la información antes de leerla marcaba una diferencia decisiva respecto al Disector, que no disponía de ese mecanismo de almacenamiento y debía captar directamente la señal de cada pequeña región explorada. Gracias a su mayor sensibilidad, el Iconoscopio resultó mucho más adecuado para las exigencias prácticas de la televisión, donde era necesario captar imágenes con niveles de iluminación más manejables. La competencia entre ambos sistemas ilustra así uno de los grandes desafíos de los primeros años de la televisión electrónica: conseguir no solo transmitir imágenes sin mecanismos móviles, sino también captarlas con suficiente eficacia para hacer viable la radiodifusión.
Como se avanzó al comienzo, en este contexto se produjo uno de los episodios más controvertidos de la historia de la televisión. Al comienzo de la década de 1930, Zworykin visitó el laboratorio de Farnsworth y tuvo ocasión de conocer de primera mano algunos de sus avances en televisión electrónica. Años después, ambos quedarían vinculados a una espinosa disputa de patentes entre Farnsworth y la RCA. El conflicto se centró en la prioridad de invención de determinados principios de la televisión electrónica y, en particular, en las patentes relacionadas con el Disector de Farnsworth y el Iconoscopio de Zworykin. En 1935, la Oficina de Patentes de Estados Unidos falló a favor de Farnsworth en la disputa de prioridad, decisión que se confirmó en 1936. Finalmente, en 1939, RCA llegó a un acuerdo de licencias con la empresa de Farnsworth. Esto no quiere decir que la sentencia y el posterior acuerdo atribuyera a Farnsworth la invención del Iconoscopio, ya que -como hemos comentado- ambos tubos tenían diseños y principios de funcionamiento distintos. La disputa se refería a la prioridad legal sobre determinadas invenciones y soluciones técnicas. En cualquier caso, el alcance de la influencia que aquella visita pudo ejercer sobre las investigaciones posteriores de Zworykin sigue siendo objeto de debate histórico.
Como ya vimos al repasar las disputas que marcaron la historia de la radio, aquel episodio nos recuerda una realidad que a menudo queda en segundo plano tras los grandes inventos: la innovación tecnológica no se decide únicamente en los laboratorios. También se desarrolla en los despachos de las empresas y en los tribunales, donde se dirimen la propiedad intelectual, el control de las tecnologías y la posición de cada compañía en los mercados emergentes…
La historia no acaba aquí. En una segunda parte continuaré este recorrido por los primeros pasos de la televisión, desde las experiencias que se estaban llevando a cabo en Europa y Estados Unidos hasta las primeras demostraciones en España, que poco a poco fueron preparando el camino para la llegada de TVE.
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