Por muy europeos que nos digan que somos, la escena española de música electrónica libre, aquella que no está obcecada con la pista de baile y se obstina en crear sin cortapisas de validez bailonga, sigue debatiéndose entre el autismo, la endogamia y el onanismo (el ¿sello? barcelonés Alku, sin ir más lejos).

Cabe pensar que 40 años de autarquía dejan secuelas incluso a los que por edad no la han sufrido en su propia carne, pero eso no es excusa. ¡Basta ya de adoptar la fácil postura del mártir incomprendido! ¡Se acabó el mirarse el ombligo! Siempre habrá núcleos de gente emprendedora, más interesadas en crear plataformas efectivas que en jugar al marginal de andar por casa, propuestas pequeñas por obligación y no por vocación, que son las que realmente merece la pena tratar.

En sus dos años de existencia el electronic-sounds bar RADAR (Amaniel, 22. Madrid 28015), especializado en música industrial y electrónica peliaguda, ha ido llevando a cabo interesantes actividades en forma de regulares audiciones monográficas y esporádicos conciertos de pequeño formato (limitaciones de espacio obligan). Entre las audiciones cabe destacar las dedicadas recientemente a Francisco López, con obras inéditas o inencontrables cedidas para la ocasión por el autor, y a la primera etapa de Cabaret Voltaire, la comprendida entre el 74 al 83. Es práctica habitual en estas audiciones obsequiar a los 32 primeros bebedores con una K7 de la música que suena ese día. Los directos son, debido a las reducidas dimensiones del local, menos frecuentes. El último celebrado con motivo del segundo aniversario del bar, corrió a cargo del dúo industrial Resonancias, responsables del antiguo y ya finiquitado fanzine del mismo nombre, especialmente reunidos para conmemorar la efemérides.

El nuevo proyecto del inquieto Jesús Sevillano, cabeza visible del Radar, es la edición de 'Ballet Radar', disco de tirada limitada a 300 copias que fusionará a nivel molecular a I.P.D. (Justo Bagüeste, como ya deberías saber) con veinte artistas foráneos y del país en una apocalíptica sinfonía de matices post-industriales.

La noche que, por recomendación de un amigo, fui al bar, entre con curiosidad y salí con un morao superlativo. No estaban celebrando ninguna actividad especial, pero pude disfrutar de una agradable charla con mi tocayo y de una excelente selección de chirridos y zumbidos. ¿Nunca te has preguntado cómo sería uno de esos technobares que tan bien dibuja Miguel Ángel Martín?

 

 

 

 

 

Self
Sección BOX [Nº 15]
Jesús Brotons, 1998